miércoles, 28 de marzo de 2012

Comer animales, de Jonathan Safran Foer


Cuando nació su primer hijo, Jonathan Safran Foer (Washington DC, 1977) se hizo unas cuantas preguntas. ¿Qué tipo de comida llegaría a su mesa y, en últimas, a su organismo? ¿De dónde viene esa comida? ¿Qué pasa con esa comida antes de comprarla? Pronto fue ampliando el tema con otras preguntas: ¿Por qué comemos carne? ¿Por qué más de la mitad de los americanos comen pavo el Día de Acción de Gracias? ¿Por qué vaca, pescado, y no caballo o perro? ¿Quién escribe la información de la tabla de valores alimenticios impresa en todas las etiquetas? ¿Quién regula lo que comemos? El universo del autor es Estados Unidos, pero es posible aplicar lo que señala en el resto del mundo: por más que moleste, la potencia marca las tendencias.
Después de dos novelas exitosas y tremendamente bien escritas –Todo está iluminado (2003) y Tan fuerte, tan cerca (2005), recientemente llevada al cine—, Safran Foer se dedicó a investigar sobre la carne que comía su familia y prácticamente la totalidad de los habitantes de Estados Unidos. Le tomó tres años revisar los suficientes documentos; viajar por el país; intentar visitar granjas industriales de aves, cerdos y terneros; conversar con personas de la industria de alimentos y con activistas en contra de ella; conocer los emprendimientos de los granjeros independientes, cada vez más pocos, cada vez más apretados. Desangrados, cabría decir, que apenas tienen un uno por ciento (1%) de la participación en el mercado de la carne. Luego compartió el resultado en este libro, publicado originalmente en Estados Unidos en 2009.
Sus cartas están claras desde el principio: es vegetariano. Quiere que su hijo lo sea: “la mía no es una posición complicada. Ni es un argumento velado en defensa del vegetarianismo. Es un argumento en pro del vegetarianismo, pero también en pro de otro tipo de ganadería más sensata y en pro de omnívoros más honorables” (p. 301).
Todos lo sabemos: en los mataderos hay dolor, hay crueldad. No nos lo muestran, y la mayoría preferimos no solo no buscar, sino que miramos para otro lado. Pues bien, parece que es el momento de mirar cómo están haciendo las cosas los encargados de alimentar al mundo. En Colombia y otros países de la región la ganadería conserva todavía algún contacto con las prácticas tradicionales de cuidado y sacrificio de los animales. Pero las fábricas de huevos y pollos ya están bien establecidas, y no hay por qué creer que la tendencia va a detenerse o, menos aún, reversar. (En Estados Unidos la producción industrial de carne comenzó en las granjas avícolas.) Pero la decisión del autor de comer nada más que verduras no obedece solo a la crueldad que se inflige a los animales en los mataderos: las granjas industriales contaminan más el ambiente que el transporte, y no pasa un día en que las noticias no registren un daño en la salud de personas aisladas o de grupos debido a lo que comen.
Pareciera un alegato a favor de una causa que se sobreentiende justa, expresada de la manera más higiénica posible. Esto es, un libro políticamente correcto. Nada de eso. En este libro el autor se viste de negro y se mete ilegalmente en una granja avícola en medio de la noche, y durante la aventura le surgen otras preguntas perspicaces, entre ellas, por qué los granjeros se aseguran de cerrar con llave la puerta de sus galpones. Cuando logra entrar a uno comprendemos esas razones, y no las voy a enumerar aquí porque esto es una reseña, no un catálogo de ignominias. También en el libro conocemos los testimonios de trabajadores de mataderos, grupo compuesto sobre todo por inmigrantes ilegales, con una rotación de personal que alcanza el 150 por ciento anual y con la mayor incidencia en accidentes laborales: 27 por ciento cada año. Los empleados sufren abusos, y –tan simple y tan cruel como suena— se desquitan con los animales. “Aquí no hay lugar para bromas ni para mirar hacia otro lado. Digamos lo que hay que decir: los animales son desangrados, despellejados y descuartizados estando conscientes. Sucede constantemente y tanto la industria como el gobierno lo saben” (p. 284).
Todos hemos oído los mitos sobre gallinas a las que les cortan los picos y les ayudan a crecer en poco tiempo a punta de medicamentos; de los cerdos que no se pueden mover o ni siquiera parar de lo grandes y gordos que están; de las toneladas de antibióticos que les dan a estos animales para que puedan llegar vivos al matadero, y de la salmonela y otras bacterias que transmiten a pesar de –o debido a– esa cantidad de medicamentos. Lo vimos en Food Inc., el documental de Robert Kenner, y en Fast Food Nation, la película de Richard Linklater, o al menos llegaron hasta la casilla de correo electrónico fotos espeluznantes de animales maltratados en una presentación de Power Point, si es que alguien todavía las abre. Pues bien, esos mitos no son mitos, son verdad: con la ingeniería genética y de alimentos las granjas industriales han modificado definitivamente los genes de los animales. “De 1993 a 1995, el peso medio de las aves aumentó un 65 por ciento, mientras que el tiempo que tardaban en llegar al mercado se rebajó en un 60 por ciento y sus necesidades de comida en un 57 por ciento” (p. 136).
El libro comienza como una memoria: la llegada de su hijo, las cenas de la infancia en casa de la abuela, la historia de su perrita George. En este movimiento inicial oímos ecos de Todo está iluminado: la familia, las raíces, el contundente ancestro judío, las grandes preguntas, la vida y la muerte. Pero pronto toma el aspecto de un reportaje con aventura, datos duros, voces y cifras que van trazando un mapa de la atrocidad. “Sentí vergüenza por vivir en una nación que goza de una prosperidad sin precedentes, una nación que gasta menos en comida que ninguna otra en la historia de la humanidad, pero que en nombre de los bajos costes trata a los animales que come con una crueldad tan extrema que sería ilegal si se le aplicara a un perro” (p. 55).
Después de leerlo algunos querrán volverse vegetarianos, y al parecer así ha sucedido con bastantes lectores, incluidas algunas figuras públicas que han dado testimonio (Natalie Portman dijo que el libro la animó a pasar de vegetariana a vegana: no voy a comentar nada al respecto). Por lo menos, las preguntas que uno se hace cuando compra comida van a cambiar. O si no se hacía preguntas, se las va a hacer. La lectura de Comer animales cambia algo de nuestra vida –como dice la frase comercial de la carátula: en este caso no es publicidad engañosa ni una cita sacada de contexto–, y yo creo que para bien. Se trata de tomar mejores decisiones, o al menos decisiones mejor informadas, en algo tan esencial como lo que llevamos a la mesa, y en últimas a nuestro organismo. Y encima de todo está muy bien escrito, es divertido y doloroso, es cortés con la información y con el lector. J. M. Coetzee fue categórico: “es tan convincente, que cualquiera que haya leído el libro de Foer y continúe consumiendo los productos de la industria, o no tiene corazón o es impermeable a la razón, o las dos cosas”.


Jonathan Safran Foer, Comer animales, Barcelona, Seix Barral, 2011, 430 páginas.

Una versión más extensa de esta reseña saldrá publicada en la revista Número 71, de próxima aparición.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Decálogo del perfecto sibarita

Imagen tomada de: www.esquire.com


Publicado originalmente en la revista Carrusel, nº 1555, julio 8 de 2011.

Un decálogo del perfecto sibarita se podría parecer mucho —y peligrosamente— a  una lista de diez consejos para disfrutar la vida. Dejémosle ese trabajo a Walter Riso, que es quien sabe. Por otro lado, se supone que el sibarita se complace con lo bueno y lo bello, y lo que es bueno y bello para uno puede no serlo para otro: no estoy diciendo nada nuevo. También está el cliché del sibarita como un señor maduro, bronceado, de cabello negro y patillas grises, fulard de seda y saco azul cruzado, mirando a contraluz las iridiscencias que le lanza un cognac desde una copa barrigona. Y los manuales de escritura aconsejan huir de los clichés. Entonces, para atender a la amable invitación de esta revista, evitando las consejas y huyendo del cliché, intenté componer una lista de diez materias o asuntos que debería observar alguien que se precie de ser sibarita o que quiera serlo. Yo no lo soy, apenas me gustan las cosas buenas. Para mí, por supuesto. Quizá la lista pueda servirle a alguien, al menos para armar el suyo.

