lunes, 28 de enero de 2013

Mortalidad, de Christopher Hitchens


La leyenda dice que el domingo 10 de junio de 1971, antes del último suspiro, Coco Chanel dijo sus últimas palabras a una camarera en el hotel Ritz, en París. Fueron “Mira, así es como se muere”. Pues bien, la frase le queda perfecta a este libro. Así es como se muere. De frente. Con resignación, pero también con humor. Con rabia y compasión. Atendiendo a las señales de la enfermedad, usando las herramientas más depuradas que se tengan, que en el caso de Christopher Hitchens —bien por sus lectores— fueron la inteligencia y la mordacidad. (Cada quien deberá encontrar sus propias herramientas: tiene toda la vida para hacerlo.)
Él mismo lo señala en la página 68 de este libro inmenso: “Antes de que me diagnosticaran un cáncer de esófago hace año y medio, informé a mis lectores con cierta despreocupación de que cuando afrontara la extinción quería estar totalmente conciente y despierto, para ‘hacer’ la muerte en voz activa y no en voz pasiva. Y todavía intento alimentar esa pequeña llama de curiosidad y desafío: dispuesto a seguir jugando hasta el final y dispuesto a no ahorrarme nada de lo que corresponde al tiempo de vida”.  
En ocho capítulos breves el autor va revisando paso a paso el desarrollo de la enfermedad, y las respuestas que dieron su cuerpo y su mente a los síntomas y a los tratamientos. Narra, en últimas, su viaje desde el país de los sanos hacia el país de la enfermedad (o Villa Tumor, como también lo llama), una metáfora que recorre todo el libro: “La palabra ‘metastásico’ fue la primera que me llamó la atención. El cuerpo extraño había colonizado un poco del pulmón y bastante del nódulo linfático. Y su base de operaciones original estaba situada —llevaba una buena temporada allí— en el esófago. Mi padre había muerto, y muy deprisa, de cáncer de esófago. Tenía setenta y nueve años. Yo tengo sesenta y uno. En cualquier tipo de ‘carrera’ que pueda ser la vida, me he convertido abruptamente en finalista” (pp. 12-13).
Lo peor de la gripa no es la fiebre, el dolor en las articulaciones, la asfixia, la tos asquerosa, la congestión nasal. No: lo peor de la gripa es la rara capacidad que tiene esa enfermedad de convertir en médicos a todas las personas con las que nos encontramos. El jengibre, la cáscara de naranja, el ron, la miel, el saúco… todo el mundo tiene un remedio infalible y todo el mundo está dándotelo como si se lo estuvieras pidiendo (los entiendo: deben considerar el consejo no pedido su buena acción del día). Pues bien, imagínense lo que sucede con una enfermedad terminal. Aquí las recomendaciones van desde lo último de la tecnología —criogenia incluida— hasta remedios caseros estrafalarios y dietas extremas, pasando por las recomendaciones espirituales. Hitchens repasa los tratamientos que ensayó, y algunos que le recomendaron y dejó de lado con cortesía —otra vez, criogenia incluida—. Pero como era de esperar en él, se sale de la ropa cuando habla sobre la oración y otros consuelos espirituales. El ateo más famoso del mundo recibió miles de advertencias y recomendaciones alrededor de la figura de Dios, incluso supo de la jornada mundial de oración por él que organizaron algunos fanáticos, y por supuesto oyó o leyó, en correos y artículos de prensa, las palabras castigo y arrepentimiento muy cerca de su nombre. Él desbarata todos estos empeños hasta llegar a la frase más depurada al respecto en todo el libro, quizá en toda su obra sobre contra Dios y las religiones: “Si me convierto será porque es preferible que muera un creyente a que lo haga un ateo” (p. 107).
“Morir con dignidad” es una expresión que va tornándose vacía, o que no entendemos mucho los que todavía estamos de este lado de la frontera, en el país de los sanos. Este libro devuelve sentido a esa expresión, y lo hace de la mejor manera posible. Con lucidez, con humor, con análisis, con contexto; en una palabra, con inteligencia: “Probablemente es misericordioso que sea imposible describir el dolor de memoria” (p. 78); “Mi principal consuelo en este año de vivir muriéndome ha sido la presencia de amigos. Ya no puedo comer o beber por placer, así que cuando se ofrecen a venir es solo por la bendita oportunidad de hablar. Algunos de esos camaradas podrían llenar sin dificultad una sala de clientes que pagarían ávidamente por oírlos: con esa clase de conversadores, estar a su altura es ya un privilegio. Ahora al menos puedo escuchar gratis. ¿Pueden venir a verme? Sí, pero solo en cierto modo. Así que ahora cada día voy a una sala de espera, y observo las espantosas noticias de Japón en la televisión por cable (a menudo con subtítulos para sordos, solo por torturarme) y espero impacientemente que disparen una alta dosis de protones en mi cuerpo a dos tercios de la velocidad de la luz. ¿Qué espero? Si no una cura, al menos una remisión. ¿Y qué quiero recuperar? En la hermosísima aposición de dos de los términos más simples del idioma: la libertad de palabra” (p. 66). Es devastador por momentos este libro. Pero también divertidísimo por momentos: “El conocido modelo de las etapas de Elizabeth Kübler-Ross, según el cual uno progresa de la negación a la ira y luego pasa de la negociación y la depresión hasta la bendición final de la ‘aceptación’, no se ha aplicado mucho en mi caso por el momento” (p. 13).
Contrario al principio que inspira el género de la autoayuda, creo que los libros más útiles no son los que nos ayudan a vivir, sino los que nos enseñan a morir. Ni Osho ni Jodorowski ni Coelho ni ningún otro de esos embusteros ha escrito un libro tan sabio y contundente, tan útil, como Mortalidad. Así es como se muere.


