sábado, 26 de mayo de 2012

Messi, de Leonardo Faccio



Este libro es un perfil extenso de Lionel Andrés Messi, una crónica de su vida, pero también un ensayo sobre la fama, sobre el universo del fútbol, sobre cómo se va haciendo un ídolo joven, sobre la estrategia del Barcelona para convertirse en el mejor equipo del mundo. Mira detrás de la cortina de noticias que produce dos veces por semana el jugador argentino: su casa, su familia, los amigos que dejó en Rosario, los abuelos, los hermanos… Podemos ver a Messi un poco en la intimidad, sin ser una clásica “biografía no autorizada”, sembrada de verbos en condicional y chismes de alcoba. No: aquí no hay habladurías ni datos no confirmados por varias fuentes.

Como las buenas crónicas cuenta a fondo la historia, pero también la manera en que el autor compuso esa historia. El libro está dividido en tres partes, cada una enfocada en un momento de la vida del astro: 2009, 2010 y 2011, cada una dispuesta a partir de un encuentro cercano del periodista con el futbolista. Antes no era astro, después no sabemos. En 2009 Lio Messi está llegando a la cima, y Faccio insiste durante nueve meses para tener una entrevista con él. Le dan quince minutos. Vemos llegar a Messi desganado al encuentro. Ha suspendido unas vacaciones en Disney para volver a Barcelona a entrenar, y a partir de este punto comienza a perfilarse el jugador, que parece existir solamente cuando juega: “Lejos del balón, Leo Messi parece un clon sin baterías del jugador electrizante que todos conocemos”.   

Entre la crónica y el ensayo discurre esa primera parte —y las siguientes—, que va desenvolviendo el pasado del ídolo mientras el periodista cruza unas preguntas con él: “De niño padecía una especie de enanismo, un trastorno en la hormona del crecimiento […] Visto de cerca, Messi tiene ese aspecto contradictorio de los niños gimnastas: unas piernas con músculo a punto de explotar debajo de unos ojos tímidos que no renuncian al fisgoneo”. Se le dibuja como un hombre, más que tranquilo, aburrido, sin mayores ostentaciones, que no encuentra mejor manera de pasar el tiempo sin balón que durmiendo, jugando Play Station o enviando mensajes por su BlackBerry: “hace la siesta para recuperar fuerzas, pero sobre todo porque no le apetece hacer otra cosa después de apartarse de un balón”. Dormir es un antídoto para las horas en que no juega: “Nadie se aburre cuando duerme”.

El segundo momento del periodista cerca del jugador, en 2010, es durante la grabación de un comercial de Adidas. Messi llega cojeando y repitiendo una ligera mueca de dolor cada que apoya el pie derecho, y leemos a continuación una bien hilada historia de sus lesiones, desde la primera cuando tenía menos de un año y lo atropelló una bicicleta —fractura en el brazo— hasta la última seria, que lo alejó del primer equipo del Barça durante un mes entero. También leemos las obligaciones que tiene el mejor jugador de fútbol del mundo: “En su mejor época, Maradona jugaba un promedio de cuarenta y cinco partidos al año; en la temporada 2010, Messi estaba al filo de los sesenta encuentros anuales”. La letra menuda de la sobreexposición, así son las cosas ahora. Pero no fueron siempre así, ni en el deporte en general ni en el fútbol o el Barça en particular: el autor disecciona la formación de Messi y los jugadores de su generación en La Masía, y repasa todo el método que ha venido practicando el club español desde hace cuarenta años. (Qué provechoso sería que dirigentes y periodistas deportivos colombianos leyeran con juicio al menos esta parte de la crónica.) Faccio conversa con la cocinera, con el profesor de sistemas, con otra profesora de la época en que Messi tenía 13, 14 años y llegaba siempre tarde a todo. Un informe de fin de año de uno de los tutores completa la imagen que vimos del jugador y que vamos construyendo al lado del cronista desde las primeras páginas: "Ha sido el jugador que menos participación ha tenido en este trabajo. Cuando ha podido trabajar, lo ha hecho siempre a la sombra de sus compañeros, sin ningún tipo de iniciativa, pero de una forma correcta". 

En 2011 el jugador está en la cumbre de su fama, y el periodista está cerca de él, su familia y compañeros del club en un hotel cinco estrellas de Suiza, a punto de salir a los cuarteles generales de la FIFA para la entrega del Balón de Oro. Todavía no se sabe a quién se lo darán, y Messi está un poco nervioso. O, mejor, incómodo: se ha puesto un esmoquin y se le ve inquieto. Claro, es un chico de barrio. Y hasta allá, hasta Las Heras en el sur de Rosario, se va el autor a conversar con sus vecinos, con los abuelos del jugador, que manejan una panadería destartalada, con el entrenador del equipo infantil donde empezó, el Grandoli. “Es uno de esos barrios donde las monedas son importantes y las casas son de una sola planta”: hermoso. Como en los anteriores capítulos, el autor ha venido abriendo ventanas a partir de ese encuentro cercano que tuvo con el jugador, ventanas que antes de irse a dormir con el punto final del capítulo va cerrando con delicadeza. 

Mientras leía Messi pensé con frecuencia en otro gran perfil de un ídolo en el límite de su fama: “Frank Sinatra está resfriado”, de Gay Talese, una de las piezas canónicas del periodismo literario y catalogado por muchos como el mejor artículo publicado en los casi 80 años de la estupenda revista Esquire. Pues bien, sin exagerar un milímetro puse este perfil de Messi exactamente a la misma altura.


Leonardo Faccio, Messi. El chico que siempre llegaba tarde [y hoy es el primero], Barcelona, Debate, 2012, 192 páginas.

lunes, 14 de mayo de 2012

Fusilado: Elkin Obregón Sanín

Foto tomada de: Red de Bibliotecas,
http://bit.ly/IQV2vN

El oficio por el que se le reconoce es el de caricaturista, pues lo fue durante veinte años en los dos diarios de Medellín, El Mundo y El Colombiano. También se le recuerda, cada vez menos, por su célebre historieta Los invasores, que reclama una reedición. Pero Elkin Obregón Sanín es sobre todo un lector y un conversador. El ático de su casa, en la calle Echeverri de Medellín, es una cálida biblioteca llena de libros viejos y nuevos, de películas en todos los formatos, de discos larga duración de guabinas, bambucos y obras selectas de música clásica. Allí siempre está Elkin, y “a la oración” (la expresión le gustaría, creo) llegan amigos y amigas a conversar, a reírse, a demorar en varios sorbos un aguardiente o un ron. Pero no se crea que este escenario alienta nada más que conversaciones eruditas o solemnes. En ese zarzo cobijado por los libros y los discos se conversa, literalmente, de lo divino y de lo humano. El propio Elkin señala en la breve presentación de su libro Papeles seniles: “Esto es una miscelánea de anécdotas, frases, pequeños recuerdos, versos, confidencias, imágenes fugaces, papelotes de diversa y humilde índole. Algunos, la mayoría, fueron escritos para este libro, otros encontrados en viejas carpetas, otros sacados del fondo de mi computador. No obedecen a ningún orden cronológico ni de escritura, no buscan demostrar nada. Si acaso, pretenden parecerse, temo que sin ningún éxito, a una conversación”. En ese zarzo también se dibuja, hay un cuchiclub de cine, se juega ajedrez. Pero esa es otra historia.

La estupenda Colección Letras Vivas de Medellín recogió dos libros de Elkin Obregón, Papeles seniles y Memorias enanas. Ambos eran inconseguibles, así que va el aplauso para editorial Planeta y para la Colección. De ese volumen separo unos pocos textos, para antojar al respetable. Para mí, es un libro esencial que no debería pasar desapercibido.


Papeles seniles

Otoño en Madrid

Viajando en un bus por el Paseo de la Castellana, alcancé a ver a dos ancianas sentadas en un banco al borde de la acera. Era otoño y andaban embutidas en gruesos abrigos de pobre. Imaginé en sus rostros el abandono de la soledad, pero también el consuelo de su compañía y la cercanía de la muerte. Más allá de museos, teatros, cines, parques, es tal vez la imagen que más me duele de aquella ciudad, la que me resisto a olvidar.

El mundo es de los cobardes

Me inscribo en un torneo de ajedrez que tendrá lugar en el inolvidable Club Caysa, situado en un segundo piso en la esquina de Junín con Caracas. Pierdo la primera partida y después, inexplicablemente, les gano a dos “duros” del juego. Yo mismo no me lo creo. Mi siguiente partida será en la noche del domingo, frente a un contendor que ha demostrado ser fuerte a lo largo del torneo. Por nuestro mutuo buen desempeño se nos concederá el honor de jugar con reloj. Salgo de mi casa a tiempo y a cada tranco que doy me atenaza más y más el temor de que mi cuarto de hora termine esa noche, y la realidad me vuelva a poner en mi sitio. No sé cuántas veces paso y repaso frente a la entrada del Club.
Pierdo por W. O.

