martes, 26 de febrero de 2008

Fusilado: Víctor Gaviria



En entrevistas, mesas de bar y eventos públicos Víctor Gaviria ha repetido que el cine se le apareció de casualidad, que lo que él quería era ser escritor. Cuando salió del colegio Calazans de Medellín su papá le regaló los cuentos completos de Hans Christian Andersen en la bella edición de Aguilar, y Víctor se los tragó enteros. Sin haber escrito antes una línea se dedicó a componer relatos y poemas. Luego vendrían sus colaboraciones en la revista Acuarimántima, con José Manuel Arango y publicaciones tempranas muy hermosas (El pulso del cartógrafo, entre otras). Un premio para hacer el mediometraje Habitantes de la noche puso las imágenes en movimiento en su camino, y luego vendrían ese retrato generacional que es Rodrigo D., La vendedora de rosas (basada en “La vendedora de cerillas” de su querido Andersen) y Sumas y restas. Gustándome mucho sus películas, particularmente considero a Víctor más un poeta que un director. Cuando se lo dije apenas se rio, no sé si porque estaba de acuerdo o porque le dio rabiecita el comentario. En fin, a continuación cinco poemas como para antojar a los lectores de el ojo en la paja.


Como es época de Navidad…

Como es época de Navidad, he reunido
todos los juguetes que han llegado a la casa
con esa alegría nerviosa de la pólvora
que se apaga,
y les he preguntado seriamente, como si no se tratara
de juguetes:
“¿servirán ustedes para algo
más que estar descompuestos y tristemente
postrados, enfermos o tan simples
como algunas personas que conozco, que ni musitan
ninguna palabra nueva?”.
Pero como no quiero tratarlos con arrogancia,
como se trata a todo lo elemental y a los
elementales de la vida, les pregunto
de verdad:
¿me ayudarán ustedes a tener mi hijos
ocupados en algo durante
estos innumerables días del año, hipnotizados y
obsesionados con ustedes como si se tratara
de un amor?,
¿les servirán ustedes de refugio como la puerta
cuando alguien se esconde detrás de ella?,
¿les servirán, por favor, ustedes a mis hijos
para que el tiempo ingrato no juegue con ellos…?


Cuántas lágrimas…

Cuántas lágrimas se desperdician en los cines
o en los libros, o aun las lágrimas espontáneas
de los aficionados al fútbol cuando se reúnen por millares.
Porque cuando salen del cine, o dejan a un lado los libros, o se
separan de la multitud,
los hombres y mujeres miran las calles con ojos secos
que lo hacen todo transitorio:
¿para dónde van tan de prisa,
pensando en otras cosas?
Van hablando con ellos mismos
el diálogo del que no pregunta nada
ni nada responde.
Lluvia, agua humilde del cielo,
hazme blando como esta tierra.


Los días del olvidadizo

Mi locura es antes que todo el desorden de las cosas que acumulan los años:
me hacen bajar los brazos de desánimo verdadero,
y no sé qué está primero,
si el día de ayer o el de mañana, si este pensamiento minúsculo
como el polvo de oro de la tarde
envasado en la penumbra del cajón,
o las cartas de amor que prometí.
¿Quién está primero o último?
Necesito el costal del indigente donde guarda sus cosas primordiales,
todas en orden, cualquiera sea el lugar,
o el costal del ladrón antiguo que saltaba los patios
y que desconoce el tesoro que reunió en la oscuridad.
Necesito una mesa tan grande como la arboleda de mi primer colegio,
una mesa de fiebre que no tiene bordes
para que estén todas las cosas-novias
de mis días de olvidadizo, unas junto a las otras
como un herbario sin clasificar, como un rastrojo saludable,
donde mis cosas estén bajo la misma dulce mirada del Dios de
los reblujos,
que iguala el valor de las cosas dispares
como si se tratara de hombres.


Autobiografía

Este es un tiempo muy especial, que no encuentro cómo describir:
tiempo en el que nadie devuelve lo que le prestan,
tiempo en que todos toman souvenirs de las casas que visitan,
como si se tratara de museos y recintos de personas famosas e importantes.
Tiempo en el que cada cual trabaja para su orgullo,
aun en los días de fiesta o en las noches,
guardándose alguna lámina, un anillo, o libros,
o una fruta silvestre del frutero,
alguna cosa, con tal de no perder el tiempo,
de salir con algo nuevo y agregado a la calle,
con tal de no salir como entraron. Tiempo
de los aprovechados, tiempo raro que tuerce las buenas intenciones.
¿O están tan pobres de cosas ajenas,
tan decepcionados y cansados de lo propio,
que necesitan un secreto que no sea suyo?
Cuando presto algo
me despido de mis cosas que presto,
porque sé que quien las recibe se olvida enseguida a quién pertenecen.
Llevan cosas de otros y las encierran en casa
como herencias antiguas. Reciben favores
y no los devuelven. Reciben del celo
por los patios porosos, por las ventanas de aire y luz,
reciben tantas cosas,
pero ellos apenas devuelven los saludos y las buenas noches al
despedirse de las fiestas.
¿Dónde están todos los libros y las revistas que presté?
Navajas, semillas, pipas de agua, separadores,
fósforos y cigarrillos de colección,
y alguna foto en donde estoy abrazado al ladrón…
¿Dónde está todo lo que di en estos años
y nadie me devolvió ni cambió
por otra cosa más hermosa?


La novia que no duerme

Hay muchas clases de reinos.
Entre los más pobres hay algunos que superan a los demás
en pobreza, llevan con una alegría inusual su saco y su
sombrero agujereados,
su espíritu a prueba de todo resplandece
con el simple paso del tiempo…
Pero tú eres la reina que no duerme,
la que permanece en la cama con los ojos abiertos,
la reina del gato que sube el muro, luego el techo
de tejas oscuras,
la reina del árbol de mandarinas que se mece
a la medianoche,
la que oye caer las mandarinas maduras como si alguien
caminara en el solar,
cuando no es nadie sino los ruidos de la noche,
los ruidos del cuelo que no duerme,
porque el Tiempo lo inquieta,
como a ti,
novia de la pregunta sin respuesta.


