sábado, 20 de diciembre de 2008

Hasta el próximo año


Seguro los visitantes habituales ya lo habrán notado: este blog está en receso. Regresa en enero del 2009. Gracias por pasar por acá y felices fiestas para todos.

martes, 9 de diciembre de 2008

Devaneos 2. El caso de la señorita Austen


Jane Austen murió hace 191 años, poco salió de su comarca, sus piezas de ficción nacían de las ganas de entretener a la familia y tratan todas casi que el mismo tema con tibias variaciones: la búsqueda, por parte de mujeres casaderas, de un buen partido. Es al menos inquietante, pues, que esos divertimientos alrededor de un único tema se sigan editando y traduciendo. Esas novelas se siguen leyendo con deleite, y cada tanto se hacen adaptaciones para el cine o versiones sobre la vida simple de su autora. Todavía inspiran tesis y estudios. Las novelas de la señorita Austen son, pues, clásicos, si llamamos así a obras que han superado la prueba del tiempo.

Séptima de los ocho hijos del párroco George Austen y Cassandra Leigh, nombre de soltera, Jane nació el 16 de diciembre de 1775 en Steventon, Inglaterra. Apenas recibió educación formal un par de años en un internado en el condado de Oxford, el resto de su formación lo completaron las recomendaciones de su madre y vecinas y la biblioteca de su padre, a la cual tuvo acceso abierto. Su única hermana mujer, Cassandra, fue desde siempre su confidente, y las cartas que se cruzaron toda la vida son la fuente principal para la biografía de la señorita Austen. Sus hermanos tomaron los únicos caminos que se podían permitir los jóvenes pertenecientes a las clases modestas de la Inglaterra rural gregoriana: la milicia y la clerecía.

Jane tuvo algunos pocos pretendientes –no más de tres, parece–, incluso llegó a prometerse con un joven, pero en sus 41 años nunca se casó. Tampoco su hermana Cassandra. Vivieron las dos la vida de unas típicas señoritas provincianas y no muy acaudaladas de la campiña inglesa, entre la casa, visitas de compromiso, bailes, paseos y cenas. Quizá lo único por fuera del orden era la insistencia de Jane en componer historias por escrito.

Desde joven Jane escribió en el comedor de la casa piezas teatrales breves, cuadros, aventuras y retratos de personajes para entretener a la parentela. Hay una anécdota bonita: según recuerdos de la familia, dejaron la puerta sin aceitar, así ella podía saber si alguien se acercaba y escondía sus implementos de escritura para retomar las labores de costura. Permitía que sólo su familia supiera que escribía.

Pero las lecturas de sus piezas pronto convocaron también a vecinos y amigos. Parece que con bastante éxito. Incluso una amiga de su hermana Cassandra, Martha Loyd, insistía con particular interés en que leyeran y releyeran una pieza que Jane había titulado Primeras impresiones. Algún tiempo después descubrieron que estaba interesada no tanto en la historia como en publicarla con su nombre. Esas Primeras impresiones cambiarían de título hacia 1800, cuando la escritora Margaret Holford publicó en Minerva Press una novela con ese título. Jane entonces lo cambió por Orgullo y prejuicio.

Fue su hermano Henry quien animó y costeó en 1811 la publicación de la primera novela de Jane, que se tituló Sentido y sensibilidad. Por ese tiempo había cuatro maneras de publicar. Por suscripción: unas personas pagaban una suma para que una novela de alguien famoso o importante se publicara, y esos suscriptores tenían derecho a recibir un ejemplar. Por reparto de ganancias: el editor y el autor compartían los costos –y las ganancias– de la publicación; no era muy frecuente este arreglo, a menos que el editor estuviera seguro del éxito de la obra o fuera amigo del escritor. Por venta de derechos: que es la que más se acostumbra todavía, cuando un autor le vende los derechos a un editor y éste le da un adelanto por la obra; apenas autores de éxito garantizado, digamos Walter Scott, publicaban bajo esta modalidad y obtenían buen dinero por sus obras. Por comisión: el autor pagaba por la impresión de su obra y corría con todo el riesgo. Bajo la autoría de “A Lady”, Sentido y sensibilidad gustó bastante entre los lectores y parece que Henry recuperó su inversión y hasta ganó algún dinero.

