lunes, 30 de julio de 2007

La belleza del marido, de Ann Carson




Nada más por el título habría que buscar, tener, leer este libro. Y por el subtítulo, claro: “Un ensayo narrativo en 29 tangos”. ¡Carajo, qué poder! Yo lo compré hace un par de años sólo por eso (sí, ya sé, soy un snob, pero ¿quién se puede sustraer a la contundencia de un título como éste?) y al leerlo quedé aplanchado. Quise releer un par de tangos, refrescar aquí y allí algunos fragmentos para componer este comentario, pero comencé de nuevo por el primero y llegué sin parar hasta el último, de nuevo, y de nuevo llegó el hermoso abatimiento que sentí la primera vez, otra vez testigo en primera línea de este matrimonio que se desmigaja. ¡Qué poder!

A partir de líneas de Keats la esposa va confeccionando un testimonio de devoción y dolor. Devoción y dolor: “Leal a nada/ mi marido. Entonces, ¿por qué lo amé desde mi juventud hasta la madurez/ y la sentencia de divorcio llegó por correo?” (pp. 18-19). La esposa ha pensado cada palabra, cada línea, para crear asociaciones a partir de la consignación en la página de diálogos, imágenes, pensamientos, transcripciones de las cartas del marido, encuentros furtivos y persecuciones. Mira de lejos al marido en un bar con otra mujer: “Su seriedad la atormenta./ Las personas que pueden estar serias cuando están juntas es porque tienen algo profundo./ Hay una botella de agua mineral sobre la mesa/ y dos vasos./ ¡No necesitan bebidas alcohólicas!/ ¿Desde cuándo tiene él/ estos gustos puritanos?/ Un barco frío zarpa de algún lugar dentro de la esposa/ y pone rumbo al horizonte plano y gris,/ ni pájaro ni soplo a la vista” (pp. 184-185).

Hay que leer en una sola sentada La belleza del marido para sentir el poderoso impacto de su perfección. ¿O vería usted una película como Match Point en sesiones de 20 minutos? En esa lectura de corrido es cuando encuentran sentido las asociaciones tan absolutamente modernas de este libro: “Pasar entonces rápidamente/ de un punto al siguiente,/ por ejemplo de pezón a duro,/ de duro a cuarto de hotel…” (p. 143).

Es toda una experiencia de lectura donde el lector se conduele con la esposa: “en los ojos de ella/ se veían las cicatrices de tanto mirar y mirar cada piedra de cada una de las aceras de la ciudad” (p. 119) y a la vez comparte su regocijo, su devoción por el marido: “… este hombre era de “esas máquinas originales”/ que dotan a los artificios libidinales de una nueva transparencia” (p. 67). Sólo lectura, “es inútil interponer el análisis” (p. 83). En últimas, lo que intenta la esposa es “contar una historia sin contarla” (p. 235). Adelante.

Ann Carson, La belleza del marido, Barcelona, Lumen (edición bilingüe, traducción de Ana Becciu), 2003.

viernes, 27 de julio de 2007

Open the window para que la mosca fly, de Jaime Espinal




Ay, muchacho, hacete las pajas vos solito. ¿Qué afán de pelar el cobre desde ya? Dentro de 20 años hablamos a ver si todavía le hacés tanta alharaca a este regodeo con la idea de que sos genial, que se hubiera debido quedar en el cajón. O en el baúl rosado, no sé. El tiempo que invertiste pintándote las uñas y probándote un pantalón de látex tras otro, mejor usálo (la tilde es un error, lo sé, pero es para que suene paisa) para leer a Flaubert, o a Poe, o a sir Arthur Conan Doyle, o a Stevenson. Le pegaste a la piñata con el premio de la Cámara de Comercio de Medellín, pero no te la creás... te lo digo yo.
Lo que nos proponés es un conjunto de frases pegadas una tras otra queriendo parecer todas inteligentes. Muchacho, lo dijo un grande de apellido Reed, primer nombre Lou: “I can’t be smart all of the time”. No digo que te dediqués a otra cosa: hay alguna que otra gracia en tu libro y, bueno, lo hiciste, que no es pequeña tarea. Sólo que pensalo bien antes de exponerte. Aunque según las fotos que regás por ahí, te gusta eso. Pero no nos hagás perder el tiempo, por favor, ni tampoco lo perdás vos, con estas anotaciones de libreta convertidas en novela y premiadas por jurados que se dejan embobar con espejitos. Te lo digo pausadito para que lo entendás: au-to-crí-ti-ca.

¿Debo comentar esta novela, hablar de su contenido, estructura y demás? Me da pereza… como me dio pasar de la página 80 y pico (ya estaba peleando por no cerrarla desde la 20). Dicen en la tierra del autor que es la mía también: “esta platica se perdió”.

Jaime Espinal, Open the window para que la mosca fly, Bogotá, Ediciones B, 2007.

jueves, 26 de julio de 2007

Fusilado: Henry Miller







A los cuarenta Henry Miller deja trabajo estable y familia en Estados Unidos y se va a París a escribir. Cuentan que cuando tenía hambre salía a la calle y buscaba familias o parejas de edad avanzada, y sin más les pedía una comida, un almuerzo. Luego seguía en su cuarto afinando su grito. Ningún libro suyo fue publicado en su país en esos años. Los consideraban obscenos.

Regresó a Estados Unidos en 1940, en el 58 fue nombrado miembro de la Academia Americana de Letras y Artes, pero sus libros siguieron proscritos allí. Su primera novela,
Trópico de Cáncer, se publicó en París en 1934, pero en Estados Unidos apenas apareció hacia 1961, luego de sortear más de cincuenta pleitos en los juzgados. A los ochenta Miller seguía siendo más joven que muchos escritores jóvenes americanos. Aquí está el manifiesto que compuso a esa edad, cuando la mayoría de la gente está esperando morirse. Él estaría nueve años más dando guerra. Vale mucho la pena. ¿Largo? Está la opción de imprimir. O de compar el librito de la UNAM que referencio al final de la entrada.


Al cumplir ochenta

Si a los ochenta años no estás ni tullido ni inválido y gozas de buena salud, si todavía disfrutas una buena caminata y una comida sabrosa (con todo y acompañamientos), si duermes sin pastillas, si las aves y las flores, las montañas y el mar te siguen inspirando eres de lo más afortunado y deberías arrodillarte en la mañana y en la noche para darle gracias al Señor por mantenerte en forma. En cambio si eres joven pero ya tienes cansado el espíritu y estás a punto de convertirte en autómata, sería bueno que te atrevas a decir de tu jefe —en silencio, claro— “¡Al carajo con ese fulano, no es mi dueño!”. Si no te has quedado culiatornillado y si te sigue emocionando un buen trasero o un magnífico par de tetas, si todavía puedes enamorarte las veces que sea y si perdonas a tus padres por el delito de haberte traído al mundo, si te hace feliz no llegar a ningún lado y vivir al día, si puedes olvidar y perdonar y evitar volverte amargado, cascarrabias, resentido y cínico, hombre, ya vas de gane.

Lo que importa son las cosas pequeñas, no la fama ni el éxito o el dinero. La cima es muy estrecha, pero abajo hay muchos como tú que no se estorban ni se molestan. Ni por un instante se te ocurra que los genios viven felices; todo lo contrario, dan gracias por ser del montón.


Si tuviste una buena trayectoria, como es de suponer que yo la tuve, los últimos años podrían ser los más infelices de tu vida (salvo que hayas aprendido a tragarte tus mentiras). El éxito, desde el punto de vista mundano, es la plaga del escritor que aún tiene algo que decir, pues cuando llega la época en que podría disfrutar un poquito del ocio, resulta que está más ocupado que nunca porque se ha vuelto víctima de admiradores y adeptos y de todos los que desean explotar su nombre. Aquí se enfrenta otro tipo de lucha: el problema consiste en mantenerse libre y hacer sólo lo que uno quiere.


Con todo y una visión del mundo que es producto de una gran experiencia, con todo y una filosofía elaborada para la vida diaria, uno cae en la cuenta de que los tontos se vuelven más tontos y los pelmazos más pelmazos. De uno en uno la muerte se lleva a tus amigos o a los grandes hombres que reverenciabas; mientras más viejo, más pronto se te mueren. Al final te quedas solo y ves a tus hijos o a los hijos de tus hijos cometer los mismos errores absurdos, esos errores casi siempre lamentables que cometiste tú a su edad, y ni lo que digas ni nada de lo que hagas podrá evitarlo. Sin duda al observar a los jóvenes se termina por comprender lo idiota que uno mismo fue en su momento (y tal vez lo siga siendo).