Los fusilamos de: Víctor Gaviria, Antología poética 1978-2003, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, 2006, 174 páginas.

viernes, 22 de febrero de 2008

Calor, de Bill Buford






“Nel mezzo del cammin di nostra vita/ mi ritrovai per una selva oscura/ ché la diritta via era amarrita”. Aquí y allá cita, recuerda el autor este primer terceto de la Comedia de Dante. Y con razón: en el medio del camino de su vida perdió la recta vía, y de editor de ficción del New Yorker pasa a convertirse en cocinero. La aventura de sumergirse en una cocina y en la vida de Mario Batalli, el estruendoso chef y presentador de TV neoyorquino, se torna en un cambio de vida radical de Buford. Y todo sucede ahí, mientras uno está leyendo el perfil de Mario y las aventuras en el trasfondo de una cocina de tres estrellas en Manhattan. Hacia el final el autor da cuenta de su transformación: “Y entonces di el salto. Ya no era alguien que observaba desde el exterior. Dejé de ser un escritor que relataba sus experiencias en la cocina. Era un miembro de ésta” (p. 382).

Pero este libro es muchísimo más que una razonada combinación de reportaje y perfil. Es el relato de una epifanía, la bitácora de alguien que deja un trabajo en la cima del prestigio intelectual para irse a pelar zanahorias y a quemarse los pelos de los brazos en la parrilla. Es un repaso por libros de cocina italianos desde el siglo XIII, un recetario comentado, un estudio sobre las diversas maneras de tasajear un cerdo. Buford compra uno recién sacrificado en pleno Manhattan, entero, y se lo envuelven en una bolsa plástica. Resulta que no tiene carro sino una moto, y su esposa lo ha acompañado a hacer la vuelta. La imagen del tipo con su mujer de parrillera y el cerdo ahí desgonzado en el tanque de la moto es muy divertida, pero no es la más graciosa del libro.

Veámoslo en plena actividad en la cocina de Babbo, el restaurante de Mario Batalli: “Los cocineros se movían tan deprisa que era incapaz de entender lo que hacían. Los platos se recibían a través de una impresora de pedidos, que escupía largas tiras de papel, una detrás de otra; Andy los cantaba y, sin que yo supiera cuándo ni cómo, reparé en que todos habían aumentado al mismo tiempo la velocidad de sus preparativos. Sus movimientos tenían otro ritmo, otra urgencia. Al final de la noche, no sabía explicar lo que había visto: algo muy confuso, comida lanzada al aire, y unas formas de actuar completamente diferentes: una enorme agresividad cuando los cocineros manejaban el calor y el fuego, mientras sus cazuelas despedían llamaradas; y una delicadeza casi artística cuando montaban los platos con sus manos, moviendo hojas de hierbas y verduras con sus dedos y rematándolos con unas líneas de colores que vertían de una botella de plástico, como si estuvieran firmando un cuadro. ¿Qué era aquello? Algo que no podía entender” (p. 77).

Mientras cocina y recorre el mismo camino que Mario Batalli recorrió hasta convertirse en chef, Buford va siguiendo la aparentemente caprichosa línea de sus intereses. Y con tiempo y buena letra detalla esos intereses. ¿Cuál es la diferencia entre raviolli y tortelini? ¿Cuándo entró el huevo en la receta de la pasta? ¿Cuándo y cómo Francia desbancó a Italia en la cabeza de la gastronomía europea? ¿Cuáles son las diferencias ente pasta fresca y pasta seca? Y hay más.

El estilo, por ejemplo. Tan lleno de información pero tan conversadito. No recuerdo un autor que utilice de manera tan inteligente los paréntesis como Bill Buford, que describa mejor a las personas con un par de frases: “Juntos ocupaban gran parte de la mesa –un semicírculo en realidad–; con aquel tamaño, podrían haber sido los figurantes de una obra de teatro medieval sobre los pecados capitales (los siete)” (p. 199); “El maestro era un hombre pausado (de una forma anticuada y masculina) y comedido (de una forma anticuada y masculina) y hablaba con lo que a veces parecía una gravedad exagerada, juntando sus largos dedos como un signo de puntuación” (p. 323).

No es sólo reportaje combinado con perfil, repito. Otra vez: es más que eso. Luego de un año largo de estar en esa cocina de Manhattan, de renunciar a su trabajo e irse a vivir a Italia –estuvo allí casi otro año– para aprender a hacer pasta y para conocer los secretos de la carnicería, Mario le pregunta que cuándo va a abrir su propio restaurante. Buford se contesta: “Yo no quería esos conocimientos para ser un profesional; sólo para ser más humano” (p. 454). Y el cambio de piel sucede frente al lector. Pareciera que todo va sucediendo a medida que lo cuenta Buford: “Esta receta no es la que uno encuentra en el libro de cocina de Babbo y hasta este mismo instante, era uno de sus secretos” (p. 268).

Para quienes se estaban quejando hace poco de dolor en el bolsillo les tengo, pues, dos muy malas noticias: este libro es imperdible y es costoso. Si están parados en la librería dudando si meterle o no los casi 90 mil pesos que vale, vayan al capítulo 11. O al 12. Y luego hablamos.


Bill Bufford, Calor, Barcelona, Anagrama, 2007, 457 páginas.





miércoles, 13 de febrero de 2008

Fusilado: Jorge Herralde (3)


“Panorama de narrativas”: los inicios de una colección (3)


Los números 22 y 24 corresponden a Patricia Highsmith –Crímenes imaginarios y El juego del escondite–, mientras que a finales de 1982 comparece una extraordinaria escritora del Deep South, Eudora Welty, con el que había sido su primer libro de relatos, Una cortina de follaje, donde el lirismo mágico, por una parte, y el llamado “grotesco sureño”, por otra, brillan con personal intensidad. Después publicamos dos títulos más, El corazón de los Ponder y Las manzanas doradas, libros acogidos siempre con excelentes reseñas y escasísimas ventas. A veces nos lamentábamos en Frankfurt con su editora inglesa Marion Boyars de sus pocos lectores: “Ganará el Nobel”, me decía siempre. Un día le pregunté, por si tenía fuentes suecas, por qué lo repetía con tanto énfasis: “Es mi candidata”, repuso, “That’s all”. Eudora murió hace poco sin el Nobel, pero respetada en su país como una de las grandes escritoras del siglo.