Christopher Hitchens, Mortalidad, Barcelona, Debate, 2012. Traducción de Daniel Gascón.

miércoles, 23 de enero de 2013

Charles Lamb, "Sobre la melancolía de los sastres"



"En el famoso relato del Dr. Norris acerca de la locura furiosa del Sr. John Dennis, el paciente, al ser interrogado sobre cuál era el motivo de la inflamación de sus piernas, responde que es 'a causa de la crítica' ".

Charles Lamb, "Sobre la melancolía de los sastres", en Sobre la melancolía de los sastres, México, UNAM, Colección Pequeños Grandes Ensayos, 2009, p. 23. Traducción de Rafael Vargas.

Otros ensayos incluidos en el volumen: 
"Lamento por la decadencia de los mendigos en la metrópoli", 
"Confesiones de un borracho"
"Porcelana antigua"

miércoles, 16 de enero de 2013

El subrayado es mío: El libro de William Mebarak Chadid


Con otro título, esta reseña apareció en la revista Soho en enero de 2012.


Basta ver la foto de William Mebarak Chadid en la contraportada para adivinar el talante de su libro Al viento y al azar: pompón de algodón blanco inflado con blower, gafa oscura, sonrisa de medio lao, saco de rayas amarillas y blancas, camisa azul cielo. Puedo adivinar el resto de la foto hacia abajo: camisa por fuera, pantalón de lino color blanco o crema, mocasines sin medias. Difícil no evocar en esa foto a Joe Pesci en Miami, durante un descanso en el rodaje de cualquier película de mafiosos de Martin Scorsese. Se ve que don William es lo que se llamaba antes, en los ochenta, un social bacán; su libro es lo que siempre se ha conocido como un vacilón.

Como en la más animada parranda, hablan los compadres del anfitrión en una seguidilla de prólogos. Eduardo Arango Piñeres dice en el suyo que se atreve a “pergeñar estas palabras liminares a manera de introducción” para recordar otros libros de su amigazo: Mamboletras, Si yo fuera presidente, El hombre de las gafas oscuras (¡ajá!) y Testimonio de un hombre: no podía ser más original este último título. Como estamos de parranda no nos midamos, y comparemos a Billy con el más célebre personaje literario de todos los tiempos. Qué carajos, se dice Arango Piñeres: “William, cual moderno Quijote –que lo es por lo que tiene de soñador y de filántropo--, refleja en estos artículos una constante preocupación por las injusticias que se dan en nuestras comunidades del Tercer Mundo…”. Chocan las copas, se oyen los aplausos, pasa de mano en mano la botella de Old Parr…

