domingo, 28 de marzo de 2010

El miedo a la oscuridad, de Sandro Romero Rey


Comienzo con una obviedad tamaño familiar: a nadie le gusta que le echen cantaleta. Por eso me parece discutible la decisión del autor de comenzar esta novela con once páginas (¡once!) de una perorata sin sentido (ni signos de puntuación ni enganche). Y encima, con un título de originalidad aguada: “Epílogo”. Discutible decisión porque muchos lectores podrían no pasar de esa cantaleta inicial, con lo cual se van a perder una novela estupenda, con temas, voces y giros variados y entretenidísimos: los colombianos en París; los caleños en Bogotá; las fiestas en diferentes décadas y ambientes; la poesía y los poetas, algunos grandes, muchos patéticos; el cine en la época dorada de Cali, los setenta, y en la menos lustrosa, los ochenta y noventa; la televisión; la publicidad; el teatro, desde la dirección hasta la actuación, pasando también por los entretelones. Y por supuesto, ese imposible que son las relaciones entre hombres y mujeres, entre mujeres y mujeres y entre hombres y hombres. Por mi parte, voy a ignorar olímpicamente esas once páginas de la entrada para centrarme en las buenas decisiones que tomó Sandro Romero en esta novela. Recomiendo a los lectores hacer lo mismo.


El 1 de enero de 1999 el documentalista caleño Daniel Vasco desaparece. Se barajan las hipótesis del suicidio, del secuestro y de la desaparición por parte de agentes del Estado. Ocho años después su esposa continúa sumida en una especie de muerte en vida, y su hijo se ha convertido en actor de teatro. Este hijo no ha dejado de pensar en el destino de su padre, y en una de sus reflexiones le da por esculcar en los archivos del cineasta. Allí encuentra un cuento titulado “Apocalipsis”, y se sorprende: no sabía que su padre escribiera literatura, pero sobre todo cree ver allí algunas claves sobre el destino de Daniel Vasco. Comienza a intuir que su padre está vivo: sólo se aburrió de la vida normal, mujer e hijo y búsqueda del éxito profesional, y tomó la decisión de desaparecer. Visita a una tía, quien también ve en esas páginas algunas referencias sugestivas. Pero lo más importante, le habla a su sobrino de la amante de Daniel Vasco, y le da los datos para contactarla. Este primer capítulo termina cuando el narrador va en un taxi a encontrarse con Lucy Wagner, su “madrastra”.


El capítulo siguiente se titula “El duelo”, está narrado por otra persona, un tal Mario, cineísta enfermo –puede ver hasta seis películas en un día–, y transcurre en Bogotá a comienzos de los ochenta. En un bar encuentra a una mujercita y enloquece. El registro de esta aventura es absolutamente diferente del anterior: Mario es frenético, desbocado, y ese talante se expresa en el ritmo de este capítulo, en su fiebre de cine, en su ardor de Gloria, como se llama la mujer del bar: “De Infielmente tuya corrí como un demonio por toda la carrera séptima, compré tres fotos de Lee Marvin en A quemarropa, evité la mirada de las morcillas y los asaltantes, para luego buscar la entrada al teatro Faenza, doradito él” (p. 51). El hombre todo lo relaciona con películas, y es hábil en los juegos de palabras: Zabriskie Point es para él Zabriskie Joint, habla de “La vaga y el damabundo”, se considera un “marinero de agua ardiente”. Termina enredándose con Gloria –mientras ven una película, claro– y cuando ella le informa que se va a París en pocos días a estudiar, él arregla viaje y se va tras ella.