Gracias a ese éxito pudo vender los derechos de Orgullo y prejuicio en 1813. La señorita Austen se lo cuenta a Martha Loyd en una carta: “O. & P. está vendida. Egerton me da 110 libras por ella. Preferiría haber obtenido 150 libras, pero ambos no podíamos estar satisfechos, y no estoy sorprendida que no haya querido arriesgar tanto. El que se haya vendido será, espero, un gran ahorro de problemas para Henry, y por lo tanto debe ser bueno para mí. El dinero lo pagarán en un plazo de un año”. En la carátula apareció una leyenda que se volvería común método de promoción más adelante: “Por la misma autora de Sentido y sensibilidad”. Pero el nombre de esa autora seguiría oculto todavía varios años.

La novela saldría en 1813 y desde la primera frase obtuvo el favor casi unánime de lectores y lectoras en toda Inglaterra. Es toda una declaración de principios y resume con brillo todos los motivos de la señorita Austen en esta obra y las posteriores: “Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna debe estar en busca de esposa”. Sobre esta frase girarán los argumentos de sus demás novelas: Emma, Persuasión, Mansfield Park, La abadía de Northanger.

Digo “casi unánime” porque alguna vez Mark Twain escribió: “No tengo derecho a criticar libros, y no lo hago excepto cuando los odio. Frecuentemente deseo criticar a Jane Austen, pero sus libros me enojan tanto que no puedo esconder mi frenesí al lector; y por lo tanto tengo que detenerme cada vez que comienzo. Cada vez que leo Orgullo y Prejuicio, quisiera desenterrarla y golpear su cráneo con su propio maxilar inferior”. Si la odiaba tanto, ¿por qué la leía y releía? ¿Será un guiño –otro– del pícaro señor Clemens? En fin. En general ese libro y los demás gozaron de aceptación e interés, tanto que como decía antes se siguen leyendo y cada tres o cuatro años siguen apareciendo versiones cinematográficas y televisivas.

¿Por qué esos melodramas ligeros siguen encantando al mundo? Avancemos. Todos están protagonizados por mujeres envueltas en complicaciones alrededor del dinero –herencias, dotes, rentas, tierras– y en busca de un buen marido. Y alrededor de esas protagonistas gravitan, en permanente contraste, unos personajes emotivos y otros agudos, unos dóciles y otros rebeldes. Siempre hay por allí revoloteando caracteres que son finas caricaturas de la abyección o la torpeza, como la inolvidable señora Bennet, la madre de las protagonistas de Orgullo y prejuicio, que siempre está al borde de un ataque de nervios y siempre tiene las patas metidas en un enredo. O el hipocondríaco señor Woodhouse, el padre de Emma, desvelado por su salud y su fortuna. Protagonistas y secundarios siempre ven aplazados sus propósitos –que se resumen a dos: dinero y amor– con peripecias, aventuras, chismes, viajes y razones mal dadas, pero al final, como en los más rancios culebrones, todo termina bien, no pocas veces en boda. La propia autora lo había expresado en unas notas: “Mis personajes tendrán, después de algunas tribulaciones, todo lo que desean”.

En su aparente sencillez, con sus conversaciones de alcoba y los correveidiles casamenteros, con sus fiestas y compromisos, con las miradas permanentes a las finanzas de los implicados en la historia, con sus finales de boda y pompa y circunstancia, las novelas de Jane Austen son inmortales porque apelan al humor y al drama en dosis justas, y sobre todo porque tratan con maestría e inteligencia dos temas que nos interesan a todos: el amor y la platica. Yo regreso a ellas cada cuatro, cinco años. Emma, Orgullo y prejuicio, Sentido y sensibilidad... Este diciembre le toca a Mansfield Park. A ver si allí encuentro pasajes tan inolvidables como he encontrado en las otras, o aforismos tan apetitosos como estos dos que escojo para rematar: “No quiero que la gente sea agradable, así me ahorra el problema de cogerles cariño”; “La imaginación de una mujer es excesivamente rápida. En un momento salta de la admiración al amor y del amor al matrimonio”.


