lunes, 30 de enero de 2012

Fusilado: Orlando Sierra


El 30 de enero de 2002, hoy hace diez años, fue asesinado Orlando Sierra Hernández, columnista y subdirector del diario La Patria, de Manizales. Se había convertido en una molestia para los caciques políticos de Caldas por sus constantes denuncias desde su columna Punto de Encuentro, que todos los domingos abría un agujero más a los casos de corrupción en el departamento para que los caldenses miraran por allí.
“Todos somos dueños de nuestro miedo; a mí me da muchísimo miedo”, dijo en una entrevista con Darío Arismendi el 14 de octubre de 2001. Nunca le faltaron amenazas por sus posturas firmes y sus denuncias, pero días antes de su muerte éstas habían arreciado de manera preocupante. Unas horas antes de que lo mataran, en la mañana del 30 de enero de 2002, le dijo a Caracol Noticias: “Tratar de silenciar o callar los medios de comunicación es un acto doblemente terrorista, porque es, al miedo, infundirle el silencio”. Salió a almorzar y a su regreso lo esperaba el sicario a la entrada del periódico.
Pero Sierra no era nada más un sólido periodista de investigación –que no es poco en este país--: era un prosista notable, y cuentan sus amigos que hasta poeta de brillo. Pero era modesto, silencioso. Una de sus frases de batalla era “la palabra es lo que sobra del silencio”. Y más que una frase bonita era su método de trabajo: uno puede notar que cada columna, cada artículo o entrevista estaba precedido de una profunda reflexión para llevar al lector la información de la mejor manera. Esos textos no solo brillan –todavía-- por la información que contienen, sino también por su estilo, construido con inteligencia, con cortesía, con elegancia.
Hace un par de años la Universidad de Caldas y el diario La Patria publicaron un pequeño volumen titulado Lo que sobra del silencio, que recoge entrevistas de Sierra a personajes del departamento y el país. Se trata de una selección breve pero significativa realizada por Carlos Augusto Jaramillo. Es un bello librito, lástima que editado con poco cuidado: está lleno de erratas. Creo que falta rescatar más obra de Sierra y ponerla a circular, porque todavía tiene mucho qué decir.


Juan Gossaín. Un militante vitalicio de la nostalgia
(Junio 16 de 1991)

Lo conozco sin conocerlo de tanto escuchar su voz en las mañanas, por la lectura de su columna en la revista Semana, por algunos cuentos suyos, por su “Informe confidencial” en televisión, por algunos reportajes de juventud, cuando era periodista de prensa.
Por él conozco, sin conocer, esa franja de tierra larga y ancha que es San bernardo del Viento. Sé lo difícil que es conseguir un par de cordones negros, delgados y redondos para zapatos de ojetas pequeñas. Aprendí que las palomas de Aruba son gordas como las de los cuadros de Botero, que Toño, el gaitero de San Jacinto, en Córdoba, toca su instrumento con un frenesí único. Tan grande como la nostalgia de Juan Gossaín por su tierra costeña, por su anonimato y por las cocadas de ajonjolí.
Quiero hacerle una entrevista, le dije a un amigo común: Esteban Jaramillo. Y Esteban me acabó de corroborar entonces mis apreciaciones y me dio, además, otros detalles de su personalidad. Es un lector empedernido y desordenado, me dijo. También que es un católico de primera fila, un garciamarquiano confeso, un hincha del Junior de Barranquilla y un adicto a las corbatas francesas marca Hermes.

Quiero hablar de cosas inútiles
“Son las chilindrinas que me hace colocar la mujer. Uno siempre hace lo que la mujer manda y estas corbatas con una cosa de ella”, confesó cuando le pregunté por tal gusto.
Le dije que me habían dicho que era bohemio. Me dijo que sentía nostalgia por la bohemia ya que él no la había abandonado. “La bohemia nos dejó a nosotros que es distinto. La tecnificación del periodismo, la prisa de las nuevas modalidades y técnicas periodísticas y la radio que está abierta las 24 horas, ya no le permiten a uno ser bohemio. Se acabaron las reuniones con poetas, los versos a las 12 de la noche, las serenatas, las discusiones. Discutir sobre las cosas inútiles, que es lo más bello de la vida”.
Esto lo dice con nostalgia. Es un gran nostálgico. Y como todo nostálgico, es un gran romántico también. Por eso cuando habla de las discusiones de las cosas inútiles recaba en que lo más bello de la vida y además lo que más ha querido hacer es: “dedicarme a hablar de cosas que para la gente práctica y realista son inútiles pero es lo que permite que la vida sea amable. Eso es lo que más añoro”.
Nació en enero de 1949. A los 20 años se inició como cronista de El Espectador y desde entonces ha vivido, sufrido, amado, soñado y cumplido con una sola tarea: ser periodista. Hasta sus escarceos literarios se han quedado un poco a la vera por esta que él llama su misión.

