domingo, 31 de agosto de 2008

SoHo. Crónicas




“De todo como en botica”, “En la variedad está el placer”, “Pregunte por lo que no vea”: frases como éstas le calzan perfecto a este libro. Gordo, variado, con picos de excelencia y zonas flojas, esta colección de crónicas publicadas en la revista SoHo es ambiciosa, divertida, decepcionante en unas páginas y regocijante en otras. El director de la revista, Daniel Samper Ospina, advierte de esa variedad desde su bien pensado prólogo. Ahí el lector va a encontrar todas las vertientes de la crónica: perfiles, de suplantación, de inmersión... Va a encontrar grandes piezas periodísticas y texticos nada más para pasar el rato.

Es que la crónica da para todo: si no lo agarra a uno por la escritura magistral de un Alberto Salcedo Ramos (“El oro y la oscuridad”, “Retrato de un perdedor”), de un Martín Caparrós (“Cementerio de San Pedro, Medellín”), de una Leila Guerriero (“El clon de Freddy Mercury”), lo agarra por el tema: la escrita por Darío Fernando Patiño (“Un día como extra de TV”) es floja, como aguada, pero el tema apasiona y uno se la lee sin problema. Andrés Felipe Solano alcanza una de las mejores crónicas de inmersión del volumen (“Vivir con el mínimo”, estamos esperando el libro) y uno de los perfiles más flojitos (“El sastre de Jorge Barón”). Uno entiende por qué Daniel Riera cancela prácticamente todos los signos de puntuación en su crónica sobre Charly García (“De gira con Charly”, apenas tres puntos y aparte en un relato de 14 páginas: la adrenalina del personaje y la situación quedan bien expresadas con esa decisión del autor), pero no sabe bien por qué Héctor Rincón no pone ni un punto y aparte en su crónica “Funeral pobre”. Sin embargo, está bien hilada, y se encuentran en esa de Rincón dos figuras muy bellas: la del barrio tan empinado que se ruedan hasta los chicles y la de ese tinto que conforta en la madrugada del velorio en barrio pobre, ese café “delgadito pero caliente”.

En prácticamente todas, pues, encuentra uno al menos algo que llame la atención, que aliente a llegar hasta el final de cada pieza. La pose de realismo sucio americano de Efraím Medina es cargosa e impostada, sí, pero en su crónica “Boxeador por un día” encuentra uno reflexiones bonitas, como esta que condensa la historia del deporte: “Podríamos decir que los griegos inventaron los deportes, los ingleses les pusieron reglas, los negros aprendieron a ser los mejores en casi todas las disciplinas y los gringos montan el show y se quedan con el dinero” (p. 122). Por encuentros así es que uno debe leer estas crónicas, en algunas se llegará hasta el final con satisfacción, otras se pasarán por encima sin arrepentimiento ni propósito de enmienda. La de Margarita Posada (“Mi destino según cuatro adivinos”) es divertidísima por el tema, la investigación y el estilo, y uno de sus titulares incluye un verdadero tirazo: uno de los adivinos le dice a la periodista “Veo traguito en diciembre” (p. 433). La de Antonio Caballero, “Madrid, Cundinamarca”, empieza como un discurso veintejuliero mamón, pero después se convierte en la hilarante visión de un pueblucho de mierda consignada por escrito por un tipo agrio e inteligente, al mejor estilo del genial Larry David.

Dije al comienzo que el libro es gordo, así que seguir deteniéndome en piezas individuales haría este comentario demasiado extenso. Baste decir que truculencia y frivolidad, seriedad y humor, lo raro y lo cotidiano, ejercicios de estilo e investigación se juntan en este libro de fácil lectura. Uno puede leer en desorden, dejarlo un tiempo y cogerlo para leer un par de piezas. Puede dejar unas incompletas y beberse de un tirón otras. En cualquier caso creo que hay que tenerlo y esculcarlo.


Varios Autores, SoHo. Crónicas, Bogotá, Aguilar, 2008, 548 páginas.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Fusilado: Gonzalo Arango


La primera antología de textos nadaístas publicada en Colombia se tituló De la nada al nadaísmo y apareció en 1966. En su prólogo, titulado gozosamente “Geniología”, Gonzalo Arango se define así: “Fundador del Nadaísmo con diez poetas menores de edad. Su primera aventura amorosa fue a los seis años, con una hermana de la caridad, sor Mónica. Fue retirado del kínder religioso por dos razones: por su precocidad amorosa, y porque en cuatro años se agotaron todos los recursos humanos y divinos para enseñarle a leer y a escribir, inútilmente. Bachiller. Filósofo laureado. Desertor de La Patria Boba y de toda esperanza. El resto de la vida se la ha pasado olvidando lo que aprendió. Agitador. Ex presidiario de cuatro cárceles, actualmente en uso de libertad condicional. Vagabundo, parásito, poeta o eterno de algún modo. Burócrata ocasional y destituido. Corruptor de la juventud. Enamorado, casado, fracasado, y reincidente. Aventurero, sin oficio conocido. Vive del milagro y de las mujeres. Duerme en un monasterio. Es además escritor”.

Cuando no le daba por hacer escándalos públicos o por internarse en exploraciones místicas muy privadas, Arango podía ser muy buen escritor: lo demostró con la serie de reportajes y columnas de opinión que publicó en la revista Cromos entre 1968 y 1969, una de ellas el clásico colombiano del periodismo que fusilamos en esta ocasión. Titulado “Cochise a vuelo de tequila”, apareció en el número 2.636 (del 20 de mayo de 1968, páginas 10-11 y 40-45) de esa buena revista de periodismo que era Cromos antes de convertirse en álbum de reinas de belleza y plataforma para entrevistas epidérmicas y huecas.

