viernes, 25 de junio de 2010

Fusilado: Tom Maschler

Las memorias de editores son deliciosas para los editores porque casi todas ellas están llenas de chismes, de escenas pintorescas, de anécdotas –sobre todo con escritores, agentes y demás subgrupos del medio–, de salidas inteligentes y, también, de nostalgia a ratos bonita a ratos desencantada hacia una profesión que ha ido perdiendo el brillo que alguna vez tuvo. Esas memorias de editores incluyen en cada página nombres claves para el lector: los de autores leídos, queridos, seguidos u olvidados, así como nombres hasta el momento desconocidos, que al vincularlos con historias íntimas se vuelven objetivos para la próxima visita a las librerías. También nos atraen porque dan una que otra puntada inteligente sobre el oficio. Pero que no se olvide: lo esencial son los chismes.


Editor, de Tom Maschler, sigue la tradición. Tal cual como las de Mario Muchnik –Lo peor no son losautores y Banco de pruebas–, Michael Korda –Editar la vida–, GiulioEinaudi –Fragmentos de memoria– y tantas otras que he leído y que ahora se me escapan, las del editor por cuarenta años de la más elegante editorial de Inglaterra, Jonathan Cape, están llenas de picante, de anécdotas, de chismes y de cobros de cuentas. De ego y de vanidad también, porque es imposible escribir unas memorias sin ser vanidoso. En el caso de Maschler, la vanidad le viene al reconocerse como el que ha llevado hasta los lectores a autores tan notables como Martin Amis, Bruce Chatwin, William Styron, Julian Barnes, Doris Lessing, Rohal Dahl o Ian McEwan, entre muchísimos otros.


Maschler nació en Berlín en 1933, y

cuando tenía cinco años su familia, creyendo huir de los nazis, se fue a Viena: grave error, porque el ejército de Hitler invadió Austria poco después. Hay una historia bonita en los primeros años del autor: cuando los nazis llegaron a expropiarles la casa por los tres delitos de su padre –ser judío, ser editor y ser socialista–, el soldado le permitió al niño Tom coger cualquier cosa del estudio de su padre antes de echarlo con su familia de su propia casa. Esta habitación estaba llena de primeras ediciones autografiadas de Thomas Mann, de Hesse y de otros autores germanos y universales; además, como aficionado a la pintura, el padre tenía unos cuantos cuadros de Van Gogh, de Cezanne y de otras figuras. El niño tomó un lápiz que tenía una punta negra y otra roja: era el objeto que más apreciaba de esa habitación.


Buenas estas memorias de Tom Maschler, publicadas en 2005: fue difícil escoger un capítulo para compartir y antojar a los visitantes de esta página a leerlas. Al fin me decidí por el aparte donde cuenta su historia con los tres grandes del British Dream Team, como lo llama Jorge Herralde. Fusilo también la carátula porque es preciosa, como todo en la edición.


El triunvirato


He querido titular así este capítulo porque trata de tres escritores, todos ellos ingleses, de talento excepcional, que se cruzaron en mi vida por la misma época. Me refiero a Ian McEwan, Martin Amis y Julian Barnes. Cuando llegaron a la editorial eran más o menos de la misma edad. En los tres casos publicamos sus obras desde el principio de sus respectivas carreras, y aunque han pasado muchos años continúan siendo autores de Cape. Una lealtad poco común en el mundo editorial de hoy. Fueron también excelentes amigos, salvando cierto contratiempo importante sobre el que volveré más adelante.

Les encantaba competir, más al tenis y al snooker que por el Booker Price aunque naturalmente no les quedaba otro remedio. A parte de ser las estrellas del fondo de Cape, desde el principio se les incluyó entre los “mejores escritores jóvenes de Inglaterra”. Publiqué también a un cuarto escritor comparable en talento y en edad, del que no hablo aquí porque no pertenecía a la “pandilla”, pero le dedico el capítulo siguiente. Me refiero a Bruce Chatwin, que murió en 1989.


Martin Amis


Conocí a Martin Amis en Barnet, Lemmons, la casa de campo de su padre, Kingsley, un autor de Cape anterior a mi época, y de la esposa de éste, Elizabeth Jane Howard. Martin estudiaba en Oxford gracias a que Jane (contra la opinión de Kingsley) le había animado a frecuentar la universidad. Era un chaval precoz de dieciocho años que no manifestaba el menor interés en escribir una novela, pero yo tuve ese pálpito y le animé a que me enviara la primera en caso de que llegara a escribirla. Años después me sorprendió recibir El libro de Rachel, y digo que me sorprendió porque en su caso yo me habría buscado un editor que no fuera el de mi padre. Martin fue el primer miembro del Triunvirato que publicamos.


Los fines de semana nos encontrábamos con frecuencia en Lemmons. Él acudía solo; yo, con un variado número de novias. Siempre nos saludábamos con dos besos en las mejillas, una costumbre normal para mi educación francesa que Martin adoptó con una rapidez pasmosa. Recuerdo que años más tarde me confesó cuánto le impresionaba mi selección de novias, y eso que no tardó mucho en imitarme. La primera vez que le saqué a cenar me pidió permiso para venir con una amiga, que resultó ser Tina Brown, también estudiante de Oxford. Además de guapa, ya había cosechado cierto éxito como dramaturga. Luego se convertiría en una estrella del periodismo, editora de Vanity Fair en Inglaterra y en Estados Unidos, y posteriormente del Sunday Times; en Inglaterra se casó con Harold Evans, el mítico editor del Sunday Times. Más tarde, por la vida de Martin pasaron, entre otras, Gully Wells, hijastra de A. J. Ayer, y Claire Tomalin, viuda de Nick y ahora pareja de Michael Frayn. Casi todas mujeres bien conocidas en el mundillo literario.


La carrera de Martin como novelista progresó con rapidez, y aunque su primera novela, El libro de Rachel, es hasta cierto punto convencional, desarrolló un estilo vigoroso y distinto al de otros escritores. No comprendo por qué fue el menos afortunado del Triunvirato con el Booker, puesto que en absoluto era peor. Conquistó él solo un público numeroso y fiel. Como compañero (aunque no le traté mucho tiempo) resultaba estimulante e ingenioso; tuvo, sin embargo, una debilidad al gestionar su deseo de verse representado en Estados Unidos por Andrew Wylie, un agente literario al que apodaban “El Chacal”. En sí mismo el cambio era irreprochable, pero a Martin se le olvidó comunicárselo a su agente del momento, Pat Kavanagh, que, para colmo, era la mujer de Julian Barnes, su mejor amigo. Julian le escribió una carta incendiaria diciendo que no se lo perdonaría nunca y que olvidara la posibilidad de cualquier contacto futuro entre ellos.


Martin se toma su trabajo con tal seriedad que no suele aceptar invitaciones a comer, porque, dice, la comida le “parte” la jornada. Tengo la impresión de que en su vida no hay nada improvisado, cosa que explicaría la siguiente anécdota. Cuando ya habíamos preparado (con su aprobación, desde luego) y publicitado la firma de su última novela en la Covent Garden Bookshop, llamó el día antes (literalmente) para decirnos que no podía asistir. “¿Qué dices?”, preguntó nuestro director de promoción. “Es que me caso mañana”, respondió Martin.


Ian McEwan


Ian McEwan fue el segundo de mis adoptados del Triunvirato. Yo tenía entonces tantas ganas de descubrir escritores nuevos que sacaba tiempo para leer un montón de revistas literarias. En dos de ellas, The American Literary Review (dirigida por Ted Solotaroff) y New English Review (dirigida por Ian Hamilton), di con varios relatos de un joven llamado McEwan que me impresionaron. Eran extravagantes, macabros y a veces muy divertidos. Me dirigí a él por escrito para decirle que si podía llenar un libro estaba muy interesado en editárselo. Me contestó por la misma vía que lo sentía, pero que ya se había comprometido con otro editor (Tom Rosenthal & Secker & Warburg). Sin embargo, continuando con mis revistas, todos los meses encontraba relatos de McEwan, que se superaba a sí mismo. Pasado un año volví a escribirle preguntando por la publicación, puesto que no se oía anuncio alguno. Respondió que Rosenthal esperaba una novela suya antes de publicarle los relatos, cosa a la que él había accedido, pero que no se sentía capaz de escribir un texto de esa envergadura. Me ofrecí a publicar los relatos sin dilación y sin condiciones, y así fue como edité Primer amor, últimos ritos.


Al firmar el contrato le propuse publicar un segundo volumen de relatos, si era lo que él prefería. Primer amor, como nosotros lo llamábamos, no despegó enseguida, pero acabamos vendiendo cientos de miles de ejemplares, una cifra fenomenal para cualquier libro y casi desconocida tratándose de relatos. Al acontecimiento de Primer amor siguió Entre las sábanas. Desde entonces, Ian ha escrito nueve novelas. La más admirada y de mayor éxito fue Expiación (2001), aunque ganó el premio Booker por Amsterdam (1998). Fue el único del Triunvirato que lo recibió.