Jugar béisbol fue mi sueño
“Yo me siento un escritor frustrado. García Márquez dijo sabiamente que lo malo de la literatura es que uno no escriba cuando quiera, sino cuando pueda. Y la verdad es que no quiero ser un escritor irrespetuoso con las letras y creer que puedo hacer esa labor los fines de semana. No, a eso hay que dedicarle todo el tiempo, todas las angustias, todas las vivencias. Eso hay que ejercerlo como un oficio artesanal, 24 horas al día. Y como no puedo hacerlo por el trabajo periodístico, por eso no lo intento. No estoy escribiendo nada. Incluso dejé de escribir mi columna de Semana cuando vi que se me estaba convirtiendo en un compromiso y dejaba de ser un placer. Por eso la cancelé. A mí el periodismo me agobió. Me siento en una arena movediza en la cual me estoy hundiendo poco a poco y de la cual es cada día más difícil salir”.
Juan Gossaín, sin embargo, no solo tiene la frustración de no poder ser un gran escritor, tampoco puede ser un gran jugador de béisbol. Jugar en las grandes ligas fue un sueño de niño.
“Lo primero que quise ser fue un gran jugador de béisbol y no pude porque resulté torpe para los deportes. A mí me ponían a jugar simple y llanamente por compasión. Terminé de árbitro. Mis amigos siempre me decían que yo era un excelente árbitro. Lo que pasa es que los que somos malos para los deportes terminamos convertidos en árbitros”, dice.
Pero de sus años de niñez y juventud no solo tiene el recuerdo de su sueño de beisbolista. Los tiene todos. “Es un hombre de una gran memoria”, me había dicho Esteban Jaramillo. Cierto. Tiene una memoria tan fiel como el perro de Lamparita, un personaje de su San Bernardo del Viento.
Es que los recuerdos de Gossaín tienen fibra del trópico. Permanecen en él como ancla del sol al medio día sobre la plaza de San Bernardo del Viento. Así sea como dice él que dijo el expresidente López, “ese loquito que se la pasa contando las procesiones de su pueblo”, la verdad es que su memoria tiene la dicha de estar siempre estacionada en el mejor descampado de la infancia.
“San Bernardo del Viento es para mí un punto de referencia de la infancia, de los mejores recuerdos, de los años pasados, de lo que ya no volverá nunca. Por eso escribo sobre él. Alguien me preguntó por qué no había vuelto si tanto lo añoraba y yo le dije que porque me negaba a confrontar la poesía con la realidad. Para mí San Bernardo del Viento es un venero poético, venero de nostalgia y de recuerdos.
”Volver sería como someter a un careo la poesía con la realidad, sabiendo que siempre gana la realidad. Por eso no he vuelto”.

Llevar la vida de cabestro
Aparte de hablar de sus crónicas sobre San Bernardo del Viento, lo que se detecta en ellas, además, es su nostalgia por el anonimato.
Da la sensación de que en cada línea estuviera reclamando esos días que García Márquez llama aquellos en que era feliz e indocumentado.

¿Qué dice al respecto?
“Yo añoro los tiempos perdidos en que uno podía ser un buen vecino; en que uno podía ser anónimo. A mí lo que menos me atrae de mi trabajo profesional es la figuración. Por eso no voy a nada. No asisto a cocteles, a actos públicos, a recepciones, a nada. La figuración pública me cohíbe, me enreda, me confunde, me hace sentir como prendido de un anzuelo. Yo sólo acepto invitaciones a conferencias en universidades o a reuniones con colegas, porque tales encuentros tienen más de acto cultural e intelectual que de figuración”.
Entonces recuerda, con pesar por sí mismo, que se le ha hecho imposible la vida. “Ahora ando con escoltas y la vida que se me está perdiendo… ¡miércoles!, el pequeño placer de hablar con el vendedor de cigarrillos en la esquina; el pequeño placer de salir los sábados porque en Bogotá hace sol los sábados, todo eso se ha ido a pique y eso es lo que quisiera recuperar para mi vida: volver a las delicias del anonimato, tener la tranquilidad del padre de familia que llega a casa, que ve a sus hijos, que sale con ellos. Como decía alguien bellamente, ‘poder ir por el mundo llevando la vida de cabestro’. Eso es lo que yo quiero hacer. Pero desgraciadamente no se puede”.