En el mismo viaje a Estados Unidos en el que conocimos Lali y yo a Grace Paley, bajamos luego a Nueva Orleans (imprescindible homenaje a Kennedy Toole), y de ahí, en coche, a Jackson, Mississippi, donde vivía Eudora Welty, altísima, huesudísima, timidísima. En una semana habían estado en su casa un equipo de televisión de Nueva York, un periodista francés con motivo de la publicación de sus libros en Flammarion, y después nosotros: “¡Qué pasa con usted, miss Welty?”, nos dijo, como incrédula, que le preguntaban sus vecinos. Nos habló con mucho afecto de Richard Ford, a quien conoció de niño, cuando era vecino suyo en Jackson.

El año 1983 se inicia con Gesualdo Bufalino, un escritor publicado por la exquisita editorial siciliana Sellerio: su primera novela Diceria dell’untore, que se convirtió en Perorata del apestado (PN 23), tras serias dudas sobre la traducción nada fácil del título, fue una revelación. Su historia es bien conocida: un ignoto profesor sexagenario escribe unos textos para acompañar un libro de fotografías; la editora, Elvira Sellerio, y su asesor literario, Leonardo Sciascia, detectan un extraordinario talento de escritor, le preguntan si tiene manuscritos en sus cajones… y los tenía a mansalva. Entre ellos, su segunda novela, Argos el ciego, que con Perorata del apestado me parecen no sólo las mejores novelas del autor, sino también de la literatura italiana de las últimas décadas.

Y ahora comparece de nuevo nuestra vieja amiga Grace Paley con sus Enormes cambios en el último minuto (PN 24), al que más adelante seguirá su tercer y último libro de cuentos, Más tarde, el mismo día. Para muchos lectores, los grandes cuentistas norteamericanos de los sesenta en adelante podrían ser estos tres: Donald Barthelme, Grace Paley, Raymond Carver (ampliación del axioma anterior).

Otro extraordinario y atípico escritor italiano, el sardo Salvattore Satta (Adelphi, again), un jurista de extraordinario prestigio que, como a escondidas, escribió una obra maestra, El día del juicio (PN 25). En ella se cuenta la historia de una antigua familia de notarios acomodados en Nuoro, una ciudad que es un “nido de cuervos” en esa isla de “demoníaca tristeza”. Releo en la contraportada: “Detrás de la prosa austera, de la concreción durísima de los hechos, percibimos en estas páginas una continua fiebre visionaria”, un texto que no recuerdo si lo escribí yo o, más probablemente, fue traducido de la contraportada italiana, que solía redactar el propio Calasso. Satta era uno de esos “casos literarios” con los que los italianos nos sorprenden a menudo, como ha podido verse en este recuento: Wilcock, Manganelli, Brelich, Bufalino y ahora Satta.

Luego siguen Dúo (PN 26), una excelente novela corta de Colette, y Extraños en un tren (PN 27), la primera novela de Highsmith que, como es sabido, llevó al cine con gran éxito Hitchcock y en cuyo guión trabajó, rezongando, Raymond Chandler. Anyway, gran novela, gran película.

El polaco Andrzej Kusniewicz es el autor de uno de mis títulos preferidos de aquellos años, El Rey de las Dos Sicilias (PN 28). Lo descubrí en Frankfurt, en el stand de Sellerio, lo empecé a leer y me quedé deslumbrado; le pregunté a Enzo Sellerio por los derechos, y éste, muy complacido y complaciente, me llevó a conocer a la agente polaca para pedir una opción. Lo terminé entusiasmado y lo publicamos, al igual que otra novela suya: La lección de lengua muerta. Como anécdota, cuando conocí a Álvaro Mutis en México, en casa de Alejandro Rossi, me saludó con su mejor vozarrón: “¡Te estaré para siempre agradecido por haber publicado El Rey de las Dos Sicilias!”.

Jean Rhys, una de las escritoras más singulares de la literatura británica, quebradiza y quebrada y a la vez indestructible, comparece por primera vez en la colección con el libro de relatos Los tigres son más hermosos (PN 29) –hipótesis de trabajo: las personas respetables son más feroces que los tigres… y desde luego menos hermosas–, al que seguirán más adelante Ancho mar de los Sargazos, la novela de su revival que la sacó del olvido, y Después de dejar al señor Mackenzie.

Y con Tras los pasos de Ripley (PN 30), en la primavera del 83, termina este repaso de los 30 primeros títulos de “Panorama de narrativas”, correspondientes a los dos primeros años de su existencia.

Resulta patente la prioridad de la literatura anglosajona, seguida de la italiana, francesa y alemana, y con un título de lengua más exótica, el polaco; una tónica que se prolongará de forma similar a lo largo de los años, con una diferencia en los últimos tiempos, el aumento de autores franceses y un bajón italiano. (En los años ochenta, “Panorama de narrativas” compitió con nuestra colección “Contraseñas”, muy activa en esa década –con sus Tom Sharpe, Tom Wolfe, Kurt Vonnegut, Douglas Adams, más Bukowski, y tantos otros– y que luego siguió más en sordina.)

Los títulos de “Panorama de narrativas”, de extraordinaria calidad literaria todos ellos, resultaron a menudo minoritarios, pero fueron propulsados por La conjura de los necios y las siete novelas de Patricia Highsmith que tanto facilitaron la buena marcha de la colección y mejoraron las finanzas de la editorial. Y debido a ello, en plena euforia, decidí, literalmente de un día para otro, convocar un premio de novela que inauguraría una nueva colección, “Narrativas hispánicas”, que se inició en noviembre de 1983.
Lo fusilamos de: Jorge Herralde, Flashes sobre escritores y otros textos editoriales, México, Ediciones del Ermitaño, 2003, pp. 97-116.

martes, 12 de febrero de 2008

Fusilado: Jorge Herralde (2)



“Panorama de narrativas”: los inicios de una colección (2)


El año 1982 empieza con otro italiano, o mejor dicho, argentino, que después de escribir en español se marchó a Roma y se pasó al italiano: J. Rodolfo Wilcock, autor de La sinagoga de los iconoclastas (PN 9), que presentamos con un prólogo de Ruggero Guarini (a modo de devolución de la visita). Un libro excepcional –una galería de retratos de utopistas, inventores, teóricos, sabios, todos ellos abnegados héroes del absurdo–, que se inscribe en la línea de Vidas imaginarias de Marcel Schwob y La literatura nazi en América de Roberto Bolaño, por nombrar un predecesor y un sucesor.

La colección de cuentos muy breves La mujer oculta, de Colette, fue el primero de los cuatro títulos publicados en “Panorama de narrativas” de esta gran autora, heterodoxa, inconformista, escandalosa, gloriosamente amoral y de sensualísima prosa. Un libro que no excluye una ácida visión de las relaciones amorosas: “ese calabozo que se llama la vida a dos”, “el moho de la vida conyugal”.

Amor por un puñado de pelos (PN 11), de Mohammed Mrabet y Paul Bowles, es quizá el mejor ejemplo de la abundante colaboración entre ambos: Mrabet le contaba sus historias magrebíes a Paul Bowles, quien las elaboraba y escribía en inglés. El libro lo había publicado Peter Owen y me lo había recomendado Juan Goytisolo, quien escribió un excelente prólogo. Por fin, fetichismo de editor, podía inscribir a Paul Bowles en el catálogo: unos años antes, en los setenta, conversando en México con Carlos Monsiváis de tantísimos libros, surgió en la conversación Paul Bowles, de quien Black Sparrow Press (la editorial de Bukowski) había publicado sus Collected Stories, una amplia colección de cuentos. Carlos se ofreció a hacer una selección y traducirlos él mismo, pero no fue posible un acuerdo, insistieron en la edición íntegra. Se trataba de un libro muy extenso, una inversión considerable en una mala época de la editorial, y con dos agravantes excesivos: ser un libro de relatos y además de un escritor entonces desconocido en nuestro país.

Compañía (PN 12), de Samuel Beckett, un autor a quien había empezado a admirar leyendo su obra de teatro Esperando a Godot (publicada si bien recuerdo en el primer número de aquella excelente revista que fue Primer Acto), era, aunque no muy largo, el texto más extenso de Beckett en muchos años y realmente magnífico. Negocié los derechos con su editor John Calder, viejo compinche de los tiempos del Premio Internacional de los Editores en los años setenta. Uno de los especialistas en Beckett era el italiano Aldo Tagliaferri, colaborador de Feltrinelli, a quien en una Feria de Frankfurt le pedí un texto que figura a modo de epílogo.

En cuanto a El reposo del guerrero de Christiane Rochefort, fue un texto escandaloso en su época, que en España sólo se podía leer en francés o en su edición argentina. La historia era el amour fou de la autora por un personaje, copia literal, se afirmaba, de Pierre-Francoise Rey, el autor de Les pianos méchaniques y presencia frecuente durante años en los bares de Cadaqués. Me pareció oportuno incluirlo en la colección, con una ilustración de Balthus, Jeune fille à la chemise blanche, la primera de un autor que luego he utilizado con frecuencia. Le encargué un prólogo a Esther Tusquets, que también lo había devorado en su época, pero que tras la relectura me envió un texto más bien reticente, que preferí colocar como epílogo.

Cuando recibía los catálogos semestrales de Louisiana University Press, esperaba encontrar las informaciones habituales: libros sobre jazz o los campos de algodón o los barcos por el Mississippi. Pero de pronto hubo una excepción: se anunciaba la única novela publicada por dicha editorial universitaria: A Confederacy of Dunces, de John Kennedy Toole. En el catálogo se reproducía el texto del prestigioso novelista Walter Percy, que figura como prólogo del libro, en el que cuenta cómo, estando en su despacho de la editorial, entró una señora con un paquetón de cuartillas de una novela de su hijo, John Kennedy Toole, quien no logró que se publicase, pese a ser genial, y que al fin se suicidó. Percy cuenta su lógica prevención ante el mamotreto inédito y cómo quedó fascinado por su lectura; ese texto de presentación era muy excitante, por lo que decidí pedir una opción. Nos enviaron el libro, advirtiéndonos que teníamos una segunda opción, otra editorial española acababa de pedir la primera. Estuve en vilo varias semanas, ya que la novela era tan estupenda (y divertidísima) como prometía Walter Percy. Finalmente la otra editorial (no supe cuál era hasta bastantes años después) no se decidió, pasé una modesta oferta de 1.000 dólares, que fue aceptada, se puso la traducción en marcha y en la primavera del 82 publicamos La conjura de los necios con una primera tirada de 4.000 ejemplares. Los primeros meses fueron más bien sosegados, pero en septiembre, al volver de vacaciones, el libro se había agotado, por lo que hicimos una reedición, también moderada, que duró un día, así que volvimos a reeditar y se convirtió en el mayor longseller de la editorial. Me comentaron que en aquel verano, en las playas españolas, se podía observar un curioso fenómeno: gente agitándose espasmódicamente sobre sus tumbonas o toallas; si uno se acercaba, veía que estaban leyendo un libro a carcajadas: La conjura de los necios. Un caso de boca-oreja en estado puro y que se transmite de generación en generación.

El libro, entretanto, había ganado el Pulitzer, lo que para efecto de ventas españolas significa bien poco, y se había convertido en un bestseller en su país y también en el Reino Unido. Como anécdota, en Francia, pese a ganar el Premio al Mejor Libro Extranjero, no funcionó (quizá la traducción, que comparé, era demasiado argótica, como de una novela de la Serie Noire), ni tampoco en Italia (el editor que la adquirió, mi amigo Piero Gelli, cambió de editorial y su sustituto la publicó sin el menor entusiasmo). Yo me había convertido en un gran propagandista de La conjura entre mis colegas amigos, y así Christian Bourgois compró más adelante los derechos de bolsillo para su colección “10 x 18”, donde funcionó muy bien, y el director de la italiana Marcos y Marcos la adquirió hace pocos años, al quedar sus derechos libres, y ha sido uno de los mayores éxitos de su pequeña y vivaz editorial.

Años después apareció La Biblia de neón, una primera novela, también inédita, de Kennedy Toole, escrita a los dieciséis años con sorprendente madurez: una lúgubre visión del Deep South, con ecos de Otras voces, otros ámbitos, de Truman Capote, aunque sin su maestría. Pero nos quedaremos para siempre sin saber de las andanzas de Ignatius Reilly en Nueva York.

A Giorgio Manganelli, escritor estrictamente genial, lo conocí en Barcelona, donde estuvo de paso, exactamente el día del confusísimo atraco al Banco Central. Estábamos en un hotel cercano, el Calderón, y nos llegaban noticias indescifrables, de secuestradores y secuestrados. Otro italiano y esta vez no de Adelphi (aunque muchos años después Calasso empezó a editar su opera omnia). Aparte de esa tarde, lo vi después en una Feria de Frankfurt en la que Italia era el país invitado. Poco sociable, aunque estuvimos en un par de cenas en petit comité, aparcaba un rato cada día en el stand de Anagrama, como refugiado, miraba los libros, comentaba el catálogo, ¡ah, la Compton Burnett! En su espléndido libro de ensayos literarios, La letteratura como menzogna, le dedicaba un ensayo a esa incomparable escritora, que coloqué como prólogo de Padres e hijos. Mirada penetrante, cultura inagotable, perverso sentido del humor; a veces resultaba casi cálido, otras segregaba una sensación de peligro, como animal feroz rumiando el modo de aniquilar al contertulio. Así me lo pareció en un par de ocasiones, a menos que fuera un despliegue teatral de humor negrísimo.