Hay escritores que se toman con filosofía el hecho de estar entre los finalistas del Booker, independientemente del resultado. Ian, pese a su aspecto de hombre tranquilo y considerado, no se encuentra entre ellos. Cuando quedó finalista por Los perros negros sus esperanzas eran muchas. Siempre recordaré el momento en que anunciaron el nombre del ganador. Ian se volvió a mí y dijo: “Vámonos de aquí”, así que las doce personas sentadas a la mesa de Cape nos levantamos y nos fuimos a celebrar una fiesta en mi casa sin oír los discursos. A la noche siguiente vi todo el acto en video. En el Guildhall, abarrotado por el mundo de las letras en etiqueta, se advertía una única mesa vacía.


Con los años, Regina y yo hemos tratado mucho a Ian y hemos llegado a admirarle como persona y como padre. Adora a sus dos hijos, ya adolescentes, con los que suele embarcarse en aventuras independientes. Su esposa Penny, de la que ahora está divorciado, se quejaba (con razón) de sentirse desplazada porque mi interés era casi exclusivamente por Ian. Regina y yo tomamos la determinación de hacer un esfuerzo e invitarlos a los dos a cenar en nuestro piso de Eaton Place. Entonces ellos vivían en Oxford. Aquel día la invitación se había fijado a las ocho. A las nueve y diez se presentó en la puerta un Ian despeinado. “¿Dónde está Penny?”, pregunté. “Hemos tenido una bronca y se ha bajado en un semáforo”, fue la respuesta; lo paradójico es que ocurrió justo en el momento en que nos esforzábamos por incluirla entre nosotros. Ian se encuentra ahora felizmente casado con Annalena McAfee.


Julian Barnes


Mis tres autores tienen personalidades muy distintas. Si Martin es el más guapo y el que habla más alto, Julian Barnes (al que publicamos en tercer lugar) sería el hombre fuerte y silencioso, y en el término medio quedaría Ian McEwan. A propósito del silencio, recuerdo una vez que fui a comer con Julian a un restaurante agradable y no muy ruidoso. Estuvimos unos minutos mirándonos sin intercambiar palabra hasta que Julian dijo: “Tom, te he hecho una pregunta. ¿Es que no me oyes?”. Ahora llevo un aparato para no verme en esas situaciones.


Julian vino a nosotros con Metrolandia, su primera novela. Me gustó, y poco más. Sin embargo, luego llegó El loro de Flaubert (1984), una novela que despierta en mí auténtica pasión, porque es original y enormemente entretenida. Ha hecho felices a millares de lectores, hayan leído o no a Gustave Flaubert. En Inglaterra recibió algunas críticas soberbias, fue finalista del Booker Prize y se vendió bien, pero en Francia causó sensación gracias a Bernard Pivot, el crítico literario más importante de la televisión francesa, que tiene una audiencia enorme. Mientras entrevistaba a Julian en la época de El loro de Flaubert, Pivot miró a la cámara y dijo: “Salgan enseguida a comprar este libro”. Y sus espectadores salieron.


Cuando Julian y su mujer, Pat Kavanagh, nos hicieron una visita en el sur de Francia, los llevamos a Apt, el pueblo donde hacíamos las compras. El dueño de la librería que hay en la plaza mayor salió enseguida a saludarle con un “Bienvenido, monsieur Barnes”. Hacía uno o dos años de la entrevista de la televisión. Julian habla un francés extraordinario y adora todos los productos franceses, tanto la literatura como la comida o los vinos. Además tiene estilo. Llevaba una hora en nuestra casa cuando dijo: “¿Puedo consultar vuestra Gault Millau? Es que quiero llevaros a Regina y a ti al mejor restaurante de la zona”. Y nos llevó.


En mi sexagésimo cumpleaños Julian dio una cena en mi honor en su casa. Preparó una comida memorable, sobre todo porque entre el primer plato y el postre descubrimos de repente que el anfitrión había desaparecido. Pat, que fue a buscarle, volvió diciendo que lo había encontrado dormido en la cama. La cena, tan elaborada como maravillosa, le había pasado factura.


