jueves, 16 de octubre de 2014

Ciertas personas de cuatro patas, de Rafael Baena


Este libro se abre con un niño de cinco años montado sobre una yegua de nombre Panela. Es el autor, quien pocos años antes ha dicho su primera palabra. No fue papá ni mamá, sino a ayo, caballo. Al parecer, su  amor por esas “ciertas personas de cuatro patas” estaba escrito en sus células desde antes nacer.

Este libro es el testimonio de ese amor. En sus páginas están los caballos que más ha apreciado, el que le enseñó a montar a sus hijas, una yegua que le salvó la vida y un caballo a quien el autor salvó de una muerte dolorosa. Conocemos a Casandra, un ejemplar soberbio a quien Baena le prometió que si algún día escribía una novela, los caballos serían personajes principales. Hasta el momento ha publicado cinco, y en tres de ellas los caballos están en la primera línea de la peripecia: Tanta sangre vista, ¡Vuelvan caras, carajo! y La bala vendida. Si el lector de este comentario no las ha leído, hágase el favor de leerlas. Le garantizo que no será la misma persona cuando las haya terminado.

También conocemos a Centella, la yegua más bonita de la finca donde vive el autor:

Hace gala de un temperamento complicado, hasta el punto de ser virgen y no haber conocido caballo […] Aunque no creo en la reencarnación, ver el comportamiento de esa yegua ha hecho tambalear mi agnosticismo, pues cada vez más me convenzo de que guarda dentro de su corpachón el alma de alguna pionera sufragista o, por qué no, el espíritu de la mismísima Betty Friedmann [sic], dada la vehemencia con la que defiende sus convicciones, que van todas en contravía del mito del corral apacible y feliz: cocea, muerde, es agresiva con sus compañeros de manada y lazarla es toda una proeza. (p. 23)

Muy pronto la historia personal da paso a una historia más amplia de la relación del hombre con los caballos. Particularmente se concentra en la caballería, el uso de los caballos en la guerra, porque su uso “en tiempos de paz no ha sido más que una derivación de las labores cumplidas sobre el campo de batalla” (p. 118). Así, vemos cómo van llegando el freno, la herradura, el estribo, mientras se nos cuentan algunas formaciones y batallas de Alejandro Magno, Aníbal, Gengis Khan, Atila...

Lo más notable de este libro es que el autor no abandona nunca el tono de amena conversación que emprendió al comienzo, cuando nos estaba contando apartes de su historia personal con los caballos. Por eso, mientras avanzaba sentía que estaba leyendo un ensayo en el más inglés sentido del término: delicioso, honesto, útil, entretenido. Compuesto en una prosa diáfana y rítmica. Personal. Lleno de respeto por su tema y por el lector. Pero, a diferencia de esos escritores ingleses de ensayos deliciosos que tanto me gustan (Charles Lamb, William Hazlitt, Oscar Wilde, Robert Louis Stevenson, Chesterton), Baena mira más allá de Occidente:

Mientras los europeos atravesaban siglos de oscura incertidumbre y enclaustraban el saber en los monasterios, los árabes, organizados políticamente en califatos, alcanzaban refinamientos y logros que iban desde el jabón aromatizado hasta las diferentes ramas de la ingeniería, hacían poesía, ampliaban los horizontes de las matemáticas y de la filosofía, creaban recetas culinarias para complacer a Dios… y criaban los caballos más hermosos y resistentes que jamás hubo sobre la Tierra. (p. 100).

Conocer palabras nuevas debería ser motivo de celebración. Desde que leí este libro estoy feliz por haber encontrado palabras tan hermosas como sisar, almohaza, guadamecí, ramonear… No sé para qué las voy a usar, o cuándo, pero no importa. Los lectores sabemos bien que no todo conocimiento es útil. Pero me estoy yendo por las ramas.

