jueves, 20 de agosto de 2015

El subrayador, de Pedro Mairal


Este libro te invita a un viaje de aventura por el mapa de tus emociones. En una página estás muerto de la risa recordando al compañero de colegio que se distinguía por sus amplias y variadas capacidades escatológicas y a la siguiente estás enternecido casi hasta las lágrimas por la insalvable distancia que separa tu infancia de la de tu hijo. En un momento te das cuenta de las injusticias que extiendes cada día por el mundo, y al siguiente te consuelas con tu minúscula humanidad. Es, si me perdonan el cliché, una montaña rusa emocional. Por momentos hasta me provocó subir los brazos mientras estaba bajando a las profundidades del alma humana. Del alma mía.

Porque una de las más visibles fortalezas de estas instantáneas es la empatía. El autor sabe llegar hasta el alma de los lectores, sabe crear un espacio común, y encima encuentra la palabra exacta para ambientarlo. Sabe escoger eso que Gay Talese llama el momento significativo: ese instante cuando ves algo distinto en lo que está ocurriendo, esa sombra que pasa por el rabillo del ojo. La epifanía. Ya sabemos que más que una manera de escribir, la poesía es una forma de mirar. Pues bien, Pedro Mairal tiene esa forma de mirar; ha entrenado el ojo y la pluma en el cuadrilátero cordial de la poesía.

Estas piezas breves siempre van más allá de la aparentemente trivial peripecia que narran, o de los espacios y personajes cotidianos que describen. Y ahí está su encanto. Tres, cuatro, cinco parrafitos perfectos cada pieza, a veces uno nada más. Párrafos perfectos porque están armados con precisión y cosidos con imágenes poderosas: “Me rompí la espalda cargando mis libros, que pesan como árboles tumbados” (“La mudanza analógica”, p. 146); “las medusas como latidos de gelatina” (“El mudo de Berlín”, p. 135); “El otro día el chico de la verdulería partió una sandía en dos y empezó el verano” (“Los mirones”, p. 64).

Lo mejor de todo es que Libros del Laurel, la preciosa editorial chilena que lo publica, se distribuye en Colombia —o al menos en Bogotá— a través de Babel Libros. Para terminar y dejarlos ir por el libro de una vez, transcribo una de las tantas bellezas de El subrayador. Buen provecho.


Excursión libresca

Los colegios suelen llevar a los chicos de excursión. Los padres firman un permiso y el alumno puede entonces ir de paseo con todos sus compañeritos al Zoológico, al Planetario, al Museo de Ciencias Naturales, a la Rural o a la Feria del Libro, bajo la custodia de dos o tres maestras al borde del colapso. 

De esas salidas grupales, los niños suelen preferir la de la Rural. Ahí se pueden juntar calcomanías, hay promotoras atractivas, se pueden ver animales —como los chanchos— que presentan dimensiones genitales sorprendentes, las vacas largan sin pudor unas bostas humeantes y sonoras. Todas cosas que a los niños les encantan. La Feria del Libro, en cambio, no presenta tantas diversiones. De hecho, esa excursión fue un momento traumático de mi infancia. 

Me acuerdo de que “la Serrano”, una de las profesoras que nos llevaban, fumaba como una chimenea (en esa época todavía las profesoras fumaban al lado de los alumnos). Ese año la feria estaba dedicada a La Divina Comedia. No nos entusiasmaba mucho el programa. En la entrada había una inscripción en italiano que decía: Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate. ¿Qué dice ahí, profesora? Abandonen toda la esperanza los que entran acá, dijo la Serrano. 

Nos pasearon entre puestos de libros, con esa idea extraña de que la cultura se transmite por ósmosis. Era como ver tapas de videos. ¿Para qué venimos acá, profesora? La Serrano no contestaba. Seguimos por los pabellones; no había animales, ni muestras gratis, sólo unos folletos, y vasitos de Fernet pero no era para niños. La quinta vez que le preguntamos a la Serrano para qué estábamos ahí, la tipa se hartó, se dio vuelta y con el pucho en la boca, dijo: “Para que vean todos los libros que van a tener que leer en su vida”. Nos quedamos callados, mirando ese océano de libros que nos rodeaba. Me acuerdo de haber pensado: ya no llego.



