lunes, 15 de abril de 2013

Solano y los extravagantes


Publicado originalmente en el número 84 de la revista Arcadia, septiembre de 2012.



En las fotos que pueden verse por ahí, en intenet y en publicaciones impresas, Andrés Felipe Solano siempre tiene la misma cara impávida, los ojos muy abiertos detrás de las gafas de marco grueso, los labios apretados, los codos pegados a las costillas en las que lo muestran de pie y de cuerpo entero. Se le ve en Londres, en Salamanca, en Seúl, en Nueva York... No es que sea un escritor cosmopolita a quien asedian sus lectores, de esos que viajan por el mundo dictando conferencias y firmando libros. Todo lo contrario: Solano es un escritor tranquilo y aplicado, que escribe y reescribe con juicio sus historias hasta que encuentra la manera de presentarlas al lector.
Él mismo afirma que sus viajes han sido más o menos accidentales, aunque acepta que pueden venir de una especie de manía: “A los 19 años me fui a vivir con mi abuela. Al poco tiempo de estar en la universidad me fui a vivir a Nueva Jersey por un tiempo. Cuando era periodista de sala de redacción dejé mi trabajo y me fui a Medellín por seis meses. Al regresar pasé un tiempo en Bogotá y a la primera oportunidad me fui. Viví en Seúl otros seis meses. Luego tuve un par de años de calma pero cuando mi esposa me propuso que fuéramos a España porque quería estudiar dije que sí sin medir las consecuencias (Salamanca, donde estuve, no es el sitio más divertido del mundo). Ahora estoy de vuelta en Corea. Quiero quedarme aquí un buen tiempo, tener algo parecido a una casa (en los últimos cinco años he vivido en nueve casas diferentes). Pero mi mujer, que por momentos tiene la misma manía, a veces me dice: ¿y si vivimos en Japón? ¿Cuánto más lejos se puede ir? No sé. Supongo que huyo de algo, no sé muy bien de qué. No me interesa el viaje como tal, ni recorrer nuevos sitios, ni tener amigos de múltiples nacionalidades, ni poder recomendar con suficiencia bares y restaurantes a lo largo y ancho del mundo, para nada. Quizás huyo de Bogotá. Huyo de su estado de ánimo, de la muerte lenta que significa para mí. Huyo de su clasismo. Pero supongo que esa Bogotá me atormentará hasta el final de mis días, y en un año de pronto esté de vuelta allí”.
Por ahora, viene este mes a presentar su segunda novela, Los hermanos Cuervo, publicada por Alfaguara.

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En la Casa de Moneda del Banco de la República hay una sala donde se exponen diez cuadros sobrecogedores atribuidos a Victorino García Romero, hijo del primer dibujante de la Expedición Botánica. La inquietud que generan las piezas en el espectador viene dada por su motivo: son retratos de monjas muertas, todas pintadas desde el mismo ángulo y acompañadas con coronas de flores, medallas y leyendas, todas con el rictus de la muerte en sus caras.
En ellas se inspira el mayor de los hermanos Cuervo para bautizar su banda de rock, Las Monjas Muertas. Es el tipo de referencia y de detalle que aprecian él y su hermano, dos personajes excéntricos e impredecibles: leen casi exclusivamente enciclopedias y mapas, todos los diciembres montan para el barrio una exhibición de juegos pirotécnicos, están escribiendo una Pequeña Enciclopedia de Construcciones y Monumentos Inesperados de Colombia, el menor es conocido como la calculadora humana en los colegios de Bogotá donde presenta su show, intentan montar una cervecería para financiar una de sus empresas imposibles…
Solano dice que los guiños a Rufino José Cuervo y su hermano Ángel los agregó después de tener el apellido de sus personajes: “Parece mentira pero el apellido de los hermanos lo tomé de alguien de mi colegio, un compañero cualquiera. Era un apellido sonoro pero también un animal que a muchos supersticiosos les causa repulsión por ser portador de malas noticias… incluí algunos pequeños guiños pero traté de no exagerar, porque en ningún momento esta es una historia sobre los Cuervo reales ni una transposición de sus vidas”.
La novela está dividida en tres partes. La primera le da el título y cuenta la vida de los hermanos desde la perspectiva de un compañero del colegio jesuita donde estudian, Nelson Reina alias La Mancha, quien se obsesiona con estos personajes estrambóticos, con su vida recluida en un caserón de La Merced al lado de su abuela; con su emisora pirata Radio Odessa que arman con aparatos viejos; con los tres mil volúmenes de la biblioteca que dejó su abuelo, un comentarista ciclístico muerto en un accidente; con su orfandad; con sus visitas una vez al mes a un burdel de lujo para repasar las delicias de dos negras traídas especialmente para ellos desde Curazao…  
La segunda parte es una crónica extensa sobre un ciclista también excéntrico, Vicente Aguirre, una tromba que ganó tres veces seguidas la Vuelta a Colombia sin un patrocinio vistoso ni mayor entrenamiento profesional. Otro personaje desarraigado que da tumbos alrededor del país buscando a su esposa desaparecida. Fue gran amigo de la abuela de los Cuervo, Rosa, y de su esposo, León Sierra. Desde la revista de ciclismo que la pareja fundó en los sesenta siempre apoyaron a Aguirre, y aun después de la muerte del periodista Rosa siguió pendiente de la vida del ciclista.
La tercera parte cuenta el viaje por Colombia que hacen Vicente Aguirre y la mamá de los Cuervo, Betty, antes de que ella tuviera a los dos hermanos y los abandonara en el caserón de La Merced para convertirse en azafata. Cosida a estos personajes que se mueven por el país viene una suerte de guía turística e historia alternativa de Colombia: una bodega de pescado perdida en el desierto de La Guajira, las oficinas públicas de un puerto sobre el Magdalena, un cementerio laico en el Eje Cafetero, un palacete egipcio imposible en las goteras del centro de Medellín, el busto de un arabista bogotano en un pueblo de las montañas de Antioquia, un balneario a la orilla de una carretera secundaria al lado del río Cauca… Lugares que fueron prósperos, visitados, aclamados y hoy se caen de a poquitos, como los dientes de un viejo abandonado en una institución de caridad.
Dice Solano: “Creo que la semilla de la novela puede ser un balneario que vi hace unos seis años sobre la carretera que va de Puerto López a Puerto Gaitán. La entrada era una gran calavera de cemento. Atrás se veía una especie de barco pirata y una piscina desocupada. Todo estaba en ruinas. Un tiempo después pasé una tarde en un balneario en Santa Fe de Antioquia, a las orillas del río Cauca. Había muy poca gente pero el lugar tenía pinta de haber sido importante en los años setenta. Con esos dos referentes, con el ambiente de estos dos balnearios, empecé a imaginarme a un par de personas que huyen y en su fuga terminan en un lugar así. No sabía quiénes eran pero quería contar la historia de ese viaje”.

