jueves, 29 de diciembre de 2011

Reseña con decálogo



Jaime Jaramillo Escobar, Método fácil y rápido para ser poeta, 2 tomos, Bogotá, Luna Libros, 2011.


Amor a primera vista. Soy testigo: quienes amamos los libros quedamos prendados de este en cuanto lo vemos. Me pasó a mí y al menos a seis personas cercanas. Arrebatan de emoción sus dos volúmenes en pasta dura con hermosas ilustraciones de portada, su tamañito como de devocionario, sus páginas con la caja tipográfica tan mesurada, su fuente límpida. Su autor: quienes amamos los libros respetamos a su autor.


Jaime Jaramillo Escobar está muy cerca de cumplir ochenta años, y aun así trabaja tiempo completo. No de lunes a viernes de 8 a 12 y de 2 a 6, como cualquier funcionario, sino tiempo completo de 24 horas todos los días de la semana. Trabaja por la permanencia de la poesía y para señalar su relevancia. Sueña, lee, escribe, imparte talleres, conversa, revisa y corrige siempre en función de la poesía; está pensando siempre en ella como materia universal esencial.


Este libro recoge ensayos escritos a partir de los talleres que el autor imparte desde hace más de 25 años con el patrocinio del Banco de la República. Son breves –cuando alguno alcanza las tres páginas es un “ya desmesurado capítulo”–, y terminan con unas cuantas citas de autores diversos sobre el asunto que trata el aparte o sobre temas conexos. Es absolutamente promiscuo con esas citas: no están los autores de moda, los notables, sino que están los que el poeta ha querido porque sus palabras son poderosas y evocadoras. Robert Graves, Otto Morales Benítez, Jean Genet, Vargas Vila, André Gide, Henri Bergson, Lawrence Durrel y Pepe Barrientos y Plinio Apuleyo Mendoza y, claro, Jorge Luis Borges. A veces la conexión con el tema no es evidente en una primera lectura, pero eso no importa. Son palabras sabias sobre temas queridos para quien esté leyendo el libro. En el capítulo titulado “El poeta como pensador”, por ejemplo, leemos esta frase de Aniceto Alcalá Zamora: “Saber todo lo que se quiere decir, antecedente indispensable para saber decir lo que se quiere”.


Algunos títulos de los capítulos son “Ser poeta”, “Utilidad de la poesía”, “Comprensión de la lectura”, “Formación del estilo”, “Secretos para escribir”, “Revistas y publicaciones literarias”, “Crítica y autocrítica”, “Los concursos literarios”, “El dinero y los poetas”, “La inspiración”, “Vanguardia y experimentalismo”, “El humor en la literatura” y “El arte de no escribir”. Pero el libro no está dirigido exclusivamente a poetas, escritores o a quienes quieren serlo, sino que le habla a personas que estén buscando ser más consistentes con su trabajo en artes, más conscientes, más creativas. Va dirigido a personas que llevan en el alma la inquietud estética y quieren desarrollarla.


Por eso lo he calificado en otro lugar como un libro de autoayuda. Habla del comportamiento en sociedad, de las buenas maneras, de la disciplina, del respeto por lo esencial. Nos dice hacia dónde mirar para ver lo que es de verdad importante. En su escritura se nota un respeto mayúsculo por la prosa, por la frase bien hecha. Casi que cada frase es un verso. Pero no por ello el autor la alarga o la adorna inoficiosamente: tiene un respeto tal por la frase bien hecha que en ninguna, en ninguna frase de los dos volúmenes, falta o sobra una palabra, una coma, una idea sustantiva. En su forma, este libro es un tratado de mesura. En su contenido, lo es de sabiduría.


Son temas y acercamientos variadísimos, pero hay unos puntos rectores que recorren todos los ensayos. El primero es que la poesía es más una forma de ver, de pensar, que de escribir: “escribirla es un resultado, primero hay que vivirla”, dice. Poesía no es escribir en verso: “El poema puede ser una forma vacía de contenido poético”, dice. Denuncia esos poemas que no son más que frases dispuestas verticalmente en la página. “En la Grecia antigua se escribía en verso para atraer la atención, y ahora se escribe en verso para ahuyentar la atención”, dice. “La poesía no es literatura sino que es solamente el alma de la literatura. Es decir, que el escritor que quiera poner alma en su obra, debe necesariamente acudir a la poesía”. “Toda la poesía escrita en verso libre se debe considerar como prosa. Sólo se llama verso con propiedad el que se sujeta a medida, y lo demás es prosa”. “Desechar, olvidar el trabajo de los siglos, pereza, eso se llamó libertad”.


“Lo experimental es efímero, perdura lo clásico” sería otro principio rector del libro. Está bien trajinar por experimentalismos, emprender búsquedas estéticas, sea en la escritura o en cualquier otra manifestación artística. Es parte de la formación, de la búsqueda de expresión. “Después de trajinar por el experimentalismo, los escritores vuelven a la claridad y al clasicismo, que es siempre el último de los ismos y el único que sobrevive a las fugaces modas y escuelas. ‘Ser clásico es ser actual’, se ha dicho con propiedad. Todo escritor serio es siempre un clásico”. “Nadie más anticuado que un joven. Es una de las paradojas de la vida”. Es comprensivo con los jóvenes, los conoce, conoce su trabajo. Y por eso mismo quiere orientarlos o, mejor, advertirles para que no se deslumbren con experimentaciones vanas, con temas suficientemente trajinados: “Para todos los poetas hay demasiada niebla, llueve mucho, y una inmensa tristeza los embarga, según sus propias palabras”.


Un tercer principio rector es que el personaje más importante de una obra es el lector. Y para llegar a ese personaje como se debe hay que huir de la mediocridad, buscar lo esencial, borrar, volver a buscar, reflexionar. “El buen poeta sólo tiene que escribir; pero el mal poeta tiene doble trabajo: escribir y promocionar su baratija”.  “El poema que casi acierta es un desacierto, el que casi es bueno es casi malo, el que tal vez viene nunca llega”.


Recio, enfático, pero siempre con humor, porque “Quienes rechazan el humor en la literatura lo excluyen de su vida. Son los adustos, amargados, rencorosos, solemnes y aburridos. La risa empaña la trascendencia que algunos poetas a sí mismos se dan”. Jaramillo Escobar siempre tiene el comentario socarrón para sí mismo y para los asuntos más trascendentales: “El escritor pobre suele ser también un pobre escritor”; “Hay dos poesías: la poesía y la otra”, “El corrector gramatical automático no es para escritores; es para secretarias”; “No soy amigo de conferencias; nunca voy a una conferencia dictada por mí”; “He huído de la poesía toda la vida, y no la he podido alcanzar”; “A las personas a las que nos gusta hacer el ridículo en público, es evidente que la poesía nos sirve de maravilla para un recital”.


Si queda alguna duda, invito al lector de esta nota a buscar el libro y abrirlo en cualquier página. Basta leer unas pocas líneas para estar seguro del valor de este libro. Al menos para mí, Método fácil y rápido para ser poeta, “en sólo dos tomos”, es el libro del año. 



