martes, 24 de noviembre de 2015

Mick Jagger y los Rolling Stones, S. A.




Hay oficios en los que se puede envejecer con dignidad. Profesor, abogado, empresario de pompas fúnebres. Definitivamente, cantante en una banda de rock no es uno de esos oficios: miren a Charly García. Bueno, al lado de Charly cualquiera envejece con dignidad, incluso Mick Jagger. Aunque a estas alturas no se puede ver a Jagger como el cantante de una banda de rock. Quizá sea más favorable para él, para nosotros, para la historia, verlo como un actor viejo al que empresarios y público no dejan retirarse, y lo han encasillado en el papel de cantante de una banda rock. Un actor de 70 años, Caballero de la Orden del Imperio Británico, cuyo personaje mueve las caderas de forma provocativa y canta canciones que escribió con el corazón un chico rebelde hace cuarenta y cinco años.  

Porque hace cuarenta y cinco años Mick Jagger sí era el cantante de una banda de rock. De hecho, en esa época él mismo nutrió al personaje con rutinas que otros repitieron hasta el cansancio durante tres décadas, hasta el punto en que hoy están un poco envejecidas, son clichés: destruir habitaciones de hotel, llevarse a la cama a cuanta chica se asome por la fiesta, intentar pasar cocaína por la aduana durante una gira… Esas cosas que ya no se usan, o que si se usan son vistas como algo anticuado. Hace cuarenta y cinco años tampoco se usaban, pero Mick y sus compadres en la banda —Keith Richards, Brian Jones, Charlie Watts, Bill Wyman— las inventaron. Fueron los pioneros, los que crearon el manual de comportamiento de la estrella de rock estándar.

Pero vamos a lo importante, de lo que se trata todo este asunto: hace cuarenta y cinco años, quizá un par de años más, Mick Jagger y Keith Richards empezaron a componer algunas de las mejores canciones de todos los tiempos. “Heart of Stone”, en 1965. “Let’s Spend the Night Together”, en 1967, y “Ruby Tuesday” ese mismo año… Y a partir de ahí, toneladas. Estuvieron haciendo buenas canciones, prensando álbumes implacables y haciendo conciertos inolvidables durante poco más de una década, entre el 67 y el 81 u 82. Justo mientras fueron una banda de rock.

Hace treinta años, en los ochenta, todavía hicieron algunas canciones buenas, aunque en ese momento las hicieron más con la billetera que con el corazón. Se empezaba a notar la fórmula, pero no se puede desconocer que el álbum Tattoo You, del 81, tiene temas inolvidables. Por favor: ahí está “Waiting On a Friend” para callarle la boca a cualquiera que se atreva a pensar lo contrario. Sin embargo, la de los ochenta es la década en la que los Rolling Stones dejan de ser una banda de rock y se convierten en una sociedad (nada) anónima, una empresa de la que Mick Jagger se autonombró representante legal.

Ha hecho bien su trabajo de empresario, todo hay que decirlo. Las bandas de hace tres décadas que no tienen que hacer conciertos por necesidad se pueden contar con los dedos de la mano, y los Stones son una de ellas. Esto es gracias a Mick Jagger y a su sentido práctico para manejar el dinero. Quizá la manera de hacerlo no fue la mejor: en los ochenta fue cuando negoció bien los conciertos y grabaciones de la banda para los siguientes años, pero también hizo un trato para lanzar su carrera en solitario. Su amigo desde el jardín de infantes, el guitarrista Keith Richards, lo vio como una puñalada por la espalda y nunca se lo perdonó. Siguieron juntos, pero ya no como amigos sino como socios. Y mientras Mick dejaba de ser cantante de rock para convertirse en estrella de rock, Keith fue puliendo su papel hacia el lado contrario. El marginal, la encarnación del rock and roll, el que nunca traicionó sus raíces. Etcétera: también es un papel. Pero esta nota es sobre Mick Jagger. Creo.

Mick se convirtió en “el buen Mick”. Pasó de ser el niño malo a ser el niño bueno. Así, sin medias tintas. Alababa los beneficios del jogging, se reunió con Margareth Tatcher, se casó con una modelo famosa —Jerry Hall, recién enlazada con Rupert Murdoch, sí, ese, el odioso magnate—, al tiempo que se convertía en play boy, otro oficio en el que no es posible envejecer con dignidad. Comía sanamente, tomaba —toma— jugos de fruta y agua mineral. Keith seguía menospreciándolo: en Vida, sus memorias, cuenta que “cuando yo era un yonqui, era capaz de jugar al tenis con Mick, ir al baño a ponerme algo, volver a la cancha y ganarle”. Agrega que el cantante que enloqueció mujeres a ambos lados del Atlántico lo tiene chiquito, y que “eligió la adulación, que es bastante parecida a la heroína: una evasión completa de la realidad”.

Mick respondería con comentarios acerca de la incomodidad de tocar —¿o dijo “trabajar”?— con un borracho. En fin. La carrera en solitario del cantante no fue muy exitosa, aunque Wandering Spirit, ya en la década del noventa, debió tener mejor repercusión. Es un disco verdaderamente bueno, desde las fotos de portada de Annie Leibovitz.

Desde esos años hasta ahora —con un par de excepciones—, la empresa ha tenido la línea de producción en movimiento. Unos cuantos temas nuevos cada cuatro o cinco años, súper gira, pelea, retiro, unos cuantos temas nuevos y vuelta a empezar. Todos los socios han estado a la altura, cada uno en su papel. Keith en el de truhán. Charlie Watts en el de ancla. Ronnie Wood en el de pasado. Mick en el de CEO. Keith Richards se ha encargado de repetir que los demás en la banda ven al cantante un poco ridículo en su papel de jefe, se burlan de él y lo llaman Brenda, por la escritora británica de novelas románticas Brenda Jagger. Pero gracias a “Brenda” han podido seguir haciendo lo que les da la gana y, sobre todo, recibiendo chorros de dinero. Que no es de lo que se trata una banda de rock, pero sí una empresa. ¿Estamos?