viernes, 30 de octubre de 2009

Fusilado: Eduardo Caballero Calderón


Como verán los lectores frecuentes de la página, seguí con el señor Caballero Calderón. Tanto que lo desprecié en mi juventud, y ahora lo siento como una suerte de Proust sabanero (releo la frase anterior y no me parece exagerada, así que la dejo ahí con todas sus letras). Las descripciones tan amorosas, la prosa tan cantarina, los perfiles de los personajes tan bien compuestos, las ideas tan templadas me llevan a considerarlo uno de los grandes escritores colombianos. Voy a seguir por los laditos con su obra. Carlos, visitante y comentarista acucioso del Club de Conversación de El ojo en la paja, me dejó amablemente en la recepción de mi oficina la primera edición de Hablamientos y pensadurías, y me lo leí en Medellín el fin de semana pasado. Hay mucho por escoger allí, y también mucho por desechar, en tanto se trata de notas intimas, esbozos, borradores: “prosa de escritor”, como la llama Daniel Casany. En fin, ejercicios. Esta es apenas una muestra de este extenso y desigual libro de casi 400 páginas. Para datos biográficos, remito al artículo de su hija, Beatriz Caballero, que lo pinta muy bien. O mejor, al libro que publicó Taurus, donde se extiende Beatriz en el perfil de su padre: divertidísimo.


Hablamientos y pensadurías (fragmentos)

Hace años, en Madrid, José Antonio Pardo, fundador del Instituto de Ciegos de Bogotá, me pidió que lo acompañara al Museo del Prado. Quería “volver a ver” el cuadro de las Meninas de Velázquez. Pardo se había quedado ciego desde hacía muchos años, y nunca supe si antes de esa desgracia había estado alguna vez en Madrid, o si sólo conocía el lienzo de Velázquez en alguna reproducción cuando todavía era vidente. Llevándole del brazo llegamos frente al cuadro, una mañana en que felizmente eran muy escasos los visitantes al museo. No tengo para qué contar lo que sentí al lado de aquel hombre que miraba el cuadro sin verlo. Un cuarto de hora, media hora, una hora entera permanecimos allí sin cruzar una sola palabra. Cuando salíamos del museo y una onda de sol caliente nos acarició el rostro, me repitió que su mayor deseo al venir a Madrid había sido el de “volver a ver” el cuadro de las Meninas de Velázquez.

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Don Luis de Zuleta, ex ministro de la República Española, ex embajador en Londres y en Roma, magnífico escritor y sociólogo, vivía no lejos de mi casa en Bogotá. Yo lo admiraba mucho. Me encantaba su conversación salpicada de anécdotas y juicios muy certeros sobre personajes que había conocido y tratado en sus viajes por todo el mundo. Pero el diálogo con don Luis –como con don José Ortega y Gasset, o don Eugenio D’Ors, o Fernández Flórez y otros escritores que años después conocí en España– consistía en escuchar un monólogo que el supuesto interlocutor no se atrevía a interrumpir. Cuando yo me lo permitía con don Luis a fin de profundizar algo que me interesaba particularmente en lo que él no acababa de contar, me miraba un momento con curiosidad, carraspeaba, tosía, exclamaba ¡Vamos, ea!, y continuaba su relato como si no hubiera pasado nada. Lástima grande, les decía a mis amigos, que don Luis esté sordo. Hay muchas cosas que quisiera preguntarle, pero es inútil. Con los sordos no se puede dialogar. Pero a las dos o tres semanas de encontrarme en España por primera vez, comprendí que todos los españoles son sordos, y si no lo son, todos se comportan como si lo fueran.

