sábado, 28 de julio de 2012

Una visita a Gustavo Álvarez Gardeazábal




Con el título "Soy un ícono gay", esta crónica apareció en el número 81 de la revista 
Arcadia, junio de 2012.


Y por supuesto no tienen que pagar nada. Esto hace parte de las atenciones del imperio Gardeazábal dice Gardeazábal con una sonrisa.
Nos ha acomodado en el carro de un conductor amigo suyo, que nos llevará al fotógrafo Juan Carlos Sierra y a mí hasta el aeropuerto de Cali. Cae la tarde en el bochorno sin brisa de Tuluá, un municipio de 200 mil habitantes a 120 kilómetros de la capital del Valle del Cauca, y donde el escritor nació y ha vivido siempre. Las atenciones empezaron por la mañana, cuando llegamos hasta su finca El Porce, a veinte minutos en carro del municipio.
Lo primero que llama la atención del “imperio Gardeazábal” es la austeridad. No parece corresponder con lo que leí en revistas y diarios antes de llegar, donde se mencionan almuerzos todos los días con ministros, senadores y empresarios de todo el país, en los que él ejerce como anfitrión y oráculo. Esta es una casa pequeña, algo oscura, rústica. De puertas pintadas color naranja y techo de Eternit, como cualquier casa modesta de pueblo. Eso sí, un aire acondicionado al máximo refresca el calor espeso que se va levantando afuera a medida que avanza la mañana. Un empleado de la finca nos pide que esperemos al doctor Gustavo en una salita donde hay una tabla de jamones y quesos bien surtida, y en un rincón una mesa con licores y refrescos de todo tipo.
Gardeazábal no es de las personas que entran a un lugar, sino de las que hacen una entrada. Camina majestuoso, recio, mientras sonríe y saluda de mano con apretón. Desde su altura, no más de 1,65 m, parece querer llenar el lugar. Y dispara:
¿Y cómo es un especial gay? ¿Sacan a Sánchez Baute? Él vive de ser loca, y lo administra bien.
Son legendarias su lengua afilada y sus ocurrencias. En una reseña de la novela Las cicatrices de don Antonio, Luis H. Aristizábal cuenta que en un congreso de escritores, después de la intervención de Gardeazábal, alguien del público se despachó contra el escritor, “a quien tildó lo menos de inepto, renglón seguido rechazó su presencia ante tan digna asamblea como algo insultante para el prestigio de las letras, y pidió casi a gritos que el escritor tuviera la decencia de no volver a escribir en su vida”. Álvarez recibió la andanada sin despeinarse, y cuando el energúmeno al fin se calló contestó con voz tranquila: “Ya te dije que te pago el lunes”.
Está acostumbrado a esos ataques desde los años setenta, cuando era un exitoso profesor de literatura en la Universidad del Valle y un escritor honrado por los lectores con muy buenas ventas. En la Facultad de Letras fue polémico por sus posturas radicales contra los marxistas y la derecha, al mismo tiempo y por todos los medios. Entre el 70 y el 73 publicó una novela por año, que provocaron entusiasmo entre lectores y críticos colombianos y extranjeros: La tara del papa, Cóndores no entierran todos los días, La boba y el buda, Dabeiba. Fueron publicadas en España por la editorial Destino. De esto Gardeazábal se ha ufanado antes, destacando que ni entonces ni ahora ha tenido agente literario ni ha hecho parte de ningún grupo. Cuando le pregunto por esta circunstancia, me contesta sin titubear:
Lo único que hay que hacer es escribir bien. Si uno escribe bien, lo leen. Y en la época juvenil, que es cuando uno escribe con más fuerza, si se escribe bien se pasan los retenes. Ahora la literatura colombiana se llenó de mediocridades, porque los escritores tienen que publicar una novela cada dos años para cumplir compromisos comerciales.
Me dice que desde su finca sigue con interés los vaivenes de la política y la literatura en Colombia. Le pregunto entonces por algunos escritores:
Leí con mucho interés la última novela de Rosero, La carroza de Bolívar, y fue tan grande la decepción que le di durísimo. Una lástima. Las otras novelas que no me han parecido son las de Juan Gabriel Vásquez. Es un tipo con solvencia narrativa pero que le falta consistencia casi en cada párrafo. En El ruido de las cosas al caer las cosas se le cayeron antes de empezar a contar la historia.
Se le nota cómodo con el tema, así que sigo preguntando.
Vallejo es el que mejor escribe. La manera en que construye las frases, como realiza las metáforas, como estructura las ideas dentro del texto… Pero se volvió cantaletudo. El último libro es absolutamente mamón. Un tipo que fue capaz de escribir semejante obra maestra como es la biografía de Barba Jacob venir a salir con esto… El cuervo blanco es simplemente un espacio para seguir echando cantaleta.

* * *

Uno de los más entusiastas promotores de su obra en los primeros años fue el profesor Raymond L. Williams, que organizó congresos en Estados Unidos sobre el escritor y editó un volumen que compila artículos críticos: Aproximaciones a Gustavo Álvarez Gardeazábal (Plaza y Janés, 1977). Allí, profesores casi todos extranjeros lo ponen en el mismo escalón donde se estaban ubicando García Márquez, Vargas Llosa y Rulfo. Incluso lo comparan con Faulkner, por su manejo atildado del ambiente regional.
—Yo soy absolutamente provinciano, total —me dice ahora Gardeazábal en la sala de su finca.
Siempre se ha jactado de ello, y quizá allí deba buscarse el origen de ese sentimiento como de promesa incumplida que rodea el trabajo literario del autor. Porque después de estar al lado de los más vistosos escritores del boom, de ser celebrado y estudiado, las novelas de Álvarez Gardeazábal fueron perdiendo calidad literaria y, con ello, impacto. Se repetían todas dentro de los mismos esquemas, y el escritor no encontró la manera de salir de allí. Sus libros cada vez se vendieron y se comentaron menos. Pero para todas esas desilusiones Gardeazábal tiene una explicación:
Las cicatrices de don Antonio pasó desapercibido porque salió el mismo año en que me eligieron gobernador, entonces me chupó el remolino de la política. Las mujeres de la muerte lo sacó inicialmente Grijalbo, pero lo mató la edición pirata y la torpeza de los editores.
Como ha dirigido varios latigazos a los editores durante toda la mañana, le pregunto qué hace un buen editor.
—Hacía, porque eso ya no existe. Un buen editor cuidaba a su escritor como un campesino cuida a la vaca para que le dé leche: la sobaba, le daba heno, la sacaba a pasear. Ahora un libro es una simple proyección económica sobre la base de un éxito, que se funda no en la calidad sino en una publicidad escandalosa.
—¿Y qué pasó con Comandante Paraíso, su novela sobre el narcotráfico?
—Salió en un momento en que la gente estaba cansada de novelas sobre ese tema.
Gardeazábal no es un tipo que reconozca en público sus errores. O digamos que reconoce nada más algunos, pues es astuto y sabe que nadie cree del todo en los santos inocentes. En una biografía extensa titulada El verbo y el mando. Vida y milagros de Álvarez Gardeazábal, el profesor americano Jonathan Tittler señala: “Si se puede hablar de una opinión mayoritaria […] esa opinión sería que G. Álvarez se dejó distraer por la política y nunca realizó el potencial literario que pareció prometer en varios momentos de su juventud”. “Lo ha ahogado su provincianismo”, señala Luis H. Aristizábal en la reseña citada arriba, y termina: “Pudo haber sido un buen literato, pero su vocación lo arrastró por los vericuetos que castran la imaginación”.
Me llama la atención una palabra de la última cita: vocación. En los ochenta, siguiendo su fascinación por el poder, Álvarez Gardeazábal comenzó su camino en la política regional: fue diputado a la Asamblea del Valle; concejal y dos veces alcalde de Tulúa, y en 1998 llegó a la Gobernación del Valle con la mayor votación registrada hasta el momento en el país, 780 mil votos.
Nadie ha manejado en Colombia las distintas manifestaciones del poder como Gardeazábal —dice Gardeazábal—. Primero escribí novelas sobre el poder; después me metí a administrar el poder y por eso me fue tan bien consiguiéndolo. Y me fue tan mal manteniéndolo porque no alcancé a medir la calidad de enemigos que tiene el ejercicio del poder.
Su gobernación terminó mal: en 1999, en los coletazos del Proceso 8.000, fue juzgado y condenado por enriquecimiento ilícito. Un golpe duro para alguien que se veía presidente de la república en 2002. Poco después de salir de la cárcel ingresó al programa radial La Luciérnaga, y ahí lo oímos todas las tardes acertar y equivocarse. Casi como cualquier comentarista radial de todos los días.
—Llevo siete años en La Luciérnaga manejando un extraño poder. Lo uso para ayudar. Ya no puedo aspirar a nada, ya no soy un enemigo para nadie. Así que hago mi trabajo.
Todos los días se levanta temprano, camina un rato y muy pronto está escribiendo los libretos para el programa, o leyendo informes, escribiendo correos, haciendo llamadas para confirmar algún dato.
—Tengo que estar absolutamente informado, porque en eso radica el éxito de Gardeazábal —dice—. Me paso casi todo el día comprobando y confrontando información que me llega. Y entre las 12 y las 3 recibo gente. El sábado estuvo el ministro de Minas, hace un mes vinieron Álvaro y Lina…
Conversamos entonces un rato sobre gente y temas nacionales.
—Alguien se atrevió a decir que lo que pasa en el Valle es la “maldición de Gardeazábal”, imagínese usted. El Valle es un rosario de ciudades sembrado de un solo producto. Y la caña adormeció por completo a la generación posterior a la de los pioneros del departamento. Vivir del alquiler adormece. Los hijos y nietos de los oligarcas de antes se van a estudiar al extranjero y no vuelven, y esto ha influido bastante para que la clase dirigente no tenga representantes en la política actual. La oligarquía valluna decidió entregarle la política a los supervivientes mediocres que se atreven a manejar la estructura corrupta que se ha montado.
No puedo dejar de preguntarle por “Álvaro y Lina”.
—Tengo una relación de mucho tiempo con el expresidente Uribe. A él hay que entenderlo en su contexto. Mejor dicho, a todo ser humano hay que entenderlo desde ahí. Él es un tipo que no sabe perder. Y como no sabe perder cree que no ha perdido el poder. Casi lo mata el referendo cuando no lo pudo ganar…
—¿Y el presidente Santos?
—A Colombia le hacía falta un presidente como Santos, que no le guste trabajar, que sepa ir a un restaurante, que se sepa comportar con otros presidentes, que no le ponga el carriel al papa.
—Pero, ¿y su gobierno? ¿Cómo lo ve?
—Santos se está dejando picar de la guerrilla como el que se deja picar de una avispa para poder pasar al otro lado. Él quiere hacer la paz, pero al estilo de los ricos. Si hay que entregar, se entrega, porque lo que importa es obtener la paz para pasar al otro lado. Pero se le ha olvidado que dentro de la guerrilla existe un grupo que no quiere la paz, y que se encarga de tirarse cada evento que se acerca a la paz.
Le pregunto entonces a qué se refiere con “pasar al otro lado”, y explica:
—Santos gobierna para afuera. La Presidencia para él es secundaria. Por eso no va a arreglar problemas como el de la salud, que sólo importa adentro, a los colombianos. Puede estar pensando en la Secretaría de la ONU o en el premio Nobel…

* * *

Nos llaman a almorzar y Gardeazábal nos hace pasar a una mesa igual de modesta al resto de la casa, de ocho puestos. La comida es típica y está deliciosa: lengua y lomo de res a la criolla, arroz blanco, plátano maduro frito y ensalada de aguacate, tomate y cebolla. Pero Gardeazábal apenas come un puré blanco y otro naranja, y nos recuerda su cardiopatía, que lo obliga a permanecer cerca del nivel del mar y a no excederse con nada.
En la mesa retomamos el tema gay.
—El gay más famoso de Colombia soy yo, porque lo he sido toda la vida sin irrespetar a nadie y guardando siempre una distancia para que me respeten a mí —me interrumpe con énfasis—. Soy un ícono gay, pero nunca voy a marchar en un desfile, ni defiendo la adopción de parejas homosexuales ni el matrimonio gay. Como cada quien asuma su vida está bien; eso sí, exijo respeto, que no se trate diferente a las personas.
Gardeazábal no toma café ni come postre. Pronto debe irse para Tuluá a transmitir La Luciérnaga, así que Juan Carlos, el fotógrafo, le hace unos cuantos retratos. Se le ve contento, a Gardeazábal. Posa, mira para donde le digan, se cambia de camisa… Es un buen anfitrión, sabe cómo jugar de local.
En el carro de su amigo que nos lleva al aeropuerto voy pensando en una frase que repitió Gardeazábal varias veces en el día: entender a las personas en su contexto. Hago el ejercicio con él. Es un tipo astuto y muy calculador, con un verbo poderoso y un poder de convocatoria enorme. Un lector disciplinado y de gusto caprichoso. Que pudo haber sido un escritor de primera línea, pero su fascinación por el poder lo alejó de ese camino. (Al respecto, creo que ya no tiene que demostrar nada, porque en cualquier historia de la literatura colombiana que se precie de completa tiene que entrar Cóndores no entierran todos los días.) Que se tiene en demasiada estima a sí mismo. Que hasta ahora ha sabido sortear no pocas dificultades, y ha conocido el éxito y el fracaso.
Para resumir, me quedo con el balance que hizo Luis H. Aristizábal en su reseña de Las cicatrices de don Antonio, escrita hace quince años: “Se trata del Álvarez Gardeazábal de siempre, ni tan bueno como se autoproclama él mismo ni tan malo como sus detractores —que se me antoja son más enemigos personales que otra cosa— lo insinúan”.