Hay algo que para mí se vuelve cada vez más claro: en lo fundamental la gente no cambia con los años. Salvo raras excepciones la gente no evoluciona ni se transforma: un roble sigue siendo un roble, un cerdo cerdo y un zopenco zopenco. Lejos de mejorar, el éxito por lo general acentúa las faltas o fracasos. No es raro que los tipos brillantes de la escuela en cierta medida dejen de serlo una vez que salen al mundo. Si en tu grupo te disgustaban ciertos chicos o si los despreciabas, después te parecerán peores convertidos en hombres de negocios, estadistas o generales de cinco estrellas. La vida nos obliga a aprender ciertas lecciones pero no necesariamente a crecer. Aquí entre nos, con dificultad cuento a una docena de individuos que logro aprender las lecciones de la vida; la gran mayoría no sabría ni su nombre si yo lo pronunciara.


En cuanto al mundo en general, no sólo no lo veo mejor que cuando era yo un niño de ocho años sino mil veces peor. Un escritor famoso alguna vez lo resumió de este modo: “el pasado me parece horrible, el presente gris y desolado y el futuro totalmente espeluznante”. Por fortuna, no comparto este sombrío punto de vista. En primer lugar, no me interesa el futuro; en cuanto al pasado, bueno o malo, le he sacado el mayor partido; lo que me quede de futuro es producto de mi pasado. El futuro del mundo se lo dejo a los filósofos y visionarios. Lo único que tenemos todos es el presente, pero muy pocos lo vivimos alguna vez a plenitud. No soy pesimista ni optimista; para mí el mundo no es esto ni aquello sino todo al mismo tiempo y así será para cada quien en su propia medida.


A los ochenta creo que soy una persona mucho más alegre que cuando tenía veinte o treinta años. Para nada querría ser adolescente otra vez: la juventud puede parecer gloriosa pero también duele sobrellevarla. Es más, lo que llamamos juventud no es tal, en mi opinión se trata más bien de algo así como una vejez prematura.


Con la maldición o la bendición de haber vivido una adolescencia eterna, alcancé cierta madurez pasados los treinta años, No fue sino hasta los cuarenta que comencé a sentirme joven en serio; para entonces ya estaba listo (Picasso dijo alguna vez: “uno comienza a volverse joven a los sesenta pero para entonces ya resulta demasiado tarde”). En esa época había perdido muchas ilusiones, pero por suerte mantenía el entusiasmo, la dicha de vivir y una curiosidad inagotable. Tal vez fue esa curiosidad —por todo y por cualquier cosa— lo que me convirtió en el escritor que soy. La curiosidad nunca me ha faltado y hasta el peor pelmazo me puede provocar interés (si aún tengo el ánimo de escuchar).


Con este atributo viene otro que valoro sobre todos los demás: el sentido del asombro. Sin importar qué tan limitado pueda volverse mi mundo, no me lo imagino sin mi capacidad de asombro; en cierto sentido creo que puedo definir esta capacidad como mi religión. No me pregunto de qué manera surgió la creación en que nos hallamos sumergidos, sólo la disfruto y la valoro. Rabiando por la condición de la vida y la forma en que la vivimos, ya dejé de creer que yo tengo el remedio. Quizá pueda modificar hasta cierto punto mi propia situación pero nunca la de los demás. Ni veo que nadie, en el pasado o el presente, por grande que fuera, haya podido realmente alterar la condition humaine.


El mayor temor de la gente al pensar en la vejez es que será incapaz de hacer nuevos amigos, mas quien tuvo alguna vez la facultad de cultivar nuevas amistades, no la perderá por viejo que sea. En mi opinión, después del amor, la amistad es lo más valioso que nos ofrece la vida, Nunca he tenido problemas para hacer amigos; de hecho, a veces esa facilidad se ha convertido en un obstáculo. Dice el dicho: “dime con quién andas y te diré quién eres”, pero mucho he reflexionado yo qué tan cierto es esto. Toda la vida tuve amigos provenientes de mundos totalmente disímiles, tuve y sigo teniendo amistad con personas que no son nadie y debo confesar que se cuentan entre mis mejores amigos. He sido amigo de criminales y de ricos despreciables. Mis amigos me mantienen vivo, me han dado ánimo para proseguir y también, muchas veces, me han aburrido hasta las lágrimas. En lo único que insisto con todos mis amigos, sin importar su clase social o su condición, es que hablen con la verdad; si no puedo ser abierto y franco con un migo, o él conmigo, no me interesa.


La capacidad de ser amigo de una mujer, en particular de la mujer a la que amas es, para mí, la mayor de las proezas. El amor y la amistad rara vez van de la mano. Es más fácil ser amigo de un hombre que de una mujer, sobre todo si es atractiva. En toda mi vida he conocido apenas unas cuantas parejas que son amigos además de amantes.


Tal vez lo más alentador de envejecer con gracia sea la capacidad cada día mayor de no tomar las cosas demasiado en serio. Una de las grandes diferencias entre un sabio genuino y un predicador radica en la jovialidad: cuando el sabio ríe la risa sale de la panza; cuando se ríe el predicador (raras veces) le sale de la mejilla equivocada. Al hombre sabio de verdad —¡incluso al santo!— no le interesa la moral; está por encima y más allá de tales consideraciones, tiene un espíritu libre.


Con la edad mis ideales, que por lo general niego tener, se alteran en forma definitiva. La idea es vivir sin ideales, sin principios, sin ismos ni ideologías. Quiero sumergirme en el océano de la vida como un pez en el mar. De joven me interesaba enormemente el estado del mundo; hoy, aunque todavía pataleo y me enfurezco, me contento con sólo deplorar el estado de las cosas,. Puede sonar petulante hablar así pero en realidad significa que me he vuelto más humilde, más consciente de mis limitaciones y de las de mis semejantes. Ya no intento convertir a la gente a mi propia visión, ni sanarla, ni me siento superior porque no muestra gran inteligencia. Uno puede combatir el mal, pero contra la estupidez no existe arma posible. Creo que la condición ideal de la humanidad sería vivir en un estado de paz en el amor fraterno, pero debo confesar que no conozco forma alguna de producir tal condición. He aceptado el hecho, sumamente difícil, de que los seres humanos se inclinan a portarse de una forma que ruborizaría a los propios animales. Lo irónico, lo trágico, es que muchas veces nos comportamos de manera innoble en nombre de los que consideramos motivos sublimes. La bestia no se disculpa por matar a su presa; la bestia humana, en cambio, llega a invocar la bendición de Dios cuando masacra a su prójimo, olvida que Dios no está de su lado sino a su lado.


Aunque sigo siento lector, cada día me abstengo de más libros, Mientras que en los años mozos buscaba en ellos instrucción y orientación, hoy leo sobre todo por placer. Ya no me tomo tan en serio ni los libros ni a los autores, en especial los libros de “Pensadores”. Hoy su lectura me parece letal y cuando en realidad emprendo la lectura de lo que se podría llamar u libro serio, busco más corroboración que ilustración. El arte puede ser terapéutico, como dijo Nietzsche, pero sólo de modo indirecto. Todos necesitamos estímulo e inspiración, pero éstos nos llegan por distintos caminos y casi siempre en una forma que escandalizaría a los moralistas. Cualquier camino que uno elija será como caminar en la cuerda floja.


Tengo muy pocos amigos o conocidos de mi edad o de edad cercana. Aunque suelo sentirme incómodo en compañía de ancianos, me despiertan gran respeto y admiración dos hombres muy viejos que parecen eternamente jóvenes y creativos. Me refiero a Pablo Cassals y a Pablo Picasso, ambos hoy de más de noventa años. Esos nonagenarios juveniles ponen en vergüenza a los jóvenes, a hombres y mujeres de mediana edad y clase media, decrépitos en verdad, cadáveres vivientes, por así decirlo, esclavos de sus cómodas rutinas que imaginan que el status quo ha de durar siempre, o que tienen tanto miedo de que sea otro el desenlace que se retiran a sus refugios mentales para esperar el fin.


Jamás he sido parte de ninguna organización religiosa, política ni de ninguna otra índole. Nunca en mi vida he votado; he sido anarquista filosófico desde mi adolescencia. Soy un exiliado voluntario que tiene hogar en todas partes salvo en su propia casa. De niño tuve muchos ídolos y hoy, a los ochenta, aún tengo algunos: la capacidad para admirar a otros —aunque no necesariamente implique hacer lo mismo que ellos— me parece de suma importancia; pero importa más tener un maestro, el punto es cómo y donde encontrarlo; casi siempre habita entre nosotros pero no lo reconocemos. Por otro lado he descubierto que tal vez uno pueda aprender más de un niño pequeño que de un maestro acreditado.


Pienso que el Maestro (con mayúscula) tiene la misma calidad del sabio y el profeta. Es una pena no poder criar ese tipo de ejemplares. Lo que suele llamarse educación para mí es una tontería absoluta que impide el crecimiento. A pesar de todos los cataclismos sociales y políticos por los que pasamos, los métodos educativos aceptados en todo el mundo civilizado siguen siendo, al menos a mi modo de ver, arcaicos y estúpidos; sólo contribuyen a perpetuar los males que nos hacen inválidos. William Blake dijo: “Los tigres de la ira son más sabios que los caballos de la educación”. Yo no aprendí nada de valor en la escuela; dudo que pudiera pasar un examen de primaria en cualquier materia incluso hoy. Aprendí más de los idiotas y de los don nadie que de los profesores de esto y aquello. La vida es el maestro, no el Consejo de Educación, Por extraño que parezca, me inclino a coincidir con aquel miserable nazi que dijo: “Cuando escucho la palabra Kultur me dan ganas de empuñar mi revólver”.


Nunca me han interesado los deportes organizados;: me importa un carajo quién rompe ese récord o aquél. Los héroes del béisbol, el fútbol y el básquetbol me son prácticamente desconocidos. Me disgustan los juegos de competencia: uno no debe jugar para ganar sino para disfrutar el juego, sea lo que sea. Prefiero jugar en vez de hacer ejercicios y hacerlo solo en vez de formar parte de un equipo. Nadar, andar en bicicleta, caminar en el bosque o jugar pong pong satisface toda mi necesidad de ejercicio. No creo en las lagartijas, ni en levantar pesas ni en el fisicoculturismo; no creo que haya que hacer músculos a menos que se utilicen para algún fin vital, Creo que las artes de autodefensa deberían enseñarse desde una edad temprana y utilizarse sólo como tales (y si la guerra es el orden del día para las generaciones futuras, entonces debemos dejar de mandar nuestros hijos al catecismo y mejor enseñarles a convertirse en asesinos profesionales).


No creo en la alimentación sana ni en las dietas; lo más seguro es que no haya comido adecuadamente durante toda mi vida y estoy bien. Como para disfrutar mi comida; haga lo que haga, primero ha de ser para disfrutar. No creo en los exámenes médicos; si algo me falla prefiero no saberlo, pues sólo me preocuparía y agravaría mi mal. Con frecuencia la naturaleza se encarga de nuestras dolencias mejor que cualquier médico. No creo que exista receta médica alguna para una larga vida; además, ¿quién quiere vivir cien años?, ¿qué casi tendría? Una vida breve y alegre es mucho mejor que una larga vida sustentada por el miedo, la cautela y la perpetua vigilancia médica. Con todo y el progreso de la medicina aún tenemos todo un santoral de enfermedades incurables; las bacterias y microbios siempre parecen tener la última palabra. Cuando todo falla, el cirujano sale a escena, nos corta en pedazos y nos despoja hasta del último centavo, ¿es eso el progreso?


Lo que le falta a nuestro mundo actual es grandeza, belleza, amor, compasión y libertad. Se fueron los días de los grandes hombres, los grandes líderes, los grandes pensadores. Para sustituirlos creamos un engendro de monstruos, asesinos, terroristas, que parecen inoculados de violencia, crueldad, hipocresía. Al citar lo nombres de las figuras ilustres del pasado, como Pericles, Sócrates, Dante, Abelardo, Leonardo da Vinci, Shakespeare, William Blake o aun el loco de Luis de Baviera, se olvida uno de que aun en tiempos más gloriosos hubo extrema pobreza, tiranía, crímenes inconfesables, horrores de guerra, malevolencia y traición. Siempre han existido el bien y el mal, la fealdad y la belleza, lo noble y lo innoble, la esperanza y la desesperación. Parece imposible que los contrarios dejen de coexistir en lo que llamamos mundo civilizado.


Si no podemos mejorar las condiciones en que vivimos podemos al menos ofrecer una salida inmediata y sin dolor, Hay una forma de escape mediante la eutanasia, ¿por qué no se le ofrece a los millones de miserables desahuciados que carecen de toda posibilidad de disfrutar siquiera una viuda de perros? No pedimos nacer, ¿por qué negársenos el privilegio de dejar el mundo cuando las cosas se vuelven insufribles]? ¿Debemos esperar a que la bomba atómica nos acabe a todos juntos?


No me gusta terminar con una nota amarga. Como bien lo saben mis lectores, mi lema de toda la vida ha sido “siempre contento y siempre luminoso”. Tal vez por eso nunca me canso de citar a Rabelais: “para todos tus males te doy la risa”. Al mirar hacia el pasado, veo mi vida llena de momentos tráficos pero la contemplo más como una comedia que como una tragedia. Una de esas comedias en las que mientras te doblas de risa también sientes que se te quiebra el corazón. ¿Qué mejor comedia podrá haber? El hombre que se toma demasiado en serio no tiene salvación.

La tragedia que vive la gran mayoría de los seres humanos es otro asunto: para ello no veo elemento de alivio alguno, Cuando hablo de una salida sin dolor para los millones de personas que sufren no hablo con cinismo o como quien no ve esperanza alguna para la humanidad. En sí, la vida no tiene nada de malo., es el océano en el que nadamos y se trata de adaptarse o hundirse, pero nuestra capacidad como seres humanos radica en no contaminar las aguas de la vida, no destruir el espíritu que nos infunde aliento.


Lo más difícil para un individuo creativo es evitar el impulso de ver el mundo según su propia conveniencia y aceptar al prójimo por lo que es, malo o bueno o indiferente. Uno tiene que poner todo su esfuerzo aunque nunca resulte suficiente.

Finis


Henry Miller, Al cumplir ochenta, México, UNAM (Colección Pequeños Grandes Ensayos, n° 20), 2004.

martes, 24 de julio de 2007

Diario de un libertino, de Rubem Fonseca





Sucedió conmigo, sucedió con mis apáticos alumnos y con unos cuantos amigos: quien llega a Rubem Fonseca no sale, siempre va a querer leerse otra historia suya. Pero ¿qué tienen las historias de Fonseca que nos gustan tanto? Bellacos. Sexo explícito. Alguito de sangre. Intrigas por igual en favelas y en palacetes. Villanos ilustrados e investigadores excéntricos, bastantes veces sofisticados. En cuanto a la manera en que se combinan esos ingredientes me limito a extender la invitación a leer cualquier colección de cuentos o cualquier novela para saberlo.

En este diario va tomando cuerpo un delicioso cafre ilustrado, autor de cinco libros, el primero de ellos exitoso, los demás menos potentes. Se enreda con una prima. Se enreda con una mujer y con su mejor amiga. Se enreda con otra mujer y con su hermana. Se enreda con una vecina y con la policía. Se desenreda en algunos casos, en otros no. Y en su diario va haciendo comentarios sobre las mujeres, la amistad, la conquista, el trabajo, la escritura. Sobre este último tópico copia allí una cita de Joseph Conrad que copio yo aquí: “Mi tarea que intento realizar, es que gracias al poder de la palabra escrita puedo hacerte oír, sentir, y, sobre todo, ver” (p. 119). El subrayado es de Conrad, y en él está el frijolito.

Rubem Fonseca, Diario de un libertino, Bogotá, Norma, 2005.

domingo, 22 de julio de 2007

Nadar de noche, de Juan Forn





Este volumen de cuentos hizo su ruido en Argentina a comienzos de los noventa, del que a Colombia apenas llegó un murmullo. Por allá se leyó con devoción, y hasta una banda de rock sinfónico adoptó el nombre del libro. Quise leerlo desde hace unos años, cuando supe que Juan Forn era el director del suplemento Radar, del periódico Página 12, y cuando leí “Rico tipo George Plimpton”, un muy humilde y al tiempo muy carnoso perfil que escribió Forn cuando murió el inclasificable fundador de The Paris Review.

Pero las editoriales que tienen capítulos en los países de América no circulan afuera los libros de los autores locales. Me gustaría que en Buenos Aires o en Santiago leyeran libros de Alfaguara Colombia como Alerta de terremoto, de Tim Keppel, o La nostalgia del melómano, de Juan Carlos Garay, o aun la Trilogía de Bogotá de Gonzalo Mallarino. Me hubiera gustado leer hace tiempo Nadar de noche, pero pude hacerlo apenas hasta ayer que encontré un ejemplar con carátula defectuosa en una feria popular del libro en el parque Lourdes, a dos calles de mi casa.

Los tan exactos saltos temporales de “Alquitrán en los pies”, el perfil del timador tan puntualmente construido de “Memorándum Almazán”, ese drogo perfecto, entre la precisión y el delirio, de “Para Gaby, si quiere”, y esas frases que se cuelan por ahí como quien no quiere la cosa y que definen toda una personalidad o una generación no eran sólo para los argentinos, señores editores de Alfaguara. Yo también los hubiera querido conocer hace diez años. Pero bueno, llegaron al fin. Y valió la pena meterme durante toda la tarde de ayer en ese montón de historias, conocer esos personajes tan distintos, acercarme a esas anécdotas de la vida corriente argentina.

