miércoles, 15 de abril de 2015

Abraham Lincoln, figura y mito

La última fotografía tomada a Lincoln
(Alexander Gardner, 1865)
Lo mejor que puedo hacer es conseguir libros, sentarme en algún lugar y ponerme a leer.
Abraham Lincoln



De todos conocido

La figura de Abraham Lincoln es tan grande que su sombra llega hasta nosotros: no es necesario haber estudiado en un colegio en Estados Unidos o de tradición americana para saber detalles de su vida y de su muerte: fue presidente; durante su mandato abolió la esclavitud y se preservó la unión americana; murió en un atentado en un teatro en Washington. Cada cierto tiempo algún libro o película o personaje le da un cepillazo a su figura y la vuelve a presentar recién bañada y con un vestido nuevo. La última vez fue la película de Steven Spielberg protagonizada por Daniel Day-Lewis. Hace cinco años fue el presidente Barack Obama, quien lanzó su candidatura en el mismo lugar en que lo hiciera Lincoln siglo y medio antes, y juró sobre la misma Biblia, e hizo el mismo recorrido en tren para llegar a Washington.
Un periodista neoyorquino de su época, Noah Brooks, lo llamó “el hombre más grande que ha habido desde San Pablo”. El poeta Walt Withman, “el actor principal del drama más tormentoso que el escenario de la historia real conociera en siglos”. Tanto aprecio, tanto manoseo, han producido una cantidad hostigante de panegíricos de ese tipo, así como un sinfín de ataques justificados y no, teorías de la conspiración y delirios del tamaño de su estatua en Washington.

¿Lincoln era homosexual?

En 2006 se publicó un libro escrito por el psicólogo C. A. Tripp titulado El mundo íntimo de Abraham Lincoln. Allí su autor, uno de los analistas del famoso Informe Kinsey, revisa con profusión cartas, discursos y testimonios de allegados, para concluir sin ambivalencias que Lincoln era gay. Ya antes algunos biógrafos del decimosexto presidente de Estados Unidos habían advertido ciertas costumbres en el personaje que, por decirlo de alguna manera, no son muy bien recibidas por los miembros del Partido Republicano. Una famosa biografía de 1926 escrita por Carl Sandburg mencionaba las relaciones más estrechas de lo adecuado entre Lincoln y Joshua Speed, antiguo jefe de Abraham en una tienda de mercaderías en New Salem, Illinois. Trabajadores del Palacio Presidencial durante la administración del buen Abe, entre 1860 y 1865, también advirtieron que David Derickson, su jefe de seguridad, dormía en la cama del presidente cuando la primera dama no estaba; “y usaba el camisón de Su Excelencia”, declaró Thomas Chamberlain, miembro de la guardia personal.
Por supuesto, todo esto ha sido debidamente desmentido y cuestionado, como corresponde al mito de Lincoln. También ha sido confirmado por otros escritores e investigadores. En últimas, ¿qué importa?

La curiosa barba de Lincoln

Abraham Lincoln fue el primer presidente de Estados Unidos en usar barba también fue el primer presidente republicano y el primero en morir asesinado. Pero si se miran las fotos y los afiches de su campaña se le ve el rostro anguloso limpio y bien afeitado. La historia es simpática: el 15 de octubre de 1860, durante la campaña presidencial, Lincoln recibió una carta de una niña de doce años, Grace Bedell, donde le decía que tenía la cara muy delgada, pero que con una barba mejoraría su apariencia. Si se la dejaba crecer, ella se encargaría de convencer a sus hermanos para que votaran por él. Lincoln le envió a la niña una respuesta cordial. Pero durante los meses que pasaron entre el triunfo en las elecciones y su posesión, se dejó crecer su barba característica.
En el viaje hacia Washington para tomar posesión de su cargo, se detuvo en Westfield, Nueva York, el pueblo de Grace. Después del discurso la buscó y conversó con ella. “Se sentó conmigo en el andén y me dijo que se había dejado crecer la barba por mí. Luego me dio un beso. Nunca lo volví a ver”, declaró Grace a un diario muchos años después.

Las coincidencias entre Lincoln y Kennedy

Durante años ha circulado por ahí una lista de “coincidencias sorprendentes” entre los dos presidentes asesinados. El número de letras de sus nombres, algunas fechas determinantes en la vida de ambos con cien años de diferencia… basta poner en Google los dos nombres para encontrar la lista. Todo ello ha sido desmentido, y las coincidencias que permanecen entre ambos no son más sorprendentes que las que pueda haber entre cualquier lector de esta nota y su vecino de mesa en el restaurante donde almorzó ayer.

¿Lincoln era cazador de vampiros?

Por el amor de Dios, no. La película Lincoln cazador de vampiros, de Timur Bekmambetov (2012) tuvo cierta repercusión en los medios por lo estrafalario de su planteamiento. La reseña de Peter Travers para la revista Rolling Stone incluye un comentario inapelable: “La película merece una estaca en el corazón”.

¿Quién fue, en últimas, Abe Lincoln?

Un hombre que se hizo a sí mismo. Nació en una cabaña de troncos sin piso, pasó por la escuela apenas pocos meses, hizo todo tipo de trabajos para mantenerse. Por su cuenta, a partir de su curiosidad y empeño infinitos, estudió matemáticas y geometría, se hizo agrimensor y prominente abogado, se convirtió en un orador eterno y en un político brillante. Su profunda autoconciencia y su pensamiento de jugador de ajedrez fueron los pilares de su inteligencia. En últimas, de su grandeza: “cuando medito una idea, no me siento a gusto hasta que la he orientado al norte, al sur, al este y al oeste”, escribió.
Conoció la lucha, la traición y el dolor: vio morir a dos de sus cuatro hijos. La Guerra Civil estalló casi el mismo día de su posesión y terminó diez días antes de su muerte. Y contra todo, logró lo que se propuso: conservar la unión y al tiempo el poder federal, abolir la esclavitud y preservar los principios de su partido: proteccionismo aduanero, política bancaria inflacionista, inversión pública. Pero a muchos molestó lo que hizo y no estuvieron de acuerdo nunca con su gestión. Entre ellos el actor John Wilkes Booth, que le disparó en el teatro Ford de Washington el 14 de abril de 1865. Abraham Lincoln murió la mañana siguiente, hace 150 años.


Con algunas variaciones, esta nota apareció originalmente en la sección Retrato Hablado de la revista Credencial, en 2013.

martes, 14 de abril de 2015

Don Gesualdo, el impar


La herida que le produjo el accidente automovilístico no era mortal, pero lo mató. Triste noticia, sí, pero no del todo extraña al personaje, quien siempre fue un resignado: cuando jugaba al ajedrez solía emprender una estrategia llamada autojaque, que obliga al rival a ganar aunque no quiera. “Perder me ha gustado siempre”, dijo en una entrevista en 1981, cuando apareció su primera novela.

Le tomó diez años escribirla y la dejó guardada todavía otros diez años. Y más aún: la entregó a regañadientes, para quitarse de encima a una editora insistente. La novela lleva por título Diceria de ll’untore y se tradujo al español como Perorata del apestado. Casi de inmediato el autor obtuvo lo que siempre buscó evitar: la notoriedad. “Yo empecé a escribir desde niño. Después, durante años, he seguido escribiendo: en la juventud, la madurez, hasta llegar casi al umbral de la vejez… pero sin intentar publicar nunca, lo cual era una especie de enfermedad, llamémoslo así, una perversión casi patológica, provocada por el amor por el soliloquio, por el monólogo en lugar del coloquio. Pienso que una platea demasiado grande impide la exteriorización de la propia personalidad. La escritura para mí es un juguete y una medicina privada”.

Descontando unos pocos años que pasó como infante de la Marina italiana durante la Segunda Guerra Mundial y en un sanatorio en Roma, este hombre pasó toda su vida en su pueblo natal, Comiso, al sur de Sicilia. Fue un discreto pero querido profesor de bachillerato. En 1981, cuando apareció esa primera novela, tenía 60 años, “razonable edad para morir, no tanto para escribir”, dice el narrador de otra de sus novelas. Es lo que podría llamarse un escritor en extremo respetuoso con sus lectores, que no les entrega borradores. O que les entrega con seguridad el borrador más depurado que pude alcanzar. Porque un autor tan pulcro solo escribe borradores.

Un poco a pesar de sí mismo siguieron saliendo a la luz otros libros: Argos el ciego, Calendas griegas, Las mentiras de la noche, Tommaso y el fotógrafo ciego, casi todas publicadas en español por Anagrama en la década del ochenta y comienzos de los noventa. Cada una de esas novelas es perfecta, cada una de sus frases es un mecanismo esplendoroso de sentido. Gesualdo Bufalino, don Gesualdo el impar, su autor, encontró en esas novelas el eslabón perdido entre la prosa y la poesía. Que no es poco.

En Colombia editorial Norma publicó, también a comienzos de los noventa, varios títulos de don Gesualdo, entre ellos un librito de aforismos titulado El malpensante. Lunario del año que pasó. Son gotas que condensan el arte de Bufalino, su visión del mundo. Valga esta selección como invitación a leer sus novelas, que son inmensas, que lo sobreviven después de ese accidente automovilístico que le produjo una herida no mortal que lo mató. Fue en 1996, un viernes lluvioso de junio, en una carretera rural. 


El malpensante [Fragmento]

Habiendo sido muy viejo desde joven, concededme, ya viejo, algunas luces de juventud.

Ningún abismo de depravación existe donde dude en sumergirse la mente de un tímido.

Como quien se rompe la espalda para aumentar su saldo en el banco, así trabajo cada día con mi vida para convertirla en pasado: esa cuenta corriente que crece.

Rumiar el mal sin atreverse a cumplirlo… Así se forman las vocaciones poéticas.

Cuesta una inmensa fatiga conservar una buena opinión de sí mismo. Quién sabe cómo harán algunos.

Es más difícil que Stan Laurel pase por el ojo de una aguja que Oliver Hardy.

Si queréis saber más de vosotros, escuchad detrás de las puertas.

Todas las mujeres deberían ser bellas; los hombres, todos feos: es injusto que una mujer sea fea, ridículo que un hombre no lo sea.

Cada uno sueña los sueños que se merece.

Ninguna pasión arde si no la alimenta, de vez en cuando, la mala fe.

Dios es mejor de lo que parece, la Creación no le hace justicia.

Amo los nombres de árboles y flores que no he visto y no sabría reconocer si los viese: el aliso negro, el agavanzo.

Hay suicidas invisibles. Se continúa vivo por pura diplomacia, se bebe, se come, se camina. Los demás se engañan siempre, pero nosotros sabemos, con una sonrisa interna, que se equivocan, que estamos muertos.

No conozco voluptuosidad más punzante que leer, no ya un libro de principio a fin, sino, pescando al azar, aquí una página, allá un renglón, estando de pie ante las cascadas prodigiosas de una biblioteca.

Las motas del aburrimiento, la felicidad del aburrimiento en la adorada provincia.

Los placeres de la vanidad no duran en general más que un orgasmo masculino.

El bibliófilo, de una mujer: “Encuadernación bellísima, texto más bello aún”.

Leo con el acostumbrado fastidio en el periódico esta mañana el último boletín de la guerra ítalo-italiana.

Dos infelicidades, sumadas, pueden hacer una felicidad.

El único consuelo, en vísperas de elecciones entre dos candidatos, es que al menos uno de los dos perderá.

Vivo dentro de mí como un huésped.

Vivir por encima de sus medios lo hacen muchos. Morir, ninguno.

La calumnia desinteresada es, en quien la propaga, indicio inobjetable de talento literario.

Pocos se dan cuenta de que su muerte coincidirá con el fin del universo.



Gesualdo Bufalino, El malpensante. Lunario del año que pasó, Bogotá, Editorial Norma. 1995. Traducción de Mario Jursich Durán.

lunes, 23 de marzo de 2015

El hambre, de Martín Caparrós

  
Este libro es asqueroso. Está bien, no, el libro no es asqueroso, es su asunto lo que es asqueroso. Su asunto es el hambre. El hambre en el mundo. Una frase tan vacía, tan lugar común pero tan real como que dos mil millones de personas —deténgase por favor en esta cifra: dos mil millones— no saben si van a comer mañana. Su asunto es que muchas personas han comido todos los días de su vida apenas un pan áspero o una bola de cereal, unas gotas de leche o una taza de agua. Todos los días de su vida. Y hay que pensar en que cuando decimos “personas” decimos historias, familias, papás, niños, carne, abuelos, sangre, tierra. Eso es asqueroso.

El libro no. El libro está tremendamente bien escrito. Está editado con gusto y responsabilidad. Tiene imágenes poderosas e ideas innovadoras, tiene reflexiones agudas y profundas. Tiene gracia y compasión. Pero su tema es asqueroso. Y también es asqueroso que no vaya a pasar nada significativo con su aparición. Una cantidad inaudita de personas alrededor del mundo seguirán sin saber con certeza qué van a comer mañana o seguirán comiendo menos de lo que necesitan, y un puñado de hijos de la gran puta seguirá llevando a sus perros miniatura a los spas de Beverly Hills para que les hagan la manicura.