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Uno a uno los compañeros de Rodriguitos fueron desertando de sus pretensiones a la secretaria. La consideraban un pasatiempo costoso, una amante imposible, o una compañera simpática que aligeraba los grises tedios burocráticos, pero nada más. Llegó el momento en que por su perseverancia Rodriguitos quedó dueño del campo. Fue cuando decidió comprar a plazos un departamento amoblado y decorado por un experto, según anunciaba la televisión. Vendió sueldos por adelantado para pagar la cuota inicial y el día en que le entregaron las llaves se tomó unos tragos de aguardiente en el café. Con la desconcertante intrepidez de los tímidos invitó a cine a la secretaria y le enseñó las llaves de su departamento. Rodriguitos quería deslumbrarla. Se consideraba íntimamente, si no superior, por lo menos distinto a sus colegas de oficina. No se le ocurría pensar que como ellos se había enamorado de la secretaria; como ellos odiaba al viejo agrio y regañón que era su padre; como ellos consumiría rápidamente su juventud entre cuatro paredes cubiertas de estantes abarrotados de legajos amarillos. Como ellos, en fin, sólo pensaba en el cobro de la quincena, en la prima de Navidad, en lograr un pequeño ascenso buricrático, en no perder el puesto en la próxima y anunciada crisis ministerial.

Aquel sábado, se encaminó al barrio modelo construido por un instituto oficial y destinado a empleados de pequeña clase media económica, como Rodriguitos. Trabajo le costó dar con el bloque número 7 B de la concentración familiar C en el sector A de aquel barrio. Cuando llegó al piso 7, número 33, abrió la puerta de su futura vivienda con tal emoción que por poco quiebra la llave al forzar una y otra vez la cerradura.

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Escribía en el corredor cuando desapareció la mancha de sol que lamía la plazuela con su lengua dorada. Las cúchicas cantaban y alborotaban en su torre. Con movimientos mecánicos y nerviosos agitaba la cresta con su pequeño capelo cardenalicio el pechirrojo que todos los días viene a tomar el sol parado en las cuerdas de la luz. Yo quiero creer que viene por mí, a iluminarme como las lenguas de fuego que llovieron del Cielo sobre el Colegio Apostólico. Pero huyó y echó a volar cuando callaron las cúchicas en la torre.

Una sombra húmeda y fría se proyectó sobre el comedor. Una nube retinta se tragó rápidamente las nubes que flotaban sueltas, redondas y luminosas como globos cautivos, sobre el cañón del río. No tardó el paisaje en esfumarse y ensombrecerse del todo. El horizonte se acercó rápidamente. Primero desapareció la mole verdinegra de la cordillera. Luego se borraron los árboles de la huerta. Finalmente se diluyó la torre de la capilla en la marea de niebla que empañaba la vista. Un relámpago resucitó un instante la realidad del paisaje perdido, al azotar los flancos de la cordillera con su látigo incandescente. El trueno estalló detrás de él con tal estruendo que duró largo rato rebotando en las oquedades de la montaña que se empina detrás de la casa.

Fue cuando toda aquella negrura se disolvió en cataratas que castigaban violentamente la tierra, doblaban el follaje de los árboles, marchitaban las flores del jardín, inundaban el patio y se precipitaban en torrentes tejas abajo. De ordinario lejana y silenciosa, la quebrada embestía iracunda las grandes piedras redondas del cauce y en virtud de un extraño fenómeno acústico parecía hervir al borde de las tapias que rodean la casa.

Diluvió media hora seguida, y de haberse prolongado aquello cuarenta días y cuarenta noches, como el Arca de Noé, la casa habría zarpado y se habría echado a navegar sobre el cañón del Chicamocha. Cuando escampó y el paisaje familiar insurgió reverdecido por una luz blanca, comenzó otra vez el alboroto de la cúchicas de la torre y el pechirrojo volvió a pararse en las cuerdas de la luz a mirarme escribir. Cesó el estruendo de la lluvia en los tejados y apenas unas pesadas gotas de agua que caían del durazno golpeaban en el patio de la superficie de la pila.