Valió la pena leer, por ejemplo, ese cuento aparentemente simple titulado “Video & comida china”, donde una madre y su hija ponen al día su relación. Es que casi nadie pudo haberlo dicho mejor que Daniela, la hija de este cuento, cuando habla de los hombres, así en general como tanto nos molesta: “La verdad es que son todos unos hijos de puta —dijo Daniela entre risas—. Son tan hijos de puta que resultan casi tiernos, ¿no?” (p. 93). Es casi al final del cuento, pero no lo estoy dañando: la cosa mejora en los tres párrafos que faltan. Y nadie pudo haber llegado mejor al sentido de este libro como un narrador que aparece en un baño de “El borde peligroso de las cosas”, y que creo que es el propio Forn: “Lo que más me gustaría es contar una buena historia de amor. Una historia maravillosa, con final feliz, que no pretenda en algún momento hacer sentir a nadie más inteligente de lo que es. Perfectamente sentimental, perfectamente meliflua. Una historia que consiga hacerme creer que todo es posible” (p. 169).


Juan Forn, Nadar de noche, Buenos Aires, Alfaguara, 2002, 198 pp.

viernes, 20 de julio de 2007

Manual del narrador, Marco Aurelio Carballo








Una lástima la distribución de este volumen, que lo pone a jugar sólo de local en México. Lástima también el diseño, como de libro universitario feo y pasado (y para la muestra el botón de la carátula aquí a la izquierda… ¿qué tal el conejo? No más comentarios). Pero si a uno le interesa cómo hacen los escritores lo que hacen y qué piensan alrededor de diversos aspectos de su oficio, este libro no puede faltar en la biblioteca.

Porque si esos temas interesan toca leer muchas entrevistas, diarios personales, autobiografías y demás para saber por ejemplo qué dijo Patricia Highsmith sobre el plan de escritura, o para leer de primera mano la tan mencionada pero desconocida teoría del iceberg de Hemingway. Y ese trabajo ya lo hizo Marco Aurelio Carballo en Manual del narrador. Claves para aprender a escribir. Y ahora que hablamos de eso este libro no es un manual en el sentido tradicional de la palabra, así que lástima también el título, que despista. Está compuesto este libro por frases de escritores sobre la caracterización de personajes, la construcción de la trama, las metáforas, el tono, los finales... y hay muchas citas sobre esos temas, de escritores de todas partes y muchos tipos, casi todos consagrados. Eso sí, uno quisiera más información sobre dónde soltó tal escritor esa perlita. Pero bueno, son suficientes, variadas y algunas francamente raras, casi todas útiles y muchas sabrosas. Fusilo unas cuantas mientras entran a Amazon, donde ofrecen por 6 dolaretes este manual que no es manual y que es feo pero que recomiendo. No gasten tiempo paseando por librerías, ventas de saldos o ferias. A menos que vivan en México, claro.

(Las páginas corresponden a la ubicación de la cita en el libro de Carballo.)

“Cuando un escritor intenta explicar demasiado, psicologizar en exceso, está pasado de moda desde que empieza. Homero dio imágenes y hechos, y por eso La Ilíada y La Odisea siguen vigentes. Un escritor debe contar una historia, no explicar una historia”. (Isaac Bashevis Singer, pp. 14-15)

“Me parece de lo más aconsejable que el escritor principiante trace un bosquejo del libro capítulo por capítulo (aunque las notaciones de cada uno puedan ser breves) porque los escritores jóvenes son muy propensos a divagar”. (Patricia Highsmith, p. 24)

“El verdadero trabajo viene cuando ya he hecho tres o cuatro versiones”. (Raymond Carver, p. 27)

“A veces hago veinte o treinta versiones de un relato. Nunca menos de diez o doce”. (Raymond Carver, p. 38)

“Escribo rápidamente la primera versión. Si hay agujeros, hay agujeros. La segunda versión suele ser muy larga, detallada y completa. Ya no tiene agujeros pero es un poco seca. En la tercera versión trato de recuperar la espontaneidad de la primera, y de conservar lo que es esencial de la segunda” (Günter Grass, p. 34-35)

“El escritor debe evitar los comentarios sobre lo que sienten sus personajes, hay que demostrarlo no decirlo (sic). No basta con que se nos informe de manera autoral que un personaje es depravado más allá de todo lo creíble, tenemos que verlo degollando a un bebé”. (John Gardner, p. 53)

“La inspiración me llega de uno de mis pequeños cuadernos de espiral donde anoto mis ideas” (Isaac Bashevis Singer, p. 74)

miércoles, 18 de julio de 2007

Los amigos míos se viven muriendo, de Luis Miguel Rivas







Este libro es una golosinita redonda y afinada. Ocho cuentos que alcanzan a rozar la excelencia por la historia —“La vez que todos fuimos Jairo”, donde una casualidad les regala a cinco muchachos un raro encuentro sexual en una tarde perezosa mientras hacen la tarea del colegio—, o por la estructura —“Todo me suena a tu voz”, que relata el sí es no es luego de un error en una llamada telefónica—, o por el humor —“Carta poco corta para un largo”, donde un director escribe a un empresario pidiendo plata para hacer una película—. En este vínculo se puede leer uno de los relatos.

Cuentos que se te vienen sin pretensiones de gran literatura y más bien se ponen el reto de contar historias frescas, bien hechas, cerradas y con gracia. No te van a cambiar la vida: te van a acompañar mientras haces la fila del banco, mientras pasa la tarde de un domingo o te tomas un café. Son sólo 86 paginitas, así como para dejarlo a uno antojado de leer más del autor. Como los buenos postres.


Luis Miguel Rivas, Los amigos míos se viven muriendo, Medellín, Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2007, 86 pp.

martes, 17 de julio de 2007

Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro









Gracias Seix Barral por reeditar este librito, y aprovecho para agradecerte la publicación de los diarios de Ribeyro (La tentación del fracaso) hace unos pocos años. Tengo que decir que me caías gorda por mercenaria, por hacer parte del grupo Planeta y porque le diste un premio gordo a Mario Mendoza con una novela tan floja, ridícula y predecible como Satanás. Pero bueno, hasta los ogros feos tienen su corazoncito.

Hace quince años buscaba qué leer en la biblioteca de la Universidad de Antioquia, cuando pasó por allí Oscar Montoya, poseso lector y editor de vieja escuela, y me señaló un breve volumen de cuentos de un oscuro para mí escritor peruano, diciéndome que leyera “La estación del diablo amarillo”. Cogí el librito y comencé más bien por un cuento más corto, “El profesor suplente”. Y desde esa tarde no he dejado de buscar, leer, releer y recomendar a mis alumnos a Julio Ramón Ribeyro.

Las Prosas apátridas las leí en grupo con los felpudos con los que fumaba marihuana en el Aeropuerto, la zona de tolerancia de la Universidad de Antioquia, y nunca pude después encontrar esa edición de Tusquets. Hace unos tres años el director de El Malpensante, Andrés Hoyos, puso a funcionar toda una maquinaria de detectives de libros por toda América Latina para encontrar el volumen: la tarea duró varios meses y costó su dinerillo. Pues aquí están otra vez en una buena edición de Seix Barral, a sólo 32 mil pesitos.

Un par de amigos a quienes les pasé este blog antes de publicarlo me dijeron que los fusilados estaban muy largos. Y uno de ellos, Bob Pop, sabe de qué habla cuando habla de blogs. Pues bien, no voy a renunciar a transcribir aquí textos largos, y que cada quien escoja si lee o no. Pero ahora les doy gusto y transcribo una corta prosa apátrida de Ribeyro, para antojar a los lectores. Es la número 22, y está en la página 28.

Hay amores que ultrajan en realidad el abolengo de este sentimiento y lo despojan de toda su aureola romántica. Por ejemplo el que existe entre uno de los jefes de la Agencia y una de las secretarias. El jefe es viscoso, moluscoide, fofo, cincuentón y mediocre. La secretaria una gorda desteñida, mastodóntica, con los dientes fuera de las encías y una nariz tan larga que es una infracción permanente a las leyes de la cortesía. Una de esas mujeres, en suma, que, como alguien decía, “harían peligrar la continuidad de la especie si uno se encontrara solo con ellas en el mundo”. Y lo peor de todo es que ambos son casados; en consecuencia, cabe pensar qué sórdida catástrofe debe constituir en cada caso su matrimonio para que le busquen fuera de él esta compensación ominosa. Cuando los sorprendo en la oficina haciéndose signos de inteligencia, bromas o mirándose desde lejos embobados, me avergüenzo por mí, por mi especie. Y cuando imagino que estos amores deben consumarse en secreto, adulterinamente, en cuartos de hotel, en sabe Dios qué camas de alquiler, y evoco sus atroces cuerpos confundidos, siento la tentación de arrojarme por la ventana, presa de una locura incurable.

Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas, Lima, Seix Barral, 2006, 140 pp.

lunes, 16 de julio de 2007

Tomás González





Hace no más de cinco años Colombia redescubrió a Tomás González, y hubo de todo y para todos: Norma rediseñó sus libros y los presentó en sociedad con pompa y bulla, un poco para tapar el olvido en que había tenido esos libros y a ese autor durante más de diez años. Arcadia y Pie de Página le dedicaron páginas y especiales. Los que ya lo conocían, muy pocos, se sintieron privilegiados y nos miraron por encima del hombro a los que apenas llegábamos a su prosa.

Que definen como seca, económica, contenida y todos esos epítetos que se lleva la prosa moderna. Sí, es todo eso y otras cosas, pero sobre todo la de Tomás González es una prosa efectiva: él no te cuenta una historia sino que te hace un reporte de ella. Y es increíble lo que logra, porque esa prosa contenida y etcétera contrasta con las historias, que son tropicales y barrocas y desbocadas. Ahí están los cinco cuentos de El rey del Honka Monka, sobre todo el que le da título al volumen. Ahí está Primero estaba el mar y Los caballitos del diablo. Pasan cosas en las historias de González, y él hace el reporte muy juicioso. En últimas no te deja salir de la página, que es de lo que se trata la buena literatura.

Es de subir las cejas la manera en que las regiones del país se dejan ver en sus páginas con tal economía de recursos. La costa caribe embadurna y recalienta en cada página de Primero estaba el mar. El desparpajo y la buena onda del Valle del Cauca se salen de “Historia del rey del Honka Monka”, igual otros lugares en otros cuentos de ese volumen. ¿Qué cómo le hace? Léalo, ¿qué más le puedo decir? Cualquiera de sus libros, pero mejor todos: en cuestiones de lectura la gula es virtud.

Fusilada: Dorothy Parker




Me vale un coco la diferencia de edades: quiero ser el novio de Dorothy Parker. La amo. No me importa que sea la más popular de los bares y que yo ya no vaya a ninguno, que le publiquen en el New Yorker y a mí no —bueno, eso le debe importar más a ella—, que viva en Nueva York y yo en Bogotá. Con tu permiso, Do, te voy a fusilar este cuentito para los lectores de este blog. Termina tu martini, no te afanes, que nos veremos en casa esta noche.

Mañana tengo un día horrible

La mujer del abrigo con manchas de leopardo y el hombre con la bufanda de color azul genciana se deslizaron por el pasillo oscuro, rodeado de mesas, del bar clandestino.

—Siéntate en cualquier sitio que veas libre —dijo él—. Es sólo un minuto. Aquí hay una mesa, esta sirve, ¿no?

—Oh, sí —dijo ella—. Sirve perfectamente.

Se sentaron. Un hombre bajo y fornido con la camisa arremangada apareció junto a la mesa y esbozó una sonrisa amplia y amistosa.

—Hola, Gus —saludó el hombre de la bufanda azul genciana—- Vamos a estar sólo un minuto. ¿Puedes traernos un par de especiales? ¿Te apetece, querida? De acuerdo, Gus, un par de especiales y deprisa, ¿quieres? Tengo que volver temprano a casa, mañana tengo un día horrible.

Gus desapareció.

—¿Quieres quitarte el abrigo? —preguntó el hombre de la bufanda azul genciana.

—Oh, no creo —contestó la mujer de abrigo con manchas de leopardo—. No merece la pena.

—No, la verdad —dijo él—. Tengo que irme a la cama temprano. Tengo que estar en la oficina al amanecer. En serio. ¡Qué día me espera! ¡Menudo día!

—Ah, pobrecito.

—Un individuo de Detroit estará allí a las nueve —dijo él—. Y tengo una reunión a las diez y media, y tenemos que arreglar unos contratos a las doce y después ir a comer con J. G. y darle un informe, y Dios sabe cuántas citas tengo por la tarde. Oh, no tengo gran cosa que hacer mañana. ¡Casi nada!

—¡Ah!

—Tengo que estar en el centro al amanecer —dijo él—. No puedo aparecer por la oficina hacia las once, como otras veces… Gracias, Gus, ponlos aquí. Bueno, adelante. ¿Está bueno el tuyo?

—Oh, buenísimo —dijo ella—. Pero ¡qué fuerte!

—Son bastante fuertes —afirmó él—. Te sentará bien. Si te tomas uno o dos y te vas a la cama temprano, eso no hace daño a nadie. Lo que te hace polvo es quedarte hasta el amanecer. No voy a hacerlo nunca más. Esta noche empiezo, voy a tomar un par de copas y me iré a la cama antes de las doce. Entonces estaré más preparado para ir a trabajar al amanecer.

—Me parece que lo que dices es tremendamente sensato —dijo ella.

—Es lo único que se puede hacer —dijo él—. Estoy harto de todo esto. He estado bebiendo demasiado y todo el mundo ha estado diciendo que tengo muy mal aspecto. ¿No tengo una pinta horrible?

—Vaya, pues a mí no me lo parece —dijo ella—. Algunas veces pareces un poco cansado, como todo el mundo. Pero yo diría que tienes buen aspecto. Estás estupendo.

—¡Eso lo dirás tú! —dijo él—. Estoy horrible. Lo sé. Termínate el tuyo y tomaremos otro. ¡Eh, Gus! Un par de especiales, ¿quieres? Debería haberle dicho que se diera prisa. Tenemos que salir de aquí enseguida. ¡Menudo día tengo mañana!

—Sí, ya lo sé. Pobrecito.

—¿No te desabrochas el abrigo? —dijo él—. Tendrás frío cuando salgas.

—De acuerdo —dijo ella—. ¿Y no sería mejor que te quitaras la bufanda?

—Bueno, de acuerdo —accedió él—. Aquí hace calor. En estos sitios el aire está viciado. Es malo. No voy a ir a más bares clandestinos. Es lo peor que uno puede hacer. Gracias, Gus. Eso es buen servicio. Bueno, adelante.

—¡Oh, qué fuerte! —exclamó ella—. Dios sabe el efecto que nos hará.

—No es malo si tomas un par y te vas a casa. Está bien pasar la noche en vela bebiendo si puedes dormir durante todo el día siguiente, pero es muy distinto si tienes que estar en el centro al amanecer. No voy a emborracharme y pasar la noche despierto nunca más. Quizá con la excepción de los sábados por la noche.

—Me parece una idea buenísima —dijo ella.

—¿Sabes qué puedo hacer? —preguntó él—. Podría dejar de beber por completo. No me haría ningún daño dejarlo una temporada. Ni a ti tampoco.

—No bebo tanto —dijo ella.

—Bueno, bebes bastante —dijo él—. Todoel mundo bebe demasiado. Como para envenenarse. No sé cómo podemos estar vivos con todo lo que bebemos. Voy a dejar de beber. Vamos, termínate la copa. ¿Quieres otra?

—No, gracias.

—¿Estás segura? —preguntó él.

—No, de verdad.

—Te diré lo que me parece que podemos hacer —sugirió él—: mientras me decido a dejar de beber, y a ti te iría muy dejarlo, francamente, podríamos tomar otra copa, ¿qué te parece?

—Vaya… Si quieres… —dijo ella—. La verdad es que estas no me han hecho efecto.

—A mí tampoco —dijo él—. Nos están tomando el pelo. ¡Eh, Gus! Otros dos especiales y esta vez ponles algo dentro, ¿quieres? No te olvides de que tenemos prisa. Dios mío, ¡tengo que llegar a tiempo a la oficina mañana! Será el peor día de mi vida.

—Ah, ya lo sé.

—Eso, quítate el abrigo —dijo él—. Aquí hace un calor infernal. Espera un minuto que me quite el mío y te ayudo. Así. ¿Estás bien, cielo?

—Oh, estupendamente —dijo ella—. Tiene gracia que me hayan hecho tan poco efecto estas copas.

—Eso se debe a que bebemos demasiado —insistió él—. Eso es lo bueno de dejar de beber. Después, cuando tomas un par de copas te sientan tan bien que no necesitas más. Pero si has estado bebiendo, ya me entiendes, tienes que beber mucho para notarlo, ¿sabes? Ah, gracias, Gus. Muy bien. Bueno, adelante.

—Esta está muy bien —dijo ella.

—Claro que sí —dijo él—. Está cargada, para variar. En estos sitios, si no estás pendiente, te toman el pelo. No pienso volver. Me alegro mucho de dejar de beber. Es la mejor idea que he tenido en mucho tiempo. Eh, no la tengas en la mano así, cariño. Bébetela deprisa. Mira, así.

