viernes, 19 de septiembre de 2014

La crónica aquí y ahora



“Mira, es más probable que tu editor te pida diez mil caracteres sobre el buen momento de la crónica a que te pida una crónica de diez mil caracteres”, le soltó Martín Caparrós a un periodista que lo entrevistaba para una nota sobre… adivinaron: el buen momento de la crónica. Caparrós recordó la anécdota en octubre de 2012 en México DF, durante el Segundo Encuentro de Nuevos Cronistas de Indias, organizado por la FundaciónGabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y Conaculta. E ilustra muy bien el momento de la crónica aquí y ahora: se habla de ella, se organizan encuentros, concursos y conversatorios; se publican antologías, se escriben tesis y artículos académicos y de divulgación. Hay un interés manifiesto hacia el género como hecho cultural. Sin embargo, sigue estando un poco relegada de los medios impresos, y prácticamente ha desaparecido de los diarios, el medio que la acogió desde su nacimiento hacia la segunda mitad del siglo XIX.

Pero es indudable que la crónica goza hoy de una cierta celebridad. Algunos comentaristas han dicho que la literatura latinoamericana vive hoy con el periodismo narrativo una reedición del boom de los años sesenta y setenta. Nombres como el del propio Caparrós, o los de Juan Villoro, Sergio Ramírez, Leila Guerriero o Elena Poniatowska reemplazan en el imaginario de los lectores a los de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar o Carlos Fuentes. La comparación queda bien en las piezas promocionales de los libros y en los carteles de los festivales literarios. Pero: así se trate nada más de una estrategia de mercadeo, hay una tendencia a apreciar el género de la crónica. Y como todas las tendencias, esta no apareció de un día para otro.

De dónde venimos

Desde sus orígenes, la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano ha intentado llevar la investigación sólida y la narración atildada a todos los formatos, temas y medios en los que se hace el periodismo. Poco después del primer taller que convocó en 1995 vendrían muchísimos más hasta el mes pasado, hasta hoy. Si queremos rastrear el camino recorrido por la crónica en el continente hasta ocupar ese lugar de privilegio que ostenta en la actualidad, hay que mirar el trabajo paciente y constante de la Fundación creada por el premio Nobel colombiano: los encuentros de Nuevos Cronistas de Indias que ha convocado, el primero en Bogotá en 2008 y el segundo en Ciudad de México en 2012; su Red de Periodismo Cultural, que es como un gran radar que detecta piezas valiosas de periodismo y las comparte con sus contactos en las redes sociales; o su premio de periodismo, que en sus distintas versiones ha señalado las crónicas y los reportajes más notables escritos en español, y ha inspirado a universidades e instituciones de muy diverso tipo a reconocer con premios o becas las crónicas bien hechas. Las alianzas que ha hecho con instituciones educativas y culturales han irrigado los programas de universidades e institutos, hasta llegar a los oídos de jóvenes estudiantes de periodismo y de ciencias humanas.

Por otro lado, a partir de finales de los noventa empezaron a circular por las calles de nuestras ciudades revistas como El Malpensante, Gatopardo, Soho, Etiqueta Negra, Paula, Pie Izquierdo, Marcapasos, Letras Libres y otras más. Bajo el techo de esas casas nos formamos escritores y editores en el arte de la crónica. Además de publicar crónicas muy bien escritas, esas revistas se han preocupado desde sus comienzos por compartir con sus lectores las reflexiones de los cronistas sobre lo que hacen. Porque la crónica, con sus límites porosos, con su amplitud de formas, provoca permanentes revisiones tanto de cronistas como de lectores. Darío Jaramillo Agudelo divide su Antología de la crónica latinoamericana actual, publicada por Alfaguara en 2012, en dos partes: “Los cronistas escriben crónicas” y “Los cronistas escriben sobre la crónica”. Prácticamente cada taller, cada curso, cada encuentro alrededor de la crónica deja un artículo o varios que revisan la definición del género, visitan sus límites, repasan la manera en que trabaja cada cronista. La permanente revisión es parte del carácter del género.

Algunas revistas han desaparecido y otras se han mudado a internet. Otras más han nacido en la red, y desde allí le han brindado hospitalidad a un género que reclama tiempo, investigación e inmersión. Puercoespín, El Faro, Sala Roja, La Silla Vacía, Ciper, Anfibia, Animal Político y tantas otras despliegan cada que pueden trabajos de largo aliento. Porque la crónica no puede ser breve ni rápida. Por eso es costosa. Pero ese es otro asunto que revisaremos luego.

En una nota publicada en agosto de 2012 en La Nación, de Argentina, Leonardo Tarifeño señaló el papel de todos estos eventos para llegar hasta el momento en que se encuentra el periodismo narrativo en América Latina. Esos encuentros felices que promueve la Fundación Gabriel García Márquez, todas esas revisiones y revistas y becas y publicaciones son las que, en palabras de Tarifeño, “juntas, una más una más una más una, hacen boom”.

En quorganizado por, con ello, de dinero. cio, y tambimudado a internet. Otras mfestivales literarios. y en ferias literarias. iendo é estamos

En todos esos encuentros de los últimos años, en los cursos y congresos, se han discutido casi los mismos temas con algunas variaciones. Que el grabador no conviene, o sí conviene, o que la libreta de notas puede ser tan traicionera como la memoria. Que la primera persona es molesta, que la tercera en el periodismo es una falacia. Que la crónica está en la acera del periodismo; no, está en la de la literatura...

