domingo, 8 de enero de 2017

Diez libros de 2016


Se me pasaron muchas novedades, creo que como a todos los lectores, porque la industria editorial en Colombia está en efervescencia. Los grandes grupos —Planeta y Penguin Random House— están editando y además importando títulos significativos todo el tiempo, y las editoriales independientes sorprenden casi cada semana con una novedad poderosa: este año Laguna, El Peregrino, Rey Naranjo, Luna Libros, Tragaluz y Sílaba, entre otras, presentaron libros valiosos y bellos. En últimas hay buena variedad, y eso alegra el corazón. Pero también causa angustia, porque con tanto para leer a uno inevitablemente se le escapan cosas. Aún no leo, por ejemplo, la novela de Giuseppe Capputo Un mundo huérfano, de la que han hablado tan bien, ni 29 cartas, de Julio Paredes, que me han recomendado lectores en quienes creo, o la Historia oficial del amor, de Ricardo Silva, que ha recogido sólo comentarios positivos. Y eso para quedarnos en el ámbito local...


Hecha la aclaración anterior, empiezo por lo reciente y me voy hacia atrás. Descubrir a Juliana Restrepo fue muy bonito. En su libro La corriente recoge una docena de cuentos muy bien compuestos, divertidos, frescos. Historias y universos interiores de mujeres de veinte y de setenta, empezando la vida y terminándola. La rutina de un matrimonio de décadas y las aventuras de una estudiante en Europa; una fiesta juvenil en Santa Fe de Antioquia y unas Navidades familiares en Medellín, entre otras historias, contadas directamente por sus protagonistas. Las voces que consigue construir la autora son firmes, fuertes, verosímiles; mejor dicho, humanas. Y las anécdotas son entretenidas, inquietantes, vívidas. No se le puede pedir más a un libro de cuentos.


El arte de comer, de M. F. K. Fischer (Debate), es una obra monumental sobre gastronomía que va mucho más allá de su tema principal, expresado en el título. Este volumen —que recoge cinco libros publicados entre la década del cuarenta y la del sesenta del siglo pasado— trata sobre el arte de vivir, más bien. En “la mejor prosa de Estados Unidos”, según dijo el inmenso Auden cuando salió la primera edición, Mary Frances Kennedy Fischer nos invita a mirar lo esencial, lo que vale la pena cuando preparamos una comida o nos sentamos a la mesa —solos o (bien o mal) acompañados—, cuando escogemos los ingredientes y nos acercamos al caldero a ver cómo huele. Además, trae un montón de recetas que se pueden hacer y quedan bien. Es un libro para tener a la mano, en la cocina o en la mesa de noche, todo el año.


Henry Marsh, Ante todo no hagas daño (Salamandra). Unas memorias que son un libro de aventuras que podría ser la serie de TV sobre médicos más emocionante realizada en los últimos veinte años. En serio. Todos los días de su vida este señor toma decisiones que pueden cambiar el destino de personas y familias para bien o para mal. Aquí repasa algunas de esas decisiones, sus detalles y consecuencias. El doctor Marsh no es nada complaciente consigo mismo ni con su gremio, por lo cual nos acerca como nadie lo había hecho antes al complejo mundo de los neurocirujanos en particular, y de los médicos en general.


En La rebelión de los oficios inútiles (Alfaguara), Andrés Ferreira reivindica la novela política, incluso la literatura comprometida, a punta de poesía, de experimentación, de sugerencias e indicios bien dispuestos, de voces animadas por la vida tal como es. Un conflicto social en la década del setenta en Colombia es contado desde múltiples puntos de vista, con un tratamiento elegante del lenguaje y pleno dominio de todos los  recursos narrativos. Me deja esperando lo próximo que publique el autor.  


Pablo R. Arango, Grandes borrachos colombianos (El Malpensante). Cuatro perfiles de igual número de borrachos célebres del Eje Cafetero. El Caballero Gaucho, el ajedrecista Óscar Castro, el profesor Jorge Iván Cruz y el propio autor, también profesor, encarnan diferentes aspectos de lo que significa nacer y crecer en esta región del país. Humor a chorros, citas siempre bien puestas —desde Heidegger hasta putas de Manzanares—, ironía y tragedia, gracejo. Lo sublime y lo vulgar se tocan aquí con el mismo respeto, como pasa en las buenas conversaciones. Es que justo eso es este pequeño gran libro: una buena charla con un interlocutor inteligente.  


Sin freno por la senda equivocada, de Orlando Echeverri Benedetti (El Peregrino), es una novela llena de personajes exóticos y aventuras por los bajos fondos cartageneros, la ciudad que no ven los turistas, incluso ni siquiera los lugareños, apurados en sus oficios cotidianos. La muerte de un personaje en San Andrés desenrreda una trama de hechos que configuran una suerte de thriller tropical. Se siente el calor a medida que uno avanza en sus páginas, mientras nos van regalando en igual medida tragedia y comedia. Como casi todo en el Caribe colombiano, ¿o no?


La física de las palabras, de Richard P. Feynman (Crítica), recoge frases que este amable genio fue desperdigando en entrevistas televisivas y radiales, discursos, artículos de prensa y conversaciones familiares. Las recoge su hija, tratan sobre todos los temas posibles y todas son fantásticas. Por ejemplo: “ Aprendí muy pronto la diferencia entre saber el nombre de algo y saber algo”; “Y la vulgaridad de nuestra época, tan lamentada, es una vulgaridad que solo puede ser paliada por el arte, y con seguridad no por la ciencia sin arte. El arte y la poesía pueden recordar a la mente la belleza, y hacer gradualmente que la vida sea más hermosa”; “Los científicos son exploradores; los filósofos son turistas”. Otro libro para tener a la mano en todo momento y en varias partes de la casa.


El año del verano que nunca llegó, de William Ospina (Random House), es una de las novelas colombianas más ambiciosas y mejor construidas que he leído en los últimos años. Otros lectores con los que he conversado no la consideran del todo una novela sino más bien una crónica o un ensayo, pues se cuenta en ella el viaje del narrador —que puede ser perfectamente William Ospina— por una obsesión. Un episodio de la historia de la literatura toma todo el tiempo e interés de este personaje: el encuentro entre Mary Shelly, Lord Byron, Percy Bysshe Shelley y John William Polidori en una mansión suiza en junio de 1816. De ese encuentro aparentemente fortuito nacieron dos grandes mitos modernos: el del vampiro que se alimenta de sangre humana creado por Polidori (y que cincuenta años después inspiró a Bram Stoker para crear su Drácula) y el del ente construido por otro hombre, encarnado en Frankenstein o el moderno Prometeo. Ospina recrea esa noche de tres días con una avidez que envuelve al lector en una aventura de misterio y conocimiento.


Juan Carlos Orrego es uno de los mejores prosistas hoy en Colombia. Sus frases están esculpidas una a una con esmero, y combinadas entre ellas con ritmo y cadencia. En su prosa hay inteligencia y gracia, erudición y frescura, humor y crítica, todo bien temperado. Lo demostró una vez más este año con Tumba de indio. Viajes por Ecuador y Colombia, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia. En la misma línea de Viaje al Perú, que publicó la misma editorial hace unos años, estas crónicas son un paseo por la literatura, el paisaje y los tipos humanos del país vecino, de la mano de un guía culto y divertido. Fútbol, literatura indigenista, monumentos, paisajes y amistad son los motivos centrales de este libro, aunque no los únicos. Siempre es un gusto leer a Orrego.


El origen de las palabras, de Ricardo Soca, recoge en un solo tomo los tres diccionarios etimológicos publicados antes por el autor en la editorial colombiana Rey Naranjo: La fascinante historia de las palabras, Palabras fabulosas y Palabras milenarias. Además se incluyen nuevos términos y más ilustraciones. Un libro bello e importante para ojear, leer o regalar a personas curiosas o interesadas en el lenguaje.



Una versión ligeramente de esta nota apareció en la revista Bacánika.

lunes, 19 de diciembre de 2016

El viento tiene voz humana, de Jules Renard




Jules Renard desperdigó por su diario frases esplendorosas que recogieron los calendarios franceses durante buena parte del siglo pasado. Pero por aquí el personaje, su pensamiento y su obra han sido poco difundidos. Celebro pues la decisión de la editorial colombiana Milserifas de extractar frases del Diario de Renard y traerlas en un librito muy bello y accesible. En esta colección de frases sueltas incluso puede percibirse un eco de lo que Josep Massot señala en el prólogo a una edición del Diario de Renard publicada por DeBolsillo hace unos años: “Este libro puede leerse pues fragmentariamente, eligiendo una página al azar, o como una novela desestructurada, al estilo Renard, donde se mezclan la narración, la historia, el pensamiento, la observación de la naturaleza y del comportamiento humano”. Tal cual.  

A continuación una breve selección de El viento tiene voz humana, de Jules Renard publicado por Milserifas con un atildado prólogo de Humberto Ballesteros. Un libro perfecto para leer y regalar en esta época y en cualquier otra.



Hay momentos en los que todo sale bien. No hay que asustarse: eso pasa.

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La pereza no es otra cosa que el hábito de descansar antes de estar cansado.

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Dotado de una feliz memoria que me permite olvidarme instantáneamente de cualquier lectura.

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Hay que saber aburrirse, para que la vida no parezca demasiado corta.

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Cada vez que quiero ponerme a trabajar, me interrumpe la literatura.

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Si tuviera todo lo que deseo, de inmediato tendría la impresión de que no tengo nada.

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Los ciegos nos enseñan a ver.

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Es otoño. En un cielo inmóvil pasan dos golondrinas con retraso.

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Sí, la naturaleza es bella. Sin embargo, no te enternezcas demasiado por las vacas. Son como todo el mundo.

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Roncar es dormir en voz alta.

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Prudencia no es más que un eufemismo de miedo.

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No basta con ser feliz: también es necesario que los demás no lo sean.

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¡Te creía muerto! Bueno, otra vez será.




Tomado de: Jules Renard, El viento tiene voz humana, Bogotá, Milserifas, 2016. Traducción de Luisa Fernanda Espina.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Fusilada: M.F.K. Fisher

MFK Fisher en su cocina. Paul Fusco - Magnum

¿Por qué se ha comentado tan poco la publicación de este libro maravilloso? ¿Por qué no se ve en las librerías colombianas promocionado con pompa, por qué no han preparado en la tele algunas de las recetas despampanantes que contiene? El arte de comer se publicó en castellano por primera vez hace un año, y deberíamos estar celebrando desde entonces. Con un banquete, por ejemplo, para ser consecuentes. Porque este libro es eso, una celebración, un banquete extraordinario de memorias, prosa, evocación, exaltación de los sentidos, canto a lo más bonito de la vida, a los momentos significativos. Tristes y dichosos, porque todo es condimento en ese espacio yermo entre comida y comida que algunos llaman vida.

Mary Frances Kennedy Fisher llevó a otro nivel la escritura sobre cocina, comida, el acto de comer. En español solo se conocía Sírvase de inmediato, publicado por editorial Anaya hace muchos años. El arte de comer contiene además ¡Ostras!, Mi yo gastronómico, Cómo cocinar un lobo y Un alfabeto para gourmets. De los cinco libros que contiene este volumen, lo más decantado del estilo de M.F.K. Fisher está en Mi yo gastronómico, publicado originalmente en 1943 con revisiones posteriores. De ahí tomo el episodio que escogí para antojarlos de conocer y disfrutar este libro perfecto para las vacaciones.


La medida de mi capacidad
1919

[…]
Mi abuela, que curiosamente parece mi conexión con todo lo que yo sabía sobre gastronomía infantil, pasó los últimos treinta años de su vida a punto de morir de alguna oscura dolencia interna hasta que un ataque de apoplejía acabó con ella en cuatro días. Era una mujer enérgica, hermética, con las emociones reprimidas, y probablemente tenía un “estómago nervioso”. Pasaba mucho tiempo en sanatorios, a menudo realmente enferma, y cuando estaba en casa, todos teníamos que seguir sus normas dietéticas, puede que para provecho nuestro: nada de fritos ni pasteles, nada de aceites ni aliños.

