miércoles, 3 de febrero de 2016

Instrumental, de James Rhodes



 No todo el mundo está preparado para el segundo capítulo de estas memorias. Hay que tener el pellejo duro. Aunque lo más seguro es que no haya lector que no se quiebre. En ese segundo capítulo de este libro es difícil no aterrarse, o no conmoverse hasta la lágrima, o no quedarse pasmado. A mí me pasó esto último. Porque aquí, a estas alturas del libro, vemos cómo un niño feliz y seguro y brillante se convierte en un autómata sombrío. Y no hay atajos ni elipsis:

Que un hombre de cuarenta años le meta la polla por el culo y a la fuerza a un niño de seis años no se puede considerar abuso. Es muchísimo más que un abuso. Es una violación con ensañamiento, que provoca múltiples operaciones, cicatrices (internas y externas), tics, trastorno obsesivo-compulsivo, depresión, ideación suicida, enérgicos episodios de autolesiones, alcoholismo, drogadicción, los complejos sexuales más chungos, confusión de género (“pareces una chica, ¿estás seguro de que no eres niña?”), confusión sexual, paranoia, desconfianza, una tendencia compulsiva a mentir, desórdenes alimenticios, síndrome de estrés postraumático, trastorno disociativo de la personalidad…

Y apenas vamos por la página 35. Este es el tono de las memorias del pianista británico James Rhodes. Quienes a veces pasamos por el canal Film & Arts lo vimos hace unos años en el programa Piano Man, donde presentaba obras musicales que le gustaban condimentadas con la biografía del compositor o de algún intérprete famoso de la pieza, detalles de la obra, complejidades y secretos, en fin, todo muy entretenido y divulgativo. Daban ganas de oír música. Y llamaba la atención la facha desaliñada del tipo, su pasión purísima por la composición y la interpretación, los escenarios donde acomodaban el piano. Que interrumpiera para fumar o para comentar algún pasaje, así sin más, sin las ceremonias y engolamientos con que normalmente se disfraza a la música clásica o culta —no sé cuál de estos dos apelativos me cae más gordo.´﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽e una vez, ni dos: fuela me que fue violado a los seis años por su profesor de gimnasia. Y no fue una vez, ni dos: fue

Estas memorias repasan sin compasión la vida atormentada de Rhodes desde que fue violado a los seis años por su profesor de gimnasia. No fue una vez, ni dos: fueron cinco años, hasta que cumplió once. Y, a partir de ahí, todo lo que leímos en la cita de arriba. Sorprende el ejercicio tan minucioso de autoreconocimiento, de repaso por la propia tragedia y las secuelas de ese evento tan radical, tan traumático. Como que se regodeara en sus heridas y se entretuviera en revisar sus causas y sus secuelas, como el general que visita el campo de guerra después de la batalla. Aunque no se crea que el libro es una enumeración de vejámenes, quejas y victimización. Lo es en parte, pero también es el relato de la redención de su autor a través de la música. Lo dice sin ambigüedades desde muy temprano: Bach le salvó la vida.

En Instrumental usa una estructura inspirada en su programa televisivo: los capítulos tienen el nombre de una pieza musical, y cada uno de ellos comienza comentando esa pieza: quién era el compositor, en qué condiciones la creó, cómo fue recibida… Curiosidades que despiertan curiosidad. Incluso hay una lista en Spotify donde uno puede oír las obras mientras va leyendo. Y vale mucho la pena hacer el ejercicio, aprende uno un montón.

Luego de esa introducción de una página o dos, se detiene en algún momento de su vida. La prosa tiene un estilo fresco, supuestamente espontáneo que le sale muy bien. Y digo supuestamente porque en la escritura no hay nada espontáneo. Todo rasgo espontáneo en la escritura es fingido, preparado. El secreto es que no se note, y Rhodes lo logra. No obstante, en esta edición de Blackie Books por momentos empieza a cargar la traducción de la jerga callejera española. Pero no hay nada qué hacer: los lectores de este lado del Atlántico desde hace años nos tenemos que tragar los gilipollas, los capullo, los estúpidos guay del Paraguay de las traducciones que nos llegan desde España.

Cuando la tormenta ha pasado y consigue en su vida algo de estabilidad, vemos que faltan aún sesenta páginas, y nos preguntamos si la va a cagar otra vez —otra—. No voy a contestar esta pregunta para no arruinar la lectura. Sólo diré que con esa frágil estabilidad que consigue después de mil intentos, y gracias a la música, a su hijo, a su mánager, se ocupa un poco de la propia música, más concretamente de la industria musical: sellos, productores, premios, promotores, periodistas. Y les pega una patada deliciosa, que encajaría muy bien en todo el aparato de la música pop incluso aquí en Colombia.