Después de El loro, como decíamos nosotros, vino Una historia del mundo en diez capítulos y medio, tan imaginativa como su título. Aunque no guarda la menor relación con El loro, me gusta muchísimo. Son dos obras maestras. El día en que Liz Calder dejó Cape para convertirse en cofundadora de Bloomsbury, tuve ocasión de asistir a un ejemplo de la agudeza verbal de Julian. A la pregunta de si pensaba irse con ella, respondió: “¿Cómo me voy a ir con Liz si es ella la que me deja?”.


Lo fusilamos de: Tom Maschler, Editor, Madrid, Trama, 2009, pp. 77-82. Traducción de Pepa Linares de la Puerta.

martes, 15 de junio de 2010

El mariscal que vivió de prisa, de Mauricio Vargas Linares


Tomé esta novela con muchas reservas. Primero porque el autor no me cae muy bien: considero que ha estado demasiado cerca del poder como para mantener su independencia como periodista y está –para mi gusto– muy adentro de la Casa Editorial El Tiempo, una empresa informativa que tampoco me cae nada bien. Además, en sus presentaciones, en sus columnas, en sus intervenciones públicas siempre lo he visto engreído y fanfarrón. Pero bueno, si es por las calidades personales de los autores serían poquísimas las obras a las que nos acercaríamos: eso lo sé perfectamente. Otra razón, esta sí muy menor, es la horripilante carátula: desde hace rato esta editorial se lleva el premio mayor a las peores carátulas de la industria. Pero bueno, la razón de más peso para tenerle reservas a esta novela fue el premio espurio que le dio a dedo el grupo Planeta. El tal Bicentenario fue un premio sin convocatoria, sin jurados, me da por pensar que sin competidores, como señalé en una nota anterior. Sé que empezar a leer una novela con prejuicios es el más grande pecado que puede cometer un comentarista, y por eso lo he confesado desde la primera línea. Y en la última de este primer párrafo digo que a medida que avancé en la lectura de El mariscal que vivió de prisa fui agradeciendo cada vez con más firmeza el no haberle hecho caso a mis prejuicios y haber emprendido la lectura de esta novela.


Porque desde su primer párrafo –sonoro, poderoso, garciamarquiano, que recuerda sin ambages la Crónica de una muerte anunciada– y hasta el último esta es una gran novela. Ignoro si falta a la verdad histórica, pero sí puedo decir que ha logrado atender con suficiencia la eficacia literaria. Para contar la vida del mariscal Antonio José de Sucre, que todos en su época consideraron el natural sucesor de Bolívar, expone una prosa trabajada, musical –si me piden que sea específico diría que wagneriana–. Y esa voz se sostiene desde el comienzo hasta el final. El primer capítulo arranca, como señalé, por el día de la muerte de Sucre mientras va camino a Ecuador: “Las angustias habían quedado apartadas dándole paso al sueño, un par de horas antes de que los alaridos del terlaque despertaran al Mariscal al amanecer del cuatro de junio de 1830. Abrió a la luz sus grandes ojos castaños y poco a poco cobró conciencia de su cuerpo por la vía de los dolores, el pecho apretado por tantos años de dormir a la intemperie, yo no soy más que una maraca vieja solía decir a propósito de sus pulmones estragados, y los huesos vidriosos del brazo derecho afectados para siempre por el atentado de Chuquisaca” (p. 27). Ese primer capítulo terminará justo con los disparos que le hacen al Mariscal a las ocho y media de la mañana de ese día.


En ocasiones quise leer con metrónomo, pero como no tengo tuve que apreciar la música de esta prosa leyendo en voz alta párrafos como el anterior o como este: “La viuda estaba empeñada en completar la educación de Sucre en todos los campos, lo mismo los complejos pasos del cuadrille de contredanses, que le enseñó con premura en dos largas sesiones pocos días antes del carnaval, que las artes amatorias más elaboradas en las que lo introdujo en la madrugada del Miércoles de Ceniza cuando ya se habían apagado los ecos de la fiesta y ellos dieron inicio a la cuaresma entre suspiros y sudores, hundidos en la cama de la viuda y separados del mundo por el enorme mosquitero que protegía en las noches a la rica hacendada de las plagas voladoras del platanal. Marie Louise lo había aprendido casi todo tras medio decenio de viudez, gracias a un navegante napolitano que tocaba Puerto España dos veces al año y le recitaba a Petrarca, el nudo en que el Amor me retuviera, veintiún años en él preso y asido. La viuda no era Laura pero hacía las veces y, una vez apartado el poeta, hacía suyas todas las enseñanzas de cama del napolitano. Aprendida como estaba, le enseñó a Sucre a jugar al avance y retroceso, a tomarse su tiempo en la marcha y contramarcha de las manos, labios y lengua…” (p. 159).