Pedro Mairal, El subrayador, Santiago de Chile, Libros del Laurel, 2014. 

miércoles, 5 de agosto de 2015

Todos quieren con Marilyn



Nombre: Norma Jean Baker
También conocida como: Norma Jean Mortenson, Mona Monroe, Jeane Norman, Marilyn Monroe.
Lugar y fecha de nacimiento: Los Ángeles, California, 1 de junio de 1926.
Domicilio actual: Cementerio West Village Memorial Park, Los Ángeles. Desde el 5 de agosto de 1962.
Profesión: Actriz, modelo, cantante.
Cargo: más grande símbolo sexual de la historia.


De frente

Debajo de la belleza, de las mil poses sugerentes que quisiéramos ver hasta el cansancio pero que no cansan, de la boa de plumas y el vestido brillante siempre una talla por debajo de la adecuada… en fin, debajo de todo el mito que la envuelve, lo primero que se piensa sobre Marilyn Monroe es que era una rubia tonta. Pero cuidado: recordemos que no era rubia, al menos no natural, y cuando nos damos cuenta de esto podemos pensar entonces que esa imagen de chica superficial, frágil, algo lenta podría ser otro de sus afeites, una máscara para sobrevivir en Hollywood.
Porque cuando estaba en la cima de su fama, a mediados de la década del cincuenta del siglo pasado, dejó atrás California y se fue a Nueva York a leer clásicos de la literatura en la Biblioteca Pública, a estudiar actuación en serio en la academia de Lee Strasberg, a encontrarse. O, al menos, a buscarse. Porque al revisar sus diarios y cuadernos encontramos a una mujer sensible y profunda, consciente y analítica. Porque quiso ser una actriz, y no nada más que una rubia tonta que interpretaba papeles de rubia tonta.
Su bisabuelo se ahorcó a los 82 años, su abuela Della May terminó internada en un sanatorio. Lo mismo su madre, Gladys. La pequeña Norma Jean pasó por una docena de orfanatos y hogares entre su niñez y adolescencia, interrumpida a los 16 años para casarse con un joven cadete, Jim Dougherty. Un matrimonio por conveniencia pero no por dinero: era la única forma de evitar otra reclusión en un orfanato. La propia Marilyn dijo después que en dos ocasiones habían abusado de ella en esas instituciones.
Norma Jean estaba en camino de ser una flapper más, pero un fotógrafo que buscaba material para enviar a los soldados americanos durante la Segunda Guerra la descubrió en una fábrica militar de California, y con su foto —sonrisa limpia, pelo negro hasta los hombros, traje austero— llamó la atención de una agencia de modelos que la lanzaría a la fama.

De perfil

La historia de su ascenso en Hollywood fue el clásico de una chica bonita y sin muchos pudores: fotografía publicitaria, pequeños papeles en producciones de la 20th Century Fox, un calendario de desnudos, escarceos en la banca de atrás de un carro y visitas rápidas a oficinas de productores, donde muchas veces tuvo que arrodillarse, no propiamente para orar o para rogar por un papel. Durante esos años fue Mona Monroe, Jeane Norman, Norma Jean. En el 46 el productor Ben Lyon le puso el nombre que se convertiría en símbolo de sensualidad desparpajada, Marilyn Monroe.
Diez años después la chica californiana estaba viviendo su sueño, pero no podía dormir. Y comenzaron entonces las pastillas, el alcohol, las llegadas tarde, los psiquiatras, los amores difíciles: estuvo casada con el beisbolista Joe DiMaggio durante unos cuantos meses y con el escritor Arthur Miller por cinco años. Pero su rosario de amores pasajeros fue extenso e incluyó misterios gozosos y dolorosos: Frank Sinatra, Elia Kazán, Yves Montand, Marlon Brando, John y Bob Kennedy…
Cuando tenía 28 y era la mujer más deseada del mundo se encerró en un cuarto de hotel con el periodista Ben Hecht y se desnudó. En esa ocasión no se quitó la ropa sino que contó su historia sin ninguna cortapisa. Basta citar una frase inquietante: “Yo era el tipo de chica a la que encuentran muerta en su dormitorio con un frasco de somníferos en la mano”. Dicho y hecho: el 4 de agosto la encontraron desnuda y muerta en un cuarto de hotel, con un frasco vacío de pastillas y el teléfono descolgado.