¿Por qué dice que no se puede si bastaría con que renunciara a la dirección de noticias de RCN y se fuera a algún lugar a escribir lo suyo para recuperar parte del anonimato que anhela?
Juan Gossaín dice entonces que para entender este fenómeno hay que estar metido en su pellejo, ya que él cree que todo hombre tiene una misión en la vida y que la suya es la radio. “Y las misiones no se abandonan”, sostiene. Añade igualmente que lo determinante en la vida no es siempre lo que uno desea, sino el sentido de la misión, y que la suya es conducir un noticiero de radio. Dar noticias, difundir derechos. “No puede abandonarse eso aunque uno quiera. Es la fatalidad”.

El sentido de la fatalidad
El sentido de la fatalidad, lo tiene Juan Gossaín desde que se recuerda. Para él fue fatal una vaharada de viento fresco en la plaza de San Bernardo del Viento, pues este levantó las hojas de un almendro y puso al descubierto su beso furtivo con el primer amor. Aquello era un designio. Y es que como para su madre, para este periodista todo cuanto no tiene una explicación racional tiene algo de fatalidad. “Para mi madre que es el ser capital en mi vida y que es una curiosa mezcla de costeño y árabe, todo en la vida tiene un sentido de fatalidad, incluso las buenas cosas. El otro día me llamó por teléfono y me preguntó si sabía lo que le había pasado al pobre de Sabas, un amigo mutuo que ya murió. Le dije que no y me contó que había tenido la fatalidad de ganarse la lotería. Es que para ella todo lo que no tuviera una explicación racional era así”.

¿Cuál es la fatalidad para su madre de su éxito profesional?
“Haber perdido la intimidad. Las amigas en Barranquilla me dicen que ella habla de su pobrecito hijo que no puede salir solo a la calle. Es que ella me entiende, ella comprende lo que me está pasando, porque de ella lo aprendí”.

Las malas palabras
Costeño hasta la médula, Juan Gossaín tiene unos recuerdos que son de mar, de olas de calor, de palmeras, de sillas de vaqueta recostadas contra las puertas, de ranchos de paja con paredes emplastadas con boñiga de vaca, de corronchos. Sobre todo de sus seres queridos corronchos. “Desconfíe siempre del costeño bullanguero y parlanchín. El costeño es un hombre humilde, reconcentrado, tímido”, dice.
Que los de su tierra, él incluido, hablen un español pleno como un palo de guayabas maduras, llenas de la gusanera del vulgarismo, pero apetitoso y saludable al tiempo, no les quita esa condición. Para él las malas palabras ha dejado en su vocabulario ese lugar oscuro de la gratuidad para instalarse en sus escritos como recurso literario. “Mis malas palabras nunca las digo en mi vida diaria pero son un recurso literario. En la medida en que estén ubicadas en el lugar adecuado, son válidas. Uno lee muchas groserías gratuitas, sin sentido, sin razón, pero le pregunto: ¿usted ha leído en la historia universal, una grosería mejor colocada que la última palabra de El Coronel no tiene quien le escriba? Toda la novela está condensada en esa palabra que es una obscenidad. Sólo que es tan bella, está dicha con tanta pureza, con tanta exactitud y en un momento tan oportuno que ese ¡mierda! no había nada con qué reemplazarlo. Era vital allí. Único”.

Santa Petrona Barroso
Hablando de literatura, usted que ya ha escrito una novela, ¿tiene acaso boceteada la gran novela que le gustaría escribir?
“La tengo desde hace muchos años. Desde cuando era niño. Tal vez lo que he tenido es miedo de escribirla, porque la historia es tan grande que exige a un escritor profesional, íntegramente dedicado a eso y yo no puedo.
”En mi pueblo, hace muchos años, antes de que yo naciera incluso, había una mujer flaca, esquelética y mística a la cual el pueblo llamaba Santa Petrona Barroso, porque hacía milagros. Lo curioso de la vida de esta mujer es que de día hacía milagros (curaba enfermos, sanaba vacas con gusanera, salvaba cosechas) y en la noche acaudillaba a los campesinos pobres para invadir tierra. Terminó en la cárcel…
”Lo que me apasiona de la historia es que la pusieron presa no por hacer milagros, sino por invadir tierras. Me parece enorme esta historia de esta mujer a la que perdonan que hiciera milagros mas no que hiciera política. Esa es la historia que yo quisiera contar algún día; pero no me siento con coraje para hacerlo. No tengo el talento para hacerlo”.
Garciamarquiano de tiempo completo, Gossaín es igualmente gran admirador de John Dos Passos, al que considera el más grande escritor de su época en los EE.UU. “El mejor de todos es Dos Passos. La gran literatura urbana, aquella que comprende a un hombre de la ciudad, que habla de la selva de cemento, es la suya.
Manhattan Transfer es la gran novela de Nueva York. Entre los grandes escritores norteamericanos de su época, Steinbeck, Hemingway, Faulkner, Fitzgerald, él es, en mi humilde opinión, el más grande”, afirma.
Pero también tiene como gran deleite la obra de Joseph Conrad, el escritor polaco que a su modo de ver tiene los mejores marineros de la literatura universal. Gossaín se nutre de literatura. Y más que de literatura en sí, se nutre de lecturas. Las suyas son de todo orden, de toda calidad.
“Soy un lector indisciplinado. Soy un devorador de todo, desde catálogos de almacenes de muebles hasta libros. Yo leo todo lo que me cae en las manos. Folletos, revistas, libros, catálogos, revistas de farándula, boletines. Leo de todo. Es que lo pasa es que algunas de las mejores cosas las encuentra uno en los peores libros, en folletos. Todo el mundo ha perpetuado para siempre sus malos versos como se dice por ahí. Hay que leer, pues, cuanto aparezca”.