El decálogo

Hace un par de meses le expresaba mi entusiasmo sobre este libro a Mario Jursich, director de El Malpensante. Seguramente Mario ya se traía entre manos la edición especial de la revista sobre decálogos, que está genial, y me preguntó si era posible extraer una suerte de decálogo para escritores a partir de citas de este libro. Hice el ejercicio y aquí está el resultado. Estoy seguro de que Jaime Jaramillo, de habérselo pedido a él, no hubiera compuesto un decálogo de diez puntos. Ni siquiera hubiera hecho un decálogo como mandan los decálogos para hacer decálogos.


“El escritor es ante todo un lector que escribe. Por eso el escritor debe guardar una serena humildad ante la gran literatura de todos los tiempos. Los grandes escritores se nos presentan con una modestia encantadora. Empezar con orgullo vano conduce a fracaso seguro” (t. 2, p. 112)

“No existe amigo sin diálogo. Dialogue con sus libros, discuta con ellos, vuelva a sus páginas. Que su biblioteca sea viva. Que todo sea vivo a su alrededor. Hay personas que andan muertas. Y no son fantasmas. Son personas casadas” (t. 2, p. 23)

“No debe confundirse redactar con escribir. Aprender a redactar es fácil. La mayoría de las personas pueden hacerlo. Para eso existen normas, a las que algunos llaman técnica. Escribir es más difícil y sólo está al alcance de una minoría. Porque, mientras redactar sólo requiere una gramática y el conocimiento de lo que se desea expresar, escribir es creación y por lo tanto requiere inventiva, imaginación, fantasía, originalidad, elocuencia y genialidad en algún grado” (t. 1, p. 98)

“Quien se sienta a escribir es porque tiene algo qué decir. Mientras no se tenga algo para decir no hay por qué empezar. El famoso cuento de la hoja en blanco todas las mañanas a primera hora sólo ha producido literatura babosa y polucionante. El que necesita una hoja blanca frente a los ojos para empezar a pensar, no es pensador. Primero piense, y después de que haya pensado, vuelva a pensar sobre lo escrito. Reflexionar. Ése es el secreto” (t. 1, p. 105)

“El estilo sirve hasta para disimular la falta de ideas. Al comienzo no importa mucho lo que se escriba, sino cómo se escribe. El escritor, como cualquier otro artista, y al igual que la Naturaleza, procede por ensayos. No se llega a tener un estilo antes de haberse formado una personalidad. La edad para tener personalidad depende de cada quién. Algunos no la adquieren nunca. El escritor sin personalidad no existe, pues carecería de autoridad, de poder de convicción, sería débil y amorfo, sin magnetismo y sin atracción. (t. 1, p. 101)

“El autor es responsable de todas las palabras que escribe. En consecuencia, deben ser medidas y pesadas, una por una” (t. 2, p. 53)

“Lo que más me ha enseñado a escribir poesía no es la poesía, demasiado manoseada, sino la prosa y la publicidad. La publicidad enseña precisión, oportunidad, claridad, iluminación y destaque, astucia, poder de convicción y, sobre todo, calcular la reacción del lector” (t. 2, p. 234)

“El personaje más importante de una obra es el lector” (t. 2, p. 100)

“El buen escritor se impone, no titubea” (t. 1, p. 203)

“Algunos prosistas se apartan bruscamente de la poesía. Consiguen una prosa áspera, mecánica, sin gracia. No hay buena prosa sin el auxilio de la poesía. Es más: la mayor parte de la peor ‘poesía’ que se ha escrito está en verso” (t. 1, p. 18)

“Un poeta es mejor mientras más sentidos tenga. Por lo común se tienen cinco y sobran dos. Pero el poeta no se contenta con cinco. Desarrolla el sexto sentido (de orientación, debido a la magnetita), así como los otros sentidos: el de observación, el sentido común, el sin sentido y el sentido de la realidad. También el de la irrealidad, y el de la poesía, y el del absurdo, y el de percepción extrasensorial, y el mágico y el de los sueños. Y el de la velocidad tanto como el de la quietud. Es decir, que está conectado con el Universo como una neurona por muchos puntos de contacto que le transmiten información de proceso y de intercambio” (t. 1, p. 44)

“Los escritores incultos son muy aficionados a emplear epígrafes y citas para aparentar que saben mucho […] el cuento es un género que no resiste el epígrafe” (t. 1, p. 221)

“Para el escritor que empieza debe ser fácil escribir. Si le resulta difícil, mala señal. Señal de que debe dedicarse a otra cosa. Para el escritor profesional debe ser muy difícil escribir. Si le resulta fácil, mala señal. Señal de descuido” (t. 2, p. 100)

“La única escuela que existe es la escuela elemental o primaria, donde se aprende de verdad, no por boca de los maestros, sino en el patio de recreo” (t. 2, p. 241)

 “El buen poeta sólo tiene que escribir; pero el mal poeta tiene doble trabajo: escribir y promocionar su baratija” (t. 2, p. 111)

jueves, 22 de diciembre de 2011

El extraño caso del rehacedor y la viuda

Publicado originalmente en: revista Arcadia, nº 73, octubre-noviembre de 2011.

Agustín Fernández Mallo. 

Los personajes

Agustín Fernández Mallo. El rehacedor. Poeta y narrador. Físico de formación. Agitador. Desde el primer libro que publicó se pudo notar su tendencia a la experimentación, al jugueteo, a la broma: el título del poemario es Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus, y en él mostró talento para expresar imágenes, sensaciones, actos y productos de la cultura popular con palabras matemáticamente precisas: “… nos gusta la Nocilla/ el café aguado, el aire/ que revuelven tus dedos y no vuelve, la vista/ de la calle a través del cristal manufacturado…”.
Durante la década pasada publicó otros poemarios y recorrió la república de las letras divulgando su tesis de que era el momento de una “poesía postpoética”. Pero su consagración vendría en 2006 con su primera ¿novela?, Nocilla Dream, que se anunciaba como el primer volumen de una trilogía. Fue aclamada por crítica y lectores. Causó tanto impacto que su título sirvió para denominar a un grupo de escritores españoles que rozaban los 40 y se entendían con la experimentación: la Generación Nocilla. 

María Kodama

María Kodama. La viuda. Lleva 25 años trasegando entre homenajes a su célebre marido, conferencias, viajes y… estrados judiciales. Ha iniciado juicios contra Juan Gasparini, Roberto Alfiano, el biógrafo Alejandro Vaccaro, Osvaldo Ferrari y contra quien ella o sus abogados consideren que ha tomado el santo nombre de Borges en vano. Según una nota del diario Clarín, en ninguno de los casos la justicia falló a su favor. Por otro lado, ha ajustado y corregido las ediciones recientes de la obra de Borges, toda vez que las anteriores estaban llenas de erratas, incluso las de editoriales de tradición como Alianza y Bruguera. Pero ha ido más allá de la corrección: aprobó la reedición de El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos e Inquisiciones, obras que Borges no quiso reeditar en vida, y ha suprimido dedicatorias y quitado de algunas ediciones el poema “Al olvidar un sueño”, dedicado a Virginia Aguilar.

