miércoles, 24 de septiembre de 2008

Hotel Amén, de Carlos Patiño Millán


La de Carlos Patiño siempre ha sido una poesía de vistazos, de imágenes en apariencia sueltas pero que encuentran eco en hoyos profundos de uno. Poca narración en esos versos, en esas prosas poéticas tan sugerentes. También ha rondado siempre su poesía el rocanrol con trazos clásicos: leerlo es visitar la tienda de recuerdos de Graceland, aunque con un surtido más apetecible y de mejor gusto.

Pero no sólo sus imágenes, sus versos, evocan toda esa memorabilia rocanrolera: allá a comienzos de los noventa en Medellín publicó sus primeros dos o tres libros en un sello llamado Radio Ethiopia, creado por él e inspirado, por supuesto, en el disco de mi adorada Patti Smith de 1976. Lo más bonito de todo es que los publicaba para los amigos, y más bonito aún, que yo me contaba en la lista, así que por ahí tengo esos primeros buenos títulos: Canciones de los días líquidos, Tocando las puertas del cielo. Más tarde Patiño publicaría Más canciones de amor, odio y perros, El día en que le volé un dedo a David Gilmour y Estaba en llamas cuando me acosté.

Esos primeros versos publicados de Patiño eran pirotécnicos, amplios, desbordados, como un concierto de Yes o un tema de 10 minutos de King Crimson (parafernalia mítica incluida). Ahora, en Hotel Amén, lo vemos ofreciendo un concierto desconectado, para un auditorio selecto de pocas personas. Prosas breves, frases filosas, esas mismas sugerentes imágenes semicalifornianas tan de él: “De regreso a casa, la puerta queda en otra parte. Soy, cada vez más, el padre y la madre de mi padre y mi madre. Ruinas del pasado, canciones que regresan a ladrar de día. Tengo una coartada para cada sospecha y dulces palabras para cada amor muerto. / En la noche mía, temprano, late la luna” (p. 17). Ahí sus amigos, sus noches: “¿Quién acaba de pagar la ronda? No lo recuerdo. Bebemos y bebemos y bebemos. Esa seguridad del espíritu con que llenamos y vaciamos las copas ya nos hará falta mañana” (p. 37).

No voy a avanzar más porque este librito es breve. También es sustancioso, pero mejor dejar con ganas. A contravía del comentario de Gabriel Zaid fusilado en la entrada anterior de esta página, la Universidad Nacional viene publicando con disciplina y buenos criterios de selección esta Colección de Poesía, con tres series cuyos nombres no necesitan mayor explicación: Libro Recobrado, Obra Reunida y Libro Inédito. A lo que vinimos, pues. Hay buenos títulos ahí, y están al alcance de cualquiera. Y para volver con el tema de la publicación, venta y lectura de poesía, quizá los sellos editoriales universitarios sean los encargados de que siga circulando, impresa, la poesía de todos los tiempos. El Externado lleva tres años con su colección Un Libro por Centavos, que circula con El Malpensante y vende por ahí sueltos unos cuantos ejemplares. A ver cuáles más se pegan al tren.

Carlos Patiño Millán, Hotel Amén, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Colección de Poesía, 2008, 74 páginas.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Fusilado: Gabriel Zaid


Poco dado a las entrevistas, a las presentaciones públicas y hasta a las fotografías, Gabriel Zaid nació en Monterrey en 1934, es ingeniero y vive de un negocio propio. Como mi querido Alejandro Rossi, colaboró con la revista Vuelta, ahora lo hace en Letras Libres y otros medios americanos. Es miembro del Colegio Nacional de México desde 1984 y de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1986. Sus ensayos se ocupan de la política, la educación, la economía y hasta del urbanismo, pero sus más agudos y amargos comentarios se han dirigido a las industrias culturales, con particular atención a la del libro: lectores, autores, editoriales, bibliotecas, librerías... El lado poco frecuentado de los asuntos, las cifras, la palabra exacta, la devastadora ironía y las propuestas firmes para cambiar el statu quo son ingredientes infaltables en sus ensayos. Siempre ha denunciado a los intelectuales anclados en la rancia burocracia y destacado a los que escriben para la gente de la calle con una intención de servicio social, y en esta categoría él está incluido en los primeros de la lista. Su obra poética se reedita con constancia. La ensayística está recogida en varios volúmenes: El progreso improductivo, La economía presidencial, Cómo leer en bicicleta, Los demasiados libros... De este último fusilamos este breve y cortante ensayo.