Algunas cosas, pocas, han quedado claras. La primera, que la crónica es un género tan libre y abierto como la novela; todo cabe en ella, todas las voces, todas las texturas, todas las formas del discurso. Cada crónica es tan única como quien la escribe. Al lado —no debajo— de esa primera conclusión hay otra igual de gruesa: que sin investigación no hay periodismo narrativo. Los mejores cronistas no son los que escriben mejor, sino los que hacen la mejor investigación, la más completa y sólida. No es una cuestión de estilo ni de estructura: es una cuestión de reportería. El editor mexicano Roberto Zamarripa pinta esto como nadie: “La crónica es el género de mayor exigencia y rigor en el periodismo, porque implica caminar, indagar, preguntar, cotejar, interpretar, resumir, explicar. El género libre por excelencia supone la mejor disciplina de trabajo como reportero. El género de la flexibilidad en el lenguaje y en sus formas implica el mayor rigor en los básicos del periodismo”.

Creo que después de tantos encuentros, tantas charlas y congresos alrededor de la crónica, no se ha llegado a más certezas. Entre tanto, se multiplican los intentos por definir el género; a mí, entre las decenas de definiciones de crónica que he oído y leído, me gustan dos, que escuché en el Segundo Encuentro de Cronistas de Indias en 2012. Una es del escritor mexicano Juan Villoro: “La crónica pone en una especie de encrucijada dos zonas de la realidad: los acontecimientos que han sucedido y la mirada subjetiva de quien los va a narrar”. La otra es de Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Gabriel García Márquez: “La crónica es periodismo con grandes ambiciones. Ambiciones creativas, ambiciones de servicio público, ambiciones de autor, de ciudadanía”. Cada quien puede usar la definición de crónica que mejor le convenga, hay muchas de dónde escoger.

Por lo demás, no hay fórmulas definitivas. Cada crónica es un mundo, y el periodista va encontrando el camino durante el trabajo. El venezolano Boris Muñoz lo puso claro en su cuenta deTwitter: “Me piden una definición exprés de la crónica. Respondo: la crónica no existe, lo que existe son los cronistas”.

Hace veinte años, cuando muchos de nosotros empezamos a trabajar en revistas, editoriales o diarios, la crónica era una cosa rara. Piezas complejas y sofisticadas que hacían personas que vivían en las alturas: Gabriel García Márquez, Ryszard Kapuscinski, Alma Guillermoprieto, Carlos Monsiváis, Sergio Ramírez… Hoy está en el centro de la discusión y de la labor periodística. Se celebra, se premia, se difunde. Es un hecho.

Para dónde vamos

Después de los abrazos y las palmaditas en la espalda, conviene seguir adelante. Quizá va siendo hora de hablar de otros asuntos, de ir un paso más allá de las definiciones. Por ejemplo, puede que sea un buen momento para señalar temas necesarios o desatendidos por la crónica en América Latina.

En los últimos quince años mi país, Colombia, pasó de ser un país cafetero a ser un país minero. Situaciones similares están sucediendo en toda América Latina, de Chile a México: grandes corporaciones mineras están entrando a zonas tradicionalmente agrícolas, y están cambiando el equilibrio de poder y dinero en esas regiones —y en los países— para siempre. No muchos medios y muy pocos cronistas se están ocupando de contar esta transformación. O, al menos, de hacerlo con suficiencia y constancia.

Tenemos de sobra perfiles de chefs, crónicas sobre sitios curiosos en las capitales de América Latina o relatos en primera persona de malabares sexuales “extremos”. Por favor, nos sobran crónicas de boxeadores derrotados, de futbolistas caídos en desgracia; sobran catálogos de excentricidades de mafiosos; sobra el relato del más alto, del más bajo, del más pobre. Lo freak, lo curioso, está sacando del temario de los cronistas asuntos de la agenda pública y, al tiempo, no dejan espacio para historias que van pasando desapercibidas. No digo que ya no se escriban más perfiles de chefs o de cantantes: los seguimos necesitando, pero también están esos otros grandes temas que se están quedando sin su relato.

La ciencia, la política, el poder, el arte, la salud, las relaciones de unos con otros están un poco desatendidos en América Latina. Quizá sea hora de llamar la atención sobre esos temas y promover su abordaje por cronistas de todos los países. Ya es casi un lugar común decir que en este continente no hay que inventar nada, la realidad es lo suficientemente compleja y enrevesada como para crear un relato fantástico con solo mostrarla.

Creo que es hora de hablar de plata. Discutir cómo vamos a financiar los devaneos durante meses de los cronistas alrededor de las historias que quieren contar. Porque la crónica es un género costoso. En un momento de la historia pudieron financiarla —y acogerla— los diarios, después lo hicieron los suplementos de domingo. Pero cuando los primeros se quebraron los segundos desaparecieron, y con ellos las crónicas. Las revistas que mencioné antes se ven a gatas para financiar el trabajo de los cronistas. En la red no hay todavía claridad sobre la manera de monetizar los aciertos.

En los encuentros de cronistas, en los congresos y seminarios que se siguen multiplicando, deberíamos buscar la manera de financiar las crónicas que se quieren hacer. Me arriesgo a decir: las crónicas que se deben hacer.

Es hora de revisar las repeticiones, los lugares comunes que ya se van estableciendo en las crónicas que leemos. Como todo género en ascenso —en asedio—, se empiezan a advertir ciertas fórmulas, se van estableciendo algunos clichés. Podríamos empezar a identificar esos usos ya gastados y ensayar estrategias para refrescarlos.

Podría, a estas alturas, ser momento de revisar la manera en que leen las crónicas quienes las están leyendo y de pensar cómo se van a leer en el futuro. Puede ser momento de aclarar un poco más su función en este mundo gaseoso, en el que no hay nada fijo y las transformaciones se acumulan en progresión geométrica. Quizá sea tiempo de hablar sobre la responsabilidad de la crónica como coautora de la historia. Porque la crónica, como ningún otro tipo de texto, escribe la historia en vivo y en directo, mientras está sucediendo.