Los hechos

En febrero de este año apareció el nuevo proyecto literario de Fernández Mallo: El hacedor (de Borges). Remake (Alfaguara). La carátula, un corazón dorado sobre fondo negro. Adentro, la misma estructura de El hacedor, los mismos títulos, pero con contenidos diferentes. Las breves prosas siguen el juego de referencias de Borges, pero mientras las del argentino son eruditas y tomadas de la tradición literaria, las de Fernández vienen de los cómics, el supermercado, la televisión e internet. Las reseñas que comentaron el libro apelaron a palabras nuevas: “remake literario” como nuevo género, “docuficción”. Se anunció una versión enriquecida para tabletas y teléfonos celulares. En últimas, el libro siguió su curso, y continuaba en las librerías en septiembre pasado.
A finales del mes la viuda llegó a España para presidir los homenajes por los 25 años de la muerte de Borges. Aprovechó el viaje, también, para exigir el retiro de las librerías de El hacedor (de Borges). Remake, por considerarlo no un homenaje, sino un plagio. Antes de que se vinieran encima las demandas la editorial accedió a los deseos de la viuda y recogió la edición. En la nota del suplemento El Cultural, 29 de septiembre, Marta Caballero dice: “ella no ha leído el libro, sino que se ha dejado aconsejar --según ha asegurado hoy durante su visita a Madrid-- por las consideraciones de su abogado”.
La república de las letras se revolvió. Juan Francisco Ferré, cofrade de Fernández Mallo en la Generación Nocilla, publicó en su blog un ensayo sobre la recreación de motivos ajenos y una carta a la “Señora María Kodama”, donde se le iba yendo la mano en el tono veintejuliero: “Quizá lo único que consiga con su gestión mezquina sea que la obra de Borges se convierta para muchos en un erial solitario y estéril, un edificio abandonado a la incuria del tiempo, un amasijo de papeles roído por el tiempo hasta la náusea…”. El profesor Julio Ortega, borgiano como pocos, salió en defensa de la viuda: “No es la glosa ni la reescritura lo que descorazonó a María: es el hecho de que el libro tenga como prólogo casi el mismo prólogo de El hacedor de Borges, y como epílogo buena parte del epílogo de Borges”. Circula, por supuesto, la correspondiente carta de apoyo al rehacedor, que han firmado, entre otros, Juan Villoro, Jorge Carrión, Rosa Montero, Andrés Neuman…
La editorial se sacudió las manos con un comunicado más bien tibio en el que da la razón a Fernández Mallo (pero anuncia que retira el libro del comercio voluntariamente): “Una de las muchas innovaciones que Borges trajo a la literatura fue la de usar procedimientos paródicos sobre sus propias influencias, sobre los autores que admiraba…”. Fernández Mallo puso en su blog algunas consideraciones y subió fotos con ejemplos de apropiación tomados de otras artes. “Lo que aquí se está censurando no es un plagio, sino una técnica literaria”, dijo.

El desenlace

El desenlace definitivo no se conoce, porque el asunto está todavía caliente. El rehacedor sigue apareciendo cada tanto en los medios, impresos y audiovisuales. La viuda ha continuado su camino hacia otro homenaje, hacia otro estrado judicial. La carta sigue circulando y las firmas aumentando. Las notas en los diarios y suplementos, en blogs y foros, siguen apareciendo, casi siempre a favor del rehacedor y en contra de la viuda.
Sin embargo, es posible intentar un par de conclusiones. Borges es uno de esos autores más citados que leídos: paradojas de la celebridad (incluso se citan poemas que él nunca escribió, maravilla de maravillas). Pero la paradoja mayor es que se retire del mercado un libro que quiere hacer un homenaje a Borges apelando a los recursos favoritos del escritor argentino: el guiño, la referencia velada o explícita, el juego de espejos con el universo literario. Otro caso de lo que he llamado en otro lugar “yokoonismo editorial”, referido a los abusos que cometen los herederos de un escritor famoso con la obra que queda en sus archivos.
Nunca hay ganadores cuando un libro es censurado. Pero no se puede esconder que Fernández Mallo algo gana, en tanto consigue prensa para lo próximo que haga. Prensa que, dicho sea de paso, parece gustarle. ¿La víctima? Los lectores, que no podremos ya conocer el juego que planteaba el rehacedor, más allá de su valor o intrascendencia como pieza literaria. Y el villano, mire usted por dónde, es la viuda, quien parece no haber leído uno de los cuentos más célebres de su célebre marido, “La biblioteca de Babel”, donde puede leerse: “exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros”.  

lunes, 19 de diciembre de 2011

Fusilado: Antonio Machado



En Hildebrando, la conmovedora y divertida novela del médico antioqueño Jorge Franco Vélez, uno de los personajes traza una bonita diferencia entre un profesor y un maestro. Compara al profesor con el granjero que echa alimento a sus gallinas y se va a seguir con sus labores, y al maestro con el granjero que echa alimento a sus gallinas y se queda con ellas para asegurarse de que coman. Todos tuvimos al menos un maestro en nuestra escuela o en la universidad: esos tipos —o esas damas— comprometidos con su labor, apasionados con su área de conocimiento, comprensivos con sus discípulos más allá de todo límite. Esa persona o ese par de personas —los maestros son escasos— nos cambiaron la vida, nos ayudaron a encontrar una vocación, nos hicieron mejores personas.
Piense en los suyos… Los míos fueron el hermano Urbano Duque, que usaba sus clases de religión en quinto de primaria para leernos con perfecta entonación las historias del padre Brown, de Chesterton, y Óscar López Castaño, que en noveno grado me enseñó otra forma de leer y de asumir la literatura. Gracias al hermano Duque y a Óscar López soy ahora lo que soy. Piense en los suyos…
Hace unos días necesité luces para escribir un texto que hablaba de educación, de compromiso, y aproveché para leer de una buena vez un libro que he visto citado durante casi toda mi historia de lector: Juan de Mairena, de Antonio Machado. Se trata, como dice el subtítulo, de una colección de “sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo”. Mairena reúne en sí lo mejor de todos los maestros, y le agrega la duda y la ironía extremas. Encontramos la nuez de su programa educativo en la página 167 del tomo 1: “enseñarle a repensar lo pensado, a desaber lo sabido y a dudar de la propia duda, que es el único modo de empezar a creer en algo”. Y más adelante, completa: “Nosotros estamos aquí para desconfiar de todo lo que se dice. Tal es el verdadero sentido de nuestra sofística”. Y luego una precisión más sobre el sentido de su labor educativa: “Vosotros sabéis que no pretendo enseñaros nada, y que sólo me aplico a sacudir la inercia de vuestras almas, a arar en el barbecho empedernido de vuestro pensamiento, a sembrar inquietudes”.
El libro está dividido en capítulos, cada uno de ellos compuesto por textos breves que recogen fragmentos del discurso de Mairena en sus clases o en el café, escenas y momentos en el aula, reflexiones del maestro de Mairena, Abel Marín. Hay en ellos narración, descripción, reflexión. Mucho humor. Duda y más duda. Ironía absoluta. Los temas son la vida —nada más ni nada menos—, el pensamiento y las maneras de pensar, el compromiso, las costumbres que damos por sentadas. También la política, la tauromaquia, la religión, el teatro, la escritura, la poesía.
Es uno de los libros más divertidos que he leído, y al tiempo uno de los más sabios. Comparto aquí algunos fragmentos que transcribí en mi cuaderno, que quieren servir apenas como invitación a leer esta obra eterna. Buen provecho.