La oferta y la demanda de la poesía

The New Yorker recibe 40.000 poemas al año, de los cuales publica 150. Lo cual le cuesta una fortuna, porque necesita una persona a tiempo completo para que lea los poemas recibidos: 800 por semana, para escoger tres.

La New York Review of Books promueve entre sus lectores un club de libros (Reader’s Subscription Club) que, hasta la fecha, ha publicado un solo libro de poesía contemporánea, con resultados desastrosos: los Selected poems de Robert Lowell no han vendido más que 350 ejemplares.

Los clubes de libros casi nunca lanzan libros de poesía. En 1976, a raíz de que la renombrada Denise Levertov ganó el renombrado premio Leonore Marshall, por un libro con el renombrado pie de imprenta de New Directions, el Book of the Month Club dedicó una página completa del folleto que envía mensualmente a su millón y cuarto de suscriptores, ofreciéndoles el libro. Vendió 750 ejemplares.

Un club de libros especializados en poesía (The Poetry Book Club of Golden Quill) opera desde 1954 con un incentivo francamente perturbador: la oferta de incluir en el anuario Golden Quill Anthology of Poetry un poema de todo suscriptor que compre al menos cinco libros al año.

Lo horrible de este procedimiento es que pone el dedo en la llaga: a medida que aumenta la población universitaria, no aumenta el número de los que leen, sino de los que quieren ser leídos. La vieja tradición del “si me lees, te leo”, y “si me citas, te cito”, que era poco simpática, no era tan mala como la nueva situación. La regla del Golden Quill demuestra que ni los poetas compran libros de poesía si no es a fuerza, como requisito para publicar.

Plougshares (trimestral, fundada en 1971, circulación: tres mil), una de las revistas literarias de más prestigio en los Estados Unidos, recibe 16 mil textos al año de unas 6 mil personas, de las cuales ni 200 están suscritas a la revista. Han formado un equipo de quince voluntarios para leer y escoger, pero no basta. Cada vez que publican un anuncio para promover suscripciones, por cada suscripción que consiguen les llegan de diez a quince colaboraciones. Sin embargo, se niegan a la nueva modalidad que empiezan a adoptar revistas serias y respetadas, como New Letters, Nimrod, Quarterly Review of Literature, que ni leen las cartas de los presuntos colaboradores que no están suscritos. Sin embargo, como reconoce Plougshares, si todos los que quieren escribir en su revista la compraran, la circulación se triplicaría.

Si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto, porque nunca jamás tantos millones de personas habían soñado con publicar un libro. Pero el narcisismo compartido del “si me lees, te leo” degeneró en un narcisismo que ni siquiera es recíproco: no me pidas atención, dámela. No tengo tiempo, ni dinero, ni ganas de leer lo que publicas; quiero tu tiempo, tu dinero, tus ganas de leer. No me aburras con tus cosas, dedícate a las mías.

Alguna vez, el poeta Jud Lerome dijo que si uno fuera realmente considerado con sus lectores y amigos, debería insertar un billete de cinco dólares en cada uno de los libros que pone en circulación, para reconocer simbólicamente el abuso de quitarles el tiempo. Es una solución racional en una economía de mercado: si hay más oferta que demanda, y nadie está obligado a comprar, se hunden los precios hasta el punto de volverse negativos: pagar, en vez de cobrar, por ser leídos.

Una solución de welfare state sería crear un servicio nacional de geishas literarias, con maestría en letras y psicología autoral, que trabajara a tiempo completo en leer, escuchar, elogiar y consolar a todos los autores no leídos.