 Con ligeras variaciones, este artículo se publicó en el número 27 de la revista Cuadernos de Periodistas, publicación de la Asociación de la Prensa de Madrid.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Llegar a un poeta

Fernando Pessoa



No siempre la poesía se muestra en todo su esplendor al primer acercamiento a un poeta, a una obra. El lector deberá encontrar el momento propicio para cada poeta y para cada poema. Cada poeta tiene una clave de lectura, digamos un leitmotiv. En la medida en que el lector encuentre esa clave, y su momento, el poeta y la poesía abren ante el lector la puerta de sus tesoros, y la vida no vuelve a ser la misma nunca.

A la pregunta sobre cómo leer poesía, Gabriel Zaid responde: “No hay receta posible. Cada lector es un mundo, cada lectura diferente. Nuevas aguas corren tras las aguas, dijo Heráclito; nadie se embarca dos veces en el mismo río. Pero leer es otra forma de embarcarse: lo que pasa y corre es nuestra vida, sobre un texto inmóvil. El pasajero que desembarca es otro: ya no vuelve a leer con los mismos ojos” (en Leer poesía, Debolsillo).

Para ilustrar lo que quiero decir, confieso que no he encontrado aún el momento, la clave de lectura de César Vallejo. No quiere decir que no lo lea, que no me conmueva con algunos poemas cuando lo leo, que no lo entienda. Pero sé que hay un universo escondido en su palabra al que todavía no llego.

Lo he dicho atrás: hay varias maneras de llegar a un poeta, y cada lector deberá encontrar las suyas. Una manera que tengo de leer poesía es esta: tomo de mi biblioteca el libro del autor que quiero conocer y lo pongo en mi mesa de noche, o en mi escritorio, al alcance de mi mano. Antes de empezar el trabajo diario, o mientras estoy trabajando, hago una pausa, estiro mi brazo hasta donde está el libro y lo abro. Leo en orden, un poema a la vez. Leo cada poema un par de veces, tres en ocasiones, o cuatro. Pero siempre lo leo al menos una vez en silencio y una en voz alta. Lo leo despacio. Lo paladeo. Después dejo el libro donde estaba y sigo con lo mío. En algunos casos leo primero el prólogo y luego el primer poema, a veces empiezo por los poemas y en alguna de las pausas de mi trabajo, cualquier día, leo el prólogo. Como me nazca hacerlo en el momento. Eso sí, siempre me aseguro de tener el tiempo suficiente para leer el prólogo de una sola sentada. Los prólogos no deberán ser tan largos como para que ameriten dos o tres sesiones de lectura. Pero el arte de los prólogos es otro tema, aquí estamos hablando de leer poesía.

Con este método, que no tiene nada de científico y que no ha probado su efectividad en nadie más, he podido entrar en la poesía de Edgar Allan Poe, de Luis Carlos López, de Jorge Luis Borges, de Juan Manuel Roca, de Federico García Lorca, de León de Greiff, de Thomas Tranströmer, de Darío Jaramillo Agudelo, de Georg Trakl, de José Manuel Arango. Etcétera. Un poemita a la vez, dos a lo más. Al menos una lectura silenciosa, al menos una en voz alta. Todos los días, a cualquier hora. Sin prisas. Leer para nada, leer para oír la voz de la poesía.  

Casi siempre la mejor manera de entrar es a través de una buena antología. ¿Cómo es una buena antología? Amplia, traducida con amor cuando se trata de poetas de otras lenguas, que incluya las versiones originales. Que estén presentados en las notas del antologista el poeta y su obra con dedicación, con la dosis justa de erudición y calidez en el tono. Con admiración crítica, podría decirse. Con notas a pie de página suficientes, ni muchas ni pocas. (“Hay por lo menos dos formas de mostrar una erudición irritante: una, acumulando citas, y otra, no haciendo ninguna”. Ernesto Sábato, Uno y el Universo, Barcelona, Seix Barral, 1981, p. 32.) Casi todas las buenas antologías vienen en un tamaño portable, con una encuadernación sólida y leve a la vez. Como la propia poesía.

Lo mismo que me sucede hoy con Vallejo me pasó en un tiempo con León de Greiff, con Sor Juana, con Gonzalo Rojas, con muchos poetas y poemas que fueron apareciendo en mi vida y la han condimentado. A pesar de que quería conocerlos, llegar a su puerto, no podía, no llegaba. Pasa: uno toma el libro de ese poeta al que quiere llegar, lo abre, lo ojea, lo acaricia, lo huele, lo cierra. Lee el prólogo, el epílogo, la cronología, ensaya con dos o tres poemas, los lee un par de veces, los lee en voz alta. Y a veces ese poeta se abre y otras no, y pasarán pocos o muchos ensayos, tanteos alrededor de su poesía. Hasta que de pronto, ocurre. No sé qué sea, pero una puerta se abre de sopetón y entra uno en esa poesía.

Particularmente demorado y complicado estuvo el proceso con Fernando Pessoa. El prestigio del poeta portugués me apabullaba, así como la inmensidad de su obra y de su pena, los elogios que leía de los más grandes escritores, todo ese cuento de los heterónimos. Compré hace años en la bella librería de Otraparte, en Envigado, los Noventa poemas últimos, en una impecable edición de Hiperión con traducción de uno de los más esclarecidos pessoístas del ámbito hispano, Ángel Crespo. Apliqué el método que he descrito arriba, y nada. No lograba entrar a la esencia de su poesía, digamos al ecosistema de Fernando Pessoa. Leía algunos de esos poemas y no sentía esa epifanía que se siente cuando se llega plenamente a un poeta.

También desde hace años visito cada tanto la página Pessoas de Pessoa, que administra otro dedicado lector del poeta portugués, Carlos Ciro. Y lo mismo sucedía siempre: leía, sentía una que otra luz, pero no alcanzaba a tocar la inmensidad de Pessoa. Lo mismo cuando a finales de 2013 compré la gran antología publicada por Galaxia Gutenberg titulada Un corazón de nadie. Leí el detallado prologo de Ángel Campos Pámpano, las cartas de Pessoa al final, poemas y poemas del pequeño gran hombre portugués, y sentía que apenas rozaba la superficie de su mundo.

