miércoles, 27 de enero de 2010

Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline



Comienzo con unas respetuosas recomendaciones para los que leen y quieren escribir eso que llaman “literatura marginal”, “realismo sucio” o cualquier otra gastada etiqueta parecida. Boten ya los libros de Efraím Medina y la novela de Mauricio Loza (no sé por qué no lo han hecho). Defenestren a Jaime Espinal (sus novelas, quiero decir. Pero ya que estamos...). Archiven a Palahniuk, a Fante. Revisen por última vez los subrayados que hicieron en La senda del perdedor y en los Escritos de un viejo indecente. Y una vez puestas estas cosas donde deben estar, dedíquense a leer y releer el Viaje al fin de la noche de Céline, dios padre todocrapuloso de todos esos descastados que vinieron después. Ninguno alcanza la altura lírica, el desencanto vital, la sintaxis rugosa y hermosa de este paria histórico.

Su protagonista, Ferdinand Bardamú, peregrina por el mundo (Francia, África, Nueva York y Detroit, otra vez Francia...) y por la oscuridad de su espíritu amargo y cínico con una lucidez que aturde. Siempre su improperio más escandaloso –y los tiene por montones, para toda situación y toda persona– está dicho con un lirismo profundo a la vez que agrietado, porque “la constante adversidad me había enseñado el desparpajo”, como dice en la página 220. Y todo ese desencanto le viene desde muy joven, y el lector lo conoce desde casi el comienzo de la novela, cuando acompaña al narrador por sus días en la Primera Guerra Mundial: “A los veinte años sólo tenía pasado” (p. 115).

Para mí, a estas alturas un diletante nada más, después eso sí de trasegar por las poco amables teorías de Bajtín y Lukács, de Trubetzkoy y Todorov; después de haber apretado los dientes y haberme rascado la cabeza mientras intentaba entender a Beristáin y Kristeva, para mí, digo, en un párrafo aparentemente tan simple como éste habita la esencia del arte literario: “El mensajero, vacilante, volvió a ponerse ‘firmes’, con los meñiques en la costura del pantalón, como se debe hacer en esos casos. Oscilaba así, tieso, en el talud, con sudor cayéndole a lo largo de la yugular, y las mandíbulas le temblaban tanto que se le escapaban grititos alborotados, como un perrito soñando. Era difícil saber si quería hablarnos o si lloraba” (p. 24). Hay ahí un narrador seguro, poco compasivo por su personaje, que ha visto –ha visto– a ese personaje y nos lo está mostrando. Siga adelante, parece decirnos el narrador: yo sé lo que estoy haciendo.

Y uno sigue y sigue tras las aventuras no muy trascendentes de Ferdinand Bardamú. Es que aquí lo que trasciende de verdad es su manera de ver la vida, y sobre todo su manera de decírnoslo. Imágenes: “En el quiosco, los periódicos de la mañana cuelgan deformados y un poco amarillos ya, formidable alcachofa de noticias ya casi rancia. Un perro se mea, rápido, encima; la vendedora dormita” (p. 342). “En cuanto a los negros, enseguida te acostumbras a ellos, a su cachaza sonriente, a sus gestos demasiado lentos y a los pletóricos vientres de sus mujeres. La negritud hiede a miseria, a vanidades interminables, a resignaciones inmundas; igual que los pobres de nuestro hemisferio, en una palabra, pero con más hijos aún y menos ropa sucia y vino tinto” (p. 169). “Por la noche es cuando goza el comercio, cuando todos los inconscientes, los clientes, bobos paganos, se han marchado, cuando ha vuelto el silencio sobre la explanada y el último perro ha proyectado por fin su última gota de orina contra el billar japonés” (p. 359). “Resulta difícil mirar en conciencia a la gente y las cosas de los trópicos por los colores que de ellas emanan. Están en ebullición, los colores y las cosas. Una latita de sardinas abierta en pleno mediodía sobre la calzada proyecta tantos reflejos diversos, que adquiere ante los ojos la importancia de un accidente. Hay que tener cuidado” (p. 151).

Imágenes, pero también sentencias. El tipo siempre está tomando partido, exclamando, opinando con hermosa amargura sobre lo que ve. Y ve muchas cosas, porque el tipo se mueve, se aventura. De hecho, es esa la esencia de esta obra, el movimiento, la aventura: “a fuerza de verte echado a la calle en todas partes, seguro que acabarás descubriendo lo que da tanto miedo a todos, a todos esos cabrones; y que debe de encontrarse al fin de la noche. ¡Por eso no van ellos al fin de la noche!” (p. 256). Sentencias, decía antes: “Confiar en los hombres es ya dejarse matar un poco” (p. 208). “Que un viejo se ría, y tan fuerte, es algo que apenas ocurre, salvo en los manicomios” (p. 370). “Viejo jardín, Europa, atestado de locos anticuados, eróticos y rapaces” (p. 249). “Tal vez lo que más se necesite en la vida para salir de un apuro sea el miedo” (p. 145). “No me gustan nada los empleados que no beben ni fuman. ¿No será usted pederasta, por casualidad?” (p. 154). “Al paredón los salsifíes sin hebra! ¡Los limones sin jugo! ¡Los lectores inocentes!” (p. 86). “El puritanismo anglosajón cada mes nos consume más, ya ha reducido casi a nada el cachondeo improvisado en las trastiendas. Todo se vuelve matrimonio y corrección” (p. 88).

Puedo citar y citar y citar imágenes y sentencias del personaje hasta hacer de este comentario una reseña extensa y aburrida. Voy a cerrar con un párrafo que me parece poesía pura, y que hace que valga la pena avanzar por esta novela de sintaxis a ratos caprichosa, por este peregrinar sin mucho sentido de un héroe trágico en ocasiones hermoso y en ocasiones despreciable. La cita quizá requiera algún contexto, pero no lo voy a poner aquí, como una forma de invitar a los lectores de esta página a que lean este clásico de esa literatura tan apreciada por los veinteañeros inquietos por leer y escribir. “La era de los gozos vivos, de las grandes armonías innegables, fisiológicas, comparativas, está aún por venir... el cuerpo, divinidad sobada por mis vergonzosas manos... Manos de hombre honrado, cura desconocido... Permiso primero de la Muerte y las Palabras... ¡Cuántas cursilerías apestosas! El hombre distinguido va a echar un polvo embadurnado con una espesa mugre de símbolos y acolchado hasta la médula... Y después, ¡que pase lo que pase! ¡Buen asunto! La economía de no excitarse, al fin y al cabo, sino con reminiscencias... Se poseen las reminiscencias, se pueden comprar, hermosas y espléndidas, una vez por todas, las reminiscencias... La vida es algo más complicado, la de las formas humanas sobre todo. Atroz aventura. No hay otra más esperada. Al lado de ese vicio de las formas perfectas, la cocaína no es sino un pasatiempo para jefes de estación” (p. 537).

La prosa de esta novela imperdible es un ser vivo, y como tal es variable. Se mueve, respira, responde al ambiente: en la selva africana es exuberante, algo más tiesa se torna en Nueva York o cuando el personaje está en el invierno parisino, en la guerra es cruel, negra. Y siempre, siempre, es excitante y sugestiva.


Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche, Buenos Aires, Edhasa, 2008, 573 páginas. Traducción (notable) de Carlos Manzano.