El capítulo siguiente, “El demonio de la media noche”, continúa con el encuentro del hijo de Vasco con Lucy Wagner. El narrador le muestra el relato y ella no se sorprende mucho: guarda otros dos, que leen en el apartamento de ella. Comienzan a ver algunas correspondencias: los personajes son los mismos (los protagonistas de unos son extras con parlamento en los otros), los escenarios son Cali, Bogotá y París, las épocas guardan cierta continuidad. Dice el hijo de Vasco: “Los tres cuentos formaban una pequeña ronda, una cadena”. Los otros que encontrará serán otros eslabones en esa cadena con un asunto específico: “Encontré como denominador común el tema de los celos”. En este punto o algo después el lector atento notará un juego de lectura que propone Romero Rey con los capítulos de esta novela y la historia del hijo de Vasco. El lector podrá seguir leyendo en el orden que llevaba o podrá jugar a la rayuela y leer en otro orden. No voy a ahondar mucho en este asunto para no matar el duende, baste decir que hace rato no encontraba en las novelas recientes colombianas un guiño así, y hay que agradecerle al autor la deferencia: entre tantas obviedades y ligerezas estos juegos refrescan y entretienen.


Los relatos de Daniel Vasco son todos memorables en su despliegue de ritmo, personalidades perfiladas con precisión, intríngulis de la vida del teatro, la televisión, la publicidad y la rumba de esa generación que se movió entre Cali y Bogotá en las décadas del ochenta y del noventa, el humor y los juegos de palabras. Seguro están ahí, con otros nombres, los personajes que han hecho carrera en el cine y la tele en Colombia estos años: Luis Ospina, la Rata Carvajal, María y Elsa Vásquez, Rodrigo Lalinde... y otros están, efectivamente, con su nombre propio, como “el cineasta Diego García” (p. 247). Asimismo, los capítulos sobre la pesquisa del hijo tras el rastro de su padre tampoco desmerecen. Si debiera recordar apenas uno, escogería el que narra el viaje a Buga donde vive todavía una tía de Daniel Vasco, que le hace creer al hijo que el documentalista ha pasado hace poco por allí. Pero pronto vemos que la señora está perdida en la nebulosa: en su relato, “Mi papá estuvo vivo, muerto, no había nacido, tenía sesenta años, se había casado, estaba soltero, había tenido hijos, no había tenido hijos, era un perro, era un santo…” (p. 121).


En fin, el hijo sigue en sus pesquisas encontrando nuevos cuentos escritos por su padre, los cuales siguen pintando el cuadro de ese grupo de caleños que se mueven entre su ciudad, Bogotá y París, todos imbricados en tórridas historias amorosas y de celos, desespero, éxito y marginalidad. Cada uno tiene una profesión y expone sus puntos de vista sobre ella y sobre el mundo, siempre originales, muchos divertidos, algunos descocados, pero todos bien construidos, según la idiosincrasia de cada participante en la historia. Hacia el final de la novela hay un par de nuevos giros que no voy a detallar aquí, y llegamos a un cierre a la altura. Tanto en los relatos escritos por Vasco como en la narración de su hijo se combinan con ritmo y equilibrio el monólogo y la acción, la reflexión y la peripecia. Humor y trascendencia, profundidad y ligereza, arte y farándula, entre otros, están expuestos en estas historias. ¿El resultado? Lo que tiende a llamarse una novela generacional. Nada menos.


Sandro Romero Rey, El miedo a la oscuridad, Bogotá, Alfaguara, 2010, 264 páginas.