¿Qué sería de una fiesta de compadres sin el numerito del hijo o la hija con talento? Y ahí está también el prólogo de la niña, que para quien no lo sepa todavía es nadie menos que nuestra Shakira, gloria nacional. Ya lo dice Antonio Celia Cozzarelli, otro compadre, en su prólogo: William es “un hombre cuya máxima producción es ser padre de esa gran figura mundial, orgullo de Barranquilla y de Colombia, como lo es Shakira”. Aplausos. La parranda es pa amanecé. Eche, ¿dónde está Emilianito que no llega?

Además de prologuista, nuestra más célebre cantante fue también la editora del libro. Y por lo que dice, conoce muy bien el oficio: “durante mi gira en México, cada noche al bajarme del escenario me ponía mi pijama más cómodo y, con una taza de café entre los dedos, ojeaba las páginas de este libro”. Yo llevo más de quince años como editor y puedo decir que nuestro trabajo es así, tal como lo describe mi famosa colega: yo también trabajo en las noches después de bajarme del escenario, con mi pijama más cómodo y con una taza de café “entre los dedos”. Es cuestión de ojear nada más. ¿Para qué leer? “Ecuajéi”, canta Maelo desde el picó. Chin chin.

Hay que recordar que Shaki es mucho más que una voz en eterno vibrato y unas caderas que no mienten. Es también compositora, conoce la lucha brava de un ser humano con las palabras. Y en su intervención en esta parranda lo recalca: “una vez logré apreciar el aftertaste de las letras en mi paladar de recién nacida compositora, nunca más dejaría de escribir hasta hoy, así como él tampoco jamás lo ha conseguido y para la muestra un botón: a sus ochenta años publica un nuevo libro y por su culpa ahora me empiezan a dar ganas de hacer lo mismo”. En el lenguaje de los caballeros andantes –para volver a don Quijote–, esto es lo que se conoce como alabanza con amenaza. Quedamos, pues, advertidos: dentro de poco tendremos que vérnoslas con un libro de Shakira.

Tendría con qué hacerlo, han dicho que ella es sumamente inteligente, que fue una niña prodigio. En efecto, la complejidad de su pensamiento se puede ver en algunas frases de su prólogo, como esta: “El amor que siento por mi padre y que profeso, no ‘al azar’ sino de cara al viento, jamás ha sido ciego, puesto que sólo basta con ver el material de que está hecho su alma para quererle aún más”. Pensamiento complejo, estructuras sintácticas sofisticadas; la falta de concordancia seguro no es un error que se le escapó a la sagaz editora entre los dedos sino un sutil guiño ontológico… Como a los grandes filósofos –Edgar Morin, Heidegger– o a sabios universales del tipo de Alejandro Jodorowsky, hay que leerla dos y hasta tres veces para rescatar el significado profundo de sus palabras.

Pero me estoy entreteniendo más de la cuenta en los preliminares. Entremos de una vez en materia y comentemos los artículos de don William, “Billy, para sus familiares y amigos”, como se nos advierte desde la página 23. El título, Al viento y al azar, intuyo que describe el método de selección de esta antología. El autor o su editora tiraron al viento los papeles mecanografiados que Billy tenía en sus cajones, y al azar recogieron los que les quedaron más cerca. No se lea en este rasgo una debilidad: recordemos que este libro es un vacilón, una parranda donde los amigos hablan de cualquier cosa. Arreglan el país, se abrazan, bailan, recitan o cantan con voz aguardientera, deliran, hay conato de pelea, y al final todos van cayendo rendidos. El anfitrión, en últimas, puede hacer lo que le da la gana. También su hija.

El capítulo titulado “Historias cortas” son más bien noticias alargadas, fortalecidas con el poderoso inflador retórico del autor y sazonadas con su buen gusto, depurado con esmero durante sus largos años de residencia en Miami: “El damasco fresa de los cortinajes, la realeza del brocado de los almohadones encima de los muebles, la luminosidad de las cristalerías y los nevados florones del techo, todo aquel conjunto interior ofrecía una decoración de belleza y armonía”. Joooooda.