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En la primera novela de Solano, Sálvame, Joe Louis (Alfaguara, 2007), el protagonista siempre está queriendo irse, vivir en San Petersburgo o en últimas en cualquier otro lugar, y así escapar de esa “mezcla de cansancio y desdicha” que siempre lo acompaña. Con 22 años, Boris Manrique trabaja como fotógrafo de sociales en una revista de quinta. Otro personaje excéntrico, precoz, desarraigado. Que se va perdiendo en sus proyectos y sus ideas, que cae en la tentación y en la molicie a pesar de sí mismo. Cuando perfiló a Manrique, Solano tuvo en mente al personaje de Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll, y el aire de familia de ambos es inocultable. Dentro de la tradición literaria nacional es evidente su correspondencia con el protagonista de El buen salvaje, de Eduardo Caballero Calderón, o con el Escobar de Sin remedio, de Antonio Caballero.
Le pregunto a Solano cómo compone a sus personajes, cómo arma sus novelas; particularmente, cómo se fue cocinando el caldo de donde nació Los hermanos Cuervo, y me contesta: “Al empezar a escribir me mueve algo muy sencillo: una determinada atmósfera y unos personajes en un punto de quiebre de su vida sobre los que quiero saber por qué se han visto arrastrados a determinada orilla, los motivos que han tenido para llegar hasta ese punto”.
Y concluye: “A medida que ahondo en los personajes ellos mismos me van mostrando el camino. Suena un poco etéreo pero temo que es así. Ahora bien, ese camino se mezcla con libros, películas y canciones que me gustan. De hecho escribí la última parte pensando en una canción medio reciente de Bob Dylan (Ain’t Talkin’) y en una cumbia rebajada de Andrés Landero que se llama Cuando lo negro sea bello. Sé que es una mezcla absurda pero en mi cabeza sonaban las dos. Y bueno, también se mezclan con cosas de mi propia vida”.

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Granta es una revista literaria británica fundada en 1889 por estudiantes de Cambridge. En todos sus años ha sido por momentos protagonista y por momentos nada más que extra con parlamento en la escena literaria anglosajona. En 1983 publicó una lista de jóvenes escritores británicos a los que había que pararles bolas, y no se sabe si por efecto de la misma lista o por los talentos de esos escritores acertó en buena parte de sus apuestas: estaban Salman Rushdie, Martin Amis y Julian Barnes, para mencionar apenas tres. Repitió el ejercicio en el 93 y en el 2003 con resultados similares. La “lista Granta” cobró notoriedad a pesar de muchas voces críticas que la consideran mera estrategia de ventas.
Luego de ejercicios similares con autores americanos, en 2010 la revista presentó su lista de jóvenes escritores en lengua española, y Andrés Felipe Solano fue el único colombiano incluido. Evidencia de la calidad literaria o estrategia de mercadeo, la inclusión genera notoriedad y, con ella, expectativas. Ambas, notoriedad y expectativas, ya le venían encima a Solano con la designación como finalista en el Premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que obtuvo con su crónica “Seis meses con el salario mínimo”.
Las expectativas frente a su nueva novela añaden presión a un escritor que prefiere quedarse en casa, sea en Corea o en Bogotá, armando sus historias, perfilando personajes intensos, excéntricos, tridimensionales. Que se mueve entre el periodismo y la literatura: “El periodismo me obligó a buscar historias, a interesarme por cierto tipo de gente. Con la mirada que me proporciona la literatura trato de inocular la ambigüedad, el misterio en esas cosas. Digo el misterio en una forma profunda, esa cualidad esencial que para mí debe tener una obra de arte, que la define”. Los hermanos Cuervo, su última novela, está en librerías, y son los lectores quienes dirán si logró inocularle arte a la historia de esos personajes extravagantes, de ese país que no aparece en las guías turísticas.