miércoles, 16 de abril de 2008

Fusilado: William Somerset Maugham



Durante las décadas del veinte y del treinta Maugham fue el escritor más exitoso, más leído, más vendido en Europa. Una especie de Stephen King de ahora. Pero la crítica nunca reconoció su verdadero valor literario, y pocos escritores, además de Anthony Burgess y George Orwell, reconocieron la influencia que ejerció sobre ellos, quizá porque siempre estuvo alejado de las experimentaciones formales de sus contemporáneos –Joyce, Woolf, Faulkner…–. La prosa de Maugham es diáfana, directa, y sus mayores alcances están en la observación cínica, en la caracterización perfecta y amarga de personajes. Aun hoy el escritor británico –aunque nacido en París y muerto en Niza– está algo relegado, a pesar de haber escrito verdaderas obras maestras como esa bonita biografía novelada de Gauguin titulada La luna y seis peniques –hágame el favor el título–, o su autobiografía Servidumbre humana, de más de seiscientas páginas y en la que en ningún momento deja ver sus preferencias (bi)sexuales. ¿Amañada? Sí, pero también genial por eso mismo (puede que me equivoque y haya por allí referencias, guiños que no supe percibir cuando la leí, como a los diecisiete). Su novela más celebrada, El filo de la navaja, narra la experiencia de un hombre de alta posición social que deja todo para irse a la India a buscarle sentido a su vida. En 1944, en plena guerra, fue mal recibida por el establecimiento, que la calificó de escapista; si se hubiera publicado 20 años después habría caído en el saco de las novelas fundacionales del movimiento hippie, al lado de En el camino y similares. Con el humor amargo del que siempre hizo gala, el propio Maugham dijo ya viejo: “soy el mejor de los escritores entre los escritores de segunda línea”.

Desde antes de cumplir 20 comenzó a escribir diarios, donde apuntaba sus pensamientos y reflexiones al comienzo, y que luego fueron convirtiéndose en la base para la creación de escenas, la caracterización de personajes en sus obras de ficción. Y eso se nota: al comienzo mucho aforismo, mucho pensamiento, hacia el final más bien descripciones, perfiles, notas de viaje, situaciones que veía por ahí. “Mi intención fue que mis cuadernos de notas fuesen un almacén de materiales destinados a un uso futuro y nada más”. En el 49 se decidió a publicarlos bajo el título Cuadernos de un escritor. “No lo publico porque sea lo bastante vanidoso como para suponer que toda palabra mía merece ser perpetuada. Lo publico porque me interesa la técnica de la producción literaria y el proceso de creación, y si un volumen como este, escrito por otro autor, cayese en mis manos, me arrojaría sobre él ávidamente”. Fue lo que hice cuando vi el volumen en una venta de saldos hace años. Y escogí de aquí y de allá algunas notas. Si hay tantas sobre (¿contra?) las mujeres es porque las consideraba competencia, y en sus anotaciones sobre ellas derramó lo más ácido de su talante. Debo decir como en las publicaciones institucionales aquello de “la opinión de los fusilados no necesariamente refleja las opiniones de el ojo en la paja bla, bla, bla”. Aunque en algunos casos sí.



Cuadernos de un escritor

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Una solterona es siempre pobre. Cuando es rica, es una mujer de una cierta edad que no se ha casado.

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Siempre me han infundido sospechas las teorías de los novelistas; no las he considerado nunca otra cosa que la justificación de sus propias carencias.

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No está casada. Me dijo que, en su opinión, el matrimonio tiene forzosamente que ser un fracaso si una mujer no puede tener más que un marido.

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No hay como el amor para que un hombre cambie de opiniones. Porque nuevas opiniones son casi nuevas emociones. Son el resultado no de un pensamiento, sino de una pasión.

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Hablándome de una palabra muy larga que alguien había empleado, me dijo: “Una palabra tan aristocrática, ¿sabe usted?, que parece que a uno tienen que dolerle las mandíbulas con sólo pronunciarla”.

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¡Cuán sentenciosos somos! Creo que nuestras observaciones deberían ser puntuadas con polvos de rapé.

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–¿Sabe usted francés?
–Pues… verá usted. Puedo leer una novela francesa cuando es indecente.

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Una mujer puede ser tan perversa como se quiera, pero si no es bonita no le servirá de nada.

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Hay una placentera ironía en la juventud dorada que va al diablo todas las noches y a misa de ocho a la mañana siguiente.

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En una cena de compromiso hay que comer con prudencia, pero no demasiado bien; y hablar bien, pero no con demasiada prudencia.

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No hay hombre que en el fondo de sí mismo no sea tan cínico como una mujer bien educada.

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En el hospital. Dos hombres eran grandes amigos: comían juntos, trabajaban juntos y se divertían juntos. Eran inseparables. Uno de ellos se fue a su casa a pasar unos días y en su ausencia el otro, al efectuar una autopsia, sufrió un envenenamiento de la sangre y cuarenta y ocho horas después murió. Había citado a su amigo en la sala de autopsias. Cuando entró lo encontró sobre la losa, desnudo y frío.
–Me produjo cierta impresión –me dijo cuando me lo contó.

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El resultado habitual de la cohabitación del hombre con la mujer, por sancionado que esté por la sociedad, es hacerlo un poco más insignificante, un poco más mezquino de lo que de otro modo hubiera sido.

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No hay características femeninas más acusadas que una pasión por la minuciosidad y una memoria infalible. Una mujer es capaz de darnos cuenta minuciosa de una conversación insignificante sostenida con una amiga unos años antes; y lo que es peor, la dan.

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Pocos infortunios pueden caer sobre un chiquillo que ocasionen peores consecuencias que tener una madre verdaderamente afectuosa.

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Un código moral es tan sólo aceptado por las mentalidades débiles; las fuertes se forman el suyo.

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Un día de mar alborotado en la bahía de Nápoles. Los napolitanos vomitaron grandes cantidades de macarrones no digeridos. Vomitaron con un chorro súbito, como agua que escapara de una cañería reventada, y sus bocas abiertas les daban una expresión estúpida y angustiada de pez fuera del agua, pero a ellos no se les podía dar un golpe en la cabeza como se hace con los peces para acortar sus sufrimientos. Además, no tenía nada con que golpearlos.

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La gran mayoría usa innoblemente la porción de inteligencia de que dispone, después de preocuparse por su propia conservación y la propagación de la especie.

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Pueda la muerte cubrir mis años con la noche.

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Cuando una mujer de cuarenta años le dice a un hombre que es lo bastante vieja para ser su madre, la única salvación del hombre está en la huida. O se casará con él o lo arrastrará al tribunal de divorcios.

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Habría que cultivar siempre los propios prejuicios.

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Los tres deberes de la mujer: el primero, ser bonita; el segundo, ir bien vestida; el tercero, no contradecir jamás.

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¿Soy acaso un poeta menor para tener que exponer al vulgo mis sangrientas entrañas?

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Los lectores no se dan cuenta de que el pasaje que leen en una hora, en cinco minutos, se ha desarrollado fuera de la sangre del corazón del autor. La emoción que los impresiona como “tan verdadera” la ha vivido durante noches enteras de amargas lágrimas.

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Hay personas que dicen “Muy bien, muchas gracias”, cuando se les pregunta cómo están. ¡Cuán vanas deben ser para imaginarse que a uno pueda importarle lo más mínimo!

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Y, accidentalmente, en un desgarrón de rápidas nubes, aparece la pálida estrella tiritando de frío.

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No concibo disposición de espíritu más cómoda para la conducta en la vida que una resignación teñida de humor

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Éxito. No creo que me produzca ningún efecto. Por una parte siempre lo esperé, y cuando llegó lo consideré tan natural que no creía conveniente armar barullo por ello. Sólo tiene valor para mí porque me libera de la incertidumbre financiera que no estaba nunca totalmente ausente de mis pensamientos. Detesto la pobreza.

Detestaba tener que contar y economizar a fin de poder hacer llegar el dinero. No creo ser tan presuntuoso como era años atrás.

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Se sumergió en un mar de trivialidades y, con el poderoso pecho de un nadador del canal de la Mancha, emprendió su confiado paso hacia los blancos acantilados de lo obvio.

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Timidez: mezcla de desconfianza y vanidad.

Lo fusilamos de: William Somerset Maugham, Cuadernos de un escritor, Barcelona, Península, 2001, 412 páginas. Traducción de Manuel Bosch.

miércoles, 9 de abril de 2008

La carretera, de Cormac McCarthy



Pocas cosas quedan sobre la tierra unos años después de la explosión nuclear: ceniza por todas partes, ciudades humeantes todavía, esqueletos de carros y casas, unos pocos andrajosos que caminan por las carreteras algunas veces derretidas y que evitan encontrarse. Y entre ellos los personajes de esta novela, un padre y su hijo que buscan mejores aires en el sur; en su camino llevan morrales con mantas y plásticos y arrastran un carrito de mercado con enlatados y otras vituallas. El padre lleva al cinto un revólver con dos balas, temprano en la novela tendrá que usar una. Se les van los días entre caminar, buscar comida y huir de los “barbudos”, tribus de gente que busca gente para comérsela. Alguna vez desde la oscuridad de un bosque ven pasar por la carretera un grupo de ellos; llevan tubos y cadenas en las manos; cierran la procesión unas cuantas mujeres… embarazadas.

Lo de McCarthy es la peregrinación y la muerte, y las dos están en cada fragmento que compone esta novela compuesta de pequeñas escenas de un párrafo, dos a lo más. Cada incursión de estos personajes en un pueblo, una casa, una tienda destruida en busca de comida entraña suspenso del más puro y aterrador, que se acrecienta porque el relato se detiene en cada escena que transcurre en un interior mientras describe procedimientos como abrir una compuerta, armar un fogón de gas, sacar agua de una cisterna. La carretera por la que caminan es “árida, silenciosa, infame”: tres adjetivos que le encajan perfecto a la prosa de McCarthy. Además llueve todo el tiempo, siempre hay frío, en todo momento los acompaña “la pauperizada luz del sol” (p. 71). El hombre a ratos se dobla a toser y escupe sangre.

Tres veces encuentran libros y las tres están éstos “hinchados, inservibles”. Una vez se topan en una tienda con una Coca-cola y el hombre insiste en que el chico se la tome. Insiste, no toma él ni un sorbo. “¿Es porque nunca más volveré a tomar otra, verdad?”, le pregunta el chico. ¿Qué se siente vivir en un mundo sin libros, sin Coca-cola, huyendo de caníbales, sin saber cuánta gente hay? “Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último, los nombres de cosas que creía verdaderas” (pp.69-70).

Al fin llegan al mar y pasan allí unos días, pero no acabarán las penas de este padre y su hijo. Las penas en el mundo de La carretera no acaban sino con la muerte. El mar no es más que “Un inmenso sepulcro de sal. Absurdo. Absurdo” (p. 165). Salen de la playa otra vez a la carretera para ir más hacia el sur y el chico le pregunta al papá qué es lo más valiente que ha hecho. “Escupió en la carretera una flema sanguinolenta. Levantarme esta mañana, dijo” (p. 199). Un mundo sin esperanzas que le devuelve la esperanza a la novela, al lenguaje, a los lectores. Una obra verdaderamente grande.


Cormac McCarthy, La carretera, Barcelona, Mondadori, 2007, 224 páginas. Traducción de Luis Murillo Font.

sábado, 5 de abril de 2008

Fusilado: Voltaire




Regreso luego de un receso debido a motivos familiares. Y lo hago con el fragmento de un libro infaltable en la educación de alguien que se precie de ilustrado y liberal, el Diccionario filosófico del gran François Marie Arouet, desde los 24 años llamado Voltaire. La idea de este diccionario surgió durante una cena en el palacio de Postdam el 28 de septiembre de 1752. Se la propuso a Voltaire su gran amigo el emperador Federico, y en su confección participarían ambos y algunos invitados, pero terminó escribiéndolo sólo Voltaire. Años después de terminado, y vetada su edición y lectura en las principales capitales europeas, el propio autor renegaría de su obra. En carta a d’Argental escribió: “No tengo más que el tiempo de decirle que el Portátil, de ningún modo es mío, y que este asunto envenena un poco mi pobre vejez, que transcurre bastante placenteramente”. Por ese tiempo la obra era denominada Diccionario filosófico portátil, y en otra época fue conocido con el bello nombre de La razón por alfabeto. Antes de emprender la lectura de esta pequeña muestra quedémonos con el título completo que tuvo la primera edición, fechada en Londres en 1764, que recoge de manera certera su espíritu y alcances: Diccionario filosófico dictado por el amor a la razón, por el culto al buen sentido y a la verdad, por el odio a la superstición, a la intolerancia y a los abusos.


Amor

Hay tantas clases de amor, que no sabemos a cuál de ellas hacer referencia para definirlo. Se llama falsamente amor al capricho de algunos días, a una relación ligera, a un sentimiento al que no acompaña el aprecio, a una costumbre fría, a una fantasía novelesca, a un gusto al que sigue un rápido disgusto; en una palabra, se da ese nombre a una multitud de quimeras.

Si algunos filósofos tratan de examinar a fondo esta materia poco filosófica, que estudien el Banquete de Platón, en el que Sócrates, amante honesto de Alcibíades y de Agatón, conversa con ellos sobre la metafísica del amor, Lucrecio habla del amor físico, y Virgilio sigue las huellas de Lucrecio.

El amor es una tela que borda la imaginación. ¿Quieres formarte una idea de lo que es el amor? Contempla los gorriones y los palomos que hay en tu jardín; observa el toro que se aproxima donde está la vaca, y al soberbio caballo que dos criados llevan hasta la yegua que apaciblemente le está esperando y al recibirle menea la cola; observa cómo chispean sus ojos, y oye sus relinchos, contempla sus saltos, orejas tiesas, su boca que se abre nerviosamente, la hinchazón de sus narices y el aire inflamado que de ellas sale, sus crines que se erizan y flotan y el movimiento impetuoso que les lanza sobre el objeto que la Naturaleza les destinó; pero no les envidies, porque debes comprender las ventajas de la naturaleza humana, que compensan en el amor todas las que la Naturaleza concedió a los animales: fuerza, belleza, ligereza y rapidez.

Hay algunos animales que ni siquiera conocen el goce; los peces que tienen concha no lo conocen: la hembra deja sobre el legamo millones de huevos; el macho que los encuentra, pasa sobre ellos y los fecunda con su simiente, sin conocer y sin buscar a la hembra que los puso.

La mayor parte de los animales que se emparejan no disfrutan más que por un solo sentido, y cuando satisfacen su apetito termina su amor. Ningún animal, excepto el hombre, siente inflamarse su corazón al mismo tiempo que se excita la sensibilidad de todo el cuerpo; sobre todo, los labios gozan de una voluptuosidad que no fatiga, y de ese placer sólo goza la especie humana. Además, ésta, en cualquier época del año, puede entregarse al amor, y los animales tienen su tiempo prefijado. Si reflexionas y te haces cargo de estas preeminencias, exclamarías con el conde de Rochester: “El amor, en un país de ateos, es capaz de conseguir que adoren a la Divinidad”.

Como los hombres recibieron el don de perfeccionar todo lo que la Naturaleza les concedió, llegaron a perfeccionar el amor. La limpieza y el aseo, haciendo la piel más delicada, aumentan el placer que causa el tacto; el cuidado que se tiene para conservar la salud hace más sensibles los órganos de la voluptuosidad. Los demás sentimientos se entremezclan con el del amor, como los metales se amalgaman con el oro: la amistad y el aprecio le favorecen, y la belleza del cuerpo y la del espíritu le añaden nuevos atractivos. Sobre rodo, el amor propio estrecha esos lazos, porque el amor propio se aplaude a sí mismo por la elección que hizo, y la multitud de ilusiones que hace nacer embellecen la obra cuyos cimientos abrió la Naturaleza.

He aquí las ventajas que los hombres tienen sobre los animales. Si aquéllos disfrutan de placeres que éstos desconocen, en cambio sufren pesares de los que las bestias no tienen la menor idea. Es lo más terrible para el hombre que la Naturaleza haya emponzoñado en las tres cuartas partes del mundo los placeres del amor y los manantiales de la vida con esa enfermedad espantosa que a él sólo ataca y que en él sólo infecta los órganos de la generación.

De esta peste no puede decirse que, como otras enfermedades, es la consecuencia de nuestros excesos. No es la relajación la que la introdujo en el mundo. Friné, Lais y Mesalina no sufrieron esa enfermedad, que nació en las islas de América, donde los hombres vivían en estado de inocencia, y desde ellas se extendió por el mundo antiguo.

Si por algo pudo acusarse a la Naturaleza de contradecirse en su plan de obrar contra sus propias miras, es por haber difundido esa detestable calamidad que sembró en la tierra la vergüenza y el horror. Si César, Antonio y Octavio no conocieron esa enfermedad, en cambio causó la muerte de Francisco I.

Los filósofos eróticos promovieron la cuestión de si Eloísa pudo seguir amando verdaderamente a Abelardo cuando fue fraile y castrado. Yo creo que Abelardo siguió siendo amado; la raíz del árbol cortado conserva siempre un resto de savia, y la imaginación ayuda al corazón. Nos complacemos en continuar sentados a la mesa cuando no comemos ya. ¿Es esto amor?, ¿es un simple recuerdo?, ¿es amistad? Es un no sé qué compuesto de todo eso; es un sentimiento confuso semejante a las pasiones fantásticas que los muertos conservaban en los Campos Elíseos. Los héroes que durante su vida habían brillado en las carreras de los carros, después de muertos guiaban carros imaginarios. Allí Orfeo creía cantar aún, Eloísa vivía con Abelardo de ilusiones, le acariciaba ella con la imaginación algunas veces, con el placer superior que debía producirle haber hecho en Paracleto voto de no amarle, y sus caricias debieron ser más preciosas porque eran más culpables. No puede la mujer concebir una pasión por un eunuco, pero puede conservar el cariño de su amante si por amarle le castran.

No sucede lo mismo al amante que envejeció en el servicio. Su exterior no subsiste, sus arrugas asustan, su pelo blanco repele, los dientes que le faltan disgustan, y todo lo que puede hacer la mujer amada, siendo virtuosa, se reduce a ser su enfermera y a soportar que la ame, dedicándose a enterrar a un muerto.


Literatos

La palabra española literatos corresponde a la palabra francesa gens de lettres, como ésta corresponde a la palabra gramáticos, que usaban los griegos y los romanos. Los griegos y los romanos incluían en esta denominación, no sólo a los que estaban versados en la gramática, que es la base de todos los conocimientos, sino a los que conocían la geometría, la filosofía, la historia, la poesía y la elocuencia. No merece este calificativo el que teniendo escasos conocimientos se dedica a un sólo género: el que no habiendo leído más que novelas, sólo novelas escribe; el que sin conocer bien la literatura, por casualidad haya escrito una novela o un drama; el que, desprovisto de ciencia, haya pronunciado algunos sermones, no debe ser incluido entre los literatos. Este título es más extenso en nuestros días que lo era la palabra gramático para los griegos y los latinos. Los griegos se contentaban con saber su lengua; los romanos no aprendían más que el griego; pero el literato en la actualidad necesita saber tres o cuatro idiomas. El estudio de la historia es mucho más extenso que lo era para los antiguos, y el de la historia natural ha crecido a medida que han ido aumentando los pueblos. No se exige al literato que profundice todas estas materias, porque la ciencia universal no está al alcance del hombre; pero los verdaderos literatos poseen diferentes terrenos, aunque no pueden cultivarlos todos.

En el siglo XVI, y casi hasta la mitad del XVII, los literatos consumían mucho tiempo ocupándose en la crítica gramatical de los autores griegos y latinos, y debemos a sus trabajos los diccionarios, las ediciones correctas, los comentarios de las obras magistrales de la antigüedad. Ahora esta crítica es menos necesaria y ha sucedido a ella el espíritu filosófico, que es el que parece que constituya el carácter de los literatos.

La ventaja que lleva el siglo XVIII a los tiempos pasados consiste en que hay bastante número de hombres instruidos que pueden pasar desde las espinas de las matemáticas hasta las flores de la poesía, y son capaces de juzgar acertadamente lo mismo un libro de metafísica que una obra de teatro. El espíritu de dicho siglo hace que la mayor parte de ellos sobresalgan lo mismo en el trato social que escribiendo en su gabinete, y en esto son superiores a los literatos de los siglos precedentes.

Los literatos, ordinariamente son más independientes que los demás hombres, y los que nacieron pobres encuentran con facilidad, en las fundaciones que dejó Luis XIV, los medios para asegurar su independencia. No se escriben ya como antiguamente las epístolas dedicatorias que el interés y la bajeza ofrecían a la vanidad.

Hay muchos literatos que no son autores, y probablemente serán los más felices, porque están libres de los disgustos que la profesión ocasiona algunas veces, de las cuestiones y de las rencillas que la rivalidad promueve, de las animosidades de partido y de ser mal juzgados.


Plagio

Dícese que trae su etimología de la palabra latina plaga, que significa condenar a la pena de azotes a los que habían vendido hombres libres por esclavos. Esto no tiene nada que ver con el plagio de los autores, los que no venden hombres esclavos ni libres y sólo se venden algunas veces a sí mismos por exigua cantidad de dinero.

Cuando un autor vende los pensamientos de otros por suyos, se llama plagio ese hurto. Podrán, pues, llamarse plagiarios todos los compiladores, todos los que escriben diccionarios, si no hacen más que repetir las opiniones, los errores, las imposturas, las verdades que estaban ya impresas en diccionarios precedentes; pero al menos éstos son plagiarios de buena fe, que no se atribuyen el mérito de la invención. Ni siquiera pretenden haber desenterrado de monumentos antiguos los materiales que reúnen; no han hecho otra cosa que copiar a los laboriosos compiladores del siglo XVI. Nos venden en un volumen en cuarto lo que ya teníamos impreso en un volumen en folio. Pueden llamarse libreros mejor que autores, y mejor pueden colocarse en la clase de ropavejeros que en la de plagiarios.

El verdadero plagio consiste en publicar como nuestras las obras de otros; en coser en ellas trozos largos de un buen libro, cambiando algunas palabras; pero el lector ilustrado, al conocer un pedazo de paño de oro entre otros muchos de paño burdo, reconoce en seguida al ladrón torpe.

Testículos

Esta palabra, aunque es obscura, es científica: significa pequeño testigo. En la Enciclopedia hay un artículo que se ocupa de las condiciones de un buen testículo, de sus enfermedades y de su tratamiento.

Sixto V, fraile franciscano que llegó a ser Papa, declaró el año 1587, en la carta que escribió el 25 de junio al nuncio que tenía en España, que debían anularse todos los casamientos en los que los hombres carecían de testículos. Semejante orden, que ejecutó Felipe II, parece indicar que en España había muchos maridos privados de esos dos órganos. ¿Pero cómo un hombre que había sido franciscano podía ignorar que hay algunos hombres que los tienen escondidos en el abdomen y no por eso dejan de ser aptos para las funciones conyugales? Hubo en Francia tres hermanos de alta cuna, y de los tres, uno tenía tres testículos, el segundo tenía uno nada más, y el tercero parecía no tener ninguno, y sin embargo, era el más vigoroso de los hermanos.

El doctor Angélico, que no era más que jacobino, decide que dos testículos son de essentia matrimonii (de esencia en el matrimonio), cuya opinión siguieron Ricardo, Scoto, Durando y Silvio.

Si no podéis conseguir enteraros del informe que en 1600 hizo el abogado Sebastián Rouillart sobre los testículos que el litigante que defendía tenía hundidos en el epigastrio, leed por lo menos en el Diccionario de Bayle el artículo que intitula Quellenec, en el que veréis que la mujer perversa del cliente de Sebastián Rouillart pretendía que declararan nulo su matrimonio, porque a su marido no se le veían los testículos. La parte contraria decía que cumplía perfectamente su deber; que verificaba los actos de introducción y de eyaculación, ofreciendo comprobarlo ante las dos cámaras reunidas. La bribona de su mujer respondía que su pudor no podía consentir semejante prueba, además de que esa tentativa era superflua, porque carecía de testículos la parte contraria, y como saben muy bien los señores jueces, es necesario tener testículos para eyacular. Ignoro cuál fue el resultado del proceso, pero me atrevo a sospechar que el marido perdería el pleito, y lo que me inclina a creerlo así, es que el mismo Parlamento de París publicó el 8 de enero de 1665 un decreto declarando que había necesidad de que se vieran los dos testículos, y que sin ellos no se podía contraer matrimonio.

Sobre este y otros asuntos parecidos podéis consultar a Pontas, que era un vicepenitenciario que decidía en todos los casos.

Lo fusilamos de: Voltaire, Obras selectas. Diccionario filosófico. Novelas. Cartas filosóficas, Buenos Aires, El Ateneo, 1965. Traducciones de Abate Marchena, Amador de Castro y Tina Manzoni.