—¿Así?

—Así está mejor. Así a lo mejor te enteras. No irás nunca a ningún lado bebiendo a sorbitos. Vamos, otro trago. Buena chica. ¡Eh, Gus! Un par de copas más, ya que estás en ello.

—¿Estás loco? Si todavía no hemos terminado estas.

—Cuando traiga las otras ya las habremos terminado —dijo él—. Así no tendremos que quedarnos esperando. ¿Ves? Tenemos que ir dándonos prisa. La verdad es que tengo que estar en la oficina en cuanto amanezca, mañana. ¡Qué día!

—Sí, ya lo sé.

—¡Y yo! —dijo él—. Date prisa cariño. Tómatelo. ¿Has terminado? Vamos, termina, no te pares. Así. Aquí está Gus; muy bien, Gus. Gus es amigo mío, ¿verdad, Gus? Claro que sí. Gus y yo somos viejos amigos. Bien, adelante, querida. La última, para dormir bien.

—Siempre duermo bien… —protestó ella.

—No sirve de nada hablar, tengo que dormir más —dijo él—. Tengo un aspecto horrible. Mi madre se preocupa mucho por mí. Cada vez que me escribe una carta me dice “cuídate”. Sí, me cuido. Tiene derecho a preocuparse. Soy un buen chico. ¿Sabes una cosa? No he escrito a mi madre en tres semanas. Ya está bien, ¿verdad?

—Deberías escribirle —dijo ella.

—¿Y de donde demonios saco yo tiempo para escribir? —preguntó él—. No tengo tiempo para escribir cartas. Mierda, debería escribir a mi madre. Le escribiré mañana. Oh, maldita sea, mañana no podré escribir. Tengo un día horrible, ¡horrible!

—Ah, ¿sí?

—Mañana tengo tanto que hacer que ni siquiera tendré tiempo de escribir a mi pobre madre —dijo él—. Estaré muy ocupado. No es de extrañar que mi pobre, mi dulce madre se preocupe por mí. Se preocupa muchísimo por mí. Tú no me quieres.

—¡Claro que sí!

—Sí, ¡claro que sí! —dijo él

—¡Por supuesto que sí! —dijo ella—. ¿Por qué dices esas cosas?

—Lo sé —dijo él—. Lo sé.

—Sabes muchas cosas, ¿verdad? —dijo ella—. Debe ser estupendo saber tanto como tú. Me pones mala.

—Ya lo sé —dijo él. Ya sé que te pongo mala.

—¡No es verdad!

—Oh, ya lo sé —dijo él.

—Lo que sabes, y lo sabes muy bien, es que te quiero —dijo ella—. Pero tú no me quieres a mí, y ese es el problema.

—¡Sí, no te quiero! —dijo él.

—Imagino que crees que no me doy vuenta —dijo ella—. Pues sí. Sé muy bien que no me quieres. Ni siquiera piensas en mí. Solo piensas en ti. No piensas en nada más que en tu vieja oficina. “Tengo que ir a la oficina, tengo que ir a la oficina, tengo que ir a mi oficina preciosa, querida y maravillosa”. No dices otra cosa.

—Bueno, es verdad —dijo él—. Ya te he dicho que tengo que ir a la oficina mañana por la mañana. Tengo un día horrible.

—¡Oh, cállate! —exclamó ella.

—Muchas gracias. Muchísimas gracias. Muy amable por tu parte. Te lo agradezco mucho. ¡Gus! ¿Dónde demonios te has metido? ¿Qué pasa, que aquí no puedo tomar una copa? ¿Soy negro o algo parecido? Trae un par de especiales y date prisa, ¿quieres? ¡Por el amor de Dios!

—Pensaba que no ibas a beber más —dijo ella.

—¿Y a ti qué más te da? —preguntó él—. ¿A ti qué te importa que yo beba o no? Por ti, puedo emborracharme hasta caerme. No te importo nada.

—No digas eso —protestó ella—. Sabes que te quiero, ¿verdad? ¿Verdad? ¿Verdad que sabes que te quiero?

—¿De verdad me quieres un poquito?

—Pero ¡cariño…!

—Quizá sí me quieres —dijo él—. Quizá sí me quieres un poquito. Si me quisieras un poco, te terminarías esta copa para que pudiéramos tomar la última. ¡Así! ¿No te da vergüenza hablarme de esta manera? ¿Verdad que has sido mala? ¿Sabes que me has atacado como si fueras un bulldog? ¿Lo sabes? “Un bulldog, bulldog, guau, guau, guau, Eli Yale; es un bulldog, un bulldog, guau, guau, guau, nuestro equipo nunca perderá; cuando los hijos de Eli…”. ¿Ah, aquí está Gus! Vaya, vaya, vaya, mi viejo amigo Gus. Mira lo que trae, mira lo que nos trae, querida. Bien, adelante. Es estupenda la última copa. Copa, copa, “guau, guau, Eli…”.

—Me gusta oírte cantar —dijo ella—. Suena… Oh, qué buena está esta. Es la mejor de todas.

—¡Tómatela! —dijo él—. Mujer, deberías perder esta costumbre de beber a sorbitos. Por eso vas tan despacio. Si aprendieras a beber deprisa, podrías llegar a casa antes del amanecer. Amanecer amanecer, “guau, guau, guau, Eli Yale”; es un amaneceramanecer, “guau, guau, nuestro equipo nunca…”. No, en serio, cariño, quiero hablar en serio de esto. Sabes que deberías, en serio… ¿qué demonios iba a decir? ¿Te lo imaginas? Tenía algo muy importante que decir y no recuerdo qué era. ¿Qué había empezado a decir?

—¿Cuándo?

—Nada, se fue —dijo él—. Bueno, supongo que no sería muy importante. Dejémoslo correr. ¿Qué tal te va con esta? ¿Sabes lo que vamos a hacer cuando la termines? Vamos a tomar la última. Date prisa, cariño. La verdad, no tenemos toda la noche. Tenemos que dormir un poco. Mañana tengo un día horrible. Horrible, horrible, “guau, guau, Eli Yale”; es un día horrible, horrible, guau… ¡Oh, Gus! ¡Eh, Gus, escucha! Eres amigo mío, ¿verdad? ¿Qué tal si nos preparas un par más de especiales? ¿Quieres, Gus? Para mí y para mi novia… La conoces, ¿verdad? Seguro que sí. Muy bien, Gus, dos especiales más.

Y etcétera, etcétera.

The New Yorker, 11 de febrero de 1928.
Lo fusilamos de: Dorothy Parker, Narrativa completa, Barcelona, Lumen, 2003. $58.000

Días tan largos




Tener que dejar de fumar es toda una calamidad, y encima los sucedáneos al coqueto pitillo son aburridos. Los chicles además de aburridos saben asqueroso, como mascar una colilla. Los parches quizá sean el reemplazo más bobo al acto de fumar: ¿quién pensaría que fumar sólo es ponerse encima nicotina? Fumar es acompañarse, ver volar el humo, esperar con docilidad al que no llega, el pretexto para levantarse en las mañanas... Además, uno siente tristeza cuando ve al ex fumador que exhibe orgulloso sus parches como si fueran las cicatrices de su guerra contra el tabaco. No pocos manuales recomiendan escribir un diario, anotar todo lo que pasa por la mente y el cuerpo del fumador remiso. Quizá esta sea una buena manera de que el tiempo pase un poco más rápido, porque debe saberse que cuando el fumador —sobre todo el que arroja a la basura todos los días entre una y tres cajetillas vacías de pitillos— dice "este es el último cigarrillo", automáticamente sus horas no durarán 60 minutos, como las de todos los mortales, sino que comenzarán a durar 120 minutos. Y hasta más.

Cristina Peri Rossi escribió Cuando fumar era un placer (Barcelona, Lumen, 2003) cinco años después de haber apagado su último cigarrillo luego de 40 años de fumadora. Historia del cigarrillo, del tabaco, de las tabacaleras españolas y sus ejércitos de trabajadoras; psicoanálisis personal compartido con los lectores; sartal de anécdotas alrededor de los cigarrillos y el cine, los libros y los tangos; repaso a la imagen de fumadores ilustres y anónimos, este libro no es sólo para los que dejan de fumar, porque Peri Rossi no alecciona ni recomienda, sino que comparte su dolor, su pérdida cuando dijo no fumo más. En Europa lleva unos años lejos del cigarrillo cuando un día cualquiera se abre ante ella la puerta de un ascensor, donde encuentra a tres vecinos fumando a placer. Cuando ellos confundidos van a apagar sus cigarrillos y la invitan a subir, ella los detiene: "Yo tuve que elegir entre el cigarrillo o la vida —les dije—. Elegí la vida, pero muchas veces pienso que me equivoqué".