En los dos capítulos finales, luego de ese montón de aventuras alrededor de los hombres y sus caballos, el autor regresa al ámbito íntimo, familiar. Vemos una imagen similar a la del comienzo: una criatura de pocos años sentada sobre un caballo. Es su nieta Guadalupe. Y así, sabemos que esta historia de amor y devoción a los caballos continúa escrita en las células de su descendencia. 



Rafael Baena, Ciertas personas de cuatro patas, Bogotá, Luna Libros, 2014.

domingo, 28 de septiembre de 2014

David Markson, el duro


Solo existe una palabra para calificar a alguien que fue compañero de copas de Dylan Thomas y de Jack Kerouac, y esa palabra es duro. Encima los sobrevivió, al primero más de cincuenta años y al segundo más de cuarenta. (Esto para no hablar de su obsesión con Bajo el volcán, que lo llevó a escribir una tesis doctoral sobre esa novela, hacerse amigo íntimo de Malcolm Lowry e irse a vivir a México para seguir los pasos del cónsul. Es decir, también fue compañero de copas de Malcolm Lowry: hay que subirle tres niveles más a su calificativo.)
Pero David Markson también escribió, como sus amigos borrachines y famosos. Publicó varias novelas policíacas para financiarse una obra más personal. Una obra única: Wittgenstein’s Mistress, Springer’s Progress y la colección compuesta por La soledad del lector, Esto no es una novela, Vanishing Point y The Last Novel. La estupenda editorial argentina La Bestia Equilátera ha publicado las dos primeras. Y, para decirlo rápido, son libros inquietantes.
Están compuestos de motivos, anotaciones, ideas. Asuntos que van y vuelven: una idea de novela o de la escritura, la causa de muerte de hombres históricos —Kant, Mahler, Tales de Mileto, etcétera—, cosas que dijeron escritores sobre otros escritores, fragmentos de conversaciones entre grandes hombres, encuentros entre personajes históricos. Chismografía sofisticada, también podríamos llamarle.
Son incidencias, infidencias, mitos, datos. ¿Qué es real  y qué es ficticio aquí? Al parecer todo sucedió, o no, pero no importa. No quise corroborar ninguna de esas informaciones. Si Pascal y Descartes se encontraron dos veces, o si “Durante dos décadas, a partir de sus veinticinco años, Paul Valéry no publicó una sola línea”. Esto no es una novela, lo sé —lo recalca el título grande en la tapa—, pero sin duda es un universo, un ambiente, una atmósfera. Hay unos personajes que tienen nombres conocidos —Einstein, Milton, Vivaldi, Mozart, Diego Rivera…—, unas acciones, un tono, una textura.  
Cada frase, entrada, postal la quise leer como un microcuento. Y creo que hay que leer varios, muchos de una sola vez. Y esa cantilena, esos ora pro nobis de pronto comienzan a tener un sentido. Kurt Vonnegut calificó este libro de “hipnótico”, y tuvo razón.
Quienes han escrito sobre Markson dicen que se le vio durante décadas por las librerías de Manhattan buscando biografías, datos, información sobre escritores, científicos, filósofos. Era un coleccionista poseso de citas y de datos sobre la vida y la muerte de personajes históricos. En un reportaje del diario El País de 2010, año de la muerte de Markson, leemos que “Su estilo hizo que algunos críticos le considerasen un escritor de la era de Internet. Sus citas actúan como enlaces, hipervínculos inagotables, y pese al aparente caos, en sus novelas todo está interconectado. Sin embargo, jamás tuvo ordenador y nunca navegó por la Red”. Aquí lo tienen.


Esto no es una novela [fragmento]

¿Cuál es la utilidad de ser bueno con un pobre?
Preguntó Cicerón

[…]

Isabel I, de visita en la Universidad de Cambridge, dio una conferencia en griego.
Y después conversó más informalmente con los alumnos en latín.

[…]

La probabilidad de que Anne Hathaway no supiera leer.

Anne Hathaway.

[…]

Leigh Hunt una vez vio a Charles Lamb besar el Homero de Chapman.

Henry Crabb Robinson una vez vio a Coleridge besar un Spinoza.

De hecho, era sabido que Lamb fingía sorprenderse de que la gente no diera las gracias antes de leer.

[…]

A menudo Walter Scott inventaba epígrafes para sus capítulos, fabulaciones que decían lo que necesitaba que se dijera, y después ponía Obra antigua o Anón. como la supuesta fuente.

[…]

Durante todo un milenio, hasta bien entrada la Edad Media, Menandro fue el autor más extensamente citado de la literatura occidental a excepción de Homero.

[…]

La más grande poeta lesbiana desde Safo, llamó Auden a Rilke.

Acerquémonos al fuego y veamos lo que estamos diciendo.

[…]

Schubert nunca pudo comprarse un piano.

[…]

Kristen Flagstad, sobre el aspecto crucial para cantar Wagner:
zapatos cómodos.

[…]

Una agencia de información sobre la condición humana, llamó Theodore Adorno a Kafka.

[…]

Nunca supe de ningún viejo que olvidara dónde había escondido su dinero, dijo Cicerón.

[…]

Kate Chopin murió de lo que aparentemente fue una hemorragia cerebral.

Recuérdenme sacarle algún dinero a ese infeliz.

El padre de Piero della Francesca era zapatero.

            Admiren a los mártires del reino de María la Sangrienta.

D. H. Lawrence murió de tuberculosis.

Charlotte Perkins Gilman era una sobrina de Harriet Beecher Stowe.

[…]

Un amable hombre de principios.
Llamó Pablo Neruda a Stalin.

[…]

O está loco o está leyendo Don Quijote.
Dijo Felipe III al ver a un estudiante golpeándose la cabeza y doblándose de risa histérica sobre un libro.

[…]

La primera traducción inglesa de Madame Bovary la hizo una hija de Karl Marx.
Que más tarde se quitaría la vida de manera muy similar a como lo hace Emma.

[…]

Durante los treinta días de gracia entre su condena y la cicuta, Sócrates memorizó un largo poema de Estesícoro.
Quiero morir sabiendo una cosa más.

[…]

La cumbre del absurdo en la postulación del sinsentido puro, o en el enhebrado de insensatas y extravagantes cantidades de palabras, antes solo registradas en manicomios, fue alcanzada por Hegel.
Dijo Schopenhauer.

En o alrededor de diciembre de 1910 cambió el carácter humano.

Sí, Virginia.

Ben Sahn alguna vez fue asistente de Diego Rivera.

Jackson Pollock alguna vez fue asistente de David Alfaro Siqueiros.

[…]

Esto también es un perpetuo montón de acertijos, si el Escritor lo dice.

Simplifica, simplifica.

[…]

No es necesario tener caspa para ser un genio, dijo Puccini.

[…]

Prokofiev murió el mismo día que Stalin.

Aldous Huxley murió el mismo día que John F. Kennedy.

Nathanael West murió un día después que F. Scott Fitzgerald.

Hemingway murió un día después que Louis-Ferdinand Céline.

West y Fitzgerald habían cenado juntos una semana antes.

Machado de Assis era epiléptico.

El doble de bateadores son golpeados por un lanzamiento cuando la temperatura ronda los treinta grados que cuando ronda los veinte.

[…]

Una de las cartas de San Jerónimo a San Agustín tardó nueve años en ser entregada.

[…]

Una pequeña, vulgar y provinciana solterona de aspecto enfermizo.
Tal Charlotte Brontë, según George Henry Lewes.

Robert Southey murió de —cito— ablandamiento del cerebro.

            ¿Y qué saben de Inglaterra quienes solo Inglaterra conocen?

Una vez Gauguin trató de matarse con arsénico.
Pero vomitó.

¿Ese material se te ocurre cuando estás borracho?
Preguntó un primo de Faulkner.

Dittersdorf, no estás afinando.

Tintoretto murió de lo que parece haber sido cáncer de estómago.

Trollope murió de un derrame cerebral.