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Andando por el tortuoso camino de estos monólogos –que zigzaguea como los de herradura, y trepa una cuesta empinada para luego descender al fondo de un abismo– he llegado a comprender más claramente cuál es mi intención al escribirlos. Es poner en negro sobre blanco lo que se me ocurre de pronto, sobre lo cual acaso reflexione otra vez, pero que por lo general, como si se tratara de una bola de papel, arrojo al cesto de la basura que es el olvido. Se trata de cosas que no vale la pena escribir, que no son sino embriones de ideas y larvas de recuerdos. Cosas que imagino un poco de soslayo, a hurtadillas de mi yo organizado y consciente, y que son de aquellas que no considero aptas para comunicar a los demás y mucho menos para discutir con ellos.

¿No serán más bien estos monólogos algo así como malos pensamientos, ni siquiera pensamientos sino “pensadurías” como decía en otra parte?

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Cuando aquel sábado Rodriguitos llegó al departamento número 33, del piso 7 A del bloque número 7 B de la concentración familiar C en el sector A del Barrio Modelo, y finalmente logró abrir la puerta, se halló en una minúscula sala comedor. Cuatro sillas de paja, un paisaje suizo sobre la falsa chimenea, una mesa imitación colonial, una mata de helecho en un rincón, olor a pintura fresca. Cuando sin poder contenerse prorrumpió en una exclamación de júbilo, lo siseó alguien a quien no había visto y que asomado a la ventana abierta contemplaba el paisaje: frente a frente, a cinco metros de distancia la culata izquierda ciega y de cemento gris del bloque número 6; al otro lado de la culata de cemento, gris y ciega, del bloque número 4...

Usted se ha equivocado de bloque, de sector, de piso o de número, le dijo un hombre muy semejante a él, tal vez un poco menos bajo y enteco, pero que lucía al cuello una corbata multicolor exactamente igual de la de Rodriguitos. Éste le enseñó su llave. ¿No se lo decía yo?, expresó el otro con sonrisa sarcástica. Su departamento es el 03 del piso 7 B de la concentración familiar B del sector C del Barrio Modelo.

Después de subir y bajar centenares de escaleras, pues los constructores del Barrio Modelo estimulaban el ejercicio de millares de empleados mediante la higiénica supresión de los ascensores; luego de visitar docenas de departamentos con una minúscula sala-comedor, cuatro sillas de paja, un paisaje suizo sobre la falsa chimenea, una mesa imitación colonial, una mata de helecho en un rincón, olor a pintura fresca y alguien asomado a la ventana contemplando el paisaje de culatas grises, Rodriguitos llegó, ¡al fin!, a su propio departamento. Aunque el suyo era exactamente igual a los centenares que acababa de visitar –minúscula sala-comedor, cuatro sillas de paja, paisaje suizo sobre la falsa chimenea, mesa imitación colonial, mata de helecho en un rincón, olor a pintura fresca–, Rodriguitos se precipitó a la ventana para contemplar el paisaje, su paisaje hogareño si algún día lograba casarse con la secretaria auxiliar del jefe de la oficina de correos: frente por frente, a cinco metros de distancia, la culata ciega y de cemento gris del bloque número 4; a un lado la culata ciega y gris del bloque número 5; al otro lado la culata gris y ciega del bloque número 2...

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De un tiempo a esta parte, a las cinco en punto de la mañana en la torre de la iglesia suenan catorce campanadas con un ritmo impreciso. Poco más tarde, cuando el cielo comienza a clarear y a teñirse de un amarillo tierno, canta el gallo parado sobre una tapia o una cerca de piedra. Cacarean las gallinas para anunciarle al gallo que acaban de poner un huevo en el solar. Ladra un perro en el horizonte tragado por la niebla, apelmazada en la lejanía, y centenares de pájaros cuyos nombres no vienen al caso se echan a cantar en la huerta. Es el toque de la alborada: el Ángel del Señor anunció a María...

Los niños trepan por los riscos como cabras, en dirección a la escuela vecina. Los campesinos pasan por el camino real con un buey de cabestro o una pica al hombro. Los primeros camiones cruzan roncando por la carretera. Un momento más y el primer rayo de sol logra encaramarse a la cresta nevada de la Sierra de Güicán. Crujido de los portones que se abren de par en par sobre los corredores resonantes, aullido de perros a los fantasmas que huyen antes de que se les figue la noche, maullidos de gatos que se despiertan con hambre, carreras de faras en los zarzos. Gritos de gañanes en el monte, conversación de peones en el patio de la cocina, golpe acompasado del hacha en el tronco seco que se convierte en leña. Finalmente, la campana llama a los niños al colegio y un sol nuevo, en el cielo lavado por la lluvia de la noche anterior, es el primero en asomarse al salón de clase al través de los vidrios de la ventana.


Lo fusilamos de: Eduardo Caballero Calderón, Hablamientos y pensadurías, Bogotá, Prograff, 1979, 362 páginas.

martes, 13 de octubre de 2009

El buen salvaje, de Eduardo Caballero Calderón



Desde el primer párrafo el narrador de esta novela pone sobre la mesa las dos cartas que siempre va a tener en frente y que lo atormentarán durante las siguientes casi 300 páginas de éste, su diario: “Resueltos temporalmente mis problemas económicos con los cien francos nuevos –diez mil antiguos es más estimulante– que me prestaron en el Consulado, tengo por lo menos diez días tranquilos para comenzar mi novela. Estoy resuelto a escribirla. He leído tantas novelas malas en los últimos meses…”. Los cien francos nuevos no le duran diez días, apenas un par. Ya desde que sale del consulado y se mete a un café empieza a menguar la cifra, a punta de repetir un estribillo que leeremos también de aquí en adelante con frecuencia: “¡Un Ricard, por favor!” (Puede reemplazarse este aperitivo por whisky o cerveza, pero el Ricard es el preferido del narrador). Y en cuanto a la novela... esboza situaciones, imagina diálogos, perfila personajes, calibra los momentos dramáticos y serenos de la trama... pero nunca llega a escribirla, como sucede con las 13 o 14 que imagina a lo largo del diario, casi que una por capítulo, que en este caso se llaman Cuadernos.

Y a partir de ese primer párrafo, de ese primer cuaderno-capítulo, conocemos en profundidad a nuestro personaje: una suerte de Ignatius J. Reilly –o de Tartarín, o de Guzmán– a la colombiana, simpático y algo patético, convencido por momentos de su genio literario, que va convirtiendo en fracasos una tras otra las empresas que adelanta. Aunque no se le puede negar su talento narrativo para ver situaciones, para imaginar novelas, para describir ambientes o personajes: “Las islas de París son los jardines. El Sena es un pretexto para que pasen los puentes de París” (p. 125); para la madre de Marsha, una americana comunista con la que se enreda unos días, vivir en París es “contar entre las amistades un príncipe destronado de los que viven en Portugal, un Premio Nobel de física, un actor de cine, un novelista norteamericano, un homosexual, un cardenal, un italiano” (p. 140); “Si Rose-Marie no fuera virgen, como seguramente lo es, ¿la amaría como hoy la amo o la desearía rabiosamente como a esas niñas que viajan colgadas de los labios de un muchacho que no soy yo a lo largo de siete estaciones de metro?” (p. 201)... Sobre ese inglés de pañuelo de seda y monóculo que entra siempre al mismo bistró: “Todo el mundo lo conoce aquí, desde hace veinte años, pero él no conoce a nadie. Es un personaje sin novela” (p. 202).