El primero de los cuatro libros de Manganelli publicados en la editorial fgue uno de los más accesibles, Centuria (PN 16), con un subtítulo memorable y engañoso: Cien breves novelas-río. Pero que el lector no se confunda: no encontrarán ahí cien miniaturas, cien novelas bonsái o cien barquitos dentro de una botella, sino cien historias a menudo enigmáticas y esquivas. Eso sí, breves. Y fulgurantes.

Joseph Roth comparece de nuevo con A diestra y siniestra (PN 17), que había sido publicada ya en los años treinta, en versión de quien fue, en su día, primer traductor de Freud al español: Luis López Ballesteros y de Torres, traducción que utilizamos en nuestra edición. Una excelente novela, aunque no llega a las alturas literarias de La noche mil dos y Confesión de un asesino, que aparecieron más tarde en la colección.

Mario Brelich es otro italiano, o mejor dicho, un húngaro que escribía en italiano (cosecha Adelphi), un escultor que escribió varias curiosas novelas sobre temas bíblicos. Quizá la mejor era La ceremonia de la traición (PN 18), una compleja visión de Judas. Pensé que el personaje ideal para prologarlo era Jesús Aguirre, amigo, ex colega y recién duque de Alba, y tras cierto intercambio epistolar casi lo escribió: la idea le hizo mucha gracia pero, en su última carta, meses después, el mensaje era que sus múltiples y novedosos quehaceres le impedían dedicarse a ello. Lo sustituyó in extremis un texto de Giorgio Manganelli.

Con El placer del viajero, una novela veneciana, inquietante y macabra, de Ian McEwan, hace su entrada en la colección el después bautizado “British Dream Team”, en aquel entonces, 1982, un puñado de brillantes jóvenes autores con apenas obras publicadas. En la colección “Contraseñas”, en 1980, ya había aparecido su primer libro de cuentos, Primer amor, últimos ritos, uno de los mejores debuts que se recuerda en la literatura inglesa en décadas (otro fue El libro de Rachel de Martin Amis, que también se publicó en “Contraseñas”). Luego seguiríamos publicando en “Panorama de narrativas” toda su obra posterior, con títulos como El inocente, Niños en el tiempo, Amor perdurable, Amsterdam, con el que ganó el Booker, o el último, que aparecerá en otoño próximo, Expiación.



Lo fusilamos de: Jorge Herralde, Flashes sobre escritores y otros textos editoriales, México, Ediciones del Ermitaño, 2003.


En dos días, tercera y última entrega.

sábado, 9 de febrero de 2008

Fusilado: Jorge Herralde (1)


¿Cómo se arma una colección prestigiosa, con literatura no muy leída, con autores desconocidos? ¿Cómo hacer para darle treinta años de excelente salud? ¿Dónde pone la nariz un editor acucioso para encontrar las buenas historias, la prosa deliciosa? ¿Cómo trabaja ese editor? Uno de los más grandes apostadores del ámbito editorial en español recuerda en este artículo los comienzos de Panorama de Narrativas, esos, los libros amarillos que tanto nos gustan.



Debido a su extensión la he dividido en tres entregas. Con ustedes, la primera.





“Panorama de narrativas”: los inicios de una colección (1)

En 1980 parecían aliviadas las graves dificultades económicas que había padecido Anagrama en los últimos años. Las causas más importantes: la crisis de Enlace, nuestra distribuidora, que los socios, entre ellos Anagrama, debieron refinanciar para evitar su desaparición; la insuficiencia y percances de las exportaciones; las consecuencias del llamado “desencanto”, que significó que los libros políticos, o sea buena parte del fondo de la editorial, se quedaron súbitamente sin lectores.

La colección “Contraseñas”, iniciada en 1976, con el Nuevo Periodismo, Bukowski y Copi al frente –una colección etiquetada como salvaje, forajida, marginal, etc.–, había paliado un tanto los problemas, pero decidí que debía pensar en una nueva colección, menos adjetivada, más abierta, con la única consigna de la calidad literaria y dedicada exclusivamente a literatura traducida.

Haciendo de la necesidad virtud, porque la capacidad financiera no permitía pagar anticipos elevados, empecé a rastrear diversas literaturas, buscando autores que hubieran quedado ocultos para otros editores españoles, o bien buscando las nuevas voces, los escritores emergentes, los posibles clásicos del futuro. En aquella época, la tarea tampoco era tan difícil, ya que, muy al contrario que hoy en día, apenas había editores interesados en tal tipo de indagación, se apostaba tan sólo por los muy consagrados, los más obvios.

Primero hubo, pues, esa fase de búsqueda, así como de elección del título de la colección, “Panorama de narrativas”, que me pareció el más ajustado a mis propósitos. También, como la mayoría de los autores eran poco conocidos en nuestro país, si no totalmente desconocidos, para subrayar la credibilidad literaria de la colección pensé que sería aconsejable “amparar” algunos de los primeros títulos con un prólogo, algunos encargados expresamente a buenos amigos, como Carlos Barral, Luis Goytisolo, Juan Goytisolo y Esther Tusquets. En otros casos, buscando textos de autores extranjeros que pudieran utilizarse a modo de prólogo.

El tan importante tema de la maqueta fue muy trabajado por nuestro grafista, Julio Vivas, que presentó diversos proyectos que discutimos hasta la elección final, con sus elementos tipográficos fijos y el luminoso color vainilla de fondo como signo más inequívoco. Un diseño de colección que sólo tuvo una ligera modificación, en el año 1991, y que es una de las más fuertes señas de identidad de Anagrama; reforzada, además, por el diseño de la colección “Narrativas hispánicas”, iniciada a finales de 1983, que sólo se diferenciaba de su colección hermana en el color de fondo, gris claro.



