viernes, 2 de abril de 2010

Fusilado: Robert Capa



La carrera como fotógrafo de Robert Capa comenzó casi accidentalmente y continuó como un destino asumido durante treinta años, hasta su muerte en 1954: lo que él siempre quiso en lo más profundo fue ser periodista. Con ese fin se matriculó en un instituto en Berlín en 1931, luego de ser expulsado de Budapest por actividades revolucionarias. En esa época todavía llevaba su nombre original, Endre Friedmann. Cuando su padre le avisó que no podía seguir pagándole los estudios, Endre consiguió trabajo como mensajero en la agencia gráfica Dephot; por una inesperada habilidad para la fotografía pronto fue ascendido a asistente de cuarto oscuro, y de allí a aprendiz de fotógrafo. Cuando Hitler asumió el poder en Alemania en 1933, André, como por entonces se hacía llamar, se instaló en París. Ya había publicado algunas fotos en revistas alemanas y de distribución continental. En la capital de Francia conoció a Gerda Pohorylle, otra refugiada, que se convertiría en su mujer y con quien crearía su famoso personaje, Robert Capa, un enigmático y muy prestigioso fotógrafo americano. Gerda vendía a las agencias europeas las imágenes de André como si fueran un favor que les hacía el más famoso fotógrafo de Estados Unidos. Cuando se conoció el engaño, André adoptó el nombre de su personaje. Pronto, Gerda cambió su apellido por Taro, inspirada en el artista japonés Taro Okamoto, que por entonces vivía también en París.

Las habilidades de Capa como narrador se pueden apreciar muy bien en Ligeramente desenfocado, sus memorias escritas durante la Segunda Guerra Mundial, publicadas en inglés en 1947 y apenas el año pasado traducidas al castellano. El siglo XX, siglo de guerras, tuvo en Capa su mejor fotógrafo, pero quién sabe qué hubiera pasado si ese joven Friedmann, nacido en 1913 en Budapest, hubiera podido desarrollar su carrera en el periodismo escrito.

Es que es imposible no quedar enganchado luego de leer el primer capítulo de Ligeramente desenfocado, que fusilo hoy en El ojo en la paja. Además, la hermosa edición que ha hecho La Fábrica es un verdadero gusto. Costoso como todos, pero vale la pena: incluye una introducción del hermano de Capa, Cornell, y una nutritiva presentación de su biógrafo más aplicado, Richard Whelan. Para completar, más de 100 fotografías de Capa tomadas en la época en que fueron escritos estos testimonios autobiográficos. Los dejo con esta delicia.

I
Verano de 1942

Ya no tenía motivo alguno por el que levantarme cada mañana. Mi estudio estaba en el ático de un pequeño edificio de tres plantas de 9th Street; tenía un tragaluz en el techo, una cama grande en una esquina y un teléfono sobre el suelo. No había ningún otro mueble, ni siquiera un reloj. La luz me despertó. No sabía qué hora era, ni tenía especial interés en saberlo. Mi capital se reducía a una moneda de cinco centavos. No pensaba moverme hasta que sonara el teléfono y alguien me invitara a almorzar o me ofreciera un trabajo, o al menos un préstamo. El teléfono, sin embargo, se resistía, y mi estómago empezaba a protestar. Supe que cualquier intento de seguir durmiendo sería inútil.

Me di la vuelta en la cama y vi que la casera había echado tres cartas por debajo de la puerta. El único correo que había recibido en las semanas anteriores habían sido facturas de teléfono y electricidad. La misteriosa tercera carta me hizo salir de la cama.

Como era de esperar, una de las cartas era de Consolidated Edison, la compañía eléctrica. La segunda venía del Departamento de Justicia, y me informaba de que yo, Robert Capa, ex ciudadano húngaro y actualmente sin nacionalidad definida, pasaba a ser considerado por la presente un potencial enemigo extranjero, y como tal debía hacer entrega de mis cámaras, objetivos y armas de fuego, además de solicitar un permiso especial si quería alejarme a más de quince millas de Nueva York. La tercera carta era del redactor jefe de la revista Collier’s. Me decía que Collier’s, después de haber valorado mi portfolio fotográfico durante dos meses, había llegado a la repentina conclusión de que yo era un gran fotógrafo, que estaría encantado de encargarme un proyecto especial, que me habían reservado una plaza en un barco que salía hacia Inglaterra en cuarenta y ocho horas y que adjuntaba un cheque de 1.500 dólares como anticipo.

Me encontraba ante un interesante dilema. Si hubiera tenido una máquina de escribir, y el carácter suficiente, habría respondido a Collier’s para contarles que estaban requiriendo los servicios de un enemigo extranjero, que no podía ir ni a Nueva Jersey, mucho menos a Inglaterra, y que el único lugar al que podía llevar mi cámara era a la Oficina de Propiedades de Enemigos Extranjeros del ayuntamiento.

