miércoles, 16 de noviembre de 2016

Ante todo no hagas daño, de Henry Marsh



Este libro condensa en muchos de sus párrafos y en todos sus capítulos dilemas éticos de la mayor importancia para el ser humano, así como perspectivas filosóficas frente a la vida y la muerte, reflexiones sobre la medicina y la vocación, la familia, el dolor y la esperanza. El doctor Marsh expone su brillante carrera sin esquivar sus errores, algo que no suelen hacer los médicos, mucho menos los de especialidades sofisticadas como la cardiología o la neurocirugía, que es la del doctor Henry Marsh. 

Cada capítulo nos revuelca todas las emociones posibles, tal como puede hacerlo cualquier episodio de una serie televisiva contemporánea sobre médicos y hospitales —o sobre cualquier otra cosa: ya es un lugar común decir que lo mejor de la dramaturgia se está escribiendo ahora para televisión—. Pero en este caso el revolcón emocional es mejor, más intenso, porque el autor va más al fondo, porque sabemos que es real, y porque estas memorias son el examen de conciencia y el acto de contrición de un escritor de primera: “ahora que me acerco al final de mi carrera, siento la creciente obligación de dar testimonio de las equivocaciones que he cometido en el pasado, con la esperanza de que mis discípulos aprendan a no repetirlas”, señala en la página 196.

Así, lo vemos ir y venir entre su casa y el hospital en bicicleta a lo largo del libro; lo vemos abrir todos los días el cerebro —¡el cerebro!— de dos o tres personas y hablar con los familiares de esas personas sobre las perspectivas o los resultados de esas operaciones; asistimos a sus discusiones y bromas con Gail, su secretaria, y a las reuniones cotidianas en la mañana con el equipo de Neurología de un gran hospital londinense. Y rondando siempre por ahí están la muerte, la discapacidad, el dolor. Este señor todos los días toma sobre la marcha decisiones que marcan la diferencia entre la vida y la muerte, o entre un organismo en la plenitud de sus funciones y uno con alguna discapacidad. Todos los días de su vida. Y en alguien con un poco de sensibilidad, eso pesa toneladas: “Empezar puntual, con todo donde debe estar, los paños quirúrgicos colocados de la manera exacta y el instrumental pulcramente dispuesto, es un método fundamental para calmar el pánico escénico quirúrgico”, leemos en la página 59. Y más adelante: “con cualquier cirugía, la cuestión consiste en un equilibrio de riesgos, tecnología sofisticada, experiencia y destreza… y un poco de suerte” (62).

Cada capítulo lleva por título el nombre de alguna enfermedad, malformación o accidente neurológico, y adentro encontramos, entre otras historias, la del caso que le da título al capítulo. Personas entre los 30 y los 40 años, en plena construcción de una carrera, una familia y una personalidad en el mundo, con hijos o padres o esposos, de pronto empiezan a sufrir fuertes dolores de cabeza, o problemas de habla, o de visión, y terminan en el consultorio del doctor Marsh. Niños o niñas que corretean en el patio del colegio de pronto están en su mesa de operaciones desangrándose. Personas que se ven convertidas en “historias clínicas, pues así se llaman esos relatos de catástrofes repentinas o tragedias terribles que se repiten todos los días, año tras año, como si el padecimiento humano no tuviera fin” (32-33).

El doctor Marsh viaja recurrentemente al pasado, a sus años de formación. Ahí radica parte de su sabiduría y de la tremenda compasión que despliega en estas memorias: no olvida nunca quién es, de dónde viene, qué ha aprendido. La compasión es su sabiduría: debería serlo en todos los médicos sin importar su especialidad. En el capítulo titulado “Leucotomía”, por ejemplo, comienza sentado en un pequeño cuarto que tienen los cirujanos al lado del quirófano, descansando entre operación y operación, mientras recuerda sus días como auxiliar de enfermería en la sala de psicogeriatría de un hospital: “Llegar al trabajo a las siete de la mañana para enfrentarse a una sala con veintiséis ancianos incontinentes postrados en la cama puede considerarse todo un aprendizaje, como también lo era lavarlos, afeitarlos, darles de comer, sentarlos en el orinal y sujetarlos con correas a la silla geriátrica. […] Aquel fue un trabajo deprimente y con pocas compensaciones, en el que aprendí mucho sobre las limitaciones de la generosidad humana, especialmente de la mía” (148).

Este es un libro que nos muestra, con el lujo que sólo dan los detalles bien dispuestos, momentos duros de la vida de personas que podríamos ser nosotros, nuestras parejas, nuestras hermanas, y lo hace con compasión y humildad, con viveza y gracia, con precisión e inteligencia. Es notable la manera en que logra que uno se divierta y entretenga en medio de historias tan difíciles. Eso sólo puede hacerlo alguien que sabe tocar las delicadas cuerdas de la prosa y la dramaturgia. Felizmente, es el caso del doctor Henry Marsh.




Henry Marsh, Ante todo no hagas daño, Barcelona, Salamandra, 2016. Traducción de Patricia Antón de Vez.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Fusilado: Richard P. Feynman



Premio Nobel de Física en 1965, Feynman fue un científico afable y sabio, preocupado por el mundo real y, digamos, “funcional”: una presencia que rompe con el estereotipo del científico despelucado y mal trajeado siempre con la cabeza en otra parte. En todas sus intervenciones públicas mostraba una excepcional claridad y una pícara ironía, por lo cual era muy solicitado por los medios para que diera declaraciones sobre ciencia, educación, imaginación y política. Sus campos de interés abarcaron desde la termodinámica cuántica hasta los bongoes: fue un intérprete dedicado de este instrumento  durante toda su vida —alguna excentricidad tenía que tener, al fin y al cabo era un científico teórico.
Su hija Michelle Feynman extractó fragmentos de discursos, cuadernos personales, entrevistas, libros y cartas y las reunió en un libro delicioso titulado La física de las palabras, de editorial Crítica, que encontré en la Librería Nacional del centro comercial Andino de Bogotá. Dejo algunas citas para antojar a los visitantes de esta página a mirar el libro y tenerlo al alcance de la mano para hojearlo y sorprenderse de vez en cuando. Cordialmente invitados a leer.



Si vas en la misma dirección que todos los demás, tienes toda una multitud de gente a la que tienes que adelantar.
  

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No sé nada, pero lo que sí sé es que todo es interesante si uno lo aborda con la suficiente profundidad.

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No te desesperes ante los libros de texto estándar y aburridos. Simplemente cierra el libro de vez en cuando y piensa en lo que dice en tus propios términos, como una revelación del espíritu y una maravilla de la naturaleza. Los libros te dan hechos, pero tu imaginación puede proporcionarte vida. Mi padre me enseñó cómo hacerlo cuando yo era un muchachito sobre sus rodillas, ¡y me leía la Encyclopaedia Britannica!


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Aprendí muy pronto la diferencia entre saber el nombre de algo y saber algo.


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No es la filosofía lo que me molesta, es la pomposidad. ¡Si al menos se rieran de sí mismos!


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El mundo es una confusión dinámica de cosas que se menean.


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Los dos, padre e hijo, tendríais que pasear al atardecer y hablar (sin propósito alguno) sobre esto y aquello. Porque su padre es un hombre sabio, y pienso que el hijo también es sabio porque tienen las mismas opiniones que yo tenía cuando era padre y también cuando era un hijo. Desde luego, estas no coinciden siempre, pero la sabiduría más profunda del hombre mayor crecerá a partir de la atención concentrada y enérgica del más joven. Paciencia.


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Yo nunca pienso ‘Esto es lo que me gusta, y esto es lo que no me gusta’; yo pienso: ‘Esto es lo que es, y esto es lo que no es’, y si me gusta o no me gusta es realmente irrelevante, y lo he sacado de mi pensamiento.


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Sucedió que las notas que yo tomaba en los congresos no fueron nunca demasiado útiles para nada, y ya no tomo notas en los congresos.

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Me agradó hojear su revista Science and Children, pero creo que debo rechazar su invitación para escribir un artículo para la misma. Entiendo que mis talentos son mucho mejores en la línea de bailar y de ser acompañante que de escribir artículos para una revista de este tipo.


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Y la vulgaridad de nuestra época, tan lamentada, es una vulgaridad que solo puede ser paliada por el arte, y con seguridad no por la ciencia sin arte. El arte y la poesía pueden recordar a la mente la belleza, y hacer gradualmente que la vida sea más hermosa.


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Ahora que estoy quemado y nunca lograré nada, he conseguido esta magnífica posición en la universidad, dando clases con las que disfruto, y de la misma manera que me gusta leer Las mil y una noches por placer, me dedicaré a jugar con la física, siempre que quiera, sin preocuparme en absoluto de su importancia.

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Una de las herramientas mayores y más importante de la física teórica es la papelera.


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No me parece que este universo fantásticamente maravilloso, esta tremenda extensión de tiempo y espacio y diferentes tipos de animales, y todos los diferentes planetas, y todos estos átomos con todos sus movimientos, etc., toda esta cosa complicada pueda ser meramente un escenario para que Dios pueda contemplar a los seres humanos luchando por el bien y el mal… que es la visión que tiene la religión. El escenario es demasiado grande para el drama.


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Los científicos son exploradores; los filósofos son turistas.


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El problema con hacerle una broma a un hombre muy inteligente como el señor Teller es que el tiempo que pasa desde que se da cuenta de que hay algo que no funciona hasta que comprende exactamente qué es lo que ocurrió, es tan condenadamente reducido que no le da a uno ningún placer.


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Yo, un universo de átomos, un átomo en el universo.


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Todos los que asisten a una conferencia científica saben que no van a entenderla, pero quizá el conferenciante lleve una corbata bonita y coloreada que poder contemplar. ¡No es este el caso!


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Es grato ser honrado por los amigos y vecinos. Sin embargo, he descubierto que ganar premios siempre ocasiona algunos inconvenientes y obstáculos. Tuve que ir a Suecia para aceptar un premio, y tuve que levantarme a las 7 de la mañana para aceptar otro.



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Es bastante fácil inventar una teoría hablando.



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Por lo tanto, no tengo mucho que decir. Pero de todos modos hablaré durante un buen rato.


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La paz es una gran fuerza para el bien o para el mal. Cómo pueda serlo para el mal, no lo sé. Lo veremos, si acaso alguna vez logramos la paz.


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Me parece que hay una especie de independencia entre los puntos de vista éticos y morales y la teoría de la maquinaria del universo.


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Desde entonces no presto ninguna atención a nada de lo que digan los “expertos”. Lo calculo todo yo mismo.




Lo fusilamos de: Richard P. Feynman, La física de las palabras, editado por Michelle Feynman, Barcelona, Crítica, 2015. Traducción (floja) de Joandomènec Ros.