sábado, 30 de abril de 2016

El subrayado es mío: un prólogo




Presentación del libro Grandes borrachos colombianos volumen 1
de Pablo R. Arango, publicado por El Malpensante. 



Platón, el ajedrez, las cantinas, la filosofía, Pensilvania, El Caballero Gaucho, las putas, la ironía, las publicaciones universitarias, los griegos, el guarapazo. Quienes conocemos a Pablo Rolando Arango sabemos que esos son los temas que aparecen una y otra vez en sus conversaciones. Y esos, cómo no, son los temas de este libro.

Pablo es el puente colgante –pocas veces más oportuno el adjetivo– entre la academia y el billar, entre la epistemología y el botellazo. El humor y la reflexión filosófica en estas piezas no son un recurso narrativo sino la representación fiel de una realidad que se aproxima por igual a lo ridículo y a lo trágico, a lo trascendente y a lo mundano.

En un texto autobiográfico, Pablo encuentra a Thomas Hobbes reflejado en los espejos de prostíbulos y cantinas de Caldas. El retrato de un profesor alcohólico se convierte en una disertación acerca de la ironía. Una crónica sobre un ajedrecista acaba siendo un dilatado poema dedicado a “una suerte de Diógenes el Cínico de final de milenio”. Y lo que parece ser el perfil de El Caballero Gaucho, un cantante de música popular, comienza con una cita de Platón y termina con una de Kierkegaard, para trazar un ensayo sobre el ethos del Eje Cafetero. Eso solo puede hacerlo sin mosquearse un despistado o un idealista. ¿No son acaso la misma cosa?

Cuando los lectores que gustamos de licores –vaya rodeo para evitar decir borrachos– vemos alguna referencia al alcohol en el título o en las señas particulares de un libro, tendemos a buscarlo y al menos a ojearlo, y si está bueno nos lo tragamos hasta el colofón en el menor tiempo posible: el equivalente literario del “fondo blanco”. Prácticamente en todos encontramos anécdotas y prescripciones en cantidades variables, ya lo sabemos. ¿Qué buscamos en esos libros que nos hablan del trago? De pronto que nos cuenten historias de borrachos, porque dejamos olvidadas las nuestras en las lagunas de algún guayabo. Quizá lo hagamos por esnobismo, porque muchos de esos libros son sabrosos manuales para beber mejor, para beber bien.

Aquí, por fortuna, hay muchas anécdotas y pocas recetas. Porque no se mencionan el whisky o el vodka, mucho menos mezcladores o proporciones. En Grandes borrachos colombianos, volumen 1 se habla es del aguardiente y sus desproporciones. Pablo ha ido hasta el fin de la noche –creo que la frase le va a gustar, porque Céline es otro de sus grandes amores– para mostrarnos su belleza. Para mostrarnos también que el alcohol, en particular el aguardiente y esa forma arrecha de beberlo, encaja con precisión en el alma del habitante de esa región de Colombia que conocemos como el Eje Cafetero, que comprende parte de Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío y el norte del Valle. La anécdota es solo una puerta de entrada hacia esas almas, esa imagen inevitablemente repetida de hombres y mujeres con la cabeza enterrada en una mesa llena de botellas vacías es solo la superficie de un retrato más íntimo. La embriaguez individual, la de cada noche y cada borracho, es el eco de algo más hondo que se multiplica.

Tendría razón quien afirmara que, a pesar del título de este libro, la grandeza de sus personajes es relativa. Es cierto que algunos son prácticamente desconocidos fuera de su comarca, que otros dilapidaron su talento por estar entregados a la botella y que el reconocimiento masivo de uno de ellos no corresponde necesariamente a sus méritos artísticos. Sin embargo, la importancia de estos héroes mínimos solo puede medirse en la justa proporción de lo que representan: la esencia de una región conservadora, ebria, sensible e iracunda, que los admira, que sigue sus pasos o que se ha educado en salones y cantinas presididos por ellos. Los cuatro han sido, además, grandes en su quehacer cotidiano, no el ajedrez ni la música ni la docencia, sino en beber o en inspirar borracheras ajenas.

Las voces encontradas del profesor de filosofía que es Pablo Rolando desde hace quince años, del borracho que ha sido de manera intermitente desde los doce y del habitante típico de esta región, cuyo acento remite de inmediato al carriel, al jeep Willys y al aguardiente, definen el tono tambaleante de estos textos. La gran cantidad de citas no es el síntoma de una erudición que pretende abrumar. Por el contrario, se trata de un intento por precisar lo más cercano e íntimo tomando prestadas las líneas de quienes lograron describirlo con acierto desde horizontes muy distintos al nuestro. Los veo como invitados a la conversación. El resultado de ese encuentro entre la cantina y el ágora nos revela a un autor improbable, un Virgilio culebrero que nos lleva de la mano por el Viejo Caldas, un Christopher Hitchens de la montaña.