Los médicos de la abuela, una señora elegante y digna, le habían aconsejado que eructara cuando le apeteciera, y ella lo hacía… Soltaba unos largos y voluptuosos eructos pantagruélicos, donde fuera y en el momento que fuera, de modo que quien no la hubiera conocido habría creído que nuestra mesa era un lugar de disfrute. Y lo fue, al menos durante unas semanas. Todo el tiempo en que Ora estuvo con nosotros.

Ora era una mujer delicada, de pelo gris, introvertida y muy reservada. Se tomaba las tardes y los domingos libres sin incidente ni comentario y mantenía su pequeña habitación pulcra como su persona. El resto del tiempo lo pasaba en una especie de éxtasis en la cocina.

Le encantaba cocinar, de la misma forma que a algunos les encanta rezar, bailar o luchar. Prefería que la dejaran sola, incluso para hacer los pedidos, y siempre dejó claro que las comidas eran cosa suya. Y yo recuerdo esas comidas entre las mejores que he degustado en mi vida…, todo lo que siempre nos habían servido para comer pero presentado de unas formas que nos desconcertaban y nos deleitaban.

La abuela no la soportaba. No conozco la razón concreta, evidentemente, después de tanto tiempo, pero creo que era porque Ora distaba mucho de las chicas simpáticas y estúpidas que ella consideraba adecuadas para las cocinas de las casas de clase media. Y con la “comida sencilla y buena” Ora hacía cosas que la convertían en emocionante, nueva y deliciosa, lo que en aquel severo ascetismo de mi pobre abuela significaba que Ora estaba equivocada.

“Come lo que te pongan delante y muéstrate agradecida por ello”, repetía a menudo la abuela; es decir: “Acepta lo que Dios ha creado y tómalo con humildad y sin experimentar un placer pecaminoso”.

La abuela afirmaba ser incapaz de tocar la mayoría de los platos que Ora traía a la mesa. Sus eructos se hicieron cada vez más implacables y acabó viviendo a base de arroz, agua y tomate hervidos con pan blanco.

—Esta chica te destrozará —le dijo un día a mi madre cuando un lunes presentó el típico picadillo en un nuevo y delicioso camuflaje.

Pero el presupuesto no variaba, confesaba mi madre.

—No pasará una semana que no tengamos a las niñas en cama —comentó la anciana, malhumorada. Pero nosotras gozábamos de mejor salud que nunca.

—Cada vez se comportan peor en la mesa —observó la abuela entre eructos. Y era cierto, si uno se creía lo que le habían enseñado a creer a ella y a millones de anglosajones desventurados: que había que consumir los alimentos sin comentarios de ningún tipo y sobre todo sin alabanzas o señales de goce.

Mi hermana Anne y yo, durante las semanas que Ora estuvo en casa, nos dedicamos a observar cada uno de los platos que servía y a especular con emoción el sabor que tendrían. “¡Madre mía!”, exclamábamos entre la angustia y la fruición. “¡Estrellitas hechas a base de tarta! ¡Con semillas por encima! ¡Qué bonito! ¡Qué bueno!”

Mamá iba sintiendo cada vez más vergüenza y se ponía cada vez más seria; al fin y al cabo, era mi abuela quien la había educado. Habló con nosotras aparte y nos dijo que los niños no tenían que hacer comentarios sobre la comida, sobre todo cuando las podía oír la cocinera.

—Nunca os habíais comportado así —exclamó, admitiendo que no había habido razón para ello, hasta entonces.

Nos contentamos con unas miradas silenciosas de felicidad compartida y, casi estoy convencida de ello, una mayor conciencia de las posibilidades que ofrecía la mesa.

Yo era muy joven, pero recuerdo que observé, sin que me viera, por supuesto, que la carne picada con cuchillo es mejor que la destrozada por una picadora; también que son mejores las hierbas aromáticas recién picadas, que el apio cortado fino tiene otro sabor que el del tallo entero, de la misma forma que las zanahorias en finos bucles y las tostadas en forma de media luna resultaban infinitamente más apetitosas que las cortadas en gruesos cachos o en dados.

Aprendí también otras cosas menos evidentes sobre la utilización de condimentos aparte de la sal y la pimienta, sobre el peligro de la monotonía… Cosas de este estilo. Pero lo que queda claro es que casi todas mis observaciones tenían una relación u otra con el cuchillo de Ora.