Sorprende gratamente la sección intitulada “Versos que cometí”. Hay dos versiones de un mismo poema, escritas con diez años de diferencia. En este rasgo veo en Billy  el permanente trabajo con la palabra, con sus obsesiones. Lo veo como a Unamuno, Juan Ramón Jiménez u otros grandes de la poesía, que siempre estaban corrigiendo sus versos. En la primera versión Mebarak escribe: “Tus pechos punzantes que atesoran/ la dulce miel de la sensualidad,/ los palpo y siento que acaloran/ mi loco sopor y mi ansiedad”. Me maravillaba todavía con ese oxímoron luminoso –sopor-ansiedad–, cuando en la página siguiente veo que en esos diez años el paciente orfebre de la palabra ha pulido ese último verso y lo ha corregido por “mi loco ardor y mi ansiedad”. No desmerece, y el poema gana en claridad y profundidad. Diez años bien invertidos, toda vez que además de la corrección agrega una estrofa clara y fina como el cristal Baccarat, brillante como la seda: “Y al galopar incierto de las horas/ solo escucha la queja del placer,/ imposible su violencia detener/ el surmenage sexual como las olas”.

“Amores volátiles”, sobre sus novias de juventud, es el capítulo más celebrado por sus compadres en los prólogos y por su editora. Vemos en acción a un donjuán imbatible, delicado y dedicado con el bello sexo, que está de acuerdo con su madre y su tía cuando le preguntan, después de conocer a una de las conquistas de Billy, “Mijo, ¿qué te ha pasado? ¿Dónde conseguiste ‘eso’?”. La sutileza es su rasgo más característico: “Ella empezó por hacerme un guiño con el rabillo del ojo, valga la redundancia. Pero lo pronunciado de su otro rabillo fue la causa de un breve síndrome de disnea…”. Elegante, compa.

Al viento y al azar es un libro lleno de sorpresas, una reunión de amigos donde unos hablan al comienzo y le dejan la palabra al anfitrión. Una parranda con discusión y música. Mejor dicho, un vacilón.

viernes, 4 de enero de 2013

Fusilado: Juan Villoro

Imagen tomada de Punto y Aparte.


Cien libros, cien columnas. La estupenda editorial Almadía, de Oaxaca, llegó a su libro número cien. Y ese libro número cien recoge cien columnas publicadas por Juan Villoro en diferentes medios durante los últimos veinte años. Aunque llamarlas columnas es limitar un poco el carácter de estas cien prosas maravillosas: son ensayos breves sobre el carácter humano en general y mexicano en particular. Son crónicas en el sentido que se daba a esta palabra en los medios hace cincuenta años: breves reflexiones sobre aspectos cotidianos, pequeñas epifanías del día a día. Aparecían en la prensa, en las páginas de opinión, pero no estaban vinculadas con los caprichos de la actualidad. El propio Villoro se refiere a este tipo de escritos como “periodismo de tentación”: “Hay noticias de necesidad, que tenemos que conocer todos los días: la agenda del Presidente, la salud del Papa, si hay un armisticio en una guerra, los resultados de los deportes cada lunes, en fin, son noticias que queremos saber. En cambio hay otro tipo de periodismo que llamo periodismo de tentación que sólo leemos por la forma en que está escrito. (…) Recuerdo mucho las crónicas de Jorge Ibargüengoitia en donde él hablaba por ejemplo del impacto del claxon en la cultura, cuando se empezaron a personalizar los cláxones, y cada quien podía tener su propia melodía, de la relación que él había tenido con el pulque, de sus días de Guanajuato, del cambio de comportamiento de la Ciudad de México cuando una calle cambiaba de sentido. Estas noticias mínimas crearon un microcosmos, un cuadro de costumbres, que nos permite hoy en día entender cómo era la vida a medianos de los años sesenta y durante los años setenta”.
En Colombia también se cultivó el género, y uno de sus primeros exponentes sigue siendo el más decantado modelo de esa “prosa de tentación: Luis Tejada. Daniel Samper Pizano y Mariluz Vallejo hicieron una muy buena Antología de notas ligeras colombianas, publicada hace un par de años por Aguilar. En ¿Hay vida en la Tierra? los temas son las ventajas de llegar tarde a las fiestas, el control remoto (“Hoy en día, el rey del hogar es un zombie en pantuflas que cada tantos segundos busca un nuevo canal para evadirse…”), las batallas perdidas con el frío, el amor en los tiempos del celular. Un libro perfecto para vacaciones. O para cualquier momento: es una delicia. A continuación, una muestra gratis.