Alguna vez le leí a Sandro Romero que lo mejor de dejar el alcohol son las recaídas. Ya veremos: después de varios años de emborracharnos hasta las jíqueras y hablar paja durante días y días con sus noches, tanto el autor de este libro como el autor de este prólogo hemos puesto en pausa nuestro trato consuetudinario con el alcohol. Pablo ha aprovechado para organizar estas historias, y yo celebro que gracias a eso más personas puedan participar en el palique. Y, sobre todo, celebro que de esta manera puedan acercarse a esos temas que le gustan a Pablo y que lo dibujan. Porque, ¿saben? Detrás de los perfiles del ajedrecista, el profesor de filosofía, el músico popular y el borracho precoz solo hay un tema, un personaje, un protagonista. ¿Ya saben cuál es? Adelante, y buen provecho.



viernes, 8 de abril de 2016

De paseo por las librerías


Foto de Juan Carlos Afanador para Bacánika.

Alfonso Buitrago Londoño y Stephen Ferry: El 9 Albeiro Lopera. Un fotógrafo en guerra (Tragaluz).


Dicho rápido, este libro es una biografía de Albeiro Lopera, “El 9”, un fotorreportero que cubrió la guerra en Antioquia a comienzos de este siglo, más una muestra de su trabajo. Pero como todos los buenos libros, este es mucho más que eso. Es el perfil de un fotógrafo único, que cumplió el precepto de Frank Capa que decía que si tus fotos no son lo suficientemente buenas es porque no estás lo suficientemente cerca. El 9 se acercó, es más, se metió bien al fondo en la guerra y nos trajo su rostro de pesadilla. El libro también es una historia de ciertos barrios de Medellín, del punk en Bello y en el centro de la capital antioqueña, de la fotografía de guerra en Colombia y Antioquia. De la guerra en esa parte del país, que fue y ha sido particularmente dura. También es la historia de un sueño, de un destino que se torció para bien, como a veces pasa en este país.
Las fotos que acompañan el perfil del 9 son tremendas. Nos dicen qué pasó en las selvas de Colombia hace 10, 15 años. Cómo se fue abriendo la Gran Herida de la Nación, cómo nació el dolor de las familias que fueron golpeadas por la guerra, y que siguen llorando por lo que perdieron: familia, tierra, autoestima, su lugar en el mundo.
Ahora que queremos respirar nuevos aires en Colombia, este libro es necesario para recordarnos lo que alguna vez fuimos; para que no nos olvidemos que un montón de gente ha sufrido en este país una guerra que no es de ellos, que ellos no quieren. Que en últimas no quiere nadie.  

Jacques Attali: Faros (Luna Libros).


Lo que más me gusta de este libro que es que me indica que la editorial Luna Libros quiere seguir publicando la obra del sabio argelino Jacques Attali. Hace un par de años publicó El hombre nómada, una historia muy entretenida de la humanidad contada a partir de los pueblos nómadas, y que lo hacía sentir a uno como siguiendo una serie tipo Game of Thrones pero real: tribus, batallas, grandes movimientos de tropas y personas a través de las estepas, los bosques y los desiertos de África, Asia, Oceanía y Europa. Faros recoge perfiles de personas que iluminaron de alguna manera la humanidad, personas que han marcado el camino. Como señala su contracarátula, “Tenemos aquí veinticuatro personajes cuyos destinos son más locos, más intensos, más ricos en peripecias y contradicciones que los de los personajes de cualquier novela”. Confucio, Aristóteles, Asoka, Giordano Bruno, Simón Bolívar, Walt Whitman en relatos de 10, 12, 15 páginas que los ubican perfectamente en su tiempo, en su cultura y en la historia. La prosa de Attali es envolvente, poderosa, firme, sin mucha floritura pero rica en datos. Habiendo conocido estas historias contadas por Jacques Attali, después no se traga uno tan fácil las barrabasadas que suelta domingo tras domingo Diana Uribe.



Colección Un libro por Centavos (Universidad Externado de Colombia)


La Colección Un Libro por Centavos es de las iniciativas culturales más bonitas e importantes de la historia de Colombia. Sin exagerar. Desde hace trece años, mes a mes, sin pausa, el departamento de Extensión Cultural de la Universidad Externado de Colombia viene publicando y distribuyendo primorosos libritos de poesía colombiana y universal, histórica y contemporánea. Solo se venden en la librería de la universidad, y ciertamente por centavos: creo que cada título vale mil pesos. Los demás se distribuyen gratis en bibliotecas públicas, centros culturales, colegios, universidades, en festivales y a través de la revista El Malpensante.

Hay que pararles bolas porque valen la pena para entrar en el mundo de la poesía, que es hermoso. No se imaginan. Si ven alguno de estos libros por ahí, tómenlo, llévenselo, léanlo o regálenlo. Son bonitos y caben en cualquier bolsillo. No se dejen engañar por las carátulas, que son feítas. Miren el contenido. En serio.

Fotografía de Juan Carlos Afanador.



Este artículo apareció publicado originalmente en la revista Bacánika.