El retrato de Jane Austen es de Tom Clifford, 2002.





martes, 2 de diciembre de 2008

Fusilado: Sergio Vila-Sanjuán



Aunque se formó como historiador, Sergio Vila-Sanjuán ha estado vinculado desde pequeño al mundo de los libros y la edición: su padre era escritor y acostumbraba recibir en su casa a editores importantes de la época. Pronto se dedicó al periodismo cultural, y en los setenta, luego de un curso sobre edición en Estados Unidos, regresó a Barcelona con el proyecto de ir contando en una columna semanal la actualidad del mercado editorial español, centrado sobre todo en el ámbito de Barcelona. Pero todo eso lo cuenta Vila-Sanjuán en una excelente entrevista que le hizo el colega Martín Gómez en su blog [el ojo fisgón], y que invito a leer aquí.

El tema de los premios ha estado rondando este blog desde hace rato, así que quise tomar del libro fundamental de Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página, una parte del capítulo dedicado a este asunto, para alumbrar un poco y, claro, animar la discusión. Adelante.



Cómo se gana un Planeta

Los premios Planeta constituyen sin lugar a dudas el mayor fenómeno comercial de la edición española. Los libros que lo han obtenido desde su primera convocatoria en 1952 han vendido más de 27 millones de ejemplares, un promedio superior al medio millón por volumen, cifra altísima en el contexto de este país. En los años de la democracia hay dos premios Planeta que han superado el millón de ejemplares, lo que las convierte, con datos del año 2002, en la segunda y tercera novela de autor español más vendidas en este período: se trata de No digas que fue un sueño, de Terenci Moix, con 1.490.685 ejemplares, y Yo, el rey, de Juan Antonio Vallejo-Nágera, con 1.189.897 (sólo superadas en ventas por Tuareg, de Alberto Vásquez Figeroa, publicada por Plaza&Janés con casi 1.800.000 ejemplares).

Los libros premiados con este galardón han conseguido franquear las puertas de los domicilios más reacios a la letra impresa y han hecho que el nombre Planeta fuera el más identificable, y para mucha gente el único reconocible, de la edición española, con los consabidos efectos positivos para esta firma.

Los premios Planeta cuentan en su haber con bastantes de los mejores escritores españoles del último medio siglo, con no pocos autores comerciales de digno nivel medio y también unas cuantas medianías sobre las que ha caído un piadoso olvido. Arrastran consigo también una colorista leyenda de escándalos, adjudicaciones presuntamente amañadas y otros problemas que forman parte de la aureola del galardón. Han sido muy criticados: según el prestigioso crítico Rafael Conte se trata de un concurso “oportunista”, y su editor es un “Rey Midas al revés”, “pues incluso cuando recuperaba autores más o menos ilustres, lo hacía con obras de menor envergadura”. Otros analistas lo han calificado de evento que no tiene nada que ver con la literatura, de “artefacto promocional” y de “premio que se premia a sí mismo”. En medios culturales resulta habitual considerarlo un concurso pactado y “pasteleado” por la editorial, donde se sabe con mucha antelación quién será el ganador y los autores que concursan de buena fe no tienen nada que hacer.

José Manuel Lara Hernández, el formidable editor andaluz que creó el Planeta y fijó su fecha de concesión el 15 de octubre de cada año para celebrar la onomástica de su esposa Teresa, lo había tenido siempre muy claro: “Sin premio, un autor español no vende, por lo común, más de dos o tres mil ejemplares. Con los premios se llega a decenas de miles. Así que no puede dudarse ante la alternativa”, declaraba en 1966.

Su hijo y actual presidente del grupo, José Manuel Lara Bosch, muy implicado en la línea de mando desde los años 70 y jefe absoluto del imperio desde la muerte de su hermano Fernando, es también un personaje físicamente imponente (más alto y más grande que su padre) pero afable, menos extrovertido que su progenitor, con la ventaja de que suele dar explicaciones que suenan bastante ajustadas a la realidad. Durante la elaboración de este libro me concedió dos largas entrevistas; la segunda tuvo lugar el 7 de febrero de 2002.