Hace unos meses coincidieron dos eventos de diversa intensidad y textura. El primero es un evento feliz: Carlos Ciro tuvo la gentileza de enviarme un ejemplar de su antología de Fernando Pessoa publicada por la Editorial Universidad de Antioquia, titulada Yo soy una antología. El otro evento no fue tan feliz en su momento, pero ahora lo agradezco: una neumonía me obligó a permanecer en casa tres semanas. Así que estuve casi un mes dedicado a ver partidos del Mundial de fútbol y a leer a Pessoa. Unas vacaciones obligatorias, pero memorables.

Porque gracias a la antología de Ciro pude llegar a Pessoa. Gracias a su prólogo breve, cálido y riguroso a un mismo tiempo, pude conocer más de cerca el juego de los heterónimos. Gracias a la bien temperada selección de poemas pude apreciar las diferencias de tono, de estilo, de mirada, de idiosincrasia entre Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro. Gracias a esa antología familiar, portátil, limpia, pude entrar pisando con más seguridad en la amplia y algo más exigente hecha por Galaxia Gutenberg, y ahora estoy entrando a las prosas de Fernando Pessoa que está publicando la editorial Tragaluz de la mano de otro lector juicioso del poeta portugués, Jerónimo Pizarro.

Esto quería ser un ensayo sobre Pessoa y sobre las formas de leer poesía, pero resultó siendo apenas una noticia de interés nada más que personal, que saco de mi diario para compartir con los lectores de esta página. Disculparán, pues.




miércoles, 7 de mayo de 2014

Satura, de Jaime Alberto Vélez


Este libro es un taller de literatura. No de escritura: de literatura en general. Está dirigido a escritores, lectores, periodistas culturales, editores, promotores de lectura, directores de bibliotecas y de revistas culturales, traductores, prologuistas profesionales, reseñistas. Busca un único objetivo, que es al tiempo general y específico: que dejemos la pendejada. Que nos ocupemos de lo verdaderamente importante en este arte-oficio-negocio que gravita alrededor de esa palabra tan gaseosa, tan de quita y pon como es literatura.

Recoge treinta ensayos breves que Vélez, bajo el título de “Satura” —con acento en la primera a, “sátira”—, escribió para la revista El Malpensante entre 1998 y 2003. También incluye dos cuentos breves y un ensayo extenso que abre el libro: “El más humano de los géneros”, quizá lo más ilustrativo, entretenido y completo que se ha escrito en Colombia sobre el arte del ensayo. Como si el autor destapara sus cartas al comienzo y nos dijera “esto es el ensayo”, y después nos diera unos cuantos ejemplos. Teoría y aplicación.

Pero evitemos esas palabras tan solemnes, pues no le agradarían al autor de estas piezas deliciosas. Él mismo pone esas palabras rimbombantes, tan del gusto de académicos e intelectuales, en la picota: “Si no existiera la palabra conversatorio, ¿cómo más podría denominarse una simple conversación entre pedantes y esnobistas?”, se pregunta en el ensayo titulado “El intelectual fucsia”.

Los libros para regalar, las generaciones literarias, las dedicatorias, el alcohol y los escritores, la promoción de la lectura y las obras póstumas son algunos de los temas de esta suerte de manual de comportamiento dirigido a los habitantes de la República de las Letras. Pero el peso de este libro viene dado no tanto por la variedad de temas, que son muchos, como por la gracia con que se exponen. Por la sonoridad de sus frases, por la demoledora ironía de sus imágenes, por lo certero de las comparaciones que usa el autor para ilustrar algún punto.

En “El escalafón de escritores nacionales”, por ejemplo, pide que se establezca un ranking para evitar contratiempos a la hora de hacer declaraciones en grupo: “Cuando algunos escritores coinciden un buen rato en el mismo lugar, invariablemente deben vencer un incoercible impulso: el de escribir una carta abierta” (p. 39). La socarrona teoría del autor es que no se escriben más cartas abiertas —aunque hay encuentros de escritores todos los días— porque no hay manera de poner de acuerdo a “los abajo firmantes” sobre el nombre que debe ir primero.

“Un disparate en la primera página” discute el afán que muestran los escritores jóvenes o engreídos de dedicar las obras que escriben. “Un buen escritor no escribe por amor, sino para que lo quieran más sus amigos; el mal escritor, en cambio, escribe para que sus amigos quieran más a García Márquez”, y continúa unas líneas más abajo: “Las declaraciones públicas de un amor privado denotan un alma ingenua y elemental, y la mayoría de los grandes escritores se caracterizan por todo lo contrario” (p. 52). Más adelante comenta sobre las dedicatorias de poemas: “Resulta ridículo, además, que las palabras de un poema se escojan con escrúpulo y cuidado, una por una, de acuerdo con su sonoridad y prestigio, y todo para que al final, roto el hechizo, se diga: Para Mechas. Tal ridiculez resulta sólo inferior a la del desconocido literato de provincia que, lleno de solemnidad y automatismo, escribe al comienzo de su poema: A André Bretón” (p. 54).

En estos ensayos Jaime Alberto Vélez quiere recuperar el peso específico de la literatura, reconocer el gran arte que entraña el trabajo literario hecho con seriedad y buen juicio. Es un libro que separa como pocos el trigo de la paja, lo esencial de la impostura. Qué falta hicieron sus palabras hace unos días, cuando murió el más grande escritor que Colombia ha tenido y tendrá. Particularmente extrañé el ensayo “Literatura de costurero”, donde pone en evidencia a ese literato que con la excusa de comentar la obra de un gran escritor, se dedica a comentarse a sí mismo, y en la reseña o artículo se concentra en contar quién le regaló el libro o cómo lo encontró en una librería de viejo en París, qué colores había en el cielo la tarde en que leyó ese libro, las veces que tomó trago con el autor, etcétera. “El estilo del gran escritor es inconfundible, entre otras razones, porque está imbuido de su personalidad, así no recurra al pronombre personal de la primera persona del singular. El escritor está persuadido, además, de que en una vida dedicada a la escritura, ‘las frases son las aventuras’, según expresión del mismo Flaubert. Un literato, por su parte, piensa que debe hablar en primera persona para ser alguien. A esta clase de intelectual, Nietzsche lo define perfectamente por exclusión cuando dice: El hombre superior no habla de sí mismo” (p. 56).

