miércoles, 29 de mayo de 2013

El subrayado es mío: Las luces de Paris



Con el título “El poder de la superficialidad”, una versión ligeramente distinta de esta nota apareció en la revista Credencial, número 317, abril de 2013.


La página Yahoo Respuestas es una de las más divertidas de internet. Cualquier pregunta, por extravagante que usted crea que es, ya alguien la hizo antes. Y lo más gracioso: otro ya se ocupó de contestarla. Hace dos años un usuario llamado Anto preguntó los nombres de los perros de Paris Hilton. La mejor respuesta, según calificación de los usuarios de la página, la dio Manuel E: “¿Es de mucha importancia conocer esos nombres? ¿Es de vital importancia?”.

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Investigando para esta nota me enteré de que para los más avezados conocedores del mundo del espectáculo Paris Hilton no es una celebridad sino una celebutante, esto es, una combinación de celebridad y debutante.

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No nos engañemos: Paris Hilton es fea. Es una fea con plata, una fea arreglada. Prácticamente todas las fotos la muestran con una odiosa “cara de pato”, pero no es porque siempre esté haciendo un mohín: es porque efectivamente tiene cara de pato. Tiene el cráneo muy grande para sus rasgos faciales, los ojos anodinos, una giba en la nariz. Tampoco está buena: el trasero escurrido, las piernas muy flacas, las clavículas expuestas siempre, rodillas de niño. Mucho hueso. Claro, todo es cuestión de gustos.

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Lo que la diferenciará para siempre de las otras celebridades es que Paris Hilton primero creó una marca y después agregó productos a esa marca. La marca es Paris Hilton. Luego llegaron los perfumes, la ropa para mascotas, los zapatos y bolsos, el disco y ahora, válgame Dios, los hoteles. Nunca antes se había hecho mercadeo de esa manera.

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Rick Salomon, Jason Shaw, Benji Madden, Dough Reinhardt, Nick Carter, River Viiperi… Paris Hilton ha tenido tantos novios, tantas aventuras de verano, tantas conquistas de una noche que ni siquiera ha tenido tiempo para una boda relámpago.

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La estrategia de crear la marca y luego agregarle productos no se la inventó ella sino su agente por casi diez años, Jason Moore. Él la acompañó en su ascenso al estrellato. Se separaron en 2009 porque la esposa de Moore no soportaba el tiempo que su marido le dedicaba a su cliente. Mire usted: justo desde 2009 Paris Hilton dejó de ocupar su puesto fijo —y diario— en las noticias de farándula.

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“El omnipresente mundo de la celebridad —que ahora interconecta el entretenimiento, la política y las noticias— es dominado por expertos, sofisticados mánagers que entienden el ADN, la química de la fama, y saben cómo crearla. Ellos pueden dirigir las cámaras hacia donde escojan. Internet puede poner cualquier rumor en movimiento, no importa si es cierto o no. La realidad se puede crear, interpretar. Bienvenidos al mundo de la telenovela real, donde la celebridad vende de todo, donde nuevas y complejas historias personales se sirven de manera entretenida, y luego se convierten en películas, en las cuales cada vez se vuelve más difícil separar los hechos de la ficción”. (Maureen Orth, The Importance of Being Famous, New York, Henry Holt and Company, 2004. Traducido para la revista El Malpensante.)

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No debe ser nada fácil posicionar una marca que no ofrece ningún producto tangible, que apenas es un nombre. Igual de complicado supongo que debe ser mantener esa marca, e ir agregándole productos. Ayuda ser heredera y tener un apellido reconocible por todo el mundo. Pero se requiere también ojo afilado para seleccionar los productos y para escoger el grupo de colaboradores, ejercer un monitoreo permanente sobre todos los aspectos de esa marca y de lo que mueve. Y, sobre todo, se requiere entrar a saco en los medios de comunicación.

Paris Hilton lo hizo. Eso demuestra que no es ninguna tonta. Quizá tampoco sea inteligente, pero viendo las decisiones que ha tomado, al menos desde el punto de vista empresarial, podemos decir que es sagaz. 

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El ser humano se complace en celebrar sus logros, pero se regocija más con el fracaso de los otros. Y si esos otros tienen dinero, nombre y prestigio, mejor. Paris Hilton le dio todo al respetable público. Ella o su mánager, qué más da inventó el ahora viejo truco del video porno como estrategia. Cuando apenas era conocida como una heredera amante de la juerga apareció en Internet su performance con un exnovio en la cama de un hotel. Una semana después se estrenó el primer reality donde apareció Hilton, The Simple Life, en el que se iba a vivir con su mejor amiga a una granja, lejos de los lujos de Los Ángeles y Nueva York. Era un plato demasiado suculento para perdérselo: el capítulo de estreno tuvo 13 millones de televidentes, todo un récord para ese tipo de programas.

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Además de astucia para los negocios, Paris Hilton ha demostrado ser muy ocurrente. Ha soltado frases memorables por divertidas, por frívolas, por desenfadadas: “Debes vivir todos los días como si fuera tu cumpleaños”, “Yo no pienso, sólo camino”, “Pedir Coca Cola Light es de gordas”, “No importa cómo luce una mujer. Si es segura, es sexy”, “¿Qué es un comedor de beneficencia?”, “Una verdadera heredera nunca es cruel con nadie, excepto con una chica que se roba a su novio”.

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El más reciente reality de Paris Hilton prometía desnudar como nunca antes su vida privada. Se llamó El mundo según Paris y se estrenó en el segundo semestre de 2011. Su capítulo de estreno tuvo 400 mil televidentes. Nunca pudo levantar el rating, por lo que no se renovaron los contratos para la segunda temporada.