Milledgeville, Georgia.

Folletos gratuitos ya que el Señor proporciona los fondos.

Frank Lloyd Wright murió de un ataque al corazón tras una cirugía.

[…]

Emoción evocada en la calma.

Las mejores palabras en el mejor orden.



David Markson, Esto no es una novela, Buenos Aires, La Bestia Equilátera, 2013. Traducción de Laura Wittner.


viernes, 19 de septiembre de 2014

La crónica aquí y ahora



“Mira, es más probable que tu editor te pida diez mil caracteres sobre el buen momento de la crónica a que te pida una crónica de diez mil caracteres”, le soltó Martín Caparrós a un periodista que lo entrevistaba para una nota sobre… adivinaron: el buen momento de la crónica. Caparrós recordó la anécdota en octubre de 2012 en México DF, durante el Segundo Encuentro de Nuevos Cronistas de Indias, organizado por la FundaciónGabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y Conaculta. E ilustra muy bien el momento de la crónica aquí y ahora: se habla de ella, se organizan encuentros, concursos y conversatorios; se publican antologías, se escriben tesis y artículos académicos y de divulgación. Hay un interés manifiesto hacia el género como hecho cultural. Sin embargo, sigue estando un poco relegada de los medios impresos, y prácticamente ha desaparecido de los diarios, el medio que la acogió desde su nacimiento hacia la segunda mitad del siglo XIX.

Pero es indudable que la crónica goza hoy de una cierta celebridad. Algunos comentaristas han dicho que la literatura latinoamericana vive hoy con el periodismo narrativo una reedición del boom de los años sesenta y setenta. Nombres como el del propio Caparrós, o los de Juan Villoro, Sergio Ramírez, Leila Guerriero o Elena Poniatowska reemplazan en el imaginario de los lectores a los de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar o Carlos Fuentes. La comparación queda bien en las piezas promocionales de los libros y en los carteles de los festivales literarios. Pero: así se trate nada más de una estrategia de mercadeo, hay una tendencia a apreciar el género de la crónica. Y como todas las tendencias, esta no apareció de un día para otro.

De dónde venimos

Desde sus orígenes, la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano ha intentado llevar la investigación sólida y la narración atildada a todos los formatos, temas y medios en los que se hace el periodismo. Poco después del primer taller que convocó en 1995 vendrían muchísimos más hasta el mes pasado, hasta hoy. Si queremos rastrear el camino recorrido por la crónica en el continente hasta ocupar ese lugar de privilegio que ostenta en la actualidad, hay que mirar el trabajo paciente y constante de la Fundación creada por el premio Nobel colombiano: los encuentros de Nuevos Cronistas de Indias que ha convocado, el primero en Bogotá en 2008 y el segundo en Ciudad de México en 2012; su Red de Periodismo Cultural, que es como un gran radar que detecta piezas valiosas de periodismo y las comparte con sus contactos en las redes sociales; o su premio de periodismo, que en sus distintas versiones ha señalado las crónicas y los reportajes más notables escritos en español, y ha inspirado a universidades e instituciones de muy diverso tipo a reconocer con premios o becas las crónicas bien hechas. Las alianzas que ha hecho con instituciones educativas y culturales han irrigado los programas de universidades e institutos, hasta llegar a los oídos de jóvenes estudiantes de periodismo y de ciencias humanas.

Por otro lado, a partir de finales de los noventa empezaron a circular por las calles de nuestras ciudades revistas como El Malpensante, Gatopardo, Soho, Etiqueta Negra, Paula, Pie Izquierdo, Marcapasos, Letras Libres y otras más. Bajo el techo de esas casas nos formamos escritores y editores en el arte de la crónica. Además de publicar crónicas muy bien escritas, esas revistas se han preocupado desde sus comienzos por compartir con sus lectores las reflexiones de los cronistas sobre lo que hacen. Porque la crónica, con sus límites porosos, con su amplitud de formas, provoca permanentes revisiones tanto de cronistas como de lectores. Darío Jaramillo Agudelo divide su Antología de la crónica latinoamericana actual, publicada por Alfaguara en 2012, en dos partes: “Los cronistas escriben crónicas” y “Los cronistas escriben sobre la crónica”. Prácticamente cada taller, cada curso, cada encuentro alrededor de la crónica deja un artículo o varios que revisan la definición del género, visitan sus límites, repasan la manera en que trabaja cada cronista. La permanente revisión es parte del carácter del género.