En la primavera del 81, ya con bastantes títulos contratados, con el nombre de la colección y el diseño decididos, se fletaron simultáneamente los tres primeros, de Jane Bowles, Ruggero Guarini y Grace Paley. Pese a tratarse de tan ignotos autores, los lectores, libreros y críticos, los cognoscenti, que ya conocían sobradamente Anagrama, en especial por sus ensayos y por la colección “Contraseñas”, acogieron con curiosidad e interés aquella nueva colección, un tanto enigmática, “Panorama de narrativas”, que en marzo de 2002 ha llegado a su número 500, gracias a tales complicidades.

Ahora, veintiún años después, propongo un recorrido por los dos primeros años –de la primavera de 1981 a la de 1983− y sus primeros 30 títulos publicados.

*

Cuando empecé a preparar “Panorama de narrativas” el nombre de los Bowles, Paul y Jane, era una extraña pareja, era un poco más que una contraseña para los muy iniciados. Dos damas muy serias (PN 1), de Jane Bowles, había sido publicado en Inglaterra por Peter Owen, un editor independiente, excelente, minoritario y de finanzas siempre precarias. Me encantó esta extravagante y chifladísima novela y decidí inaugurar con ella la colección. Además de una introducción propiamente dicha a la novela, a cargo de Francine du Plessix Gray, se añadió un perfil escrito por su fan, Truman Capote: para él y otros muchos, incluido Paul Bowles, el auténtico talento literario pertenecía a Jane, she was the one.

El exquisitísimo Franco Maria Ricci, a quien conocí ya en el 69, en mi primera Feria de Frankfurt, tenía entre sus colecciones una de literatura, la Biblioteca Blu, refinada, con textos inesperados, quizá demasiado, que rozaban la extravagancia, por lo que tuvo poca continuidad. Entre ellos estaba una perla, Parodia, de Ruggero Guarini, con prólogo de J. Rodolfo Wilcock, que había sido saludada como la primera gran novela erótica italiana, “una tentativa de romper el muro del sonido de la Obscenidad”, en palabras del autor, en la que destacaban, escrito está, “la maestría casi inofensiva del estilo y el irónico centelleo de una cultura refinada y exquisita”. Guarini fue el primero de los muchos escritores italianos publicados en esta colección.

Batallas de amor, de la norteamericana Grace Paley, fue el tercer título. Una escritora extraordinaria, de gran actividad política y feminista, siempre en la brecha izquierdosa, en detrimento de su actividad literaria, reducida a tres excelente libros de relatos, publicados en esta colección, poemas y ensayos. En un viaje a Estados Unidos fuimos a visitarla a su casa del norte de New Hampshire, una cabaña en el bosque en la que vivía con su marido, también escritor, donde nos prepararon una cena con productos de su huerto. También estuvo una vez en Barcelona, en ocasión de una Feria Feminista en las Atarazas, y organizamos una comida en casa con ella, Angela Carter y otros amigos. La primera vez que oí hablar de ella fue en los años sesenta, en una visita a Barcelona del gran cuentista Donald Barthelme, a quien había publicado en la Serie Informal tres libros de relatos. (Axioma: Barthelme fue el gran cuentista de los sesenta y setenta, a quien todos admiraban; su relevo, en un registro bien opuesto, fue Raymond Carver, en los ochenta, el otro gran maestro.) En un almuerzo en La Venta, entre vodkas y vodkas y más vodkas (antes de empezar a comer), me recomendó especialmente a una autora y un título, espléndido, que me apuntó en un papelito: Enormous Changes at the Last Minute. Retuve el papelito, el nombre y el título, y cuando lo leí se lo agradecí a Donald: en “Panorama de narrativas” se editaron los tres libros de relatos de Grace Paley, por su orden cronológico de publicación en inglés.

El cuarto fue una rareza, de sugestivo título: Medianoche en Serampor, que reunía dos hermosas novelitas del rumano Mircea Eliade, tan conocido por sus estudios sobre las religiones, y a quien había publicado en la excelente colección Nouveau Cabinet Cosmopolite, de Stock, la que después fue gran amiga, Marie Pierre Bay.

Con el quinto, A pleno sol, comenzó la “operación Patricia Highsmith”, una autora poco publicada en España y con escaso éxito, básicamente conocida por las películas basadas en sus novelas Extraños en un tren, A pleno sol y luego El amigo americano. La autora, que detestaba Estados Unidos, tras una muy larga estancia en Francia se había trasladado a un pueblecito de la Suiza italiana y había nombrado agente de sus a obras a Diogenes, su editorial en lengua alemana, con residencia en Zurich. Mercedes Casanovas y Michi Strasfeld habían puesto en marcha una agencia literaria en Barcelona. Michi se encargaba de los derechos de Diogenes Verlag y se empeñó, con notable éxito, en cambiar el destino de Patricia Highsmith en lengua española. Tras tanteos con varias editoriales, finalmente Anagrama hizo la mayor apuesta y contrató de golpe bastantes títulos, mientras que Alianza y Alfaguara albergaron algunos otros de la extensa obra de la autora.

Los dos primeros títulos publicados, en otoño de 1981, fueron A pleno sol (PN 5) y La máscara de Ripley (PN 7), la presentación en sociedad, en una colección declaradamente literaria, de Patricia Highsmith y de su héroe o antihéroe favorito, Tom Ripley, el elegante asesino, nonchalant e impune. Poco antes, los cineastas Fernando Trueba y Óscar Ladoire habían ido a su casa de Suiza, donde la entrevistaron para El País. Con ellos dos, y otro gran fan, el cineasta y escritor Gonzalo Suárez, organizamos una presentación en la librería Visor de Madrid, que fue el pistoletazo de salida para una de las grandes estrellas de la colección, seguido en la primavera del 82 por El amigo americano (PN 15). “Se los llevan de tres en tres”, me comentaban los encargados de la caseta de Anagrama en la Feria de Madrid, la autora ya estaba lanzada. En el periodo aquí comentado se publicaron un total de siete títulos de Patricia Highsmith, que llegaron más adelante hasta diecinueve, y que fueron decisivos para la implantación de “Panorama de narrativas”.