También da unas cuantas recomendaciones, algunas que no deberíamos dejar pasar como esta: “En el colegio, los niños que están sufriendo abusos tardan demasiado en responder a preguntas directas, y se muestran evasivos y sobresaltados. Los tildarán de ‘difíciles’, ‘tontos’, ‘aquejados de trastorno por déficit de atención’, ‘rebeldes’. No lo son. Los están jodiendo de un modo u otro. Indagad” (p. 68).

Las páginas finales son un canto a la creatividad y al emprendimiento. A tenerle amor a lo que se hace. Y una invitación a buscar la manera de no ser un adocenado:

Podemos funcionar (a veces de maravilla) con seis horas de sueño por la noche. Durante siglos, ocho horas de trabajo han sido más que suficientes (no deja de ser irónico que trabajemos más horas desde que se han inventado Internet y los smartphones). Con cuatro horas de sobra para recoger a los niños, adecentar el piso, comer, limpiar y el resto de etcéteras, nos quedan seis. Trescientos sesenta minutos para hacer lo que queremos. ¿Lo que queremos es limitarnos a atontarnos y hacer aún más rico al directivo discográfico Simon Cowell? ¿Pasar el rato en Twitter y Facebook buscando un romance, un bromance, gatos, partes meteorológicos, necrológicas y cotilleos? ¿Emborracharnos nostálgica y desastrosamente en un pub en el que ni siquiera se puede fumar?

Instrumental es un libro importante. Potente. Va mucho más lejos incluso de la terrible historia de vida que relata. Muestra el dolor, la crueldad, las abrumadoras secuelas de un trauma infantil, pero también el otro lado, el de la compasión. Y por eso es un libro bello. Porque, en últimas, es una historia de redención. De redención a través de la creatividad, la música, la pasión. Y es una invitación a buscar la inspiración donde sea y a aprovechar mejor el tiempo que tenemos en la Tierra.



James Rhodes, Instrumental. Memorias de música, medicina y locura, Barcelona, Blackie Books, 2015. Traducción de Ismael Attrache.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

La guerra perdida del indio Lorenzo, de Rafael Baena



El pasado 4 de diciembre presenté la más reciente novela de Rafael Baena en la librería Luvina, en el centro de Bogotá. Tenía esta reseña escrita y lista para publicarla por aquí en estos días cuando me sorprendió, como a muchos, la noticia de la muerte de Rafael. Como el mejor homenaje que podemos hacerle a un escritor es leerlo, aquí está mi comentario sobre la novela, a manera de invitación a leerla y a honrar la memoria de Rafael Baena, gran ser humano, gran periodista, gran escritor.
  

Quien no conoce la historia está condenado a oír a Diana Uribe. Está bien, no: es un chiste flojo a partir de la famosa frase de Santayana, o de quien la haya dicho. Otra frase célebre y también cierta es que el único compromiso que tenemos con la historia es reescribirla. Algo así hace Rafael Baena con la historia de Colombia; y como dice la cintilla promocional de este libro, escrita por Darío Jaramillo Agudelo, lo hace en forma de novelas de aventuras.

Si nos atenemos a los infaltables del género aventuras tenemos que estar de acuerdo con eso. En las novelas de Rafael Baena hay un héroe, acciones trepidantes, cambios frecuentes de fortuna, viajes, intriga: todo lo que tiene un relato de aventuras canónico.

La guerra perdida del indio Lorenzo está ambientada a comienzos del siglo XX en Panamá, cuando Panamá era un departamento de Colombia. Su narrador y protagonista es Vicente Orduz, veterano de las guerras de independencia de Cuba y de la llamada Guerra de los Mil Días en Colombia. La novela es una carta extensa que Orduz escribe a su sobrino, y que se queda sin enviar justamente por su extensión. Decepcionado por la falta de carácter de sus generales durante la batalla de Palonegro, perseguido por vencedores y vencidos, sin poder acercarse a la hacienda familiar en Santander, Orduz termina en Panamá intentando armar los pedazos en que ha quedado convertida su vida. Pronto le puede el llamado de la batalla al lado del ejército liberal que se organiza en el istmo para combatir al régimen conservador cómodamente instalado en Bogotá, un centro que aparece a los panameños lejano e indolente.

Allí combate al lado de Valeriano Lorenzo, un indio proclamado general “en virtud de la voluntad del pueblo” (p. 72). Orduz tiene una idea fija: instalar en el ejército insurgente un batallón de caballería ligera que entre al combate esporádica y rápidamente, con ataques quirúrgicos a las líneas enemigas. El objetivo de Lorenzo es encontrar un lugar para su gente en los acuerdos de paz que se firmen con el gobierno conservador. Por el papel de Orduz como estafeta cercano a la cúpula, tenemos oportunidad de asistir a su lado a la manera en que se planea la toma de Colón y el sitio a la ciudad de Panamá. Pasan frente a nuestros ojos y nos llevamos a los sueños unos combates vívidos, pequeñas victorias y derrotas espantosas. Baena es un guionista nato, y sabe que el poder de la literatura está en mostrar y no decir. En esta novela, como en todas las otras del autor, hay imágenes poderosas de acción, de la estrategia militar, de las batallas que libran sus personajes. Justamente las batallas que fueron armando poco a poco lo que es la Colombia de hoy.

Y cuando digo lo anterior no sólo me refiero al territorio: también el alma nacional fue construyéndose en esas guerras sucesivas, en esos años cuando todo estaba bullendo en esta esquina de América del sur. En el siglo XIX y primeros años del XX fue configurándose una suerte de espíritu nacional, y lo que se ve da un poco de vergüenza: un alma blandengue, acomodada, incapaz de grandes sacrificios por un bien mayor y colectivo. Colombia es un país que no ha tenido un gran proyecto conjunto como nación, y por eso a la hora de las verdades cada uno tira para su costal. En una carta al general Belisario Porras, Victoriano Lorenzo menciona “las intrigas de ciertos personajes que anteponen sus intereses mezquinos a los principios de la causa rebelde” (p. 110). Orduz “no tenía ninguna duda de que los gestos de galantería entre los generales [que se carteaban con gran pompa en medio de la batalla] encubrían el contubernio de los miembros de una oligarquía cuyos miembros guerreaban en público y se abrazaban en privado antes de repartirse el botín” (p. 170).

En últimas, Colombia no perdió Panamá porque el gobierno central haya salido derrotado en la guerra con el ejército insurgente liberal, o con los gringos. La perdió por su falta de carácter: “Me alegra que se haya perdido Panamá” escribe Orduz hacia el final de su carta, “y me alegra que no nos hayan indemnizado de manera proporcional al perjuicio recibido. A ver si así aprendemos de una vez a valorar lo que somos y lo que tenemos. Nos merecemos ese castigo por ser tan retóricos, por cobardes, por no haber estado a la altura de las circunstancias cuando el país más lo necesitaba, por ser tan brutos. En suma, por ser tan colombianos” (p. 221).

Viendo el manejo político y militar que se le ha dado al conflicto con las guerrillas, tanto entonces como ahora, los compromisos que se van asumiendo —y que sucesivamente se van desacatando—, viendo la torpeza con que el centro ve a la periferia y las reacciones de uno y otra frente a esta situación, es posible afirmar que cualquier parecido de esta novela con la actualidad no es mera casualidad, es que no conocemos la historia nacional. Y ya sabemos lo que pasa después.



Rafael Baena, La guerra perdida del indio Lorenzo, Bogotá Alfaguara, 2015.

martes, 24 de noviembre de 2015

Mick Jagger y los Rolling Stones, S. A.




Hay oficios en los que se puede envejecer con dignidad. Profesor, abogado, empresario de pompas fúnebres. Definitivamente, cantante en una banda de rock no es uno de esos oficios: miren a Charly García. Bueno, al lado de Charly cualquiera envejece con dignidad, incluso Mick Jagger. Aunque a estas alturas no se puede ver a Jagger como el cantante de una banda de rock. Quizá sea más favorable para él, para nosotros, para la historia, verlo como un actor viejo al que empresarios y público no dejan retirarse, y lo han encasillado en el papel de cantante de una banda rock. Un actor de 70 años, Caballero de la Orden del Imperio Británico, cuyo personaje mueve las caderas de forma provocativa y canta canciones que escribió con el corazón un chico rebelde hace cuarenta y cinco años.  

Porque hace cuarenta y cinco años Mick Jagger sí era el cantante de una banda de rock. De hecho, en esa época él mismo nutrió al personaje con rutinas que otros repitieron hasta el cansancio durante tres décadas, hasta el punto en que hoy están un poco envejecidas, son clichés: destruir habitaciones de hotel, llevarse a la cama a cuanta chica se asome por la fiesta, intentar pasar cocaína por la aduana durante una gira… Esas cosas que ya no se usan, o que si se usan son vistas como algo anticuado. Hace cuarenta y cinco años tampoco se usaban, pero Mick y sus compadres en la banda —Keith Richards, Brian Jones, Charlie Watts, Bill Wyman— las inventaron. Fueron los pioneros, los que crearon el manual de comportamiento de la estrella de rock estándar.

Pero vamos a lo importante, de lo que se trata todo este asunto: hace cuarenta y cinco años, quizá un par de años más, Mick Jagger y Keith Richards empezaron a componer algunas de las mejores canciones de todos los tiempos. “Heart of Stone”, en 1965. “Let’s Spend the Night Together”, en 1967, y “Ruby Tuesday” ese mismo año… Y a partir de ahí, toneladas. Estuvieron haciendo buenas canciones, prensando álbumes implacables y haciendo conciertos inolvidables durante poco más de una década, entre el 67 y el 81 u 82. Justo mientras fueron una banda de rock.

Hace treinta años, en los ochenta, todavía hicieron algunas canciones buenas, aunque en ese momento las hicieron más con la billetera que con el corazón. Se empezaba a notar la fórmula, pero no se puede desconocer que el álbum Tattoo You, del 81, tiene temas inolvidables. Por favor: ahí está “Waiting On a Friend” para callarle la boca a cualquiera que se atreva a pensar lo contrario. Sin embargo, la de los ochenta es la década en la que los Rolling Stones dejan de ser una banda de rock y se convierten en una sociedad (nada) anónima, una empresa de la que Mick Jagger se autonombró representante legal.

Ha hecho bien su trabajo de empresario, todo hay que decirlo. Las bandas de hace tres décadas que no tienen que hacer conciertos por necesidad se pueden contar con los dedos de la mano, y los Stones son una de ellas. Esto es gracias a Mick Jagger y a su sentido práctico para manejar el dinero. Quizá la manera de hacerlo no fue la mejor: en los ochenta fue cuando negoció bien los conciertos y grabaciones de la banda para los siguientes años, pero también hizo un trato para lanzar su carrera en solitario. Su amigo desde el jardín de infantes, el guitarrista Keith Richards, lo vio como una puñalada por la espalda y nunca se lo perdonó. Siguieron juntos, pero ya no como amigos sino como socios. Y mientras Mick dejaba de ser cantante de rock para convertirse en estrella de rock, Keith fue puliendo su papel hacia el lado contrario. El marginal, la encarnación del rock and roll, el que nunca traicionó sus raíces. Etcétera: también es un papel. Pero esta nota es sobre Mick Jagger. Creo.

Mick se convirtió en “el buen Mick”. Pasó de ser el niño malo a ser el niño bueno. Así, sin medias tintas. Alababa los beneficios del jogging, se reunió con Margareth Tatcher, se casó con una modelo famosa —Jerry Hall, recién enlazada con Rupert Murdoch, sí, ese, el odioso magnate—, al tiempo que se convertía en play boy, otro oficio en el que no es posible envejecer con dignidad. Comía sanamente, tomaba —toma— jugos de fruta y agua mineral. Keith seguía menospreciándolo: en Vida, sus memorias, cuenta que “cuando yo era un yonqui, era capaz de jugar al tenis con Mick, ir al baño a ponerme algo, volver a la cancha y ganarle”. Agrega que el cantante que enloqueció mujeres a ambos lados del Atlántico lo tiene chiquito, y que “eligió la adulación, que es bastante parecida a la heroína: una evasión completa de la realidad”.

Mick respondería con comentarios acerca de la incomodidad de tocar —¿o dijo “trabajar”?— con un borracho. En fin. La carrera en solitario del cantante no fue muy exitosa, aunque Wandering Spirit, ya en la década del noventa, debió tener mejor repercusión. Es un disco verdaderamente bueno, desde las fotos de portada de Annie Leibovitz.

Desde esos años hasta ahora —con un par de excepciones—, la empresa ha tenido la línea de producción en movimiento. Unos cuantos temas nuevos cada cuatro o cinco años, súper gira, pelea, retiro, unos cuantos temas nuevos y vuelta a empezar. Todos los socios han estado a la altura, cada uno en su papel. Keith en el de truhán. Charlie Watts en el de ancla. Ronnie Wood en el de pasado. Mick en el de CEO. Keith Richards se ha encargado de repetir que los demás en la banda ven al cantante un poco ridículo en su papel de jefe, se burlan de él y lo llaman Brenda, por la escritora británica de novelas románticas Brenda Jagger. Pero gracias a “Brenda” han podido seguir haciendo lo que les da la gana y, sobre todo, recibiendo chorros de dinero. Que no es de lo que se trata una banda de rock, pero sí una empresa. ¿Estamos?



jueves, 20 de agosto de 2015

El subrayador, de Pedro Mairal


Este libro te invita a un viaje de aventura por el mapa de tus emociones. En una página estás muerto de la risa recordando al compañero de colegio que se distinguía por sus amplias y variadas capacidades escatológicas y a la siguiente estás enternecido casi hasta las lágrimas por la insalvable distancia que separa tu infancia de la de tu hijo. En un momento te das cuenta de las injusticias que extiendes cada día por el mundo, y al siguiente te consuelas con tu minúscula humanidad. Es, si me perdonan el cliché, una montaña rusa emocional. Por momentos hasta me provocó subir los brazos mientras estaba bajando a las profundidades del alma humana. Del alma mía.

Porque una de las más visibles fortalezas de estas instantáneas es la empatía. El autor sabe llegar hasta el alma de los lectores, sabe crear un espacio común, y encima encuentra la palabra exacta para ambientarlo. Sabe escoger eso que Gay Talese llama el momento significativo: ese instante cuando ves algo distinto en lo que está ocurriendo, esa sombra que pasa por el rabillo del ojo. La epifanía. Ya sabemos que más que una manera de escribir, la poesía es una forma de mirar. Pues bien, Pedro Mairal tiene esa forma de mirar; ha entrenado el ojo y la pluma en el cuadrilátero cordial de la poesía.

Estas piezas breves siempre van más allá de la aparentemente trivial peripecia que narran, o de los espacios y personajes cotidianos que describen. Y ahí está su encanto. Tres, cuatro, cinco parrafitos perfectos cada pieza, a veces uno nada más. Párrafos perfectos porque están armados con precisión y cosidos con imágenes poderosas: “Me rompí la espalda cargando mis libros, que pesan como árboles tumbados” (“La mudanza analógica”, p. 146); “las medusas como latidos de gelatina” (“El mudo de Berlín”, p. 135); “El otro día el chico de la verdulería partió una sandía en dos y empezó el verano” (“Los mirones”, p. 64).

Lo mejor de todo es que Libros del Laurel, la preciosa editorial chilena que lo publica, se distribuye en Colombia —o al menos en Bogotá— a través de Babel Libros. Para terminar y dejarlos ir por el libro de una vez, transcribo una de las tantas bellezas de El subrayador. Buen provecho.


Excursión libresca

Los colegios suelen llevar a los chicos de excursión. Los padres firman un permiso y el alumno puede entonces ir de paseo con todos sus compañeritos al Zoológico, al Planetario, al Museo de Ciencias Naturales, a la Rural o a la Feria del Libro, bajo la custodia de dos o tres maestras al borde del colapso. 

De esas salidas grupales, los niños suelen preferir la de la Rural. Ahí se pueden juntar calcomanías, hay promotoras atractivas, se pueden ver animales —como los chanchos— que presentan dimensiones genitales sorprendentes, las vacas largan sin pudor unas bostas humeantes y sonoras. Todas cosas que a los niños les encantan. La Feria del Libro, en cambio, no presenta tantas diversiones. De hecho, esa excursión fue un momento traumático de mi infancia. 

Me acuerdo de que “la Serrano”, una de las profesoras que nos llevaban, fumaba como una chimenea (en esa época todavía las profesoras fumaban al lado de los alumnos). Ese año la feria estaba dedicada a La Divina Comedia. No nos entusiasmaba mucho el programa. En la entrada había una inscripción en italiano que decía: Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate. ¿Qué dice ahí, profesora? Abandonen toda la esperanza los que entran acá, dijo la Serrano. 

Nos pasearon entre puestos de libros, con esa idea extraña de que la cultura se transmite por ósmosis. Era como ver tapas de videos. ¿Para qué venimos acá, profesora? La Serrano no contestaba. Seguimos por los pabellones; no había animales, ni muestras gratis, sólo unos folletos, y vasitos de Fernet pero no era para niños. La quinta vez que le preguntamos a la Serrano para qué estábamos ahí, la tipa se hartó, se dio vuelta y con el pucho en la boca, dijo: “Para que vean todos los libros que van a tener que leer en su vida”. Nos quedamos callados, mirando ese océano de libros que nos rodeaba. Me acuerdo de haber pensado: ya no llego.



Pedro Mairal, El subrayador, Santiago de Chile, Libros del Laurel, 2014.