Algunas revistas han desaparecido y otras se han mudado a internet. Otras más han nacido en la red, y desde allí le han brindado hospitalidad a un género que reclama tiempo, investigación e inmersión. Puercoespín, El Faro, Sala Roja, La Silla Vacía, Ciper, Anfibia, Animal Político y tantas otras despliegan cada que pueden trabajos de largo aliento. Porque la crónica no puede ser breve ni rápida. Por eso es costosa. Pero ese es otro asunto que revisaremos luego.

En una nota publicada en agosto de 2012 en La Nación, de Argentina, Leonardo Tarifeño señaló el papel de todos estos eventos para llegar hasta el momento en que se encuentra el periodismo narrativo en América Latina. Esos encuentros felices que promueve la Fundación Gabriel García Márquez, todas esas revisiones y revistas y becas y publicaciones son las que, en palabras de Tarifeño, “juntas, una más una más una más una, hacen boom”.

En quorganizado por, con ello, de dinero. cio, y tambimudado a internet. Otras mfestivales literarios. y en ferias literarias. iendo é estamos

En todos esos encuentros de los últimos años, en los cursos y congresos, se han discutido casi los mismos temas con algunas variaciones. Que el grabador no conviene, o sí conviene, o que la libreta de notas puede ser tan traicionera como la memoria. Que la primera persona es molesta, que la tercera en el periodismo es una falacia. Que la crónica está en la acera del periodismo; no, está en la de la literatura...

Algunas cosas, pocas, han quedado claras. La primera, que la crónica es un género tan libre y abierto como la novela; todo cabe en ella, todas las voces, todas las texturas, todas las formas del discurso. Cada crónica es tan única como quien la escribe. Al lado —no debajo— de esa primera conclusión hay otra igual de gruesa: que sin investigación no hay periodismo narrativo. Los mejores cronistas no son los que escriben mejor, sino los que hacen la mejor investigación, la más completa y sólida. No es una cuestión de estilo ni de estructura: es una cuestión de reportería. El editor mexicano Roberto Zamarripa pinta esto como nadie: “La crónica es el género de mayor exigencia y rigor en el periodismo, porque implica caminar, indagar, preguntar, cotejar, interpretar, resumir, explicar. El género libre por excelencia supone la mejor disciplina de trabajo como reportero. El género de la flexibilidad en el lenguaje y en sus formas implica el mayor rigor en los básicos del periodismo”.

Creo que después de tantos encuentros, tantas charlas y congresos alrededor de la crónica, no se ha llegado a más certezas. Entre tanto, se multiplican los intentos por definir el género; a mí, entre las decenas de definiciones de crónica que he oído y leído, me gustan dos, que escuché en el Segundo Encuentro de Cronistas de Indias en 2012. Una es del escritor mexicano Juan Villoro: “La crónica pone en una especie de encrucijada dos zonas de la realidad: los acontecimientos que han sucedido y la mirada subjetiva de quien los va a narrar”. La otra es de Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Gabriel García Márquez: “La crónica es periodismo con grandes ambiciones. Ambiciones creativas, ambiciones de servicio público, ambiciones de autor, de ciudadanía”. Cada quien puede usar la definición de crónica que mejor le convenga, hay muchas de dónde escoger.

Por lo demás, no hay fórmulas definitivas. Cada crónica es un mundo, y el periodista va encontrando el camino durante el trabajo. El venezolano Boris Muñoz lo puso claro en su cuenta deTwitter: “Me piden una definición exprés de la crónica. Respondo: la crónica no existe, lo que existe son los cronistas”.

Hace veinte años, cuando muchos de nosotros empezamos a trabajar en revistas, editoriales o diarios, la crónica era una cosa rara. Piezas complejas y sofisticadas que hacían personas que vivían en las alturas: Gabriel García Márquez, Ryszard Kapuscinski, Alma Guillermoprieto, Carlos Monsiváis, Sergio Ramírez… Hoy está en el centro de la discusión y de la labor periodística. Se celebra, se premia, se difunde. Es un hecho.

Para dónde vamos

Después de los abrazos y las palmaditas en la espalda, conviene seguir adelante. Quizá va siendo hora de hablar de otros asuntos, de ir un paso más allá de las definiciones. Por ejemplo, puede que sea un buen momento para señalar temas necesarios o desatendidos por la crónica en América Latina.

En los últimos quince años mi país, Colombia, pasó de ser un país cafetero a ser un país minero. Situaciones similares están sucediendo en toda América Latina, de Chile a México: grandes corporaciones mineras están entrando a zonas tradicionalmente agrícolas, y están cambiando el equilibrio de poder y dinero en esas regiones —y en los países— para siempre. No muchos medios y muy pocos cronistas se están ocupando de contar esta transformación. O, al menos, de hacerlo con suficiencia y constancia.

Tenemos de sobra perfiles de chefs, crónicas sobre sitios curiosos en las capitales de América Latina o relatos en primera persona de malabares sexuales “extremos”. Por favor, nos sobran crónicas de boxeadores derrotados, de futbolistas caídos en desgracia; sobran catálogos de excentricidades de mafiosos; sobra el relato del más alto, del más bajo, del más pobre. Lo freak, lo curioso, está sacando del temario de los cronistas asuntos de la agenda pública y, al tiempo, no dejan espacio para historias que van pasando desapercibidas. No digo que ya no se escriban más perfiles de chefs o de cantantes: los seguimos necesitando, pero también están esos otros grandes temas que se están quedando sin su relato.

La ciencia, la política, el poder, el arte, la salud, las relaciones de unos con otros están un poco desatendidos en América Latina. Quizá sea hora de llamar la atención sobre esos temas y promover su abordaje por cronistas de todos los países. Ya es casi un lugar común decir que en este continente no hay que inventar nada, la realidad es lo suficientemente compleja y enrevesada como para crear un relato fantástico con solo mostrarla.

Creo que es hora de hablar de plata. Discutir cómo vamos a financiar los devaneos durante meses de los cronistas alrededor de las historias que quieren contar. Porque la crónica es un género costoso. En un momento de la historia pudieron financiarla —y acogerla— los diarios, después lo hicieron los suplementos de domingo. Pero cuando los primeros se quebraron los segundos desaparecieron, y con ellos las crónicas. Las revistas que mencioné antes se ven a gatas para financiar el trabajo de los cronistas. En la red no hay todavía claridad sobre la manera de monetizar los aciertos.

En los encuentros de cronistas, en los congresos y seminarios que se siguen multiplicando, deberíamos buscar la manera de financiar las crónicas que se quieren hacer. Me arriesgo a decir: las crónicas que se deben hacer.

Es hora de revisar las repeticiones, los lugares comunes que ya se van estableciendo en las crónicas que leemos. Como todo género en ascenso —en asedio—, se empiezan a advertir ciertas fórmulas, se van estableciendo algunos clichés. Podríamos empezar a identificar esos usos ya gastados y ensayar estrategias para refrescarlos.

Podría, a estas alturas, ser momento de revisar la manera en que leen las crónicas quienes las están leyendo y de pensar cómo se van a leer en el futuro. Puede ser momento de aclarar un poco más su función en este mundo gaseoso, en el que no hay nada fijo y las transformaciones se acumulan en progresión geométrica. Quizá sea tiempo de hablar sobre la responsabilidad de la crónica como coautora de la historia. Porque la crónica, como ningún otro tipo de texto, escribe la historia en vivo y en directo, mientras está sucediendo.