No tenía máquina de escribir, pero sí una moneda de cinco centavos en el bolsillo. Decidí echarla al aire. Si salía cara, intentaría salirme con la mía y viajar a Inglaterra; si salía cruz, devolvería el cheque y le explicaría la situación a Collier’s.

Lancé la moneda y… salió cruz.

Entonces me di cuenta de que en una moneda de cinco centavos no había ningún futuro y tomé la decisión de guardar (y cobrar) el cheque y apañármelas de algún modo para llegar a Inglaterra.

* * *

En el metro me aceptaron los cinco centavos y el banco aceptó el cheque. Desayuné en Janssen’s, junto al banco: fue un gran desayuno por el que pagué 2,50 dólares, y el cual lo decidió todo. Obviamente, no podría llegar a la revista y devolverles sólo 1.497,50 dólares. Collier’s, definitivamente, se estaba metiendo en un problema.

Volvía a leer la carta para asegurarme de que el barco que debía tomar salía en dos días. Después releí también la carta del Departamento de Justicia, e intenté hacerme una idea de por dónde empezar. Todo lo que necesitaba era una exención de la Oficina de Reclutamiento, un permiso de salida y entrada de los Departamentos de Justicia y de Estado, un visado para el Reino Unido y algún tipo de documento con pinta de pasaporte en el que estampar el visado. No podía permitirme un “no” de entrada, así que decidí acudir en primer lugar a oídos comprensivos. Tenía un problema. Y, en fin, los Estados Unidos comenzaban a saber lo que eran los problemas, pero los ingleses habían pasado por más de dos años de guerra y debían de estar acostumbrados. Decidí comenzar por ellos.

De Janssen’s al aeropuerto eran cinco minutos andando. Averigüé que en menos de una hora salía un avión hacia Washington. Compré un billete. La cuenta de Collier’s seguía bajando.

Dos horas y media más tarde, un taxi me dejaba en la puerta de la embajada británica en Washington. Solicité una entrevista con el agregado de prensa y me condujeron ante un caballero vestido de tweed de rostro rubicundo y expresión aburrida. Le dije mi nombre, pero no supe cómo comenzar mi historia, así que simplemente le entregué las dos cartas, la de Collier’s y la del Departamento de Justicia. Leyó impertérrito la primera, pero cuando terminó con la segunda se dibujaba un rastro de sonrisa en sus labios, lo que me animó a alargarle el sobre aún cerrado de Consolidated Edison, que a ciencia cierta era un aviso de corte de suministro. El agregado me invitó a sentarme.

Cuando por fin habló, lo hizo mostrando, sorprendentemente, una gran humanidad. Había sido profesor de geología hasta el estallido de la guerra. El comienzo de las hostilidades le sorprendió en México, donde se encontraba estudiando felizmente la composición edáfica de cimas de volcanes apagados. No le interesaba demasiado la política, pero al declararse la guerra lo destinaron como agregado de prensa. Desde entonces, se había visto obligado a declinar todo tipo de propuestas sobre cómo salvar el Reino Unido. Me aseguró que mi caso los superaba a todos. ¡Yo era un campeón! Me vi sobrecogido de simpatía por él, y por mí mismo. Sugerí que almorzáramos juntos.

Fuimos al Carlton y tuvimos que terminarnos varios martinis antes de que nos dieran mesa. Mi compañero se entonó considerablemente y empecé a tener la sensación de que, como los de Colllier’s, el agregado y el Imperio Británico me iban a tener que aguantar para rato. Cuando por fin nos sentamos, cogí la carta y pedí una docena de ostras Blue Point por barba. Cinco años antes, en Francia, había dedicado mucho tiempo a mi formación enológica. Recordé que en todos los relatos ingleses de ministerio en los que el investigador Lord Peter Wimsey hace aparición, las otras se bañan en un maravilloso borgoña blanco llamado Montrachet. Había un Montrachet de 1921, carísimo, al final de la carta. Fue una feliz elección. Mi acompañante me contó que quince años atrás, durante su luna de miel en Francia, había impresionado a su esposa con ese mismo vino, así que para cuando nos habíamos terminado la botella estábamos hablando de nuestro amor por ese país y por el Montrachet. En la segunda botella, coincidimos en nuestro deseo de echar a los alemanes de la belle France. Tras el café, y dando cuenta de un brandy Carlos I, le hablé de los tres años que yo había pasado con el ejército republicano en la Guerra Civil Española y de las buenas razones que tenía para odiar a los fascistas.