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Marilyn Monroe, Dolce, Prince, Harajuku Bitch, Prada, Tinkerbell… bah. “¿Es de mucha importancia conocer esos nombres? ¿Es de vital importancia?”.


viernes, 24 de mayo de 2013

Óscar y las mujeres, de Santiago Roncagliolo




Oscar Coliffato está acabado. Su novia Marcela lo ha dejado, no avanza en el libreto de la telenovela que escribe y se acerca el comienzo de la grabación. La vecina lo molesta, el perro de la vecina lo molesta, el mundo lo molesta. Coliffato es un maniático: no usa jabón en pasta para reducir el riesgo de pisarlo y morir desnucado en la ducha. Siempre viste de negro “para conservar el calor” y nunca se quita sus gafas oscuras. No soporta a nadie, no tiene carro, nunca ha mercado, es un poco fóbico con los microbios. “No eran extravagancias. Al contrario, eran la forma civilizada de protegerse ante la extravagancia del mundo”, dice el narrador en la página 24.
Pero sin Marcela le toca enfrentar el mundo real. Comienza por visitar la rotunda figura del productor de la telenovela:

El escritorio de Marco Aurelio Pesantes asemejaba la cabina de mando de una nave espacial dirigida mediante computadoras, tabletas, smartphones y una variada jungla de luces y pantallas. A sus espaldas se elevaba una gigantesca estantería rebosante de fotos con actores famosos y trofeos con formas abstractas. El lugar de honor, justo por encima de su cabeza, lo ocupaba un Emmy Latino “por la contribución de Marco Aurelio Pesantes a la televisión hispana en Estados Unidos”. Pero la más genuina señal de éxito en ese despacho era la adiposa humanidad del productor. Conforme se acercaba a Óscar, su extensa anatomía iba ocultando toda la decoración a sus espaldas, y revelando el verdadero currículum de un hombre de éxito. Porque esa papada se había formado en los mejores restaurantes de Miami y Nueva York. Esos cachetes habían sido inflados con los vinos y licores más selectos. Y su vientre, aquella curva de cetáceo bípedo, era la encarnación del triunfo de un hombre que ni siquiera necesitaba hacer abdominales para conseguir sexo.

Cuando el productor se entera de que Marcela dejó a su libretista estrella entra en pánico: sabe bien que si no está enamorado, Coliffato no puede escribir una línea. En su lógica de productor de Miami, se encarga de conseguirle un amor a Óscar. Es decir, sexo. Es decir, una puta: esa es la lógica de Pesantes. Y entonces, Nereida entra en escena, y le ayudará, muy a su manera, a recuperar a Marcela…
Cada personaje que aparece en esta trama es más excéntrico que el anterior, con lo cual sube el nivel de gracia y con él los decibeles de las carcajadas del lector. Porque esta novela es un esperpento delicioso y tremendamente divertido. Esto dice la Real Academia de la Lengua que es un esperpento: “Género literario creado por Ramón del Valle-Inclán, escritor español de la generación del 98, en el que se deforma la realidad, recargando sus rasgos grotescos, sometiendo a una elaboración muy personal el lenguaje coloquial y desgarrado”. Tal cual: Coliffato muestra trazos de paranoia y egolatría; la grabación de la telenovela es todo un circo; la campaña del protagonista por recuperar a Marcela se convierte en una serie continua de desaguisados; los personajes —Pesantes, Nereida, Grace Lamorna, Fabiola Luzard, Flavio da Costa— son todos caricaturas muy bien armadas de actores, productores y divas del mundo de la televisión.
Mientras leía y me reía casi hasta descoserme me acordé de La conjura de los necios, la obra maestra de John Kennedy Toole. Coliffato no llega a las alturas que alcanza por momentos Ignatius J. Reilly, pero se acerca. Tanto Reilly como Coliffato —o como don Alonso Quijano, para ir más lejos— emprenden aventuras que se van superando en enredos y desenlaces desafortunados. Por supuesto que el apellido del protagonista evoca a La Colifata, la emisora de radio argentina conducida por enfermos mentales…
Óscar y las mujeres es un divertimento muy bien construido, que recuerda en cada página algo que olvidan muchos escritores: que el humor inteligente ha sido siempre un componente esencial de la buena literatura.


Santiago Roncagliolo, Óscar y las mujeres, México, Alfaguara, 2013. 



jueves, 9 de mayo de 2013

Fusilado: Pierre Rabhi



Agricultor, filósofo, ecologista, un poco agitador, Pierre Rabhi nació en Argelia en 1938. A los veinte años emigró a París y en 1961 decidió retirarse de los afanes mundo y fundar una granja. Se convirtió así en un pionero de la agricultura ecológica, al desarrollar un método de gestión sensata de la tierra que permite vivir de ella en pequeña escala, sin acosarla ni agotarla. Buena parte del tiempo ahora lo dedica a contar su experiencia y a asesorar instituciones en estos temas, y sin quererlo se ha convertido también en un símbolo de movimientos que promueven la adopción voluntaria de una vida simple y en contacto con la tierra. Una suerte de Walden moderno.

La estupenda editorial española Errata Naturae publicó en marzo pasado el libro Hacia la sobriedad feliz, de donde fusilamos un fragmento. Esperemos que esta misma editorial u otras se animen a seguir publicando en español la obra de este pensador, a quien hay que pararle bolas.   


Hacia la sobriedad feliz (fragmento)

[…] ¿Y cómo olvidar al señor y a la señora Dubois y su pequeña granja en las Cevenas? Perdida en las alturas, colgaba en el flanco de un profundo valle en el que el rugido de la corriente, más que perturbar el silencio, le otorgaba toda su profundidad. Es invierno en este abrupto lugar, en el reino del castaño, en el que, como dicen los autóctonos, los perros se tienen que sentar para ladrar. El tiempo es como infinito aquí. La casa de los Dubois parece clavada a la roca. Pasé una temporada en este lugar para ayudar al señor Dubois con su trabajo: como intercambio, él me inició en la cestería. Todo era simple: calefacción y cocina energética de forma natural. Caída la noche, llegaban los vecinos, surgidos de las tinieblas de alrededor con un tronco bajo el brazo para contribuir al fuego y pasar la velada juntos, saborear las castañas asadas, conversar en torno a las llamas, intercambiar noticias y confeccionar objetos de paja de centeno, útiles para la vida diaria. Ya tarde, una vez se habían ido los invitados, cada uno volvía a su habitación glacial, calentaba la cama con un calentador y se deslizaba entre un colchón de lana bien equipado y un gran edredón de plumas, cuya opulencia y ligereza se conjugaban para ofrecer un confort innegable.

Ésta fue una de mis más bellas experiencias de sobriedad feliz en el corazón mismo de una nación que, con su “edad de oro del capitalismo”, exaltaba el consumo como un arte de existir, algo que el malestar de 1968 trataría de cuestionar. También recuerdo a los artesanos, que aún ejercían sus oficios con toda tranquilidad: los hermanos Ducros, del pueblo vecino a nuestra granja, toneleros y carpinteros herederos de una tradición secular que, equipados con nuevas máquinas, se habían convertido, entre tradición y modernidad, en ebanistas enamorados (para salvaguardar su honor) del trabajo bien hecho, capaces de realizar proezas gracias a su extraordinaria habilidad; pequeños talleres de mecánica en que los obreros parecían constituir una hermandad familiar, y tantos otros… Con la modernidad, la gran distribución, la industria pesada, la centralización, el transporte y las planificaciones tecnocráticas, orgullosas de su racionalidad, se han aliado para minar los fundamentos de un orden secular a escala humana, que reunía tantos talentos y ofrecía tan bellos espacios de creatividad. Todo ello en beneficio de un sistema monstruoso que nos dirige y nos digiere sin otra finalidad que la de servir a una plutocracia ciega, cruel y estúpida. Para algunas mentes es fácil, invocando el progreso, considerar nostálgicos estos comentarios. El callejón sin salida al que se dirige cada vez más el mundo contemporáneo nos obligará a rehabilitar un buen número de prácticas del pasado. También por eso hay que apresurarse a preservar todo lo que se encuentra aún en la escala del ser humano en nuestro planeta, antes de que acabe la era “petrolítica”.