 Con ligeras variaciones, este artículo se publicó en el número 27 de la revista Cuadernos de Periodistas, publicación de la Asociación de la Prensa de Madrid.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Llegar a un poeta

Fernando Pessoa



No siempre la poesía se muestra en todo su esplendor al primer acercamiento a un poeta, a una obra. El lector deberá encontrar el momento propicio para cada poeta y para cada poema. Cada poeta tiene una clave de lectura, digamos un leitmotiv. En la medida en que el lector encuentre esa clave, y su momento, el poeta y la poesía abren ante el lector la puerta de sus tesoros, y la vida no vuelve a ser la misma nunca.

A la pregunta sobre cómo leer poesía, Gabriel Zaid responde: “No hay receta posible. Cada lector es un mundo, cada lectura diferente. Nuevas aguas corren tras las aguas, dijo Heráclito; nadie se embarca dos veces en el mismo río. Pero leer es otra forma de embarcarse: lo que pasa y corre es nuestra vida, sobre un texto inmóvil. El pasajero que desembarca es otro: ya no vuelve a leer con los mismos ojos” (en Leer poesía, Debolsillo).

Para ilustrar lo que quiero decir, confieso que no he encontrado aún el momento, la clave de lectura de César Vallejo. No quiere decir que no lo lea, que no me conmueva con algunos poemas cuando lo leo, que no lo entienda. Pero sé que hay un universo escondido en su palabra al que todavía no llego.

Lo he dicho atrás: hay varias maneras de llegar a un poeta, y cada lector deberá encontrar las suyas. Una manera que tengo de leer poesía es esta: tomo de mi biblioteca el libro del autor que quiero conocer y lo pongo en mi mesa de noche, o en mi escritorio, al alcance de mi mano. Antes de empezar el trabajo diario, o mientras estoy trabajando, hago una pausa, estiro mi brazo hasta donde está el libro y lo abro. Leo en orden, un poema a la vez. Leo cada poema un par de veces, tres en ocasiones, o cuatro. Pero siempre lo leo al menos una vez en silencio y una en voz alta. Lo leo despacio. Lo paladeo. Después dejo el libro donde estaba y sigo con lo mío. En algunos casos leo primero el prólogo y luego el primer poema, a veces empiezo por los poemas y en alguna de las pausas de mi trabajo, cualquier día, leo el prólogo. Como me nazca hacerlo en el momento. Eso sí, siempre me aseguro de tener el tiempo suficiente para leer el prólogo de una sola sentada. Los prólogos no deberán ser tan largos como para que ameriten dos o tres sesiones de lectura. Pero el arte de los prólogos es otro tema, aquí estamos hablando de leer poesía.

Con este método, que no tiene nada de científico y que no ha probado su efectividad en nadie más, he podido entrar en la poesía de Edgar Allan Poe, de Luis Carlos López, de Jorge Luis Borges, de Juan Manuel Roca, de Federico García Lorca, de León de Greiff, de Thomas Tranströmer, de Darío Jaramillo Agudelo, de Georg Trakl, de José Manuel Arango. Etcétera. Un poemita a la vez, dos a lo más. Al menos una lectura silenciosa, al menos una en voz alta. Todos los días, a cualquier hora. Sin prisas. Leer para nada, leer para oír la voz de la poesía.  

Casi siempre la mejor manera de entrar es a través de una buena antología. ¿Cómo es una buena antología? Amplia, traducida con amor cuando se trata de poetas de otras lenguas, que incluya las versiones originales. Que estén presentados en las notas del antologista el poeta y su obra con dedicación, con la dosis justa de erudición y calidez en el tono. Con admiración crítica, podría decirse. Con notas a pie de página suficientes, ni muchas ni pocas. (“Hay por lo menos dos formas de mostrar una erudición irritante: una, acumulando citas, y otra, no haciendo ninguna”. Ernesto Sábato, Uno y el Universo, Barcelona, Seix Barral, 1981, p. 32.) Casi todas las buenas antologías vienen en un tamaño portable, con una encuadernación sólida y leve a la vez. Como la propia poesía.

