martes, 20 de enero de 2015

Libros de viaje



Si digo que un libro es como un viaje no estoy diciendo nada nuevo. En un libro, como en un viaje, uno encuentra estaciones —capítulos, episodios—, sorpresas agradables y no —clímax, puntos de inflexión—, compañeros —los personajes— y un guía o conocedor que muestra el lugar: el narrador. También se parecen en que uno nunca es el mismo al cerrar un libro y al terminar un viaje. Lo que quiero decir es que todos los libros son libros de viaje. Pero no voy a desconocer que hay un género así llamado, y es sobre él en particular que me piden una lista con cinco recomendados. Dejémonos entonces de filosofar y, como se dice en el colegio, pasemos lista. Pero antes, advertir que no soy experto ni lector dedicado a este tipo de libros: apenas curioso. Digamos que soy un turista del género que pasea por sus calles de tanto en tanto.

Viajes con Charley en busca de Estados Unidos, de John Steinbeck (Nórdica). Cuando cumple 58, el autor sale de viaje en una camioneta y recorre 34 estados, 16 mil kilómetros, para no envejecerse tan de repente y para refrescar sus conocimientos del país que inspiró buena parte de su obra. Habla con personas en bares, hoteles y zonas de camping, mira, admira, piensa y va conversando con su perro, Charley, un caniche “viejo y caballeroso… un diplomático”. La nuez del libro la encuentro en esta frase, creo: “Este monstruo de país… esta progenie del futuro, resulta ser el macrocosmos del yo microcósmico”. Y así se mueve toda la obra, entre el exterior y el interior, entre lo inmenso y lo minúsculo. Es mi libro de viajes favorito.

Con la sangre despierta, Juan Manuel Villalobos (editor) (Sexto Piso). Este libro recoge los primeros encuentros de escritores con “ciudades ajenas”, como las llama el editor. Rodrigo Fresán con Caracas, Alma Guillermoprieto con Managua, Rodrigo Rey Rosa con Tánger, Francisco Goldman con Ciudad de México… y siete escritores y ciudades más. Narraciones personales de variada textura e intensidad que recuperan el asombro de llegar a un sitio desconocido. Por eso es relevante.

La guerra moderna, de Martín Caparrós (Norma). Si en los libros de viajes el narrador es un guía, el autor de este libro es un guía de esos un poco molestos: opina más de la cuenta, se hace el inteligente, algunos chistes le salen mal. Pero su lenguaje barroco, exuberante y pretencioso combina bien con algunas ciudades que detalla aquí, como Las Vegas. También hay que decir que muchos chistes le salen bien, y tiene una puntería inigualable para el guiño, la referencia, la comparación. En últimas, en estos casos el lenguaje plano y estándar hay que dejárselo a las guías turísticas.

¿Qué hago yo aquí?, de Bruce Chatwin (El Aleph). Crónicas, relatos, perfiles de personajes que el autor, un viajero incansable, se encuentra por el camino. Camino que abarca en este libro Rusia y el Himalaya, Afganistán y La Patagonia. El interés por la biología agrega condimento a las crónicas. Este guía-narrador sabe involucrarse sin molestar, es respetuoso y sensato. Muestra compasión y delicadeza, así como un ojo muy afilado. Cualquier libro de Chatwin es un magnífico libro de viajes. Este es el más personal e íntimo, a mi parecer.

Cómo viajar sin ver, Andrés Neuman (Alfaguara). El autor ganó el premio Alfaguara de novela en 2007, y en 2008 la editorial programó un viaje promocional por todos los países de América. El autor entonces decidió tomar notas de lo que alcanzaba a ver por el rabillo del ojo, sin referirse a las actividades programadas o a encuentros con escritores. Son fragmentos de países de América, pintados por una mente sagaz y divertida. “Los montevideanos son porteños sin histeria”, dice por ejemplo, o “Lima desteñida, reflexiva, indeterminada. Hacer matices del gris es el arte limeño”. Quien haya estado allí sabe que así es.