Una sabiduría ancestral

Cuando trato de llegar a lo más profundo de la cuestión de la sobriedad, se despierta en mí la sensación que parece haber habitado en los primeros seres que proclamaban que nada les pertenecía. ¿Qué decir de esos pueblos que, a pesar de la abundancia, siguen siendo moderados? El pueblo sioux, al que le tengo un especial cariño sin saber muy bien por qué, durante las grandes cacerías de los abundantes (incluso sobreabundantes) búfalos no tomaba de ellos más que el número que le permitía vivir. Ninguna parte de los animales sacrificados debía ser dilapidada, todo malgasto estaba prohibido por la moral sagrada, pues se consideraba una ofensa a la naturaleza y a los principios que la animaban. Esta sobriedad en la abundancia es una lección de nobleza. Recordemos el magnífico discurso del indio Seattle dirigido al presidente de los Estados Unidos, que le proponía comprar el territorio de su pueblo. El mensaje decía: “Soy un salvaje y no conozco otra forma de vivir. He visto un millar de bisontes pudriéndose en la pradera, abandonados por el hombre blanco que los había matado desde un tren que pasaba”.

La casi totalidad de los primeros pueblos no mataba si no tenía una necesidad vital. En cuanto a hacerlo para divertirse, era algo inconcebible, ya que eso habría sido una profanación en el sentido estricto del término. Algo que ultrajaba gravemente las fuerzas de la vida y el espíritu inmanente que las gobierna. Entre rituales de gratitud y ceremonias de propiciación, el género humano, a pesar de todo, engendró a seres que fundaron un modo de existencia basado en la moderación. Al relacionarlos espiritualmente con el misterio de la vida, esta templanza les dio fuerza, legitimidad y ligereza. Por supuesto que aquí y allá se pueden encontrar prácticas que transgreden esta regla, pero son muy poco numerosas.

Sin embargo, hay muchos comportamientos que atestiguan la moderación, el respeto y la gratitud que daban hálito al espíritu de los ancestros, antes de que se impusiera una codicia sin límites respecto a las magníficas ofrendas de la vida. Imagino la sensación de libertad que debían tener esas gentes… Probablemente la que sentía Mohand, pequeño pastor, amigo de mi infancia, al que todo nuestro pueblo confiaba sus cabras y sus corderos, unidos temprano por la mañana en un solo rebaño. Caminaba por los senderos, con los pies desnudos en las sandalias de cuero bruto, un bastón cruzándole los hombros, una canción siempre en los labios, que se mezclaba con las órdenes que dirigía a los animales que balaban y escalaban la gran duna de arena y roca. Envidioso hasta el enfado, yo contemplaba la procesión que, por un instante, se desataba sobre el cielo azul antes de disiparse tras la montaña, dejándome solo con mi pena. Porque yo, yo debía dedicarme a la escuela, aprender a leer, escribir y contar, para convertirme en un erudito, como no dejaban de repetirme. Cuando caía el sol, el rebaño se perfilaba de nuevo sobre un cielo teñido de los rojos del crepúsculo y desvelaba como un pequeño torrente los flancos encallados de la montaña, recogida en el inmenso silencio que preparaba para la serenidad de la noche. Los animales se alegraban de llegar a sus establos y Mohand, con su misión cumplida, desaparecía por los callejones mientras yo debía consagrarme a mis deberes escolares. No sé qué fue de este amigo perfumado del olor salvaje de los pastores, de palabra parsimoniosa, cuerpo vigoroso y con la aguda mirada de los que escrutan el espacio… Nuestros caminos divergieron. Entre la tradición milenaria y la modernidad, no sé a cuál de nosotros favoreció la vida, pero una nostalgia tenaz y dolorosa me acompañó mucho tiempo a lo largo del camino de mi existencia… Muy a menudo, lamenté no haber sido un pastor libre en el desierto, ¿pero cómo descifrar lo que la vida espera de nosotros? Mektub, estaba escrito.

[…]

No he tratado, con todas estas historias, de despertar una suerte de nostalgia de un mundo pasado que habría alcanzado el ideal. He intentado explicar por qué lamento que este mundo no se haya tenido en cuenta ni se haya enriquecido con los valores positivos de la modernidad. Simplemente se ha abolido. Soy consciente de que hay que evitar magnificar el pasado o caer en el mito del “buen salvaje”. En cualquier lugar en que se encuentra el ser humano se encuentra también el tormento, con sus corolarios: violencias, celos, et . Las tradiciones esconden igualmente prácticas y comportamientos que nos pueden herir. Sin embargo, sería injusto, con este pretexto, no dar su justa resonancia a lo que, en el seno de la tradición, honra al ser humano y a los valores de los que el mundo siente una necesidad creciente.

Con la práctica general de la moderación, las culturas tradicionales probablemente han sido herederas de esta visión primera en la que el ser humano proclama su pertenencia a la vida en lugar de reivindicar ser su propietario. Las civilizaciones que se han construido sobre el almacenamiento, seguido de la revolución neolítica, casi siempre se han desviado de la moderación. Para darse unos cimientos, un poder, han instaurado una depredación extensiva y el “cada vez más”: más suelo para la agricultura y la ganadería, más madera para la arquitectura, más construcción naval, metalurgia, cerámica, carbón de madera, cal, más guerras, etc. Las extracciones de materias primas de los nuevos “civilizados” siempre han sido exorbitantes comparadas con las de los pueblos tradicionales. Así, de una utilización de las fuentes que tiene como objetivo satisfacer necesidades legítimas, ligadas a las necesidades indispensables de la existencia, hemos pasado a la pulsión irreprimible de poseer. ¿Hay que recordar que algunas civilizaciones, que hacen las delicias de los arqueólogos que descifran su memoria petrificada, se vieron sepultadas bajo la arena de los desiertos que ellas mismas crearon? Se puede decir que, con estos comportamientos, el principio del crecimiento económico en cierto modo acababa de nacer. Pasamos de un principio que ignora el malgasto, fundamento de la perennidad de los recursos, a un principio de agotamiento de dichos recursos y a su acaparamiento por parte de los más ávidos, en detrimento de un número considerable de sus semejantes: así nacía el principio de inequidad y desigualdad que hoy en día lamentamos. Las reglas de la moderación se ven reemplazadas por las de la avidez. A la tierra como lugar de vida sucede la tierra como yacimiento de recursos minerales, vegetales y animales, que pueden saquearse sin mesura, mientras que el contexto natural, es decir, el ecosistema planetario al completo nos invita más bien a regular nuestras necesidades, a una economía verdadera que esté al servicio de lo humano, que mantenga el respeto por lo vivo. Eso que hoy llamamos “economía” se ha transformado en el sutil arte de convertir la depredación en una ciencia cuya complejidad permite justificar el considerable espacio que se le otorga a lo superfluo, mientras que el modo de existencia tradicional parece ser una especie de optimización del arte de vivir juntos con simplicidad. Incluso en el seno de una naturaleza inhóspita, como los desiertos, tórridos o helados, la especie humana demuestra su capacidad para sacar partido de los recursos, por pobres que sean, que la naturaleza ofrece. Hay como un punto de equilibrio que muchas tribus del planeta han sabido alcanzar con su relación con la realidad viva. No se trata, una vez más, de magnificar estas culturas hasta el punto de ocultar lo que tienen de menos admirable, si bien los preceptos dictados por un determinado código moral, necesario al vivir juntos, servía para moderar las pulsiones negativas, y las autoridades carismáticas se encargaban de mantener la armonía en el seno del grupo. Con tranquilidad y levedad se puede siempre, en todo lugar y en todo tiempo, si se desea realmente, elaborar un arte de vivir. Pero, ¿podemos conseguirlo a pesar del peso de nuestro mundo, sobrecargado con tantas cosas superfluas? Seguramente el incierto porvenir nos inspirará las innovaciones necesarias para proseguir con nuestra historia.


Los fusilamos de: Pierre Rabhi, Hacia la sobriedad feliz, Madrid, Errata Naturae, 2013, pp. 77-83. Traducción de Marisa Morata Hurtado. 


La grandilocuencia casi nunca queda bien en la contracubierta de un libro. Pero en este caso, creo, es justa. La cito:

Éste es un libro escrito con la urgencia del manifiesto y la reflexividad del ensayo, con la cercanía sincera de las mejores autobiografías y con la distancia necesaria del pensamiento crítico. Es un libro escrito por un agricultor y filósofo autodidacta que se ha convertido en uno de los referentes del pensamiento más lúcido, consecuente y libre de nuestros difíciles y agitados tiempos. Un libro que huele a vida y a ideas, a palabras y a acción entremezcladas verdaderamente con la tierra. Durante su infancia en Argelia, Rabhi asiste a la vertiginosa transformación de una austeridad antigua —que dejaba espacio a la vida, el ocio y la sonrisa— en la desesperante miseria que impone el capital globalizado. A finales de los años cincuenta, durante su juventud como inmigrante en Francia, se ve forzado a aceptar una forma de aniquilación personal cuyo único objetivo es hacer que siga girando la maquinaria económica del crecimiento ilimitado, pero siempre en beneficio de unos pocos. Entonces toma la decisión, tanto vital como intelectual, magistralmente descrita en estas páginas, de abandonar la civilización sin raíces y la sociedad de consumo que se imponía ya con contundencia en aquellos años: abandonar ese camino de devastación individual, que sólo beneficia a una minoría privilegiada, para buscar otro camino posible, que demuestra perfectamente realizable. A través de las experiencias que a lo largo de las décadas sustentan este libro, y ante la emergencia provocada por la crisis actual, una evidencia se le impone a Pierre Rabhi: sólo la sabia y gozosa moderación de nuestras necesidades y deseos, casi todos ellos falsos o poco satisfactorios, permitirá romper con el orden antropófago de la «globalización», devolverle al mundo su ligereza y al hombre lo que es suyo: una vida feliz en esta tierra.

lunes, 15 de abril de 2013

Solano y los extravagantes


Publicado originalmente en el número 84 de la revista Arcadia, septiembre de 2012.



En las fotos que pueden verse por ahí, en intenet y en publicaciones impresas, Andrés Felipe Solano siempre tiene la misma cara impávida, los ojos muy abiertos detrás de las gafas de marco grueso, los labios apretados, los codos pegados a las costillas en las que lo muestran de pie y de cuerpo entero. Se le ve en Londres, en Salamanca, en Seúl, en Nueva York... No es que sea un escritor cosmopolita a quien asedian sus lectores, de esos que viajan por el mundo dictando conferencias y firmando libros. Todo lo contrario: Solano es un escritor tranquilo y aplicado, que escribe y reescribe con juicio sus historias hasta que encuentra la manera de presentarlas al lector.
Él mismo afirma que sus viajes han sido más o menos accidentales, aunque acepta que pueden venir de una especie de manía: “A los 19 años me fui a vivir con mi abuela. Al poco tiempo de estar en la universidad me fui a vivir a Nueva Jersey por un tiempo. Cuando era periodista de sala de redacción dejé mi trabajo y me fui a Medellín por seis meses. Al regresar pasé un tiempo en Bogotá y a la primera oportunidad me fui. Viví en Seúl otros seis meses. Luego tuve un par de años de calma pero cuando mi esposa me propuso que fuéramos a España porque quería estudiar dije que sí sin medir las consecuencias (Salamanca, donde estuve, no es el sitio más divertido del mundo). Ahora estoy de vuelta en Corea. Quiero quedarme aquí un buen tiempo, tener algo parecido a una casa (en los últimos cinco años he vivido en nueve casas diferentes). Pero mi mujer, que por momentos tiene la misma manía, a veces me dice: ¿y si vivimos en Japón? ¿Cuánto más lejos se puede ir? No sé. Supongo que huyo de algo, no sé muy bien de qué. No me interesa el viaje como tal, ni recorrer nuevos sitios, ni tener amigos de múltiples nacionalidades, ni poder recomendar con suficiencia bares y restaurantes a lo largo y ancho del mundo, para nada. Quizás huyo de Bogotá. Huyo de su estado de ánimo, de la muerte lenta que significa para mí. Huyo de su clasismo. Pero supongo que esa Bogotá me atormentará hasta el final de mis días, y en un año de pronto esté de vuelta allí”.
Por ahora, viene este mes a presentar su segunda novela, Los hermanos Cuervo, publicada por Alfaguara.

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En la Casa de Moneda del Banco de la República hay una sala donde se exponen diez cuadros sobrecogedores atribuidos a Victorino García Romero, hijo del primer dibujante de la Expedición Botánica. La inquietud que generan las piezas en el espectador viene dada por su motivo: son retratos de monjas muertas, todas pintadas desde el mismo ángulo y acompañadas con coronas de flores, medallas y leyendas, todas con el rictus de la muerte en sus caras.
En ellas se inspira el mayor de los hermanos Cuervo para bautizar su banda de rock, Las Monjas Muertas. Es el tipo de referencia y de detalle que aprecian él y su hermano, dos personajes excéntricos e impredecibles: leen casi exclusivamente enciclopedias y mapas, todos los diciembres montan para el barrio una exhibición de juegos pirotécnicos, están escribiendo una Pequeña Enciclopedia de Construcciones y Monumentos Inesperados de Colombia, el menor es conocido como la calculadora humana en los colegios de Bogotá donde presenta su show, intentan montar una cervecería para financiar una de sus empresas imposibles…
Solano dice que los guiños a Rufino José Cuervo y su hermano Ángel los agregó después de tener el apellido de sus personajes: “Parece mentira pero el apellido de los hermanos lo tomé de alguien de mi colegio, un compañero cualquiera. Era un apellido sonoro pero también un animal que a muchos supersticiosos les causa repulsión por ser portador de malas noticias… incluí algunos pequeños guiños pero traté de no exagerar, porque en ningún momento esta es una historia sobre los Cuervo reales ni una transposición de sus vidas”.
La novela está dividida en tres partes. La primera le da el título y cuenta la vida de los hermanos desde la perspectiva de un compañero del colegio jesuita donde estudian, Nelson Reina alias La Mancha, quien se obsesiona con estos personajes estrambóticos, con su vida recluida en un caserón de La Merced al lado de su abuela; con su emisora pirata Radio Odessa que arman con aparatos viejos; con los tres mil volúmenes de la biblioteca que dejó su abuelo, un comentarista ciclístico muerto en un accidente; con su orfandad; con sus visitas una vez al mes a un burdel de lujo para repasar las delicias de dos negras traídas especialmente para ellos desde Curazao…  
La segunda parte es una crónica extensa sobre un ciclista también excéntrico, Vicente Aguirre, una tromba que ganó tres veces seguidas la Vuelta a Colombia sin un patrocinio vistoso ni mayor entrenamiento profesional. Otro personaje desarraigado que da tumbos alrededor del país buscando a su esposa desaparecida. Fue gran amigo de la abuela de los Cuervo, Rosa, y de su esposo, León Sierra. Desde la revista de ciclismo que la pareja fundó en los sesenta siempre apoyaron a Aguirre, y aun después de la muerte del periodista Rosa siguió pendiente de la vida del ciclista.
La tercera parte cuenta el viaje por Colombia que hacen Vicente Aguirre y la mamá de los Cuervo, Betty, antes de que ella tuviera a los dos hermanos y los abandonara en el caserón de La Merced para convertirse en azafata. Cosida a estos personajes que se mueven por el país viene una suerte de guía turística e historia alternativa de Colombia: una bodega de pescado perdida en el desierto de La Guajira, las oficinas públicas de un puerto sobre el Magdalena, un cementerio laico en el Eje Cafetero, un palacete egipcio imposible en las goteras del centro de Medellín, el busto de un arabista bogotano en un pueblo de las montañas de Antioquia, un balneario a la orilla de una carretera secundaria al lado del río Cauca… Lugares que fueron prósperos, visitados, aclamados y hoy se caen de a poquitos, como los dientes de un viejo abandonado en una institución de caridad.
Dice Solano: “Creo que la semilla de la novela puede ser un balneario que vi hace unos seis años sobre la carretera que va de Puerto López a Puerto Gaitán. La entrada era una gran calavera de cemento. Atrás se veía una especie de barco pirata y una piscina desocupada. Todo estaba en ruinas. Un tiempo después pasé una tarde en un balneario en Santa Fe de Antioquia, a las orillas del río Cauca. Había muy poca gente pero el lugar tenía pinta de haber sido importante en los años setenta. Con esos dos referentes, con el ambiente de estos dos balnearios, empecé a imaginarme a un par de personas que huyen y en su fuga terminan en un lugar así. No sabía quiénes eran pero quería contar la historia de ese viaje”.

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En la primera novela de Solano, Sálvame, Joe Louis (Alfaguara, 2007), el protagonista siempre está queriendo irse, vivir en San Petersburgo o en últimas en cualquier otro lugar, y así escapar de esa “mezcla de cansancio y desdicha” que siempre lo acompaña. Con 22 años, Boris Manrique trabaja como fotógrafo de sociales en una revista de quinta. Otro personaje excéntrico, precoz, desarraigado. Que se va perdiendo en sus proyectos y sus ideas, que cae en la tentación y en la molicie a pesar de sí mismo. Cuando perfiló a Manrique, Solano tuvo en mente al personaje de Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll, y el aire de familia de ambos es inocultable. Dentro de la tradición literaria nacional es evidente su correspondencia con el protagonista de El buen salvaje, de Eduardo Caballero Calderón, o con el Escobar de Sin remedio, de Antonio Caballero.
Le pregunto a Solano cómo compone a sus personajes, cómo arma sus novelas; particularmente, cómo se fue cocinando el caldo de donde nació Los hermanos Cuervo, y me contesta: “Al empezar a escribir me mueve algo muy sencillo: una determinada atmósfera y unos personajes en un punto de quiebre de su vida sobre los que quiero saber por qué se han visto arrastrados a determinada orilla, los motivos que han tenido para llegar hasta ese punto”.
Y concluye: “A medida que ahondo en los personajes ellos mismos me van mostrando el camino. Suena un poco etéreo pero temo que es así. Ahora bien, ese camino se mezcla con libros, películas y canciones que me gustan. De hecho escribí la última parte pensando en una canción medio reciente de Bob Dylan (Ain’t Talkin’) y en una cumbia rebajada de Andrés Landero que se llama Cuando lo negro sea bello. Sé que es una mezcla absurda pero en mi cabeza sonaban las dos. Y bueno, también se mezclan con cosas de mi propia vida”.

