jueves, 27 de septiembre de 2012

El subrayado es mío: El país de nunca jamás


Esta memoria fue publicada en el libro Sam no es mi tío. Veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano, Alfaguara, 2012.



En 1978 Medellín tenía cerca de un millón doscientos mil habitantes. Era una ciudad mediana, tranquila, de buen clima, donde muchos señores iban a sus casas al mediodía desde sus oficinas y encontraban a su llegada el almuerzo servido, preparado con amor por la esposa o la empleada del servicio. Yo vivía en esa ciudad con mi padre, mi madre y mi hermana mayor en un barrio de clase absolutamente media. Los ricos no vivían en suburbios sino en el centro, los más notables en el marco del Parque de Bolívar en edificios como Apabí, El Parque y Los Álamos, tal como en los pueblos de donde venía la mayoría de esas familias, en los cuales se alineaban en la plaza principal, alrededor de la iglesia y la alcaldía, las casas de los prestantes.
Ese año fue el Mundial de Argentina, que vi con una docena de vecinos en mi casa porque era la única donde había televisor en colores. Nos reíamos y celebrábamos cada vez que el comentarista decía, para identificar a un equipo, “de pantaloneta oscura en sus pantallas”: a nosotros nos encandilaba el naranja de la selección holandesa, y nunca vimos un prado tan verde aunque vivíamos en una zona boscosa de una ciudad que despliega todos los tipos de verde imaginables.
Pasaron otras cosas en el 78 en Medellín. Abrieron el Museo de Arte Moderno; luego del Congreso Mundial de Orquídeas en la ciudad, se fundó el Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe, y se celebraron con mucho bombo los juegos Centroamericanos y del Caribe, que ganó Cuba. También, ese año, viajaron a Estados Unidos mi madre y mi hermana, como regalo de quince años para ella. Mi padre y yo iríamos al año siguiente. Con sus ingresos de comerciante de fique no podía costear un viaje para los cuatro, entonces no se sabe cómo decidieron que el viaje evocaría una emergencia: la mujer y la niña primero.
El lunes 20 de noviembre, cuando mi mamá y mi hermana Anita salieron en un vuelo de Aerocóndor para Miami, una fotografía de Jorge Luis Borges apareció en la primera página del diario local, El Colombiano, porque el escritor estaba en Medellín e iban a hacerle un homenaje. El periódico costaba cuatro pesos, y seiscientos la entrada para ver a Sandro de América, que se presentaba ese fin de semana en la ciudad. La noche anterior investigadores americanos habían descubierto en la selva de Guyana los cuerpos de casi mil personas que se habían suicidado con cianuro empujados por un santón llamado Jim Mason.
Serían dos meses enteros, y yo recuerdo poco de ese tiempo. Sí tengo claro que se me hicieron eternos, pero mi papá me consolaba diciendo que un año después haríamos el mismo viaje, iríamos a Disneylandia y comeríamos en McDonald’s. En esos días mi comida preferida eran las hamburguesas, y los arcos dorados eran para mí una especie de santuario; estaba casi obsesionado con conocer y probar las más famosas del mundo. Pero mi papá y yo nunca viajaríamos a Estados Unidos.
Mientras mamá y Anita estaban en Disney, me quedé en el barrio con los amigos haciendo lo que siempre hacíamos en las vacaciones de fin de año: jugar en la calle, escondernos cuando nos llamaban a comer, cazar lagartijas y renacuajos en los tejares vecinos, hacer guerra de cadillos (unas semillas duras, con púas) e inventar motivos para acercarnos a Lina Vélez, la más bonita de nuestra calle, mientras ella, sola, patinaba de arriba abajo con sus piernas fuertes de gimnasta olímpica en formación. Cambiando algunos nombres, eso es lo que han hecho todos los niños en las vacaciones desde siempre. Pero para mí, en esos días, mis amigos y yo éramos únicos en el mundo.