Las columnas de Jaime Alberto Vélez cada dos meses en El Malpensante nos hicieron más perspicaces, más cínicos, más exigentes con los escritores, con los otros lectores, con el mundo editorial. Nos señalaron dónde están las imposturas más notables del ambiente literario, cómo lucen los farsantes, a qué debe prestársele atención y qué puede sin remordimientos dejarse de lado. Una verdadera lástima que su autor muriera en 2003, con apenas 52 años y una obra en plena marcha. Pero valga el reconocimiento a la Editorial Universidad de Antioquia que trae ahora esta antología editada con pulcritud. Como le hubiera gustado a Jaime Alberto Vélez.    


Jaime Alberto Vélez, Satura, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, Colección Bicentenario de Antioquia, 2013.



sábado, 15 de marzo de 2014

Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard

Todos los días durante quince años, Anatole Broyard escribió la reseña de un libro para el New York Times. Descontando vacaciones, días festivos y demás eventualidades, eso suma más de cuatro mil reseñas. La pregunta tonta es “¿los habrá leído todos completos?”. La pregunta sensata es “¿cómo piensa un hombre que ha leído tantos libros?”.  

En 1989, con 69 años, le diagnosticaron un cáncer de próstata, y murió catorce meses después, en octubre de 1990. Lo último que escribió fueron los cinco ensayos recogidos en este libro por su esposa Alexandra, todos alrededor de la enfermedad, la humanidad, la muerte, el estilo, la medicina y los médicos: “Ebrio de enfermedad”, “Hacia una literatura de la enfermedad”, “El paciente examina al médico”, “La literatura de la muerte” y “Lo que dijo la cistoscopia”. Se incluyen también aquí unas notas tomadas de su diario entre mayo y septiembre de 1990, un magnífico epílogo donde Alexandra cuenta las circunstancias de la enfermedad de su esposo y de la escritura de estos ensayos, y un prólogo de Oliver Sacks.

En ese prólogo el famoso neurólogo escribe: “Nunca he visto ningún escrito sobre enfermedad que sea más directo, más franco: a nada se le resta importancia, no se rehúye nada, nada se pasa por alto, no se da a nada un trato sentimentaloide, ni se apiada gratuitamente de nada; nunca he visto ningún escrito de estas características que sea al mismo tiempo más profundo, más inteligente, más reflexivo, más resonante” (p. 14). No hay que creer en los argumentos de autoridad aunque sean de Oliver Sacks, pero después de leer este libro hay que darle la razón. Este libro es despiadado y brillante, aterrador y tierno, contundente y sabio.

El título viene de la manera en que Broyard quiso asumir su enfermedad. Quiso vivirla a plenitud con entusiasmo, con franqueza. Quería llegar a la muerte completamente vivo. “La amenaza de la muerte debería hacernos más ingeniosos”, dice en algún punto, y en él se cumplió ese mandato.

Un ensayo como “El paciente examina al médico” debería ser de obligatoria lectura en todas las facultades de medicina del mundo, porque se trata, nada menos, que del retrato del médico apropiado que hace un hombre tremendamente inteligente e ingenioso, educado y sensible (y a punto de morir). “Tal como encarga unos análisis de sangre y un escáner de mi estructura ósea, me gustaría que mi médico me escanease a mí, que me palpase el espíritu además de la próstata”, dice (p. 74). “Para llegar a mi cuerpo, mi médico tiene que llegar a mi carácter. Tiene que atravesar mi alma. No basta con que me atraviese el ano. Ésa es la parte de atrás de mi personalidad” (p. 68).

El comienzo de este capítulo coincide con los primeros síntomas, y desde ese temprano momento de su enfermedad y de su trato con especialistas ya tiene claro el tipo de médico que necesita. Al primero que consulta lo descarta así: “Desde el primer momento tuve una sensación negativa sobre ese médico. Era un hombre de aspecto tan inofensivo que parecía no ser suficientemente intenso ni voluntarioso para imponerse a algo poderoso y demoníaco como es la enfermedad. Era insulso, afable, difuso, cortés allí donde la cortesía era irrelevante” (p. 62). No busca un médico que mienta al paciente, tampoco “tiene por qué darle falsas garantías. Él mismo, su presencia y su voluntad de llegar al paciente son la garantía que necesita el enfermo. Tal como una madre acompaña a su hijo al mundo, el médico ha de acompañar al paciente en su salida del mundo de los sanos y en su ingreso en el purgatorio físico y mental que le está esperando, sea el que sea” (p. 86). En este punto, el del camino, la salida de un territorio para entrar a otro, Broyard coincide con otro crítico que escribió in extremis un libro imprescindible: me refiero a Christopher Hitchens y Mortalidad.

También se encuentra en el libro, en ese capítulo y en otros más, una especie de guía del tipo de compañía y amistad que busca un paciente terminal, una suerte de manual de estilo para comportarse con enfermos graves. “Despojados de su actitud lúdica y de su picardía, mis amigos parecen más llanos, más hogareños, incluso más viejos. Es como si todos se hubiesen quedado calvos de la noche a la mañana (p. 26).  “Los enfermos pueden acabar hartos de un amor que hay que comprar para la ocasión, como las flores y los caramelos que se llevan al hospital. Esas flores huelen a compasión, y tan solo los niños son capaces de comer tanto caramelo” (p. 72). E insiste en la necesidad de que el enfermo asuma un estilo para su enfermedad: “cualquier persona seriamente enferma ha de desarrollar un estilo propio de cara a su enfermedad. Creo que sólo si insiste uno en su estilo podrá salvarse del momento en que se desenamore de sí mismo cuando la enfermedad pretenda disminuirlo o desfigurarlo (p. 49).

Así es la prosa que el lector va a encontrar en este libro. Viva, vivaz, viril. Una prosa afirmativa, por momentos tosca, pero a veces, cuando toca, tierna, profunda, compasiva. Por esa prosa y por la inteligencia que despunta en cada página, para mí este es un libro esencial. Antes de terminar, comparto algunas citas que anoté en mi cuaderno:

“Me han puesto en el vientre inyecciones de diecisiete centímetros de largo, en donde noto que me cosquillea la metafísica” (p. 26).

“El cáncer es una buena cura contra la ironía” (27).

“La enfermedad es ante todo un drama que debiera ser posible disfrutar a la vez que se padece” (28)

“La escritura es un contrapunto de mi enfermedad. Obliga al cáncer a pasar por mi carácter antes de que pueda llegar a mí” (47)

“Estar enfermo es estar también psíquicamente trastornado” (67).

“Para un médico típico, mi enfermedad es un incidente rutinario que se encuentra en su ronda, mientras que para mí es la crisis de mi vida. Me sentiría mejor si tuviese un médico que al menos percibiera esta incongruencia” (72)

“Todos los hombres están enfermos, cada cual a su manera” (73)

“Cuando pasaba por delante del pabellón psiquiátrico vi una figura de barba gris que miraba por una ventana enrejada con la nostalgia que sólo un demente puede sentir” (172)

“Iba bien vestida, aunque con veinte años de desfase” (161)
  

Anatole Broyard, Ebrio de enfermedad, Segovia, Ediciones La Uña Rota, 2013. Traducción (extraordinaria) de Miguel Martínez-Lage.


martes, 4 de marzo de 2014

Los falsificadores de Borges, de Jaime Correas

La trama de este libro es compleja, así que intentemos reconstruirla paso a paso. El narrador, que es el propio Jaime Correas, recibe una noche en su casa en Mendoza, Argentina, una extraña llamada telefónica desde Berlín. Es un escritor colombiano de quien el narrador poco conoce, Héctor Abad Faciolince. En un relato desordenado y frenético Abad le cuenta a Correas las angustias que lo aquejan a raíz de un poema de Borges que el autor colombiano no encuentra. Unos meses antes publicó un libro sobre su padre, el médico y trabajador de derechos humanos Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín por paramilitares en 1987. El libro le dio celebridad y al tiempo angustias, pues el título escogido, El olvido que seremos, lo tomó de un poema manuscrito que su padre tenía en el bolsillo de su camisa la noche del crimen. Decía al final JLB, y Abad asumió automáticamente que el soneto era de Jorge Luis Borges. Pero después de publicado el libro y de hacer tallar en la lápida de su padre el soneto, no había podido encontrarlo en las Obras completas del autor argentino, ni en otras pesquisas posteriores en poemas sueltos. Encima, en medio de su búsqueda había aparecido un poeta colombiano, Harold Alvarado Tenorio, diciendo que los poemas eran de su autoría, y que los había hecho pasar como del escritor argentino para homenajearlo, en un juego de referencias que le habría gustado a Borges. Tenía credenciales para hacerlo: ya antes Alvarado Tenorio había escrito un prólogo a un libro suyo y lo había firmado como escrito por Borges. En una visita a la Biblioteca Nacional en Buenos Aires le leyó el prólogo a su célebre director, y él mismo se avaló como el autor sin estar muy seguro de haberlo escrito.
El asunto que complica todo es que Alvarado dice que escribió los poemas en 1993. Es decir, DESPUÉS del asesinato del padre de Héctor. La trama de la historia es perfecta para un cuento de Borges. Ante las conminaciones de Abad, Alvarado termina por decir que los versos los “fabricó” un periodista y escritor argentino, quien los había publicado en una editorial artesanal que tenía con unos amigos a mediados de la década del ochenta. La editorial, Editores Anónimos; el periodista y escritor, Jaime Correas.
El nombre de la editorial no era un azar: Correas y sus amigos no publicaban atribuciones de autoría a las antologías que hacían en su editorial. Correas no recuerda muy bien el origen de los poemas, y se dedica a buscarlo. Abad y una colaboradora, Bea Pina, hacen búsquedas en Internet y en archivos europeos; Correas lo hace en Argentina con borgeanos y viejos amigos. El relato de estas aventuras eruditas forma el cuerpo de Los falsificadores de Borges.
Cruces de mails, expurgación de archivos, entrevistas con cómplices de antaño, extrañezas y hallazgos conforman el hilo de la trama. Varios países, tardes pasadas en estudios y apartamentos de Estados Unidos, Europa y varios países de América, más cruces de correos electrónicos. Se relatan las intimidades de la vida de Correas y algunos amigos; se incluye un perfil vaporoso de Harold Alvarado Tenorio y otro no menos opaco de Jorge Luis Borges, con detalle en sus métodos de composición. También se perfila a Bea Pina, una científica colombiana afincada en Finlandia que ayuda a Héctor Abad —y después a Correas— por momentos a armar y por otros a confundir las piezas del rompecabezas.
Al final, la versión más certera parece ser que Borges entregó los poemas terminados a Francisca Beer, quien a su vez los entregó a Correas y sus amigos para Editores Anónimos. Que a la muerte de Borges la revista Semana de Colombia publicó dos de esos sonetos. Que el médico Abad Gómez quedó impresionado con ellos, particularmente con uno, y los leyó en un programa de radio semanal que tenía en una emisora universitaria de Medellín. Que tenía ese soneto (“Ya somos el olvido que seremos…”) en su bolsillo, copiado de su puño y letra, en el momento en que le dispararon. También llevaba la amenaza de muerte que habían hecho circular los paramilitares en Medellín, y donde aparecía su nombre al lado de otros más. 
Detallo la trama para hacerla inteligible al lector de esta reseña, y no temo adelantar muchos detalles sencillamente porque esta historia ya se contó. La contó —de manera magistral— el protagonista, Héctor Abad Faciolince, en su libro Traiciones de la memoria, muy bien editado por la misma empresa que publica Los falsificadores de Borges. Ya la contó también Jaime Correas en artículos de prensa y en el Festival Malpensante de 2009. Quizá el autor y la editorial vean este libro como una suerte de lado B de Traiciones de la memoria. Pero no: es casi la misma historia, contada con menor brillo.
Porque aquí esa trama maravillosa se reconstruye de manera apresurada, desordenada, podría decir incluso que descuidada. El autor no se preocupa al comienzo por ordenar para el lector los acontecimientos, ni de perfilar con suficiencia a los personajes. Nunca queda muy claro por qué Correas se adentra en la investigación con tanto empeño. Los personajes son difusos, como si el autor diera por sentado que el lector conoce detalles de la historia y de esos personajes. Pero por momentos decide recuperar otros aspectos, dando por sentado lo contrario.
El libro se torna interesante cuando relata con minucia las pesquisas en archivos, en revistas viejas, en fotocopias. En esos momentos se convierte en una especie de policial erudito al mejor estilo de Chesterton o del propio Jorge Luis Borges. Pero es soso e incluso facilista en la ambientación de la historia general, en las motivaciones de los personajes, en la reconstrucción de su perfil. 
Para terminar, estimo que genera muchas suspicacias el hecho de que el autor no mencione nunca el libro en que Abad Faciolince contó estos mismos hechos, Traiciones de la memoria. Aunque el autor se afane en decir que escribe en 2009 (“Estoy tecleando lo que me pasa ahora. Hoy, 21 de mayo de 2009 a media mañana…” dice en la página 290), el libro de Abad Faciolince se publicó en 2010, y este en la Argentina en 2011. Es, pues, agua pasada. Y pasó más limpia antes. 