Declaraciones de testigos

“Lo que ella posee, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, se perdería en un escenario. Es tan frágil y delicada que solo puede captarla una cámara. Es como el vuelo de un colibrí: solo una cámara puede captar su poesía”. Constance Collier, profesora de actuación.

Soy el único director que ha hecho dos películas con Marilyn Monroe. Corresponde que la Asociación de Directores Cinematográficos me otorgue la Medalla del Corazón Púrpura”. Billy Wilder, director.

Dentro de Marilyn había muchas Marilyns. Había dos costados enteramente separados. No estaría uno muy lejos si la describiera como esquizoide”. Lawrence Olivier, actor y director británico.

De gran belleza, es un alma que la psicología barata calificaría de neurótica, como se puede calificar de neurótico a todo el que piensa demasiado, a todo el que ama demasiado, a todo el que siente demasiado”. Antonio Tabucci, escritor.

Declaraciones de la implicada


“¿Has estado alguna vez en una casa con cuarenta habitaciones? Pues multiplica mi soledad por cuarenta. Así de sola me siento”.

lunes, 20 de julio de 2015

El periodista Gabriel García Márquez



Entre septiembre de 1980 y marzo de 1984 Gabriel García Márquez escribió una columna que apareció cada semana en El País de España y El Espectador de Colombia, y luego en decenas de periódicos que la reproducían por medio mundo. Durante esos cuarenta y pocos meses la columna no dejó de salir ni un solo miércoles, ni siquiera cuando su autor tuvo que sortear vientos revueltos en su vida privada, como cuando tuvo que viajar exiliado a México porque en su país lo iban a arrestar, o como cuando se ganó el premio Nobel de Literatura.

En efecto, el 20 de octubre de 1982 salió la columna “Obregón o la vocación desaforada”. Al día siguiente, a las 5:59 de la mañana, recibió la llamada del viceministro de Asuntos Exteriores de Suecia para informarle que había sido elegido ganador del premio Nobel de Literatura. Una semana después ahí estaba la columna —“Hemingway en Cuba”—,  y el 8 de diciembre, mientras Gabriel García Márquez leía su discurso de aceptación del premio, en el resto del mundo todos leían su columna “La literatura sin dolor” en el diario de la mañana.

Esas columnas puntuales del 80 al 84 están en el tomo 5 de Obra periodística, publicada por Random House en marzo de este año. Estos cinco libros, lo digo sin exagerar, son lo mejor que le ha pasado al periodismo colombiano y al mundo editorial en los últimos meses. Hasta esta publicación, la obra periodística del único premio Nobel de Literatura que va a tener Colombia estaba desperdigada por ahí, en ediciones de Bruguera y Norma inconseguibles y francamente feas.  

Un lector afanado puede hacerse el vivo y buscar nada más ese tomo 5, pensando que en él está depurado el genio de Gabriel García Márquez. Despreciará los demás pensando que esos cuatro tomos anteriores fueron nada más los escalones que usó el autor para alcanzar esas columnas magistrales de comienzos de los ochenta. Lamento decirle que no, mi querido amigo. Aquí no hay atajos. La genialidad vive desde los primeros momentos de esta obra palpitante y perfecta.

