lunes, 23 de marzo de 2015

El hambre, de Martín Caparrós

  
Este libro es asqueroso. Está bien, no, el libro no es asqueroso, es su asunto lo que es asqueroso. Su asunto es el hambre. El hambre en el mundo. Una frase tan vacía, tan lugar común pero tan real como que dos mil millones de personas —deténgase por favor en esta cifra: dos mil millones— no saben si van a comer mañana. Su asunto es que muchas personas han comido todos los días de su vida apenas un pan áspero o una bola de cereal, unas gotas de leche o una taza de agua. Todos los días de su vida. Y hay que pensar en que cuando decimos “personas” decimos historias, familias, papás, niños, carne, abuelos, sangre, tierra. Eso es asqueroso.

El libro no. El libro está tremendamente bien escrito. Está editado con gusto y responsabilidad. Tiene imágenes poderosas e ideas innovadoras, tiene reflexiones agudas y profundas. Tiene gracia y compasión. Pero su tema es asqueroso. Y también es asqueroso que no vaya a pasar nada significativo con su aparición. Una cantidad inaudita de personas alrededor del mundo seguirán sin saber con certeza qué van a comer mañana o seguirán comiendo menos de lo que necesitan, y un puñado de hijos de la gran puta seguirá llevando a sus perros miniatura a los spas de Beverly Hills para que les hagan la manicura.

Porque aquí vemos claramente que la pobreza extrema y la opulencia son los extremos de una misma cuerda. Una cuerda atada a una máquina que produce millones de hambrientos y millones de gordos al tiempo que concentra el dinero hasta convertir el lujo en necesidad. En estos tiempos no es suficiente tener un carro: hay que tener una camioneta (“ya sabes, la seguridad, los hijos, blablablá”). Es más, ya ni siquiera es suficiente una camioneta: hay que tener o aspirar a tener una Cayenne. Ya la seguridad, la comodidad y la estabilidad no son los valores que se aspira comunicar con los símbolos de estatus: ahora hay que decir “soy rico, ¿y qué?”.

Es alrededor de este asunto que se despliega una de las ideas originales del libro: entre la pobreza y el hambre no hay una relación de causa-efecto, sino de simultaneidad. Y ambas tienen el mismo origen: “La principal causa del hambre en el mundo es la riqueza: el hecho de que unos pocos se queden con lo que muchos necesitan, incluida la comida” (p. 266). Así que esta gran crónica-ensayo sobre el hambre es también un retrato de la codicia, una radiografía dolorosa de la desigualdad, una confirmación de lo poco humanos que somos los humanos.

El libro empieza en Níger. El autor, en lo más profundo del calor y el desolado paisaje africano, le pregunta a una mujer qué le pediría a un mago que pudiera concederle cualquier cosa. “Una vaca”, contesta ella. El autor insiste en que el mago le podría conceder cualquier cosa que le pidiera, cualquiera, y ella pregunta “¿Dos vacas?”. Ahí estamos hablando de verdadera pobreza, amigos, esa que borra hasta la esperanza de que se puede vivir de otra manera:

Aï nunca tuvo comida suficiente, nunca fue a una ciudad, nunca tuvo luz eléctrica ni agua corriente ni un fuego de gas ni un inodoro, nunca parió en un hospital, nunca vio un programa de televisión, nunca se puso pantalones, nunca tuvo un reloj nunca una cama, nunca leyó un libro, nunca leyó un diario, nunca pagó una cuota, nunca tomó una cocacola, nunca comió una pizza, nunca eligió un futuro, nunca pensó que su vida pudiera ser distinta de lo que es.
Nunca pensó que quizá podría vivir sin preguntarse si va a comer mañana (p. 29).

En otros capítulos cuenta lo que vio, lo que averiguó, lo que sintió en India, Bangladesh, Sudán del Sur. Intercala estos capítulos con otros que van contando la historia del mundo a partir de la historia del hambre. La necesidad de comer nos ha ido haciendo lo que somos como especie. Advierto: a veces hay que parar luego de uno o dos párrafos y respirar. A veces, involuntariamente, uno ha parado de leer y tiene la cabeza metida dentro de sus manos mientras la mueve de un lado a otro diciendo no. No puede ser. El hambre es “el mayor fracaso del género humano” (p. 12), y ni siquiera sale en la prensa. O sí, pero muy poquito.

Hay un capítulo dedicado a Estados Unidos y otro a Argentina. No está ya el narrador en una tierra perdida peleando con las moscas y con las ganas de romper a llorar —o de romper cualquier cosa—, no está ya en un hospital de campaña de Médicos sin Fronteras ni en una acera descascarada intentando sacarle unas palabras a una mujer ensimismada. En el capítulo dedicado a Estados Unidos está en el centro mismo de la máquina, es decir, en la bolsa de Chicago, donde se comercia con las cosechas de cereales de todo el mundo. “Aquí el precio de los granos es la base para un juego de especulaciones; fuera de aquí, es la diferencia entre comer y no comer” (p. 284). La comida convertida en un medio de especulación financiera. Este capítulo sobre Estados Unidos deberían leerlo todos los jóvenes del hemisferio occidental en los últimos años de colegio o en la universidad. No recuerdo un documento más práctico, fundamentado y entretenido para explicar cómo funciona el mundo moderno. Y son apenas 75 paginitas.

El hambre es un reportaje, una crónica, un ensayo, una memoria, un libro de viaje —geográfico y emocional—. Y es, también, un libro político. Porque el problema del hambre no es geográfico ni climático ni logístico, sino político: “El hambre tiene muchas causas. La falta de comida ya no es una de ellas” (p. 264); “Un informe reciente de Oxfam dice que casi la mitad —el 46 por ciento— de la riqueza del mundo está en manos del 1 por ciento de sus habitantes. El resto queda para el resto. O, dicho de otra manera: 70 millones de personas acumulan la misma riqueza que los otros 7.000 millones” (p. 349); “Repugna a cualquiera de las formas de la percepción la grosería de personas poseyendo, desperdiciando sin vergüenza lo que otras necesitan a los gritos. Ya no es una cuestión de justicia o de ética; es pura estética” (p. 581).

Este es un libro duro, y uno puede decir sí, ya sé que en el mundo hay gente que aguanta hambre y la pasa fatal, no necesito que me lo digan en 600 páginas. Vivir es fácil con los ojos cerrados dice la canción. Sí. Y ningún libro es necesario, ni siquiera este. Pero yo prefiero saber qué hay detrás de la cortina. Tomarme la cápsula roja. Hay que tener el corazón de un corredor de bolsa para no preguntarse ciertas cosas mientras uno lo está leyendo, para no cambiar algunas costumbres o la mirada que uno tiene sobre decisiones que ha tomado. Es, pues, un libro importante, un libro trascendente. De esos que pueden cambiar la vida. ¿Qué más quieren?



Martín Caparrós, El hambre, Bogotá, Planeta, 2014.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Cinco libros para la isla desierta


La pregunta ¿qué libro llevaría a una isla desierta? se convirtió ya en un cliché, pero nadie dijo que los clichés no pueden ser divertidos. Y para los aficionados a los libros, a la música, al cine, hacer listas de favoritos es parte del juego: alimenta la afición y condimenta la conversación con otros aficionados. Aquí están mis cinco libros para un naufragio.

Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Roberto Bolaño como que se lee mejor en México, Paul Auster es más emocionante en Nueva York, Reinaldo Arenas tiene más sabor en La Habana… En la lectura también influye el decorado, quién lo creyera. Así que debe ser muy emocionante leer Robinson Crusoe en una isla desierta, o después de un naufragio. Además, en esas circunstancias el relato del náufrago más famoso de la historia puede convertirse en un manual de supervivencia. Lo que Robinson hace con las semillas, la manera en que organiza el ciclo de siembra y recolección, podría ser inspirador e ilustrativo. Aunque creo que soy demasiado flojo para hacer algo así, y me terminaría comiendo el libro. Pero lo leería antes.

Poesía completa de León de Greiff. Con este libro me garantizo largas páginas de la mejor poesía que se ha escrito en lengua española, pero también una buena dosis de música. Puede que uno no entienda todo lo que dice ni lo que quiere decir, pero leer a León de Greiff en voz alta relaja el espíritu justo como lo hace la música que más le gusta a uno, cualquiera que sea. No importan las palabras raras que usa, los latinajos, las antiguallas: uno simplemente se deja llevar por la música que compone León de Greiff con palabras… En la soledad de una isla deben sonar raros los versos de su “Admonición a los impertinentes”: “Yo deseo estar solo,/ non curo de compaña./ Quiero catar silencio,/ mi sola golosina…”.

Ulises, de James Joyce. Seis veces he intentado leer la obra maestra de Joyce, y seis veces he salido de sus páginas sin llegar hasta el final, achantado, un poco apaleado. Siempre llego a un punto —página 60, página 80, página 100— desde el que se me hace imposible avanzar. La prosa, la historia, el juego del narrador como que no me agarran. Me conformo con pensar que cada libro tiene su momento, y no me ha llegado el momento de Ulises. Después de un naufragio, solo, en una isla, sería la oportunidad perfecta: o lo leo o lo leo. Y por ser libro que permite múltiples sentidos e interpretaciones incluso podría releerlo, mirarlo con detalle. Sin embargo, preferiría que me rescataran antes.

Romeo y Julieta, de William Shakespeare. Para que allí solo, en la inmensidad tropical o en la cima fría de una montaña, con hambre y miedo y dolor, no se me olvide que el amor existe. Y que pertenezco a una especie que engendró a alguien llamado William Shakespeare.

Manual de supervivencia: habilidades para la aventura en exteriores, de Colin Towell. Aunque —como ya dije— esperaría que me rescataran pronto, hay que estar siempre preparado para lo peor. De hecho, siempre, en cualquier situación, creo que hay que esperar lo peor, y así lo que venga de bueno, así sea poco, será bien recibido. Alguna vez estuve ojeando este manual, y de verdad es útil e ilustrativo. Al comienzo plantea cuatro principios básicos de la supervivencia: protección, ubicación, agua y comida. Y despliega recomendaciones para conseguirlos pronto en una situación de supervivencia. Claro que, como el mismo Towell señala, se necesitan cuatro factores para sobrevivir en una situación así: conocimientos, capacidad, voluntad de sobrevivir y suerte. Me conformo con las dos últimas.   


Con algunas variaciones, esta nota se publicó en la revista Bacánika en 2013.


martes, 20 de enero de 2015

Libros de viaje



Si digo que un libro es como un viaje no estoy diciendo nada nuevo. En un libro, como en un viaje, uno encuentra estaciones —capítulos, episodios—, sorpresas agradables y no —clímax, puntos de inflexión—, compañeros —los personajes— y un guía o conocedor que muestra el lugar: el narrador. También se parecen en que uno nunca es el mismo al cerrar un libro y al terminar un viaje. Lo que quiero decir es que todos los libros son libros de viaje. Pero no voy a desconocer que hay un género así llamado, y es sobre él en particular que me piden una lista con cinco recomendados. Dejémonos entonces de filosofar y, como se dice en el colegio, pasemos lista. Pero antes, advertir que no soy experto ni lector dedicado a este tipo de libros: apenas curioso. Digamos que soy un turista del género que pasea por sus calles de tanto en tanto.

Viajes con Charley en busca de Estados Unidos, de John Steinbeck (Nórdica). Cuando cumple 58, el autor sale de viaje en una camioneta y recorre 34 estados, 16 mil kilómetros, para no envejecerse tan de repente y para refrescar sus conocimientos del país que inspiró buena parte de su obra. Habla con personas en bares, hoteles y zonas de camping, mira, admira, piensa y va conversando con su perro, Charley, un caniche “viejo y caballeroso… un diplomático”. La nuez del libro la encuentro en esta frase, creo: “Este monstruo de país… esta progenie del futuro, resulta ser el macrocosmos del yo microcósmico”. Y así se mueve toda la obra, entre el exterior y el interior, entre lo inmenso y lo minúsculo. Es mi libro de viajes favorito.

Con la sangre despierta, Juan Manuel Villalobos (editor) (Sexto Piso). Este libro recoge los primeros encuentros de escritores con “ciudades ajenas”, como las llama el editor. Rodrigo Fresán con Caracas, Alma Guillermoprieto con Managua, Rodrigo Rey Rosa con Tánger, Francisco Goldman con Ciudad de México… y siete escritores y ciudades más. Narraciones personales de variada textura e intensidad que recuperan el asombro de llegar a un sitio desconocido. Por eso es relevante.

La guerra moderna, de Martín Caparrós (Norma). Si en los libros de viajes el narrador es un guía, el autor de este libro es un guía de esos un poco molestos: opina más de la cuenta, se hace el inteligente, algunos chistes le salen mal. Pero su lenguaje barroco, exuberante y pretencioso combina bien con algunas ciudades que detalla aquí, como Las Vegas. También hay que decir que muchos chistes le salen bien, y tiene una puntería inigualable para el guiño, la referencia, la comparación. En últimas, en estos casos el lenguaje plano y estándar hay que dejárselo a las guías turísticas.

¿Qué hago yo aquí?, de Bruce Chatwin (El Aleph). Crónicas, relatos, perfiles de personajes que el autor, un viajero incansable, se encuentra por el camino. Camino que abarca en este libro Rusia y el Himalaya, Afganistán y La Patagonia. El interés por la biología agrega condimento a las crónicas. Este guía-narrador sabe involucrarse sin molestar, es respetuoso y sensato. Muestra compasión y delicadeza, así como un ojo muy afilado. Cualquier libro de Chatwin es un magnífico libro de viajes. Este es el más personal e íntimo, a mi parecer.

Cómo viajar sin ver, Andrés Neuman (Alfaguara). El autor ganó el premio Alfaguara de novela en 2007, y en 2008 la editorial programó un viaje promocional por todos los países de América. El autor entonces decidió tomar notas de lo que alcanzaba a ver por el rabillo del ojo, sin referirse a las actividades programadas o a encuentros con escritores. Son fragmentos de países de América, pintados por una mente sagaz y divertida. “Los montevideanos son porteños sin histeria”, dice por ejemplo, o “Lima desteñida, reflexiva, indeterminada. Hacer matices del gris es el arte limeño”. Quien haya estado allí sabe que así es.




miércoles, 29 de octubre de 2014

Los pensamientos despeinados de Jerzy Lec


Será el agua de sus ríos, el clima, los vientos que la cruzan, sus fronteras porosas y cambiantes, la seguidilla de invasores que ha tenido desde hace mil años. Quién sabe qué será lo que provoca ese humor al tiempo brillante y amargo de los escritores polacos, esa visión del mundo tan crítica y sardónica… Y no pienso en dos o tres: Wislawa Szymborska, Adam Zagajewski, Czelaw Milosz, Isaac Bashevis Singer, Bruno Schulz, Slawomir Mrozek, Witold Gombrowicz, y por favor: Joseph Conrad… Todos son escritores de primera, todos comparten esa mirada de reojo y con reservas.

Stanislaw Jerzy Lec condensa todo ese ingenio áspero en dos o tres líneas. Poco pude encontrar sobre su vida en una búsqueda rápida. Nacido en 1909 y muerto en 1966, fue poeta, pero no fueron sus versos sino sus aforismos los que se convirtieron en universales. “La severidad de sus aforismos hace pensar en la crueldad de las bromas callejeras de Varsovia, en la agudeza del espíritu vienés y en el humor judío”, escribió el Nobel Czelaw Milosz.

Editorial Península hizo una primera edición de su libro más famoso, Pensamientos despeinados, en 1996, con traducción de Emilio Quintana. Ahora, la estupenda editorial Pre-Textos trae otra edición, traducida por Elzbieta Bortkiewicz y Abraham Gragera. Sin más preámbulos, aquí hay unos cuantos, para que se antojen y vayan por el libro. Lo conseguí en La Madriguera del Conejo en Bogotá, pero la editorial tiene una buena distribución en el país, así que debe estar en todas las librerías que vale la pena visitar. Creo que no hay por estos días en las mesas de novedades un mejor libro para comprar y leer.


Pensamientos despeinados (fragmento)

Una ventana al mundo puede taparse con un periódico.

Si el arte de la conversación alcanzara un nivel más alto, la tasa de natalidad sería más baja.

Incluso en su silencio había faltas de ortografía.

Las rosas huelen profesionalmente.

También los masoquistas lo confiesan todo bajo tortura. Por gratitud.

Siempre habrá esquimales que elaboren pautas de comportamiento para los del Congo Belga en épocas de fuerte canícula.

“Con los eunucos se puede hablar largo y tendido”, contaba una integrante del harén.

El instante en que uno descubre su falta de talento es un destello de genialidad.

Sólo los genios y los estúpidos son intelectualmente autosuficientes.

¡Hay que popularizar el elitismo!

Algunos padecen hipertrofia de glándulas políticas.

Lo lapidaron en un monumento.

Cada siglo tiene su Edad Media.

Al principio era el Verbo. Al final la Verborrea.

¿Él? ¡Su ignorancia es enciclopédica!

¿Son inteligentes las mujeres desnudas?

Se apretaron tanto el uno contra el otro, que no quedaba sitio para los sentimientos.

Un consejo para los escritores: llega un momento en el que hay que dejar de escribir. Incluso antes de empezar.



Stanislaw Jerzy Lec, Pensamientos despeinados, Valencia, Pre-Textos, 2014, 227 p. Traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Abraham Gragera.