En esas vacaciones conocí un pequeño paraíso a apenas cuatro calles de mi casa. Era la tienda de Juan Vélez, un cuarentón delgado, de barba larga y entrecana, que vendía por centavos revistas y libros de segunda, y tenía la magnanimidad de cambiarnos a los niños del barrio las revistas que ya habíamos leído por otras que no conociéramos. En su local conocí Billiken, completé los números que faltaban de mi colección de Kalimán y compré los primeros ejemplares de Arandú y Tamakún. Todavía recuerdo el lema del heredero del reino de Samacardi: “Donde el dolor desgarre... Donde el peligro amenace...Donde la miseria oprima... Allí estará Tamakún, el vengador errante”. En esa tienda pequeña e increíblemente desordenada, que olía a papel viejo,  comenzó mi historia de lector. Es decir, mi destino definitivo.
Sin darme cuenta llegó el 20 de enero, el regreso de mi madre y mi hermana. Y con ellas, una incontable cantidad de fotos: Anita en las rodillas de un Santa que nunca había visto todavía en Medellín, porque no habían llegado todavía a la ciudad las Navidades con nieve hecha de algodón suelto, ni se colgaban bastones de colores en las ventanas. La nuestra era una Navidad andina, de pesebre ambientado con musgo recogido en los potreros, de Niño Dios y novena de aguinaldos. Anita abrazada a una Blanca Nieves tan real como la de la película. Anita y mi mamá delante de unos delfines que saltaban impetuosos afuera de una pileta. Mientras veía las fotos no sabía que eso que estaba sintiendo se llamaba envidia.
Los meses siguientes me entretuve presumiendo con los tres o cuatro jeans, la media docena de camisetas Lacoste, la patineta que nadie más tenía en el barrio. Esas cosas que trajo mamá me ayudaron a ser feliz mientras esperaba a que corriera el año y llegara mi momento de pisar Disney, de montarme en uno de esos carros grandes y de colores que yo veía en las series de la tele, y que me emocionaban cuando hacían sonar las llantas. Los carros en Medellín no eran así, no sonaban así.
Además de los kilos de exceso de equipaje de regalos mi mamá también trajo de Estados Unidos una tos que se fue haciendo más frecuente y fea con el tiempo. Sólo quien ha vivido en una casa con alguien que tose y tose puede saber de qué hablo. Y si esa persona es la mamá, las noches son más largas y los días más amargos. Vine a saber que era cáncer tres o cuatro años después de ese 1979. Los mayores siempre dijeron que eran “nervios”, la clave para que yo no oyera esa palabra. Cáncer.
Para noviembre de 1979, mes de nuestro viaje, además de la tos y las piedras en la voz mi madre tenía una mancha gris en el cuello. Se levantaba poco de la cama, apenas para ir a sus terapias. Aunque la acompañé alguna vez, nunca fui ni mínimamente perspicaz como para preguntar por qué los nervios se trataban en el Instituto del Tórax.
Mamá murió el 18 de enero de 1980, en su casa, mientras dormía, como dicen que mueren los justos. Yo nunca intenté escribir algo al respecto, ni siquiera escribí antes algo tan íntimo como estas líneas. El pasaporte lo rompí, y conservé la foto por un tiempo. Antes de botarla la pasé por un escáner y la puse en mi Facebook, que es como decir que ya no es mía. No soy yo ese niño que no iría en noviembre de ese año con su padre a Estados Unidos. No soy yo ese niño que estaba a punto de quedarse huérfano.