Juan de Mairena (fragmentos)

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Cuando se ponga de moda hablar claro, ¡veremos!, como dicen en Aragón. Veremos lo que pasa cuando lo distinguido, lo aristocrático y lo verdaderamente hazañoso sea hacerse comprender de todo el mundo, sin decir demasiadas tonterías. Acaso veamos entonces que son muy pocos en el mundo los que pueden hablar, y menos todavía los que logran hacerse oír.

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En una Facultad de Teología bien organizada es imprescindible —para los estudios de doctorado, naturalmente— una cátedra de Blasfemia, desempeñada, si fuera posible, por el mismo Demonio.

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Agrada la modestia, pero no el propio menosprecio.

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Un hombre público que queda mal en público es mucho peor que una mujer pública que no queda bien en privado.

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Poesía, señores, será el resultado obtenido después de una delicada operación crítica, que consiste en eliminar de cuanto se vende por poesía todo lo que no lo es.

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Es cosa triste que hayamos de reconocer a nuestros mejores discípulos entre nuestros contradictores, a veces en nuestros enemigos, que todo magisterio sea, a última hora, cría de cuervos, que vengan un día a sacarte los ojos.

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Debemos ser indulgentes con el pensar más o menos gallináceo de nuestro vecino.

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El tema es original, quiero decir que es viejo como el mundo.

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De cada diez novedades que se intentan, más o menos flamantes, nueve suelen ser tonterías; la décima y última, que no es tontería, resulta, a última hora, de muy escasa novedad.

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Los ojos de un gato negro
—dos uvas llenas de sol—.

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Dialoguillo entre un borracho cariñoso y un sordo agresivo:
—Chóquela usted.
—Que lo choquen a usted.
—Digo que choque usted esos cinco.
—Eso es otra cosa.

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Los honores —decía mi maestro— deben otorgarse a aquellos que, mereciéndolos, los desean y los solicitan. No es piadoso abrumar con honores al que no los quiere ni los pide.

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Estamos abocados a una catástrofe moral de proporciones gigantescas, en la cual sólo quedan en pie las virtudes cínicas. 

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Un Dios existente —decía mi maestro— sería algo terrible. ¡Que Dios nos libre de él!

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No os asustéis. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas.

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Las razones no se transmiten. Se engendran, por cooperación, en el diálogo.

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Contaba Mairena que había leído en una placa dorada, a la puerta de una clínica, la siguiente inscripción: “Doctor Rimbombe. De cuatro a cinco, consulta a precios módicos para empleados modestos con blenorragia crónica”. Reparad —observaba Mairena— en que aquí lo modesto no es precisamente el doctor, ni, mucho menos, la blenorragia.

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El mal lo han visto muchos, sobre todo el gran público, que no es el que asiste a las comedias, sino el que se queda en casa.

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Pláceme poneros un poco en guardia contra mí mismo. De buena fe os digo cuanto me parece que puede ser más fecundo en vuestras almas, juzgando por aquello que, a mi parecer, fue más fecundo en la mía. Pero ésta es una norma expuesta a múltiples yerros. Si la empleo es por no haber encontrado otra mejor. Yo os pido un poco de amistad y ese mínimo de respeto que hace posible la convivencia entre personas durante algunas horas. Pero no me toméis demasiado en serio. Pensad que no siempre estoy yo seguro de lo que os digo y que, aunque pretenda educaros, no creo que mi educación esté mucho más avanzada que la vuestra. No es fácil que pueda yo enseñaros a hablar, ni a escribir, ni a pensar correctamente, porque yo soy la incorrección misma, un alma siempre en borrador, llena de tachones, de vacilaciones y de arrepentimientos. Llevo conmigo un diablo, no el demonio de Sócrates, sino un diablejo que me tacha a veces lo que escribo, para escribir encima lo contrario de lo tachado; que a veces habla por mí y otras yo por él, cuando no hablamos los dos a la par, para decir en coro cosas distintas. ¡Un verdadero lío! Para los tiempos que vienen, no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí sólo aprenderéis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos.


Lo fusilamos de: Antonio Machado, Juan de Mairena, 2 tomos, Buenos Aires, Editorial Losada, Biblioteca Clásica y Contemporánea, 1977. 

miércoles, 7 de diciembre de 2011

¿Por qué dejo mi cátedra en la universidad?