miércoles, 17 de marzo de 2010

Fusilado: Adolfo Bioy Casares

La exquisitez, en el sentido en el que la define A. B. C., nos ha quitado palabras tan claras y breves como, por poner tres ejemplos, uso, dirigir y ver, y nos las ha cambiado por las más largas y complejas utilización, direccionar y visualizar. Los ejemplos se reproducen ad infinitum (el uso de latinajos también es muestra de exquisitez). En el gracioso Diccionario del argentino exquisito Bioy recoge expresiones falsamente elegantes del discurso político y periodístico, nosotros podríamos agregar delicias tomadas de los comentaristas deportivos (chisposidad, recuerdo ahora) y de tantos académicos (no-lugar y todas las variaciones posibles del uso del guión, entre muchas otras). En el sentido que le da Bioy a la palabra, pues, la exquisitez lingüística es una maldita peste que enreda inútilmente el discurso escrito. Sofisticación pírrica, podríamos decir. Oigamos lo que dice el escritor argentino en el prólogo a su diccionario: “Por afición a la pompa, echamos mano de optimizar, consubstanciados, los recaudos que hacen a mi función, empleado de casa de renta, con mi proverbial modestia me retiré a mis aposentos. Porque somos extremadamente exquisitos preferimos equívoco a error, subsiguiente a siguiente, disenso a desacuerdo, Descienda por la parte trasera a Baje por atrás. [...] El que dice lo que se propone, de manera eficaz y natural, con el lenguaje corriente de su país y de su tiempo, escribe bien [...] Considero que este diccionario no es inútil si pone en evidencia el engolamiento de quienes adornan sus ideas y su estilo con la falaz pedrerería de programática, de acervo, de coyuntural, etcétera. La próxima vez, cuando estén por estampar alguna de esas palabras lujosas, quizá recuerden y vacilen...”. Con ese mismo fin compré este divertido libro hace poco y por eso fusilo hoy un fragmento en El ojo en la paja. (Incluyo la carátula, porque es una preciosidad.)


Diccionario del argentino exquisito (fragmento)


Acuciante: Epíteto generalmente empleado para embellecer la palabra realidad.


Adherir: Usado sin el pronombre reflexivo adquiere cierto empaque decididamente exquisito. “Adhiere a la ponenda cegetista.”


Amoral: (Jerga periodística y policial.) Homosexual.


Básicamente, Fundamentalmente: Palabras que resultan indispensables a políticos y funcionarios. Por lo general, cuando los entrevistan, empiezan sus respuestas con una u otra.


Búsqueda: Más fino que busca. Ni el poema de Borges, ni el libro de Baroja, se titulan La búsqueda.


Calar: Terminantemente se dice “cala muy hondo”.


Carnestolendas: Palabra a la que se atreven algunos periodistas.


Causales: Sinónimo de causa, pero más exquisito. “Se ignoran las causales de tan peregrina decisión.” (Otero, Oteando la política nacional.)


Concretizar: Más fino que concretar.


Consejos: Para locutores de radio y televisión, avisos. “Ahora, unos consejos: Cigarrillos Barrilete, de humareda en firulete.”


Constructiva: Dícese de ciertas críticas. La frase “Acepto críticas constructivas” empléase para indicar que no se aceptan críticas.


Dar: Publicar. “Le preguntamos cuándo daría su próximo poemario.” Véase Entregar.


Dialogar: Úsase en lugar de las formas anticuadas conversar, discutir, reñir.


Diálogo: Conversación entre enemigos. “El funcionario nos declaró que el gobierno se muestra abierto al diálogo con la guerrilla.” (La Tarde, Buenos Aires, 1975.)


Ende, Por: Por tanto. Exquisitez módica.


Errático: Exquisitamente puede significar erróneo, errado o —¿por qué no?— errático.


Estampar la firma: Firmar, con mayor importancia.


Filme: Grafía de film para personas defectuosas, que requieren vocal de apoyo.


Función de, En: Para.


Generar: Producir, emitir. “Nos hemos visto obligados a generar un nuevo recibo.” (Bancos y Banquillos, circular de los Bancarios, Bancalari, 1981.)


Hizo su aparición: Apareció, vino, llegó.


Idóneo: Útil, más exquisitamente. “Instituyó la prebenda y la dádiva como medios idóneos para conglutinar voluntades.” (Sayago, Encomios.)


Indumentaria: Ropa.


Influenciar: Influir.


Ingresar: Entrar.


¡Interesante!: Exclamación que se usa para cambiar de tema. “ ‘—Mire, mire, ¡qué puesta de sol!’ ‘Interesante.’ ”. (El Gordo Acosta, Departiendo con Mr. Turner, Londres, 1971.)


Metodología: Majestuosamente, método, modo. “La metodología más adecuada para superar esta situación consiste en tomar conciencia de nuestras falencias.”


Miembros superiores e inferiores: Brazos y piernas. “Hubo que amputarle el miembro inferior afectado.” (Julio Lugosi, El triste fin del general Quevedo, novela, Buenos Aires, 1989.)


Motivación: Motivo. Para mayor exquisitez recomiéndase el uso en plural. “Las motivaciones del viaje del que te dije no son misteriosas.” (Leandro N. Scofer, Cocina criolla.)


Movilidad, movilización, Medios de: Automóviles, ómnibus, trenes, etcétera. En regiones muy pobres, calzado.


Movilizarse: Exquisitamente, moverse.


Redimensionar: Modificar las dimensiones; mejor dicho, reducirlas.


Relativizar: Quitar importancia.


Relevante: Palabra que embelesa al exquisito. Pertinente, importante. “El aspecto más relevante del problema es el rápido deterioro de la economía del país.” (Del Roble, Gritos y susurros del alma.)


Señalamientos: Precisiones. “Hay que hacer algunos señalamientos sobre la nueva actitud de los directivos del Boca.” (De Gubernatis, Mano a mano con la hinchada, Buenos Aires, 1974.)


Visualizar: Ver.


Lo fusilamos de: Adolfo Bioy Casares, Diccionario del argentino exquisito, Buenos Aires, Emecé, 2005.





lunes, 8 de marzo de 2010

Cuestión de familia, de Tim Keppel



La memoria toma caminos caprichosos. Va y viene y a veces un olor no nos recuerda un platillo ni un lugar nos hace pensar en un momento que pasamos ahí hace años. No. Para la memoria a veces un color se relaciona con un tío desvarando un carro en una carretera mientras se hace de noche, una canción nos trae otra vez la correa del padre que siempre queríamos ponernos, ese plato que hace rato no comemos hace que lleguemos hasta una tarde en una casa vecina mientras jugábamos a los piratas. Difícil descifrar los caminos de la memoria. Tim Keppel en Cuestión de familia pareciera que se ha dejado llevar por el capricho de la suya. El resultado es una historia que se forma a partir de varios relatos, aparentemente sin concierto. Luis Fernando Afanador dijo en su reseña de Semana que éste era un libro de cuentos, pero que la editorial no se atrevía a presentarlo así (estoy citando de memoria).


A mí no me lo parece tanto. Yo creo que es una novela que se va contando al vaivén de la memoria. Episodios aparentemente sin un orden muy claro, que van y vienen, van dibujando el fresco de una madre, de su hijo (el narrador), de la familia, pero también de una época, de una clase: van armando la pintura de algunas costumbres gringas desde hace treinta años, de toda esta época. El capítulo 2, por ejemplo, “Negocio de familia”, traza un perfil en primer plano de un tío llamado Waylon, pero es sobre todo un fresco de los destemplados y microscópicos juegos de poder que se viven dentro de las familias que tienen un negocio o un proyecto conjunto. Es decir, de todas las familias. Es la OEA y la OPEP en pequeño, todo contado con una gracia a toda prueba. Voy a citar el primer párrafo y el último de este capítulo para iluminar el último punto, sin riesgo de arruinar el efecto de la novela, del capítulo, porque acá la carne está en todas partes: “Mis vecinos acá en Colombia, donde llevo viviendo doce años, tienen un loro que repite siempre la misma palabra, todo el santo día. Dice algo como ¡Waylon! ¡Waylon!, en distintos tonos: Esperanzado: ¡Waylon! Interrogativo: ¡¿Waylon?! Juguetón: ¡Waylon! Urgente: ¡Waylon! Quejumbroso: ¡Waylon! Desesperado: ¡Waylon!” (p. 29). Luego viene todo un asunto de una empresa familiar donde el tío Waylon es protagonista, pero también el abuelo y, cómo no, la madre del narrador. El odio de Mamá por el tío Waylon va encarnándose hasta ser otro personaje de la casa de infancia del narrador. Las peleas, las pequeñas victorias que cree ir logrando esa madre provocan indignación pero también risa, para al final rematar todo el episodio así: “Waylon, dice el loro. Afuera en la calle, un hombre con sombrero de paja está barriendo las hojas amarillas y anaranjadas del almendro, que se caen dos veces al año.
”Disculpe –le digo–. ¿Oye ese loro que está allá? ¿Qué está diciendo?
”El hombre levanta la cabeza y escucha con atención.
”Pedro –dice.” (p. 51).