Otra solución sería el racionamiento. Un Plan Nacional de Regulación de la Oferta y la Demanda pudiera establecer un sistema por el cual toda persona que pretenda ser leída tendría que registrarse y demostrar lo que ha leído. Por cada mil poemas (cuentos, artículos, libros) leídos, tendría derecho a publicar un poema (cuento, artículo, libro). La proporción exigida iría ajustándose, hasta lograr el equilibrio de la oferta con la demanda.


Lo fusilamos de: Gabriel Zaid, “Los demasiados libros”, en la antología Crítica del mundo cultural, México, El Colegio de México, 1999, pp. 59-61.

viernes, 12 de septiembre de 2008

El viento agitando las cortinas, de Juan Carlos Rodríguez


La historia es conocida y sentida por muchos: no se encuentran en el mercado libros de cuento. Las editoriales dicen que no publican cuentos porque no se venden, los lectores dicen que quieren leerlos pero no los encuentran. ¿Cómo romper un círculo tan terco? Creo que publicando colecciones de cuentos, promocionándolos con largueza, así al comienzo se vaya a pérdida por parte y parte (de las editoriales por las ventas y de los lectores por la calidad). No será por mucho: con la circulación de materia prima hay más parámetros de comparación y estoy seguro de que la calidad sube. Si la calidad sube se crea público y los números se engordan. Y con público y mejores relatos el mercado se equilibra. ¿O estoy pendejiando? No sé, pero eso se me ocurre.

El viento agitando las cortinas (qué bello título) reúne tres relatos extensos y bien armados sobre la nostalgia, el nacimiento del deseo, sobre la vida colombiana en los ochenta y ahora... Puede ser otra de mis pendejadas, pero estimo que cada libro está contenido en una de sus frases. La de este volumen creo encontrarla en la página 113: “constancia de que el tiempo pasa y se lleva lo mejor de nosotros, así nos deje la esperanza de lo desconocido”. Aquí los tres narradores se refieren a su historia personal en diferentes momentos, y testifican el paso del tiempo. Se me ocurre que estos relatos tienen un público primario bien definido: cuarentones. Los tres narradores rondan esa edad; los tres recuperan sus tiempos de niñez y juventud, y esa niñez transcurrió en los ochenta, cuando pareciera que todos los colombianos éramos de clase media (aunque algunos fueran de clase más media que otros).

En el primero, “Contra la desnudez”, un bibliotecario metódico y gris va narrando la arqueología de sus dos obsesiones: la ropa interior femenina y los hoyuelitos que se les forman a las mujeres en la parte baja de la espalda, a cada lado de la columna vertebral. Cuando el relato de una obsesión está bien hilvanado y se narra con intensidad, cuando quien describe sus obsesiones lo hace de manera recia y regia, ese relato tiene la capacidad de despertar en los lectores la misma obsesión, o de destaparla. Creo que todos los lectores empezamos a reparar con más detalle que antes en los olores cuando leímos El perfume. A eso me refiero: luego de leer este relato seguro muchos miraremos de otra manera el “romboide de Michaelis”, esos hoyuelitos mágicos al final de la espalda de las muchachas.

Tiene otras virtudes este primer relato, como la puntería con que el autor ha sabido definir con una sola palabra el olor complejo del coño femenino: “me apretaba con fuerza sus calzones contra la cara, asfixiándome al mismo tiempo que me narcotizaba con su olor marino” (p. 29). Como el humor: “Como sexólogo no era gran cosa, pero, ¿hay alguno que lo sea?” (p. 20). Como la gracia para pintar a un preadolescente en los ochenta: “me lancé sobre la Enciclopedia visual del sexo y pasé ansiosamente página tras página. Ahí aprendí algunas palabras básicas para actos ya imaginados pero cuyo nombre técnico ignoraba. Cunnilingus. Fellatio. Palabras que alborotan en cualquiera el deseo de estudiar latín” (p. 19).