Fotografía tomada de Bookshelf Porn

Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de escribir un párrafo que condensara un texto de mayor extensión. Es decir, un resumen. Un resumen de un párrafo. Donde cada frase dijera algo significativo sobre el texto original. Donde se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito –ortografía, sintaxis– y se cuidaran las mínimas normas de cortesía que quien escribe debe tener con su lector: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad, mejor, pero no era una condición. La condición era escribir un resumen en un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron.
Está bien, no voy a generalizar. De treinta estudiantes, tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos no pudieron escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en el plazo pactado y usar un número de palabras limitado, que varió de un ejercicio a otro. Estudiantes de comunicación social entre su tercer y su octavo semestre, que estudiaron doce años en colegios privados. Es probable que entre cinco y diez de ellos hubieran ido de intercambio a otro país, y que otros más conocieran una cultura distinta a la suya en algún viaje de vacaciones con la familia. Son hijos de ejecutivos que están por los cuarenta y los cincuenta, que tienen buenos trabajos, educación universitaria. Muchos son posgraduados. En casa siempre hubo un computador; puedo apostar a que al menos veinte de esos estudiantes tiene banda ancha, y que la tele de casa pasa encendida más tiempo en canales de cable que en señal abierta. Tomaron más Milo que aguadepanela, comieron más lomo y ensalada que arroz con huevo. Ustedes saben a qué me refiero.
Por supuesto que he considerado mis dubitaciones, mis debilidades. No me he sintonizado con los tiempos que corren. Mis clases no tienen presentaciones de Power Point ni películas, a lo más vemos una o dos en todo el semestre. Quizá ya no es una manera válida saber qué es una crónica leyendo crónicas, y debo más bien proyectarles diapositivas con frases en mayúsculas que indiquen qué es una crónica y en cuántas partes se divide. Mostrarles la película Capote en lugar de leer A sangre fría. No debí insistir tanto en la brevedad, en la economía, en la puntualidad. No pedirles un escrito de cien palabras sino de tres cuartillas mínimo. Que lo entregaran el lunes, o el miércoles.
De esas limitaciones e inseguridades mías, quizá, vengan las pocas y tibias preguntas de mis estudiantes este último semestre que di clase, sus silencios, su absoluta ausencia de curiosidad y de crítica. No supe preguntar esta vez, no supe invitarlos a pensar. De ahí quizá vengan sus párrafos aguados, con errores e imprecisiones, inútilmente enrevesados, con frases cojas y desgreñadas. Esos párrafos vacilantes, grises, temblorosos que me entregaron durante todo el semestre. Pareciera que estoy describiendo a un grupo de zombies. Quizá eso es lo que son. Los párrafos, quiero decir.
El curso se llama Evaluación de Textos de No Ficción y pertenece a la línea de Producción Editorial y Multimedial de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Javeriana. En cuanto a lecturas, siempre propuse piezas ejemplares en los géneros más notorios de la no ficción: crónica, perfil, ensayo, memorias y testimonios. Los autores iban variando de un semestre a otro. Capote, Talese, Hersey, Abad Faciolince, Mitchell, Wolf, Paz, Rossi, Salcedo Ramos, Borges, Caparrós, Tejada Cano, Reyes, Samper Pizano, Sacks… A partir de esos clásicos nacionales y extranjeros los estudiantes intentaban escritos como los que debe elaborar un editor durante su ejercicio profesional. Primero un resumen: todos los textos de los editores son breves, o deberían serlo –contracubiertas, textos de catálogo, solapas, etcétera–. Una vez que la mayoría hubiera conseguido un resumen bien hecho pasábamos a escritos más complejos: notas de prensa y contracubiertas, para terminar con un informe editorial o una reseña.
En una de las sesiones semanales revisábamos lo que veníamos leyendo, y yo intentaba dirigir la conversación para que identificaran las características del género, así como las fortalezas y debilidades del texto en cuestión. La otra sesión la dedicábamos a revisar y pulir los ejercicios escritos de los estudiantes. En el centro de todo el programa estaban la participación y la escritura de textos breves a partir de otro texto mayor. Insistí siempre en la participación en clase para fomentar actividades que noto algo empañadas en la actualidad: la escucha atenta, la elaboración de razones y argumentos, oír lo que uno mismo dice y lo que dice el otro en una conversación. Buscaba que practicaran hacerse entender en un grupo, una herramienta que estimo fundamental no sólo para la vida profesional, sino para la vida civil. El otro concepto transversal –debo posar de académico—del curso, la economía lingüística, buscaba mostrarles la importancia de honrar la prosa. Si uno en cien palabras debe sintetizar un libro de 200 páginas debe cuidar cada palabra, cada frase, cada giro. En últimas, la palabra escrita les dará de comer a estos estudiantes cuando sean profesionales, no importa si se desempeñan como editores de libros, revistas o páginas web, como periodistas o como profesores e investigadores. Cada palabra es importante, cada frase debe decir algo pertinente.  
La inmensa mayoría de estudiantes de este último semestre que di clase, y los de dos o tres anteriores, nunca pudieron pasar del resumen. No siempre fue así. Desde que empecé mi cátedra, en 2002, los estudiantes tenían problemas para lograr una síntesis bien hecha, y en su elaboración nos tomábamos un buen tiempo. Pero se lograba avanzar. Asimismo, siempre hubo otro ambiente en mis clases. O motivé yo un ambiente distinto, no sé. Notaba un calibre más inquieto en los veinteañeros que estaban frente a mí. Más dubitativo. Más curioso. Había más preguntas en el ambiente. No encuentro otra forma de decirlo. Lo que siento de tres o cuatro semestres para acá es más apatía y menos curiosidad. Menos proyectos personales de los estudiantes. Menos autonomía. Menos desconfianza. Menos ironía. Menos espíritu crítico.
Debe ser que no advertí cuándo la atención de mis estudiantes pasó de lo trascendente a lo insignificante. El estado de Facebook. “Esos gorditos de más”. El mensaje en el Blackberry que no da espera. Debe ser que no me supe sintonizar para el momento en que La Tigresa de Oriente se volvió más cool que Patti Smith.
Nunca he sido mamerto ni amargado ni ñoño, no me voy a engañar: a los veinte años fumaba marihuana como un rastafari y me descerebraba con alcohol cada que podía al lado de mis cuates. Quería ver tetas, e hice cosas de las que ahora no me enorgullezco por tocarlas. Empeñé mucho, mucho tiempo en eso. Pero leía. Mis amigos veían películas como si se les fueran a salir los ojos. Podíamos discutir una hora, cuál de todos más copetón, si John Cazale era el Freddo de El Padrino y el compañero de Pacino en Tarde de perros. O en qué discos de Lou Reed había tocado el bajo Fernando Saunders. Esas cosas que no interesan. O sí. No sé, en esos tiempos lo importante, creo, era discutir, especular, quedar picados para buscar después el dato inútil. Interesaba eso: buscar. A otros por supuesto les interesaban el dinero, el poder y las chicas. Y no leían. Pero había muchas personas de nuestra edad que estaban haciendo cosas, que se preguntaban cosas, que especulaban. Estoy por pensar que la curiosidad se esfumó de estos alumnos míos desde el momento en que todo lo comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google.
Es cándido echarle la culpa a la televisión, a Internet, al Nintendo, a los teléfonos inteligentes. A los colegios, que se afanan en el bilingüismo sin alcanzar un conocimiento básico de la propia lengua. A los padres que querían que sus hijos estuvieran seguros, bien entretenidos en sus casas. Es cándido culpar al “sistema”. Pero algo está pasando en la educación básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los veinte años o menos.
Mi sobrino le dice a su madre, mi hermana, que él sí lee, que lee mucho en Internet. Es una respuesta generacional y genérica. La pregunta es cómo se lee en Internet. Lo que he visto es que se lee en medio del parloteo de las ventanas abiertas del chat, mientras se va cargando un video en Youtube, siguiendo vínculos. Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección. Tienen 302 seguidores en Twitter. Tienen 643 amigos en Facebook.
Dejo la cátedra porque no me pude comunicar con los nativos digitales. No entiendo sus nuevos intereses, no encontré la manera de mostrarles lo que considero esencial en este hermoso oficio de la edición. Quizá la lectura sea ya otra cosa con la que no me pude sintonizar. De pronto ya no se trata de comprender un texto, de dialogar con él. Quizá la lectura sea ahora salir al mar de Internet a pescar fragmentos, citas y vínculos. Y en consecuencia, la escritura esté mudando a esas frases sueltas, grises, sin vida, siempre con errores. Por eso los nuevos párrafos que se están escribiendo parecen zombies. Ya veremos qué pasa dentro de unos pocos años, cuando los alumnos de mi último semestre de clases tengan treinta y estén trabajando en editoriales, en portales y revistas. Por ahora, para mí, ha llegado el momento de retirarme. Al tiempo que sigo con mis cosas voy a pensar en este asunto, a mirarlo con detenimiento. Pongo el punto final a esta carta de renuncia con un nudo en la garganta. 



lunes, 5 de diciembre de 2011

La nueva vieja librería



"Entrepaño. Mil palabras alrededor del libro". Publicado originalmente en la revista Número, nº 70, noviembre de 2011.

Adelantar lo que va a pasar con libros, editoriales y librerías es hacer futurología. Es decir, especular. Es decir, hablar paja. Lo que sí puede hacerse con mayor seguridad y sin temor a quedar en ridículo es contemplar lo que está pasando ahora. Mirar alrededor desde un punto de este oscuro bosque y decir allá hay un río, esta es una torcaza. Teniendo en cuenta, por supuesto, que no se otea desde la cima o desde un claro, sino que se mira desde la espesura. Empecemos hacia el lado de las librerías.
Cierra Borders en todo Estados Unidos. En Londres, The Travel Bookshop empata en tiempo de reposición y continúa en la lucha. Tiemblan los libreros españoles porque entra Amazon al mercado en castellano. En Brooklyn, Greenlight presenta un balance más que prometedor después de su primer año. La Central sigue firme en Madrid y Barcelona. Aquí se abre La Madriguera del Conejo. Dos se van, tres llegan, como al hotel de Pelotillehue.  
El ensanche no se está llevando a las grandes o a las chicas. Unas sobreviven y otras no, sin reparar en el tamaño, y no hay fórmula de salvación porque ninguna librería es igual a otra. Las hay inmensas que funcionan como independientes –entre éstas la maravillosa librería del Fondo de Cultura Económica—. Las hay nutridísimas y al tiempo remolonas, como la Lerner. En la prestante Librería Continental de Medellín, paz en su tumba –de la librería--, que formó a generaciones de lectores y era una marca urbana imponente, pregunté hace muchos años por Mímesis, de Eric Auerbach, y un zascandil me dijo que no «manejaban» libros de biología. Las hay que son meros depósitos de novedades, administrados por muchachos que no saben nada de nada, como cualquier sucursal de Panamericana.
Comprar libros es una experiencia única. Lo sabemos bien: entramos a la librería por un título específico y terminamos llevándonos tres que no se parecen al que buscábamos. Paseamos entre volúmenes «de sabiduría ya olvidada» y nada más. A veces queremos conversar y a veces no. La experiencia de visitar una librería la pintó como nadie lo había hecho Antonio Ramírez, de La Central de Barcelona, durante el Segundo Congreso Iberoamericano de Libreros, celebrado en Bogotá en 2009: «Mientras recorre las mesas y estanterías de la librería, el lector compara nombres y títulos, contrasta opiniones propias con otras escuchadas aquí y allí, hace apuestas y formula hipótesis, evoca lecturas previas, palpa texturas y formatos, asocia marcas, símbolos y colores; sobretodo [sic], descarta, rechaza, olvida hasta que, al fin, elige. Ejercicio complejo, nada banal, en el que los lectores ponen en juego su memoria, evocando y reconstruyendo cada vez el mapa de lecturas pasadas».
En un país donde la crítica alcanza la amplitud y trascendencia de un espárrago el librero va asumiendo algunas de las funciones del crítico. Orienta, recomienda, señala. Conecta títulos, autores, tradiciones. En el mismo congreso mencionado arriba, Adriana Laganis, de ArteLetra en Bogotá, lo señaló con precisión: «El librero es quien tiene la tarea de seleccionar y recolectar un número limitado de éstos para ofrecer a sus clientes lo mejor. En otras palabras, quien reduce el universo del libro para hacerlo asequible, aprehensible para los lectores». Así, en este ecosistema en permanente reorganización, los buenos libreros van creciendo en tamaño e importancia: la propia Laganis; Ana María Aragón, de Casa Tomada; David Roa, de La Madriguera del Conejo; Mauricio Lleras, de Prólogo. Felipe Ossa, de la Librería Nacional, es un librero, pero su imperio es tan grande que todas las luces del guía apenas alcanzan a llegar hasta sus locales. Veremos cómo le va a la librería del Fondo de Cultura Económica sin la orientación de esa gran librera que es Andrea López, quien se retiró hace poco.  
La librería que se instala en su entorno geográfico inmediato crece igualmente en importancia, y es posible que sobreviva. Hablo de esa librería que se convierte en parte de la oferta cultural de la ciudad, la que es más que un sitio donde se compran libros y se toma café. José Antonio Vásquez lo dice en un ensayo publicado en la revista Trama & Texturas (número 14, monográfico sobre librerías e imprescindible para quien quiera saber qué está pasando): «Cuando más de un tercio de las ventas de libros sean en formato digital, apenas van a existir las librerías de siempre, salvo las que subsistan como lugar de encuentro o espacio de caprichos impresos». Algunas están asumiendo ese papel. La del Fondo de Cultura Económica tiene una oferta de eventos cada vez más variada y trascendente (quizá la más dinámica de la ciudad). Durante meses Biblos organizó cada semana el plan «librero por una tarde», con lectores de todo tipo, de todas las especialidades y niveles de agudeza –hasta Vladdo ha sido librero por una tarde--, y se prepara para abrir una sede suntuosa, con restaurante y auditorio. Contrató a un librero de lujo, Rafael Nieto. Casa Tomada programa al menos dos eventos a la semana donde autores –preferentemente colombianos— se encuentran con sus lectores. Tiene también un club de lectura y desde hace poco está programando películas. En Prólogo se organizan cada tanto conversaciones o firmas de libros. La Madriguera del Conejo tiene también actividad permanente: conversaciones, firmas, invitados especiales que pasan por la ciudad. Todas ofrecen libros selectos; todas ellas ofrecen buen café, pero no sólo.
Bastantes librerías de viejo se mueven como muchachas. Trilce tiene su propia editorial con títulos notables, y cada semana se reúnen en el local unos cuantos entusiastas a conversar sobre libros, sobre lecturas, sobre ediciones. San Librario también tiene su sello --volúmenes breves, alargados, hermosos--, que va por los 51 títulos publicados. ¡51! Sus libreros siempre están listos para esa tertulia espontánea que se va armando al vaivén de los visitantes, que unas veces se anima y otras languidece, como todas las conversaciones entre amigos. Palinuro ha organizado concursos de fotografía y de cuento, y es un lugar siempre cómodo para pasar las a veces calurosas tardes de Medellín alrededor de los libros y la conversación cálida. 
Los asistentes no necesariamente compran libros, incluso ni el que se está promocionando en el evento particular, pero van marcando la librería como lugar donde están pasando cosas. Es el regreso de la vieja librería para quienes adquirimos libros permanentemente, que siempre vamos a ser pocos. Para quienes compran libros de ocasión y best-sellers, siempre están las librerías de los centros comerciales, los supermercados o los semáforos.


La fotografía es de Álvaro Castillo Granada. Una vista de su librería, San Librario.

sábado, 3 de diciembre de 2011

La contracarátula, ese ornitorrinco



Publicado originalmente en: El Librero, año 2 nº 13, septiembre de 2011, p. 42. 