Pero en lo que este personaje inolvidable despliega todo su ingenio es en su ideario, que abarca el arte, la política, la literatura, los tipos humanos… Encontramos casi en cada página una frase memorable por su forma, por su humor, por su patetismo. Y me voy a permitir aquí citar algunas en extenso. “Cuando digo que no quiero pensar, lo que en realidad sucede es que no quiero sentir” (p. 98). “El clochard es un charco de soledad en medio de la calle” (p. 56). “Detrás de esas novelas no hay nada. No hay una historia, ni una memoria, ni una realidad personal, ni una humanidad interesante, ni una sociedad atractiva, ni una tierra ni un país por detrás. Esa literatura huele a alcoba sin ventilar, a ropa agria y mal lavada, a falta de agua y jabón, a escaleras crujientes manchadas con orines de gato” (p. 10). “Los impresionistas habían dejado súbitamente de impresionarme” (p. 32). “En todo niño hay un policía de costumbres y un puritano cínico e hipócrita” (p. 17). “El escritor de autobiografías piensa arbitrariamente que su personalidad es ejemplar [...] Los escritores de este género literario no anotan en sus diarios lo que han hecho en el día, sino que hacen durante el día algo que desean anotar en sus diarios” (p. 65). “Los países felices no tienen historia” (p. 109). “Hay tres tipos de insolencia que no puedo soportar: la de los negros que se sienten blancos, la de los jóvenes que se creen inmortales y la de los comunistas que se consideran depositarios de una verdad revelada por Marx. Y este tipo es negro, joven y comunista” (p. 113).

Uno se ríe a veces con esas ocurrencias, se sorprende a veces con ideas brillantes o aforismos desgajados como sin querer, se compadece a veces con todas las oportunidades desperdiciadas por este hombrecito que paso tras paso está intentando una novela posible e improbable y buscando cómo sobrevivir en París (con engaños al Cónsul, a sus escasos amigos, a su familia, a un par de novias que consigue; engaños que se tornan tan enredados y complejos, tan divertidos, como los de las mejores novelas picarescas). A ratos lo asalta al lector en una página cualquiera el argumento de una canción que Joaquín Sabina no ha escrito pero seguro ha pensado: “Hay ventanas que entornan los párpados de las persianas y me hacen guiños desde lejos. Hay callecitas desiertas con un pequeño bistrot donde no entra nadie, o una tienda de antigüedades que no tiene clientela; pero al pasar por allí me siento acompañado por el farol de la esquina” (p. 145), o algún aforismo que pudo haber compuesto Nicolás Gómez Dávila: “Para escribir una novela hispanoamericana hay que estar en París” (p. 181).

Lo que lo diferencia de un personaje de la picaresca o del propio Ignatius Reilly es que por momentos, sólo por momentos, este narrador sabe en qué situación está, advierte sus límites: “Cuando uno no es un personaje histórico como Napoleón Bonaparte, sino una persona del montón dentro de la historia, la cronología es una explosión de vanidad pueril” (p. 251). “Pertenezco a una borrosa capa social [...] mi padre fue un oscuro empleado abrumado de humillaciones y deudas [...] mi talento creador no es sino una imaginación desorbitada [...] no soy sino un vagabundo que vegeta en París agarrado al leño de sus expedientes y de sus mentiras” (201). “Soy inconsciente, irresponsable, perezoso” (p. 25).

Mientras leí este diario lleno de aventuras, de trabajos de amor perdidos, de engaños, de iluminaciones me sentí leyendo una obra maestra –sí, con todas las letras: una obra maestra– injustamente olvidada. Por la complejidad del personaje, por sus ideas geniales y mezquinas, porque es un guía del París de los tránsfugas incluso más competente que el Oliveira de Cortázar, porque me hizo estremecer y reír, porque me hizo pensar y enarcar las cejas cada tanto. Porque me hizo clamar por una reimpresión urgente. Porque me hizo sentir curiosidad por volver a leer las obras de Caballero Calderón, a quien tanto desprecié –despreció mi generación– durante el bachillerato. Porque me hizo volver a empezar de inmediato una novela de argumento similar –un escritor pícaro e inteligente en busca de su obra– escrita nada menos que por el hijo de este gran escritor que es Eduardo Caballero Calderón. Increíble: padre e hijo escriben casi la misma novela, con veinte años de diferencia, y en ambas descubren filosamente dos ciudades con sus tipos humanos: el padre París y el hijo Bogotá. No me jodan. Hay que leer El buen salvaje de Eduardo Caballero Calderón. Vamos a ver cómo sale librada después de la relectura Sin remedio de Antonio Caballero.


Eduardo Caballero Calderón, El buen salvaje, Barcelona, Ediciones Destino, 1967, 289 páginas.