El segundo relato, “¿Quién se acuerda del capitán Scott?” también va hasta el nacimiento del deseo de un muchacho algo nostálgico, lector, silencioso, que pasó buen tiempo en una casona de Quito con tías y abuelos y de pronto se ve en medio del patio de un bulloso colegio bogotano. Día tras día en ese colegio dedicado a los larguísimos devaneos, planes, arrepentidas y metidas de pata que sufría uno cuando se acercaba a una chica. Muy bonito y muy concentrado en la tormentosa preadolescencia, por lo que no entendí por qué el autor sigue al personaje hasta que se vuelve adulto. Sentí algo de desequilibrio cuando el relato durante treinta páginas siguió al personaje por unos pocos años, y luego en tres páginas recorre treinta años. Pero bueno, se lee con mucho gusto (al menos así lo leí, yo que soy cuarentón) a pesar de ese desequilibrio.

Una pareja de amigos cruza mails en el tercer relato, “Mil veces el mal camino”, y la narración recupera solo los del tipo. Está lograda con maestría la secuencia de respuestas que no aparecen en el cuento, los correos de ella. Él quiere contarle un par de amores y quiere mantenerla a ella interesada en el cuento, así que a la manera de los folletines del siglo XIX, avanza unos aspectos y se guarda otros, y con eso garantiza que ella –y nosotros los lectores– sigamos con interés esa historia tan personal. Las reflexiones sobre las relaciones entre alumnos y maestros (se materializan dos en este relato) son muy precisas y certeras. Lo puedo asegurar...

Bien por Juan Carlos Rodríguez y bien por Mondadori, que se han asociado para poner frente a nosotros esta bonita colección de relatos. Que no sea ésta una única golondrina, porque ya sabemos qué no puede hacer sola una de estas aves.


Juan Carlos Rodríguez, El viento agitando las cortinas, Bogotá, Mondadori, 2008, 158 páginas.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Fusilado: Luis Carlos "El Tuerto" López





Menciona uno al Tuerto López y apenas llega a la memoria de unos pocos, como mucho, la imagen de unos zapatos viejos. Lástima. Comencemos entonces con cuatro datos no muy conocidos sobre el poeta: su nombre completo era Luis Carlos Bernabé del Monte Carmelo López Escauriaza. Al tiempo que hacía el bachillerato estudió en la Escuela de Bellas Artes con el pintor Epifanio Garay. No era tuerto sino bizco, como él mismo indica: “bisojo, medio cínico, de cáusticas sonrisas de Voltaire”. Su trago favorito era el anís de coco, que tomaba a sorbitos; pocas veces se le veía sin un cigarrillo ensartado en una boquilla o entre las pinzas que él inventó para fumar.

Otros más: apenas estuvo una vez en Bogotá; fue cónsul de Colombia en Múnich y en Baltimore; fundó un periódico con su hermano, La Unión Comercial, que tuvo que cerrar al año y medio porque le fueron retirando la pauta (era algo incómodo y armó desde allí no pocas peleas). El Tuerto López canceló de una buena vez el modernismo en Colombia: publicó su primer libro, De mi villorrio, en la imprenta de la Revista de Archivos en Madrid, 1908, y el mismo año en que publicó su tercer poemario, Varios a varios (Madrid, Pueyo, 1910), el poeta Enrique Gómez Martínez expedía la partida de defunción definitiva del movimiento con su célebre poema “Tuércele el cuello al cisne”. Tiempito después López le escribió a su admirado Unamuno: “Le he retorcido el pescuezo al pollo; póngale usted la salsa, don Miguel”.

Creo que sus contemporáneos nunca le perdonaron su franqueza, su jugueteo inteligente con la palabra y la rima. Para ellos, tan académicos, tan “lánguidos camellos”, al decir de uno de sus poemas favoritos, López no pasó de ser “simple versificador de chistes”, “grosero y audaz”, “sonetista pueblerino”…

En fin, para mí el Tuerto López es, al lado de León de Greiff y otros dos que no voy a mencionar por ahora, el más grande poeta colombiano del siglo XX. Quiero antojar a los lectores de esta página con esta selección de sabrosa lectura. La viñeta es de Elkin Obregón, especial para el ojo en la paja.


