lunes, 29 de junio de 2015

Mi romance, de Gordon Lish



El narrador y protagonista de Mi romance es un editor que padece psoriasis y durante un tiempo de su vida bebió más de la cuenta: suficientes coincidencias con mi propia biografía como para no saltar encima de esta novela apenas la vi en la estupenda librería Prólogo, de Bogotá.

El protagonista se llama igual que el autor, Gordon Lish. Trabajó como editor de ficción en la revista Esquire y como director editorial en Alfred A. Knopf, igual que el autor. Es maníaco y enfático, una personalidad contundente que en esta ocasión está frente a un público en un festival literario improvisando un discurso. Por eso devanea, balbucea, peripatea alrededor del alcohol, de la psoriasis que ha determinado su vida, de su padre y su madre, de sus tíos Lish, tacaños y extraños.

No lo dudéis, este metoxaleno que me hacen tomar para que mi piel pueda extraer de la luz todos los beneficios posibles, incluso cuando no hablamos de la clase de luz que uno consideraría apropiada, este metoxaleno es la bomba, no lo dudéis. Por otro lado, no hay nada que me pueda poner particularmente nervioso si he tomado las debidas precauciones. Esto es, primordialmente, untarme el aceite mineral, untarme una buena capa de aceite mineral en todo el cuerpo. Oh, aunque llevar gafas de sol no es que sea menos importante, ni mucho menos. Lo entendéis, ¿verdad? Quiero decir, ¿acaso no os dais cuenta de hasta qué punto mi vida está atada a todas estas preocupaciones? Aunque es posible que todavía no hayáis captado lo que quiero deciros. Quiero decir, esta psoriasis que he tenido desde siempre. O que he tenido al menos desde los siete años, más bien. Esa es la razón de que mi vida haya transcurrido de tal modo que el sol, la luz solar, los rayos solares… en eso ha consistido buena parte de mi vida, siempre: en andar persiguiendo la luz (pp. 52-53).

Una prosa envolvente que a veces cuesta un poco seguir porque quiere reproducir ese discurso que este hombre va desgranando de manera improvisada frente al público del festival literario. Gordon Lish, el personaje de la novela, está en un punto culminante de su vida y ha decidido confesarse frente a sus colegas: “No quiero sencillamente estar aquí y ponerme a leer unos cuentos. No me basta con subirme aquí y dar lo mejor de mí sólo para leeros unos cuentos. Lo que siento es que debo hablar desde aquí (p. 23).

Confiesa entonces una infidelidad y un delito. Pero no de manera directa: los va soltando como sin darse cuenta, se entretiene en nimiedades, le da una importancia inoportuna a detalles que retardan las partes más carnosas de su discurso, de su confesión. Pero ahí seguimos para conocer su carácter, su pasmosa sinceridad, su cinismo. Ahí seguimos para verlo acompañar al baño una madrugada a su madre de 93 años, desnuda y tambaleante, “Frágil en extremo o en el extremo de la fragilidad, o sí, sí, en realidad parecía como si fuera a quebrarse, ya me entendéis: una mujer tan pequeña, con tantos años encima, una hoja, como una hoja seca” (p. 39).

Señala en algún punto que algunos asistentes salen dando un portazo, y no dudo de que algunos lectores también hayan cerrado esta novela breve e implacable sin terminarla. La leyenda dice que cuando salió publicada, en 1991, Mi romance no vendió más de 500 ejemplares, a pesar de que su autor era ya conocido como un influyente editor literario que trabajó —descubrió, apoyó, apadrinó, editó— a autores tan reconocidos como Raymond Carver, Don DeLillo o David Leavitt. (Faltaban todavía siete años para que se le acusara incluso de intervenir abusivamente los relatos de Raymond Carver, hasta el punto de haber creado el estilo por el que fue conocido el escritor americano muerto en 1988.)

Pero otros lectores seguimos hasta el final, pegados del discurso balbuciente de este personaje enfermo, complejo, por momentos pragmático hasta el cinismo y por momentos vacilante, casi siempre decadente. Es decir: humano, demasiado humano.  




Gordon Lish, Mi romance, Cáceres, Periférica, 2014. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas.