viernes, 21 de marzo de 2008

La lectora, de Sergio Álvarez



Para nada es de extrañar el éxito que ha tenido esta novela, traducido en múltiples reediciones de lujo y de bolsillo, en su distribución en España y otros países, en su adaptación para televisión en ese formato que tanto extrañamos, la miniserie. No es de extrañar porque es una novela tremendamente bien hecha, con personajes sólidos, historias finamente hiladas y mejor solucionadas, con aventura trepidante y estilo impecable e implacable.

Se trenzan aquí tres narraciones, tres historias: la de una pelada que secuestran para que lea un libro, la del libro que lee –titulado Engome– y, dentro de ésta, un monólogo, a manera de carta o confesión, de uno de los personajes de ese libro. Intercalados, aparecen tres pequeños capítulos que recogen diálogos de personas que hablan sobre un aspecto de la trama de esa novela que lee la chica. Por separado las piezas están muy bien construidas, pero encima de eso están ensambladas con precisión de relojero: cada historia se interrumpe en un punto alto, de máximo suspenso, y llega la otra a agarrar al lector con igual efectividad. Todas tienen momentos de acción trepidante y de reposo, todas ellas están bien investigadas y contadas con gracia.

Engome está basada en hechos reales. Sus personajes principales son Cachorro y Karen, él un taxista de noche, medio varado y perdedor, enamorado de una puta que se va a casar con un mafioso menor –o lavaperros, que llaman–; ella una puta enamorada del taxista y con ganas de organizarse por fuera de El Oasis, su centro de operaciones eróticas. Ella lo acompaña a trabajar una noche y recogen a unos ejecutivos que son emboscados por unos matones. Cachorro y Karen se salvan de milagro y en la confusión encuentran una maleta con dos millones de dólares, que deben esconder en una construcción para escapar con vida de la emboscada y de las autoridades.


Como en las más entretenidas novelas de Elmore Leonard, tras esta maleta irán la policía, unos mafiosos y los propios Karen y Cachorro. Todo ambientado en una Bogotá real, construida, como la totalidad de la novela, con gran efectividad: “Autos González era una compraventa de carros armada de improviso sobre una esquina del centro de Bogotá. El pedazo de ciudad había salido del abandono vestido con paredes de espejo, tapizado con mármol de cementerio, camuflado con vidrios cobrizos, retocado con avisos de neón y protegido de la lluvia con unas tejas de acrílico verde” (p. 138). Digo que este párrafo es efectivo –como la gran mayoría de los de La lectora– porque es económico y gráfico; con cuatro frases el autor se asegura de poner al lector en el punto que quiere, en este caso en un negocio de mafiosos. Y esta efectividad acompaña toda la narración.

Como Engome está basada en hechos reales, la maleta se convierte en uno de los tantos mitos urbanos que circulan por Bogotá, por cualquier ciudad. Esto permite que se forme un bonito y bien sustentado juego entre realidad y ficción, que encuentran su punto de contacto en un personaje de la novela que está secuestrado con la lectora: Gordobriel, “un hombre blanco y tapizado de pecas, de cara redonda, cachetes flácidos y cabello grueso y emparejado con tijeras de jardinería”, a quien le cuesta asimilar la noticia de la muerte de su madre “porque le pareció imposible que las madres se murieran y le dejaran a uno la carga de trabajar para mantenerse” (p. 116).

Y no voy a adelantar más de la trama para no ir a dañar el suspenso que siempre acompaña la lectura de esta entretenida novela. Para terminar sí voy a decir que recordé en muchos momentos Perder es cuestión de método, buena novela, rápida y también efectiva, bogotanísima también, y que junto a Los impostores y a unas pocas docenas de páginas ha salvado a Santiago Gamboa de convertirse de una buena vez en un insípido diplomático. Pero esta es otra cuestión que voy a dejar de ese tamaño.



Sergio Álvarez, La lectora, Barcelona, RBA Libros para Diana Colombiana, 2001, 250 páginas.

jueves, 13 de marzo de 2008

Fusilado: Héctor Abad Faciolince


Va siendo hora, lo comenté en otra entrada, que Seix Barral haga una segunda edición de ese libro imperdible, de los mejores de Héctor Abad si cabe decirlo, que es Palabras sueltas. Y que se pellizque y le haga una promoción decente, que lo ponga en todas las librerías, que patrocine reseñas como lo hace con tantas obras regularcitas que publica. Porque aun siendo un pequeño gran libro, la primera vez tampoco le hizo la difusión que merece, que merecen casi todos los volúmenes que saca una editorial tan grande y con tantos alcances económicos como Seix Barral, que como todos sabemos es parte del Grupo Planeta. A ver si con este humilde fusiladito se acuerda de que tiene semejante título en su catálogo de libros descatalogados. Yo sé que alguna gente por allá revisa este blog.