Porque aquí vemos claramente que la pobreza extrema y la opulencia son los extremos de una misma cuerda. Una cuerda atada a una máquina que produce millones de hambrientos y millones de gordos al tiempo que concentra el dinero hasta convertir el lujo en necesidad. En estos tiempos no es suficiente tener un carro: hay que tener una camioneta (“ya sabes, la seguridad, los hijos, blablablá”). Es más, ya ni siquiera es suficiente una camioneta: hay que tener o aspirar a tener una Cayenne. Ya la seguridad, la comodidad y la estabilidad no son los valores que se aspira comunicar con los símbolos de estatus: ahora hay que decir “soy rico, ¿y qué?”.

Es alrededor de este asunto que se despliega una de las ideas originales del libro: entre la pobreza y el hambre no hay una relación de causa-efecto, sino de simultaneidad. Y ambas tienen el mismo origen: “La principal causa del hambre en el mundo es la riqueza: el hecho de que unos pocos se queden con lo que muchos necesitan, incluida la comida” (p. 266). Así que esta gran crónica-ensayo sobre el hambre es también un retrato de la codicia, una radiografía dolorosa de la desigualdad, una confirmación de lo poco humanos que somos los humanos.

El libro empieza en Níger. El autor, en lo más profundo del calor y el desolado paisaje africano, le pregunta a una mujer qué le pediría a un mago que pudiera concederle cualquier cosa. “Una vaca”, contesta ella. El autor insiste en que el mago le podría conceder cualquier cosa que le pidiera, cualquiera, y ella pregunta “¿Dos vacas?”. Ahí estamos hablando de verdadera pobreza, amigos, esa que borra hasta la esperanza de que se puede vivir de otra manera:

Aï nunca tuvo comida suficiente, nunca fue a una ciudad, nunca tuvo luz eléctrica ni agua corriente ni un fuego de gas ni un inodoro, nunca parió en un hospital, nunca vio un programa de televisión, nunca se puso pantalones, nunca tuvo un reloj nunca una cama, nunca leyó un libro, nunca leyó un diario, nunca pagó una cuota, nunca tomó una cocacola, nunca comió una pizza, nunca eligió un futuro, nunca pensó que su vida pudiera ser distinta de lo que es.
Nunca pensó que quizá podría vivir sin preguntarse si va a comer mañana (p. 29).

En otros capítulos cuenta lo que vio, lo que averiguó, lo que sintió en India, Bangladesh, Sudán del Sur. Intercala estos capítulos con otros que van contando la historia del mundo a partir de la historia del hambre. La necesidad de comer nos ha ido haciendo lo que somos como especie. Advierto: a veces hay que parar luego de uno o dos párrafos y respirar. A veces, involuntariamente, uno ha parado de leer y tiene la cabeza metida dentro de sus manos mientras la mueve de un lado a otro diciendo no. No puede ser. El hambre es “el mayor fracaso del género humano” (p. 12), y ni siquiera sale en la prensa. O sí, pero muy poquito.

Hay un capítulo dedicado a Estados Unidos y otro a Argentina. No está ya el narrador en una tierra perdida peleando con las moscas y con las ganas de romper a llorar —o de romper cualquier cosa—, no está ya en un hospital de campaña de Médicos sin Fronteras ni en una acera descascarada intentando sacarle unas palabras a una mujer ensimismada. En el capítulo dedicado a Estados Unidos está en el centro mismo de la máquina, es decir, en la bolsa de Chicago, donde se comercia con las cosechas de cereales de todo el mundo. “Aquí el precio de los granos es la base para un juego de especulaciones; fuera de aquí, es la diferencia entre comer y no comer” (p. 284). La comida convertida en un medio de especulación financiera. Este capítulo sobre Estados Unidos deberían leerlo todos los jóvenes del hemisferio occidental en los últimos años de colegio o en la universidad. No recuerdo un documento más práctico, fundamentado y entretenido para explicar cómo funciona el mundo moderno. Y son apenas 75 paginitas.

El hambre es un reportaje, una crónica, un ensayo, una memoria, un libro de viaje —geográfico y emocional—. Y es, también, un libro político. Porque el problema del hambre no es geográfico ni climático ni logístico, sino político: “El hambre tiene muchas causas. La falta de comida ya no es una de ellas” (p. 264); “Un informe reciente de Oxfam dice que casi la mitad —el 46 por ciento— de la riqueza del mundo está en manos del 1 por ciento de sus habitantes. El resto queda para el resto. O, dicho de otra manera: 70 millones de personas acumulan la misma riqueza que los otros 7.000 millones” (p. 349); “Repugna a cualquiera de las formas de la percepción la grosería de personas poseyendo, desperdiciando sin vergüenza lo que otras necesitan a los gritos. Ya no es una cuestión de justicia o de ética; es pura estética” (p. 581).