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Granta es una revista literaria británica fundada en 1889 por estudiantes de Cambridge. En todos sus años ha sido por momentos protagonista y por momentos nada más que extra con parlamento en la escena literaria anglosajona. En 1983 publicó una lista de jóvenes escritores británicos a los que había que pararles bolas, y no se sabe si por efecto de la misma lista o por los talentos de esos escritores acertó en buena parte de sus apuestas: estaban Salman Rushdie, Martin Amis y Julian Barnes, para mencionar apenas tres. Repitió el ejercicio en el 93 y en el 2003 con resultados similares. La “lista Granta” cobró notoriedad a pesar de muchas voces críticas que la consideran mera estrategia de ventas.
Luego de ejercicios similares con autores americanos, en 2010 la revista presentó su lista de jóvenes escritores en lengua española, y Andrés Felipe Solano fue el único colombiano incluido. Evidencia de la calidad literaria o estrategia de mercadeo, la inclusión genera notoriedad y, con ella, expectativas. Ambas, notoriedad y expectativas, ya le venían encima a Solano con la designación como finalista en el Premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que obtuvo con su crónica “Seis meses con el salario mínimo”.
Las expectativas frente a su nueva novela añaden presión a un escritor que prefiere quedarse en casa, sea en Corea o en Bogotá, armando sus historias, perfilando personajes intensos, excéntricos, tridimensionales. Que se mueve entre el periodismo y la literatura: “El periodismo me obligó a buscar historias, a interesarme por cierto tipo de gente. Con la mirada que me proporciona la literatura trato de inocular la ambigüedad, el misterio en esas cosas. Digo el misterio en una forma profunda, esa cualidad esencial que para mí debe tener una obra de arte, que la define”. Los hermanos Cuervo, su última novela, está en librerías, y son los lectores quienes dirán si logró inocularle arte a la historia de esos personajes extravagantes, de ese país que no aparece en las guías turísticas.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Fusilado: Christopher Isherwood



“Todo lo que escribo es fundamentalmente autobiográfico”, dijo Christopher Isherwood en 1986, poco antes de morir de cáncer a los 81 años. Escribió novelas —entre ellas Adiós a Berlín, en la que se basó la exitosa película Cabaret, protagonizada por Liza Minelli, y A Single Man, también adaptada al cine hace poco, dirigida por Tom Ford y protagonizada por Colin Firth, obras de teatro en verso y crónicas. Viajó por China con W. H. Auden, vivió en Alemania en el periodo de entreguerras, se convirtió al budismo, renunció a su ciudadanía británica y se nacionalizó estadounidense. En el 48 publicó este libro de viajes, que el propio Isherwood consideraba una de sus mejores obras. Casi seis meses estuvo viajando por Suramérica al lado del fotógrafo William Caskey, desde el 20 de septiembre de 1947 hasta el 27 de marzo de 1948. En Colombia pasó seis semanas: unos días en Cartagena, otros en Barranquilla donde tomó un vapor que bajó por el río Magdalena, y por último estuvo en Bogotá, desde donde emprendió el viaje por tierra hacia Ecuador.

Uno de los mejores críticos literarios de todos los tiempos, Cyril Connolly, decía que Isherwood era “insinuantemente templado y anónimo; nada le conmueve, nada le sobresalta”. Esa mirada acompaña todas sus observaciones alrededor de América del Sur, y su distanciamiento nos permite vernos mejor a los latinoamericanos. Hay cosas que no han cambiado nada en este continente, en este país: en Cartagena un taxista les cobra diez dólares por llevarlos del barco al Hotel Caribe, y a Caskey le roban el bañador que dejó secando en el balcón mientras visitaban el cerro de La Popa.

El Instituto Colombiano de Cultura hizo una edición de este libro en los noventa, con una magnífica traducción de Nicolás Suescún. Circuló poco: una lástima. Ahora llega esta bella edición de Sexto Piso, para que este libro siga vivo. Y esa es una buena noticia.

En Bogotá [fragmento]
  
Parece evidente que el hotel Astor fue en su momento una casa privada. Es una edificación irregular y oscura y está construida alrededor de un patio interior que la lluvia ha cubierto de charcos deprimentes. En la primera planta hay un comedor sombrío y largo decorado con un estilo que Caskey ha bautizado como “Hollywood señorial”. Tiene un parador repleto de molduras y otros más pequeños con platería. Las señoras de la aristocracia bogotana se suelen reunir aquí para tomar el té, casi todas lo hacen vestidas de negro impecable, cubiertas de pieles y joyas, y forman grupitos en los que charlan animadamente, comen y luego se retiran para jugar al bridge. A los camareros parece entristecerlos que no nos comamos los cinco platos de rigor.

No existe un salón, si se descuenta el vestíbulo mal iluminado y sin ventanas de la planta alta, al que dan varias de las habitaciones. Tampoco tiene muchos muebles: un sofá, dos o tres sillas y un teléfono que parece haber sido colocado en este lugar con la perversa intención de que el máximo número de personas pueda escuchar la conversación. La acústica bogotana es tan buena que casi hace daño, tal vez sea también debido a la altitud. A uno no se le escapa nada, ni un solo ruido del cuarto de al lado, ni una sola voz del patio, ni un solo paso en las escaleras. El tráfico de la calle parece casi más ruidoso que el de la Tercera Avenida y el sonido de los cláxones acaba poniéndole a uno los nervios a flor de piel. Nos vemos obligados a dormir con las ventanas cerradas, pero no nos importa demasiado porque el cuarto es muy grande y hace frío.

El hotel está situado en la carrera Séptima, una de las principales calles comerciales de Bogotá. No tiene más carácter que el de una superficial ostentación a la norteamericana. Hay luces de neón, anuncios norteamericanos con letreros en español, cines con películas de Hollywood (están poniendo El huevo y yo), bares decorados al estilo de Nueva York y grandes almacenes llenos de bisutería, moda y medicinas made in USA.

La noche de nuestra llegada, tras la cena, apareció Arturo de pronto. Nos contó que no había podido soportar Villeta. No había parado de llover y el lugar era para morirse del aburrimiento, no había ni media muchacha a la vista. Como había un coche de la familia disponible no lo dudó ni un segundo, se metió en él y condujo hasta Bogotá. Estaba a nuestra disposición para enseñarnos la ciudad si lo deseábamos.

Nos llevó a varios suburbios residenciales que se extienden a lo largo de decenas de kilómetros y sólo entonces empezamos a tener una idea de las enormes dimensiones de Bogotá. Es verdad que hay unas casas impresionantes, pero el efecto general es de una falta de elegancia deprimente. No aparecía ningún signo de un estilo nacional por ninguna parte, aunque fuera malo. Las casas españolas parecían más californianas que españolas y las pocas casas Tudor deben de encontrarse entre las más feas en su estilo en todo el mundo. En medio de este bárbaro país ha habido, al parecer, ciertos arquitectos británicos y americanos que se las han ingeniado para crear una especie de oasis de respetable aburrimiento, un ambiente de insípida seguridad tan falto de vida como cualquier lugar de las afueras de Londres.