Estábamos sentados a la mesa alargada de su amplio despacho en la séptima planta del edificio de la editorial Planeta en la calle Córcega de Barcelona, con buena vista sobre un patio de manzanas del Ensanche barcelonés y cuadros de Arranz Bravo, Bartolozzi y Tharrats en las paredes. Lara Bosch bebía una Cola-Cola light y yo le dije:

–Me gustaría que me diera una explicación plausible de cómo funciona en realidad el premio Planeta.

Lara Bosch la tiene. Me contestó:

–Nosotros somos fanáticos de los premios porque creemos que ayudan enormemente a la imagen y la difusión de la marca Planeta y porque representan la mejor manera de promocionar un libro. La inversión publicitaria se multiplica por cien cuando hay un premio de por medio. Y además, nos permiten crear noticias permanentemente y conseguir que los medios de difusión les dediquen un espacio que están dispuestos a conceder si ofreces una noticia, pero que no lo ganas si te estás quieto. El ejemplo más claro es la noche del 15 de octubre, que beneficia a todos: a los medios, porque pueden contar con una velada como ésa que hasta permite a las televisiones retransmitir en directo una gala literaria. Para la editorial es buenísimo y también para el libro y para el hábito de la lectura en general.

–El problema –repliqué, abordando un lugar común– es que se trata de un sistema en el que compiten autores superconsagrados con gente desconocida que concurre con toda inocencia. Suelen ganar los primeros, y además habitualmente corre la voz de que la editorial les ha ofrecido el premio en firme, lo que da una pobre idea de la independencia del jurado y acaba transmitiendo la sensación de que cunde la inmoralidad en el mundo literario.

Lara Bosch no se inmutó.

–Éste es un debate que tenemos a menudo, y que nos provoca las siguientes consideraciones: si un premio como el Planeta quedara desierto más de un año, se moriría, les ha ocurrido con los suyos a varias editoriales. Así que para que no quede desierto, la posición del editor no puede ser totalmente pasiva. Tienes que pelear para que salga el mejor libro y puedes fomentar, promocionar, impulsar que se presente la gente, tanto cuantitativa como cualitativamente. Si se presentan cuatrocientos originales es más posible que salga un libro bueno que si se presentan diez. Y por la misma razón animamos para que concursen a los autores que tienen un nivel medio-alto, no tengo ninguna vergüenza en decirlo. Se han producido grandes confusiones con este tema, por ejemplo con Miguel Delibes, por la vehemencia de mi padre... Él no estaba prometiendo nada en firme, mientras que Delibes entendió que era una promesa definitiva. Y por eso dijo públicamente que se le había ofrecido el premio Planeta, pero no era así.

–Sin embargo –contraataqué– un histórico director literario de Planeta me ha explicado que él personalmente fue a fichar autores para el premio a distintas ciudades de España y Europa: Soledad Puértolas en Madrid, Muñoz Molina en Granada, Semprún en París...

Ahora sí. Lara Bosch se puso serio.

–Lo que más ha llegado a hacer Planeta desde los años 70 hasta el presente es la siguiente oferta. A algunos autores les hemos dicho: “Mira, nos interesa tu libro y te lo contratamos. Te pagamos un determinado dinero y, como cláusula del contrato, tú te comprometes a presentarte al premio Planeta. Si ganas el premio, estupendo, porque el importe del premio es tanto o más que lo que tienes de anticipo. Y si no lo ganas te garantizamos la discreción y entonces se aplica el contrato como ocurriría con un libro normal”.

”Eso se ha he hecho –continuó Lara Bosch– y no me parece nada negativo. Mucha gente se quedaría sorprendida de la cantidad de libros importantes editados por nosotros en los que se llegó con el autor a un acuerdo de este tipo, y luego el jurado premió otra novela. Hay casos de obras que se presentaron con estas condiciones y al no ganar, el autor, indignado, nos pidió rescindir el contrato y luego se publicó en otra editorial. También se dio un caso de un autor que nos dijo que estaba de acuerdo con las reglas de juego... ¡pero pidió que le garantizáramos que no quedaría finalista!”.


El sistema español

El sistema español de premios literarios resulta totalmente atípico en el contexto internacional. En los principales países occidentales el premio más comentado del año es aquel que falla un jurado independiente a partir de una selección de obras publicadas en esa misma temporada o la temporada anterior, según los casos. Ésta es la forma en que funcionan el Goncourt en Francia, el Campiello en Italia o el Booker en Inglaterra. Las obras premiadas con este sistema reciben un gran eco mediático que se traduce en un espectacular repunte de las ventas además de un superávit de prestigio para su autor. Por ello son galardones por los que los escritores pierden el sueño y las editoriales presionan cuanto pueden, que los críticos ponderan o denostan y en suma, que despiertan el habitual abanico de pasiones sin las que el mundo de las letras sería muchísimo más aburrido.

En España también existen los galardones sobre obra publicada; los más asentados son los premios nacionales de literatura que concede cada año el Ministerio de Cultura en diversas modalidades literarias. De hecho existe actualmente una tendencia a crear y a prestigiar más premios de este tipo. Pero mientras esta línea se consolida, los galardones que mueven el mercado español son sobre todo los que tradicionalmente han hecho del país una excepción: el Planeta y el Nadal. Y en éstos el sistema es el siguiente: los concursantes presentan originales inéditos. El jurado premia uno de ellos, y la editorial que respalda el premio lo publica.

El Nadal llegó antes. Concedido por primera vez la noche del 6 de enero de 1944 a la novela Nada de Carmen Laforet, estaba impulsado por la editorial Destino y su funcionamiento se inspiraba en el del premio Creixells de la Barcelona de preguerra para estimular la producción literaria en lengua catalana. La intención del Nadal, en palabras de uno de sus jurados históricos, Antonio Vilanova, era “estimular la aparición de jóvenes narradores en el campo de las letras españolas”, en una época en que el panorama no daba para excesivas alegrías. En sus brillantes primeros años, el premio dio a conocer a autores cuya trayectoria se ha mantenido hasta el presente, como Miguel Delibes, Ana María Matute o Rafael Sánchez Ferlosio, y también lanzó o consolidó a figuras importantes de posguerra como Sebastián Juan Arbó, José María Gironella o Luis Romero.

El premio Planeta nació en 1952 y estaba directamente inspirado en el Nadal. Su promotor, José Manuel Lara, había empezado a hacer fortuna con best-sellers extranjeros como las novelas de Frank Yerby o Frank S. Slaughter. Pero este editor, en palabras de Rafael Abella, “tenía en mente crear algo más que un galardón: con una enorme intuición comercial, su propósito era crear unos mecanismos de promoción que dilataran la venta de libros, y nada mejor que un premio para que sirviera de mecanismo publicitario. Y que fuera medio de difusión para la mayor popularidad de los autores españoles”.

En alguna otra ocasión Lara se ha referido al hecho de que, cuando el premio empezó, “la situación económica de España era la de un país convaleciente de una posguerra. La penuria que padecíamos todos incidía particularmente sobre el gremio de escritores. Yo me propuse hacer que ganaran un dinero que pudieran convertir en tiempo para dedicarse a lo suyo: escribir”. Las diferencias entre Nadal y Planeta, por tanto, quedan bien marcadas desde el principio. El dinero con mayúsculas tiene un papel mucho más central en el segundo. Y José Manuel Lara se ocupó de marcarlas al aumentar el importe de su premio a un ritmo mucho más fuerte que el Nadal.

Sin embargo, aunque uno tiene una intención a priori cultural y el otro claramente comercial –y así son acogidos por la crítica de la época–, hay solapamientos en el palmarés desde los primeros años. Ana María Matute, finalista del Nadal en 1947 con Los Abel, su primer libro, escrito a los diecinueve años, obtiene el Planeta en 1954 con Pequeño teatro y gana finalmente el Nadal en 1959 con Primera memoria.

Igualmente Luis Romero, premio Nadal en 1951 con La noria y premio Planeta 1963 con El cacique. Y lo mismo José María Gironella, Nadal 1946 con Un hombre que obtiene el Planeta en 1971 con Condenados a vivir.

En cualquier caso el Planeta fue desde sus inicios un premio de literatura para el gran público, con fuerte resonancia informativa y con escándalos que arrancan de la segunda convocatoria, el año 1953, en que se retira un concursante y un jurado, y siguen en 1958 (gana un autor de compromiso porque el jurado se ha dividido en dos bandos irreconciliables) o en 1962 (el fallo tuvo que modificarse porque la autora ganadora tenía el libro contratado con otra editorial). “Lara acertó antes que nadie en una fórmula increíble basada en la publicidad escandalosa masiva. Descubrió antes que nadie el hecho mediático y creaba noticias cuando se pensaba que eso era rebajarse”, ha dicho Baltasar Porcel.