Esta prosa requiere tiempo, dedicación, concentración. (Y estoy hablando del lector: ni quiero pensar qué le supuso al autor.) Esta prosa no considera al lector un pendejo, le exige, y lo recompensa con buenas salidas, con música, con información valiosa presentada de manera inteligente. Es una novela para leer despacio, en sesiones breves, porque los lectores no estamos acostumbrados a ese barroquismo. Vargas Linares ha sabido sintonizarse en la época para crear la voz del narrador, para bruñir la forma en que cuenta su historia. Supo bien que en el siglo XIX las personas en este continente “se tomaban muy en serio la palabra y asumían la pose, la mirada y el tono de quien le habla no tanto al auditorio como a la mismísima historia” (p. 58). El autor ha tenido muy en cuenta que en la época que quiere revitalizar –no escogí este verbo al azar, por supuesto– “no había esquina, taberna, salida de misa ni charla de sobremesa donde no brotara, incontenible, el debate” (p. 64). Por eso creo que hizo bien en optar por ese estilo espeso, farragoso, que cambia de voz, de tiempo y de foco en un mismo párrafo, pero que con maestría sabe llevar, para en últimas dejarle claro siempre al lector atento de qué está hablando, de quién, en qué momento está de la historia.


Porque no es sólo la historia de un personaje la que se cuenta aquí: en no pocas ocasiones el narrador mira por encima del hombro de Sucre y relata los vaivenes políticos y militares de Caracas, de Bogotá y Cartagena, de Ayacucho, Quito y Lima. Se detiene –a veces más de la cuenta, debo decir– en las estrategias, en las batallas, en los actos heroicos no solamente del mariscal sino de Bolívar, Córdova, Miranda y tantos otros. Y digo que en ocasiones se detiene en las estrategias de batalla más de la cuenta porque a ratos como lector quise menos planos generales y más primeros planos. A ver me explico: me queda claro que la investigación fue rigurosa, pero hubiera querido que la imaginación también tomara su papel. En una novela histórica la investigación debe ser concienzuda, meticulosa, pero la imaginación debe aparecer sin complejos. Y este autor, en varias ocasiones, sacrificó la imaginación para atender a la fidelidad histórica. En últimas: quise menos planos de batallas, menos estrategia, menos campo abierto, y más salones, más conversaciones de sobremesa, más cartas y diarios íntimos así fueran inventados. Porque se trata de una novela, no de un tratado histórico.


Sin embargo, está tan bien construida la voz, tan bien orquestados los giros y referencias, que ese exceso de planos generales termina siendo un detalle menor. Porque al través de esa voz sólida, de esas historias menores y mayores, vamos desmitificando los grandes eventos de nuestra historia: sabemos que la independencia última, luego de la derrota de Morillo, fue más bien un acuerdo entre masones. La llamada “reconquista” finaliza cuando Morillo y Bolívar se dan el triple abrazo fraternal masónico, que significa salud, fuerza y unión. En esta novela los altisonantes versos de los himnos de estas republiquetas cobran toda su dimensión humana, casual, pedestre, como la historia de Ricaurte en San Mateo que leemos en la página 122: “Sólo encontró en el espacio sepultura suficiente para su talla, dirían los poetas. No hubo entierro ni procesiones, no había cadáver, no podía haberlo si había volado en átomos, o quizá sí lo hubo. Catorce años después, mientras conversaba con su amigo francés Luis Perú de la Croix en la estancia del galo en Bucaramanga, el Libertador terminó por confesarlo. Ricaurte murió mientras bajaba de la casa alta con sus hombres, cayó por una bala y algún infernal lo remató de un lanzazo, yo mismo reconocí su cuerpo atravesado por la vara y tendido boca arriba, el sol le había tostado la piel en las horas que siguieron al desalojo del polvorín que ya era muy escaso tras un mes de combates. Yo soy el autor del cuento, amigo Luis, lo hice para animar a mis hombres”.


Para no hacer muy extenso este comentario termino diciendo que he leído una novela grande, con una voz bien escogida y forjada con maestría. Una novela con altura y pretensiones, que deja ver detrás a un escritor comprometido con su oficio. Un autor que tiene todo mi respeto y a quien le seguiré la pista de aquí en adelante. Me gusta mucho cuando me tumban los prejuicios, cuando me convencen con argumentos.


Mauricio Vargas Linares, El Mariscal que vivió de prisa, Bogotá, Planeta, 2009, 379 páginas.