* * *
El segundo movimiento de esta memoria es menos dramático. Es 1991 y he dejado los estudios de periodismo hace un año y medio. Trabajo por las mañanas en un vivero administrando sus áridos movimientos financieros y sembrando plantas. En las tardes leo novelas y ensayos y poesías en mi casa o en alguna biblioteca pública de Medellín. Los lunes hago pan de trenza y alemán con mi novia de entonces, Diana, y los vendemos por el barrio esa misma noche. Mi hermana se ha casado y vive con su marido en El Poblado, al sur de Medellín. Hacia allí se han ido mudando los profesionales jóvenes con futuro promisorio y las familias prestantes que antes vivieron en el marco del Parque de Bolívar.
Cuando cursaba el último año de bachillerato había manifestado mi intención de estudiar literatura o filosofía y letras. Pero me iba a graduar de un colegio de jesuitas, y la literatura y la filosofía eran vistas como oficios de hippies o de muertosdehambre.
—Camilo va a estudiar filosofía y flauta —se burlaba en mi cara y frente a todos mi amigo del alma.
Los compañeros que más se acercarían al humanismo seguirían la carrera de derecho; sólo a mí se me pasaba por la cabeza seguir estudios de letras. Periodismo era sospechoso, pero fue la alternativa en la que insistieron el padre Rogelio y Catalina, la psicóloga el colegio: en periodismo no me moriría de hambre, decían, y podría seguir leyendo. Me convencí a medias. El impulso me duró cinco semestres de estudios, pero el hastío por la vida académica apenas empezaba a cesar en ese verano de 1991, cuando vendía panes con Diana y sembraba plantas en una tienda con un gran patio trasero. Y leía.
Entonces apareció de nuevo Estados Unidos, esta vez como idea. El papá de Diana, el doctor Roberto Giraldo, vivía desde hacía unos años en Nueva York, y trabajaba con el grupo de investigación para el replanteamiento de la hipótesis VIH-sida. Por un par de comentarios suyos comenzamos a darle vueltas al proyecto de irnos para allá. Diana había terminado sus estudios de fotografía y apretaba los dientes todos los días con el nuevo esposo de su mamá, un alemán que tenía horarios para todo. A mí sólo me interesaba leer novelas y poemas, y eso podía hacerlo en cualquier lado, en Medellín o en Nueva York.
Para agosto ya teníamos todos los papeles en regla. El papá de Diana y otras personas nos habían ayudado a conseguir trabajos allá: yo estaría en el sótano de una librería como empacador; Diana sería ayudante de cocina en el Boathouse, en pleno Central Park, donde trabajaba como chef una mujer de Medellín, amiga de amigos. Viajaríamos en marzo de 1992 y empezamos a soñar con Brooklyn, donde viviríamos, y con Manhattan, donde íbamos a trabajar. Busqué en las bibliotecas de Medellín cuanto libro me hablara de Nueva York y empecé, por supuesto, por el principio: recorrí con Henry James el pasado remoto de mi nueva ciudad, como unos años atrás había leído a don Tomás Carrasquilla para entender algunos orígenes de Medellín, y como haría diez años después, cuando llegué a vivir a Bogotá, con las Reminiscencias de don José María Cordovez Moure para conocer el pasado la capital de Colombia. Nadie como los autores del siglo XIX para contarnos el mundo.
Pero también compré el New York, de Lou Reed, y no paré de oírlo en mi casa, en el carro de Diana, en mis audífonos hasta que me aprendí de memoria sus canciones, una por una. Conseguimos guías y mapas del metro, que estudiamos como si debiéramos tomarlo esa misma noche. Miramos y repasamos revistas de Playbill y de New York y números viejos de Time Out, así como ediciones también pasadas del Village Voice. Muchas tardes, en la biblioteca del Colombo Americano de Medellín, metimos los ojos en libros pesados y hermosos mirando fotografías de Annie Leibovitz, de Margaret Bourke-White, de Vivian Meier, de Garry Winogrand.
Viviríamos con el doctor Giraldo y su mujer, Tanya, en el 445 de Clinton Ave., y para mi trabajo debía tomar el tren A en Washington-Clinton Station, en la esquina con Fulton; debía bajarme en la estación de la calle 72 Central Park West. Me veía caminando por las calles de Nueva York, que ya casi conocía. Quería comer hot dogs en Grey’s Papaya y probar las famosas hamburguesas de JG Melon. Quería tomarme una cerveza en el CBGB sin importarme que ya hubiera comenzado su decadencia: me bastaba con que allí hubiera tocado alguna vez Patti Smith. Compuse un itinerario detallado para un viaje que haría con Diana entre Nueva York y San Francisco. Llegué a soñar pagando un precio exacto por un libro de segunda; en otro sueño supe a qué sabían los cheesecakes de Lindy’s, y en otro más se me cayó una cajetilla de cigarrillos del bolsillo de la chaqueta mientras cruzaba el Verrazano. Veía tan cerca esa ciudad que llegué a sentir una vez un olor salitroso en alguna calle de Medellín, y supe que así estaba oliendo el Hudson por esa época del año.