 Invocando a Karin
Para Viviana

Muy niña aún, ella subiría al zarzo donde suelo charlar con mis amigos. Es hora de que se vaya a dormir, pero quién la convence. Con los ojos abiertos como platos, se acuesta en mi sofá, dispuesta a beber esas palabras de los mayores que, vaya a saberse por qué, la fascinan o la intrigan. El papá (yo) no quiere autoridad para negárselo, y el tiempo pasa en el zarzo con esa muda testigo, que escucha las bobadas de siempre. Bobadas, digamos, como éstas: “El deber primero de los padres —afirmo— es tratar de hacer felices a sus hijos”. “Lo dice muy fácil —responde Klaus— alguien que, como tú, no los tiene”.
Frase imprudente, teniendo en cuenta que tal vez Karin aún no duerme. Y la noche fluye, y de pronto Karin ya no está.

 Nadaísmo a la carta

Gonzalo Arango leía sus manifiestos nadaístas de noche, siempre en sitios públicos. Trepado en un muro del Pasaje Nutibara, por ejemplo, con la calle abajo. O parapetado en algún lugar del Parque de Bolívar, tal vez, no lo recuerdo bien, la mismísima estatua del prócer. La muchachada que lo rodeaba disfrutaba encantada (disfrutábamos) de aquel curioso espectáculo, jamás visto antes por estos lares. Y todas sus palabras eran música para nuestras rebeldías recién nacidas.
Después, al releerlos impresos, aquellos textos se revelaban obsoletos, y casi paródicos. Retazos de manifiestos surrealistas, dadaístas, futuristas, creacionistas. Olores a Breton, a Lautreamont, a Marinetti, a Tristán Tzara. Todo muy trasnochado y envuelto en un mar de retóricas. Mucha “poesía maldita”, mucha exaltación de “la belleza”, muchas luces de artificio. Sustancia, poca. Todo muy parecido, en el fondo, a la palabrería hueca de nuestra “cultura” literaria oficial, que tanto decían ellos odiar y combatir.

La primera vez

Cada cierto tiempo, en programas radiales o en entrevistas de prensa, surge la consabida pregunta: “Cuándo fue su primera vez”. A mí nunca me la han hecho, pero no tengo problema en contestarla. Mi primera vez fue mi primer beso. El último no me será concedido.


Memorias enanas

Pedro

En primero de primaria la estrella era Pedro Álvarez. Lo primero que veo es un juego, en los recreos, donde un grupo desplazaba al otro hasta dejar un solo ganador. Ese ganador era siempre Pedro. Corría entonces por el patio, olímpico y sonriente, celebrando sin énfasis su victoria. Yo lo veía casi como a un dios, un ser dotado con el nimbo del triunfo. En la clase no era el mejor, no necesitaba de tales nimiedades, pero sí el consentido de la maestra, que se rendía como nosotros a su encanto. Algo había en él que nos hacía envidiarlo y seguirlo. Era un born winner, un elegido, bello, displicente, apolíneo. Ser como Pedro, parecernos siquiera a él, era nuestro deseo secreto. Poco a poco, con el paso de los cursos, se fue desdibujando un poco, ocupó sin estridencias su lugar en la tierra.
El mismo que ahora ocupa, también sin estridencias. Es hoy un ejecutivo, respetable y gris. Más que en las páginas económicas, se le menciona a veces en las sociales. Todos los años la prensa lo registra, con su mujer y sus hijas, en la feria taurina de Medellín. En esas fotos luce satisfecho, siempre joven y simpático, en su barrera de sombra. Creo que se reiría —nunca estuvo dotado para el asombro— si alguien le dijera que alguna vez fue un dios.

Los grandes

Los grandes no nos determinaban. Bastaba estar un año adelante para ser grande. Pero en todos los grados había tareas que exigían un dibujo. Los grandes llegaban entonces hasta mi pupitre, súbitamente cordiales. Yo trazaba orgulloso en sus cuadernos los rasgos de Policarpa Salavarrieta o de Simón Bolívar. Era mi momento de triunfo. Una vez complacidos, aquellos seres superiores volvían a ignorarme. Yo regresaba al anonimato, resignado y sonriente. Pero tal vez ese último rasgo de inteligencia es falso; los niños no sonríen.

El abuelo

Casi no tuve abuelos. Los maternos murieron antes de que yo naciera. De los paternos, doña Rosa es una imagen vaga y sonriente, perdida en mi primera niñez. La sobrevivió don Pedro. Algo en él me repelía, por distante; fue siempre para mí una presencia lejana. Los domingos íbamos a visitarlo. Vivía en un chalet en La América, con sus hijas. Era un anciano silencioso, delgado, ausente. Sentado en una vieja silla, inmóvil, no parecía prestar atención a sus nietos. Nunca lo amé, no fue para mí el abuelo cariñoso o solidario. No sentí su muerte. Pero me asustó la visita a ese velorio al que por fuerza debía asistir. Felizmente, el ataúd estaba cerrado. Flotaba por esa casa que me era casi extraña un olor de velorio, y una confusión de parientes y vecinos. Me refugié en un rincón, amedrentado, tratando de aislarme. Pasaron las horas. Luego se realizó el funeral en la iglesia de la parroquia y los deudos volvieron a la casa del abuelo. No todos. Mi papá se fue con sus tres hijos a una heladería cercana. Comimos helados, hablamos con él de las cosas de que hablan los niños. La muerte se fue alejando, volvimos a ser felices. Era ya de noche cuando regresamos a la casa. Esa tarde presidió la gloria de mi padre.


Lo fusilamos de: Elkin Obregón S., Papeles seniles – Memorias enanas, Bogotá, Planeta, Colección Letras Vivas de Medellín, 2011.

martes, 8 de mayo de 2012

De la tele a la biblioteca

Foto: Revista SoHo.

Con el título "La farándula escribe literatura", este artículo apareció en el número 105 de la revista SoHo, enero de 2009.


En algún momento de la noche debemos apagar nuestros televisores. Pero no lo hacemos porque queremos cerrar los ojos a las muestras de talento histriónico que los actores y actrices nos regalan en las telenovelas de nuestros dos canales privados: lo hacemos porque nosotros, el público, somos mortales, y mañana tenemos que trabajar. Pero esas estrellas son altruistas, y adivinan que aun con los televisores apagados nosotros querríamos seguir a su lado, así que algunos aprovechan los dones con que fueron ungidos y nos obsequian otras aristas de su talento. A unos les da por grabar un disco, y ahí está como prueba, por poner un único ejemplo, esa obra inmortal de Amparo Grisales, injustamente olvidada y sorpresivamente titulada Seducción. Otros han emprendido el camino de la literatura, y de ese empeño me voy a ocupar en este artículo. Pero iré más allá y revisaré dos casos que no pueden pasarse por alto, dos obras no de actores pero sí de personajes mediáticos que han querido compartir con nosotros, en un acto impagable de munificencia, sus escarceos con las musas.

Aura Cristina se confiesa

En buena hora editorial Planeta convenció a la gran diva Aura Cristina Geithner para que despojara su alma de los afeites propios de su profesión y nos la mostrara como apareció en las páginas de SoHo hace algún tiempo: desnuda. Imagino que detrás del título tan original, Confesiones, hubo un arduo proceso de toma de decisiones en el que participaron la editorial, la poeta, su hermano John, Harry Jr., Catherine, el “pájaro pinto” que le enseñó a la poeta “que la poesía es de color naranja”, así como otras personas que no aparecen en la prolija lista de agradecimientos que encabeza el libro.

Leer la solapa donde ella expone con humildad su periplo vital nos prepara para entrar a una obra que bebe de una variopinta tradición literaria: la poeta reconoce la influencia de “Hermann Hesse, Hemingway, Henry Miller, Anaïs Nin y otros que se encontraban escondidos dentro de mis cajones y almohadones”. Y no tenemos más que darle la razón sobre la influencia de Hesse cuando leemos: “Fue un otoño adormecido de invierno/ cuando tu umbroso halo/ cayó en mí”. La voz de Henry Miller, espíritu libre como el de la autora, se oye en múltiples versos de erotismo contenido, como ese que dice con elegancia: “Mojada por tu sudor de noche/ saboreo de tu cáliz/ y peino lentamente, suavemente/ ese bucle tuyo/ enfermo de amor”. Y es aún más recia la voz de Miller en el que es quizá el poema más impactante de Confesiones: “Morbosa tu voz/ cuando el reloj se atreve a mirarme/ desnuda/ con encajes/ sin ellos…/ Morboso tú, yo/ morboso arriba, abajo/ mi inspiración”.