Solapa, contracarátula, contratapa, contracubierta, cuarta de cubierta, cuarta de forros. Términos que quieren retener el mismo objeto: esas palabras que comentan un libro desde la parte de atrás de la cubierta. Una “forma literaria humilde y difícil”, dice un editor hábil en el arte de componerlas, Roberto Calasso, en el prólogo a su libro Cien cartas a un desconocido (Anagrama, 2007). Las metáforas y símiles para referirse a ese texto breve también cunden: “es el agujero de la cerradura por el que se vislumbra el libro” (María Palomar en El Universal); “es la espalda de los libros (que debe ser recta y fuerte)”, “mensaje en botella, voz poseída de médium, nota de rescate” (Rodrigo Fresán en Radar Libros). Y hay más.

Para los editores es prácticamente la única oportunidad que tienen de justificar la elección de ese título en particular entre los tantos que buscan su ingreso a la casa, de saludar a ese nuevo muchacho que entra al catálogo. Es un espacio bendecido desde donde pueden animar una compra, dicen. Algunos lectores habrán comentado en sus eternas conversaciones que eligieron equis libro por el título, por el autor, por la ilustración de la carátula incluso. ¿Ha oído a alguno decir sin despeinarse “compré este libro por la contracubierta”?

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El origen del texto de contracubierta, dice Calasso en el libro citado, está en la epístola dedicatoria: “otro género literario, florecido a partir del siglo XVI, en que el autor (o el impresor) se dirigía al Príncipe que había dado su protección a la obra”. En la de El Príncipe vemos a Maquiavelo genuflexo: “siendo mi deseo ofrecer a Vuestra Magnificencia algún testimonio de mi devoción a Vos, no he encontrado nada más estimado ni más querido que mis conocimientos”. Este es el comienzo de la del Quijote, dirigida al duque de Béjar: “En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del vulgo, he determinado de sacar a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia”. La de Vicente Espinel al V duque de Alba es un poema hermoso: “… sólo te ofrezco de mi pobre seso/ una simplicidad y una llaneza/ entre pastores de sustancia y peso…”. El destinatario de esas epístolas crece en tamaño y dignidad: quienquiera que sea siempre es “dignísimo”, “sombra amiguísima”, “generosísimo”, “clarísimo varón”.

Los primeros libros que salieron de las imprentas en el siglo XV carecían de portada. Buscaban imitar los manuscritos que se empeñaban en transcribir una y otra vez, una y otra vez los monjes copistas de la Edad Media. Los primeros incunables ni siquiera tenían un título claro al comienzo: en el íncipit, unas breves palabras antes del texto, se comentaba el asunto que se iba a tratar, y unas veces sí otras veces no incluían el nombre del autor. Para mayores señas, los lectores debían ir al colofón, esas palabras finales que sí han estado desde el origen de los tiempos del libro. “Efectivamente, en este lugar del volumen se acostumbró desde muy pronto a declarar el lugar de la impresión, el nombre del tipógrafo y con frecuencia también el título exacto de la obra y el nombre de su autor”, dicen Lucien Febvre y Henri-Jean Martin en ese monumento que es La aparición del libro (Unión Tipográfica Editorial Hispano-Americana, 1962).

Desde los orígenes de los impresos, pues, a los libros se los ha reducido por los extremos. Se les rodea. El lector se prepara para caminar por territorio desconocido; lo acompañan, a veces, algunas señas de ese lugar, recogidas de amigos que ya han transitado por allí: el voz a voz. En ocasiones ese lector ha consultado mapas del territorio desconocido: ha leído alguna reseña. Pero en la librería o en la biblioteca el lector ha hecho desde siempre los mismos movimientos con ese objeto que lo inquieta: primero revisa el frente, después estudia la retaguardia.

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El título es pretencioso: Marketing editorial: la guía (Libraria-Fondo de Cultura Económica, 2003). En el capítulo 10 su autor, David Cole, aporta ocho recomendaciones para escribir textos promocionales efectivos. La primera está dictada por Perogrullo: “sea claro”. Pero nosotros, en los textos de contracubierta de nuestros libros nacionales, leemos cosas como esta: “Estas historias, trátese de hombres o de objetos, han sido rescatadas del naufragio de los usos y abusos en las aceras de Medellín y una de ellas en Montería”. Pero nosotros, en los textos de contracubierta de nuestros libros nacionales, leemos cosas como esta: “el narrador […] pelea con su bagaje de ‘sudaca resentido’ y con un imponderable dominio y capacidad de asombro hacia nuestra lengua. Con estos relatos las historias de otros colombianos, mexicanos, peruanos, argentinos y demás perseguidores del sueño americano dejan de ser literatura catalogable que a fuerza de sufrimiento ambiciona escribirse”. Pero nosotros, etcétera, leemos cosas como esta: “un astronauta cosmopoético que nos lleva en un viaje desde las moléculas hasta la luna y nos devuelve iluminados”.  

Qué olvidado que está ese librito sabio de Martín Alonso, Ciencia del lenguaje y arte del estilo (Aguilar, 1967). Bastaría que los redactores de contracubiertas tuvieran en frente, siempre, una sola de sus sentencias: “Entre dos explicaciones, elige la más clara; entre dos formas, la elemental; entre dos palabras, la más breve”.

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¿Quién escribe las contracubiertas? Editores afanados. Correctores de estilo. O el autor: en el Manual del autor de Editorial Trillas leemos: “Puesto que el autor es la persona que más conoce su obra, su participación nos ayudará a conducir acertadamente la labor publicitaria respectiva”. Y no es el único caso. ¿Qué decir? Error: para el autor su obra es el novamás de la perfección. Y así, encontramos contracubiertas con la misma frase dicha de cien maneras distintas. Todas las obras son únicas, todas revolucionan la literatura contemporánea –en las contracubiertas se usa mucho la palabra contemporáneo–. ¿Cuántas veces ha leído en una solapa la frase “esta obra atrapa al lector desde sus primeras líneas”? ¿O “en esta obra el protagonista es el lenguaje”? En un libro de poesía de una editorial cubana leemos: “[Aquí el título] nos comunica, en un tono siempre grave y sentencioso, reflexiones de hondo calado existencial”. En otro libro del mismo género y la misma colección: “[Aquí el título] nos dibuja, desde el sólido discurso de su poesía, arriesgada y vital, la valía existencial del hombre”. La fórmula del redactor está clara.

Últimamente se ha dado en invitar a un autor de renombre para que escriba un comentario sobre el libro, para ponerlo en la contracubierta. Pierde así ese carácter anónimo que siempre tuvo: por el título responde el autor, por la cubierta el diseñador, por el libro todo la editorial, pero nadie respondía por ese texto que habla al lector desde el cuarto de atrás. Compuesta por un autor con oficio la contracubierta gana, en ocasiones, claridad y sustancia.

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“Venda el beneficio” es un lugar común que conocen bien los publicistas y que menciona David Cole en Marketing editorial: la guía, citado arriba. ¿Qué ventaja le va a dar al consumidor ese producto? Identifíquela y destáquela. Fácil: “Con la dieta que el doctor Smith describe en este libro usted bajará diez kilos en tres semanas, sin ejercicios y sin pasar hambre”. Pero la cosa se complica: ¿cuáles son los beneficios de esta novela? Una trama envolvente, una apuesta por el lenguaje, una estructura novedosa... Pero ¿cuántas novelas presentan estos beneficios? ¿Cuántas colecciones de ensayo no intentan –ojo– dilucidar el mundo –ojo– contemporáneo? Los redactores de contracubiertas tienen interiorizado el beneficio, pero siempre apelan a la misma docena de frases.