De inmediato la pieza encendió la mecha de la polémica. Pero no, como podría pensarse, por la imagen medio inocentona y boba del campeón que da el periodista, sino por la burla a las porcelanas “feas pero baratas” y al Corazón de Jesús de la mamá del ciclista, doña Gertrudis. Justamente la frase con que arranca este perfil es de las más enganchadoras que yo recuerdo en una pieza periodística. Buen provecho.

(Nota bene: como verán, Blogger ha decidido organizar a su capricho los espacios entre párrafos. Después de mecaniquearle 20 minutos he tenido que dejarlo como está. De verdad lo lamento, y si alguien sabe cómo demonios se arregla eso le recibo la indicación. Ahora sí, los invito a seguir con el reportaje.)




"Cochise" a vuelo de tequila



El Corazón de Jesús más feo del mundo está en el Barrio Simón Bolívar: Cra. 84 N°. 37-6, de Medellín.


En esa casa vive Martín Emilio Rodríguez Gutiérrez, alias Cochise.


El cuatro veces Campeón Nacional de Ciclismo, Medalla de Oro en Winnipeg, y otros resonantes triunfos internacionales.


Con los campeones no tengo buena suerte.


Cuando doy al chofer la dirección, me lleva a otro barrio, al otro extremo de la casa que busco.


Después de perdernos en un laberinto de nomenclaturas digo al camarada conductor que esa dirección es donde vive Cochise, el campeón de ciclismo.


—Si me lo dice al principio lo llevo como un tiro.


Son las seis y media de la noche. Estoy atrasado media hora. Frente a la casa del campeón hay un Volkswagen estacionado, recién brillado. Toco el timbre.


Aparece una señora con cara de mamá.


—¿Está Cochise?


—Sí, entre.


Ahí mismo queda la sala de recibo. Al fondo el comedor. Ese que está comiendo debe ser él. Digo: “hola”. El dice: “ya me iba a ir”. Yo digo: “entonces llegué a tiempo”.


Me siento en un sofá rosado, chillón. Ese Corazón de Jesús me aturde con su llamarada en el pecho amenazando quemar toda la casa, su propia melena. Luce recién salido de la peluquería, la barba rubia debe oler a Jean Marie Farina. La melena se precipita en un raudal de bucles engominados con glostora. No es un Cristo Redentor. Es una lámina para decorar un salón de cosméticos de Max Factor.


Las lámparas chorrean de los cielorrasos una luz cegadora. Hay terracotas, porcelanas feas pero baratas. Al lado de un conjunto de ballet clásico, hay un bigotudo horrendo fumando una pipa, o un cerdo barrigón que sirve de alcancía.


Frente a la sala está el barcito prefabricado, lleno de banderas y colorines. Todo delata el mal gusto del proletariado burgués.


Por una escalera se sube al segundo piso, donde están los dormitorios. La televisión está prendida. Una emisora muele música de pachanga a todo vapor. Es una casa muy animada por dentro.


La Hora Calmadoral anuncia que son las 6 y 45. Mi hombre llega al fin. Se para al frente sin mirarme. Como no dice nada me levanto y le doy la mano. Él se escarba con la uña una tirita de carne que se le quedó enredada en los dientes. Sigue sin decir nada, como a mil kilómetros de distancia. Este campeón parece difícil de entrevistar. Su tontería o falta de hospitalidad me desaniman bárbaramente.


Mientras se presta al diálogo lo observo: es un tipo alto, mide un metro con ochenta, pesa 75 kilos, buen mozo, de aspecto ingenuo pero viril. Viste un bluyin azul, camisa bicolor, irradia el esplendor propio del éxito y la buena salud.


Nada enturbia su mirada ni su frente: ni el pensamiento ni una nube de tristeza.


Acaba de cumplir veintiséis años. Nació el 14 de abril de 1942, en Guayabal, el barrio de los tejares de Medellín.


Ese debió ser un barrio muy pobre en su tiempo, sin agua, sin luz, sin alcantarillas, un vivero mortífero de plagas.


Los campeones suelen nacer en esos barrios proletarios, con muchas mangas, mucho barro, muchas penas, muchas miserias dentro y alrededor.


La mamá de Martín es una viejita que está ahí sentada oyendo sin mirar, remendando algo. Con un aire tierno y beatífico. Se llama Gertrudis Gutiérrez. Es viuda. No abrió la boca sino para confirmar la fecha del nacimiento del hijo.


El padre de Cochise llamaba Victoriano Rodríguez, pero murió a los once días de nacer el campeón, con lo cual la pobreza se sumó al dolor de su llegada al mundo.


En total son seis hijos: tres hombres y tres hembras.


Estudió hasta quinto de primaria. Dejó los estudios para trabajar. Su primer oficio, naturalmente, tenía que ver con bicicleta: cobrador en un gabinete de odontólogos. Estos profesionales lo estimularon en su vocación. Hoy los llaman “los Cochises”, por su culto idolátrico al campeón.


Luego trabajó como “despachador” en Caribú, aforando cajas y bultos de mercancía. Un obrero del montón.


Empieza a tomar en serio el ciclismo, entrena, participa en competencias regionales: como turismero. Se apunta el primer triunfo en la Doble a San Pedro.


Participa en una Vuelta a Colombia, el máximo evento deportivo, y ocupa el sexto lugar. Es un buen presagio.


Cada año se acerca un poco más a la meta y a la gloria, y por varias veces se clasifica subcampeón.


Hasta que se corona por fin, y repite la hazaña cuatro veces consecutivas, sin rival a la vista para disputarle la corona. Este año se verá.


Con la fama llegan los privilegios, los patrocinios. De los sótanos de mercancía asciende a empleado de las oficinas de la empresa. Le pagan por no hacer nada, o muy poco. Pero debe hacer acto de presencia como todo el personal. Puede disponer del tiempo que necesita para entrenamientos.


Como la hinchada ocupa todo el tiempo el conmutador de la fábrica, el gerente Gabriel Ángel decide que se quede en casa, que sólo vuelva a cobrar el sueldo. Incluso, le propone que funde un pequeño almacén para que atienda a su clientela, y le ofrece créditos y garantías.