En una muestra de versatilidad con escasos precedentes en la tradición poética castellana, la que es tigresa entre las sábanas se transforma en una colegiala de falda a cuadros que va salticando por la acera del barrio con sus cuadernos pegados a su pecho, cuadernos donde pudo haber escrito versos tan tiernos y profundos como éstos: “Hoy vi la luz/ Hoy te vi/ hoy”. Muchas mujeres habitan en esta poeta de variados matices y múltiples voces. Sea esta muestra apenas una invitación para que los lectores de Soho corran a la librería más cercana y adquieran este libro imperdible.

El poeta escondido

Apidama es una silenciosa editorial que desde el 2002 viene publicando lo más selecto de la poesía colombiana y peruana. Según su página web, quiere hacer énfasis en poetas mujeres, pero eso no limitó a sus directivos para engalanar el catálogo de la editorial con el primer poemario de otro artista integral, el siempre vigente Danilo Santos. Quizá haya lectores desatentos que no advirtieron la apabullante cantidad de reseñas y comentarios que tuvo este libro en el 2007, año de su publicación. A ellos quiero llamarles la atención con esta breve reseña de De cara al fuego. 

Aquello de “artista integral” adquiere toda la dimensión en este vate colombiano. Ya desde el primer párrafo de la solapa se nos dice que es un “Apasionado desde niño, por la poesía, la escultura y el dibujo. Segundo puesto en el Concurso Intercolegial, Prismacolor, 1968. Escribe poemas desde la adolescencia”. No he movido una sílaba, una coma, de este recuento: ahí, en absolutamente todas las librerías del país, está el libro para quien quiera confirmarlo.

El bardo Santos ensaya en sus versos la rima asonante al tiempo que busca en las profundidades de su alma: “No sé si es la luz/ de mi entendimiento/ o mi carne que se consume/ a fuego lento”. Por otra parte, echa mano de lo más selecto del lenguaje popular, de la calle, para alcanzar una nueva manera de ver el amor apasionado: “fundiéndonos, quemándonos/ izando bandera y penetrando mi ser/ en tus entrañas”. Ahí no terminan sus acercamientos al más fino erotismo; en otro poema podemos admirarnos con estos versos: “Mojé mis ganas en tus senos/ acaricié tus montañas con mi cuerpo/ y dejé resbalar mi carne en tu recuerdo/ y en tu pasión quedé muerto”.

Pero su registro no se agota en el erotismo, pues el rapsoda también se pasea con soltura por la poesía social, comprometida, en piezas como “Silencio de fusiles” o “El otro día me robaron”, que dedica “A los personajes públicos”. También se deja acosar por las preguntas más profundas que puede hacerse un ser humano sensible como él: “¿Por qué estamos tan mal diseñados?/ ¡Porque lo pienso en la carne!/ ¿Por qué somos tan vanos?”, se pregunta en “El cristal de mi ataúd”, bello título. Este pequeño gran libro –62 poemas– amerita un estudio en profundidad que rebasaría el alcance de este artículo. Como en el caso del anterior, valga este comentario apenas como abrebocas para que los lectores interesados en la alta poesía lo busquen y lo paladeen al calor de la chimenea, con una copa de vino caliente al lado como silenciosa cómplice.

Un libro que “reduce la poesía a sus injustas proporciones”

La frase del subtítulo no es mía, es de Óscar Domínguez cuando comentó el libro del que me voy a ocupar: Sentimientos y ternuras, de Amparo Canal de Turbay, y hace referencia a la frase del esposo de la poeta y uno de nuestros más eximios presidentes, el doctor Julio César Turbay Ayala: “Hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”.

Sí, ya sé, la señora Canal no es actriz, pero es un personaje público que compartió su sentir poético con los colombianos, y por eso se justifica su inclusión aquí. Es más, entregó su inspiración no sólo una, sino cuatro veces: Sentimientos y ternuras ha tenido secuelas hasta el año pasado, cuando doña Amparo alumbró el panorama poético nacional con Sentimientos y ternuras IV. Larga vida a esta dama desprendida. 

Doña Amparo recoge el deseo de toda una nación cuando le dice a su amado que él es “el Patriarca/ que todos queremos ser”, él es “la lección que todos debemos aprender”. Ella, como todos los colombianos, advierte en el objeto de su afecto lo que todos vemos: “Te veo hermoso/ Grande, inteligente./ Te veo luchador/ Por tu patria/ Por tu gente”. Como los grandes poetas, para doña Amparo la idea es esclava de la forma, y por eso logra versos arrebatadoramente bellos sin sacrificar el contenido: “Llévame amor, no me dejes sola/ A los mares para disfrutar las olas/ A las montañas para gozar a solas”. No queda más que agradecerle a la poeta estos libros y el haber sabido traducir el sentimiento de toda una nación hacia ese prohombre que fue el doctor Turbay Ayala. Que vengan muchos más Sentimientos y ternuras: en unos años quiero solazarme con la entrega número XIX.

El resultado del esfuerzo

Patricia Castañeda es humilde: sabía que no podía alcanzar las cimas poéticas de sus colegas y por eso ensayó un libro de cuentos titulado La noche del demonio. Muy original por cierto, Patricia antecede al título de cada cuento el número de un apartamento: “Apartamento 502. Nokia”, “Apartamento 101. Agujas y porcelanas”, “Apartamento 501. Cuarto oscuro”, y así. Nos entrega pues un decantado ejemplo de literatura urbana. Enhorabuena, nos hacía falta.

La autora asistió a cursos de escritura creativa en HB Studio en Nueva York y en la Universidad de los Andes. Tal empeño se nota en frases cinceladas que denotan esfuerzo y trabajo: “Fue una jornada que no le dejó esquirlas de cansancio”, o “La angustia de la noche anterior desapareció con la misma libertad con la que llegó”. También se nota en la recreación de situaciones que eluden el lugar común, como esa en la que un joven con una ginebra en la mano cruza su mirada con una chica sexy toda vestida de negro que lee a Jim Thompson en un “solemne café”: “Él quedó hechizado. Hechizado con aquellos ojos de almendra… su mano izquierda delineó el contorno del cuello con una feminidad enfermiza”. Apenas hay un paso de ahí a encontrar a la chica al día siguiente preparando café únicamente vestida con la camisa de él. Lo nunca visto.

No quiero dañar la originalidad y el suspenso de muchos de estos cuentos comentándolos detenidamente. La atrapante y moderna prosa de Castañeda está al alcance de cualquiera.

Inteligencia militar

Termino este comentario recomendando otro libro que no debe faltar en las bibliotecas de todos los colombianos: La muerte de Madame Taconcitos, novela escrita por el ex director de la policía, Luis Ernesto Gilibert. Pero advierto: si lo buscan por este nombre quizá no den con el título, pues el general ha adoptado el enigmático seudónimo de L. E. Gilibert para su debut literario. Una historia ambientada en la Bogotá de principios de siglo cuyo protagonista es el fundador de la policía, Juan Marcelino… Gilibert, abuelo del autor. Este sagaz investigador ocupa un papel central en la investigación de la muerte de una famosa confeccionista de muebles de la Bogotá de comienzos del siglo XX: presta su casa para que se esconda el investigador principal, y oye con paciencia los pormenores del caso durante algunos días. De esta manera, Sherlock Holmes, Poirot, Sam Spade, Marlow y todos los investigadores clásicos del género negro quedan opacados por este sabueso cachaco.

Pero no deberíamos considerar del todo esta novela como dentro del género negro; se trata más bien de una novela de costumbres que retrata con precisión la idiosincrasia bogotana y por extensión, colombiana de la época: las comisiones en busca de favores, los viajes constantes a París, el permanente interés por la comida, la segunda intención siempre escondida, el francés cada tres frases: “un nouveau riche detestable, aunque viéndolo bien, hijito, los ricos nunca son detestables aunque sean nuevos”, señala un personaje. Ahí estamos pintados, con diminutivo y todo.

Para algunos la expresión “inteligencia militar” plantea una contradicción en los términos, pero esta novela de L. E. Gilibert viene a contradecirlos a ellos.


Acá termina este repaso somero por la literatura creada por algunos personajes de nuestra farándula local. Su valor no radica en que están firmados por luminarias: todos acusan valores literarios intrínsecos que los convierten en piezas literarias comparables con los clásicos de la literatura colombiana y aun universal. Groucho Marx dijo una vez: “La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien enciende la televisión, voy a la biblioteca y me leo un buen libro”. ¿Qué mayor satisfacción puede encontrar un televidente con inquietudes literarias, que ver en su biblioteca los libros de quienes lo acompañan cada noche en las telenovelas, en los noticieros? Quizá ambientar la lectura con las melodías inmortales del disco de Amparo Grisales o con uno de Juan Harvey Caicedo.