Selección de poemas


Mientras llueve

No me deja
salir el aguacero
pertinaz. Y en la tísica calleja,
debajo del alero,

se queja un organillo. Dulcemente
me arrulla con su queja
mimosa el organillo plañidero,
mientras yo mentalmente

musito dormitando: No me deja
salir el aguacero
pertinaz. No me deja
salir el aguacero.


Tarde de verano

La sombra, que hace un remanso
sobre la plaza rural,
convida para el descanso
sedante, dominical…

Canijo, cuello de ganso,
cruza leyendo un misal,
dueño absoluto del manso
pueblo intonso, pueblo asnal.

Ciñendo rica sotana
de paño, le importa un higo
la miseria del redil.

Y yo, desde mi ventana,
limpiando mi fusil, me digo:
--¿Qué hago con este fusil?


Un caso

Mi parienta, magra y fría,
solteronamente fea,
con nostálgica atonía
piensa en cosas de su aldea…

Quiere vivir con su cría
de palmípedos. Desea
manejar en la alquería
diariamente la polea

del pozo, oír en ayuna
su misa y tragarse alguna
que otra eucarística oblea,

sin tiznar el pensamiento
con el sexto mandamiento
pornográfico. Así sea.


In pace

Cruza el arroyo el solitario entierro
de un pobre. Es natural
que le acompañe un perro
bajo la indiferencia vesperal.

¿De qué murió? Sería
de bulimia, es decir,
de no haber visto la panadería
con ojos de fakir.

Y ahora va, como inútil adjetivo,
despanzurrado dentro de un cajón
de tablas de barril. –He aquí un motivo
para una cerebral masturbación.


Muchachas solteronas

Muchachas solteronas de provincia,
que los años hilvanan
leyendo folletines
y atisbando en balcones y ventanas…

Muchachas de provincia,
las de aguja y dedal, que no hacen nada,
sino tomar de noche
café con leche y dulce de papaya…

Muchachas de provincia,
que salen –si es que salen de la casa—
muy temprano a la iglesia,
con un andar doméstico de gansas.

Muchachas de provincia,
papandujas, etcétera, que cantan
melancólicamente
de sol a sol: – “Susana ven”… “Susana”…

¡Pobres muchachas, pobres
muchachas tan inútiles y castas,
que hacen decir al Diablo,
con los brazos en cruz: –¡Pobres muchachas!...


Se murió Casimiro…

Se murió Casimiro el campanero
de la iglesia rural. Y esta mañana
lo llevaron al último agujero
con tres o cuatro dobles de campana…

Se lo llevaron bajo un aguacero
definitivamente. Y quedó Juana
su sobrina, sin sol y sin alero,
¡y tan hermosa como casquivana!

… ¡Y quién podrá decir que Casimiro
no apuró sorbo a sorbo, en un suspiro
y otro suspiro, un cáliz de amargura,

conociendo la lengua viperina
de las devotas! ¡Conociendo al cura!
¡Y conociendo tanto a su sobrina!


A Rosalbina

Bien sabéis, adorable Rosalbina,
que ante vuestro mirar de ojos de gato,
me sentí como calle sin esquina,
¡bizco y sordo y maltrecho y turulato!

… ¿Por qué sois para mí luciferina?...
¡Si ha mucho tiempo estoy que disparato
bajo el piramidón y la morfina
y del bromuro y del bicarbonato!

Tanta hiel guarda el fondo de mi copa,
que hasta en un corredor del “Club la Popa”,
vuestro marido viéndome patojo

y con ganas de hacer un disparate,
me preguntó solícito: –¿Qué hay, vate?
Y yo le dije irónico: –Un mal de ojo.


Lo fusilamos de: Luis Carlos López, Obra poética, Bogotá, Ediciones del Banco de la República, 1976. Edición crítica a cargo de Guillermo Alberto Arévalo.