Este es un libro duro, y uno puede decir sí, ya sé que en el mundo hay gente que aguanta hambre y la pasa fatal, no necesito que me lo digan en 600 páginas. Vivir es fácil con los ojos cerrados dice la canción. Sí. Y ningún libro es necesario, ni siquiera este. Pero yo prefiero saber qué hay detrás de la cortina. Tomarme la cápsula roja. Hay que tener el corazón de un corredor de bolsa para no preguntarse ciertas cosas mientras uno lo está leyendo, para no cambiar algunas costumbres o la mirada que uno tiene sobre decisiones que ha tomado. Es, pues, un libro importante, un libro trascendente. De esos que pueden cambiar la vida. ¿Qué más quieren?



Martín Caparrós, El hambre, Bogotá, Planeta, 2014.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Cinco libros para la isla desierta


La pregunta ¿qué libro llevaría a una isla desierta? se convirtió ya en un cliché, pero nadie dijo que los clichés no pueden ser divertidos. Y para los aficionados a los libros, a la música, al cine, hacer listas de favoritos es parte del juego: alimenta la afición y condimenta la conversación con otros aficionados. Aquí están mis cinco libros para un naufragio.

Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Roberto Bolaño como que se lee mejor en México, Paul Auster es más emocionante en Nueva York, Reinaldo Arenas tiene más sabor en La Habana… En la lectura también influye el decorado, quién lo creyera. Así que debe ser muy emocionante leer Robinson Crusoe en una isla desierta, o después de un naufragio. Además, en esas circunstancias el relato del náufrago más famoso de la historia puede convertirse en un manual de supervivencia. Lo que Robinson hace con las semillas, la manera en que organiza el ciclo de siembra y recolección, podría ser inspirador e ilustrativo. Aunque creo que soy demasiado flojo para hacer algo así, y me terminaría comiendo el libro. Pero lo leería antes.

Poesía completa de León de Greiff. Con este libro me garantizo largas páginas de la mejor poesía que se ha escrito en lengua española, pero también una buena dosis de música. Puede que uno no entienda todo lo que dice ni lo que quiere decir, pero leer a León de Greiff en voz alta relaja el espíritu justo como lo hace la música que más le gusta a uno, cualquiera que sea. No importan las palabras raras que usa, los latinajos, las antiguallas: uno simplemente se deja llevar por la música que compone León de Greiff con palabras… En la soledad de una isla deben sonar raros los versos de su “Admonición a los impertinentes”: “Yo deseo estar solo,/ non curo de compaña./ Quiero catar silencio,/ mi sola golosina…”.

Ulises, de James Joyce. Seis veces he intentado leer la obra maestra de Joyce, y seis veces he salido de sus páginas sin llegar hasta el final, achantado, un poco apaleado. Siempre llego a un punto —página 60, página 80, página 100— desde el que se me hace imposible avanzar. La prosa, la historia, el juego del narrador como que no me agarran. Me conformo con pensar que cada libro tiene su momento, y no me ha llegado el momento de Ulises. Después de un naufragio, solo, en una isla, sería la oportunidad perfecta: o lo leo o lo leo. Y por ser libro que permite múltiples sentidos e interpretaciones incluso podría releerlo, mirarlo con detalle. Sin embargo, preferiría que me rescataran antes.

Romeo y Julieta, de William Shakespeare. Para que allí solo, en la inmensidad tropical o en la cima fría de una montaña, con hambre y miedo y dolor, no se me olvide que el amor existe. Y que pertenezco a una especie que engendró a alguien llamado William Shakespeare.

Manual de supervivencia: habilidades para la aventura en exteriores, de Colin Towell. Aunque —como ya dije— esperaría que me rescataran pronto, hay que estar siempre preparado para lo peor. De hecho, siempre, en cualquier situación, creo que hay que esperar lo peor, y así lo que venga de bueno, así sea poco, será bien recibido. Alguna vez estuve ojeando este manual, y de verdad es útil e ilustrativo. Al comienzo plantea cuatro principios básicos de la supervivencia: protección, ubicación, agua y comida. Y despliega recomendaciones para conseguirlos pronto en una situación de supervivencia. Claro que, como el mismo Towell señala, se necesitan cuatro factores para sobrevivir en una situación así: conocimientos, capacidad, voluntad de sobrevivir y suerte. Me conformo con las dos últimas.   


Con algunas variaciones, esta nota se publicó en la revista Bacánika en 2013.