El premio también se reveló pronto como una eficaz máquina de generar dinero, mientras el Nadal mantenía un aura más literaria y de descubrimiento de escritores, al menos hasta que en 1959 Carlos Barral lanza el premio Biblioteca Breve, que hasta su desaparición en 1979 hereda esa aureola y pone en órbita a una nueva generación de autores de una sensibilidad literariemente más experimental y políticamente más izquierdista, entre los que figuran Luis Goytisolo, Juan Marsé y algunos grandes nombres del boom de literatura sudamericana como Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante.


Cambio de régimen

Ante la competencia de este nuevo premio literario que sumar a su ya viejo rival de la editorial Destino, y en el contexto de unos años 60 en rápido cambio, “el Planeta fue considerado como un galardón más conservador, reaccionario o al menos el más ‘burgués’, por lo que se vio obligado a buscarse otras coartadas premiando al realista Rodrigo Rubio (1965), al republicano Ángel María de Lera (1967) o al exiliado Ramón J. Sénder (1969), lo que ya parecía el colmo”, ha escrito Rafael Conte.

Hay bastante unanimidad en el seno de Planeta a la hora de explicar que el premio es el acontecimiento anual más importante del grupo, y que siempre ha estado tutelado muy directamente por la familia propietaria. El propio José Manuel Lara Hernández formó parte del jurado hasta que en 1999 tuvo que dejarlo por motivos de salud. Habitualmente el jurado ha estado integrado por gente muy vinculada a la editorial. En 1976 lo formaban, además de Lara, Carlos Pujol, Antonio Prieto y Martí de Riquer (tres escritores que han dirigido colecciones y proyectos para Planeta; y uno de los cuales, Pujol, estaba en nómina de la empresa), Ricardo Fernández de la Reguera (autor de novelas históricas y amigo personal de Lara) y Manuel Lombardero (mano derecha del editor andaluz, que le organizó la importante división de venta a crédito de la editorial).

En 1986 Riquer fue sustituido por José María Valverde, pensador y poeta que en sus años de ostracismo universitario, al haber dimitido de su cátedra en protesta por las arbitrariedades franquistas, subsistió una temporada realizando trabajos editoriales para Planeta. En 1996 volvía Riquer y se incorporaron el filólogo Alberto Blecua y el escritor Antonio Gala.

“El jurado lo monta la editorial y lo que le interesa es tener dentro la mayoría –explica Rafael Borrás, que desde 1973 a 1995 desempeñó la dirección literaria de Planeta–. Una vez cuenta con la mayoría puede permitirse el lujo de exponer disidencias. En el caso de Planeta el disidente solía ser José María Valverde, que siempre apostaba por unas novelas nicaragüenses extrañísimas, lo que le permitía decir a Lara que había votado por un candidato diferente al de Valverde”.

En sentido parecido se ha expresado el escritor mallorquín Baltasar Porcel, que fue jurado a finales de los 60 y principios de los 70: “Lara se decidía por una novela según lo que le decían los lectores y al jurado nunca le vi imponer su criterio. Algún año tenía sus preferencias e invitaba a presentarse a algún escritor, pero nunca prometía nada. Un año se veía muy claro que deseaba que ganase Gironella y ganó. A mí me otorgaba una especie de papel de jurado contestatario y me dejaba hacer. Supongo que pensaba que quedaría en minoría”.

En cualquier caso, tanto por dotación como por difusión, el Planeta ya entra en el período democrático como el premio más visible del panorama editorial español, el que de forma más contundente marca un fenómeno, y también como uno de los mejores dotados del mundo. En 1976 eleva de golpe su dotación de dos a cuatro millones de pesetas, inicio de una carrera imparable que en los años siguientes fulminará récord tras récord de dotación económica, mientras su principal competidor, el Nadal, se mantiene en unas cantidades discretas.


Lo fusilamos de: Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino, 2003, pp. 401-407.