Arturo, por su parte, sentía un gran orgullo cuando nos lo mostraba. Nos enseñó las casas de lo que él denominaba “la clase alta” para referirse a los ciudadanos más distinguidos. Luego nos llevó a la parte alta del Parque Nacional, que está en la base de la empinada colina que se alza sobre la ciudad. La noche estaba oscura y brumosa, pero la vista debe de ser magnífica desde allí. Arturo se encargó de añadirle encanto al decirnos dramáticamente que corríamos cierto peligro al estar allí a esa hora porque mucha gente había sido asaltada y asesinada en aquel lugar. Cuando nos bajamos del coche miraba furtiva e intensamente a los árboles que estaban alrededor. No parecía muy asustado, sino más divertido con la idea de hacernos sentir emociones fuertes. Cuando bajamos la cuesta de regreso a la casa añadió algunas advertencias más. Debíamos desconfiar de las supuestas invitaciones porque había una vieja costumbre colombiana: la de obligar al invitado a pagar la cuenta. Y ojo con las mujeres locales: casi todas tenían sífilis. Dijo eso y luego nos propuso ir a algún cabaret, invitación que declinamos. Ninguno de los dos teníamos la inagotable energía de Arturo y estábamos cansados.

El paseo por la ciudad de ayer por la mañana se encargó de corregir muchas de nuestras no muy positivas primeras impresiones. En realidad la ciudad sólo parece aburrida en los suburbios, el centro está lleno de contrastes y de carácter. La multitud lo ocupa todo y los trajes de negocios se mezclan con las ruanas de lana. Uno dobla una esquina en la que hay una farmacia americana y ve a un grupo de mujeres indias sentadas con sus mercancías. Nueva York parece cercano, pero también las aldeas que vimos cuando ascendimos la montaña.

Alrededor de la plaza de Bolívar hay calles estrechas y empinadas con sólidas mansiones de la época colonial con techos de teja ocres, ventanas enrejadas, portales tallados y anchos soportales. Vimos también algunos edificios de diseño moderno y entramos en una iglesia en la que había un maravilloso altar antiguo en madera de nogal. Los barrios bajos son como madrigueras de callejuelas llenas de barro y cuchitriles miserables en un estado medio ruinoso. Muchos de ellos no creo que tarden en desaparecer porque Bogotá está siendo reconstruida a un ritmo frenético para la preparación de la Conferencia Panamericana, que se producirá a principios del próximo año. En todas las ventanas se ven andamios y obreros. Vimos cómo demolían a mano toda una calle de chozas de barro y cómo las mujeres arrancaban aquella asquerosa techumbre de paja y se la llevaban en cestas. Van a construir una amplia avenida desde este lugar hasta el parque pero nadie sabe adónde van a trasladar a los antiguos ocupantes.

Bogotá es ciudad de conversaciones. Cuando uno camina por la calle está bordeando continuamente a las parejas y pequeños grupos que se concentran en charlas animadas. Los hay que llegan a pararse a charlar en mitad de la calle deteniendo el tráfico. Supongo que discuten sobre todo de política. Los cafés están también repletos y todo el mundo lleva un periódico en la mano para citarlo o sencillamente para blandirlo en el aire.

No he visto tantas librerías en ningún otro lugar. Aparte de docenas de autores latinoamericanos de los que jamás he oído hablar, tienen también una gran variedad de traducciones, desde Platón hasta Louis Bromfield. Bogotá es famosa por la cultura. Se suele mencionar como anécdota, creo que viene de John Gunther, que hasta los limpiabotas han leído a Proust.
[…]
A pesar de toda la generosidad de Arturo no hemos logrado establecer mucho contacto con la ciudad de Bogotá. No sentimos nostálgicos de nuestro hogar y nos aburrimos. El tiempo no ayuda mucho. Se ha puesto a llover demasiado y yo estoy tiritando frente a la mesa de nuestro enorme cuarto tratando de recordar y ordenar mis notas sobre el río Magdalena para un artículo. Caskey suele tener más recursos que yo en este tipo de situaciones. En este preciso instante se corta, con gran concentración, las uñas de los pies. De pronto levanta la mirada y dice entre soñoliento y ausente: “¡Bogotá es… espléndida!”. Y los dos estallamos en una carcajada.



Lo fusilamos de Christopher Isherwood, El cóndor y las vacas. Diario de un viaje por Sudamérica, México DF, Sexto Piso, 2012, pp. 65-67. Traducción de Andrés Barba.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Gabo. Memorias de una vida mágica, de Óscar Pantoja y otros


¿Cómo no alegrarse por la buena idea? ¿Cómo no alegrarse por la prensa que ha tenido este libro, por el interés que ha despertado? ¿Cómo no comprarlo? Fue lo que hice hace pocos días, tan pronto tuve el tiempo y el dinero –vale 80 mil pesos–. Con él en las manos llegaron gratos encuentros: el atinado trabajo tipográfico, el papel robusto que da sensación de calidez, el aprovechamiento de los recursos –parece impreso a todo color, pero sólo se usan dos tintas a lo largo del libro–. Aprecié encontrar una fe de erratas: ese detalle de cortesía cada vez se tiene menos con nosotros los lectores. La tapa dura, la sobrecubierta bien pensada… En fin: otra muestra del estupendo trabajo de John Naranjo y sus colaboradores en la editorial que él dirige. Sin duda, Naranjo es uno de los mejores diseñadores editoriales del país.

El libro está dividido en cuatro partes, cada una dibujada por alguien distinto; el guión de toda la novela fue hecho por Óscar Pantoja. Hay una línea más o menos consistente en todo el trabajo gráfico; las diferencias en el trazo se alcanzan a notar pero no estorban, y más bien condimentan la lectura. A excepción del último pasaje, compuesto por la “Parte Cuatro” y el “Epílogo”, dibujados por Julián Naranjo, donde el rompimiento es mayor y se nota el cambio. Y será cuestión de gustos, pero la línea burda, el trazo tembloroso de esta última parte me molestó bastante. Creo que el trabajo de este ilustrador no estuvo a la altura de los demás.

Mi parte favorita fue la tres: noté un trabajo profesional y bien hecho con las viñetas; puedo advertir que el autor, Felipe Camargo, está familiarizado con los recursos que provee el género de la novela gráfica. Esta parte a su cargo se ve mejor armada, como pensada con mayor cuidado (véanse las páginas 112 a 114 como pequeña muestra). En la “Parte Dos”, a cargo de Tatiana Córdoba, me gustó encontrar recreadas un par de fotos famosas: la de la turba arrastrando el cadáver de Juan Roa Sierra por las calles de Bogotá y la foto de Gabo y Plinio en París en la década del sesenta. Creo que hay otras, pero no estoy seguro. El trabajo de Córdoba con los rostros es el mejor de los cuatro ilustradores; las viñetas con planos generales le quedan mejor a Miguel Bustos, encargado de ilustrar la “Parte Uno”.