Una mañana de septiembre, mientras la levadura hacía su manso trabajo en la cocina y nosotros veíamos televisión, me dio por llamar a la Universidad de Antioquia para preguntar por las inscripciones para Literatura. Quería tomar un par de cursos mientras llegaba el momento del viaje, como una manera de apaciguar mi ansiedad. Ese mismo día —ese preciso día— vencía el plazo para comprar el formulario de inscripción. Fui con Diana, hicimos una fila eterna bajo el sol del Parque de Berrío en Medellín, llené el formulario y lo entregué en la oficina de una universidad inmensa que apenas conocía y que me apabullaba.
Sucedió lo que, en secreto, suponía que sucedería: presenté el examen de admisión, me admitieron y, más, me becaron por ese primer semestre. Diana se fue para Nueva York en marzo de 1992, vino de visita en diciembre y volvió a partir. Yo me quedé en Medellín con una pena de amor del tamaño del Empire State, pero el segundo semestre también me becaron en la universidad, y no podía —no quería— perderme todo lo que veía por primera vez en salones de clase, en patios, en la biblioteca. Diana y yo nos separamos tres años después de su partida, incapaces de mantener una relación por carta con una visita anual.
Nueva York, Estados Unidos, la Interestatal 280 y las demás volvían a alejarse. Pero allí, en la Universidad de Antioquia, encontré el oficio que siempre quise tener: que me pagaran por leer. En la editorial de esa universidad comencé mi formación como lector profesional revisando un diccionario de contabilidad y editando un tratado de patología veterinaria: una suerte de servicio militar obligatorio. Después me las vi con libros más amables, como la edición facsimilar de la revista Antioquia, que había publicado Fernando González en la década del treinta en Envigado, al sur de Medellín, y que yo conocía porque había leído los ejemplares originales en la biblioteca de filosofía de la universidad.
Desde entonces, el entretenimiento que cultivé desde niño, en la tienda de Juan Vélez, se me confunde con la manera de ganarme la vida.
En diciembre de 2000 uno de mis más queridos familiares, mi primo Santiago, se fue a vivir a Estados Unidos casi en la misma fecha en que yo me vine a vivir a Bogotá. Su madre, que desde hace muchos años es también la mía, pidió visa en la Embajada de Estados Unidos tres veces antes de que le dijeran que sí, que la admitían en el país para visitar a su hijo. A pesar de incontables invitaciones no he querido ir a la Embajada Americana a que me den el permiso de viaje. No me gusta que me digan que no. Según Anita mi hermana, que es psicóloga, tengo baja tolerancia a la frustración. Le creo.
Las hamburguesas siguen siendo mi comida favorita. Las de McDonald’s las acabé probando en Colombia, y son las que menos me gustan. Los autores americanos son los que más me conmueven. Seguí conservando cierta devoción por Nueva York como idea; todavía conozco calles, esquinas, marcas urbanas. Sin resignación me convertí en una especie de cartógrafo imaginario de esa ciudad.
Tengo con ella una relación de otro siglo, me veo como una suerte de amante epistolar de una ciudad. Ella me escribe cartas para contarme cómo está, cartas que veo en películas, en series de televisión, las leo en relatos o novelas y las admiro en fotografías. Hace un tiempo viene hablándome de su pasado reciente en Mad Men, por ejemplo. Unos años atrás me contó la historia fascinante de Chip Lambert y su familia en una novela que no olvido. Yo no le había escrito hasta ahora, pero ella, fiel e inmensa, siempre ha estado ahí. Y conmigo, aquí en Bogotá. No quisiera que al visitarla se esfumara la intimidad que hasta ahora hemos tenido, pero eso sólo lo vamos a saber ella y yo cuando la visite.   
Después de vivir diez años en Estados Unidos mi primo Santiago regresó a Colombia. Viaja con frecuencia porque dejó negocios allá, y yo aprovecho para encargarle discos, libros, ropa. Conversaba con él hace un par de meses, con unas copas encima, cuando le dije que para mí el comercio internacional se reducía a esto: Estados Unidos es mi discotienda y mi librería, Inglaterra y Francia mis bibliotecas, Italia mi restaurante y Colombia mi droguería.
Hace menos de un año tuve el último sueño conmigo en Nueva York. Esa vez cruzaba en una bicicleta de turismo el puente de Brooklyn, camino a la casa que nunca tuve en esa ciudad, en el país de nunca jamás. En el sueño pedaleaba sin llegar nunca a ningún lado.