Héctor tomó material de sus columnas, de ensayos, de presentaciones que había escrito y las organizó en forma de diccionario. Apenas escogí cuatro entradas para no hacer muy extenso este post. Pero creo que no quedé satisfecho y que más adelante me dejaré venir con otras tantas. Por ahora, acá están estas, como abrebocas.


Abogado
Esa disciplina llamada derecho no carece de interés. Lo que es insoportable son los abogados. Nunca he pasado más de cinco minutos en compañía de un abogado sin tener que bostezar –en el mejor de los casos– o sin sentir que un amasijo de bilis y rabia me empieza a subir por el esófago. Detrás de su palabrería retorcida, los abogados no tienen otro oficio que demostrar que aquello que es inconveniente y está mal hecho sí se puede hacer legalmente, y que en cambio aquello que está bien hecho y conveniente es ilegal.

Voy a poner un ejemplo de abogado en acción. Está uno, digamos, en una asamblea de vecinos de un edificio. Nada del otro mundo. Todo parece claro, nítido, decidido y resuelto. Se le aumenta el sueldo al portero, se cogen las goteras y se permiten los perros. Listo. Ya todos (ingenieros, amas de casa, poetas) se pusieron de acuerdo en diez minutos. Va a acabarse la reunión, que por suerte fue tan corta. En ese preciso instante, desde el fondo la sala, con fingida humildad, con una medio sonrisita, pide la palabra el Abogado. Se pone de pie, carraspea para aclararse la voz, se acomoda el nudo de la corbata, une las manitas en ademán de recogimiento, prolonga su silencio dramático, y al fin empieza a pronunciar un enredajo que desbarata todas las decisiones ya tomadas. Parece que lo más conveniente, según un artículo del reglamento de la copropiedad, sería coger al portero, permitir las goteras y prohibir los perros. O bien, eso depende, pagar por los perros, prohibir las goteras y echar al portero. De repente todo el mundo está confundido y en desacuerdo; nace la discordia; todos temen estar violando la ley; lo que parecía claro se vuelve oscuro y eso hace que se formen tres o cuatro bandos; comienza un alegato, la gente empieza a insultarse, la reunión se prolonga tres horas y va ya para eterna.

En ese momento vuelve a pedir la palabra el Abogado (las mismas manitas, el mismo carraspeo, el mismo silencio previo) y se ofrece para mediar. A cambio de una modesta, casi simbólica remuneración, dice, él estaría dispuesto a hacerse cargo de un detallado estudio jurídico del caso. La asamblea aplaude, con ganas de irse a dormir. Y deja todo en manos del jurisperito. Meses después el asunto sigue sin resolverse (las goteras cayendo, el portero bravo, los perros encerrados). El abogado se niega a dar el concepto hasta que no se le cancelen los honorarios. Al fin da su concepto: subirle el sueldo al portero, coger las goteras y permitir los perros. Suspiro de alivio.

En un país de abogados (y sobre todo, de abogados metidos a políticos) el oficio fundamental del gobierno y de la oposición no es ayudar a resolver los problemas, sino buscarle la caída jurídica a cualquier solución. Lo típico de los abogados es que nunca están buscando soluciones, sino problemas. Mejor dicho: ellos le ven el problema a cualquier solución. Y en manos de gente así, desde los tiempos del prócer Santander, está nuestro país. Oyéndolos discutir uno comprende por qué en Colombia no vivimos en “el imperio de la ley”, como dicen ellos, sino en el paraíso de los leguleyos.


Cita
Y entonces uno, harto de soledad y hambriento de pareja, acepta una cita a ciegas. Una vieja amiga hace el contacto. Te asegura que esa que te va a presentar (ella y tú, tú y ella), parecen hechos el uno para el otro, almas gemelas, espíritus mellizos, cerebros clonados que sólo por caprichos de la mala suerte no se han encontrado en el mismo espacio y a su debido tiempo. Y uno confía en esa vieja amiga, sí. Ah, las viejas amigas, esas muchachas que se volvieron señoras sin que nos diéramos cuenta, esas viejas amigas con las que hay mucha confianza y ni un mal pensamiento, esas viejas amigas que nunca sabemos si nos quieren o nos guardan rencor, esas viejas amigos todavía jóvenes, pero que ya están (como tú hace cinco años) al borde de dejar de serlo, esas viejas amigas que dicen conocerte como la palma de la mano, que se dicen expertas en tus gustos y apetencias, sí, ellas se encargan de concertar la cita.

