miércoles, 7 de mayo de 2014

Satura, de Jaime Alberto Vélez


Este libro es un taller de literatura. No de escritura: de literatura en general. Está dirigido a escritores, lectores, periodistas culturales, editores, promotores de lectura, directores de bibliotecas y de revistas culturales, traductores, prologuistas profesionales, reseñistas. Busca un único objetivo, que es al tiempo general y específico: que dejemos la pendejada. Que nos ocupemos de lo verdaderamente importante en este arte-oficio-negocio que gravita alrededor de esa palabra tan gaseosa, tan de quita y pon como es literatura.

Recoge treinta ensayos breves que Vélez, bajo el título de “Satura” —con acento en la primera a, “sátira”—, escribió para la revista El Malpensante entre 1998 y 2003. También incluye dos cuentos breves y un ensayo extenso que abre el libro: “El más humano de los géneros”, quizá lo más ilustrativo, entretenido y completo que se ha escrito en Colombia sobre el arte del ensayo. Como si el autor destapara sus cartas al comienzo y nos dijera “esto es el ensayo”, y después nos diera unos cuantos ejemplos. Teoría y aplicación.

Pero evitemos esas palabras tan solemnes, pues no le agradarían al autor de estas piezas deliciosas. Él mismo pone esas palabras rimbombantes, tan del gusto de académicos e intelectuales, en la picota: “Si no existiera la palabra conversatorio, ¿cómo más podría denominarse una simple conversación entre pedantes y esnobistas?”, se pregunta en el ensayo titulado “El intelectual fucsia”.

Los libros para regalar, las generaciones literarias, las dedicatorias, el alcohol y los escritores, la promoción de la lectura y las obras póstumas son algunos de los temas de esta suerte de manual de comportamiento dirigido a los habitantes de la República de las Letras. Pero el peso de este libro viene dado no tanto por la variedad de temas, que son muchos, como por la gracia con que se exponen. Por la sonoridad de sus frases, por la demoledora ironía de sus imágenes, por lo certero de las comparaciones que usa el autor para ilustrar algún punto.

En “El escalafón de escritores nacionales”, por ejemplo, pide que se establezca un ranking para evitar contratiempos a la hora de hacer declaraciones en grupo: “Cuando algunos escritores coinciden un buen rato en el mismo lugar, invariablemente deben vencer un incoercible impulso: el de escribir una carta abierta” (p. 39). La socarrona teoría del autor es que no se escriben más cartas abiertas —aunque hay encuentros de escritores todos los días— porque no hay manera de poner de acuerdo a “los abajo firmantes” sobre el nombre que debe ir primero.

“Un disparate en la primera página” discute el afán que muestran los escritores jóvenes o engreídos de dedicar las obras que escriben. “Un buen escritor no escribe por amor, sino para que lo quieran más sus amigos; el mal escritor, en cambio, escribe para que sus amigos quieran más a García Márquez”, y continúa unas líneas más abajo: “Las declaraciones públicas de un amor privado denotan un alma ingenua y elemental, y la mayoría de los grandes escritores se caracterizan por todo lo contrario” (p. 52). Más adelante comenta sobre las dedicatorias de poemas: “Resulta ridículo, además, que las palabras de un poema se escojan con escrúpulo y cuidado, una por una, de acuerdo con su sonoridad y prestigio, y todo para que al final, roto el hechizo, se diga: Para Mechas. Tal ridiculez resulta sólo inferior a la del desconocido literato de provincia que, lleno de solemnidad y automatismo, escribe al comienzo de su poema: A André Bretón” (p. 54).

En estos ensayos Jaime Alberto Vélez quiere recuperar el peso específico de la literatura, reconocer el gran arte que entraña el trabajo literario hecho con seriedad y buen juicio. Es un libro que separa como pocos el trigo de la paja, lo esencial de la impostura. Qué falta hicieron sus palabras hace unos días, cuando murió el más grande escritor que Colombia ha tenido y tendrá. Particularmente extrañé el ensayo “Literatura de costurero”, donde pone en evidencia a ese literato que con la excusa de comentar la obra de un gran escritor, se dedica a comentarse a sí mismo, y en la reseña o artículo se concentra en contar quién le regaló el libro o cómo lo encontró en una librería de viejo en París, qué colores había en el cielo la tarde en que leyó ese libro, las veces que tomó trago con el autor, etcétera. “El estilo del gran escritor es inconfundible, entre otras razones, porque está imbuido de su personalidad, así no recurra al pronombre personal de la primera persona del singular. El escritor está persuadido, además, de que en una vida dedicada a la escritura, ‘las frases son las aventuras’, según expresión del mismo Flaubert. Un literato, por su parte, piensa que debe hablar en primera persona para ser alguien. A esta clase de intelectual, Nietzsche lo define perfectamente por exclusión cuando dice: El hombre superior no habla de sí mismo” (p. 56).

Las columnas de Jaime Alberto Vélez cada dos meses en El Malpensante nos hicieron más perspicaces, más cínicos, más exigentes con los escritores, con los otros lectores, con el mundo editorial. Nos señalaron dónde están las imposturas más notables del ambiente literario, cómo lucen los farsantes, a qué debe prestársele atención y qué puede sin remordimientos dejarse de lado. Una verdadera lástima que su autor muriera en 2003, con apenas 52 años y una obra en plena marcha. Pero valga el reconocimiento a la Editorial Universidad de Antioquia que trae ahora esta antología editada con pulcritud. Como le hubiera gustado a Jaime Alberto Vélez.    


Jaime Alberto Vélez, Satura, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, Colección Bicentenario de Antioquia, 2013.