Casi todo lo hacía con él: cortar, trinchar, trocear y picar, e incluso lo utilizaba para dar la vuelta a las cosas en el horno, como si fuera una especie de prolongación de su mano. Era un cuchillo largo con una brillante punta curva. Lo trajo consigo el primer día y se refería a él como el cuchillo francés. Otra cosa que no le gustaba de ella a mi abuela; le parecía algo siniestro lo de tener un cuchillo “francés”, llevarlo con ella a todas partes, como si fuera algo vivo, y pasarse horas limpiándolo y afilándolo.

Una señora llamada Kemp aparecía todos los sábados por la mañana para lavar el bonito y blanco pelo de la abuela y a veces el nuestro, y con esto hablaban de Ora. La señora Kemp un día dijo que no volvería a entrar a casa por la cocina. Dejó claro que no le gustaba “aquella chica”. Ora la asustaba, siempre sentada con aquel aire altivo, afilando el maldito cuchillo.

Así pues, la señora Kemp entró a partir de entonces por la puerta de adelante, y Anne y yo permanecimos calladas, como buenas chicas, aunque con la boca entreabierta, como pajaritos hambrientos, a la hora de las comidas, mientras mi abuela eructaba en son rebelde y mi padre y mi madre no recuerdo lo que hacían, aparte de comer.

Llegó un domingo en que, después de pasar el día libre, Ora no volvió con su típica y distante seriedad. Mi madre esperaba un bebé pronto y mi abuela le comentó:

—¿Lo ves? ¡Esta chica se ha subido a la parra! Lo que no quiere es estar en casa con una enfermera.

Mi abuela estaba contenta como unas pascuas, y aquella noche cenamos lo que probablemente era su plato favorito: galletas hechas al vapor con leche caliente.

Pero al día siguiente descubrimos que Ora, en lugar de marcharse de casa de su madre después de un tranquilo y agradable domingo en el que las dos habían ido a la iglesia y después a descansar, la había troceado con el cuchillo francés.

Luego hizo trizas una tienda. No sé qué papel tenía la tienda en todo aquello… Puede ser que las dos mujeres hubieran ido a descansar allí. En realidad es algo fácil de destrozar.

Seguidamente, Ora se cortó las venas de las muñecas y del cuello con gran habilidad. La policía dijo a mi padre que no habían encontrado ni una sola marca o muesca en el cuchillo.

La señora Kemp, y probablemente también mi abuela, se sintieron satisfechas.

—Tenía un presentimiento —dijo la señora Kemp mucho después de que desapareciera Ora.

No sé cómo lo vivieron mi padre y mi madre, pero a Anne y a mí aquello nos deprimió mucho. A nuestras edades, la forma de morir nos afectó poco, pero lo que sí lamentamos fue la inevitable vuelta a la comida sosa y corriente. En aquellos momentos no podíamos hacer nada, pero de Ora la loca aprendimos bastante y gracias a ella ahora sabemos aplicar los conocimientos que nos transmitió.



Lo fusilamos de: M.F.K. Fisher, El arte de comer, Barcelona, Debate (Penguin Random House), 2015, pp. 374-378. Traducción de Marcelo Cohen y Carme Geronés.



miércoles, 16 de noviembre de 2016

Ante todo no hagas daño, de Henry Marsh



Este libro condensa en muchos de sus párrafos y en todos sus capítulos dilemas éticos de la mayor importancia para el ser humano, así como perspectivas filosóficas frente a la vida y la muerte, reflexiones sobre la medicina y la vocación, la familia, el dolor y la esperanza. El doctor Marsh expone su brillante carrera sin esquivar sus errores, algo que no suelen hacer los médicos, mucho menos los de especialidades sofisticadas como la cardiología o la neurocirugía, que es la del doctor Henry Marsh. 

Cada capítulo nos revuelca todas las emociones posibles, tal como puede hacerlo cualquier episodio de una serie televisiva contemporánea sobre médicos y hospitales —o sobre cualquier otra cosa: ya es un lugar común decir que lo mejor de la dramaturgia se está escribiendo ahora para televisión—. Pero en este caso el revolcón emocional es mejor, más intenso, porque el autor va más al fondo, porque sabemos que es real, y porque estas memorias son el examen de conciencia y el acto de contrición de un escritor de primera: “ahora que me acerco al final de mi carrera, siento la creciente obligación de dar testimonio de las equivocaciones que he cometido en el pasado, con la esperanza de que mis discípulos aprendan a no repetirlas”, señala en la página 196.

Así, lo vemos ir y venir entre su casa y el hospital en bicicleta a lo largo del libro; lo vemos abrir todos los días el cerebro —¡el cerebro!— de dos o tres personas y hablar con los familiares de esas personas sobre las perspectivas o los resultados de esas operaciones; asistimos a sus discusiones y bromas con Gail, su secretaria, y a las reuniones cotidianas en la mañana con el equipo de Neurología de un gran hospital londinense. Y rondando siempre por ahí están la muerte, la discapacidad, el dolor. Este señor todos los días toma sobre la marcha decisiones que marcan la diferencia entre la vida y la muerte, o entre un organismo en la plenitud de sus funciones y uno con alguna discapacidad. Todos los días de su vida. Y en alguien con un poco de sensibilidad, eso pesa toneladas: “Empezar puntual, con todo donde debe estar, los paños quirúrgicos colocados de la manera exacta y el instrumental pulcramente dispuesto, es un método fundamental para calmar el pánico escénico quirúrgico”, leemos en la página 59. Y más adelante: “con cualquier cirugía, la cuestión consiste en un equilibrio de riesgos, tecnología sofisticada, experiencia y destreza… y un poco de suerte” (62).

Cada capítulo lleva por título el nombre de alguna enfermedad, malformación o accidente neurológico, y adentro encontramos, entre otras historias, la del caso que le da título al capítulo. Personas entre los 30 y los 40 años, en plena construcción de una carrera, una familia y una personalidad en el mundo, con hijos o padres o esposos, de pronto empiezan a sufrir fuertes dolores de cabeza, o problemas de habla, o de visión, y terminan en el consultorio del doctor Marsh. Niños o niñas que corretean en el patio del colegio de pronto están en su mesa de operaciones desangrándose. Personas que se ven convertidas en “historias clínicas, pues así se llaman esos relatos de catástrofes repentinas o tragedias terribles que se repiten todos los días, año tras año, como si el padecimiento humano no tuviera fin” (32-33).

El doctor Marsh viaja recurrentemente al pasado, a sus años de formación. Ahí radica parte de su sabiduría y de la tremenda compasión que despliega en estas memorias: no olvida nunca quién es, de dónde viene, qué ha aprendido. La compasión es su sabiduría: debería serlo en todos los médicos sin importar su especialidad. En el capítulo titulado “Leucotomía”, por ejemplo, comienza sentado en un pequeño cuarto que tienen los cirujanos al lado del quirófano, descansando entre operación y operación, mientras recuerda sus días como auxiliar de enfermería en la sala de psicogeriatría de un hospital: “Llegar al trabajo a las siete de la mañana para enfrentarse a una sala con veintiséis ancianos incontinentes postrados en la cama puede considerarse todo un aprendizaje, como también lo era lavarlos, afeitarlos, darles de comer, sentarlos en el orinal y sujetarlos con correas a la silla geriátrica. […] Aquel fue un trabajo deprimente y con pocas compensaciones, en el que aprendí mucho sobre las limitaciones de la generosidad humana, especialmente de la mía” (148).

Este es un libro que nos muestra, con el lujo que sólo dan los detalles bien dispuestos, momentos duros de la vida de personas que podríamos ser nosotros, nuestras parejas, nuestras hermanas, y lo hace con compasión y humildad, con viveza y gracia, con precisión e inteligencia. Es notable la manera en que logra que uno se divierta y entretenga en medio de historias tan difíciles. Eso sólo puede hacerlo alguien que sabe tocar las delicadas cuerdas de la prosa y la dramaturgia. Felizmente, es el caso del doctor Henry Marsh.




Henry Marsh, Ante todo no hagas daño, Barcelona, Salamandra, 2016. Traducción de Patricia Antón de Vez.