Lo mismo que me sucede hoy con Vallejo me pasó en un tiempo con León de Greiff, con Sor Juana, con Gonzalo Rojas, con muchos poetas y poemas que fueron apareciendo en mi vida y la han condimentado. A pesar de que quería conocerlos, llegar a su puerto, no podía, no llegaba. Pasa: uno toma el libro de ese poeta al que quiere llegar, lo abre, lo ojea, lo acaricia, lo huele, lo cierra. Lee el prólogo, el epílogo, la cronología, ensaya con dos o tres poemas, los lee un par de veces, los lee en voz alta. Y a veces ese poeta se abre y otras no, y pasarán pocos o muchos ensayos, tanteos alrededor de su poesía. Hasta que de pronto, ocurre. No sé qué sea, pero una puerta se abre de sopetón y entra uno en esa poesía.

Particularmente demorado y complicado estuvo el proceso con Fernando Pessoa. El prestigio del poeta portugués me apabullaba, así como la inmensidad de su obra y de su pena, los elogios que leía de los más grandes escritores, todo ese cuento de los heterónimos. Compré hace años en la bella librería de Otraparte, en Envigado, los Noventa poemas últimos, en una impecable edición de Hiperión con traducción de uno de los más esclarecidos pessoístas del ámbito hispano, Ángel Crespo. Apliqué el método que he descrito arriba, y nada. No lograba entrar a la esencia de su poesía, digamos al ecosistema de Fernando Pessoa. Leía algunos de esos poemas y no sentía esa epifanía que se siente cuando se llega plenamente a un poeta.

También desde hace años visito cada tanto la página Pessoas de Pessoa, que administra otro dedicado lector del poeta portugués, Carlos Ciro. Y lo mismo sucedía siempre: leía, sentía una que otra luz, pero no alcanzaba a tocar la inmensidad de Pessoa. Lo mismo cuando a finales de 2013 compré la gran antología publicada por Galaxia Gutenberg titulada Un corazón de nadie. Leí el detallado prologo de Ángel Campos Pámpano, las cartas de Pessoa al final, poemas y poemas del pequeño gran hombre portugués, y sentía que apenas rozaba la superficie de su mundo.

Hace unos meses coincidieron dos eventos de diversa intensidad y textura. El primero es un evento feliz: Carlos Ciro tuvo la gentileza de enviarme un ejemplar de su antología de Fernando Pessoa publicada por la Editorial Universidad de Antioquia, titulada Yo soy una antología. El otro evento no fue tan feliz en su momento, pero ahora lo agradezco: una neumonía me obligó a permanecer en casa tres semanas. Así que estuve casi un mes dedicado a ver partidos del Mundial de fútbol y a leer a Pessoa. Unas vacaciones obligatorias, pero memorables.

Porque gracias a la antología de Ciro pude llegar a Pessoa. Gracias a su prólogo breve, cálido y riguroso a un mismo tiempo, pude conocer más de cerca el juego de los heterónimos. Gracias a la bien temperada selección de poemas pude apreciar las diferencias de tono, de estilo, de mirada, de idiosincrasia entre Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro. Gracias a esa antología familiar, portátil, limpia, pude entrar pisando con más seguridad en la amplia y algo más exigente hecha por Galaxia Gutenberg, y ahora estoy entrando a las prosas de Fernando Pessoa que está publicando la editorial Tragaluz de la mano de otro lector juicioso del poeta portugués, Jerónimo Pizarro.

Esto quería ser un ensayo sobre Pessoa y sobre las formas de leer poesía, pero resultó siendo apenas una noticia de interés nada más que personal, que saco de mi diario para compartir con los lectores de esta página. Disculparán, pues.