Bogotá, junio-julio de 2011


lunes, 24 de septiembre de 2012

Los escogidos, de Patricia Nieto


Humildes son las alegrías de los lectores. El libro que hace años se buscaba aparece cualquier tarde en una venta de saldos; la referencia a un autor o a un libro que nos gusta o que no conocemos y nos inquieta; una aventura que nos envuelve durante semanas; el adjetivo inesperado que ilumina un sustantivo hasta ese momento insulso; una voz nueva, que cuenta las cosas de otra forma. Esta última alegría y otras más  me regaló este libro, Los escogidos, de Patricia Nieto.

Es una historia triste contada con belleza y compasión. Es la historia de los muertos que el río Magdalena lleva hasta Puerto Berrío, en Antioquia, desde hace más de cuarenta años. La de ellos y la de unos dolientes que encuentran mientras aparecen los familiares, los que lloraron su desaparición, los que todavía lloran su ausencia. Cansados de enterrar cadáveres sin identificación, los habitantes de Puerto Berrío adoptaron a esos muertos, les dieron nombre, un rostro, una historia. Con sus oraciones acompañan a esas ánimas en el tránsito que deben hacer desde el Purgatorio hasta el Paraíso. Como contraprestación, esos dolientes les piden favores a las ánimas, se encomiendan a ellas.

Así funciona el ritual: “‘Escoja una que no esté prometida’, les dijeron la tarde de un lunes. Javier paseaba con su esposa por el pabellón de caridad y ella, devota que es, golpeó con sus nudillos una lápida lavada. Una mujer que al observarlos vio fervor y necesidad en ellos, los indujo en el arte de adoptar a los muertos: escoger un ene ene que no tenga dueño, presentarse ante su tumba, rendirle un resumen de su vida, prometerle rezar por el descanso de su alma, traerla a la boca en cada minuto, pedirle favores simples y recompensarla sin falla, porque ‘ellas son cabronas’, les dijo” (p. 50).

Mientras recorre el cementerio de Puerto Berrío la autora se hace preguntas, las mismas que se hacían y se hacen todavía los habitantes del pueblo: “¿Quién yace en la primera bóveda de este albergue de los olvidados. De cuál linaje se desgranó sin dejar huella. Cómo se llama el que allí se deshace mientras pasa el tiempo. Cuáles palabras susurró o —quizá— gritó mientras le quitaban la vida. Quién lo busca. Por dónde vagan los que lo lloran. Cómo llegó a este puerto de cuerpos sin nombre?” (p. 17).

Esos muertos sin nombre, protagonistas de esta historia, van contando detalles de la guerra infame y larga que castiga al Magdalena Medio desde hace tantos años. Los primeros combatientes que se asentaron allí, la guerrilla del ELN. Los que llegaron después y se enfrentaron con ellos, y los otros más, ejércitos privados que para golpear al enemigo mataron a los campesinos, a los pescadores, y los echaron al río sin manos, sin dientes, con entrañas de piedra para que se perdieran, para que no hablaran.  

La autora va conversando con pescadores, con mujeres que perdieron a un hijo y encontraron otro en un cuerpo que trajo el río, con el animero, con el médico que estudia esos cuerpos inertes que salieron del río, los que “se salvaron de deshacerse como panes serenados al agua” (p. 45). Todos le cuentan su historia pero también cada uno le habla de su primer muerto, el que recogieron enredado en un chinchorro en una madrugada de pesca, el que encontraron pálido y sin dedos agarrado por una raíz en el recodo adonde llevaron a la noviecita para darle besos. Esta gente de Puerto Berrío perdió rápido la inocencia: “Braulio Carrasquilla, líder del MOIR, se salvó del filo de la bayoneta que le entró por la espalda. Pero otros miles no tuvieron la misma suerte. ‘Desde 1964 los niños del río no hemos dejado de morir’, asegura. Y son ellos y sus vecinos y sus primos y sus abuelos y sus novias y sus hijos los que bajan silenciosos, indefensos y anónimos por el río Magdalena, el mismo que les traía la música, la moda y el amor cuando los días eran azules y las noches libres de tormenta” (p. 42).

Y en su relato van soltando sabiduría plena y dolor intacto:  “A mí me ha tocado llorar a dos hermanos y a mi primer esposo. No se [sic] cuál de esos dolores fue peor porque cuando se trata de muertos no se puede entrar a comparar” (pp. 62-63); “caminaba mirándose la punta de los zapatos como hacen las mujeres solas” (p. 66)…

Se le llama a esto que hizo Patricia Nieto periodismo literario. No sé si sea exacto ir más allá y llamarlo periodismo lírico, o periodismo poético. Porque casi cada frase de este libro es un verso, casi cada párrafo es una estrofa medida, musicalizada. Y no por esto empalaga, sino que ilumina. Refresca. Sin dudarlo un segundo, este libro es una pieza perfecta —sí: perfecta— de periodismo literario.


Patricia Nieto, Los escogidos, Medellín, Sílaba Editores, Colección Letras Vivas de Medellín, 2012.