Este libro corto y editado con gusto, como lo sabe hacer Lumen, no es un consuelo para quienes están dejando de fumar ni una advertencia para quienes fumamos ni una apología del cigarrillo o de la voluntad de dejarlo. Es un relato inteligente y bien documentado escrito por una fumadora. Porque Peri Rossi se sabe fumadora incluso ahora, cuando ya no enciende un cigarrillo y se sigue sintiendo incompleta. Gracioso consuelo: se tranquilizó un poco durante el desenganche cuando empezó a mantener siempre cerca una cajetilla de cigarrillos: "Abierto, con sus hermosos filtros blancos ofreciéndose a mi avidez. Me di cuenta de que así, mi ansiedad disminuía. Podía fumar, si quería: había cigarrillos disponibles ... Los cigarrillos no estaban ausentes para siempre, sólo que no me los fumaba" (p. 189).

El mito de Carmen la gitana de Merimeé y de Bizet, la poderosa imagen de Humphrey Bogart y la seductora de Rita Hayworth echando humo en blanco y negro; el origen de la expresión "echarse un polvo" —que tiene que ver, sí, con el tabaco— y el de otra, "hacer el niño"... en estas 199 páginas se encuentran al calor del humo el psicoanálisis, la historia, la sociología, la antropología, los estudios culturales y el diario personal, con mucha documentación y prosa sabrosa. Pasé hoja por hoja con gran placer mientras enhebraba en mis dedos Lucky tras Lucky, pero también lo disfrutó mucho mi amiga Leo, que dejó de fumar hace un año y todavía se come las uñas.

Se consigue en librerías de viejo y segundazos por $20.000.

domingo, 15 de julio de 2007

Las correcciones, de Jonathan Franzen


Cómo comienza uno de entusiasmado estas novelas de los escritores americanos menores de 45, 50. Cómo comienzan ellos de animosos, de puntillosos, de brillantes. Como van hilvanando en frases perfectas un montón de observaciones inteligentes sobre su entorno, sobre la cultura americana. Cómo dibujan esos personajes casi como para que uno converse con ellos; vaya acabados los de esos personajes. Y cómo va uno, con esos personajes y con esos autores, cayendo en la fofera. Cómo comienza uno a sentir antes de la mitad de esas novelas, allá por la página 300 —coño, la prosa americana cada vez más precisa, más puntillosa, más perfecta, y al tiempo cada vez más extensa. ¿Acaso pasaron de moda para los agentes literarios las novelas de 180 páginas?—, el tedio, mientras esos autores se van perdiendo en divagaciones.

Y ahí, cuando uno está esperando que ruede por la lejanía la bola de heno definitiva para cerrar esa novela, ¡pum!: el autor toca la genialidad. En esta novela el golpetón te coge en la página 441, cuando Enid Lambert ve por una ventana de su crucero para viejos el cuerpo de su esposo senil camino al mar, luego de caer desde la cubierta superior. La visión es apenas de cuatro décimas por segundo, el cambio de tercio del sonambulismo a la genialidad apenas en un párrafo. Otros tres párrafos más allá está uno en el capítulo siguiente, “El generador”, y se encuentra otra vez en medio de las luces.

Esa manera que tiene Las correcciones de enfocar las diferentes historias, esas genealogías que construye de muy distintas maneras y que cobijan un montón de detalles de lo que son los Estados Unidos en los noventa hacen que valga la pena leerla.


Jonathan Franzen, Las correcciones, traducción de Ramón Buenaventura, Barcelona, Seix Barral, 2002, 734 pp. Se consigue en librerías de saldos por 20.000.

sábado, 14 de julio de 2007

Fusilado: Alejandro Rossi





Se lee tan poco nuestro fusilado ilustre, don Alejandro Rossi... Y es una pena, porque da tantas lecciones sobre el estilo, sobre la arquitectura de un relato o de un ensayo. Se esmera tanto en escoger cada palabra, cada signo de puntuación. Sus cuchillazos de finísimo humor se cuelan por hendijas muy delgadas. Don Alejandro Rossi nos pide tiempo para sus relatos, y aquí se lo damos y se lo seguiremos dando.


Relatos

Es una historia que siempre he contado de la misma manera, sin preocuparme demasiado por la veracidad de los hechos o por la causa de que la narración se organizara de ese modo. Forma parte de un repertorio familiar y casi todos mis amigos la han escuchado con más o menos cortesía. No es asombrosa, aunque quizás sea vagamente pintoresca y, a estas alturas, algo nostálgica. Ignoro por qué la he repetido tantas veces: tal vez la vanidad de que un suceso personal sea una aventura. Pero también es posible que buscara una confirmación. O una ayuda. La historia tiene un comienzo aparatoso: en 1942 mi padre decide que la esposa y sus dos hijos deben abandonar Europa por razones de seguridad. Iríamos a Venezuela, la patria de mi madre, y allí esperaríamos el final de la guerra. No era fácil salir de Italia. Durante meses oí hablar de un tren especial que cruzaría Francia y llegaría hasta Bilbao, cargado de diplomáticos hispanoamericanos. Fallaron algunos trámites o las fechas no coincidieron y ahora sólo recuerdo el aeropuerto, el pequeño avión, las ventanillas pintadas de blanco para que no viésemos al enemigo, el rostro cordial de un cura y las bromas de mi padre. El relato nunca se detiene en las semanas pasadas en Sevilla, no quiere describir las sensaciones de los dos hermanos, sus comentarios sobre la ciudad nueva; a veces menciona —de manera un poco imprevista— la recomendación de mi maestra, dicha en un autobús unos días antes del viaje, de que mirara a Roma con mucho cuidado, una frase oscura y amenazante. Sólo si los amigos son venezolanos y conocen al personaje, abre el relato un paréntesis para regodearse —con una rabia cuyo origen es preciso, pero inconfesable— en la histeria, en los aspavientos de ese señor con barbas, ojos afiebrados, grandilocuente, vano, hipnotizado por el poder, que movía las manos, que se levantaba cien veces de la silla y giraba alrededor de la mesa como un asno demente. La narración apenas alude al puerto de Cádiz, quizá señala la bahía profunda, el muelle lejano, la primera silueta del barco; no entra en detalles, habla rápidamente de la despedida y es muy consciente de lo que no dice. En algunas versiones observa que nunca había mirado a mi padre con tanta atención. De allí en adelante el relato quiere concentrarse e intenta un tono a la vez festivo y esencial. Tal vez es lo adecuado, porque para los dos hermanos ese barco español —El Cabo de Hornos— es inagotable.


La historia recalca la excitación que produjeron los múltiples corredores, los pasillos, las escaleras, los salones, las puertas cerradas de tantos camarotes. Los dos hermanos cuchichean intensamente, descubren zonas desconocidas, clasifican a los pasajeros, los diferentes sudamericanos, los judíos, los españoles, los franceses, las nacionalidades borrosas, polacos, checos, húngaros, escandinavos. La narración también recoge anécdotas obvias de la vida a bordo, la organización de los juegos, la creciente familiaridad, la amistad con otros muchachos. Se enciende cuando cuenta el episodio del submarino alemán que nos detuvo para revisar la lista de pasajeros. Aunque no lo afirma, sugiere que yo vi la nave de guerra y percibí la angustia de ciertas personas. No es cierto, y dormía, todo ocurrió en la madrugada. No bajaron a nadie y, probablemente, se trataba de un reconocimiento rutinario. Salvo unos cuantos énfasis excesivos y algunas insinuaciones indebidas, hasta ahora, sin embargo, no ha mentido. La falta, ya lo dije, son las omisiones. Considera importante hablar del submarino o de la escena en que todos nos mareamos, pero calla el momento en que me di cuenta de que el viaje era una huida. Me di cuenta de que cada día nos alejábamos más. El relato quisiera que las situaciones siempre fueran divertidas y por eso no percibe los aspectos confusos, los instantes desolados. Las siestas que me obligaban a compartir con aquella amiga que acudía a nuestro camarote en busca de silencio, se transforman en la crónica de un niño que contempla a una mujer vieja, delgada y blanquísima, que le ordena mirar hacia la pared mientras se quita el vestido para después tenderse en la cama semidesnuda y sin importarle nada. Cerraba los ojos y si yo me movía me regañaba con un susurro impaciente. Dormía con la boca abierta y los pies sobre una almohada. No roncaba, pero había un ruido que no he vuelto a escuchar: una especie de chasquido de la lengua contra el paladar, un sonido seco, grave y persecutorio. Cada veinte o treinta segundos, una lengua espasmódica e insaciable. Un señora de apellido vasco, nacida en Santiago de Chile, residente en Roma desde su juventud, no suficientemente rica, huésped nuestra durante un verano en el que me aconsejó que no pisara las hormigas, una frase asombrosa e inolvidable. Ésta es la crónica habitual, cierta sin duda, pero en la cual no encuentro la furia de mis recuerdos y mi decisión de no imaginar el provenir. Tampoco está allí el desánimo creado por ciertas conversaciones críticas acerca de Italia; un lento proceso de erosión que me dejaba exhausto y vacío. En la historia sí consta, en cambio, la parte que se refiere a la francesa y al uruguayo. Antes de objetar, conviene reconocer que el material es difuso, estático, apenas sugerente. La mujer perfecta que deslumbra al niño. ¿Qué puede suceder allí? Salvo la seducción, salvo el inesperado y meticuloso acto sexual, todas las otras variantes son triviales. En ausencia del acontecimiento estrepitoso, me limito —y aquí coincido con el relato— a enumerar, sin mayores ambiciones, las tres o cuatro cosas más o menos tangibles que ocurrieron. En primer lugar, el desorden que me causó la hermosura de la francesa, ese hecho insólito y agobiante. Luego, los largos recorridos para encontrarla y verla unos instantes deseando que no me mirara. Por último, la intervención definitiva del uruguayo, un calvo silencioso y robusto: una noche los seguí hasta el puente más alto, cerca de las chimeneas. No vale la pena reconstruir ahora emociones fugaces, estados de ánimo incoherentes, sin nombres precisos. Así sucedió —mínimamente— y me repugna darle una dimensión épica. Estoy de acuerdo con el relato: la psicología destruye la ficción.