No quisiera ser distinto
Usted que siente tanta nostalgia por no ser literato, y quiere de todo, si tuviera la oportunidad de volver a nacer, ¿qué haría?
“Haría lo mismo que he hecho hasta hoy, corrigiendo mis errores. Esa es la ventaja de volver a nacer. Yo sería el mismo de hoy, periodista. Me sentiría igualmente frustrado como escritor y volvería a mis nostalgias. Además sería, como lo soy, un fervoroso creyente”.
Entonces dice que es entrañablemente católico y que su acercamiento a Dios le ha enseñado que la vanidad no es más que petulancia del hombre. “Todos somos pequeñas cosas, somos briznas de hierba en las manos de Dios. Somos cosa vana, variable y ondulante, como decía Barba Jacob citando a Montaigne”.
Agrega que es consciente de que siempre se equivoca. Que le pasa todos los días de la vida tanto a nivel humano como a nivel profesional; pero que procura no equivocarse nunca a nivel moral, es lo peor.
“Que nunca se extravíe para el hombre la moral y la sensibilidad. Yo lo único que le pido a la gente es eso. Que no pierdan esos supremos valores y menos cosas de que asombrarse”.

¿Tiene usted algún principio rector de su vida?
“Sí. Siempre he pensado que me gustaría regir mi vida por un verso de Rafael Pombo que dice: ‘feliz el que consulta oráculos más altos que su duelo’ ”.
Manifiesta, finalmente, que esto es lo que desea por cuanto en dicho verso está la esencia misma del cristianismo, cual es la de entender que hay un ser superior, uno que rige y gobierna todas las cosas.
Es que Dios, como dijera Einstein, no juega a los dados con el universo.


Lo fusilamos de: Orlando Sierra Hernández, Lo que sobra del silencio. Entrevistas, Manizales, Universidad de Caldas y Diario La Patria, 2009, pp. 115-123.

jueves, 19 de enero de 2012

Fusilado: Borges

Borges y su gato Beppo.


Antes de una película, en un teatro cualquiera en Bogotá, me acomodo en mi silla. En la fila de atrás hay un joven universitario que conversa con su levante. Reparo en ellos porque el muchacho alza la voz un poco, como reafirmando lo que dice, como dándole importancia. Alcanzo a ver que la niña lo mira con ojos encantados. Por lo que oigo, puedo decir que él estudia literatura o filosofía y ella, una carrera en artes aplicadas: diseño o publicidad. Dice muchas cosas, el muchacho. Está desplegando sus más finas plumas. Y suelta esta joya: “Es que me trasnoché leyendo una novela de Borges que…”.

Siempre me contuve de fusilar a Borges en este espacio. Supuse que es un autor demasiado conocido, demasiado repasado como para compartir aquí algún texto del gran argentino de todos los tiempos. Pero no: Borges es un autor más citado que leído, un nombre comodín, breve y enfático, que sirve para apoyar cualquier idea e incluso su contraria, que se usa para darle peso a algún argumento peregrino en las conversaciones de coctel. Borges se lee poco y mal. Así que aquí está, en unas cuantas piezas, la palabra del gran nombre de las letras argentinas. Qué digo argentinas: universales.

El ejercicio es este: comprar la Poesía completa (Barcelona, Lumen, 2011). Vale 62.000 pesos, unos 34 dólares. Y con el primer café de la mañana, mientras se calienta el pan en la tostadora, así, en las primeras horas del día, leer un poema y solo uno. Todos los días. Despacio. Verso a verso. Ninguno tomará más de cuatro minutos. Cuatro minutos del día dedicados a un poema de Jorge Luis Borges. El libro tiene 630 páginas, o sea que el ejercicio dura poco más que año y medio. No sé para qué sirva, lo más seguro es que para nada. Pero lo estoy haciendo y lo propongo. Voy por la página 95.