De vuelta en la embajada, el agregado cogió el teléfono y llamó al Departamento de Estado. Le pasaron con algún cargo superior, a quien tuteó. Le dijo que tenía en su despacho “al bueno de Capa”, que era de vital importancia que viajara a Inglaterra y que en quince minutos pasaría por allí a recoger mis permisos de salida y entrada. Colgó y me alargó un trozo de papel con un nombre escrito. Quince minutos más tarde estaba en el Departamento de Estado. Fui recibido por un caballero elegantemente vestido que anotó mi nombre y profesión en un formulario, lo firmó y me aseguró que todos los papeles estarían listos para las nueve de la mañana del día siguiente en la oficina de Inmigración de Staten Island, en el puerto de Nueva York. Acto seguido, me acompañó hasta la puerta, se relajó por un momento, me palmeó la espalda, guiñó un ojo y me deseó buena suerte.

De vuelta en la embajada, mi amigo el agregado mantuvo un gesto preocupado y grave, hasta que le revelé que había dado el primer paso, y con éxito. Entonces, llamó al cónsul general británico de Nueva York. Le explicó que “el bueno de Capa” viajaba a Inglaterra y que tenía todos los papeles en regla, salvo el pasaporte. Diez minutos y varias llamadas después, el profesor, el agregado naval y yo brindábamos en un pequeño bar por el buen devenir de mi empresa. Ya se acercaba, no obstante, la hora de mi vuelo de vuelta. Antes de marcharme, el agregado naval me aseguró que iba a enviar mensajes codificados a todos los puertos del Reino Unido para ponerles sobre aviso de que yo llegaría en un barco, equipado con cámaras y rollos de película, y que deberían asistirme en todo lo necesario y conducirme sano y salvo hasta la sede del Almirantazgo británico en Londres.

En el avión, de vuelta a Nueva York, llegué a la conclusión de que los ingleses eran una gente estupenda, que tenían un excelente sentido del humor, y que, cuando se trataba de imposibles, era fantástico tenerlos cerca.

La mañana siguiente, el cónsul general británico de Nueva York aclaró que el mío era un caso muy raro, pero que la guerra también era, en general, rara. Después me dio un papel en blanco bastante corriente y me pidió que escribiera en él mi nombre y explicara por qué no tenía pasaporte, y cuáles eran las razones de mi viaje.

Escribí que mi nombre era Robert Capa; que había nacido en Budapest; que nunca les había caído bien al almirante Von Horthy ni al gobierno húngaro y que ellos a mí tampoco; que desde que Hitler se había anexionado Hungría el consulado húngaro me negaba esa nacionalidad y también cualquier otra; que mientras Hitler continuara mandando en Hungría, yo me negaba a arrogarme tal procedencia; que mi ascendencia judía estaba bien cubierta con dos abuelos judíos por cada costado; que odiaba a los nazis, y que mis fotos serían una útil propaganda contra ellos. Entregué el papel con cierta preocupación por mi ortografía, pero el cónsul estampó en él sus sellos y lo ató con cinta azul. Había nacido un pasaporte.

* * *

La mañana de mi partida faltaban aún cuatro permisos de menor importancia. Mi madre, que entonces vivía en Nueva York, me acompañó, pero se quedó en el taxi mientras yo recogía los últimos formularios sellados. Cada vez que regresaba, se quedaba sentada en silencio tratando de leer alguna respuesta en mi rostro. Esa mañana fue una madre de corazón dividido: por un lado esperaba, pensando en mí, que consiguiera todos los permisos necesarios y pudiera marcharme, pero desde su condición de madre rezaba por que algo fallara y no tuviera que volver a la guerra.

Finalmente conseguí todos los papeles, pero llevábamos hora y media de retraso con respecto a la salida del buque. La última esperanza de mi madre era que el barco hubiera partido.

Pero cuando llegamos al muelle, el destartalado mercante aún seguía ahí. Un policía irlandés de dos metros de alto nos cerró el paso. Le enseñé mis papeles.

–Llegas tarde. Más vale que te aligeres –espetó.

Mi madre no podía pasar de ese punto. De repente, dejó de lado el papel de valiente madre en tiempos de guerra y se convirtió en una amorosa madre judía. Toda la reserva de lágrimas reprimidas se derramó por las esquinas de sus grandes y hermosos ojos marrones. El enorme policía rodeó con su brazo a mi diminuta mamá.

–Señora, la invito a algo de beber –le dijo.

Robé a mi madre un último beso y corrí a la pasarela. Mi última visión de Estados Unidos fueron las espaldas del policía irlandés y de mi madre dirigiéndose hacia la taberna del puerto, a los pies de unos rascacielos que de repente parecían sonreír.


Lo fusilamos de: Robert Capa, Ligeramente desenfocado, Madrid, La Fábrica Editorial, 2009, pp. 25-30. Traducción de Miguel Marqués. (La fotografía es del hermano de Robert, Cornell Capa.)