Cochise funda el Almacén Cochise, donde vende blue-jeans Cochise. Por cada bluyín que vende encima un autógrafo. Es un éxito, bate el récord de ventas de los grandes almacenes. Una hermana del campeón y su colega Papaya Vanegas, lo administran. Él hace acto de presencia dos horas por la tarde, de 5 a 7.


Su patrón se preocupa y piensa que su patrocinado dejará de ser un día campeón, pues esa es la fatalidad de la gloria: no ser eterna.


Por esa razón, el doctor Ángel le costea profesores a domicilio para que le enseñen cositas y hagan del campeón un ciudadano útil a la sociedad en el futuro. En sus horas libres, Martín estudia historia patria, inglés y ortografía.


Afortunadamente su cultura patria no se le nota ni por el forro, pues si lo meten de lleno en la sintaxis se caerá del galápago.


La sublime virtud del campeón radica, precisamente, en su absoluta animalidad, en su poder irracional. Nunca en saber qué diablos es un sufijo, lo cual sería la ruina de su carrera deportiva.


Para cumplir esas hazañas hay que tener cerebro de plomo, alma de torero y pies de oro.


El único enemigo que tiene Cochise es el tiempo. Un año de estos lo derrotará la edad, nadie más.


El ciclismo es su vida, su gloria, lo que más ama. A eso lo sacrifica todo: amor, fiestas, diversiones, mujeres. No fuma, no bebe, no parrandea. Se economiza íntegramente para la hora de la verdad: ¡la victoria!


Se levanta a las 7 de la mañana, desayuna, monta en la cicla. Entrena 5 horas diarias. Va y viene por todas las carreteras, por todos los climas. Corre en llanos, en subidas, en bajadas, en frío, en caliente.


A la una de la tarde regresa, se baña, almuerza, duerme dos horas. Estudia con sus profesores. Luego se va para el Almacén Cochise a ver cómo anda el negocio.


A las 7 de la noche regresa al hogar, come, va un rato donde la novia o ve televisión. A las diez está roncando.


Así todos los días, invariablemente, durante años.


Es una vida heroica y ascética la de los campeones. El precio de su gloria es renunciar a los privilegios que da, pues de lo contrario no serían campeones.


El reportaje no duró una hora como estaba previsto, sino cuatro. Pues por la casa del campeón desfilan vecinos, hinchas, deportistas. Esa noche, un bus estacionó en la casa con 50 pasajeros. Venían de un paseo dominical. Querían verlo, conocerlo, admirar sus trofeos, pedirle un autógrafo.


Subían por tandas al segundo piso donde están las copas, las medallas y todo eso. Doña Gertrudis se puso activa, vigilante, para que no se fueran a robar nada.


A Cochise se le despertó el seductor, y galanteaba inocentemente a las chicas de minifalda o bluyines. A las bonitas les decía “mamacitas”. Me llamaba la atención para que tomara nota de su éxito.


—Oíste, ¿vos qué opinás de este bomboncito, ah?


La chica ríe como un perrito agradecido, es decir, como una perrita, y al saborear el elogio deja ver el cobre de su belleza: le faltan tres dientes.


Como debían oler a paseo de día entero, la cosa no me entusiasmaba, francamente. Para que no pensara que yo era un maldito envidioso, le seguía la corriente: “Oh, divino el bomboncito”.


Cuando el paseo se marchó la casa quedó oliendo a salchichería, una mezcla de olores
amotinados. Pero el campeón estaba feliz de haber abrazado a sus “bomboncitos”.

Un perro vino y se echó en mitad de la sala. Era grande y manso. El campeón lo acarició con cariño. ¿Cómo se llama? “Blek”.


Pensé en William Blake


—¿Blake? ¿Como el poeta inglés?


—No, “Blek”.


Aunque no era negro, sino café con leche, pregunté si “Black”.


—No, hombre, “Blek”, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir?


Cochise me trató como a un “lagarto” a quien está haciendo el honor de conceder un reportaje. Nunca me llamó por mi nombre. En realidad, no sabía quién era yo: nadaísta, poeta, “Aliocha” y todo eso. A veces se ponía furioso con alguna pregunta que le parecía absurda, o que no entendía. Entonces me regañaba. Decía frases paisas de uso popular que yo no entendía bien, como “ni piper”, o “ya voy Toño”.


Sin embargo, me ofreció una cerveza. Dije que prefería mejor un aguardiente. El dijo: “Vos sí sos exigente, ¿no?”.


Fue al barcito, sacó varias botellas de whisky sin descorchar para notificarme que en materia de licores no le ganaba nadie. Me ofreció un whisky. Antes de que se enojara, acepté. A última hora cambió de idea y dijo que si prefería un Tequila Cuervo, punto de México. Me estaba deslumbrando con su bar.


—Está bien, lo que sea.


Me trajo una copa rebosante y se quedó ahí de pie, mirándome.


—El trago es una tontería, nunca bebo.


Puse la copa en la mesa y anoté: “no bebe”.


—Oye, por qué te llaman Cochise?


—Después te digo, tómate primero el tequila a ver qué tal.


Como era una orden muy amable, le obedecí.


Yo sabía que en el fondo tenía un corazón de oro.


Vacié la copa de un solo trago... ¡Rayos! No había ni una gota dentro del cristal. Miré la cosa extrañado, sin comprender. El líquido seguía ahí sin derramarse. Entonces el campeón se tiró al tapete a morirse de risa, feliz de haberme gastado una broma. La copa tenía doble fondo, era un juguete.


“Blek”, al ver a su amo como un condenado epiléptico, se puso a ladrar con ganas de darme un mordisco. Él gritaba “¡te la hice! ¡Te la hice!, ¡ja, ja, ja,!”.


Me dio ganas de romperle la copa en la cabeza, pero sólo dije: “buena esa, campeón”, y me reí de rabia.


(¿Qué más podía hacer, don Camilo? ¿No cree que uno, a pesar de ser tan buen escritor, se merece por lo menos el Premio Nacional de Periodismo?)


Cuando se calmó, trajo una copa de verdad, y la botella de Tequila Cuervo. Esta vez yo mismo me serví un auténtico trago doble, y juré que me bebería la botella entera aunque tuviera que emborracharme.


—Bueno, ¿de dónde salió eso de Cochise?


—De La flecha roja, una película de indios. Así se llamaba el protagonista, un tipo legal. Por eso yo me puse Cochise.


—Después de Cochise, ¿a cuál ciclista colombiano admiras más?


—A Rubén Darío Gómez. Ahí donde lo ven tan chiquito y camina. A Hernán Medina. A Papaya Vanegas. A ver a quién más...


—¿A Ramón Hoyos no?


—Ah, sí, Ramón...


(Por alguna secreta razón o rivalidad, noté que le tiene bronca al ex campeón).


—¿Cuál es tu máxima aspiración deportiva?


—Ser campeón mundial de los 4 mil metros .


—¿A los cuántos años te piensas retirar?


—Cuando decaiga.


—¿No crees que es mejor retirarse invicto que derrotado?


—El deporte no es sólo triunfar sino competir.

—Pero, ¿si este año no llegas de primero sino de quinto...?


—¿De quinto? ¡Ni piper!... (ofendido)


—¿Por qué no? En deporte todo es posible. A Ramón Hoyos le pasó.


—Yo soy Cochise, yo me conozco, sé hasta dónde doy.


—Claro, eres el jet de las carreteras, pero aún así...


—Puede que hasta de segundo, ¿pero de quinto? En todo caso esta será la última vuelta en que participo.


—¿A qué te piensas dedicar?


—Me gustaría competir en Italia y Francia. Cuando regrese me dedicaré al almacén y pondré un tallercito con la ayuda de Dios.


—¿El ciclismo te ha dado plata?


—Qué va, hombre, todo se va en fama, en fotos, pero la “lana” no se ve.


—¿Y esta casa de dónde salió, y el carrito, y el almacén y el sueldo de Caribú y cuánto tienes en el banco?


—Eso no me lo dio el ciclismo sino mi trabajo. Yo lo que tengo lo he sudado.


—De acuerdo, pero si no fueras campeón todavía estarías aforando bultos en Caribú, con mil pesos de sueldo.


—No niego que Caribú se ha portado bien conmigo y por eso soy fiel. Pero, ¿qué me ha dado Antioquia? ¡Nada! A Ramón sí le dieron, pero a mí sólo me piden el autógrafo, así, ¿la fama para qué?


—¿Cuánto ganas por la Vuelta a Colombia?


—Cuatro mil mugres, eso no paga sudar la gorda. Antioquia ha sido tacaña conmigo y eso me ofende. Por ejemplo, cuando trajimos todos los trofeos de México el año pasado, el alcalde de Bogotá nos regaló de a diez mil. En cambio en Medellín nos salieron con la migaja de dos mil. ¿No ve? nadie es profeta en su tierra.


—Pero eres profeta en Colombia: el año pasado te eligieron el deportista del año, o sea, diez millones de colombianos son hinchas tuyos. ¿Por qué no te lanzas de candidato a senador en las próximas elecciones? Estoy seguro que saldrías elegido.


—¿Y yo qué gano con eso?


—Pues hombre, ganas gloria, y te enciman diez mil pesos mensuales por no hacer nada.


—Ah, por diez mil pesos ni hablar, ¡listos!


—Cuenta con mi voto y el de “los bomboncitos”. ¿Y tu novia?


—No hablemos de eso.


—¿Cómo se llama?


—Lía Correa.


—¿Te piensas casar?


—Natural, como todo el mundo, no me voy a quedar de reliquia.


—¿Cuándo?


—Ahora es temprano para pensar en eso. Primero el ciclismo.


—¿Te casarías con una reina de belleza?


—Yo soy modesto, una reina no se fijaría en mí.


—¿Por qué no? Eres campeón, eres famoso, tienes “pinta”, tienes almacén, ¿qué más quieres?


—No, reinas no. La que algún día sea mi esposa debe ser una mujer legal.


—¿Cómo es una mujer legal?


—Pues una que sirva para esposa, mejor dicho, que sea virtuosa, hogareña, que no use minifalda ni sea ye-ye.


—¿No te gusta la moda actual?


—Claro que sí, me gustan las chicas que usan minifalda, esas que van a las heladerías, tengo muchas amigas de esas, pero mi novia tiene que ser seria, una dama.


—Según eso, ¿las que usan minifalda no son damas?


—Yo no digo que no sean buenas muchachas, hay de todo, pero para mi gusto, no hay como una mujer seria, que no esté mostrando las pantorrillas por ahí...


—Veo que eres un antioqueño de armas tomar. Estoy seguro que tienes un santo de tu devoción.


—Fray Martín de Porres.


—Aunque sobra la pregunta, ¿eres conservador o liberal?


—De política no hablo. Yo sí voté una vez, pero no digo por quién. A mí me hicieron votar.


—¿Por el doctor Carlos Lleras?


—No digo.


—Si te mandaran a hacer la guerra en Vietnam, ¿qué harías?


—Ya voy Toño... ¿Y por qué voy a ir? esa no es conmigo.


—Pero suponiendo que te obligue el gobierno, la patria.


—Ah, si es por la patria habría que ir.


—¿Y si te matan?


—Pues hombre, ese sería el fin del pobre Cochise.


—Cassius Clay perdió su corona de campeón por negarse a ir a la guerra. ¿Qué piensas de eso?


—El hizo bien, para no traicionar su religión.


—Pero el gobierno lo obligaba, la patria.


—Es que los gringos son muy orgullosos, y ese orgullo los va a enterrar, ponga cuidado y verá.


—¿Cuál consideras tu mejor cualidad?


—Soy sencillo; como deportista soy responsable.


—¿Y tu mayor defecto?


—Yo soy feíto pero gustador, ¿no vio, pues?


—Claro, la locura... ¿Qué clase de música te gusta?


—La música clásica me gusta machamente.


—¿Cuáles son tus músicos favoritos?


—Javier Solís y Roberto Ledesma.


—¿Y entre los modernos?


—Raphael. Yo bailo go-go pero no muy bien que digamos.


—¿Te gusta Pablus Gallinazo?


—¿Gallinazo? ¿Qué es eso?


—Olvídate. Cochise, ¿cuántos libros has leído en tu vida?


—A ver..., leí uno que se llama Descanse y viva... a ver... ¡ej! Qué memoria tan condenada... arriba tengo unos libritos, si quiere los bajo.


—Me gustaría verlos.


—El campeón subió a su cuarto. Aprovecho para echarme un tequila doble, y otro de repuesto.


Bajó cinco libros: Los titanes de la música, Cómo triunfar en los negocios, Poesías románticas y uno que me llamó poderosamente la atención, no por la chica semidesnuda que adorna la portada, sino por la frase que se destaca en letras rojas y entre comillas: “Extraordinaria, me enciende la sangre”. Nada menos que firmada por Henry Miller. Se titula Ella, de Rider Haggard, bestseller mundial, a quien no tengo el honor de conocer.

No puede ser que una novela que le enciende la sangre al autor de La crucifixión rosada se la encienda también a Cochise. O Miller está loco, o Cochise es un mentiroso. Pero él asegura que la leyó en los descansos durante la Vuelta a México, y que le encantó. Como no conozco el libro se lo pido prestado.


—Pero me lo devuelve.


Lo prometo. Francamente me desalienta leer este librito, pero no es porque dude del buen gusto de Cochise, sino del anciano Mr. Miller.


—Si te enamoraras perdidamente, ¿dejarías el ciclismo por una mujer?


—Ni por veinte.


—Y si te ofrecieran medio millón de pesos?


—Creo que no llegaría ese caso.


—Supongamos que yo te los ofrezco ahora mismo...


—¿Al contado?


—Bueno, supongo que me darás un placito.


—Entonces no.


La Hora Calmadoral dice que son las 10. Pido permiso para llamar por teléfono a un amigo a ver si puede venir en su carro a recogerme. Estará aquí dentro de quince minutos. Cochise está cabeceando de sueño.


Dice que le encantan los toros. Una vez le ofrecieron cuatro mil pesos por torear en una novillada en la Plaza de la Macarena. Toreó dos vaquitas sin tragedias que lamentar.


Sus otras pasiones son el fútbol, el automovilismo y la aviación: “Si algún día llego a tener plata me compraré una avionetica”.


—Cochise, ¿le darías la vuelta al mundo en bicicleta?


—¿Y en qué llevo la ropa, ah? Vos si que me creés bobo —dice furioso.


—Tienes razón, no había pensado en eso, perdona.


Ahí está mi amigo. Le grito por la ventana que voy en dos minutos. Cochise abre la puerta y lo invita a entrar. Los presento.


—Hola, Cochise.


—Hola, “Fugitivo”.


El Cid me mira extrañado como preguntando qué diablos es eso de “Fugitivo”. Yo estoy en las mismas. Se ponen a hablar de carros, como no entiendo me dedico al tequila.


—Cuánto me encimas, Fugitivo, y te lo cambio al mío.


—No, Cochise, no tengo plata. Decíme, ¿qué es eso de “Fugitivo”?


—Hombre, es que te pareces al “Fugitivo” de la televisión, ni pintado.


Ordeno las notas, me tomo otro doble, y me levanto para despedirme del campeón. Las cosas parecen temblar. Endemoniado tequila. Acerco un cigarrillo a la llamita trémula de la pared.


—Hombre, qué estás haciendo con eso...


—Enciendo mi cigarrillo.


—¿Pero no ves que son las llamas del Corazón de Jesús?


—Caramba, pensé que eran de verdad.


Salimos a la calle. La brisa susurra en los astromelios. Bueno, que ganes la vuelta, y gracias por el tequila.


—Oíste, ¿y eso dónde lo van a publicar?


—En Cromos.


—¿Es una revista extranjera?


—No, de Bogotá.


—Ah, como es tan bonita yo pensé que no era de aquí.


Con razón: si Cochise supiera quién es Gonzalo Arango, o de qué país es la revista Cromos, estoy seguro que no sería el Campeón Nacional de Ciclismo.


Y es mejor que lo siga ignorando si no quiere perder la corona.

jueves, 21 de agosto de 2008

Chiquita, de Antonio Orlando Rodríguez



Cuando me dicen que un autor es prolífico, leído y premiado en literatura infantil y juvenil, y que ha publicado una novela o unos relatos “para adultos”, por decirlo de alguna manera, mi primer impulso es confiar en ese autor. Hay que ser un muy hábil narrador para encantar a quienes comienzan a leer y están rodeados de tal cantidad de estímulos para no hacerlo.

Y muy hábil narrador resultó ser Antonio Orlando Rodríguez. Chiquita es un artefacto literario muy inteligente que desde el comienzo nos pone en un sabroso terreno de indefinición, en el cual no sabemos dónde están los puntos cardinales correspondientes a la ficción y la realidad. Toma un personaje excéntrico –una liliputiense, 26 pulgadas de estatura en un cuerpo perfectamente proporcionado– y lo ubica en un espacio geográfico que no se parece a ningún otro –Matanzas, Cuba– en un momento histórico vibrante –su guerra de independencia–. De allí lleva a la protagonista a Estados Unidos no a pasear con las caravanas de freak shows, sino a triunfar en los escenarios más sofisticados del mayestático Nueva York del siglo XIX.

Pero lo más sorprendente de este libro, la verdadera lección de oficio literario que despliega, es la manera en que se cuenta esa historia. Por los años veinte del siglo pasado la liliputiense contrató a Cándido Olazábal, un escritor fantasma cubano, para que escribiera la historia de su fantástica vida (“La Gran Depresión le pusieron luego a esa época, pero cuando nosotros empezamos a vivirla ni nombre tenía”, dice el escritor fantasma en la página 15). Olazábal va recomponiendo esa vida se supone que para Antonio Orlando Rodríguez, pero de tanto en tanto encuentra un capítulo perdido, y lo reconstruye de memoria. Con esta estrategia cambia el discurso, la textura, y el relato fluye más ligero y movido aún. Rodríguez inserta de vez en cuando notas al pie de la página para aclarar un dato, una fecha, un nombre, y sigue el lector en ese terreno donde no están muy bien definidas la realidad y la ficción.

La historia tiene de todo para tocar los límites de la literatura fantástica o las historias para jóvenes (y para mantener al lector pegado a sus páginas): una bruja malvada, la abuela de Chiquita, quien se encarga de organizar las vidas de todos a su antojo y con ello destruye los futuros de todos. Ya con los nombres que les ha puesto a sus nietas tiene para arder en el infierno por toda la eternidad: Exaltación, Blandina y Expedita; la hija de su esclava recibe el nombre de Rústica, quien luego se convertirá en la dama de compañía de la protagonista, y ésta recibe el poco proporcionado nombre de Espiridona (sus apellidos son Cenda del Castillo). Con 26 pulgadas de tamaño y semejante nombre, alguien se preguntará: “¿A quién se le ocurre ponerle un nombre tan grande a una piltrafa de gente?” (p. 28). Pero también hay en esta historia un amuleto misterioso, el robo de ese amuleto y una serie de muertes violentas a su alrededor; manuscritos antiguos; una secta de liliputienses con su propio idioma y con ardides de conspiradores en la Europa medieval; historias de celebridades y del mundo del espectáculo en general; un pescado con personalidad; amores fáciles y amores tormentosos… en últimas, una novela con todas las de la ley: arquitectura inteligente, historia llamativa, personajes recios, anécdotas inolvidables, humor.

Con semejantes razones, todavía me estoy preguntando por qué llegué hasta la página 300 y pico y simplemente la dejé de lado sin remordimientos para emprender otro libro. Raro.

Antonio Orlando Rodríguez, Chiquita, Bogotá, Alfaguara, 2008, 550 páginas.

lunes, 11 de agosto de 2008

Fusilado: Abelardo Castillo


Nacido en Buenos Aires en 1935, en 1959 Abelardo Castillo se hizo conocer en el ámbito literario argentino cuando ganó un concurso de cuento donde los jurados eran Borges, Bioy Casares y (este sí necesita nombre) Manuel Peyrou. Hasta los cincuenta años fue un muy aplaudido dramaturgo y cuentista; publicó su primera novela, El que tiene sed, en 1985. Parece que también ha sido un animoso director de talleres literarios, y su libro Ser escritor recoge su experiencia en este campo. El encargado del trabajo sucio fue su amigo Vicente Battista, compañero de Castillo en los talleres y en la redacción de una mítica revista argentina que no conozco llamada El Escarabajo de Oro: Battista se metió a esculcar los cajones de Castillo, revisó sus carpetas, abrió el disco duro de su computador, husmeó en el diario que desde los diecinueve años lleva Castillo con rigor de enganchado. El resultado, Ser escritor, es una colección de perfiles de escritores, consejos, memoria sobre el oficio, anécdotas, críticas.

Hace un par de meses, en el lanzamiento de la obra de Pablo Ramos en Colombia, el autor, un conversador de miedo, mencionó este libro como fundamental en su formación, y leyó un par de fragmentos que me antojaron. Mi buen amigo Carlos Castillo viajaba al día siguiente a Buenos Aires, y a su vuelta a Bogotá me lo trajo. Gracias, colega. De todo lo aprovechable de este libro me decidí a fusilar el último capítulo, que recoge en gotas esenciales los principios que despliega en el resto de la obra. Para todos los gustos.


Mínimas

• Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.

• Un albañil puede habitar la casa que construye, decía más o menos Sartre, un sastre usar el traje que ha hecho, un escritor no puede ser lector de su propio libro. Un libro es lo que los lectores ponen en él. Ningún escritor puede agregar un sentido nuevo a sus propias palabras. Si puede hacerlo, debería escribir el libro otra vez.

• El decálogo de Horacio Quiroga está muy bien, siempre y cuando seas cuentista. Pero, por favor, no tomes en serio eso de querer a tu arte como a tu novia. Quiroga lo escribió para enamorar a una alumna suya del secundario.

• Lo mejor que se ha escrito sobre el cuento es lo que Edgar Poe escribió en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne. No pienso facilitarte las cosas reproduciéndolo. Tendrás que encontrarlo solo. Un escritor es un buscador de tesoros. Los descubre o no. Ésa es la única diferencia entre la biblioteca de un escritor y el mueble del mismo nombre de las personas llamadas cultas.

• Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. Can no es lo mismo que perro ni la palabra ramera tiene la dignidad de la palabra puta. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: “habló en voz baja”. Como eso no le gusta lo reemplaza por “voz queda”, que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra pálida. Entonces escribe: “habló con voz pálida”, lo que está muy bien.

• Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: “Era una montaña titánica, enorme, alta”. Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.

• Podrás corregir tus textos o no corregirlos. Tolstoi escribió siete veces Guerra y paz; Stendhal terminó La Cartuja de Parma en cincuenta y dos días. El único problema es cómo se las arregla uno para ser Tolstoi o Stendhal.

• Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

• No te preocupes demasiado por las erratas. En el Ulises de Joyce hay cerca de trescientas y los profesores les siguen encontrando sentido.

• Nunca escribas que alguien tomó algo con ambas manos. Basta con escribir las manos y a veces es suficiente una sola. La gente en general tiene cara, no rostro. No asciende las escaleras, sube por ellas. No penetra a las recámaras, entra en los dormitorios. Evitarás los ventanales y sobre todo los grandes ventanales. Dicho sea de paso, las ventanas no son de cristal, son de vidrio. Lo mismo los vasos. No digas que alguien empezó a cantar o a vestirse si no estás dispuesto a que termine de hacerlo. En los libros la gente empieza a reírse o a llorar en la página 3 y da la impresión de seguir así hasta que se muere. Sé ahorrativo: si lo que viene al galope es un jinete, no hace falta el caballo. La inversa no se cumple. La palabra caballo viene misteriosamente sin jinete.

• Los novelistas y los editores creen que una novela es más importante que un cuento. No les creas. Sólo es más larga.

• Los cuentistas afirman que el cuento es el género más difícil. Tampoco les creas. Sólo es más corto. El cuento es difícil únicamente para aquellos que nunca deberían intentarlo. Para Poe era facilísimo, para Cortázar, Chejov o Hemingway también.

• No te dejes impresionar porque hayan existido Dante, Cervantes o Shakespeare. Todo ocurre siempre por primera vez: también tu libro.

• Deberías pensar por lo menos una vez por día en esta frase de Nietzsche: “Un escritor deberá ser considerado como un criminal que, sólo en casos rarísimos, merece el perdón o la gracia: esto sería un remedio contra la invasión de los libros”.

• No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.

• Si la palabra mercado te hace pensar “persa”, quizá no seas muy original pero todavía estás a tiempo. Si la palabra mercado te hace pensar en la venta de tu libro, no insistas con la literatura.

• Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito.

• Tal vez seas envidioso, rencoroso, un poco estúpido, avaro, mal amigo. No te preocupes: un buen libro siempre es mejor que la persona que lo escribe.

• En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin pensar en esto.

• Nunca tengas los libros que has escrito en tu biblioteca. El lugar de tu libro es la biblioteca de otro.

• Vas a morirte, nuestro planeta gira agónicamente alrededor de una estrella que ya cumplió la mitad de su vida, el universo entero está condenado a desaparecer. Si eso no te quita las ganas de ser escritor, ¡cuál es el problema!

• De tanto en tanto recordarás esta historia. Alguien le llevó un manuscrito a Anton Chejov y le preguntó:
−¿Qué hago, maestro? ¿Lo publico o lo tiro a la basura?
−Publíquelo –dijo Chejov−, de tirarlo a la basura ya se van a encargar los lectores.

• Podrás escribir: “Volvió a verla tres días más tarde”, pero sólo a condición de saber perfectamente (aunque no lo digas) qué le pasó a tu personaje en esos tres días, y por qué fueron tres días y no una semana o un año.

• No es lo mismo ambigüedad que confusión. Una historia debe tener siempre un único final. Si quisiste sugerir dos o más desenlaces, esos desenlaces son un único final: se llama ambigüedad. Si nadie te entiende ni medio se llama confusión.

• No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos.

• No confundas imaginar con combinar. La imaginación es una locura lúcida. La combinatoria sirve para elegir corbatas.

• Gide decía que con buenas intenciones se escriben malos libros. La verdad completa es que con malas intenciones también se escriben malos libros. Lo que nadie sabe es cómo se escriben los buenos.

• No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.

• Los sueños ajenos son invariablemente aburridos. Nunca olvides que tu propios sueños, para el otro, son ajenos.

• No defiendas tu libro argumentando que los críticos son escritores frustrados. Lo verdaderamente peligroso de un crítico es que sea un crítico frustrado.

• Leer una gran novela o un gran cuento es tan hermoso como haberlos escrito. Si nunca lo sentiste, no escribas ficciones ni, por el amor de Dios, te dediques a la crítica literaria.

• Isadora Duncan dijo: “Quiero bailar ese sillón”. Tal vez ella pudiera. Pero un novelista, un cuentista, un dramaturgo, no quieren ni bailar ni pintar ni hacer música con sus palabras. Quieren contar una historia.

• Montaigne decía que él empezaba a pensar cuando se sentaba a escribir; Edgar Poe, que más vale no sentarse a escribir sin haber terminado de pensar. En el fondo es igual. Se puede pensar con la cabeza o sobre un papel. Pero a pensar sobre el papel no lo llames escribir. Se llama primer borrador.

• No publiques todas las estupideces que escribas. Tu viuda se encargará de eso.

• Dijo Poe: “No es lo mismo la oscuridad de expresión que la expresión de la oscuridad”. Un escritor contemporáneo, tal vez distraído, dijo lo mismo con las mismas palabras. No importa. Lo que debe importarte es que es verdad.

• Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. “No es lo mismo decir: ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda la sintaxis es una concepción del mundo.

• En el origen del conocimiento y de la literatura está el acto de contar. La crítica de la razón pura nos cuenta lo que Kant pensaba de los límites de la razón; los versos de La Eneida, la epopeya de Lacio; el teorema de Pitágoras, el cuadrado de la hipotenusa. El hombre es el único animal que cuenta.

• Escribir como se quiere es destreza. Escribir lo que se debe, probidad. El más grande y el peor de los escritores se parecen en una sola cosa: únicamente escriben como y lo que pueden.

• Nunca pidas que te presten un libro. Los buenos libros se compran o se roban.

• Si un libro te gustó mucho podrás regalarlo. Pero nunca lo prestes: vas a necesitar desesperadamente releerlo esa misma noche.

• Un hombre que dedique toda su vida a casi cualquier cosa puede llegar a ser una eminencia de algún tipo. Dedicarse toda la vida a escribir novelas sólo garantiza dolor de espaldas.

• Hay cierta clase de grandes escritores a los que uno, después de leerlos, quisiera llamar por teléfono. Esto lo decía Salinger, y Salinger, justamente, es uno de esos escritores.

• Hay otra clase de grandes escritores a los que mejor no conocer: son la mayoría.

• Cortázar solía decir que empezaba sus cuentos sin saber a dónde iba. No le creas. En sus mejores cuentos lo sabía perfectamente, aunque no supiera que lo sabía.

• Los grandes novelistas aconsejan ignorar el final de la historia, no tener nada claro qué hará el personaje en el próximo capítulo, no atarse a un plan previo. A ellos sí podrás creerles, pero con moderación. Digamos, hasta llegar a la página 150. Más allá de eso, saber tan poco de tu propio libro ya es mera imbecilidad.

• Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así.

• No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en éstas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad; es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea.


Lo fusilamos de: Abelardo Castillo, “Mínimas”, en Ser escritor, Buenos Aires, Seix Barral, 2007, pp. 207-213.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Historia de una pasión, de Darío Jaramillo Agudelo



Pocos oficios reclaman un grado tan alto de inmodestia como el de escritor: se precisa mucha seguridad en sí mismo o mucha vanidad, mucho envanecimiento si se quiere, para publicar los fantasmas más íntimos, que no otra cosa son los personajes, las voces, que pueblan novelas, relatos, poemas. Si se va uno por lo delgadito, el género inmodesto por excelencia es la autobiografía. En él no hay personajes, voces, situaciones de la ficción que funjan como intermediarios: el escritor se expone tal cual es, y valga madres.

Pero miren por dónde: en estos tres relatos autobiográficos, escritos cada uno con siete años de diferencia, Darío Jaramillo Agudelo se las ingenia para componer unas memorias humildes. Ya lo había intentado antes, con muy buena fortuna, Elkin Obregón con sus deliciosas Memorias enanas, pero en Historia de una pasión se va más lejos en modestia autobiográfica, algo que parecía difícil. Lo logra con el tono, con la manera delicada de poner el ojo sobre sí mismo: “No tengo hermanos ni hermanas, les he contado. Notarán que no me gusta decir que soy hijo único. No creo que sea único ni como hijo” (p. 23); “todos los poetas están muertos y en la tierra sólo quedamos aprendices” (p. 88); “la gran ventaja del cuarto de hora es que sólo dura quince minutos” (p. 54).

Relato de vida, pero sobre todo examen de su pasión, que es escribir. Y puesta en común de sus métodos, sus vicios de trabajo. Creo que todo método tiene su vicio, y ésta, como tantas, es una frase que admite muy bien la viceversa. “Ocurre que lo que más me cuesta es empezar. Antes de sentarme a trabajar, revoloteo largo tiempo. Un café. Un cigarro. Buscar una palabra en el diccionario. Se me olvidó el suéter. Otro café. De tal manera que peripateo alrededor de la mesa de trabajo largo, larguísimo rato, antes de tomar el estilógrafo. En mis retardos redacto párrafos imaginarios que son siempre, siempre, mejores que los de una pluma que no tiene después la memoria para repetirlos. Al fin me instalo en mi pelea con las palabras. A veces no es un problema de vocabulario. Fundamentalmente el asunto consiste en agarrar un ritmo, en tener un tono. Cuando estoy volcando algo al lenguaje escrito, mi primera preocupación es el qué. El ‘qué’ debe determinar, por ley física, el cómo…” (pp. 56-57).

Detallando en sus métodos me encuentro éste que no le había leído nunca a ningún escritor: “Cuando tuve la versión mecanografiada, la leí en voz alta y grabé la lectura. Malcolm Lowry llamaba a ésta ‘la prueba Flaubert’. Y es la mejor fuente de correcciones que conozco. Allí uno descubre repeticiones, inconsistencias, imprecisiones, pérdidas del ritmo. La versión en computador se basa en un texto corregido a partir de la grabación” (p. 59).

Va contando su vida, va recapitulando en su manera de escribir y de concebir la escritura, va haciendo arqueología en sus métodos para componer sus textos tanto en verso como en prosa, pero también va reflexionando sobre la poesía, y para eso llama a la conversación a otros que han pensado lo mismo. Como Hans Magnus Enzensberger: “La poesía es el único medio de comunicación en el que el número de productores supera el de los consumidores” (p. 83); como Cocteau: “Sé que la poesía es indispensable, pero ignoro para qué” (p. 33). Pero la reflexión más bonita sobre la poesía es del propio Darío, y está al comienzo de este gran librito: “sé que hubo un día en que supe que era la poesía lo que más me importaba, lo que más me importaría en la vida. La poesía en su sentido más amplio y desaforado, la ebriedad sin tiempo de una boca amada, el aroma de un eucaliptus, el laberinto interno de tu reloj de cuarzo, de tu procesador de datos, un atardecer, un gol, un sorbete de curuba, una voz familiar, Mozart, entender una cosa nueva, una crema de ostras, el galope de un caballo, en fin, tantas cosas que son la poesía en su más amplio sentido. Y luego, también […] la pasión por la poesía en su sentido más restringido, o sea, la capacidad de alucinar con la palabra escrita” (pp. 16-17).

Ya lo había leído hace añísimos, en una edición de Brevedad, creo, y me estremecí. Lo regalé hace poco a una buena lectora que conocí. Lo volví a leer el fin de semana por un comentario de Lucaz en la entrada anterior a este blog, que me lo recordó. Y al acabarlo esta vez lo volví a empezar y lo volví a acabar. No se va a alejar mucho de mi mesa de noche de aquí en adelante, como no debería hacerlo toda la obra, en verso y prosa, de Darío Jaramillo Agudelo.

Darío Jaramillo Agudelo, Historia de una pasión, Valencia, Pre-Textos, 2006, 92 páginas.