Ahora bien, si el libro como objeto me regaló varias alegrías, el guión me trajo no pocas decepciones. Noté en él casi ninguna gracia: lo vi plano, soso. Por momentos me sentí leyendo una biografía ilustrada de Gabo tomada de Wikipedia. La elección estética más arriesgada de Óscar Pantoja fue alterar la cronología y enfocarse en el momento de creación de Cien años de soledad: el libro comienza cuando Gabo, su esposa y sus dos hijos van en carro hacia Acapulco, en 1965, cuando al Nobel colombiano se le hizo clara en su mente la novela que venía incubando desde hacía por lo menos treinta años. Y regresa a ese momento en dos o tres ocasiones más. Por lo demás, poco humor, transiciones y acotaciones escritas como por cumplir, redactadas. El abuso en el recurso un poco manoseado de repetir un estribillo: “Muchos años después…”. Creo que el personaje merecía un trabajo literario más esmerado.

En resumen, una muy buena idea editorial, ejecutada con suficiencia en la parte gráfica y de producción, mas no en la literaria. Conviene no olvidar que el género se llama novela gráfica, es decir, que el peso estético no recae sólo en los dibujos, sino que se reparte entre éstos y el guión.  



Óscar Pantoja, Miguel Bustos, Felipe Camargo, Tatiana Córdoba y Julián Naranjo, Gabo. Memorias de una vida mágica, Bogotá, Rey Naranjo Editores, 2013. 

viernes, 22 de febrero de 2013

Joseph Stiglitz detiene el tiempo, de Diego Fonseca


Este libro abre con una pregunta plena, directa al mentón: “¿Podemos confiar el futuro de la economía del mundo a un hombre que llega tarde a todas partes?”. A partir de allí veremos al Nobel de economía Joseph Stiglitz apurado y con la corbata desarreglada, o, por el contrario, parado mirando al cielo con la mano en el mentón, pensando quién sabe en qué mientras otros lo esperan. Veremos a su asistente interrumpir varias veces la entrevista que le está haciendo Diego Fonseca al economista en su oficina de la Universidad de Columbia, para advertirle que ha acabado el tiempo, y a su esposa disculpar —o intentar explicar— el retraso de su marido, que alcanza ya la hora y media, antes de una segunda entrevista.  
“Joe olvida una cosa importante cada día”, leemos en la página 21, mientras Diego Fonseca y ella, la periodista financiera Anya Schiffrin, lo esperan en una sala del hotel The Fairmont, en Washington, el mismo donde se encuentran Gene Hackman y Will Smith en la película Enemigo público. El apellido de la esposa del Nobel no pasa desapercibido para quienes están familiarizados con el mundo del libro y la edición: es la hija de André Schiffrin, el legendario editor americano. Pero este dato lo conocemos muy adelante, cuando se relatan los inicios de la relación entre el Nobel y la periodista. El premio más prestigioso del mundo al parecer no le sirvió como llave maestra a “Joe” para abrir la puerta a su matrimonio con Anya: el padre, André, exigió conocer al pretendiente y probar su valía antes de permitirle casarse con su hija.
Pero además de estos detalles familiares, un poco íntimos del personaje, conocemos también algunos hitos de la teoría económica del siglo XX, y el papel de Stiglitz en su desarrollo y discusión. “En los últimos diez años, Stiglitz se peleó con todos sus empleadores de los rascacielos de Occidente y se ganó el cariño a pie de calle de los globalifóbicos”. En efecto, después de trabajar en el Banco Mundial y en el Fondo Monetario Internacional, después de asesorar a países desarrollados y a grandes firmas, Stiglitz comenzó a discutir con sus políticas, hasta que fue despedido y vilipendiado por igual en Washington y en Wall Street. El Nobel compara al FMI con un “hospital donde los enfermos empeoran”; en una escena de este perfil lo vemos aparecer de improviso en el parque El Retiro, de Madrid, y animar a los indignados con un altoparlante, como cualquier hippie barbudo y descontento.
En la crónica “Y entonces Dios”, incluida en el volumen Sam no es mi tío (Alfaguara, 2012), Diego Fonseca cuenta la historia de Alberto, un hombre común a punto de cumplir cincuenta años, que en los noventa emigró de Colombia a Miami —como tantos otros—, en la década siguiente hizo algo de dinero —como tantos otros—, se endeudó para comprar casa y carros  y lujos —como tantos otros—, y a finales de la década pasada se quedó sin trabajo y sin pagar sus deudas —como tantos otros—. Es un relato de la crisis de las hipotecas en carne propia. Digamos, la práctica. En Joseph Stiglitz detiene el tiempo, además de trazar un perfil del Nobel americano, mira al otro lado de la crisis de 2007, el de las teorías —y las personas— que la previeron, que la dibujaron de antemano, que pudieron evitarla. No desde la calle y la casa propia perdida, como en la historia de Alberto, sino desde las universidades y las grandes instituciones económicas. Digamos, la teoría. Ambas piezas periodísticas pueden leerse como una sola.
Como en “Y entonces Dios”, en este perfil hay una lección de economía. O varias: las causas de la agonía de la industria manufacturera americana, la teoría de las asimetrías informativas, por la que Stiglitz obtuvo el Nobel en 2001, el papel de corredores y auditores en la crisis de las hipotecas… Y en medio de todo ello la mirada de Stiglitz, sus ideas, la manera en que llega a ellas. Porque en este perfil lo vemos hablar en privado y en público, y también lo vemos pensar y escribir. En últimas, la respuesta a la pregunta del comienzo del perfil pareciera ser afirmativa: sí, podemos confiar el futuro de la economía mundial a este hombre impuntual, cerebral, medio subversivo. 
Antes de cerrar, una confesión: dudé en poner “libro” en la primera línea de este comentario. Porque Joseph Stiglitz detiene el tiempo no tiene versión en papel, es un eBook publicado por la estupenda editorial eCícero de España, especializada en periodismo de gran formato. Y ya sabemos que los eBooks siguen siendo una especie de hermano menor del libro impreso, al menos en nuestro medio. Como que no clasifica para llamarlo libro, menos aún para comentarlo, criticarlo, reseñarlo... Quizá sea hora de cambiar esa tendencia o al menos de discutirla. Pero ese es otro tema.


Diego Fonseca, Joseph Stiglitz detiene el tiempo, España, eCícero, 2013.