Antes de la cita, como abrebocas, está la descripción de la víctima. La edad nunca la saben bien, es algo indefinido, de más de veinticinco y menos de cuarenta, pero es como te gustan, dice, ni rubia ni morena (¿y de dónde ha sacado que no te gustan ni rubias ni morenas?), culta (¿y quién ha dicho que te chocan las incultas?), alta (¿cuándo ha dicho alguien que la buscas alta?), más delgada que gorda, más paisa que costeña, con unas piernas largas, hizo una maestría en algo que podría ser, da igual, ciencias políticas o arte y decorado. Nada se saca en claro y pedir una foto sería de mal gusto, pues uno busca el alma, no el pecho ni el partido. Habrá que verla. Porque la cita es a ciegas, pero el amor no puede serlo.

Sigue la llamada por teléfono. Es tan difícil, en tres frases, saber por la bocina cómo es alguien. Ni bien ni mal parece, una voz alegre, descomplicada, bien dispuesta, sí, la vieja amiga mutua ya le había avisado, ella nunca lo hace, tampoco, eso de salir a ciegas, pero en fin, ¿cuándo? Y ahí viene un grave error, el viernes por la noche, a comer, te recojo a las ocho, mejor a las siete y media, para tener más tiempo. Viene luego la ilusión de la semana. Estamos en martes, tres días de agonía, cómo será, cómo será. La vieja amiga te asegura que esa es, que esa sí es, que esta al fin sí es, tu media naranja, tu zapatilla de Cenicienta, tu anillo al dedo, tu casa tibia, tu comida caliente, tu agua fresca.

Llega el viernes. La ducha vespertina, la afeitada triple, la loción, la camisa más blanca, los bluyines menos viejos, el carro aspirado. Sigue el timbre, el malestar en la boca del estómago, la impaciencia. Al fin la puerta se abre, ahí viene, algo increíble, qué sonrisa, qué cara inteligente, qué cuello (no sigamos bajando, por pudor). Pero no, hay un error, no es ella, pasa de largo, es de otro, es ajena, se saluda de beso con un muchacho en la esquina, no era ella. Y alguien te toca el hombro, unos dedos largos y afilados, las uñas con barniz, y pronuncia tu nombre entre los signos de interrogación. ¿Sí? Y pronuncia tu nombre en tono afirmativo. No puede ser. Y es. Te queda de consuelo un pensamiento: ojalá sea inteligente.

Quizá lo sea o no, difícil saberlo porque hay algo peor: la decepción fue mutua. Dos especies, un ratón y un pájaro que caen en la misma trampa, en la misma jaula, a la misma hora, y ya no pueden salir de ahí. Apenas son las siete y treinta y cinco, imagínense, es viernes, la noche por delante, la comida, los temas que no llegan. Vas al baño y te miras al espejo. ¿Qué estoy haciendo aquí? Te demoras todo lo que puedes. No importa que piense que sufro de la próstata. Mejor. Miras el reloj: ni siquiera las ocho. Pero antes de las once, un viernes, llevarla, sería una vergüenza. Ponerse una sonrisa en la boca, como una estampilla, y aguantar. Si hubiera sido un cafecito, un jugo por la tarde, todo sería soportable. Si hubiera sido un rato, por la noche, ya el rato estaría llegando a su final. Van a traer el postre, el tinto, otro vasito de agua, otro rato en el baño. Los dos se miran con desesperación. Callados, coinciden al menos en un pensamiento: ambos odian a la misma persona, a esa vieja amiga que tanto los conoce.

Después de la agonía de dos horas que parecen cuatro, dan las once. Es un alivio. Y saber que nunca más volveré a verte.

Claridad
Hay una tira cómica en la que Justo y franco pasan frente a una guardería infantil en cuya puerta hay un cartel que dice: “Lección de hoy: habilidad de comunicación no verbal con énfasis en la capacidad de poner fin en forma simbólica y formal a una relación personal en progreso por medio de normas semánticas gestuales”. Justo le explica al otro: “Quiere decir que les están enseñando a los niños a decir adiós con la mano”. Los comics, para hacer reír, exageran; pero en este caso están copiando literalmente la realidad de la jerga supertécnica y casi incomprensible con que se expresan hoy en día los maestros.

El uso permanente de esta jerga profesional, que complica inútilmente el lenguaje corriente, se debe a que a nuestra universidad le cayó una peste afrancesada: creer que para ser profundos hay que ser oscuros; creer que lo muy culto, lo muy inteligente, es lo poco claro, lo estrictamente técnico. En esta escuela de oscuridad se forman muchos de nuestros maestros y de ahí su tendencia a usar palabras rebuscadas, casi ridículas por altisonantes, giros de lenguaje complicados y a veces incomprensibles.

Tal vez en un congreso de especialistas, en el que la finalidad sea deslumbrar a colegas académicos, se justifique usar el lenguaje técnico de algunos pedagogos. Pero seguir usándolo en las relaciones cotidianas, y lo que es peor, en el contacto con niños, adolescentes y padres de familia, es un error grave. Más todavía, un error sospechoso. La jerga técnica es un escudo de tímidos, en el mejor de los casos. Pero más probablemente esconde una debilidad de pensamiento o un límite de la expresión corriente.

Los padres de familia estamos cansados. Los profesores ya no dicen que les están enseñando a leer y escribir a los niños, como diría cualquier cristiano, sino que están “implementando los mecanismos tendientes a coadyuvar en el proceso de apropiación de competencias en las capacidades de lectoescritura”. Uno queda cansado en el solo intento de descifrar ese tipo de frase; queda tan cansado oyéndola o leyéndola que ya no quiere saber cuál es la idea.

Esta peste es más dañina en la escuela que en cualquier otra institución, porque si un requisito se le debe exigir antes que cualquier otro a un profesor, es el de ser claro. Claridad, claridad, claridad. La primera virtud que debe cultivar un maestro (y por supuesto los maestros de maestros) es la claridad. Entendernos, con palabras sencillas, haciendo simple lo complejo. Hay, es verdad, materias que son difíciles, complejas; pero yo no me refiero a la complejidad intrínseca que tienen, por ejemplo, las nociones de la física cuántica. La complejidad que hay que combatir es esa complejidad adicional e inútil que se pone muchas veces en las materias humanísticas, y cuyo único fin es deslumbrar con grandes palabras en vez de iluminar con palabras simples.

El gran filósofo –que también fue pedagogo– Bertrand Russell era profundo y claro al mismo tiempo y exigía ante todo que las cosas se plantearan de una manera comprensible para todos. Lo que no se puede decir claramente es porque no se lo ha pensado claramente. ¿Para qué decir “el día que viene después de ayer y antes que mañana”, cuando tenemos la clarísima expresión hoy? Hablar y escribir no es poner acertijos y adivinanzas, es comunicarse con otros, hacerlos que participen de lo que pensamos.

La sospecha que se siente al ver que los profesores se escudan en la oscuridad es que tal vez, en el fondo, están envolviendo su ignorancia, su pobreza de ideas, en grandes palabras. Si un rector dice: “la concreción de los objetivos se podrá alcanzar en la medida de las concepciones que al interior del discurso escolar representen los elementos más conspicuos del estamento”, es posible (es seguro) que los oyentes o lectores no le entiendan nada. Pero como todos somos inseguros y el rector es una autoridad, tendemos a atribuirnos a nosotros la incapacidad de comprender el seguramente hondísimo planteamiento del rector. En cambio deberíamos ser capaces de denunciar semejante esperpento y exigir que se nos aclaren los términos, que nos hablen en una lengua comprensible. Es necesario un niño inocente que al fin sea capaz de gritar que el rey está desnudo, como en la famosa fábula. Esos discursos están desnudos, no tienen ningún fondo, son basura retórica. De otra manera no tendremos la posibilidad de evaluar y discutir, de construir un pensamiento crítico. Esta oscuridad desemboca en confusión, y la confusión en silencio, en ausencia de crítica, en oscurantismo.

Elegancia
Algunos preceptos elementales:
1. No hay nada tan de mal gusto como vestir a la última moda.

2. Estrenar es una indiscreción. Cuando los ingleses sabían comportarse con dignidad, no se ponían jamás un par de zapatos nuevos sin que antes los hubiera usado su mayordomo por una buena semana. En este caso la elegancia, como de costumbre, coincidía con la comodidad.

3. Antes y después de la comida se pueden poner los codos en la mesa. Durante no, porque el plato queda así muy lejos de las manos y de los cubiertos.

4. La gente que de verdad tiene autoridad o poder no los demuestra jamás llamándole la atención a alguien delante de otros.

5. Garchamarcuets. ¿Qué es eso? Nadie lo reconocería, pero es la forma como algunos italianos pronuncian el nombre de García Márquez. Pronunciar mal los nombres extranjeros no está bien. Pero es aún peor los que pronuncian toda palabra extranjera como si fueran nativos o como si su lengua materna fuera el esperanto. Lo que está bien es acercarse a la fonética de la lengua original, sin forzar demasiado la de la propia.

6. Una belleza demasiado evidente es ofensiva. Las personas que padezcan esta calidad deberán –como anota Gracián– “disimular la hermosura con desaliño”.

7. No decir que sí la primera vez. No decir que no (si tenemos ganas) la segunda vez. No pedir ni invitar ni insistir después del segundo no.

8. En la mesa: contra toda intuición hay quienes recomiendan comer mucho en casa de los pobres y casi nada en casa de los ricos. En ninguna de las dos llevarse el mejor pedazo, o el más grande. No acabar con los pasantes. No secuestrar la botella de vino que trajo un invitado. Si la salsa está muy buena, no es tan feo recogerla con un trozo de pan. Pero no limpiar tanto el plato que en la cocina se olviden de lavarlo.

9. No dar palmaditas en la espalda. ¿Tal vez a un amigo en un velorio?

10. Hay dos mujeres juntas, una mayor y otra menor. Se parecen. Jamás preguntar s la mayor es la madre. Nunca lo es. Y si lo es, también se ofende. Tampoco preguntar si son hermanas: se ofenderá la hija.

11. En público uno no se corta ni se limpia ni se muerde las uñas; no saca ni se saca espinillas; no se peina; tampoco se rasca parte alguna. Se puede hacer una excepción si acaban de picarlo las hormigas.

12. Después del primer encuentro corporal, dice una experta en buen tono, Lina Sotis, “jamás hay que preguntar: ‘¿te ha gustado?’, como si fuera una película. Eso lo dirá el futuro”.

13. Hay que usar con cautela la verdad y la mentira. La primera puede ser cruda, de una crueldad inútil, y la segunda elegante. Mi abuela, a los ochenta años, fue visitada por un novio que había tenido a los veinte. Él le dijo: “¿Qué se hizo, Victoria, tu pelo negro, tu piel, qué le pasó a tus manos? ¿Cómo es posible que hayas cambiado tanto?”. Mi abuela le respondió: “Tú en cambio estás idéntico, Robertico”.

14. Nada tan inelegante como dictar preceptos sobre la elegancia.


Lo fusilamos de: Héctor Abad Faciolince, Palabras sueltas, Bogotá, Seix Barral, 2002, 250 páginas.








lunes, 10 de marzo de 2008

Lara, de Nahum Montt



No sé a ustedes, pero a mí no me gusta que me inflen los libros. Veo el librito de 140, 150 páginas y al abrirlo encuentro unos márgenes amplísimos, una fuente de tamaño familiar, y me decepciono un poco. Esto no es problema del autor: si una historia se cierra a las 80 páginas se cierra ahí y ya está –y siempre es más valorable, al menos en materias literarias y por supuesto en no todos los casos, la contención que el desborde–. Es estrategia de las editoriales, que quieren vendernos como novela algo que tiene la extensión de una nouvelle. Apreciaría uno que no les diera miedo sacar al mercado breviarios de 80, 90 páginas, que bien bellos son y además le permiten a uno saber a qué se enfrenta antes de arrancar la lectura. Esta novela tiene 214 páginas, pero el diseño interior es de una munificencia tal que bien podría tener 120, en todo caso no más de 140 páginas.

La novela reconstruye los últimos meses de vida de Rodrigo Lara Bonilla, desde su nombramiento como ministro de Justicia hasta su asesinato por sicarios contratados por Pablo Escobar y otro grupo de mafiosos. Tiene una prosa vertiginosa, y ésta es su más grande virtud y su más problemático defecto: por la extrema velocidad se sacrifican precisiones en la línea temporal, en la ubicación geográfica, y el lector se siente a veces perdido: ¿Dónde están estos personajes? ¿Quién es éste que acaba de aparecer? ¿Qué pasó al fin con el cheque del mafioso que comprometió la credibilidad de ministro? ¿Cómo fue el asesinato? ¿Quién está hablando?

Durante la lectura me pregunté si alguien poco familiarizado con los eventos entendería bien la línea temporal, los caracteres de los personajes implicados, los propios sucesos. Pensé en lectores menores de 30 años, en personas de fuera del país, en distraídos respecto a la historia nacional. Yo estuve muy cerca de esa historia (y cuando digo esto quiero decir, literalmente, muy cerca: el sicario que apodaban “Quesito” y que disparó contra el ministro ¡estudiaba en mi colegio!, el novio de mi hermana en esa época trabajaba en el Nuevo Liberalismo y en casa se hablaba mucho del tema, de los personajes de esta historia…), la conozco, y muchas veces durante la lectura tuve que volver sobre las páginas, hacer memoria, reconstruir los eventos para no perderme. Y no estoy hablando de traiciones a la historia: estoy hablando de traiciones a la construcción de una peripecia novelesca.

“Creo en el sagrado derecho del espectador a la elipsis”, dijo Antonio Gasset Dubois en una entrevista que leí mientras preparaba el post anterior. Adhiero al comentario de Gasset, pero esas elipsis tienen que estar muy bien sujetas para no embolatar al espectador, o al lector en el caso de una novela.

A partir de la cuarta parte, “Tranquilandia, bienvenidos”, Lara ya está más armada, tiene más detalles, como si el autor se hubiera dado cuenta, tarde, de los vacíos dejados en las páginas anteriores. Y uno recupera un poco la calma y está más ubicado en la historia. De ahí en adelante uno se mete en esa narración vertiginosa y termina la lectura de un tirón. Estimo que faltó algo de trabajo editorial, de decirle al autor “deténgase aquí”, “de dónde aparece este personaje”, “arme con más detalle este episodio”, “caracterice con más cuidado este personaje”.

Creo que esta no es la novela que contará desde la literatura la historia de Lara Bonilla, de esos años negros cuando empezó en Colombia la lucha contra el narcotráfico. Creo, sí, que como novela se deja leer. ¿Es eso suficiente para una novela histórica?


Nahum Montt, Lara, Bogotá, Alfaguara, 2008, 214 páginas.

martes, 4 de marzo de 2008

Fusilado: Antonio Gasset Dubois


Días de cine es el mejor programa sobre cine que he visto en televisión. Qué digo sobre cine: es el mejor programa cultural que he visto en mi larga historia como televidente. Lo considero el mejor por su implacable investigación que va hasta las últimas consecuencias, por las imágenes de archivo que recuperan en cada nota, por la inteligente conexión entre los temas (una reseña de Drácula de Francis Ford Coppola se convierte de pronto en un repaso a todo el cine de vampiros; o bien puede llevar a revisar la historia del maquillaje en el cine europeo), por el cuidado de los detalles. Pero más que nada, por los libretos que escribe su director y también presentador, Antonio Gasset Dubois. Cada saludo de bienvenida, cada anuncio de comerciales, cada presentación de las secciones es una pieza deliciosa de ironía cítrica, de dandismo intelectual y de incorrección política.

Me resisto a hablar en pasado, pero desde el 20 de diciembre de 2007 el bueno de Gasset no está al frente de Días de cine, y creo que muchos sentimos hasta casi la lágrima su decisión de retirarse. Pero bueno, en este enlace se pueden ver algunas perlas. Transcribí otras en cuadernos mientras veía el programa, y aquí las comparto.

Frases de Antonio Gasset Dubois

“Aprovechen la pausa para revisar su agenda de amigos, encontrarán que han malgastado su preciado tiempo y paciencia en conocer a un montón de ineptos. No se corten: cojan un boli y táchenlos”.

“Ben Affleck es a la buena interpretación lo que un pepinillo cocido a la alta cocina”.

“Llego la hora de la pausa. Espero que puedan contener durante unos minutos los impulsos sexuales de vuestras parejas. Si no puede ser, no puede ser... en cualquier caso volveremos después de la publicidad con el sector más casto de la audiencia”.

“Buenas noches a todos. Pero antes de despedirnos, un consejo: no os droguéis, porque la ingesta de estas sustancias puede producir efectos indeseados. Un amigo mío se tomó el otro día cierta pastilla y creyó ver a George Bush leyendo un libro”.

“Llega el momento de la publicidad, disfrutad del cine si podéis. Sino, también tenéis la música, la literatura o incluso la historia, a no ser que queráis ser presidente del gobierno”.

“Durante la pausa publicitaria, rezaré con la esperanza de que ninguno de sus hijos se haya presentado al casting de Operación Triunfo”.

“Llegó el momento de la pausa. En ella podéis aprovechar el tiempo en perderlo, una de las mejores maneras de aprovecharlo. Muy indicada contra el estrés y las depresiones causadas por la ansiedad laboral”.

“Servidor se confiesa seguidor de Philip K. Dick, quizás por ello me he convertido en un trastornado”.

“Jeunet es el director de ese engendro, película para algunos (estaban equivocados); ladrillo para otros (estábamos en lo cierto) que fue Amelie”.

“Lo mejor del Festival de Venecia: mi acompañante, aunque por desgracia esté enamorada de otro”.

“Soy consciente que a la hora de emisión de mi programa sólo puede ser visto por un puñado de politoxicómanos insomnes”.

“Tan guapa actriz como mala la película que ha venido a promocionar”.

“Se estrena estos días la película El último samurai, protagonizada por el ex marido de Nicole Kidman, único dato destacable de ese actor llamado Tom Cruise”.

“Para ir al cine con esta cartelera hay que tener coeficiente intelectual negativo”.

“La verdad es que salvo el sexo, la lectura y las artes marciales, no se me ocurre ninguna otra razón para no ver Días de cine”.

“Veamos el reportaje de Mar adentro que ha realizado mi compañero y amigo Alberto Bermejo, el único de todo el equipo al que le ha gustado la película”.

“Y ahora, si nos perdonan, vamos a hablar de cine español”.

“Es incuestionable que Kill Bill es una virtuosa obra de dirección. Lo que es cuestionable es si es algo más”.

“Sé que aguantaran a estas altas horas de la noche el momento de publicidad, ya que al regreso tenemos un especial del salón del cine erótico de Barcelona”.

“Les deseo que pasen una buena semana, sea lo que sea lo que hayan decidido hacer, incluso si es de Nazareno autoflagelante”.

“Nos vamos con la esperanza de que ninguno se deje llevar por los fanatismos religiosos, políticos o sexuales: los primeros por no llevar a nada, los segundos porque el objeto de deseo suele ser un idiota de renombre y los últimos, por las continuas frustraciones”.

“Vamos a una pausa publicitaria, que será tan corta como el sueldo del presentador”.

“Sed buenos, y si por lo que fuera no podéis, seguid siendo malos: la diferencia es mínima”.

“Quiero aprovechar, como amante de la Fórmula 1, para felicitar al corredor alemán Michael Schumacher por su triunfo en el Gran Premio de San Marino. Da gusto ver en lo más alto del podium a personas ni fatuas, ni engreídas, ni desagradecidas. Espero que continúe la racha”.

“La verdad es que hay días que no sé dónde refugiarme políticamente”.

“Ahora pueden ustedes hacer un montón de cosas aprovechando los interminables minutos de publicidad”.

“Esto ha sido todo. Os recomiendo hacer algún paseo dejando algunos euros en el recorrido por la Feria del Libro. Por supuesto me refiero a los madrileños. El resto, con la suerte de no vivir entre zanjas, obras, polución intolerable y los índices de agresividad disparados, ya tienen bastante”.

“Llegó la pausa. Mañana comienza el mundial de fútbol. A pesar de mi pesimismo deseo lo mejor para la selección española. Es decir, que lleguen a octavos: todo es posible en esta vida, incluso un milagro”.

“Llega a los cines Apocalypto, último trabajo como director del actor Mel Gibson. Antes de nada decir que siento todo tipo de antipatías por este señor, católico integrista y antijudío. Una vez dicho esto reconocer el buen oficio sin nada original de este director y el interés que este trabajo puede despertar”.

“Buenas noches en este jueves en el que se cumplen nueve días de la victoria del señor Bush en las elecciones norteamericanas, lo que quiere decir que le quedan tres años y trescientos cincuenta y seis días de mandato, algo que asusta y deprime un poco”.

“Continuamos con algo de peor calidad pero más optimista y desenfadado. Se trata de Alien vs. Predator, del especialista en estos géneros de babas y maldades extremas, el inglés Paul Anderson. Sólo falta George Bush entre los personajes”.

“Llegó la pausa. Refugiaros entre los seres queridos y mirad este aparato, la televisión, sea del precio que sea, con recelo y cierta desconfianza. Por él pueden surgir ataques frontales contra la razón y el buen gusto”.

“Veamos el muestrario con las novedades del DVD, nuestra tabla de salvación ahora que acudir a las salas se ha convertido en un suplicio en muchas ocasiones, dada la pérdida de aquello que unos pocos seguimos valorando: la buena educación y el respeto al prójimo”.

sábado, 1 de marzo de 2008

¡Salta cachorro!, de Fernando Gómez



Quería tanto que me gustara… En serio. Pasé por encima de la carátula inmunda. Dejé de lado lo que he pensado o sentido cuando he leído textos de Fernando Gómez: todos me han parecido, cuando menos, insípidos; cuando más, me han dejado indiferente (bueno, por no mencionar el perfil de Camilo Villegas con el que ganó el premio Simón Bolívar el año pasado, que parece más un perfil del guardarropa del golfista colombiano al que El Tiempo le rinde pleitesía, que me pareció flojísimo). Me gustó mucho que asumiera el riesgo de comenzar con un cómic –el primer capítulo–, y que intercalara viñetas de Luis Carlos Cifuentes en varias partes de la narración. Me interesó lo que leí en las reseñas de los suplementos de fin de semana: se trata de la historia de una bruja que se convierte cada noche en una bella mujer, diferente cada vez, para conquistar hombres, y unos niños que se empeñan en cazar a esa bruja; la historia está ambientada en la Bogotá de hoy, y está escrita con desenfado.

Quería que me gustara para dejar de coleccionar decepciones con las primeras novelas de autores colombianos que he leído en los últimos años. No todas, por cierto, pero casi. Desde La nostalgia del melómano, de Garay, no he vuelto a tener una reconstituyente experiencia de lectura con estas novelas, como las que tuve con Relato de Navidad en la Gran Vía, de Ricardo Silva –promesa cumplida–, con Su casa es mi casa, de Antonio García –divertida, con la única pretensión de contar una historia–, con (feo es decirlo porque es amigo mío, pero qué le hacemos) Manual de pelea, de Andrés Burgos –con una prosa afirmativa e inteligente.

También quería que me gustara porque no me quiero ganar más enemigos. Pero aunque empecé complacido con el cómic y seguí curioso por el segundo capítulo, ya en el tercero estaba hastiado con esta novela. La permanente gana de escandalizar con episodios procaces empieza a cargar, tanto por la estridencia explícita de esos episodios como por lo francamente mal escritos: “La bruja se quitó las bragas y las lanzó contra la palanca de cambios. Estaban manchadas de sangre y restos de caca, ‘Supongo que con esto pago la carrera’. Se bajó del carro y dejó la puerta abierta. Avanzó entre los pasillos –atravesados por motos y peatones– que se formaban entre el laberinto sin sosiego de autos particulares, buses y taxis [...] El taxista se alejó y buscó una calle solitaria para masturbarse con el recuerdo de la bruja. En el momento cumbre de su acto, las braguitas tomaron la forma de una serpiente de dos cabezas que le propinaron mil mordiscos en los genitales. La policía lo encontró al día siguiente con una expresión de espanto en la cara y con el pene aún en postura de batalla” (p. 57). Creo que gana más siempre un narrador con la sutileza que con los gritos, y esta novela no se calla.

Desde los ejercicios de mis más apáticos alumnos de escritura no leía tan decepcionantes descripciones de personajes: “Julieta era un verdadero portento de la naturaleza. Sus dientes eran tan contundentes como una hilera de fichas de dominó [?]. El centro de su cara estaba coronado por una nariz picassiana [??]. El pelo le caía hasta más debajo de los hombros. Estaba partido por la mitad y emitía una vibración dorada y luminosa [???]” (p. 58). Llegué hasta aquí, no pude más. La absoluta falta de humor y sutileza me sacaron.

Me gustaría saber cómo le ha ido en ventas a esta novela y qué piensan otros lectores, reseñistas, comentaristas por fuera del circuito de periodistas bogotanos. Porque en otros medios le ha ido bien: Soho, El País de Cali, El Tiempo han destacado su lenguaje, su historia y la combinación de texto y cómic. Seguro que entre bomberos no se van a pisar las mangueras.


Fernando Gómez, ¡Salta cachorro!, Bogotá, Seix Barral, 2007, 185 páginas.