Jaime Correas, Los falsificadores de Borges, Bogotá, Alfaguara, 2014.

sábado, 8 de febrero de 2014

Un método para dejar de fumar




Parece un flan. Medio sólida y temblorosa. Amarilla con una cubierta café, creo, agujereada y un poco fea. Viscosa. Se siente en el ambiente, la huelo en el aire. Se podría cortar con un cuchillo o una cuchara. Hoy, 8 de febrero de 2013, en este pequeño salón del hotel B.O.G. de Bogotá, la ansiedad parece un flan.
Somos cuatro tipos por encima de los cuarenta años que queremos dejar de fumar, y estamos aquí para probar el método Allen Carr’s Easy Way to Stop Smoking. Un profesor universitario, un arquitecto, un publicista y yo esperamos que comience a hablar Felipe Sanint, el instructor. Estamos callados, nos revolvemos en la silla, jugamos con un papelito, con el cordón de un zapato. Sonreímos nerviosos cuando se cruzan nuestras miradas, como adolescentes en las primeras fiestas. Estamos muertos de miedo. Tengo —tenemos— miedo de fumar, miedo de no fumar, miedo de engordar, miedo de renunciar, miedo de fracasar.
Tenemos también muchas dudas. Las tengo yo, y más tarde me dirán mis compañeros que ellos también las tuvieron. Este método no usa hipnosis, parches, chicles, láser, acupuntura. No usa nada. Según la página web, se trata de unas charlas, un taller. Pero no sabemos qué va a pasar aquí, en este saloncito del hotel B.O.G. Por lo pronto, el instructor nos pide que llenemos unos volantes con nombre, ocupación, edad y algunos detalles de nuestra dependencia al tabaco: hace cuánto fumamos, marca preferida, en qué momentos del día fumamos, cuántos cigarrillos…
Diez minutos después Sanint está leyendo: hace quince, treinta, veinticinco años… Lucky Strike, Marlboro, Belmont… Como compañía, en los momentos de estrés, después del almuerzo, para los nervios… Seis cigarrillos al día, doce, dos cajetillas… Nos dice que estaremos aquí hasta las 2 de la tarde —son las 9:30 de la mañana— y que podremos fumar y tomar café entre sesión y sesión, cada 45 minutos. Nos dice que la atención de un fumador no supera este tiempo. No sé todavía si efectivamente lo oí o si lo imaginé, pero cuando el instructor dijo esto circuló por el salón un aire de alivio, se sintió un suspiro leve. Y comenzó la primera charla del día.  

* * *

Allen Carr era un economista inglés que fumaba cien cigarrillos cada día. Cinco cajetillas. Si uno está despierto dieciséis horas e invierte mínimo dos en el baño, comidas y demás momentos en los que no se puede físicamente fumar, quiere decir que el tipo se fumaba siete cigarrillos por hora. Más de uno cada diez minutos.
Carr luchó siempre contra su adicción al tabaco hasta que en 1983, con 49 años, pudo dejarlo gracias a una sesión de hipnosis. Estudió a fondo los intríngulis físicos, químicos y biológicos de la nicotina, así como el comportamiento de fumadores y ex fumadores, y compartió sus hallazgos con personas interesadas en dejar de fumar. Su primer “paciente” fue un locutor de la BBC que le pagó 30 libras para que lo ayudara a dejar el tabaco. Luego vinieron vecinos, amigos, amigos de amigos. Con el tiempo Carr formalizó un método, unas charlas, y escribió un libro, que publicó en 1987. Las ediciones legales y piratas que ha vendido Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo son francamente incontables. Hoy hay centros de Easyway en 30 países, y se estima que el método ha ayudado a dejar de fumar a más de 10 millones de personas. Está comprobado que su efectividad es del noventa por ciento; es decir que de cada diez personas que lo siguen, nueve dejan de fumar. Antes de empezar las sesiones se firma una garantía: si 90 días después del curso y unos refuerzos usted sigue fumando, le devuelven la plata.
Carr murió en 2006 de cáncer de pulmón. Siempre dijo que el día en que apagó el último cigarrillo fue el más feliz de su vida. Y ahí, en esa frase tan simple, tan lógica, está la nuez del éxito de su método.