El primer tomo —Textos costeños— recoge las notas que García Márquez escribió para El Universal de Cartagena y El Heraldo de Barranquilla entre 1948 y 1952. Aquí la cosa produce pasmo: uno no sabe qué pensar de un muchacho de 21 años que está dando sus primeros pasos en el periodismo escrito y que compone frases como esta: “El animal de la timidez se le paseaba por la voz y se la tumbaba por los despeñaderos más intransitables de la gramática” (p. 78). O como esta: “Lo conocí ayer. Es un campesino de esos que, aunque se quiten el sombrero, siguen teniendo cara de llevarlo puesto” (p. 271). O como esta: “el amor es una enfermedad del hígado tan contagiosa como el suicidio, que es una de sus complicaciones mortales” (p. 103). La situación más vulgar o más humilde le sirve de pretexto a ese muchacho para crear una pieza perfecta de la observación y el ritmo compositivo en cuatro párrafos. Son las famosas “Jirafas”, que escribió durante esos cuatro años con la misma puntualidad e insistencia que mostraría casi cuarenta años después en El Espectador y El País, cuando era el escritor más leído de América Latina.

Estos cinco tomos gordos —suman 3.611 páginas— también le muestran a los lectores afanados que el genio literario de Gabriel García Márquez no bajó de los cielos como por encanto mientras oía los cuentos de su abuela durante las tardes de bochorno en el valle del Magdalena. Ese genio literario fue trabajado frase por frase, página a página esculpido con una disciplina de soldado en las salas de redacción de los diarios donde trabajó. Basta pensar que en los casi tres años en que estuvo en El Heraldo, Gabriel García Márquez publicó cerca de cuatrocientos artículos. Eso sin contar los que no firmaba, ni las piezas de ficción que iba desarrollando en paralelo. Como dice Alma Guillermoprieto, otra periodista de primera, “con tiempo y trabajo cualquiera puede escribir frases magistrales”. Tiempo y trabajo es lo que muestran estas páginas. Y frases magistrales. Por montones.

Los tomos 2 y 3 recogen la época dorada del autor en El Espectador. Frente a nuestros ojos atónitos por semejante despliegue de talento, ese joven periodista pasa de comentarista de hechos cotidianos a reseñista de cine, y de ahí a reportero y cronista. Primero cubre eventos en el país —Antioquia, Chocó, Bogotá— y luego viaja a Europa enviado por el diario. En Europa sabe que los grandes medios se le van a adelantar siempre, así que se ocupa de comentar el lado B de hechos y eventos como el festival de Cannes o una cumbre de gobiernos en Ginebra. Pero también están los  grandes reportajes que convirtieron al autor en una estrella del periodismo: el caso Montesi, el viaje por los países comunistas, “Caracas sin agua”… Crónicas en las que buscaba, en sus propias palabras, “contar lo que pasó para que el lector sepa lo que pasó como si hubiera estado en el lugar”.

En el 4 está la obra más política de Gabriel García Márquez, los reportajes que escribió para la revista Alternativa, de Bogotá, entre el 74 y el 80 del siglo pasado, así como otros artículos de tinte analítico escritos para Casa de las Américas de La Habana, la revista Semana o El Espectador. Podría pensarse que por ser periodismo comprometido políticamente, estas piezas rebajan en relevancia y maestría estilística. Debo decir que no. Es periodismo comprometido, pero está tan bien escrito que uno recibe con gusto la línea editorial que está tirando el autor con tal de acceder a su genio poético. Este tomo es necesario porque aquí están los magníficos “Chile, el golpe y los gringos”, “Cuba de cabo a rabo”, “El golpe sandinista” y “Por un país al alcance de los niños, entre otros. Pocos textos nos hacen ver tan bien quiénes somos los colombianos como este último y otros que se recogen aquí, como “Qué es lo que pasa en Colombia” y “Apuntes para un debate nuevo sobre las drogas”.

Ninguno de los tomos, pues, es eludible. Los cinco cuestan poco más de 200 mil pesos, alrededor de 100 dólares. Si se piensa bien, es muy poco dinero por acceder al mejor periodismo que se escribió en español en el siglo pasado. Y es nada si se piensa que en estos libros tenemos el inesperado privilegio de ver el mundo a través de los ojos de un genio.