La novela está plagada de situaciones graciosas, como cuando el narrador relata tantas vacaciones en una casa en la playa que su familia inmediata comparte con unos parientes. En una de esas vacaciones, por ejemplo:

Después de una semana en la playa, durante la cual anduve con la elegante peluca plateada de Mamá refundida en el asiento trasero de su Buick Century, cocinándose en medio del aire húmedo y salado del mar y cubierta de arena, y, posiblemente, también de loción bronceadora y restos de cerveza y carnada para peces, la peluca apareció cuando estaba empacando para llevar a Mamá hasta Raleigh, donde Marci y yo pasaríamos uno o dos días con ella antes de regresar a Colombia.
–Vaya, aquí está mi peluca –dijo Mamá–. Llevaba días buscándola.
Y, por supuesto, yo me sentí como un miserable por no habérsela devuelto desde hacía seis días, lo cual la obligó a tener que posar para la foto definitiva y multigeneracional de la familia (que ahora está pegada a mi nevera con un imán en forma de banana) y a pasar al a posteridad con su otra peluca, esa ordinaria de pelo oscuro, que parece la piel de un animal y que en una mujer de setenta y tres años se veía (y todavía se ve) ridícula y patética (p. 53).

Pero, ¿vieron? La gracia se la da principalmente la falta de piedad del narrador para con su madre. Me da por pensar que ningún autor de cultura latina podría pensar en presentar así a la madre de ningún narrador, aunque sea en ficción. Es descarnado este narrador con la suya. Y ahí nace buena parte de su humor. Las analogías son despiadadas: “Al principio yo había insinuado la posibilidad de tomar un año sabático para reducir la desesperación de Mamá ante el carácter permanente de mi partida. Pero fue la peor estrategia que pude usar, como debí habérmelo imaginado. Mamá se aferró a esa idea como una perra que levanta a su cachorro con sus dientes” (p. 59).

Lo más bonito de todo es que en los últimos tres capítulos, con el autor instalado ya en Colombia durante doce, trece años, la imagen de la madre va surgiendo igual de patética, sí, pero la distancia y el tiempo han puesto algo de amor en las descripciones, en las situaciones que el narrador evoca. El episodio de la muerte, en el último capítulo, es poderoso, con la familia allí tomada de las manos mientras la señora se apaga. Además, la arrebatadoramente hermosa escena del narrador con su hermana mientras van en carro a visitar el barrio de la infancia, y evocan mientras se fuman un porro...

Definitivamente no, no es un libro de cuentos. Es una novela de arquitectura vaporosa como la memoria, que camina al ritmo evanescente de los recuerdos. Una novela hermosa, divertida, conmovedora, con una madre que nos arranca sonrisas y rabias por igual (como todas), con un narrador inteligente, vivaz. Con un montón de anécdotas bien distribuidas, que nos mantienen pegados a las páginas. Una novela para volver a leer algún día, y que me hace esperar con muchas ganas lo próximo que me quiera traer Tim Keppel.


Tim Keppel, Cuestión de familia, Bogotá, Alfaguara, 2009, 238 páginas.