jueves 15 de mayo de 2008

Fusilado: Ramón Gómez de la Serna


Quiso ser Ramón para todos, nada de doctor, ni maestro ni nada parecido. Se graduó como abogado a los 21, pero nunca ejerció: desde siempre estuvo escribiendo en revistas y periódicos, al tiempo que iba componiendo su obra narrativa y dramática. Ya a los 17 había publicado su primer libro. En el 36, al estallar la Guerra Civil en su país, se exilió en Buenos Aires, donde murió en 1963. Su novela autobiográfica Automoribundia fue bastante leída y comentada, pero más lo fueron sus greguerías, género a medio camino entre el aforismo y el chispazo, que él mismo definió como “metáfora más humor”. En este género publicó Flor de greguerías, Greguerías y Total de greguerías. Del segundo tomamos las que siguen. En un momento quise fusilarlas todas, pero el objetivo de esta sección de el ojo en la paja no es agotar sino sugerir. En internet se pueden leer muchas. Provecho.

Greguerías

Los auriculares son las gafas oscuras de las orejas.

Después de ayudar a pasar la calle a un ciego, nos quedamos un poco ciegos e indecisos.

Cuando la mujer pide ensalada de frutas para dos, perfecciona el pecado original.

En la manera de matar la colilla contra el cenicero se reconoce a la mujer cruel.

Las flores que no huelen son flores mudas.

Los presos a través de la reja ven la libertad a la parrilla.

El lápiz sólo escribe sombras de palabras.

El mar sólo ve viajar: él no ha viajado nunca.

Catálogo: recuerdo de lo que se olvidará.

La mosca se posa sobre lo escrito, lo lee y se va como despreciando lo que ha leído. ¡Es el más exigente crítico literario!

El agua no tiene memoria: por eso es tan limpia.

Al cepillarnos, el cepillo nos dice algo en voz baja.

El polvo está lleno de viejos y olvidados y estornudos.

La raya del pelo es feliz.

A los presos los visten con pijamas a rayas para ver si vestidos de rejas no se escapan.

En el río pasan ahogados todos los espejos del pasado.

En las grandes solemnidades llenas de personajes parece que hay algunos repetidos.

Las patillas son los galones del sargento de la cara.

El ventilador afeita el calor.

Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia.

Los bebés con chupete miran al fumador en pipa como un compañero de cochecillo.

En las cajas de lápices guardan sus sueños los niños.

La bombilla que se funde nos gasta una broma de fotógrafo al magnesio.

El agua se suelta el pelo en las cascadas.

Hay el especialista en pedir el unico plato que se ha acabo en el menú.

En el papel de lija está el mapa del desierto.

El apuntador es el eco antes de la palabra.

El sombrero que se vuela parece que se ha escapado con todas las ideas del que corre detrás de él.

Lo malo de que llore una mujer es que después no querrá salir de paseo.

El que pide un vaso de agua en las visitas es un conferenciante fracasado.

Los violinistas de los restaurantes reparten lonjas de jamón de violín.

La manera de curarse el corazón es ahorrando presentimientos.

Los gatos se beben la leche de la luna en los platos de las tejas.

La fraternidad de tres pares de calcetines es conmovedora y tiene rebaja.

La luna es un banco de metáforas arruinado.

El cocodrilo es un zapato desclavado.

Al cerrar una puerta con violencia, pillamos los dedos al silencio.

El pañuelo de seda es el adiós de una caricia.

Las vacas escriben con el tintero de sus ojos el poema de la resignación.

La niebla lleva unos pantalones que le van cortos.

La avispa es la señorita cursi de los insectos.

Dormir la siesta es morir de día.

Las raíces de los árboles están cruzadas de brazos.

Al fundirse la bombilla nos salva de una muerte que venía por nosotros.

Estamos mirando el abismo de la vejez y los niños vienen por detrás y nos empujan.

Tenía tan mala memoria que se olvidó que tenía mala memoria y comenzó a recordarlo todo.

El acordeón tenía los pantalones rotos.

Aquel despacho olía a libros malos.

El caballo sí que es un hombre serio.

El reloj no existe en las horas felices.

El que se equivoca al escribir un sobre, reincidirá dos o tres veces más.

Lo grave del solterón es que se va volviendo viudo.

El lector como la mujer ama más a quien más lo ha engañado.


Lo fusilamos de: Ramón Gómez de la Serna, Greguerías, Madrid, Lampre Editorial.

sábado 10 de mayo de 2008

El enterrador, de Thomas Lynch




Ante las Grandes Preguntas, al enfrentarse al Delicado Momento que es la muerte de una persona cercana algunos podrán buscar consuelo o compañía en la Biblia, en el Corán, en el Tao Te King, en el Talmud, en los libros de Paulo Coelho o en los de Walter Riso o en la línea caliente de Walter Mercado. Yo sugiero leer El enterrador, de Thomas Lynch.

Como su trabajo, director de pompas fúnebres, este es un libro que trata con los muertos para acompañar a los vivos. Insiste en que lo que se haga con los muertos a los muertos no les importa, les importa a los vivos: “una vez esté muerto no hay nada que se le pueda hacer a usted o para usted o con usted o sobre usted que haga algún bien o algún mal […] Una vez esté muerto suba los pies, dé por terminado el asunto y deje que el marido o la señora o los niños o una hermana decidan si lo entierran o lo queman o lo disparan por un cañón o lo dejan secar en cualquier zanja. No será su día para verlo, porque a los muertos no les importa” (p. 31). Otro tema recurrente es que tendemos a deshacernos lo más higiénica, rápida y económicamente posible de nuestros muertos, pero aquí está su palabra para enfrentarnos de la mejor manera a lo que implica morir, a lo que representa que alguien muera.

Y cuando digo de la mejor manera es porque Lynch es tan absolutamente práctico que llega a ser cínico: “Durante su primer año de viudez se sentaba en su silla, con el corazón dolorido, a esperar que el otro zapato cayera” (p. 43); su pueblo, Milford, “Es un buen lugar para levantar una familia y para enterrarla” (p. 143); “el bon vivant flotando en su bañera necesita el cielo tanto como cualquier otro ombligo” (p. 116), “los funerales presionan las narices contra las ventanas de la fe” (p. 115)… Pero no por eso deja de ser compasivo: lleva más de veinticinco años enterrando a sus vecinos, y sabe qué decir.

En esta suerte de ensayos-memorias escribe con un ojo en la tumba y otro en la vida actual. La muerte, el oficio de enterrador, el dolor de los deudos y las buenas maneras ante el, de nuevo, Delicado Momento (la frase es de Sabina) le sirven para exponer sus casi siempre acertados comentarios sobre la América contemporánea –que por extensión, ay, es la vida contemporánea, la de todos–, sobre los centros comerciales, desarrollo urbano, dietas, formas de pago, costumbres. Él siempre está viendo más allá: “Mi esposa y yo salimos a caminar por las noches. Ella ve los detalles arquitectónicos de las casas de estilo neogriego, reina Ana, federalista y victoriano. Yo veo el garaje donde dos profesores, casados hace años y sin hijos, conocidos por sus habilidades para el baile de salón y sus esmeradas maneras, fueron encontrados asfixiados dentro de su Oldsmobile. Recuerdo la caligrafía perfecta de la nota que dejaron explicando su temor a la vejez y la enfermedad […] ella ve escenas agradables en las ventanas, la luz cálida de una habitación donde, con demasiada frecuencia, yo veo vacío y ausencia, la oscuridad donde la luz se apaga. Nos llevamos bien” (p. 145).

Podría parecer, según lo que acabo de citar, que Lynch habla siempre de negro, con sombrero y corbata de lazo. Y sí, habla como si siempre estuviera de etiqueta (es poeta y sus frases muchas veces son versos, muchas son epigramas, aforismos), pero en medio de tanta pompa destella un humor que es para quitarse el sombrero (y la imagen no quiere ser un lugar común: ¿qué hacía la gente que usaba sombrero cuando pasaba un cortejo fúnebre?): “Me alegra que no sea por experiencia personal poder decir que nada desinfla tanto un buen funeral como que el ataúd se desfonde” (p. 236); “Los féretros son los delgados, octagonales, casi siempre de madera, y corresponden muy bien a la forma humana antes del advenimiento de la era de la comida chatarra” (p. 237), “Cuando mi esposa se fue de la casa hace algunos años, mis hijos se quedaron conmigo, igual que la ropa sucia” (p. 35); “Si las mujeres a los veinte cambian favores por poemas y se entusiasman con el trabajo fácil de las musas, a los treinta se vuelven recelosas y a los cuarenta lo consideran una invasión a su privacidad y políticamente incorrecto” (p. 92); “Me senté en el muelle que daba hacia la playa. Vi pasar cuerpos firmes trotando en colores primarios o caminando con sus perros de diseño bajo la luz de la mañana” ( p. 132).

Frases tan sabias, tan bien escritas, que dibujan tan claramente una imagen, o recuperan una anécdota y la combinan con una reflexión exacta sobre los más profundos asuntos de la existencia… releo este párrafo y tiendo a pensar que estoy describiendo un libro sacro, fundacional, como la Biblia o los otros que cité al comienzo. ¿Estaré exagerando? No sé, pero si de mí dependiera yo le daría el Nobel a Thomas Lynch, así de sencillo. Y para terminar ahora sí antes de que siga dejándome llevar por el entusiasmo, debo disculparme: es que hace un buen par de años no lloraba al leer un libro. Miren por dónde, justo desde la primera vez que leí El enterrador.

Thomas Lynch, El enterrador, Bogotá, Alfaguara, 2004, 258 páginas. Traducción impecable de Adriana de la Espriella.

sábado 3 de mayo de 2008

Fusilado: Guillermo Cabrera Infante






Cabrera Infante conoció la cárcel a los siete años, cuando sus padres y él mismo fueron apresados por participar en actividades para fundar una facción del partido comunista en Gibara, Cuba. El mismo régimen comunista, ya instalado en el poder, lo expulsó de la isla en 1965; se instalaría en Madrid y luego en Barcelona con sus dos hijas, Ana y Carola, y con su segunda mujer, la actriz cubana Miriam Gómez. Por problemas con sus papeles partió para Londres, donde residió hasta su muerte en el 2005. Conoció las letras de imprenta a los diechiocho, cuando su nombre apareció al lado de un relato titiulado “El señor presidente”. Luego debió cambiar ese nombre por el de G. Caín para firmar sus columnas y críticas de cine. En Europa volvió a ser Guillermo Cabrera Infante, y allí mismo escribió “Offenbach”, un sentido homenaje a su gato. Incluido originalmente en el libro O (Barcelona, Seix Barral, 1975), este bello artículo fue recuperado por Siruela en Las mejores historias sobre gatos, que a pesar de estar circulando desde el 2005, apenas hasta ahora lo vemos en varias librerías del país (hay una edición del 98).

Ojo, estilo, devoción, oficio: todo eso y más veo en este bellísimo escrito que ahora comparto con los lectores, al lado de la invitación a que conozcan el libro: hay allí relatos de la gran Patricia Highsmith, de Colette, de Gautier, de Lewis Carrol, de Doris Lessing, de Mark Twain… todos alrededor de ese animalito que cuando está cerca nos da espectáculos inclasificables, inabarcables con palabras.



Offenbach


Aparición de

Jaime Diego Jacobo Yago Santiago Offenbach llegó a nuestra vida, sin todos esos nombres, hace exactamente seis años, sin previsión y de repente, como los milagros. Sucedió que un día fui a ver a un amigo, a quien yo visitaba a menudo, y allí estaba, imprevisto, imprevisible, Offenbach, entonces un largo gato flaco y blanco que se subía por las cortinas y casi trepaba las paredes para luego venir a mi regazo, de un salto inaudito, comenzó a hacer los más extraños ruidos oídos jamás por mí: así debían cantar las sirenas. Al otro día llevé a Anita y a Carolita, mis dos hijas, a que lo conocieran. También iba Miriam Gómez. (Aquí tengo que hacer un paréntesis deshonroso: es necesario decir que Miriam Gómez siempre quiso, ya desde Cuba, tener un gato siamés y que yo, que había tenido de niño toda clase de pets, desde cernícalos hasta una jutía, que es como una rata gigante y herbívora de los campos de Cuba, yo siempre había sentido un innato disgusto contra los gatos, y me negué a tener uno, siempre.) Offenbach, que aún no era Offenbach, tenía solamente dos meses de nacido.

Conquista de… unos y otros

A la semana de haber conocido a Offenbach la novia de mi amigo viajaba a Gibraltar y ellos no tenían quien se ocupara del gato. Decidimos todos que viniera a casa por esas dos semanas. (Para completar la ocasión fausta, a mi amigo se le había declarado una fuerte alergia nasal producida por… ¡el pelo de gato!)

La conquista fue rápida y mutua: Offenbach había encontrado su hogar definitivo, el sitio a que estaba destinado, y nosotros habíamos encontrado al gato pródigo. De más está decir que cuando su dueña entre comillas regresó de Gibraltar ya no era la dueña: ella misma se encargó de decir que habíamos nacido el uno para los otros, y viceversa. Offenbach, por mutuo consenso, se quedaría a vivir en casa.

El porqué de un nombre

Todos preguntan por qué Offenbach se llama Offenbach y cuando digo por qué nadie quiere creerlo. Sucede que en los primeros días Offenbach solía cantar. A veces lo hacía a las dos de la mañana y su canto era tan poco melodioso que ofendía a Bach.

Ruidos raros

También a medianoche Offenbach solía visitar nuestra cama para hacer los más raros ruidos. Al principio creímos que se sentía solo o mal y la mejor manera de calmarlo era pasarle la mano por el lomo. Pero esto sólo hacía aumentar los ruidos raros, hasta que supimos que eran ronroneos de felicidad y contento.

Offenbach cambia de casa

Hay una vieja regla inglesa que declara a los gatos más amantes del lugar que de sus dueños, y así hay miles de gatos abandonados en toda Inglaterra, simplemente porque sus dueños cambiaron de casa y decidieron dejar el gato detrás. Con Offenbach ocurrió todo lo contrario: él entró primero que nadie en la nueva casa y pronto estaba tan feliz, más feliz, que sus dueños: no era la primera, ni sería la última regla que Offenbach rompería.

¿Nadie es dueño de un gato?

Siempre había leído y oído decir que nadie es verdaderamente dueño de un gato, que se trata de una asociación libre que el gato puede romper cuando menos se lo espere y desaparecer para no volver jamás. No ocurre así con los siameses, a los que algunos llaman los gatos-perros, aunque en su nativa Siam eran llamados los gatos-monos. Offenbach es un siamés con puntos de lila.

Pedigree de

Offenbach es el único inglés de esta casa y aunque él se siente mejor al calor del sol, raro en Londres, sus padres y sus abuelos nacieron en Inglaterra. Fue por casualidad que supimos su pedigree: para nosotros Offenbach podía ser un gato de callejón y todavía ser el centro de la casa: nosotros también somos egipcios. Pero sucedió que un día nos vimos forzados a castrarlo –los siameses son criaturas eminentemente sexuales– para terminar con sus celos que lo torturaban y nos perturbaban. Seguimos la indicación de un veterinario, famoso porque escribe libros sobre gatos y perros, a cuya consulta asistimos.

Al llegar a la consulta y ver el veterinario a Offenbach nos preguntó si teníamos su pedigree. Los siameses con puntos de lila son una creación de los criadores ingleses y más raros que el siamés corriente, ese que tiene manchas de café en la cabeza y en las patas y en la cola. Nosotros ni sabíamos ni nos interesaba el pedigree de Offenbach. El veterinario nos preguntó a quién pertenecían sus padres y sólo pudimos decir quién nos lo había regalado, que a su vez lo había recibido de un cantante de pop. El veterinario consultó su memoria y pronto supimos que Offenbach era nieto de una gata propiedad de George Harrison, el músico Beatle. Pero todavía hay más: había una enfermedad de la realeza, como la hemofilia rusa. Offenbach era nieto de un gato de nombre impronunciable que había pasado a toda su progenie una enfermedad fatal del páncreas. Así supimos que todos los hermanos y primos de Offenbach estaban muertos, atacados de repente y por vómitos incoercibles. Offenbach había pasado el periodo peligroso y ahora está vivo solamente porque todas sus comidas llevan polvo de páncreas y no hace más que dos comidas al día, aunque él se las arregla para estirarla a tres. (Más más adelante.)

Como antes, mejor que antes

La castración no afectó a Offenbach más que en su relación con las gatas. En sus relaciones con nosotros si acaso se hizo más afectuoso y mimado. Ahora bien, Offenbach nunca ha abandonado la casa. Excepto por dos veces que se cayó de una ventana trasera abierta al verano al patio de abajo, lo que nos hizo recorrer todos los patios de la vecindad hasta acceder al patio indicado y encontrarlo más aterrado que aventurero.

Offenbach y los gatos

Offenbach jamás ha conocido la relación con otro gato y siempre se ha negado a reconocerse como tal: él se cree de veras un ser humano y, aunque esta creencia es siempre fatal para los animales, su comportamiento es tan humano que Miriam Gómez lo llamó un día “un gato animado”, recordando los gatos de Walt Disney et al.

Una vez un pintor amigo nos hizo atravesar Londres hasta Hampstead para que Offenbach conociera su gata siamesa, Zuzu. Todo iba bien por el camino (Offenbach no teme subir a un auto, solamente subir a un taxi, recordando tal vez que éste es el vehículo en que lo llevamos al veterinario, donde siempre ha sufrido heridas y pinchazos), pero, no bien llegamos a la casa, se engrifó, comenzó a escupir y se quedó aterrado en un rincón. Ver a la gata para él fue como para nosotros ver el demonio encarnado. Al regreso a la casa, Offenbach vomitó y defecó en el pasillo, como para demostrarnos físicamente su malestar espiritual.

A veces Offenbach añora las aventuras de los gatos que se ven por la ventana que da al patio, pero es una añoranza lejana, como si esos gatos fueran héroes de leyendas borrosas.

Un día ocurrió la confrontación inevitable. Compramos un espejo, que vino cuidadosamente envuelto. Curioso como todos los gatos, Offenbach quiso ver lo que contenía el paquete. Desempaquetamos, pues, el espejo que quedaba apoyado en el suelo a su altura y, no bien se vio, quedó fascinado con el espejo, tanto que le dio la vuelta, buscando su imagen que desaparecía en los bordes. Finalmente se enfermó ese día: tal vez acababa de reconocerse como gato. Lo cierto es que el espejo, que está en un extremo del pasillo, a la altura humana, aparece a menudo manchado en su parte inferior, con huellas que parecen de una nariz húmeda o de un lengüetazo. ¿Se habrá enamorado Offenbach, otro Narciso, de su imagen en el espejo?

El tercer gato

El tercer encentro de Offenbach con otro gato ocurrió un día que se apareció en la vecindad (el barrio está poblado por las más variadas especies gatunas) un gatico negro y joven, al que pusimos por nombre Blackie. Blackie era el gato más inteligente que hemos conocido y dio prueba de ello de una manera decisiva.

Blackie había visto a Offenbach sentado en mi mesa-escritorio y pegado a la ventana trasera, y ya desde abajo le intrigó este gato blanco y distante. Pronto atravesó todos los patios aledaños, salió a la calle de al lado, dio la vuelta a media manzana, seleccionó nuestra puerta entre tantas otras en la cuadra y vino a pararse en la ventana delantera, sentado en el poyo. (¡Ese periplo de Blackie es solamente comparable al de un ser humano entrando en un laberinto y encontrando la salida ipso facto!)

Hicimos entrar a Blackie, el pobre, tan amistoso como era, pero Offenbach lo rechazó violentamente y por primera y única vez en su vida atacó a Miriam Gómez que lo tenía cargado. Desde entonces, para dejar entrar a Blackie en la casa y darle de comer, había que encerrar a Offenbach en un cuarto primero.

Desgraciadamente, los días de Blackie en este mundo fueron pocos. Adoptado por una vecina, quien le había comprado un collar contra las pulgas, amaneció un día muerto, atropellado por un auto la madrugada anterior.

Aspecto de

La primera impresión que causa Offenbach es la de ser un gato extraño. Inmediatamente esta impresión es sustituida por la apreciación de su extraordinaria belleza. Largo y flaco, Offenbach tiene una cabeza pequeña y triangular y dominada por sus grandes ojos azules, hechos aún más azules por las manchas color lila que tiene en las orejas y el hocico. El resto del cuerpo es delgado y fuerte con una piel de raros tonos beige o, a veces, rosa pálido, que se vuelve morada en el rabo largo. Pero muchos días Offenbach amanece nevado y todo ese día es un gato color de hielo. Otras veces su tono beige se hace más oscuro y se vuelve como de caramelo, de algodón de azúcar fresa, de chocolate con leche, variando de hora en hora.

Offenbach es sumamente afectado y consciente de la tremenda impresión que produce su primera aparición. Así, camina poniendo una pata delantera delante de la otra, para parecerse a Marlene Dietrich en sus mejores tiempos, mientras la parte trasera de su cuerpo se mueve con el ritmo de un pugilista o de un cowboy del cine. Esta aparición hermafrodita causa asombro en quienes lo ven por vez primera y no han visto todavía su trote de tigre o su andar cauteloso de pantera en acecho, mientras embosca a su juguete preferido: una tapa de corcho o una bolita de papel. (Aquí habría que hablar de los juguetes de Offenbach, de cómo ha rechazado ratones de plástico animados para volver a sus viejos corchos o cómo, de un solo viaje, destroza un león de peluche y se lo come –de hecho se tragó medio león un día y estuvimos una semana esperando su muerte inminente, pero echó la mitad del león como se la había comido, con su centro de alambre saliente pero sin lastimarlo, milagrosamente.)

Offenbach y las hierofanías

Offenbach tiene un lugar reservado en la cocina para su comida, en un plato doble de plástico amarillo, colocado sobre un doyle de goma. Allí está también su platillo para la leche, un jarro con agua y, a veces, su vasija para las vitaminas B de adulto, que devora de tres en tres cada mañana.