La llegada a Trinidad acelera el ritmo. La narración se enfrenta a su prueba de fuego. Prepara el terreno y nos ofrece la información necesaria: Trinidad era una colonia inglesa y, además, una base naval importante. Los barcos que tocaban puertos sudamericanos tenían que fondear en la enorme bahía y someterse a una inspección rigurosa y lenta. No tanto de la carga cuanto de los pasajeros. El capitán informó, unos días antes, cuáles eran los salones que ocuparían las autoridades inglesas para llevar a cabo los interrogatorios y el examen de la documentación. Agregó que también revisarían los camarotes. Desaconsejó cualquier protesta y pidió colaboración y paciencia. Absolutamente nadie podría bajara tierra. Nos quedaríamos allí alrededor de dos semanas. El relato insiste —creo que con razón— en la tremenda curiosidad de los dos hermanos por ver un oficial británico y en la vaga desilusión que sintieron cuando contemplaron los sencillísimos uniformes tropicales, los pantalones cortos, las medias blancas, los zapatos tan normales. También es verdad que el hermano mayor soñaba con un diálogo en el que repetiría aquellos epigramas secos contra el imperialismo inglés. Yo sabía —lo digo ahora— que el autor de esos latigazos, un profesor de griego, lo había regañado por abandonar Italia. Los ingleses —continúa la versión canónica— trabajaban desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Los funcionarios interrogaban con amabilidad y al final dejaban entrever que tal vez volverían a llamarlos. Jamás hubo gritos o discusiones. Un día, el quinto o el sexto, cambió la atmósfera: el holandés, un hombre grueso, bonachón, amigo nuestro, subió a la lancha y nunca volvimos a verlo. Quisimos saludarlo, pero nos venció la timidez o la solemnidad de la escena. A partir de esa tarde siempre hubo alguien que se fuera con los ingleses. Casi no los conocíamos, pero ahí estábamos, cerca de la escalerilla, silenciosos. Para la revisión de los camarotes trajeron más empleados y no permitieron que los pasajeros estuviesen presentes. Mi madre alabó a los ingleses por centésima vez: no había un objeto, según ella, que no se encontrara en su sitio. El relato, me doy cuenta, se pierde en boberas y en detalles falsamente dramáticos. La explicación es fácil: quisiera tener la compulsión del cuento policiaco y la minucia de un retrato antiguo. Una meta aceptable, pero fuera de su alcance. Por eso abrevio la conversación con mi hermano: sí se rió, sí tenía la cara satisfecha, sí habló en voz baja; repito, sin embargo, que nada de eso es muy importante. Lo esencial es esto: que había escondido su cuaderno de canciones militares italianas en un bote salvavidas. Me lo enseñó con una alegría ávida, y por nada del mundo quiso prestármelo. Admito que la narración mejora cuando describe el entusiasmo de los pasajeros frente a la costa venezolana, unas lucecitas perdidas que admiraron durante media hora. Mejora porque reposa sobre hechos claros, simples, el cumplimiento de un deseo, la desaparición del miedo. Pero no aprende la lección y nuevamente se enreda con la llegada a Puerto Cabello. ¿Por qué nos habla tanto de los equipajes en los corredores, de los camarotes revueltos, del cansancio de la tripulación? ¿Por qué insiste en que la orquesta tocaba un pasodoble mientras nos remolcaban al muelle? ¿Por qué se distrae de esa manera? ¿Por qué no va al grano y nos dice que la despedida más afectuosa fue la de Juan, nuestro cordialísimo camarero vasco? Eso es lo que debería hacer y olvidarse de las casas bajas, la pobretería del puerto, los autos negros de mi familia. La entrada a Caracas lloviendo no es una mala imagen, pero exige la introducción de otros elementos para ser expresiva. ¿Por qué no se decide a encarar el final de la historia con caracoleos artísticos? Sé que es una pregunta retórica, sé perfectamente que no cambiará y por eso asumo la responsabilidad de la conclusión. El asunto es así: Juan le había entregado a mi hermano un conjunto de cartas para que las pusiera de inmediato en el correo. No resistimos la tentación y las abrimos. Estaban escritas en alemán y mi hermano, que seguía las operaciones militares con gran cuidado, me aseguró que mencionaban nombres de acorazados famosos. La verdad es que nos asustamos. Confesamos todo cuando mi tío nos preguntó, por tercera vez, por qué no queríamos que él las dejara en el correo central. Las entregamos. El destinatario era un viejo residente alemán sospechoso de espionaje. Hubo reclamaciones oficiales y la compañía de navegación prometió investigar. Es posible que, más tarde, se tomaran otras medidas. No me gusta pensar en eso. Ésta es, pues, la historia completa. El relato, casi siempre tan parco en relación con nosotros, sugiere que cometimos una traición. Quizá lo hace porque supone, en su inocencia, que un traidor es un personaje literariamente más interesante. Me repugna esa frivolidad. Rechazo la hipótesis del relato y propongo la que es indiscutible: mi hermano y yo fuimos traicionados por Juan. El relato se propone narrar una aventura y nos utiliza sin ningún escrúpulo. Es respetuoso sólo para reforzar la truculencia final. Su torpeza lo delata. Es a la vez ingenuo y maligno. Ha llegado el momento de mandarlo al diablo.


Desgracia, de J. M. Coetzee




David Lurie, profesor inapetente, mete mano a una alumna cualquiera. Bonita, sí, pero no la más. Se le enjuicia y usa ese extraño derecho que recuerdan los policías cuando tienen a su presa con las manos atrás, el derecho a guardar silencio. Lo echan, pasa una temporada en la lejanía africana con su hija, son víctimas de un ataque, se acuesta con una señora de esa tierra más por no decir que no que por ganas, termina allí cuidando perros e intentando escribir una ópera sobre Byron en Italia.

El rasgo más notorio de esta novela y donde radica su virtud más pronunciada está en el tono: seco, parco, no ya económico sino hasta avaro. Lo que me pregunté apenas la cerraba después de una sesión de lectura —no más de tres o cuatro, es de esas novelas que uno tiene que terminar pronto— es ¿cómo carajo lo logra? Enfocando todas sus frases en el personaje principal, el profesor David Lurie. Y por supuesto en el diseño de este personaje: un cincuentón cínico, prejuiciado y amoral, o con una moral confeccionada apenas con retazos de sus prejuicios, que los tiene para todo. Todas las frases de esta novela están construidas desde la perspectiva de Lurie, para quien shit happens y punto. Él no se detiene a pensar ni antes ni después, y el relato tampoco.

De profesor instalado a padre recuperado, de padre a anciano vejado, de ahí a abuelo solitario canturreando en un patio, Lurie va cayendo, va cayendo pero no hay nada que pueda hacer más que actuar como testigo, y con él el lector.
Los comentaristas quieren ver aquí como en toda la obra de Coetzee una crítica al apartheid, al poder colonial y todo ese rollo. Yo vi una novela poderosa, condensada, infaltable, con uno de esos finales que golpean y permanecen. Lurie glosa un comentario de su segunda esposa, con quien se encuentra en una cafetería, y con eso se define: “No será un mal hombre, pero tampoco es un hombre bueno. No es frío ni caliente (p. 242).

J. M. Coetzee, Desgracia, Barcelona, Random House Mondadori (Debolsillo), 2003, 271 pp, $24.000.