Prosa automática

Si quiere leer este artículo, pase a la siguiente línea.
Lo sentimos: esta frase no está en servicio. Pase a la siguiente.
¿Quiere que lo atienda un redactor?
Por el momento todos nuestros redactores están ocupados.
Le pedimos que espere en esta frase y al cabo de unos segundos baje la vista.
Opción incorrecta: debe esperar más tiempo.
Gracias por esperar: será un gusto atenderlo.
Si desea ser atendido por el director editorial, aguarde un momento.
Le recordamos que tenemos suscripciones a la venta y que nuestro papel es reciclable.
Por el momento, no es posible atender su solicitud.
Si desea contacto con un corrector, pase a la siguiente línea.
Lo sentimos, el corrector no puede aparecer en esta frase.
Le sugerimos que entre al menú de opciones.
Nuestras planas editoriales ofrecen variedad con credibilidad.
Escoja el tipo de artículo que desea leer:
Crítico del gobierno panista.
Crítico del gobierno del DF.
Crítico de todo.
De coyuntura internacional.
Sobre Juanito.
De interés general.
Si escogió “De interés general”, le pedimos que sea más específico.
Una vez seleccionado el tema, seleccione el estilo:
Cáustico.
Anecdótico.
Sensible.
Reflexivo.
Acerbo.
Irónico.
Reivindicativo.
Indignado.
Humorístico.
Si desea una combinación de estilos pase a la siguiente línea.
Por el momento sólo podemos ofrecer las siguientes técnicas mixtas:
Patriota nostálgico.
Gozoso tradicional.
Celebratorio tricolor.
(Estas secciones son patrocinadas por los festejos del Bicentenario. Si desea técnicas puras, siga adelante.)
Este espacio le ofrece la mejor calidad en prosa, con adjetivos aprobados por la Real Academia de la Lengua.
Consuma mejor lenguaje en menos espacio: 83 líneas certificadas (si falta alguna, se la abonamos en el siguiente artículo).
Si usted es mexicano, imagínese como extranjero y piense en la calidad que le brinda este espacio. Seguramente desearía ser mexicano.
Si usted es extranjero, desee ser mexicano.
¡Gracias por preferirnos!
Si quiere que el artículo responda a su psicología, pase a la siguiente línea.
Defínase como lector. Es usted…
Radical.
Romántico.
Hipertenso.
Introspectivo.
Conservador.
Fóbico.
Pesimista.
Igualitario.
Melancólico.
Lo sentimos, no hemos podido registrar su temperamento. En este momento trabajamos con un solo carácter: Indeciso.
No esperamos que opte por un estilo porque usted se caracteriza por no saber lo que desea, o por desear dos opciones contradictorias. Le pedimos que se concentre y no arruine su meta con variables que no están disponibles. Si es capaz de concentrarse, pase a la siguiente línea.
¡Felicidades! Su permanencia en este artículo es un triunfo de la voluntad.
Ofrecemos un servicio de calidad y confianza. Nuestros artículos son inéditos hasta que usted los lee.
Si usted desea leer a otro columnista desvíe la vista a la izquierda o hacia abajo.
Si desea ser atendido en este espacio, le pedimos que espere.
Lo sentimos: su tiempo se ha terminado.
Regrese a la primera frase o aguarde la llegada del punto final:
.


Lo fusilamos de: Juan Villoro, ¿Hay vida en la Tierra?, Oaxaca de Juárez, Almadía, 2012, pp. 345-348.