En su último libro, Oficio editor (El Aleph, 2011), Mario Muchnik apenas esboza su comercio con las contracubiertas de las editoriales que ha tenido o manejado en su larga vida de editor. “Las solapas y la contracubierta suelen tener una función vendedora, hablando del tema tratado, de las otras obras del autor y dando algunos datos biográficos. ¡Pero cuidado con las exageraciones!”. A continuación hace un bonito juego: compone un Frankestein de contraportada típico con frases tomadas de libros publicados en España en los últimos treinta años: “Por su trama férrea y unitaria, por su lenguaje de rara precisión (lenguaje riquísimo, único en su género entre nosotros), por su explosión de humor y de nostalgia expiatorias, por su ritmo estimulante y variado, puede decirse que este libro, presidido por la unidad de lo fragmentario, es uno de los títulos más personales y atractivos de la novela española contemporánea”.

En la revista Luke (mayo de 2006) José Morella había hecho un ejercicio similar, aunque sin integrar las frases en un solo monigote: “escojo los libros que estoy leyendo ahora y alguno de los que he leído en las últimas semanas: ‘Una novela directa como un knock out, que transforma la palabra en ritmo puro’; ‘apasionante novela que consigue una narración ágil y deslumbrante’; ‘sensualidad que plasma la belleza de la vida’; ‘poesía próxima al surrealismo, entreverada de sutil erotismo, humor terso y melancólico y memorable música verbal’ ”. Haga el ejercicio, tome algunos libros de su biblioteca y mire las contraportadas.

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Puede que exista la solapa perfecta. ¿Alguien la ha visto? Las de Acantilado, por poner un caso que no es único pero sí raro en el mundo del libro en castellano, se acercan mucho a la solapa justa. ¿De eso se trata? Habrá que conformarse con evitarle al lector decepciones, como cuando uno ve el tráiler de una película y en esos 45 segundos le anuncian una cinta llena de giros envolventes, pero cuando va al cine los 89 minutos y 15 segundos restantes son un coñazo. A eso se arriesga quien mira por el agujero de una cerradura. Los inconvenientes de tomar la parte por el todo.

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El indómito Rafael Reig hace una comparación espeluznante en una nota publicada en la revista Qué Leer (octubre de 2004): “Por su contenido, su desvergüenza y sus características formales, la solapa sólo puede compararse a la sección de Contactos o Relax del periódico: piezas breves que atraen la atención del cliente para que se lleve el libro a su domicilio u hotel”. Y sigue: “Un caballero no necesita que le expliquen lo que es ‘francés completo’ o ‘beso negro’ ni lo que significa ‘una obra exigente y sin concesiones’; es decir, una novela aburrida, un tostón que cuesta trabajo leer, pero que luego se puede presumir de haber leído”.

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Por cada libro leído se habrán revisado al menos una docena de contracubiertas. Un tipo puede pasar por lector a punta de leer contracubiertas: ahora las conversaciones de los hombres de letras no se detienen en la figura original, en el adjetivo majestuoso, en el arte de la prosa. Bastan un par de datos del autor y generalidades de la trama para pasar por “culto”. El mexicano Gabriel Zaid viene insistiendo en ello desde hace décadas. ¿Entonces eso es? ¿Para eso sirven las contracubiertas? También. ¿Son un argumento determinante para comprar ese libro del cual ya nos han hablado, sobre el cual ya hemos leído reseñas? Esa utilidad no la veo tan clara, aunque los editores en general se empeñen en verla como tal. ¿Deberían abolirse? En ciertos casos, sí. Los libros de poesía de Pre-Textos y otras editoriales finas no las llevan. ¿Qué queremos saber de un libro de poesía que el propio poeta no lo diga con sus versos? Llamemos al poeta José Hierro: “Cuando no tengo nada que decir, no lo digo; y cuando tengo algo que decir y no sé cómo decirlo, tampoco lo digo”.

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Sigue siendo la contracarátula, solapa, cuarta de forros, etcétera, un ornitorrinco. Mamífero, ave y reptil. Texto promocional, estrategia para lectores sin tiempo, resumen, interpretación abusiva, palabrería, breve ensayo iluminador. La justa sería la que pretenda presentar sin mentir, elogiar sin aburrir, describir con elegancia y economía. Esa solapa justa permitía repetir el intercambio breve que imagina Gabriel Zaid en El secreto de la fama (DeBolsillo, 2010):
“–¿Lo leíste?
–No personalmente”.


Fotografía de la biblioteca de Karl Lagerfeld tomada de Bookshelf Porn




Reabrimos





Animado por varios amigos, pero sobre todo por las ganas de seguir conversando sobre libros, autores, edición y temas cercanos, reabro este espacio. Que, valga decirlo con un agradecimiento inmenso, no ha dejado de recibir visitantes desde que lo cerré en julio del año pasado. Toda una sorpresa. La reapertura implica dos cosas, principalmente: incluir nuevas entradas cada semana y, con ello, activar otra vez el club de conversación.
Las secciones serán las mismas que tenía, más dos nuevas. O mejor, dos reencauches:
Reseñas. Comentarios sobre libros que leo. Más que crítica literaria quieren ser recomendaciones, o bien comentarios sobre lo que encuentro durante mis lecturas. Eventualmente, como en la “primera época”, comento libros de manera negativa, pero es porque han tenido un despliegue no merecido en los medios o han ganado premios injustos, más dictados por el mercadeo que por la calidad literaria. No sobra recordar que es mi punto de vista, y los comentarios de los visitantes son bienvenidos mientras muestren algo de cortesía.
Fusilados. Textos algo extensos que me gustan, que considero deben conocerse más y que no tienen la suficiente difusión. Quieren promover la búsqueda del original. En algunos casos los fusilados buscan poner en la conversación textos raros o divertidos, y nada más.
Devaneos. Breves comentarios sobre aspectos relativos a la cultura impresa, a algún autor, a un libro, a una práctica de este universo siempre en big bang que es el libro. Sólo salen publicados aquí.
Bocas de Ceniza. Traslado acá, como sección, la cita casi diaria que he venido poniendo en bocasdeceniza.wordpress.com. (Esta es la carta de defunción de ese blog.) Un fragmento breve que funciona de manera autónoma, sin cortes ni alteraciones de ninguna índole y que lleva consigo todos los datos del original, para quien quiera continuar la lectura.     
El subrayado es mío. Artículos que me publican por ahí.
La idea es que al menos cada tres días haya contenido nuevo en alguna de las secciones. Bienvenidos pues a esta “nueva época” de El Ojo en la Paja. De nuevo gracias por pasar y comentar, gracias por alimentar la conversación. Comienzo por una nota que salió publicada en la buena revista El Librero, edición colombiana, que por ahora no tiene página web.

La fotografía es tomada de mi "rincón de los maestros".