Miriam Gómez, por su parte, ha colocado sobre mi buró una hierofanía: una copa de agua para los muertos de la familia, especialmente para mi madre. Desde el primer día que Offenbach la vio, decidió que la copa de agua era para él beber y dejó de beber en el jarro que tiene en su rincón para venir a saciar la sed encima de mi mesa de trabajo. Desde entonces se le incorporó al ritual, y no es raro ver a Offenbach venir y beber sobre mi mesa mientras escribo. No hay mejor compañía para la soledad del escritor de larga distancia.

El lenguaje de

Offenbach se comunica con nosotros con algo más que maullidos. Su repertorio de sonidos forma un lenguaje peculiar al que el oído adiestrado busca y encuentra significados.

Brrr es un ronroneo de placer y de contento.

Burrr es el ronroneo alargado hasta una forma de protesta: no hay que seguir acariciándolo, o se le debe acariciar en otra parte del cuerpo.

Miau es el saludo de por la mañana. Una especie de buenos días que Offenbach nunca deja de dar.

Miauuu es para pedir algo: desde la comida hasta que se le abra una ventana y sentir el olor del jardín.

Miuu es siempre una advertencia: significa que él está presente y por tanto se le puede pisar o, lo que es peor, pasar por alto.

Miu es un simple saludo a cualquier hora del día.

Miawou es el saludo a quienes regresan a la casa. Es también una forma de queja: ha estado demasiado tiempo solo.

Mia miau es una exigencia: la comida que se retrasa o alguien no quiere cargarlo o cederle un asiento.

Miau simple pero seguido o precedido de un bostezo, es soberano aburrimiento: no hay que olvidar que Offenbach es un purasangre y toda actitud en él es francamente soberana: no pide, exige.

Miaourrru es cuando quiere jugar.

Rorroua es siempre un rugido: un atavismo de la selva o rezagos del macho que todavía hay en él.

Hay muchas más entonaciones del maullido, pero se quedan para otro tratado: el lenguaje animal al nivel humano.

Otras voces, otros hábitos

Offenbach tiene un más amplio registro de voces, es solamente mi pobre transcripción que la limita.

Offenbach es tuerto. Es decir, no tiene visión –y con todo es imperfecta– más que en un ojo. Este defecto lo ha hecho, entre otras cosas, adoptar la costumbre de saludar, a quien llega a la casa por primera vez o después de mucho tiempo de no venir, subiéndose al regazo del visitante y acercando su nariz hasta la nariz del recién llegado. Es una forma especial de su saludo, pero pocos saben comprenderla.

Otro hábito de Offenbach es hacerse el centro de atención. Así en una reunión él busca siempre la sección de oro del grupo y allí, donde convergen todas las líneas de atención, se sienta él, adoptando a veces la pose de la “gallina empollando”, que es sentarse con todas las patas debajo del cuerpo y hacerse una compacta bola de pelos. Otra manera de atraer la atención cuando ésta es monopolizada por un periódico, por ejemplo, es venir a sentarse precisamente sobre la noticia que está uno leyendo. Cómo consigue tal precisión, es uno de sus misterios. Otro misterio suyo es saber, como él lo sabe, quién viene a la casa. Aunque vivimos en la planta baja de un edificio de cuatro pisos, donde entra y sale mucha gente, Offenbach sabe siempre cuándo es Miriam Gómez o Carolita, por ejemplo, quienes vienen, y aunque ha estado semidormido hasta ahora va corriendo a la puerta del apartamento a saludar a quien llega. Este alarde de presencia se hace particularmente agudo cuando se acercan las cuatro de la tarde, hora de la comida. Entonces Offenbach espera el regreso de Carolita de la escuela o acosa a Miriam Gómez por toda la casa para obtener su cena rápidamente.

Siempre se acerca él a la puerta a saludar a quien llega, después que la puerta se ha abierto –excepto cuando se trata del limpiador de ventanas, de quien corre a esconderse debajo de la cama, reptando hasta ocultarse del todo y sin salir de allí hasta que se va el limpiaventanas–. ¿Qué ocurrió entre Offenbach y el limpiador de ventanas? Nadie lo sabe. Este misterio se hace más espeso cuando digo que antes eran dos los limpiaventanas y llegaban con su escalera ambulante especial y terminada en punta. Pensamos que tal vez Offenbach le tenía miedo a esta escalera extraña, tan diferente a la escalera propia, donde él se sube el primero cuando la abrimos por cualquier motivo. Pero luego vinieron otros limpiadores sin escalera, y su miedo era igualmente pánico. Ahora es otra persona el limpiaventanas, un muchacho como de unos veinticinco años: a él también le tiene terror Offenbach. Quizás un día desvelemos el espeso misterio: ¿trauma infantil?, ¿atavismo?, ¿reacción pavloviana? Tal vez ni Pavlov, ni Freud, ni siquiera Lorenz, puedan explicar este comportamiento: Offenbach nos tiene acostumbrados a más de una muestra de conducta desusada en un gato. He aquí unas pocas.

Cuando alguien llega a la casa de visita y se queda solo en una habitación, Offenbach nunca se va de allí hasta que volvemos a la reunión. Nosotros bromeamos que el él nuestro gato-policía pero hay más que una broma en su comportamiento. Como hay más que una broma en su costumbre de no dejarme trabajar tarde en la noche, como yo acostumbraba, y el hábito gemelo de despertarme con un maullido particular a las nueve de cada mañana. O su extraordinaria habilidad para abrir puertas. O su peculiar sentido del humor. Sabido es que los gatos son animales sin humor, que se toman terriblemente en serio y que no soportan, como los perros, las bromas. Offenbach no es menos gato que los demás a este respecto, lo que sí es curioso es verlo gastándonos bromas. Para mí él tiene reservada una particularmente apropiada. Cada tarde, después del almuerzo, yo me siento a leer los periódicos y revistas en una silla en la sala. Ésta es mi silla. Todos los saben, incluso Offenbach. Pero en sus días jocosos no es raro verlo correr hacia la silla en cuanto me ve terminar de almorzar y encaminarme hacia ella para sentarse antes que yo. Su broma se continúa por su completa posesión del mueble, agarrado a sus travesaños como un náufrago a una balsa. Si intento levantarlo tendría que levantar la silla junto con Offenbach. La broma culmina siempre con la llegada providencial de Miriam Gómez que me conmina por todos los medios a dejar a Offenbach ocupar mi lugar: su diversión favorita.

Otra costumbre favorita de Offenbach es ocupar mi silla de trabajo. Ésta queda trabada debajo de la mesa de manera que más parece una gaveta que una silla: muchas veces cuando yo vengo a trabajar me encuentro la “gaveta” ocupada. Tengo entonces que cargar a Offenbach como si fuera un niño y depositarlo junto a la calefacción y debajo de mi mesa y además convencerlo con palabras ad hoc de que no debe irse: nadie comprende, hasta que tiene uno, la extrema susceptibilidad de los gatos.

Offenbach hace una tercera comida al día: ésta es la comida compartida con nosotros su familia. Pocos minutos antes de la hora de la cena él se sube a la mesa y sentado hierático espera que se sirva la comida. Casi nunca dice nada, excepto por un leve bostezo de aburrimiento cuando a veces la comida tarda demasiado. Cuando la mesa está servida, él mira sentado uno a uno a los comensales, todavía esperando. Offenbach espera ser alimentado de lo que comamos nosotros y, aunque rechaza toda carne que no sea conejo en su comida de por la tarde y pescado en la de por la mañana, él acepta comer de lo que comamos: pollo, carne de vaca, ternera, cordero, puerco, etc., etc. Muchas veces ha llegado a comer de la salsa preparada por Miriam Gómez y otras veces ha comido hasta papa y arroz, para desmentir a los que creen que los gatos no pueden ser vegetarianos: Offenbach, en la mesa, se muestra omnívoro. Es más, su amor por la comida compartida lo ha llevado hasta comer de nuestros postres: una hazaña increíble para todos los que saben que los gatos detestan el dulce, ya que sus papilas gustativas rechazan el sabor dulce tanto como las nuestras rechazan el sabor amargo. A veces, cuando la comida es totalmente vegetariana, Miriam Gómez le prepara a Offenbach un platillo con crema de leche, que él bebe sobre la mesa. Siempre que prueba de nuestra comida, va de comensal en comensal pidiendo silencioso, sin jamás mendigar, como haría un perro. Cuando ha probado de todos los platos, se baja de la mesa tan silencioso y rápido como subió a ella. Lo más curioso es saber que Offenbach sube a la mesa por las tardes, ya que al medio día siempre almorzamos ligero: una sopa, un sándwich, una tortilla: comidas todas que no tienen el menor interés para él. Su momento malo en la mesa llega cuando tenemos visita a comer: hay que encerrarlo en un cuarto hasta que esté terminada la cena. Es entonces que sale y se refugia en cualquier rincón, lejos de los seres humanos que lo han ofendido relegándolo a su ostracismo.

Offenbach y el universo

Alguen me preguntaba una vez cómo había afectado mi vida la llegada de Offenbach. Dije o creo que dije que mi vida se podía dividir en antes y después de Offenbach. Lo mismo ocurre con la llegada de mi mujer, Miriam Gómez, a mi vida, o de mis hijas. Pero estos últimos son cambios previsibles. El cambio con la llegada de Offenbach fue totalmente inesperado: yo estaba dispuesto a tolerar un gato en la casa, pero nunca imaginé una asociación tan intensa como la que hemos trabado Offenbach y yo. Mi amor por esas doce libras de pelo, garras y ojos azules llega a dividir los visitantes a mi casa en dos categorías: los que admiran y los que desdeñan, aunque sea levemente, a Offenbach. Los primeros se convierten ipso facto en amigos a pesar de que su incidencia sea tan mínima como la de un técnico desconocido que viene a arreglar la televisión. Los segundos pasan a ser cuestionados en seguida, aun después de años de amistad intensa. Para mí el mundo se ha dividido en dos clases de personas: las que aman a los gatos y las otras. Las otras personas no saben lo que se pierden con no tener relaciones con un gato. A estas últimas les recomiendo adoptar un gato desde ya y, de ser posible, adoptar un siamés, que son a los gatos lo que los perros satos a los otros: los que más dan pidiendo menos.

A través de Offenbach he podido entender el mundo animal de nuevo, que estaba vedado para mí desde que me hice adulto y los problemas humanos vinieron a abrumarme y a hacerme olvidar la sencilla vida animal, sus ciclos vitales y su ausencia de agonía: lo contrario de la agónica vida del único animal que sabe que d muere.

Offenbach es un animal feliz: sus exigencias son bien pocas y, aparte de una comida en la mañana y otra al final de la tarde, no exige otra cosa que lo que él mismo da a granel: cariño, una mano pasada por la cabeza y el lomo, una cepillada ocasional: atención. Pero a pesar de su humanización y de su reclusión hogareña, la vida de Offenbach está atemperada a los ciclos animales y universales: él y el cosmos son la misma cosa, y el gran abismo creado por la conciencia humana es franqueado por Offenbach todos los días con una sencillez admirable: el estoicismo animal es tan natural como la respiración.

¿Todo Offenbach?

Releo lo escrito hasta aquí y me abruma su inanidad: la incapacidad de mi escritura para atrapar la esencia de lo que es Offenbach. Quizás algunas anécdotas puedan si no llenar por lo menos rodear ese vacío.

Un día Néstor Almendros vino a Londres y, como estaban los hoteles llenos, se quedó a dormir en casa. A media noche se despertó soñando que lo devoraba un tigre –y al despertar de la pesadilla se encontró con la cabeza de Offenbach que, sentado sobre su pecho, lo miraba dormir.

A Offenbach le gustan las escaleras, recuerdos tal vez de sus antepasados en las selvas siamesas. No hay para él mayor placer que Miriam Gómez saque la escalera de mano para alcanzar algún objeto del desván: en cuanto la abre, allí está Offenbach, salido de la nada, subendo el primero los escalones como un trapecista ebrio.

Offenbach tiene un colmillo partido. Esto le ocurrió al tener un accidente de caza con una ventana: velaba allí unas palomas a las que Miriam Gómez había echado comida en el poyo y, después de muchos asedios y emboscadas, saltó Offenbach sobre la imagen de la paloma más cercana a través del cristal límpido, contra el que dio de boca, partiéndose un colmillo. Desde entonces se le conoce en la casa como el Jefe Colmillo Frágil.

La curiosidad de Offenbach no tiene límites animales: basta que alguno de nosotros se pare frente a las ventanas que dan a la calle, para ver a Offenbach, detrás y abajo, tratando de mirar lo que miramos por todos los medios, llegando a maullar para que lo carguen o a subirse sobre el televisor y alargando el cuello mirar él también lo que miramos.

Un día llegó a la casa la bella G. Ch., de visita breve, y Offenbach, tal vez reconociéndola, extremó su caminado a la Dietrich para emerger de la sala al estudio y para flechar para siempre a la visita: lo mismo hace con cada visitante receptivo a los gatos.

Ver lavarse a Offenbach es una muestra de elegancia suma. A veces adopta poses tan desusadas –una pata trasera extendida y agarrada por las dos patas delanteras, mientras con la otra pata debajo de sí guarda un equilibrio tan precario como elegante–. Verlo es creer que él sabe que ofrece un espectáculo inusitado: la pose natural imposible de alcanzar por el ser humano más afectado.

Ver comer a Offenbach o tomar agua es otro deleite: no puede haber mayor finura en actos tan animales. Su lengua sube y baja desde el agua con una regularidad metronómica, y, al comer, muerde gentilmente la carne y la engulle poco a poco, apenas masticada por sus débiles dientes.

Offenbach es un espectáculo digno de verse hasta durmiendo, sobre todo dormido. Los días de sol él se regala con la luz y el calor, estirando una pata hacia delante mientras coloca sobre ella la cabeza a manera de almohada. Los días fríos se recoge como una gallina empollando junto a uno de los radiadores convirtiéndose en una verdadera bola de pelos, nada más que la cabeza saliendo de entre su abrigo natural. Otras veces coge de almohada los más disímiles objetos: el cable del teléfono, la pata del radiador, el suelo mismo, mientras su cuerpo descansa sobre un cojín. Otras veces…, pero basta.

¿Es esto todo Offenbach? No: ni siquiera he comenzado.


Lo fusilamos de: Guillermo Cabrera Infante, Colette, Patricia Highsmith, Rudyard Kipling y otros, Las mejores historias sobre gatos, Madrid, Siruela, 2005, pp. 13-26.

sábado 26 de abril de 2008

El enfermo de Abisinia, de Orlando Mejía Rivera


Cada vez me convenzo con mayor firmeza de que toda pieza literaria lleva dentro de sí una frase que la contiene, que la descifra, que la define. La de esta novela podría estar en la página 95, en la carta que el médico griego Nikos Sotiro le envía a Paul Verlaine desde Abisinia: “Cada enfermedad, señor Verlaine, se muestra a los ojos del clínico como figuras dispersas de un rompecabezas y es nuestra obligación reunir, armar las figuras y descubrir el rostro de la enfermedad”. En El enfermo de Abisinia el escritor manizalita Orlando Mejía Rivera intenta, por un lado, armar el rompecabezas que es la figura de Rimbaud y, por otro, exponer una teoría nueva sobre los verdaderos motivos de la muerte del enigmático poeta nacido en Charleville.

Para ambas empresas ha ideado una inteligente manera de contar los últimos años de la vida de Rimbaud: a través de correspondencia y de artículos periodísticos va componiendo las diferentes visiones que se tenían del escritor durante su época. La “crónica” del patético crítico literario Lepelletier, amigo durante años de Verlaine, es una pieza divertida y bien armada que pone a los críticos miopes en el lugar que se merecen. El crítico comienza exponiendo lo que él considera es el trabajo y destino del comentarista literario: “Mi maestro Saint Beuve dejó un legado claro para todos los que hemos abrazado el apostolado de la crítica: orientar a los lectores, advertirles del peligro de los escritorzuelos disfrazados de pensadores excéntricos o de místicos alucinados, desenmascarar los ídolos falsos que son el postre favorito de los jóvenes desadaptados e inocentes que se deslumbran ante cualquier patán que posa de poeta incomprendido” (pp. 20-21); y más adelante: “callar por pudor o por lástima sería ir en contra de mi sagrado deber de crítico” (p. 21). Hasta ahí todo bien, a no ser por ese rimbombante “apostolado” que le atribuye al oficio; pero luego uno no puede menos que reírse al ir leyendo su artículo y notar que casi en ninguna ocasión echa mano de los versos de Rimbaud para descalificar su obra: se basa en la conducta licenciosa del poeta durante sus años en París, en su vida bohemia y en su afición a la absenta.

La “crónica” o “crítica” de Lepelletier está publicada en un diario de la época, L'Éco de Paris. A continuación responde a los lectores ofendidos el director del periódico. Antes leímos otra nota del diario, un obituario, en fin, piezas que componen de manera efectiva una discusión a veces intelectual, a veces visceral, sobre Rimbaud y, a su alrededor, su tiempo. Por eso no entiende uno muy bien la decisión del autor de incluir por allí un epígrafe tomado de una canción bellísima pero contemporánea, “Like a rolling stone”, de Bob Dylan, que alcanza a sacar al lector de la afinada ambientación que venía logrando la novela.

De todo el cruce de textos que ha orquestado Mejía Rivera hay quizá dos cartas claves, la de Lepellecier y la del médico Nikos Sotiro, en tanto la primera dibuja al poeta en sus años parisinos y expone la visión que de él tenía la parte más conservadora de la sociedad francesa, y la segunda porque narra detalles de la vida del poeta en África desconocidos para el lector de a pie, pero que, conociendo la minucia con que trabaja el doctor Mejía Rivera, podemos dar si no por ciertos al menos por sustentados en documentos reales.

A finales de la década pasada revisé las pruebas de un libro de Mejía que me sorprendió, La muerte y sus símbolos. Basándose en saberes tan alejados como la antropología, la sociología, la medicina y la física cuántica, entre otros, el autor revisaba allí las concepciones de la muerte en diferentes culturas, con una prosa clara pero contundente, profunda pero cortés con el lector no especializado, y con un muy atinado sustento en fuentes primarias y secundarias. Esas virtudes de escritor profesional se han ido puliendo con el tiempo, y ahora nos trae esta novela muy entretenida y bien armada, y que invita a releer al gran poeta francés Arthur Rimbaud.

Pocas novelas justifican un epílogo del propio autor que glose o comente o explique la peripecia que el lector acaba de terminar. Esta quizá sí. (Y quiero hacer énfasis en el quizá, porque no estoy muy seguro.) Para terminar, insisto en una idea que he venido comentando en esta página desde casi sus comienzos: si un autor de provincia no es publicado por un sello bogotano o, mejor aún, español, queda inédito para los medios nacionales, y con ello para la gran masa de lectores. ¿No se podrá hacer nada al respecto? Nosotros acá en Bogotá... ¿estar más atentos a lo que se publica en Cartagena, en Medellín, en Manizales, en Cali? ¿Los sellos pellizcarse más duro y realizar campañas más agresivas de difusión de sus libros? Si a Orlando Mejía Rivera no lo publica Bruguera no hubiéramos conocido esta buena novela.

Orlando Mejía Rivera, El enfermo de Abisinia, Barcelona, Bruguera, 2007, 122 páginas.

miércoles 16 de abril de 2008

Fusilado: William Somerset Maugham



Durante las décadas del veinte y del treinta Maugham fue el escritor más exitoso, más leído, más vendido en Europa. Una especie de Stephen King de ahora. Pero la crítica nunca reconoció su verdadero valor literario, y pocos escritores, además de Anthony Burgess y George Orwell, reconocieron la influencia que ejerció sobre ellos, quizá porque siempre estuvo alejado de las experimentaciones formales de sus contemporáneos –Joyce, Woolf, Faulkner…–. La prosa de Maugham es diáfana, directa, y sus mayores alcances están en la observación cínica, en la caracterización perfecta y amarga de personajes. Aun hoy el escritor británico –aunque nacido en París y muerto en Niza– está algo relegado, a pesar de haber escrito verdaderas obras maestras como esa bonita biografía novelada de Gauguin titulada La luna y seis peniques –hágame el favor el título–, o su autobiografía Servidumbre humana, de más de seiscientas páginas y en la que en ningún momento deja ver sus preferencias (bi)sexuales. ¿Amañada? Sí, pero también genial por eso mismo (puede que me equivoque y haya por allí referencias, guiños que no supe percibir cuando la leí, como a los diecisiete). Su novela más celebrada, El filo de la navaja, narra la experiencia de un hombre de alta posición social que deja todo para irse a la India a buscarle sentido a su vida. En 1944, en plena guerra, fue mal recibida por el establecimiento, que la calificó de escapista; si se hubiera publicado 20 años después habría caído en el saco de las novelas fundacionales del movimiento hippie, al lado de En el camino y similares. Con el humor amargo del que siempre hizo gala, el propio Maugham dijo ya viejo: “soy el mejor de los escritores entre los escritores de segunda línea”.

Desde antes de cumplir 20 comenzó a escribir diarios, donde apuntaba sus pensamientos y reflexiones al comienzo, y que luego fueron convirtiéndose en la base para la creación de escenas, la caracterización de personajes en sus obras de ficción. Y eso se nota: al comienzo mucho aforismo, mucho pensamiento, hacia el final más bien descripciones, perfiles, notas de viaje, situaciones que veía por ahí. “Mi intención fue que mis cuadernos de notas fuesen un almacén de materiales destinados a un uso futuro y nada más”. En el 49 se decidió a publicarlos bajo el título Cuadernos de un escritor. “No lo publico porque sea lo bastante vanidoso como para suponer que toda palabra mía merece ser perpetuada. Lo publico porque me interesa la técnica de la producción literaria y el proceso de creación, y si un volumen como este, escrito por otro autor, cayese en mis manos, me arrojaría sobre él ávidamente”. Fue lo que hice cuando vi el volumen en una venta de saldos hace años. Y escogí de aquí y de allá algunas notas. Si hay tantas sobre (¿contra?) las mujeres es porque las consideraba competencia, y en sus anotaciones sobre ellas derramó lo más ácido de su talante. Debo decir como en las publicaciones institucionales aquello de “la opinión de los fusilados no necesariamente refleja las opiniones de el ojo en la paja bla, bla, bla”. Aunque en algunos casos sí.



Cuadernos de un escritor

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Una solterona es siempre pobre. Cuando es rica, es una mujer de una cierta edad que no se ha casado.

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Siempre me han infundido sospechas las teorías de los novelistas; no las he considerado nunca otra cosa que la justificación de sus propias carencias.

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No está casada. Me dijo que, en su opinión, el matrimonio tiene forzosamente que ser un fracaso si una mujer no puede tener más que un marido.

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No hay como el amor para que un hombre cambie de opiniones. Porque nuevas opiniones son casi nuevas emociones. Son el resultado no de un pensamiento, sino de una pasión.

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Hablándome de una palabra muy larga que alguien había empleado, me dijo: “Una palabra tan aristocrática, ¿sabe usted?, que parece que a uno tienen que dolerle las mandíbulas con sólo pronunciarla”.

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¡Cuán sentenciosos somos! Creo que nuestras observaciones deberían ser puntuadas con polvos de rapé.

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–¿Sabe usted francés?
–Pues… verá usted. Puedo leer una novela francesa cuando es indecente.

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Una mujer puede ser tan perversa como se quiera, pero si no es bonita no le servirá de nada.

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Hay una placentera ironía en la juventud dorada que va al diablo todas las noches y a misa de ocho a la mañana siguiente.

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En una cena de compromiso hay que comer con prudencia, pero no demasiado bien; y hablar bien, pero no con demasiada prudencia.

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No hay hombre que en el fondo de sí mismo no sea tan cínico como una mujer bien educada.

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En el hospital. Dos hombres eran grandes amigos: comían juntos, trabajaban juntos y se divertían juntos. Eran inseparables. Uno de ellos se fue a su casa a pasar unos días y en su ausencia el otro, al efectuar una autopsia, sufrió un envenenamiento de la sangre y cuarenta y ocho horas después murió. Había citado a su amigo en la sala de autopsias. Cuando entró lo encontró sobre la losa, desnudo y frío.
–Me produjo cierta impresión –me dijo cuando me lo contó.

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El resultado habitual de la cohabitación del hombre con la mujer, por sancionado que esté por la sociedad, es hacerlo un poco más insignificante, un poco más mezquino de lo que de otro modo hubiera sido.

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No hay características femeninas más acusadas que una pasión por la minuciosidad y una memoria infalible. Una mujer es capaz de darnos cuenta minuciosa de una conversación insignificante sostenida con una amiga unos años antes; y lo que es peor, la dan.

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Pocos infortunios pueden caer sobre un chiquillo que ocasionen peores consecuencias que tener una madre verdaderamente afectuosa.

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Un código moral es tan sólo aceptado por las mentalidades débiles; las fuertes se forman el suyo.

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Un día de mar alborotado en la bahía de Nápoles. Los napolitanos vomitaron grandes cantidades de macarrones no digeridos. Vomitaron con un chorro súbito, como agua que escapara de una cañería reventada, y sus bocas abiertas les daban una expresión estúpida y angustiada de pez fuera del agua, pero a ellos no se les podía dar un golpe en la cabeza como se hace con los peces para acortar sus sufrimientos. Además, no tenía nada con que golpearlos.

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La gran mayoría usa innoblemente la porción de inteligencia de que dispone, después de preocuparse por su propia conservación y la propagación de la especie.

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Pueda la muerte cubrir mis años con la noche.

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Cuando una mujer de cuarenta años le dice a un hombre que es lo bastante vieja para ser su madre, la única salvación del hombre está en la huida. O se casará con él o lo arrastrará al tribunal de divorcios.

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Habría que cultivar siempre los propios prejuicios.

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Los tres deberes de la mujer: el primero, ser bonita; el segundo, ir bien vestida; el tercero, no contradecir jamás.

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¿Soy acaso un poeta menor para tener que exponer al vulgo mis sangrientas entrañas?

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Los lectores no se dan cuenta de que el pasaje que leen en una hora, en cinco minutos, se ha desarrollado fuera de la sangre del corazón del autor. La emoción que los impresiona como “tan verdadera” la ha vivido durante noches enteras de amargas lágrimas.

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Hay personas que dicen “Muy bien, muchas gracias”, cuando se les pregunta cómo están. ¡Cuán vanas deben ser para imaginarse que a uno pueda importarle lo más mínimo!

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Y, accidentalmente, en un desgarrón de rápidas nubes, aparece la pálida estrella tiritando de frío.

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No concibo disposición de espíritu más cómoda para la conducta en la vida que una resignación teñida de humor

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Éxito. No creo que me produzca ningún efecto. Por una parte siempre lo esperé, y cuando llegó lo consideré tan natural que no creía conveniente armar barullo por ello. Sólo tiene valor para mí porque me libera de la incertidumbre financiera que no estaba nunca totalmente ausente de mis pensamientos. Detesto la pobreza.

Detestaba tener que contar y economizar a fin de poder hacer llegar el dinero. No creo ser tan presuntuoso como era años atrás.

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Se sumergió en un mar de trivialidades y, con el poderoso pecho de un nadador del canal de la Mancha, emprendió su confiado paso hacia los blancos acantilados de lo obvio.

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Timidez: mezcla de desconfianza y vanidad.

Lo fusilamos de: William Somerset Maugham, Cuadernos de un escritor, Barcelona, Península, 2001, 412 páginas. Traducción de Manuel Bosch.

miércoles 9 de abril de 2008

La carretera, de Cormac McCarthy



Pocas cosas quedan sobre la tierra unos años después de la explosión nuclear: ceniza por todas partes, ciudades humeantes todavía, esqueletos de carros y casas, unos pocos andrajosos que caminan por las carreteras algunas veces derretidas y que evitan encontrarse. Y entre ellos los personajes de esta novela, un padre y su hijo que buscan mejores aires en el sur; en su camino llevan morrales con mantas y plásticos y arrastran un carrito de mercado con enlatados y otras vituallas. El padre lleva al cinto un revólver con dos balas, temprano en la novela tendrá que usar una. Se les van los días entre caminar, buscar comida y huir de los “barbudos”, tribus de gente que busca gente para comérsela. Alguna vez desde la oscuridad de un bosque ven pasar por la carretera un grupo de ellos; llevan tubos y cadenas en las manos; cierran la procesión unas cuantas mujeres… embarazadas.

Lo de McCarthy es la peregrinación y la muerte, y las dos están en cada fragmento que compone esta novela compuesta de pequeñas escenas de un párrafo, dos a lo más. Cada incursión de estos personajes en un pueblo, una casa, una tienda destruida en busca de comida entraña suspenso del más puro y aterrador, que se acrecienta porque el relato se detiene en cada escena que transcurre en un interior mientras describe procedimientos como abrir una compuerta, armar un fogón de gas, sacar agua de una cisterna. La carretera por la que caminan es “árida, silenciosa, infame”: tres adjetivos que le encajan perfecto a la prosa de McCarthy. Además llueve todo el tiempo, siempre hay frío, en todo momento los acompaña “la pauperizada luz del sol” (p. 71). El hombre a ratos se dobla a toser y escupe sangre.

Tres veces encuentran libros y las tres están éstos “hinchados, inservibles”. Una vez se topan en una tienda con una Coca-cola y el hombre insiste en que el chico se la tome. Insiste, no toma él ni un sorbo. “¿Es porque nunca más volveré a tomar otra, verdad?”, le pregunta el chico. ¿Qué se siente vivir en un mundo sin libros, sin Coca-cola, huyendo de caníbales, sin saber cuánta gente hay? “Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último, los nombres de cosas que creía verdaderas” (pp.69-70).

Al fin llegan al mar y pasan allí unos días, pero no acabarán las penas de este padre y su hijo. Las penas en el mundo de La carretera no acaban sino con la muerte. El mar no es más que “Un inmenso sepulcro de sal. Absurdo. Absurdo” (p. 165). Salen de la playa otra vez a la carretera para ir más hacia el sur y el chico le pregunta al papá qué es lo más valiente que ha hecho. “Escupió en la carretera una flema sanguinolenta. Levantarme esta mañana, dijo” (p. 199). Un mundo sin esperanzas que le devuelve la esperanza a la novela, al lenguaje, a los lectores. Una obra verdaderamente grande.


Cormac McCarthy, La carretera, Barcelona, Mondadori, 2007, 224 páginas. Traducción de Luis Murillo Font.

sábado 5 de abril de 2008

Fusilado: Voltaire




Regreso luego de un receso debido a motivos familiares. Y lo hago con el fragmento de un libro infaltable en la educación de alguien que se precie de ilustrado y liberal, el Diccionario filosófico del gran François Marie Arouet, desde los 24 años llamado Voltaire. La idea de este diccionario surgió durante una cena en el palacio de Postdam el 28 de septiembre de 1752. Se la propuso a Voltaire su gran amigo el emperador Federico, y en su confección participarían ambos y algunos invitados, pero terminó escribiéndolo sólo Voltaire. Años después de terminado, y vetada su edición y lectura en las principales capitales europeas, el propio autor renegaría de su obra. En carta a d’Argental escribió: “No tengo más que el tiempo de decirle que el Portátil, de ningún modo es mío, y que este asunto envenena un poco mi pobre vejez, que transcurre bastante placenteramente”. Por ese tiempo la obra era denominada Diccionario filosófico portátil, y en otra época fue conocido con el bello nombre de La razón por alfabeto. Antes de emprender la lectura de esta pequeña muestra quedémonos con el título completo que tuvo la primera edición, fechada en Londres en 1764, que recoge de manera certera su espíritu y alcances: Diccionario filosófico dictado por el amor a la razón, por el culto al buen sentido y a la verdad, por el odio a la superstición, a la intolerancia y a los abusos.


Amor

Hay tantas clases de amor, que no sabemos a cuál de ellas hacer referencia para definirlo. Se llama falsamente amor al capricho de algunos días, a una relación ligera, a un sentimiento al que no acompaña el aprecio, a una costumbre fría, a una fantasía novelesca, a un gusto al que sigue un rápido disgusto; en una palabra, se da ese nombre a una multitud de quimeras.

Si algunos filósofos tratan de examinar a fondo esta materia poco filosófica, que estudien el Banquete de Platón, en el que Sócrates, amante honesto de Alcibíades y de Agatón, conversa con ellos sobre la metafísica del amor, Lucrecio habla del amor físico, y Virgilio sigue las huellas de Lucrecio.

El amor es una tela que borda la imaginación. ¿Quieres formarte una idea de lo que es el amor? Contempla los gorriones y los palomos que hay en tu jardín; observa el toro que se aproxima donde está la vaca, y al soberbio caballo que dos criados llevan hasta la yegua que apaciblemente le está esperando y al recibirle menea la cola; observa cómo chispean sus ojos, y oye sus relinchos, contempla sus saltos, orejas tiesas, su boca que se abre nerviosamente, la hinchazón de sus narices y el aire inflamado que de ellas sale, sus crines que se erizan y flotan y el movimiento impetuoso que les lanza sobre el objeto que la Naturaleza les destinó; pero no les envidies, porque debes comprender las ventajas de la naturaleza humana, que compensan en el amor todas las que la Naturaleza concedió a los animales: fuerza, belleza, ligereza y rapidez.

Hay algunos animales que ni siquiera conocen el goce; los peces que tienen concha no lo conocen: la hembra deja sobre el legamo millones de huevos; el macho que los encuentra, pasa sobre ellos y los fecunda con su simiente, sin conocer y sin buscar a la hembra que los puso.

La mayor parte de los animales que se emparejan no disfrutan más que por un solo sentido, y cuando satisfacen su apetito termina su amor. Ningún animal, excepto el hombre, siente inflamarse su corazón al mismo tiempo que se excita la sensibilidad de todo el cuerpo; sobre todo, los labios gozan de una voluptuosidad que no fatiga, y de ese placer sólo goza la especie humana. Además, ésta, en cualquier época del año, puede entregarse al amor, y los animales tienen su tiempo prefijado. Si reflexionas y te haces cargo de estas preeminencias, exclamarías con el conde de Rochester: “El amor, en un país de ateos, es capaz de conseguir que adoren a la Divinidad”.

Como los hombres recibieron el don de perfeccionar todo lo que la Naturaleza les concedió, llegaron a perfeccionar el amor. La limpieza y el aseo, haciendo la piel más delicada, aumentan el placer que causa el tacto; el cuidado que se tiene para conservar la salud hace más sensibles los órganos de la voluptuosidad. Los demás sentimientos se entremezclan con el del amor, como los metales se amalgaman con el oro: la amistad y el aprecio le favorecen, y la belleza del cuerpo y la del espíritu le añaden nuevos atractivos. Sobre rodo, el amor propio estrecha esos lazos, porque el amor propio se aplaude a sí mismo por la elección que hizo, y la multitud de ilusiones que hace nacer embellecen la obra cuyos cimientos abrió la Naturaleza.

He aquí las ventajas que los hombres tienen sobre los animales. Si aquéllos disfrutan de placeres que éstos desconocen, en cambio sufren pesares de los que las bestias no tienen la menor idea. Es lo más terrible para el hombre que la Naturaleza haya emponzoñado en las tres cuartas partes del mundo los placeres del amor y los manantiales de la vida con esa enfermedad espantosa que a él sólo ataca y que en él sólo infecta los órganos de la generación.

De esta peste no puede decirse que, como otras enfermedades, es la consecuencia de nuestros excesos. No es la relajación la que la introdujo en el mundo. Friné, Lais y Mesalina no sufrieron esa enfermedad, que nació en las islas de América, donde los hombres vivían en estado de inocencia, y desde ellas se extendió por el mundo antiguo.

Si por algo pudo acusarse a la Naturaleza de contradecirse en su plan de obrar contra sus propias miras, es por haber difundido esa detestable calamidad que sembró en la tierra la vergüenza y el horror. Si César, Antonio y Octavio no conocieron esa enfermedad, en cambio causó la muerte de Francisco I.

Los filósofos eróticos promovieron la cuestión de si Eloísa pudo seguir amando verdaderamente a Abelardo cuando fue fraile y castrado. Yo creo que Abelardo siguió siendo amado; la raíz del árbol cortado conserva siempre un resto de savia, y la imaginación ayuda al corazón. Nos complacemos en continuar sentados a la mesa cuando no comemos ya. ¿Es esto amor?, ¿es un simple recuerdo?, ¿es amistad? Es un no sé qué compuesto de todo eso; es un sentimiento confuso semejante a las pasiones fantásticas que los muertos conservaban en los Campos Elíseos. Los héroes que durante su vida habían brillado en las carreras de los carros, después de muertos guiaban carros imaginarios. Allí Orfeo creía cantar aún, Eloísa vivía con Abelardo de ilusiones, le acariciaba ella con la imaginación algunas veces, con el placer superior que debía producirle haber hecho en Paracleto voto de no amarle, y sus caricias debieron ser más preciosas porque eran más culpables. No puede la mujer concebir una pasión por un eunuco, pero puede conservar el cariño de su amante si por amarle le castran.

No sucede lo mismo al amante que envejeció en el servicio. Su exterior no subsiste, sus arrugas asustan, su pelo blanco repele, los dientes que le faltan disgustan, y todo lo que puede hacer la mujer amada, siendo virtuosa, se reduce a ser su enfermera y a soportar que la ame, dedicándose a enterrar a un muerto.


Literatos

La palabra española literatos corresponde a la palabra francesa gens de lettres, como ésta corresponde a la palabra gramáticos, que usaban los griegos y los romanos. Los griegos y los romanos incluían en esta denominación, no sólo a los que estaban versados en la gramática, que es la base de todos los conocimientos, sino a los que conocían la geometría, la filosofía, la historia, la poesía y la elocuencia. No merece este calificativo el que teniendo escasos conocimientos se dedica a un sólo género: el que no habiendo leído más que novelas, sólo novelas escribe; el que sin conocer bien la literatura, por casualidad haya escrito una novela o un drama; el que, desprovisto de ciencia, haya pronunciado algunos sermones, no debe ser incluido entre los literatos. Este título es más extenso en nuestros días que lo era la palabra gramático para los griegos y los latinos. Los griegos se contentaban con saber su lengua; los romanos no aprendían más que el griego; pero el literato en la actualidad necesita saber tres o cuatro idiomas. El estudio de la historia es mucho más extenso que lo era para los antiguos, y el de la historia natural ha crecido a medida que han ido aumentando los pueblos. No se exige al literato que profundice todas estas materias, porque la ciencia universal no está al alcance del hombre; pero los verdaderos literatos poseen diferentes terrenos, aunque no pueden cultivarlos todos.

En el siglo XVI, y casi hasta la mitad del XVII, los literatos consumían mucho tiempo ocupándose en la crítica gramatical de los autores griegos y latinos, y debemos a sus trabajos los diccionarios, las ediciones correctas, los comentarios de las obras magistrales de la antigüedad. Ahora esta crítica es menos necesaria y ha sucedido a ella el espíritu filosófico, que es el que parece que constituya el carácter de los literatos.

La ventaja que lleva el siglo XVIII a los tiempos pasados consiste en que hay bastante número de hombres instruidos que pueden pasar desde las espinas de las matemáticas hasta las flores de la poesía, y son capaces de juzgar acertadamente lo mismo un libro de metafísica que una obra de teatro. El espíritu de dicho siglo hace que la mayor parte de ellos sobresalgan lo mismo en el trato social que escribiendo en su gabinete, y en esto son superiores a los literatos de los siglos precedentes.

Los literatos, ordinariamente son más independientes que los demás hombres, y los que nacieron pobres encuentran con facilidad, en las fundaciones que dejó Luis XIV, los medios para asegurar su independencia. No se escriben ya como antiguamente las epístolas dedicatorias que el interés y la bajeza ofrecían a la vanidad.

Hay muchos literatos que no son autores, y probablemente serán los más felices, porque están libres de los disgustos que la profesión ocasiona algunas veces, de las cuestiones y de las rencillas que la rivalidad promueve, de las animosidades de partido y de ser mal juzgados.


Plagio

Dícese que trae su etimología de la palabra latina plaga, que significa condenar a la pena de azotes a los que habían vendido hombres libres por esclavos. Esto no tiene nada que ver con el plagio de los autores, los que no venden hombres esclavos ni libres y sólo se venden algunas veces a sí mismos por exigua cantidad de dinero.

Cuando un autor vende los pensamientos de otros por suyos, se llama plagio ese hurto. Podrán, pues, llamarse plagiarios todos los compiladores, todos los que escriben diccionarios, si no hacen más que repetir las opiniones, los errores, las imposturas, las verdades que estaban ya impresas en diccionarios precedentes; pero al menos éstos son plagiarios de buena fe, que no se atribuyen el mérito de la invención. Ni siquiera pretenden haber desenterrado de monumentos antiguos los materiales que reúnen; no han hecho otra cosa que copiar a los laboriosos compiladores del siglo XVI. Nos venden en un volumen en cuarto lo que ya teníamos impreso en un volumen en folio. Pueden llamarse libreros mejor que autores, y mejor pueden colocarse en la clase de ropavejeros que en la de plagiarios.

El verdadero plagio consiste en publicar como nuestras las obras de otros; en coser en ellas trozos largos de un buen libro, cambiando algunas palabras; pero el lector ilustrado, al conocer un pedazo de paño de oro entre otros muchos de paño burdo, reconoce en seguida al ladrón torpe.

Testículos

Esta palabra, aunque es obscura, es científica: significa pequeño testigo. En la Enciclopedia hay un artículo que se ocupa de las condiciones de un buen testículo, de sus enfermedades y de su tratamiento.

Sixto V, fraile franciscano que llegó a ser Papa, declaró el año 1587, en la carta que escribió el 25 de junio al nuncio que tenía en España, que debían anularse todos los casamientos en los que los hombres carecían de testículos. Semejante orden, que ejecutó Felipe II, parece indicar que en España había muchos maridos privados de esos dos órganos. ¿Pero cómo un hombre que había sido franciscano podía ignorar que hay algunos hombres que los tienen escondidos en el abdomen y no por eso dejan de ser aptos para las funciones conyugales? Hubo en Francia tres hermanos de alta cuna, y de los tres, uno tenía tres testículos, el segundo tenía uno nada más, y el tercero parecía no tener ninguno, y sin embargo, era el más vigoroso de los hermanos.

El doctor Angélico, que no era más que jacobino, decide que dos testículos son de essentia matrimonii (de esencia en el matrimonio), cuya opinión siguieron Ricardo, Scoto, Durando y Silvio.

Si no podéis conseguir enteraros del informe que en 1600 hizo el abogado Sebastián Rouillart sobre los testículos que el litigante que defendía tenía hundidos en el epigastrio, leed por lo menos en el Diccionario de Bayle el artículo que intitula Quellenec, en el que veréis que la mujer perversa del cliente de Sebastián Rouillart pretendía que declararan nulo su matrimonio, porque a su marido no se le veían los testículos. La parte contraria decía que cumplía perfectamente su deber; que verificaba los actos de introducción y de eyaculación, ofreciendo comprobarlo ante las dos cámaras reunidas. La bribona de su mujer respondía que su pudor no podía consentir semejante prueba, además de que esa tentativa era superflua, porque carecía de testículos la parte contraria, y como saben muy bien los señores jueces, es necesario tener testículos para eyacular. Ignoro cuál fue el resultado del proceso, pero me atrevo a sospechar que el marido perdería el pleito, y lo que me inclina a creerlo así, es que el mismo Parlamento de París publicó el 8 de enero de 1665 un decreto declarando que había necesidad de que se vieran los dos testículos, y que sin ellos no se podía contraer matrimonio.

Sobre este y otros asuntos parecidos podéis consultar a Pontas, que era un vicepenitenciario que decidía en todos los casos.

Lo fusilamos de: Voltaire, Obras selectas. Diccionario filosófico. Novelas. Cartas filosóficas, Buenos Aires, El Ateneo, 1965. Traducciones de Abate Marchena, Amador de Castro y Tina Manzoni.

viernes 21 de marzo de 2008

La lectora, de Sergio Álvarez



Para nada es de extrañar el éxito que ha tenido esta novela, traducido en múltiples reediciones de lujo y de bolsillo, en su distribución en España y otros países, en su adaptación para televisión en ese formato que tanto extrañamos, la miniserie. No es de extrañar porque es una novela tremendamente bien hecha, con personajes sólidos, historias finamente hiladas y mejor solucionadas, con aventura trepidante y estilo impecable e implacable.

Se trenzan aquí tres narraciones, tres historias: la de una pelada que secuestran para que lea un libro, la del libro que lee –titulado Engome– y, dentro de ésta, un monólogo, a manera de carta o confesión, de uno de los personajes de ese libro. Intercalados, aparecen tres pequeños capítulos que recogen diálogos de personas que hablan sobre un aspecto de la trama de esa novela que lee la chica. Por separado las piezas están muy bien construidas, pero encima de eso están ensambladas con precisión de relojero: cada historia se interrumpe en un punto alto, de máximo suspenso, y llega la otra a agarrar al lector con igual efectividad. Todas tienen momentos de acción trepidante y de reposo, todas ellas están bien investigadas y contadas con gracia.

Engome está basada en hechos reales. Sus personajes principales son Cachorro y Karen, él un taxista de noche, medio varado y perdedor, enamorado de una puta que se va a casar con un mafioso menor –o lavaperros, que llaman–; ella una puta enamorada del taxista y con ganas de organizarse por fuera de El Oasis, su centro de operaciones eróticas. Ella lo acompaña a trabajar una noche y recogen a unos ejecutivos que son emboscados por unos matones. Cachorro y Karen se salvan de milagro y en la confusión encuentran una maleta con dos millones de dólares, que deben esconder en una construcción para escapar con vida de la emboscada y de las autoridades.


Como en las más entretenidas novelas de Elmore Leonard, tras esta maleta irán la policía, unos mafiosos y los propios Karen y Cachorro. Todo ambientado en una Bogotá real, construida, como la totalidad de la novela, con gran efectividad: “Autos González era una compraventa de carros armada de improviso sobre una esquina del centro de Bogotá. El pedazo de ciudad había salido del abandono vestido con paredes de espejo, tapizado con mármol de cementerio, camuflado con vidrios cobrizos, retocado con avisos de neón y protegido de la lluvia con unas tejas de acrílico verde” (p. 138). Digo que este párrafo es efectivo –como la gran mayoría de los de La lectora– porque es económico y gráfico; con cuatro frases el autor se asegura de poner al lector en el punto que quiere, en este caso en un negocio de mafiosos. Y esta efectividad acompaña toda la narración.

Como Engome está basada en hechos reales, la maleta se convierte en uno de los tantos mitos urbanos que circulan por Bogotá, por cualquier ciudad. Esto permite que se forme un bonito y bien sustentado juego entre realidad y ficción, que encuentran su punto de contacto en un personaje de la novela que está secuestrado con la lectora: Gordobriel, “un hombre blanco y tapizado de pecas, de cara redonda, cachetes flácidos y cabello grueso y emparejado con tijeras de jardinería”, a quien le cuesta asimilar la noticia de la muerte de su madre “porque le pareció imposible que las madres se murieran y le dejaran a uno la carga de trabajar para mantenerse” (p. 116).

Y no voy a adelantar más de la trama para no ir a dañar el suspenso que siempre acompaña la lectura de esta entretenida novela. Para terminar sí voy a decir que recordé en muchos momentos Perder es cuestión de método, buena novela, rápida y también efectiva, bogotanísima también, y que junto a Los impostores y a unas pocas docenas de páginas ha salvado a Santiago Gamboa de convertirse de una buena vez en un insípido diplomático. Pero esta es otra cuestión que voy a dejar de ese tamaño.



Sergio Álvarez, La lectora, Barcelona, RBA Libros para Diana Colombiana, 2001, 250 páginas.

jueves 13 de marzo de 2008

Fusilado: Héctor Abad Faciolince


Va siendo hora, lo comenté en otra entrada, que Seix Barral haga una segunda edición de ese libro imperdible, de los mejores de Héctor Abad si cabe decirlo, que es Palabras sueltas. Y que se pellizque y le haga una promoción decente, que lo ponga en todas las librerías, que patrocine reseñas como lo hace con tantas obras regularcitas que publica. Porque aun siendo un pequeño gran libro, la primera vez tampoco le hizo la difusión que merece, que merecen casi todos los volúmenes que saca una editorial tan grande y con tantos alcances económicos como Seix Barral, que como todos sabemos es parte del Grupo Planeta. A ver si con este humilde fusiladito se acuerda de que tiene semejante título en su catálogo de libros descatalogados. Yo sé que alguna gente por allá revisa este blog.

Héctor tomó material de sus columnas, de ensayos, de presentaciones que había escrito y las organizó en forma de diccionario. Apenas escogí cuatro entradas para no hacer muy extenso este post. Pero creo que no quedé satisfecho y que más adelante me dejaré venir con otras tantas. Por ahora, acá están estas, como abrebocas.


Abogado
Esa disciplina llamada derecho no carece de interés. Lo que es insoportable son los abogados. Nunca he pasado más de cinco minutos en compañía de un abogado sin tener que bostezar –en el mejor de los casos– o sin sentir que un amasijo de bilis y rabia me empieza a subir por el esófago. Detrás de su palabrería retorcida, los abogados no tienen otro oficio que demostrar que aquello que es inconveniente y está mal hecho sí se puede hacer legalmente, y que en cambio aquello que está bien hecho y conveniente es ilegal.

Voy a poner un ejemplo de abogado en acción. Está uno, digamos, en una asamblea de vecinos de un edificio. Nada del otro mundo. Todo parece claro, nítido, decidido y resuelto. Se le aumenta el sueldo al portero, se cogen las goteras y se permiten los perros. Listo. Ya todos (ingenieros, amas de casa, poetas) se pusieron de acuerdo en diez minutos. Va a acabarse la reunión, que por suerte fue tan corta. En ese preciso instante, desde el fondo la sala, con fingida humildad, con una medio sonrisita, pide la palabra el Abogado. Se pone de pie, carraspea para aclararse la voz, se acomoda el nudo de la corbata, une las manitas en ademán de recogimiento, prolonga su silencio dramático, y al fin empieza a pronunciar un enredajo que desbarata todas las decisiones ya tomadas. Parece que lo más conveniente, según un artículo del reglamento de la copropiedad, sería coger al portero, permitir las goteras y prohibir los perros. O bien, eso depende, pagar por los perros, prohibir las goteras y echar al portero. De repente todo el mundo está confundido y en desacuerdo; nace la discordia; todos temen estar violando la ley; lo que parecía claro se vuelve oscuro y eso hace que se formen tres o cuatro bandos; comienza un alegato, la gente empieza a insultarse, la reunión se prolonga tres horas y va ya para eterna.

En ese momento vuelve a pedir la palabra el Abogado (las mismas manitas, el mismo carraspeo, el mismo silencio previo) y se ofrece para mediar. A cambio de una modesta, casi simbólica remuneración, dice, él estaría dispuesto a hacerse cargo de un detallado estudio jurídico del caso. La asamblea aplaude, con ganas de irse a dormir. Y deja todo en manos del jurisperito. Meses después el asunto sigue sin resolverse (las goteras cayendo, el portero bravo, los perros encerrados). El abogado se niega a dar el concepto hasta que no se le cancelen los honorarios. Al fin da su concepto: subirle el sueldo al portero, coger las goteras y permitir los perros. Suspiro de alivio.

En un país de abogados (y sobre todo, de abogados metidos a políticos) el oficio fundamental del gobierno y de la oposición no es ayudar a resolver los problemas, sino buscarle la caída jurídica a cualquier solución. Lo típico de los abogados es que nunca están buscando soluciones, sino problemas. Mejor dicho: ellos le ven el problema a cualquier solución. Y en manos de gente así, desde los tiempos del prócer Santander, está nuestro país. Oyéndolos discutir uno comprende por qué en Colombia no vivimos en “el imperio de la ley”, como dicen ellos, sino en el paraíso de los leguleyos.


Cita
Y entonces uno, harto de soledad y hambriento de pareja, acepta una cita a ciegas. Una vieja amiga hace el contacto. Te asegura que esa que te va a presentar (ella y tú, tú y ella), parecen hechos el uno para el otro, almas gemelas, espíritus mellizos, cerebros clonados que sólo por caprichos de la mala suerte no se han encontrado en el mismo espacio y a su debido tiempo. Y uno confía en esa vieja amiga, sí. Ah, las viejas amigas, esas muchachas que se volvieron señoras sin que nos diéramos cuenta, esas viejas amigas con las que hay mucha confianza y ni un mal pensamiento, esas viejas amigas que nunca sabemos si nos quieren o nos guardan rencor, esas viejas amigos todavía jóvenes, pero que ya están (como tú hace cinco años) al borde de dejar de serlo, esas viejas amigas que dicen conocerte como la palma de la mano, que se dicen expertas en tus gustos y apetencias, sí, ellas se encargan de concertar la cita.

Antes de la cita, como abrebocas, está la descripción de la víctima. La edad nunca la saben bien, es algo indefinido, de más de veinticinco y menos de cuarenta, pero es como te gustan, dice, ni rubia ni morena (¿y de dónde ha sacado que no te gustan ni rubias ni morenas?), culta (¿y quién ha dicho que te chocan las incultas?), alta (¿cuándo ha dicho alguien que la buscas alta?), más delgada que gorda, más paisa que costeña, con unas piernas largas, hizo una maestría en algo que podría ser, da igual, ciencias políticas o arte y decorado. Nada se saca en claro y pedir una foto sería de mal gusto, pues uno busca el alma, no el pecho ni el partido. Habrá que verla. Porque la cita es a ciegas, pero el amor no puede serlo.

Sigue la llamada por teléfono. Es tan difícil, en tres frases, saber por la bocina cómo es alguien. Ni bien ni mal parece, una voz alegre, descomplicada, bien dispuesta, sí, la vieja amiga mutua ya le había avisado, ella nunca lo hace, tampoco, eso de salir a ciegas, pero en fin, ¿cuándo? Y ahí viene un grave error, el viernes por la noche, a comer, te recojo a las ocho, mejor a las siete y media, para tener más tiempo. Viene luego la ilusión de la semana. Estamos en martes, tres días de agonía, cómo será, cómo será. La vieja amiga te asegura que esa es, que esa sí es, que esta al fin sí es, tu media naranja, tu zapatilla de Cenicienta, tu anillo al dedo, tu casa tibia, tu comida caliente, tu agua fresca.

Llega el viernes. La ducha vespertina, la afeitada triple, la loción, la camisa más blanca, los bluyines menos viejos, el carro aspirado. Sigue el timbre, el malestar en la boca del estómago, la impaciencia. Al fin la puerta se abre, ahí viene, algo increíble, qué sonrisa, qué cara inteligente, qué cuello (no sigamos bajando, por pudor). Pero no, hay un error, no es ella, pasa de largo, es de otro, es ajena, se saluda de beso con un muchacho en la esquina, no era ella. Y alguien te toca el hombro, unos dedos largos y afilados, las uñas con barniz, y pronuncia tu nombre entre los signos de interrogación. ¿Sí? Y pronuncia tu nombre en tono afirmativo. No puede ser. Y es. Te queda de consuelo un pensamiento: ojalá sea inteligente.

Quizá lo sea o no, difícil saberlo porque hay algo peor: la decepción fue mutua. Dos especies, un ratón y un pájaro que caen en la misma trampa, en la misma jaula, a la misma hora, y ya no pueden salir de ahí. Apenas son las siete y treinta y cinco, imagínense, es viernes, la noche por delante, la comida, los temas que no llegan. Vas al baño y te miras al espejo. ¿Qué estoy haciendo aquí? Te demoras todo lo que puedes. No importa que piense que sufro de la próstata. Mejor. Miras el reloj: ni siquiera las ocho. Pero antes de las once, un viernes, llevarla, sería una vergüenza. Ponerse una sonrisa en la boca, como una estampilla, y aguantar. Si hubiera sido un cafecito, un jugo por la tarde, todo sería soportable. Si hubiera sido un rato, por la noche, ya el rato estaría llegando a su final. Van a traer el postre, el tinto, otro vasito de agua, otro rato en el baño. Los dos se miran con desesperación. Callados, coinciden al menos en un pensamiento: ambos odian a la misma persona, a esa vieja amiga que tanto los conoce.

Después de la agonía de dos horas que parecen cuatro, dan las once. Es un alivio. Y saber que nunca más volveré a verte.

Claridad
Hay una tira cómica en la que Justo y franco pasan frente a una guardería infantil en cuya puerta hay un cartel que dice: “Lección de hoy: habilidad de comunicación no verbal con énfasis en la capacidad de poner fin en forma simbólica y formal a una relación personal en progreso por medio de normas semánticas gestuales”. Justo le explica al otro: “Quiere decir que les están enseñando a los niños a decir adiós con la mano”. Los comics, para hacer reír, exageran; pero en este caso están copiando literalmente la realidad de la jerga supertécnica y casi incomprensible con que se expresan hoy en día los maestros.

El uso permanente de esta jerga profesional, que complica inútilmente el lenguaje corriente, se debe a que a nuestra universidad le cayó una peste afrancesada: creer que para ser profundos hay que ser oscuros; creer que lo muy culto, lo muy inteligente, es lo poco claro, lo estrictamente técnico. En esta escuela de oscuridad se forman muchos de nuestros maestros y de ahí su tendencia a usar palabras rebuscadas, casi ridículas por altisonantes, giros de lenguaje complicados y a veces incomprensibles.

Tal vez en un congreso de especialistas, en el que la finalidad sea deslumbrar a colegas académicos, se justifique usar el lenguaje técnico de algunos pedagogos. Pero seguir usándolo en las relaciones cotidianas, y lo que es peor, en el contacto con niños, adolescentes y padres de familia, es un error grave. Más todavía, un error sospechoso. La jerga técnica es un escudo de tímidos, en el mejor de los casos. Pero más probablemente esconde una debilidad de pensamiento o un límite de la expresión corriente.

Los padres de familia estamos cansados. Los profesores ya no dicen que les están enseñando a leer y escribir a los niños, como diría cualquier cristiano, sino que están “implementando los mecanismos tendientes a coadyuvar en el proceso de apropiación de competencias en las capacidades de lectoescritura”. Uno queda cansado en el solo intento de descifrar ese tipo de frase; queda tan cansado oyéndola o leyéndola que ya no quiere saber cuál es la idea.

Esta peste es más dañina en la escuela que en cualquier otra institución, porque si un requisito se le debe exigir antes que cualquier otro a un profesor, es el de ser claro. Claridad, claridad, claridad. La primera virtud que debe cultivar un maestro (y por supuesto los maestros de maestros) es la claridad. Entendernos, con palabras sencillas, haciendo simple lo complejo. Hay, es verdad, materias que son difíciles, complejas; pero yo no me refiero a la complejidad intrínseca que tienen, por ejemplo, las nociones de la física cuántica. La complejidad que hay que combatir es esa complejidad adicional e inútil que se pone muchas veces en las materias humanísticas, y cuyo único fin es deslumbrar con grandes palabras en vez de iluminar con palabras simples.

El gran filósofo –que también fue pedagogo– Bertrand Russell era profundo y claro al mismo tiempo y exigía ante todo que las cosas se plantearan de una manera comprensible para todos. Lo que no se puede decir claramente es porque no se lo ha pensado claramente. ¿Para qué decir “el día que viene después de ayer y antes que mañana”, cuando tenemos la clarísima expresión hoy? Hablar y escribir no es poner acertijos y adivinanzas, es comunicarse con otros, hacerlos que participen de lo que pensamos.

La sospecha que se siente al ver que los profesores se escudan en la oscuridad es que tal vez, en el fondo, están envolviendo su ignorancia, su pobreza de ideas, en grandes palabras. Si un rector dice: “la concreción de los objetivos se podrá alcanzar en la medida de las concepciones que al interior del discurso escolar representen los elementos más conspicuos del estamento”, es posible (es seguro) que los oyentes o lectores no le entiendan nada. Pero como todos somos inseguros y el rector es una autoridad, tendemos a atribuirnos a nosotros la incapacidad de comprender el seguramente hondísimo planteamiento del rector. En cambio deberíamos ser capaces de denunciar semejante esperpento y exigir que se nos aclaren los términos, que nos hablen en una lengua comprensible. Es necesario un niño inocente que al fin sea capaz de gritar que el rey está desnudo, como en la famosa fábula. Esos discursos están desnudos, no tienen ningún fondo, son basura retórica. De otra manera no tendremos la posibilidad de evaluar y discutir, de construir un pensamiento crítico. Esta oscuridad desemboca en confusión, y la confusión en silencio, en ausencia de crítica, en oscurantismo.

Elegancia
Algunos preceptos elementales:
1. No hay nada tan de mal gusto como vestir a la última moda.

2. Estrenar es una indiscreción. Cuando los ingleses sabían comportarse con dignidad, no se ponían jamás un par de zapatos nuevos sin que antes los hubiera usado su mayordomo por una buena semana. En este caso la elegancia, como de costumbre, coincidía con la comodidad.

3. Antes y después de la comida se pueden poner los codos en la mesa. Durante no, porque el plato queda así muy lejos de las manos y de los cubiertos.

4. La gente que de verdad tiene autoridad o poder no los demuestra jamás llamándole la atención a alguien delante de otros.

5. Garchamarcuets. ¿Qué es eso? Nadie lo reconocería, pero es la forma como algunos italianos pronuncian el nombre de García Márquez. Pronunciar mal los nombres extranjeros no está bien. Pero es aún peor los que pronuncian toda palabra extranjera como si fueran nativos o como si su lengua materna fuera el esperanto. Lo que está bien es acercarse a la fonética de la lengua original, sin forzar demasiado la de la propia.

6. Una belleza demasiado evidente es ofensiva. Las personas que padezcan esta calidad deberán –como anota Gracián– “disimular la hermosura con desaliño”.

7. No decir que sí la primera vez. No decir que no (si tenemos ganas) la segunda vez. No pedir ni invitar ni insistir después del segundo no.

8. En la mesa: contra toda intuición hay quienes recomiendan comer mucho en casa de los pobres y casi nada en casa de los ricos. En ninguna de las dos llevarse el mejor pedazo, o el más grande. No acabar con los pasantes. No secuestrar la botella de vino que trajo un invitado. Si la salsa está muy buena, no es tan feo recogerla con un trozo de pan. Pero no limpiar tanto el plato que en la cocina se olviden de lavarlo.

9. No dar palmaditas en la espalda. ¿Tal vez a un amigo en un velorio?

10. Hay dos mujeres juntas, una mayor y otra menor. Se parecen. Jamás preguntar s la mayor es la madre. Nunca lo es. Y si lo es, también se ofende. Tampoco preguntar si son hermanas: se ofenderá la hija.

11. En público uno no se corta ni se limpia ni se muerde las uñas; no saca ni se saca espinillas; no se peina; tampoco se rasca parte alguna. Se puede hacer una excepción si acaban de picarlo las hormigas.

12. Después del primer encuentro corporal, dice una experta en buen tono, Lina Sotis, “jamás hay que preguntar: ‘¿te ha gustado?’, como si fuera una película. Eso lo dirá el futuro”.

13. Hay que usar con cautela la verdad y la mentira. La primera puede ser cruda, de una crueldad inútil, y la segunda elegante. Mi abuela, a los ochenta años, fue visitada por un novio que había tenido a los veinte. Él le dijo: “¿Qué se hizo, Victoria, tu pelo negro, tu piel, qué le pasó a tus manos? ¿Cómo es posible que hayas cambiado tanto?”. Mi abuela le respondió: “Tú en cambio estás idéntico, Robertico”.

14. Nada tan inelegante como dictar preceptos sobre la elegancia.


Lo fusilamos de: Héctor Abad Faciolince, Palabras sueltas, Bogotá, Seix Barral, 2002, 250 páginas.









lunes 10 de marzo de 2008

Lara, de Nahum Montt



No sé a ustedes, pero a mí no me gusta que me inflen los libros. Veo el librito de 140, 150 páginas y al abrirlo encuentro unos márgenes amplísimos, una fuente de tamaño familiar, y me decepciono un poco. Esto no es problema del autor: si una historia se cierra a las 80 páginas se cierra ahí y ya está –y siempre es más valorable, al menos en materias literarias y por supuesto en no todos los casos, la contención que el desborde–. Es estrategia de las editoriales, que quieren vendernos como novela algo que tiene la extensión de una nouvelle. Apreciaría uno que no les diera miedo sacar al mercado breviarios de 80, 90 páginas, que bien bellos son y además le permiten a uno saber a qué se enfrenta antes de arrancar la lectura. Esta novela tiene 214 páginas, pero el diseño interior es de una munificencia tal que bien podría tener 120, en todo caso no más de 140 páginas.

La novela reconstruye los últimos meses de vida de Rodrigo Lara Bonilla, desde su nombramiento como ministro de Justicia hasta su asesinato por sicarios contratados por Pablo Escobar y otro grupo de mafiosos. Tiene una prosa vertiginosa, y ésta es su más grande virtud y su más problemático defecto: por la extrema velocidad se sacrifican precisiones en la línea temporal, en la ubicación geográfica, y el lector se siente a veces perdido: ¿Dónde están estos personajes? ¿Quién es éste que acaba de aparecer? ¿Qué pasó al fin con el cheque del mafioso que comprometió la credibilidad de ministro? ¿Cómo fue el asesinato? ¿Quién está hablando?

Durante la lectura me pregunté si alguien poco familiarizado con los eventos entendería bien la línea temporal, los caracteres de los personajes implicados, los propios sucesos. Pensé en lectores menores de 30 años, en personas de fuera del país, en distraídos respecto a la historia nacional. Yo estuve muy cerca de esa historia (y cuando digo esto quiero decir, literalmente, muy cerca: el sicario que apodaban “Quesito” y que disparó contra el ministro ¡estudiaba en mi colegio!, el novio de mi hermana en esa época trabajaba en el Nuevo Liberalismo y en casa se hablaba mucho del tema, de los personajes de esta historia…), la conozco, y muchas veces durante la lectura tuve que volver sobre las páginas, hacer memoria, reconstruir los eventos para no perderme. Y no estoy hablando de traiciones a la historia: estoy hablando de traiciones a la construcción de una peripecia novelesca.

“Creo en el sagrado derecho del espectador a la elipsis”, dijo Antonio Gasset Dubois en una entrevista que leí mientras preparaba el post anterior. Adhiero al comentario de Gasset, pero esas elipsis tienen que estar muy bien sujetas para no embolatar al espectador, o al lector en el caso de una novela.

A partir de la cuarta parte, “Tranquilandia, bienvenidos”, L