Poemas

La Recoleta

Convencidos de la caducidad
por tantas nobles certidumbres del polvo,
nos demoramos y bajamos la voz
entre las lentas filas de panteones,
cuya retórica de sombra y de mármol
promete o prefigura la deseable
dignidad de haber muerto.
Bellos son los sepulcros,
el desnudo latín y las trabadas fechas fatales,
la conjunción del mármol y de la flor
y las plazuelas con frescura de patio
y los muchos ayeres de la historia
hoy detenida y única.
Equivocamos esa paz con la muerte
y creemos anhelar nuestro fin
y anhelamos el sueño y la indiferencia.
Vibrante en las espadas y en la pasión
y dormida en la hiedra,
sólo la vida existe.
El espacio y el tiempo son formas suyas,
son instrumentos mágicos del alma,
y cuando ésta se apague,
se apagarán con ella el espacio, el tiempo y la muerte,
como al cesar la luz
caduca el simulacro de los espejos
que ya la tarde fue apagando.
Sombra benigna de los árboles,
viento con pájaros que sobre las ramas ondea,
alma que se dispersa en otras almas,
fuera un milagro que alguna vez dejaran de ser,
milagro incomprensible,
aunque su imaginaria repetición
infame con horror nuestros días.
Esas cosas pensé en la Recoleta,
en el lugar de mi ceniza.

A un gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganjes y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la amorosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde la eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

Patio

Con la tarde
se cansaron los dos o tres colores del patio.
Esta noche, la luna, el claro círculo,
no domina su espacio.
Patio, cielo encauzado.
El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.
Serena,
la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.
Grato es vivir en la amistad oscura
de un zaguán, de una parra y de un aljibe.

La rosa

A Judith Machado

La rosa,
la inmarcesible rosa que no canto,
la que es peso y fragancia,
la del negro jardín en la alta noche,
la de cualquier jardín y cualquier tarde,
la rosa que resurge de la tenue
ceniza por el arte de la alquimia,
la rosa de los persas y de Ariosto,
la que siempre está sola,
la que siempre es la rosa de las rosas,
la joven flor platónica,
la ardiente y ciega rosa que no canto,
la rosa inalcanzable.

El despertar

Entra la luz y asciendo torpemente
de los sueños al sueño compartido
y las cosas recobran su debido
y esperado lugar en el presente
converge abrumador y vasto el vago
ayer: las seculares migraciones
del pájaro y del hombre, las legiones
que el hierro destrozó, Roma y Cartago.
Vuelve también la cotidiana historia:
mi voz, mi rostro, mi temor, mi suerte.
¡Ah, si aquel otro despertar, la muerte,
me deparara un tiempo sin memoria
de mi nombre y de todo lo que he sido!
¡Ah, si en esa mañana hubiera olvido!


La noche que en el Sur lo velaron

A Letizia Álvarez de Toledo

Por el deceso de alguien
—misterio cuyo vacante nombre poseo y cuya realidad no abarcamos—
hay hasta el alba una casa abierta en el Sur,
una ignorada casa que no estoy destinado a rever,
pero que me espera esta noche
con desvelada luz en las altas horas del sueño,
demacrada de malas noches, distinta,
minuciosa de realidad.

A su vigilia gravitada en muerte camino
por las calles elementales como recuerdos,
por el tiempo abundante de la noche,
sin más oíble vida
que los vagos hombres de barrio junto al apagado almacén
y algún silbido solo en el mundo.

Lento el andar, en la posesión de la espera,
llego a la cuadra y a la casa y a la sincera puerta que busco
y me reciben hombres obligados de gravedad
que participaron de los años de mis mayores,
y nivelamos destinos en una pieza habilitada que mira al patio
—patio que está bajo el poder y en la integridad de la noche—
y decimos, porque la realidad es mayor, cosas indiferentes
y somos desganados y argentinos en el espejo
y el mate compartido mide horas vanas.

Me conmueven las menudas sabidurías
que en todo fallecimiento se pierden
—hábito de unos libros, de una llave, de un cuerpo entre los otros—.
Yo sé que todo privilegio, aunque oscuro, es de linaje de milagro
y mucho lo es el de participar de esta vigilia,
reunida alrededor de lo que no se sabe: del muerto,
reunida para acompañar y guardar su primera noche en la muerte.

(El velorio gasta las caras;
los ojos se nos están muriendo en lo alto como Jesús.)