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En la primera charla Sanint nos dice que la idea no es entender por qué debemos dejar de fumar, sino por qué seguimos fumando. Una diferencia a primera vista insignificante, pero que entraña todo un nuevo modelo para vivir sin fumar. Aquí no nos van a mostrar fotos de pulmones achicharrados ni de lenguas ulceradas: las vemos todos los días en las cajetillas que vaciamos, y aun así seguimos fumando. Aquí nos van a ayudar a entender por qué, a pesar de que nos asfixiamos cuando debemos subir cuatro tramos de escaleras, seguimos fumando. La dependencia química se reduce o casi se nos apaga cuando estamos dormidos o tomamos un vuelo Bogotá-Madrid, y aun así seguimos fumando. Tosemos en los conciertos, en los museos y en privado, en nuestras casas todas las mañanas, y aun así seguimos fumando. Para un no fumador esto puede parecer una tontería, pero para un fumador no lo es. Para un fumador estas cosas son serias y son inexplicables. ¿Por qué seguimos fumando si sabemos que nos estamos matando?
Lo dice el instructor esta mañana de febrero y lo dice Allen Carr en su libro: “Es el lavado de cerebro. La idea errónea de que el cigarrillo constituye algún tipo de ayuda o recompensa, y que la vida nunca podría ser igual sin él”. A lo largo de las charlas se insistirá en esto. También en la idea de que para un fumador no existe un solo cigarrillo: detrás de ese vienen cientos, miles, con las bronquitis, los dolores de garganta, la ropa oliendo a mierda y lo demás. Repetirá también que al dejar de fumar no estamos renunciando a nada, todo lo contrario. Dejar de fumar es un motivo de alegría, no una tortura. Cuando un fumador entiende esto la cosa se hace fácil, y el método funciona perfecto.

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Mi primer cigarrillo lo fumé hace veintisiete años. Fue al lado de la cancha de basquetbol del colegio San Ignacio, en Medellín. Yo tenía 15 años. A los 18 ya fumaba alrededor de una cajetilla al día. Intenté dejarlo dos veces, una en los noventa a punta de fuerza de voluntad: duré sin fumar dos años y aumenté quince kilos. La segunda hace poco, ayudado por un medicamento que se llama Champix; el empuje me duró poco más de un año y añadió diez kilos a mi ya grande panza. En el momento de tomar el curso de Allen Carr me estaba fumando entre una y dos cajetillas de Lucky Strike cada día.
Un par de semanas antes del curso estuve unos días en Cartagena, y sobre las murallas, un atardecer de viento intenso, casi lloré mirando el mar mientras me fumaba dos cigarrillos, uno detrás del otro. Era una especie de despedida. Tenía rabia por dejar de fumar, también tristeza, también ganas de dejarlo. Tenía miedo y preguntas. ¿Cómo carajos voy a poder leer o escribir sin fumar? ¿A qué sabe un tinto sin un cigarrillo? ¿Va a funcionar y efectivamente me voy a convertir en un no fumador? ¿Cómo voy a manejar la ansiedad y el mal genio? ¿Vale la pena vivir sin fumar? También tenía ganas de poder caminar más de cuatro calles sin tener que parar a tomar aire.

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En el último descanso del taller, Felipe Sanint nos invita a fumar el último cigarrillo de nuestras vidas. Ya no hablamos como en los anteriores descansos, cada uno escoge un rincón del patio que hay al lado del pequeño salón del hotel B.O.G. y fuma con la cabeza abajo, mirando al suelo o al cigarro o a la punta del zapato. Y entramos a la última sesión del taller.
Una hora después salgo del hotel y camino algunas calles. Después tomo un taxi. En casa intento leer un rato y no puedo, pongo una película en el DVD y no me concentro. Me duermo temprano. Al día siguiente me despierto en la madrugada, como siempre, y hago un café negro y dulce como me gusta el primero del día. No fumo. El café me sabe delicioso, no recordaba que fuera así de bueno. Leo sin problemas, con una sensación de felicidad que me va envolviendo.
Le estoy poniendo punto final a esta nota el 9 de noviembre de 2013. No fumo desde el 8 de febrero. Durante los cuatro o cinco primeros días tuve momentos de ansiedad, que pude conjurar con un vaso de agua o una corta caminada. Tuve tres ataques —atómicos— de mal genio durante las primeras semanas, y punto. Sí, subí ocho kilos y luego bajé tres y los volví a subir. En agosto salí a correr por primera vez en años, y estuve feliz. Voy dos o tres veces por semana a un parque cerca de casa y camino o corro alrededor de cuarenta minutos. Consulté a una dietista que me armó un plan de alimentación que puedo cumplir. Compré una báscula, me peso una vez cada una o dos semanas.
Contrario a las otras veces que he intentado vivir sin fumar, el olor del cigarrillo ni me molesta ni me gusta, me es indiferente. Esa es toda una novedad. Lo más significativo que produce el método de Allen Carr es la tremenda confianza: si uno puede pasar de 30 o 40 cigarrillos diarios a cero sin aumentar significativamente de peso y sin desasosiegos insufribles, uno puede con todo. Nunca había sentido antes esta confianza al dejar de fumar, por lo que creo que la decisión es definitiva. Ya veremos. Por ahora, puedo decir que el método de Allen Carr para dejar de fumar funciona.

Una versión de este artículo apareció en la revista Bienestar Sanitas nº 131, diciembre 2013-enero 2014.