Regresando al orden cronológico, el sexto título de 1981 fue La leyenda del santo bebedor, una breve joya de Joseph Roth que había leído en la edición de Adelphi, una editorial italiana que seguía con particular atención, cuyo director era Roberto Calasso, buen amigo y después auteur maison. De los cuatro libros publicados por este gran escritor, fue el único que tuvo un notable éxito de ventas, propiciado sin duda por el prólogo que le pedí, por razones obvias, a Carlos Barral y que éste generosamente escribió, y por el tema, que no nos era precisamente ajeno: “De cómo el vino trasforma el mundo, cambia sus leyes, todas, incluso la virtud de los santos, para hacerlo habitable y agradable a los que creen en él”. Palabras de Barral.

Otro autor en lengua alemana fue Thomas Bernhard, del que en España sólo se había publicado unos años antes Trastorno, en Alfaguara, con el típico succés d’estime y ventas escuálidas. En aquellos años, después de la Feria de Frankfurt acostumbraba a pasar unos días en París, para ver cine, exposiciones y desengrasarme un poco de libros, pero no tanto, porque solía visitar a los editores Françoise Maspero y Jerome Lindon, que jamás ponían los pies en Frankfurt. En uno de esos viajes, en la librería La Hune, estratégicamente situada entre el Café de Flore y Les Deux Margots, y que estaba abierta hasta las tantas, compré un libro publicado por Gallimard, una novela breve, Oui, de Thomas Bernhard, que leí con entusiasmo en el hotel. Lo contraté y se transformó en (PN 8), con un prólogo de un autor-lector tan exigente como Luis Goytisolo (para quien, aparte de Proust, Musil, Faulkner y Joyce, escaso interés tiene la novelística del siglo XX). Pedí más obras suyas a la agente de su editorial, Suhrkamp, pero Alianza las tenía en opción desde hacía meses y al final se decidieron. Por fortuna había otra vía, la editorial austriaca Residenz Verlag, para una veta mayor de la obra de Bernhard, su pentalogía autobiográfica, compuesta por El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño, publicados en la colección entre el 84 y el 87.

Lo fusilamos de: Jorge Herralde, Flashes sobre escritores y otros textos editoriales, México, Ediciones del Ermitaño, 2003.

miércoles, 6 de febrero de 2008

La voz interior, de Darío Jaramillo Agudelo




Si me pidieran un resumen de esta novela lo tomaría de la página 192: “Sebastián [el personaje central] publicó un solo libro, después de muerto se descubrió un inmenso diario y basado en él estoy escribiendo su biografía, la biografía de un escritor secreto que inventaba escritores y escribía los textos de sus escritores inventados”. Lo piensa Bernabé Escobar, escritor por encargo, profesor de literatura y narrador de buena parte de la primera parte de esta novela inmensa (y no estoy pensando en las 650 páginas que la contienen: pienso en sus alcances narrativos, en sus múltiples voces, en sus diferentísimas texturas).

Está dividida casi por la mitad: la primera parte comprende la biografía de Sebastián Uribe Riley escrita por Bernabé, su mejor amigo desde los diez años hasta comienzos de la universidad. La segunda es una antología de los escritos que compuso Sebastián con su nombre y con los de sus heterónimos. Estas novelas donde los personajes son literatos y la peripecia es la búsqueda, consecución, lectura, compilación, comentario, etcétera, de manuscritos o de obras o de autores pueden desembocar en obras maestras o en colchas facilistas de lugares comunes. Ésta, igual que Cartas cruzadas del propio Jaramillo Agudelo, es una obra maestra. Y no me voy a ganar más enemigos citando un ejemplo local de descalabro en una novela de temática literaria: revisen el catálogo de Villegas Editores.

La de la biografía es una prosa limpia, sin mayores artificios estilísticos o experimentaciones: la vida de Sebastián está organizada cronológicamente y al lado de ella aparecen sus pensamientos, pues Bernabé va trascribiendo fragmentos de su diario que confirman, comentan, completan o contradicen algún dato encontrado durante sus investigaciones, o bien ilustran lo que Sebastián pensaba de determinado personaje, tendencia o hecho, de sí mismo. Algunas citas al azar: “La frustración mata más rápido que los excesos” (p. 293), “lo esencial es usar bien el tiempo, es decir, trabajar únicamente el tiempo necesario para vivir con dignidad y usar el resto en cosas que le gusten” (p. 307), “Los medellinenses adoran a los ricos, sobre todo a los nuevos ricos. El nuevo rico tiene la milagrosa cualidad de ser una prueba viviente de que todos podemos ser ricos” (p. 358), “Gracias, Dios mío, porque las agujas del tocadiscos no han perforado todavía los acetatos de la Misa en si menor” (p. 321).

La vida de este personaje no es emocionante: estudió en un colegio jesuita del Medellín de los sesenta, abandonó pronto la carrera de filosofía, aprendió con su abuelo –profesor eminente en una universidad neoyorquina– latín y griego y leyó autores clásicos, se casó, volvió solo a Medellín, dirigió dos revistas casi anónimas de poesía y se encerró a leer, a oír música y, sin que nadie lo advirtiera, a escribir en cuadernos escolares, de los cuales acumuló más de 300.

¿Qué hace entonces interesante esta biografía, la novela? La prosa firme de Bernabé Escobar, las iluminadas apariciones del diario de Sebastián, la capacidad de Jaramillo Agudelo de agarrar en una frase, en un comentario, toda la idiosincrasia de una clase social, de un tipo humano. Y por supuesto, la multiplicidad de voces, de autores, de texturas que encuentra uno en la antología de escritos de Sebastián Uribe Riley, la segunda parte de La voz interior. Walter Steiggel es el más compacto de sus amigos imaginarios, y de su libro Visiones en un espejo roto tomo algunos aforismos: “Los jóvenes siempre tienen la razón. Lástima que siempre estén equivocados. Es la ley de todas las generaciones”; “La etapa de la seducción. Usted sabe que se está equivocando, que no va a durar, que los únicos lazos recíprocos están hechos de deseo y que, aun así, es hermoso, efímeramente hermoso. Y que todo acabará cuando, animales cansados, los cuerpos ya no se busquen más”; “El sexo es una cosa rodeada de sexo por todas partes”; “La cota más alta que pude alcanzar un comité es igual a la inteligencia del más tonto de sus integrantes”. Y así.

Marta María Medina Medina es uno de los personajes de otro libro de Sebastián, El país de los poetas. Arregla motos de alta cilindrada y mientras aprieta y martilla imagina vidas de santos, todos en el altar por razones arrebatadas: uno por bobo —“no estaba dotado de la inteligencia que requiere el pecado y carecía de capacidad para tener intenciones, buenas o malas” (p. 458)—, otro por buen taxista. Y no sigo para no ir a dañar una risa, dios me libre.