¿Y el muerto, el increíble?
Su realidad está bajo las flores diferentes de él
y su mortal hospitalidad nos dará
un recuerdo más para el tiempo
y sentenciosas calles del Sur para merecerlas despacio
y brisa oscura sobre la frente que vuelve
y la noche que de la mayor congoja nos libra:
la prolijidad de lo real.
  
Poema de los dones

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos, cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.


Lo fusilamos de: Jorge Luis Borges, Poesía completa, Barcelona, Lumen, 2011.



sábado, 14 de enero de 2012

Así se hace



“Construimos nuestras viviendas en los lechos secos de los ríos,/ y cuando regresan las aguas desaparecemos en las aguas”. “Aquí en Colombia se reduce democracia a elecciones. […] La democracia es el fenómeno global, de múltiples manifestaciones, y las elecciones son sólo parte o forma manifiesta de esa totalidad. Tomando la parte por el todo, reduciendo el todo (la democracia) a la parte (elecciones), se ocultan las otras facetas o virtudes de la democracia, de que aquí se carece”. “A los desplazados sólo se les ofrece como alternativa el retorno al lugar de procedencia, aunque las circunstancias en que fueron expulsados sigan vigentes y los espere, si regresan, una muerte segura”.
Las citas parecen tomadas de la prensa de ayer, pero las dos primeras fueron escritas en la década del ochenta y la tercera, en la del noventa. Esa característica tienen las palabras de los sabios: que están por encima del tiempo. Que son eternas. Que todos los días parecen escritas ayer. La Colección Letras Vivas de Medellín recoge palabras eternas de hombres y mujeres que “han publicado letras vigorosas”, como podemos leer en las solapas de los libros. Cuadro. Periodismo crítico, de Alberto Aguirre; Un hombre entre dos siglos, de Óscar Hernández; El libro de la vida, de Juan José Hoyos; Poesía sin miedo, de Jaime Jaramillo Escobar; Papeles seniles – Memorias enanas, de Elkin Obregón; Un retrato fragmentado, de María Teresa Uribe de Hincapié, y El sietecueros de Lía, de Rocío Vélez de Piedrahíta.
Los libros los publicó la Alcaldía de Medellín en coedición con tres editoriales de la ciudad y una nacional. Pero estos volúmenes de la Colección Letras Vivas no son los típicos libros que publica una Alcaldía o cualquier institución oficial. No vemos en sus carátulas colores en degradé ni un collage de fotos donde se cuelan dos o tres en baja resolución; adentro no nos toca leerlos en letra Arial sobre un papel blanco barato o satinado, con sangría y espacio entre párrafos, con titulares o cornisas sobreadornados, con párrafos tachonados de palabras subrayadas o en negrita. No. Estos son libros hechos con amor y buen gusto. Que destacan en el anaquel de la librería tanto por los nombres de los autores como por el diseño de los volúmenes.
Es otro producto que la capital antioqueña –y el país– debe agradecerle a la Secretaría de Cultura Ciudadana de la ciudad. Desde 2002, cuando se creó, la Secretaría viene dando ejemplos contundentes de una manera de hacer gestión cultural participativa, creativa, ambiciosa y sostenible. En una palabra, inteligente. Fue la Secretaría de Cultura Ciudadana la que rescató la Fiesta del Libro y la Cultura de la sala de cuidados intensivos. Fue la Secretaría la que estableció, y mantiene, las Becas de Creación, que han entregado estímulos a más de 180 personas nacidas o residentes en la ciudad. (Este año se repartieron 837 millones de pesos entre artistas y creadores, y la cifra aumenta con cada convocatoria.) Fue la Secretaría la que les dio vida a los hermosos edificios donde se construyeron las famosas bibliotecas de Medellín, la que insertó sus construcciones y sobre todo sus contenidos en las comunidades donde están instaladas.
Gestión cultural inteligente… El dinero de las Becas de Creación tiende a quedar entre creadores jóvenes. Entonces los funcionarios de la Secretaría pensaron en una manera de reconocer también el trabajo de escritores antioqueños que participaban en las Becas como jurados y no como aspirantes a los dineros para adelantar sus obras. Y así se comenzó a configurar esta colección, ahora en librerías. Los autores elegidos se concertaron entre la Secretaría y editoriales independientes de Medellín, que vienen haciendo un trabajo notable.
Gestión cultural inteligente… Bajo el modelo de bolsa de negocios, las editoriales trabajan con los autores para depurar el contenido; arman, revisan e imprimen, y la Alcaldía compra una cantidad determinada de volúmenes, entre 250 y 400. Con el dinero de esa venta las editoriales cubren buena parte de su inversión. Y la Alcaldía con sus ejemplares puede dotar a las bibliotecas de la ciudad y el departamento con libros pertinentes. Los autores, como reconocimiento, reciben tres millones de pesos.
Hacer un libro feo cuesta lo mismo que hacer un libro bonito. El valor de cada volumen de esta colección está alrededor de los nueve millones de pesos, y llega a las librerías con un costo entre los 25 y los 39 mil pesos. El diseño de la colección fue aporte de Tragaluz Editores, que quizá está haciendo los libros más bellos de Colombia. La Carreta, Sílaba y Planeta se han encargado cada una de dos títulos, lo mismo que la propia Tragaluz. Todos participan, todos hacen bien su trabajo, con criterios claros definidos de antemano. Gestión cultural inteligente.
Pero la mayor virtud de la Colección Letras Vivas de Medellín es que no se trata de un homenaje obligado, dictado más por la edad de los beneficiarios que por sus fortalezas literarias. Estos libros son clásicos nacionales. Todos. Nos ayudan a entender el país. Es más, nos ayudan a conocer el alma humana, y en ese sentido pueden considerarse también clásicos universales. Y no me está ganando el entusiasmo: ahí están las citas del comienzo de este artículo como muestra tibia e insuficiente, pero palpable. Es un lujo enorme encontrar en las librerías Papeles seniles y Memorias enanas, de Elkin Obregón, siempre tan modesto. Es un gusto leer hoy las columnas que Alberto Aguirre escribió en el diario El Mundo en la década del ochenta, y que se leen fresquitas –la segunda cita del primer párrafo es de su libro Cuadro–. Es una oportunidad de conocernos mejor que las palabras de doña María Teresa Uribe se puedan oír por fuera el ámbito universitario.
Y vienen más. El escritor Guillermo Cardona, que ha estado a la cabeza de todo el proceso –gracias, maestro–, me cuenta que se acaba de publicar la antología de uno de los mejores poetas colombianos y uno de los más silenciosos: Helí Ramírez, y que circula desde diciembre pasado La orfandad de Telémaco, de Elkin Restrepo. Y vienen más: Cardona y su equipo, el secretario de Cultura Ciudadana y el propio alcalde, Alonso Salazar, se han encargado de darle sostenibilidad institucional a la colección. Así se hace. 