I
Busca satisfacer tu placer por sobre todas las cosas, esté donde esté. Si crees que la belleza o el placer están en saltar en paracaídas desde un edificio, degustar un pescuezo de gallina relleno a la entrada de Ibagué o desayunar caviar y mimosa en el Península de Hong Kong, refocilarte con una dama gordita o pasar un fin de semana en una cueva… adelante. Nunca te deben quedar en la cabeza frases del tipo “si hubiera hecho…”, “debí probar…”, “¿Por qué no fui a…?”.

II
Acepta las equivocaciones como tropiezos menores en el camino que conduce a la satisfacción sibarita absoluta. Al probar te vas a equivocar. Lo que te queda de ello es que siempre vas a recordar ese taco de carnitas a la salida de la estación del metro en Chapultepec, por decir algo, que te envió al hotel y no te dejó salir de allí en dos días. Ese conocimiento es parte de la educación sibarita.

III
Sigue únicamente tus propios e íntimos impulsos. Para el perfecto sibarita no existen modas ni tendencias, no importa la propaganda. Por definición, el sibarita es autosuficiente e independiente en todo sentido. Incluso en el moral.

IV
No importa tanto la marca del objeto como el material con que está hecho. Pero las marcas más prestigiosas, más finas, más confiables utilizan los mejores materiales. El perfecto sibarita usa, por principio, marcas reconocidas. (En mi colegio usábamos una expresión perfecta: “es marquillero”).

V
Para ser un perfecto sibarita no hay que ser rico. El perfecto sibarita no tasa los objetos por su valor de uso ni por su valor de cambio, sino que se guía por una suerte de valor de apreciación. Tendrá objetos costosos, consentirá lujos extravagantes, pero también debería atender a cosas y usos humildes si en ellos encuentra belleza. Un nuevo rico nunca va a ser un perfecto sibarita, porque no aprecia los objetos en sí mismos, por bellos, sino por lo que significan o por lo que le van a representar en reconocimiento social. 

VI
Dale a los momentos gratos el tiempo que merecen. Un sibarita apurado es un oxímoron. Un sibarita debería conocer el significado de la palabra oxímoron.

VII
Atiende a los detalles. El perfecto sibarita es detallista tanto en su comportamiento como en su apreciación de objetos y usos. Ese adjetivo bien puesto, ese chelo que suena bajo y sutil en la sinfonía, la señora que amasa con paciencia al lado del fogón de leña, la manera en que estrechó tu mano esa señorita, la ceja naranja en el horizonte al atardecer… Esas cosas poco perceptibles y aparentemente sin importancia aderezan los días del sibarita.

VIII
Sé cortés. No hay que confundir sibaritismo con soberbia, aunque muchos sibaritas lo sean. Pídele al camarero los huevos benedictinos como te gustan, y si no están bien hechos, vuélvele a explicar con cortesía. Hay que tener compasión: la salsa holandesa es un arte complejo. El perfecto sibarita está habitado por la bonhomía. 

IX
Viaja. Conocer otros mundos amplía las perspectivas de comparación, alienta la búsqueda de más altos estándares en todo. Y que tus viajes sean unos cinco estrellas y otros mochileros. Si tienes dinero, puedes viajar mochilero con dinero, que es la mejor forma de conocer: los hoteles cinco estrellas de todo el mundo se parecen. El perfecto sibarita no conoce las ciudades desde un autobús con aire acondicionado y guía turístico. Nadie conoce una ciudad de esa forma.

X
No necesitas saber francés para ser un perfecto sibarita. Pero sí necesitas hablar bien, expresarte de manera adecuada y correcta. Un perfecto sibarita no puede tener mala ortografía. Un sibarita no dice ecsenario. Lee, y no solo la revista Summus ni la guía Michelin, aunque también. Un sibarita debería frecuentar verdaderos cultores de la bella prosa. Un Henry James, un Alejandro Rossi, un Borges, un Flaubert. Un Alberto Salcedo Ramos, para atender también el ámbito local, o un Darío Jaramillo Agudelo.