En una entrevista en Culturama (el programa está moribundo y la página ya no está activa, por eso no incluyo el vínculo, lástima), Darío Jaramillo Agudelo dijo que no era más que un “escritor de fin de semana”. Yo creo que es un escritor para todos los días.


Darío Jaramillo Agudelo, La voz interior, Valencia, Pre-Textos, 2006, 640 páginas.

viernes, 1 de febrero de 2008

Fusilado: Juan José Botero




Militar, agricultor, repentista, Juan José Botero escribió poemas festivos, una obra de teatro muy premiada y una novela que recuerdan generaciones de colombianos, Lejos del nido, que de lo cursi llega a ser tierna. En 1896 pagó la publicación de su autobiografía, donde podemos leer: “Fui muy mal estudiante, como puedo comprobarlo con testigos condiscípulos, personas de buen crédito, en quienes no concurre ninguna causal de impedimento [...] Soy músico: mi instrumento favorito es la guitarra pero rasgueadito, porque no he podido aprender a puntear [...] He ocupado altos puestos en las capitales de la República y de Antioquia. En Bogotá ocupé una pieza del tercer piso en un hotel, y en Medellín, ídem de ídem [...] Labrador constante en los trabajos de la agricultura; adorador de la vida del campo, vida que casi siempre he llevado y que hoy llevo por estas regiones de Playarica…”.

Botero nació y murió en Rionegro, ahora a cuarenta minuticos de Medellín, en sus tiempos un viaje de día entero. Acompañó a Córdova en alguna que otra batalla y luego no volvió a salir más de sus cafetales. Juan José Molina fue quien se empeñó en presentarlo como escritor, y le publicó, entre otros, el poema que sigue.


Quiero ser gato

Si Dios dijera:
Ven acá Juancho,
Dime qué quieres.
¿Quieres acaso
Ser mucha cosa
O no ser algo?

¿Quieres ser bueno,
Quieres ser malo,
Ser un demonio
O ser un santo?
¿Quieres ser rico,
Quieres ser sabio
O ser un necio
De largo a largo,
Sin luz de genio
Sin un centavo?
¿Quieres ser ave
Águila o gallo
Jilguero o mirla
Torcaz o pato,
Un lagartijo,
Un feo sapo,
O algún cuadrúpedo
Como el caballo?
¿Quieres ser perro?
¿Quieres ser asno?
¿Quieres ser tigre?
¿Quieres ser gato…?

¡Oh! Dios del cielo
Dios bueno y santo,
Yo le dijera
Entusiasmado.
Si acaso quieres

servirme en algo,
Si de este pobre

te has acordado,
Yo quiero hablarte
Claro muy claro.
Ser lo que he sido
No es de mi agrado,
¡El hombre pasa
Tantos trabajos
En este valle
De duelo y llanto!
Si uno es pequeño
Lo andan pisando
Y es un estorbo
Si acaso es alto;
Si es uno pobre
Malo, muy malo,
Si somos ricos

todo es cuidados.
Si feo ellas
No le hacen caso,
Y si bonito
De uno es esclavo.
Si con las hembras
Hemos peleado,
Qué desazones
Las que pasamos;
Mas si sucede
Todo al contrario,
Y uno con ellas
Se enreda ¡diablos!
Los pobres hombres
Sufrimos tanto
Que en esta vida
Todo es trabajos.

¡Dios poderoso!
¡Dios bueno y Santo!
Yo le dijera
Con mucho acato,
Si es que pretendes
Servirme en algo,
Si aliviar quieres
Al pobre Juancho
Dándole un día
Algún descanso,
No me hagas necio
Ni me hagas sabio
Pobre ni rico
Bueno ni malo,
Bonito, feo
Corto ni largo,
Fiero demonio
Ni humilde santo,
No me hagas ave
Águila o gallo,
Jilguero, mirla,
Torcaz o pato,
Ni lagartijo
Ni feo sapo
Ni tan cuadrúpedo
Como el caballo.

¿Sabes Dios mío
Por lo que aclamo?
Oye y perdona
Mi desacato,
Sin que lo tomes
A gran pecado:
Sin yo sentirlo
Sin saber cuándo
Así, de pronto,
Vuélveme gato…

Gato ser quiero,
Pero no, gato
De dos patitas

y de dos manos,
Gato de pelo,
De uñas y rabo
De cuatro patas
Y que haga miau.
Quiero ser libre,
No ser esclavo,
Vivir durmiendo
En los tejados,
Andando solo
Siempre robando
Siempre comiendo
Buenos bocados,
Sin afanarme
Por el mercado
(del comestible
Es que yo hablo)
Ni por chaquetas
Ni por calzados
Ni por muchachas
Ni por muchachos
Ni por Cristo
Ni por el Diablo…
Entrando a solas
Y paso a paso
A las cocinas
Donde hay guisados,
Y en los festines
Y en los saraos
Comiendo todo
Lo de mi agrado.
De día durmiendo
De noche andando
Por los canceles
Y por los zarzos,
Y en las despensas
Que es un encanto,
Buenos chorizos
Quesos curados
Jamones, lenguas,
Siempre tragando…
Luego a paseo
Salir al campo
Y si deseos
Me dan de pájaros
Comerme uno,
Dos, tres o cuatro;
volviendo alegre
A mis tejados
Donde el sol quiebra
Sus tibios rayos,
Y allí al sonido
De un dulce piano
Echando al cuello
Mi fino rabo,
Irme tendiendo
De largo a largo
Tan perezoso
Tan descuidado
De las mentiras
De un mundo vano.

¿Y habrá quién goce
Como los gatos?
¿Y habrá quién viva
Tan descansado?
¿Y habrá quién coma
Tan sin trabajo?
¿Y habrá quien duerma
Tan sin cuidados?
Si ésta no es vida
Mejor no la hallo.

¡Oh! Dios del cielo
Dios bueno y Santo
Si acaso piensas
Servirme en algo,
Si aliviar quieres
A este tu Juancho:
Ahora mismo
Vuélvelo gato.

Julio de 1878

Lo fusilamos de: Juan José Molina (compilador), Antioquia literaria, Medellín, Colección Autores Antioqueños, 1998, pp. 378-380. Primera edición: Imprenta del Estado, 1878.

Y a falta de imágenes de Botero aprovecho para presentarles mis gatos, Hugo y Elías.