Una versión ligeramente distinta de esta nota fue publicada en la revista Arcadia nº 75, diciembre de 2011.

sábado, 7 de enero de 2012

En Buenos Aires (letanías para leer durante la hipotética tercera fundación de la ciudad)

Cementerio de La Recoleta.


En Buenos Aires Bob Dylan suena en la radio, en una emisora de AM.

En Buenos Aires mucha gente lava el carro los domingos afuera de su casa.
En Buenos Aires un tipo de veintitantos conversa con su novia por Skype en un café internet. Cuando corta la comunicación está llorando. No lo disimula.
En Buenos Aires la gente discute, se altera, grita. Pero pocas veces se van a las manos.
En Buenos Aires las librerías, que son muchas, siempre están llenas de gente. Siempre.
En Buenos Aires se toma muy buen café en las cafeterías y se compra muy mal café en los supermercados.
En Buenos Aires el periódico del domingo tiene tanto que leer que te puede durar hasta el miércoles.
En Buenos Aires saben poner una mesa de manera elegante, hasta en los locales más modestos: copa para vino, copa para agua, mantel blanco impoluto, servilletas de tela, cubiertos para plato principal y entrada...
En Buenos Aires los hombres todavía usan gomina. Y seguirán usándola.
En Buenos Aires las mujeres son muy bonitas, pero los hombres lo son más.
En Buenos Aires he llegado a pensar que si viviera acá el tiempo suficiente, hasta me voltearía.
En Buenos Aires hay muchos parques y árboles.
En Buenos Aires la cerveza tamaño personal es de medio litro.
En Buenos Aires, en el barrio de La Boca, unos niños cantan en el segundo piso de una casa vieja. Se acompañan de un bombo. Escucho con cuidado y noto que no están ensayando nanas: están aprendiendo canciones para animar al Boca Juniors.
En Buenos Aires mucha gente toma mate al final de la tarde. Por todas partes se ven personas con su bombilla y su termito.
En Buenos Aires hay muchas especies de pájaros, que cantan y cantan sobre todo al final de la tarde.
En Buenos Aires el barrio es importante.
En Buenos Aires los taxistas fuman. Dentro del carro.
En Buenos Aires se fuma mucho.
En Buenos Aires la palabra que más he oído por ahí es “boludo”.
En Buenos Aires la primera palabra que oí, justo al bajarme del avión, fue “macanudo”. Y fui feliz.
En Buenos Aires siempre hay señoras de pelo muy rubio o de pelo muy blanco en la calle, bajándose de taxis, en las cafeterías, caminando, conversando, paseando a sus perros.
En Buenos Aires hay muchos perros.
En Buenos Aires hay que tener cuidado al caminar porque las aceras, calles y parques están tapizados de caca de perro.
En Buenos Aires oí “Volver” en la radio. Por la ventana, mientras tanto, veía cómo se alargaban las sombras de las lápidas del cementerio de La Recoleta.
En Buenos Aires siempre sirven el café con alguna masita dulce y un vaso de agua mineral.
En Buenos Aires se habla en los diarios, la tele y la radio de un tal De Narváez, que quiere presentarse como candidato a la Presidencia. Mucha gente dice que es narco. Él tiene problemas por eso y porque no es argentino de nacimiento, como obliga la Constitución. De Narváez nació en Bogotá, Colombia.
En Buenos Aires uno puede estar sentado o acostado en la banca de un parque, o en el prado, durante tres, cuatro, cinco horas, y nadie viene nunca, nunca, nunca a joderle la vida.
En Buenos Aires, en incontables y vastas zonas, durante diciembre no hay una sola señal de que sea Navidad. Sí.
En Buenos Aires hubo un gran concierto de AC-DC y a los quince días se presentó Julio Iglesias.
En Buenos Aires, todos los días a la media noche, Alejandro Dolina hace su programa radial “La venganza será terrible”, y uno puede ir a verlo a un teatrito en la calle Corrientes.
En Buenos Aires la cerveza y el vino son baratos. Y están bien hechos.
En Buenos Aires hay muchas cafeterías, y siempre están llenas de gente conversando, o leyendo, o sentadas nomás, solas frente a un café humeante mirando nada.
En Buenos Aires se sigue minuto a minuto el estado de salud de Sandro.
En Buenos Aires se veló el cadáver de Sandro como si fuera el de un héroe nacional. Es que lo era.
En Buenos Aires creen en los ídolos. Los quieren. Los respetan. Los despedazan también.
En Buenos Aires un barrendero de la calle está sentado en un andén a las cinco treinta de la tarde. A su lado, un litro de cerveza empezado. Fuma mientras mira al cielo. Al lado de la autovía, puestos de manera prolija, están su carrito de basura y sus escobas.
En Buenos Aires hay una librería que queda dentro de un teatro construido en el siglo XIX. Es arrebatadoramente hermosa, pero vende lo mismo que todas las librerías de cadena.
En Buenos Aires leí un grafiti que decía “Las plantas no pecan”. Fue en el barrio de San Telmo.
En Buenos Aires caminan por la calle dandis de sesenta y de setenta años, sobre todo por la mañana y al final de la tarde. Nadie puede ser más elegante que estos caballeros.
En Buenos Aires está la calle República de la India. Si alguna vez vivo en Buenos Aires, quiero vivir en la calle República de la India.
En Buenos Aires no se come chunchurria, sino chinchulín. Es la misma tripa de vaca asada, pero mientras la primera palabra puede usarse como insulto, la segunda puede usarse como apelativo cariñoso.
En Buenos Aires uno puede pedir una botella de champán en cualquier parte y no queda como un mafioso.
En Buenos Aires, para celebrar el nuevo año, ponen música brasileña. A la media noche del 31 de diciembre entendí ese reclamo de Charly García que decía “la alegría no es sólo brasilera”.
En Buenos Aires hay estatuas.
En Buenos Aires se respeta el pasado.
En Buenos Aires la manera más entretenida de transportarse es en los colectivos o bondis. Y mire usted, es la más económica y va a todas partes.
En Buenos Aires el Ministerio de Defensa queda justo detrás de la Casa Rosada, y la casa de los militares es tres veces más grande que la de los presidentes.
En Buenos Aires, el último día del año, los empleados de las oficinas públicas y privadas del centro tiran por las ventanas todo el papel inservible y sobrante que usaron y no usarán más. Las calles quedan forradas, forradas, con una suerte de confeti burocrático.
En Buenos Aires todo el mundo habla mal del diario Clarín, pero todo el mundo al menos lo ojea.
En Buenos Aires circulan todos los días al menos siete periódicos.
En Buenos Aires oí este verso en una canción: “sos un biscuit de pestañas bien arqueadas”.
En Buenos Aires están las milongas más elegantes del universo mundo mundial. Y tienen nombres fantásticos como La Ideal, como El Beso, como Niño Bien, como La Viruta.
En Buenos Aires existen bares casi que exclusivos para caballeros sesentones, donde venden tragos de otras épocas como la hesperidina.
En Buenos Aires, sí, se baila el tango.

Publicado originalmente en El Malpensante, nº 126, diciembre de 2011.

Milonga La Viruta.