Gabriel García Márquez, Obra periodística, 5 tomos, Bogotá, Random House Literatura, 2015. Edición y prólogos de Jacques Gilard.

lunes, 29 de junio de 2015

Mi romance, de Gordon Lish



El narrador y protagonista de Mi romance es un editor que padece psoriasis y durante un tiempo de su vida bebió más de la cuenta: suficientes coincidencias con mi propia biografía como para no saltar encima de esta novela apenas la vi en la estupenda librería Prólogo, de Bogotá.

El protagonista se llama igual que el autor, Gordon Lish. Trabajó como editor de ficción en la revista Esquire y como director editorial en Alfred A. Knopf, igual que el autor. Es maníaco y enfático, una personalidad contundente que en esta ocasión está frente a un público en un festival literario improvisando un discurso. Por eso devanea, balbucea, peripatea alrededor del alcohol, de la psoriasis que ha determinado su vida, de su padre y su madre, de sus tíos Lish, tacaños y extraños.

No lo dudéis, este metoxaleno que me hacen tomar para que mi piel pueda extraer de la luz todos los beneficios posibles, incluso cuando no hablamos de la clase de luz que uno consideraría apropiada, este metoxaleno es la bomba, no lo dudéis. Por otro lado, no hay nada que me pueda poner particularmente nervioso si he tomado las debidas precauciones. Esto es, primordialmente, untarme el aceite mineral, untarme una buena capa de aceite mineral en todo el cuerpo. Oh, aunque llevar gafas de sol no es que sea menos importante, ni mucho menos. Lo entendéis, ¿verdad? Quiero decir, ¿acaso no os dais cuenta de hasta qué punto mi vida está atada a todas estas preocupaciones? Aunque es posible que todavía no hayáis captado lo que quiero deciros. Quiero decir, esta psoriasis que he tenido desde siempre. O que he tenido al menos desde los siete años, más bien. Esa es la razón de que mi vida haya transcurrido de tal modo que el sol, la luz solar, los rayos solares… en eso ha consistido buena parte de mi vida, siempre: en andar persiguiendo la luz (pp. 52-53).

Una prosa envolvente que a veces cuesta un poco seguir porque quiere reproducir ese discurso que este hombre va desgranando de manera improvisada frente al público del festival literario. Gordon Lish, el personaje de la novela, está en un punto culminante de su vida y ha decidido confesarse frente a sus colegas: “No quiero sencillamente estar aquí y ponerme a leer unos cuentos. No me basta con subirme aquí y dar lo mejor de mí sólo para leeros unos cuentos. Lo que siento es que debo hablar desde aquí (p. 23).

Confiesa entonces una infidelidad y un delito. Pero no de manera directa: los va soltando como sin darse cuenta, se entretiene en nimiedades, le da una importancia inoportuna a detalles que retardan las partes más carnosas de su discurso, de su confesión. Pero ahí seguimos para conocer su carácter, su pasmosa sinceridad, su cinismo. Ahí seguimos para verlo acompañar al baño una madrugada a su madre de 93 años, desnuda y tambaleante, “Frágil en extremo o en el extremo de la fragilidad, o sí, sí, en realidad parecía como si fuera a quebrarse, ya me entendéis: una mujer tan pequeña, con tantos años encima, una hoja, como una hoja seca” (p. 39).

Señala en algún punto que algunos asistentes salen dando un portazo, y no dudo de que algunos lectores también hayan cerrado esta novela breve e implacable sin terminarla. La leyenda dice que cuando salió publicada, en 1991, Mi romance no vendió más de 500 ejemplares, a pesar de que su autor era ya conocido como un influyente editor literario que trabajó —descubrió, apoyó, apadrinó, editó— a autores tan reconocidos como Raymond Carver, Don DeLillo o David Leavitt. (Faltaban todavía siete años para que se le acusara incluso de intervenir abusivamente los relatos de Raymond Carver, hasta el punto de haber creado el estilo por el que fue conocido el escritor americano muerto en 1988.)

Pero otros lectores seguimos hasta el final, pegados del discurso balbuciente de este personaje enfermo, complejo, por momentos pragmático hasta el cinismo y por momentos vacilante, casi siempre decadente. Es decir: humano, demasiado humano.  




Gordon Lish, Mi romance, Cáceres, Periférica, 2014. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas.