miércoles 15 de julio de 2009

Fusilado: H. L. Mencken


Admiró sin reservas a Mark Twain y a Ambrose Beirce: al primero nunca pudo superarlo, con el segundo se batió en casi igualdad de condiciones intelectuales, a veces triunfó y a veces cayó a la lona noqueado, sobre todo cuando apareció publicado el inigualable Diccionario del Diablo. Aunque fue siempre un periodista y comentarista de la actualidad americana, sus notas son tan puntillosas y tan incendiarias, tan cínicas y llenas de ideas arrebatadas o lógicas que algunos lo consideran uno de los grandes ensayistas americanos de la primera mitad del siglo XX. Para mí el apelativo es un pelín exagerado. Sí era muy imaginativo y portaba la dosis justa de mala uva que tanto nos gusta, pero muchos de sus argumentos apenas aguantan una segunda lectura rigurosa. Sin embargo, siempre es una delicia leerlo, y para los cazadores de aforismos y frases memorables es una veta inagotable.

Nació en Baltimore en 1880 y allí mismo murió en 1956. Después de trabajar en varios periódicos y revistas fundó la suya propia, The American Mercury, que tuvo un éxito arrollador gracias al ingenio de Mencken. Los fragmentos que siguen fueron tomados de la traducción de su compendio A Mencken Chrestomaty, que en español lleva el título de Prontuario de la estupidez humana.


Retrato de un mundo ideal (1924)

Es tan sabido que cuando el organismo humano consume alcohol en solución acuosa diluida éste actúa como depresor, y no como estimulante, que hasta los fisiólogos más avanzados empiezan a tomar conciencia de este hecho. El profano inteligente ya no echa mano al porrón cuando está en vísperas de un trabajo importante, ya sea intelectual o manual, sino que recurre a él cuando concluye la tarea y quiere relajar la tensión nerviosa y reducir la presión del bazo. El alcohol, por así decir, nos serena. Levanta el umbral de sensibilidad y nos hace menos susceptibles a los estímulos externos, particularmente cuando éstos son desagradables. Al frenar todas las cualidades que nos ayudan a progresar en el mundo y a sobresalir entre nuestros semejantes –por ejemplo, la combatividad, la astucia, la diligencia, la ambición–, libera las cualidades que nos endulzan y nos hacen simpáticos: por ejemplo, la amabilidad, la generosidad, la tolerancia, el humor, la comprensión. El hombre que se ha echado a la bodega dos o tres cocteles es menos competente que antes para gobernar un acorazado por el Ambrose Channel, o para amputar una pierna, o para redactar una escritura hipotecaria, o para dirigir la Misa en Si Menor de Bach, pero es mucho más apto para agasajar a los comensales, o para admirar a una chica bonita, o para escuchar la Misa en Si Menor de Bach. Quienes mejor ejecutan los trabajos duros y útiles del mundo, que van desde extraer muelas hasta cosechar patatas, son los hombres que están tan sobrios como otros tantos ocupantes del pabellón de los condenados a muerte, pero quienes mejor hacen las cosas bellas e inútiles, seductoras y regocijantes, son los hombres que, como se dice habitualmente, están hechos una uva. El Pithecanthropus erectus era abstemio, pero tengan la certidumbre de que los ángeles saben qué es lo que conviene catar a las cinco de la tarde.

Todo esto es tan evidente que me asombra que jamás ningún utopista haya propuesto abolir todos los males del mundo mediante el sencillo recurso de achispar ligeramente a toda la raza humana y mantenerla así. Recuerden que no hablo de emborracharla, sino sólo de achisparla ligeramente, y ruego que me disculpen por no saber describir ese estado en términos más decorosos. El hombre achispado es el que saca a relucir todas sus mejores cualidades. No sólo es inmensamente más amable que el hombre fríamente sobrio, sino que también es incalculablemente más bueno. Reacciona frente a todas las situaciones con una actitud expansiva, generosa y humana. Se transforma en un individuo más liberal, más tolerante, más benévolo. Es mejor como ciudadano, como marido, como padre y como amigo. Semejantes hombres nunca promueven las empresas que hacen incómoda y peligrosa la vida humana sobre la Tierra. No provocan guerras ni saquean u oprimen a los demás. Quienes perpetraron todas las grandes infamias del mundo fueron hombres sobrios, y casi siempre abstemios. Pero quienes brindaron a la humanidad todas las cosas fascinantes y bellas, desde el Cantar de los cantares hasta la tortuga á la Maryland, y desde las nueve sinfonías de Beethoven hasta el martini, fueron hombres que, cuando llegaba la hora, cambiaban el agua de pozo por algo con un poco de color y con más componentes que el oxígeno y el hidrógeno.

Sé, claro está, que la tarea de achispar a toda la raza humana y de mantenerla achispada un año sí y otro también plantearía formidables problemas técnicos. Sería difícil lograr que la dosis diaria de cada individuo se acomodara exactamente a sus necesidades particulares y sería igualmente difícil hacérsela llegar precisamente en el momento oportuno. Por un lado, existiría siempre el peligro de que ocasionalmente grandes minorías recuperaran la sobriedad total y desencadenaran guerras, disputas teológicas, reformas morales y demás incordios análogos. Al mismo tiempo, existiría el peligro de que otras minorías se embriagaran realmente y nos fastidiaran a todos con sus gritos jactanciosos o sus llantos sensibleros. Pero, naturalmente, estos problemas técnicos no son en modo alguno insuperables. Quizás podríamos solucionarlos renunciando a administrar el alcohol por boca y distribuyéndolo mediante la impregnación del aire con sus vahos. Formulo la sugerencia y la pongo en circulación. Estos asuntos corren por cuenta de hombres idóneos en terapéutica, cuestiones de gobierno y eficiencia comercial. Actualmente contamos con ellos y a menudo sus empresas reflejan una gran dosis de ingenio, pero puesto que en la mayoría de los casos están sobrios, dedican demasiado tiempo a hostigar al resto de la gente. Medio achispados serían diez veces más geniales y quizá su eficiencia se reduciría a la mitad. Miles de ellos, relevados de sus actuales deberes antisociales, estarían ociosos y ávidos de trabajar. A ellos les confío la solución de este problema. Si su éxito no es absoluto, por lo menos será parcial.

Queda en pie la objeción de que aunque se tratara de pequeñas dosis de alcohol, si a cada una de ellas la siguieran otra antes de que hubiesen disipado los efectos de la primera, la salud física de la raza se resentiría, aumentaría la tasa de mortalidad y desaparecerían, exterminadas, categorías íntegras de seres humanos. Mi respuesta consiste en que lo que propongo no es la prolongación del ciclo vital sino la multiplicación de sus goces. Supongamos que su duración se reduzca en un 20 por ciento. Pues yo afirmo que sus deleites aumentarán por lo menos en un 100 por ciento. Engañados por los estadígrafos, caemos con frecuencia en el error de venerar simples números. Decir que A vivirá hasta los 80 años y que B morirá a los 40 no implica una demostración plausible de que A debe inspirarnos más envidia que B. En la práctica, es posible que A tenga que pasar la totalidad de sus 80 años en Kansas o Arkansas, comiendo sólo maíz y carne de cerdo y bebiendo únicamente agua de río contaminada, en tanto que es posible que B pase sus 20 años de vida responsable en la Costa Azul, wie Gott im Frankreich. Aduzco que, aun suponiendo que la duración media de la vida humana se redujera en un 50 por ciento, el mundo que imagino sería infinitamente más feliz y encantador que este en el que vivimos hoy, y que después de haber saboreado su paz y dicha ningún ser humano inteligente volvería por su propia voluntad a las torpes brutalidades y estupideces que ahora padecemos y que nos esforzamos neciamente por prolongar. Si aun en estos días deprimentes los norteamericanos sagaces continúan aferrándose a la vida y empeñándose en estirarla más y más, no lo hacen ciertamente por una razón lógica sino sólo por instinto. El que se obstina es el bruto primitivo que hay en ellos, no el hombre. Éste sabe demasiado bien que diez años en un país auténticamente civilizado y dichoso valdrían infinitamente más que una era geológica bajo las maldiciones que ahora debemos enfrentar y soportar todos los días.

Además, no es obligatorio admitir que una alcoholización moderada de toda la raza reduciría realmente el ciclo vital. Muchos de nosotros ya estamos moderadamente alcoholizados y sin embargo conseguimos sobrevivir tanto como los puritanos. Y en lo que a los mismos puritanos concierne, ¿quién protestaría si la inhalación del aire impregnado en alcohol les produjera delirium tremens y los esterilizara y exterminara? Las ventajas que cosecharía la humanidad en general serían obvias e incalculables. Todas las peores cepas, que ahora no sólo perduran sino que incluso prosperan, desaparecerían en pocas generaciones, y en consecuencia el ser humano medio se alejaría apreciablemente, digamos, de la pauta que marca un clérigo bautista de Georgia para acercarse a la pauta de Shakespeare, Mozart y Goethe. Aunque se necesitaría una eternidad, claro está, para recorrer todo el trayecto, cada generación asistiría a un progreso lento pero seguro. Ahora, como todos saben, no progresamos en absoluto, sino que retrocedemos sistemáticamente. Es tan evidente que el hombre civilizado medio de hoy es inferior al hombre civilizado medio de hace dos o tres generaciones, que no es necesario presentar testimonios para probarlo. Es menos emprendedor y valiente, es menos habilidoso y variado, se parece cada vez más a un conejo y cada vez menos a un león. Las duras opresiones lo han convertido en lo que es. Es víctima de los tiranos. Bien, ningún hombre con dos o tres cocteles adentro es un tirano. Puede ser tonto pero no cruel. Puede ser bullicioso, pero también es tolerante, generoso y benévolo. Mi propuesta reimplantaría el cristianismo en el mundo. Rescataría a la humanidad de los moralistas, los pedantes y los brutos.


Sacrificio (1928)

Siempre me entristece ver a los niños yendo a la escuela. Durante la media hora anterior a las nueve de la mañana pasan bamboleándose por la plaza situada frente a mi casa de Baltimore con el aire abatido de los neoyorquinos que bajan del ferry para ir al trabajo. Casualmente deben marchar cuesta arriba, pero sospecho que se demorarían igualmente si caminaran cuesta bajo. [...]. Por la tarde, cuando vuelven a casa, corren y brincan como gacelas. Están cansados pero se sienten felices, y la dicha de los jóvenes siempre asume la forma de contracciones bruscas y reiteradas de los músculos estriados, en particular los de las piernas, los brazos y la laringe.

A mi juicio, la idea de que los escolares están casi siempre contentos con su suerte implica un triste engaño. En general son capaces de soportarla, pero les gusta tanto como al soldado le gusta la vida en la trinchera. La necesidad de sobrellevarla los convierte en actores. Aprenden a mentir… y quizás esto es lo más valioso –para un ciudadano del mundo cristiano– que aprenden en la escuela. Ningún niño quiere y admira realmente a su maestra. Lo más que puede hacer, suponiendo que sea dueño de todas sus facultades, es tolerarla como tolera el aceite de ricino. La maestra puede ser la flor más hermosa del jardín pedagógico, pero lo más que niño consigue ver en ella es la imagen de una carcelera que podría ser peor.

Pienso que el período escolar es el más desdichado de toda la existencia humana. Está poblado de tareas insulsas e ininteligibles, de reglamentaciones nuevas y desagradables, de trasgresiones brutales al sentido común y el decoro. Un niño razonablemente despierto no necesita mucho tiempo para descubrir que la mayor parte de las enseñanzas con que lo atosigan son absurdas, y que a nadie le interesa realmente que las asimile o no. Sus padres tienden a aburrirse con sus lecciones y deberes, a menos que tengan una mente infantil, y son incapaces de ocultar este hecho cuando él los escudriña con sus ojos penetrantes. A sus primeros maestros los ve sencillamente como policías fastidiosos. A los posteriores generalmente los cataloga, con mucha razón, como asnos.

Una de las grandes tragedias de la juventud –y la juventud es la época de las verdaderas tragedias– reside por cierto en el hecho de que a los jóvenes se los pone primordialmente en contacto con adultos que no le inspiran respeto [...] Sus compañeros materiales, impuestos por los decretos inexorables de un estado desalmado e irracional, son las “señoras maestras”, de sexo masculino y femenino, o sea personas de vida trivial y pedestre, tan poco capaces de acicatear el espíritu de emulación de un niño sano como otras tantas comadronas u otros tantos empleados de la perrera.

No es extraño entonces que los escolares recurran a sus pares, en lugar de recurrir a sus maestros, para buscar estímulo. Sospecho que ésta es una de las causas principales de la delincuencia juvenil que prolifera en Estados Unidos, porque los muchachos que se destacan por encima de la masa y atraen a sus camaradas más débiles son los relativamente temerarios y díscolos. Pero cualesquiera sean las consecuencias, el hecho en sí mismo es bastante natural, porque un joven flagelado por un exceso de energía tiene sed de aventura y experimentación. Lo que le suministran sus maestros es casi siempre lo contrario. Las maestras tienen instintos de amas de compañía y los maestros casi nunca se elevan por encima del nivel de los jefes de boy-scouts y los secretarios de la Asociación Cristiana de Jóvenes. A un adulto le resultaría bastante difícil soportar semejante compañía, aun con la ayuda del alcohol y el cinismo. Para un niño que se está desarrollando, ésta es una tortura. [...] Hoy se ha extinguido la vieja pedagogía, y la reemplaza una ciencia nueva y complicada. Por desgracia, ésta es en gran medida obra de imbéciles, y por ende continúa el infortunio de los jóvenes. En todo el ámbito de la cultura humana no hay un gremio más fantásticamente inepto que el de los pedagogos. Si alguien lo duda, que lea las revistas de pedagogía. Mejor aún, que solicite una pila de las tesis que los Kandidaten escriben y publican cuando aspiran al doctorado. No se encontrará nada peor en la literatura de la astrología, la comercialización científica o la Iglesia de Cristo Científico. Pero para seguir su especialidad, las pobres “señoras maestras” deben afanarse por estudiarla e incluso por dominarla. No es extraño que sueñen con el amor doméstico dentro del marco de la ley, aunque ello implique la maldición de cocinar.

Los escolares de hoy se hallan expuestos a esta catarata de puerilidad desde que escapan del jardín de infantes hasta que se refugian en la universidad o en la esclavitud asalariada. ¿Sus vidas son felices? Pregúntese usted si sería feliz en el caso de que tuviera que escuchar durante seis o siete horas diarias los discursos de espiritistas o adventistas del Séptimo Día. A un niño inteligente debe resultarle espantoso someterse a semejante vivisección, y sin duda el hecho de que la pobre maestra también sufre no basta para mitigar sus tormentos. Ya no es suficiente que ella ame su arte y lo practique con esmero. También debe deslomarse todos los años en la escuela de verano, maldiciendo su suerte y superponiendo audazmente más y más capas de colorete. Al fin su mente se transforma en un negro abismo de gráficos y fórmulas, de estadísticas falsas extraídas de una psicología de pacotilla, y está tan poco capacitada para enseñar como lo está una máquina de sumar.

Deberíamos sentir más compasión por los escolares. La idea de que son dichosos corre pareja con la idea de que la langosta que cocinamos en la olla lo es. En muchos sentidos, son las peores víctimas, las más patéticas, de esa compleja trama de futilezas y crueldades que llamamos civilización. La raza humana es tan estúpida que nunca logró inculcarles por métodos indoloros y agradables las triquiñuelas y los desvaríos necesarios. Los gatos y los perros se portan mejor con sus crías, y otro tanto se puede decir, en verdad, de los salvajes. Todo lo que se enseña hasta el fin de la escuela primaria se le podría enseñar en dos años a un niño inteligente, mediante un sistema realmente científico, sin mayor crueldad que la que se pone en la extracción de un diente. Pero ahora la misma operación abarca nueve años y una larga serie de laparotomías sin anestesia.

¿En la escuela se aprende algo verdaderamente valioso? A veces lo dudo. Además, muchos hombres más sabios que yo lo dudan, aunque generalmente excluyen de sus objeciones la lectura y la escritura. La “señora maestra”, dicen, puede enseñarles a sus clientes a leer y escribir. Todo lo que aprenden luego lo asimilan por propia cuenta. Yo voy más lejos. Pienso que habitualmente los niños se enseñan a sí mismos, o los unos a los otros, a leer y escribir. Es posible que la “señora maestra” les muestre cómo se aprende, y despierte en ellos el deseo de cultuvarse, pero casi nunca les enseña realmente. Está demasiado ocupada redactando informes, aprobando exámenes, y esforzándose por averiguar qué es lo que los incontables “super-gogos” que la acosan quieren que haga y diga. Ella es tan infeliz como sus discípulos y odia el estudio con tanto encono como lo odian éstos.


Tipos humanos

El romántico (1918)
Existe un tipo de hombre cuya vista exagera inevitablemente, cuyo oído capta inevitablemente más de lo que la orquesta toca, cuya imaginación duplica y triplica inevitablemente los datos que le comunican sus cinco sentidos. Es el entusiasta, el creyente, el romántico. Es el tipo de hombre que, si fuera bacteriólogo, proclamaría que el estreptococo piógeno es tan grande como un perro San Bernardo, tan inteligente como Sócrates, tan bello como la Catedral de Beauvais y tan respetable como un profesor de la Universidad de Yale.

El creyente (1919)
La fe se puede definir en pocas palabras como la propensión a creer, contra toda lógica, que sucederá lo improbable. Por lo tanto tiene un regusto patológico. Se aparta del mecanismo normal del intelecto e ingresa en el reino tenebroso de la metafísica trascendente. El hombre lleno de fe es sencillamente aquel que ha perdido (o no ha tenido jamás) la facultad de razonar en forma clara y realista. No es un simple asno: está realmente enfermo. Peor aún, es incurable, porque el desencanto, que es en el fondo un fenómeno objetivo, no puede modificar definitivamente su dolencia subjetiva. Su fe asume la virulencia de una infección crónica. Lo que dice, en esencia, es lo siguiente: “Confiemos en Dios, quien siempre nos embaucó en el pasado”.

El médico (1919)
La higiene es la medicina corrompida por la moralidad. Es imposible encontrar un higienista que no envilezca su teoría de lo sano con una teoría de lo virtuoso. Todo el arte de la higiene se condensa, ciertamente, en una exhortación ética. Esto determina que en última instancia entre en un conflicto radical con la medicina propiamente dicha. El verdadero fin de la medicina no consiste en hacer virtuosos a los hombres sino en salvaguardarlos y rescatarlos de las consecuencias de sus vicios. El médico no predica el arrepentimiento, sino que ofrece la absolución.

El metafísico (sin fecha)
El metafísico es aquel que, cuando decimos que el doble de dos es cuatro, pregunta qué entendemos por doble, por dos, por tres y por cuatro. A cambio de semejantes preguntas, los metafísicos viven en las universidades con lujo asiático y se los respeta como hombres cultos e inteligentes.

El filósofo (1927)
En la historia humana no hay antecedentes de un filósofo feliz: sólo existe en la leyenda romántica. Muchos de ellos se suicidaron; muchos otros expulsaron del hogar a sus hijos y apalearon a sus esposas. Y esto no debe maravillarnos. Si queréis descubrir lo que siente un filósofo mientras práctica su profesión, id al zoológico más próximo y observad a un chimpancé consagrado a la tediosa e inútil tarea de espulgarse. Ambos sufren espantosamente y ninguno de ellos puede triunfar.

El altruista (1920)
Una buena parte del altruismo, incluido aquel que es totalmente sincero, se asienta sobre el hecho de que es incómodo estar rodeado de gente infeliz. Esto se aplica particularmente a la vida familiar. El hombre se sacrifica para satisfacer los deseos de su esposa, no porque le produzca un gran placer renunciar a lo que anhela para sí, sino porque le gustaría aún menos verla sentada con la cara larga ante la mesa común.

El iconoclasta (1924)
El iconoclasta cumple una función probatoria suficiente cuando demuestra, con su blasfemia, que este o aquel ídolo es vulnerable..., que por lo menos un visitante del templo sigue lleno de dudas. Quienes más hicieron por la liberación del intelecto humano fueron aquellos pícaros que arrojaron gatos muertos en los santuarios y luego salieron a trajinar por los caminos, demostrando a todos los hombres que el escepticismo, al fin y al cabo, no entraña riesgos: que el dios montado sobre el altar es un fraude. Una carcajada vale por diez mil silogismos.

El hombre bueno (1923)
En el mejor de los casos, el hombre es siempre una especie de animal unipulmonado, que nunca es absolutamente completo y perfecto en el sentido en que, digamos, una cucaracha es perfecta. Cuando ostenta una cualidad valiosa, casi siempre carece de otra. Dadle una cabeza y le faltará corazón. Dadle un corazón con cuatro litros de capacidad y su cabeza contendrá escasamente medio. El noventa por ciento de las veces el artista es un timador y un individuo proclive a seducir a las así llamadas vírgenes. El patriota es un fanático intolerante y, la mayoría de las veces, un jactancioso y un cobarde. A menudo el hombre dotado de coraje físico está, desde el punto de vista intelectual, a la altura de un clérigo bautista. El gigante intelectual padece de los riñones y es incapaz de enhebrar una aguja. En todos mis años de búsqueda por este mundo, desde la Puerta de Oro al oeste hasta el Vístula al este, y desde las Orkney Islands al norte hasta las costas del Caribe en el sur, jamás he encontrado un hombre cabalmente moral que fuera honorable.


Lo fusilamos de: H. L. Mencken, Prontuario de la estupidez humana, Barcelona, Ediciones Martínez Roca, 1992. Traducción de Eduardo Goligorsky, prólogo de Fernando Savater.

viernes 10 de julio de 2009

Del otro lado del jardín, de Carlos Framb


En octubre de 2007 el poeta antioqueño Carlos Framb vertió en un yogur una cantidad letal somníferos y morfina y se lo dio a beber a su madre, Luzmila Alzate. Luego oyó música, caminó por el barrio, escribió un par de cartas, tomó algo de vodka y lo pasó con el mismo mejunje que horas antes se había tomado su mamá. Para estar seguro de tener nada más que tiquete de ida se puso una bolsa en la cabeza, pero no alcanzó a ajustársela: se quedó dormido. Tres días después se despertó en el hospital, sin madre y con cargos por homicidio agravado. No llegó al infierno, pero estuvo en la antesala durante los siguientes meses: cárcel, entresijos legales, el repudio de algunos de sus amigos y conocidos –claro que, al tiempo, vinieron las muestras más tiernas de afecto y apoyo por parte de amigos, alumnos y familiares– y la falta de vivienda.


La historia llegó a los periódicos y dio de qué hablar durante un tiempo. Por supuesto, trajo a la mesa de algunos círculos el tema de la muerte asistida, de las decisiones trascendentales. En este libro Carlos Framb cuenta la historia desde su punto de vista privilegiado, a manera de homenaje póstumo a su madre, el ser que más amó en sus cuarenta y pico años de vida. En un párrafo económico y bonito la dibuja, y con ella la vida de una señora de edad de clase media en Medellín: “A lo largo de casi dos décadas la vida de mamá siguió sin mayores altibajos. Un día era la réplica del anterior y del siguiente: los oficios de la casa, las conversaciones con las vecinas, las hermanas y las sobrinas, la insulina para mi padre, las rutinarias citas médicas, la misa dominical, alguna discusión doméstica, las salidas al centro, algún cambio de domicilio, la muerte de algún pariente lejano” (p. 39). En esa rutina tan consolidada se instala el comienzo del fin: en menos de diez años mueren dos hermanas queridas y un hermano, se cae y se parte el fémur, el esposo de media vida se enferma y muere. Doña Luzmila, esa señora serena y típica, se desmorona: queda impedida por la caída, a la que se suma una ceguera progresiva y, con ella, la depresión.


El hijo toma entonces a su cargo a la madre, y entre él y la señora se va construyendo un tejido sólido de amor y compañía, que es el que nos dibuja Framb en este libro. Algo de las conversaciones y el día a día nos deja ver en el testimonio el autor de estas páginas, aunque no mucho. Sobre todo, nos relata cuando conversan sobre esa decisión que van tomando, cual es que la señora abandonará esa vida de dolores y padecimientos ayudada por su hijo: “Teníamos que salvar el hiato que mediaba entre sus creencias religiosas y mi postura escéptica, entre su concepción del suicidio como un pecado y la mía que lo entiende como un ejercicio de dignidad, libertad y honor. El nudo por desatar era Dios” (pp. 45-46).


Además de las conversaciones, la descripción de la vida cotidiana de dos personas serenas y de la casi transcripción de lo que iba pasando por la mente y el corazón del autor, cada capítulo incluye una digresión, una historia alterna: el primero la historia de Sonsón, el pueblo en que nacieron madre e hijo; el segundo un recuento de la muerte por propia mano de grandes personajes de la historia; el tercero un reporte detallado de la muerte también voluntaria de escritores y sus parejas: Herbert von Kleist y su amiga Henriette Vogel, Stefan Zweig y su segunda esposa, Charlotte Altman, y la de André Gorz y su mujer. De las citas que recupera Framb la más bella es la que toma de Gorz, en su libro Carta a D. Historia de un amor: “Vas a cumplir ochenta y dos años. Te has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos, y aún continúas hermosa, grácil y apetecible. Ya hace cincuenta y nueve años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Llevo de nuevo en el pecho un vacío devorador que sólo calma el calor de tu cuerpo contra el mío. A veces, en la noche, veo la silueta de un hombre que, por un sendero vacío y en un paisaje desierto, va caminando tras un féretro. Yo soy ese hombre. Eres tú a quien el féretro transporta. Y no quiero asistir a tu cremación; no quiero recibir tus cenizas en una urna” (pp. 92-93). Esas citas, esas digresiones, esas historias alternas se agradecen, pues aunque es a ratos bella la narración de Framb de la vida con su madre y las expresiones de amor por ella, a veces comienzan a empalagarnos, y necesitamos salirnos a dar una vuelta por el jardín, pensar en otros asuntos.


Es que el libro peca por exceso de devoción. Uno quisiera más imágenes y menos declaraciones de amor. Uno quisiera algo más de equilibrio: por ejemplo, el autor transcribe con lujo de detalles la ponencia de la defensa durante su proceso penal, pero no hace lo mismo con la de la fiscalía. Y no sólo en este caso: falta equilibrio entre las generalidades y las situaciones específicas: uno quisiera más de las segundas y menos de las primeras. Si es un libro testimonial debe ser más abierto, más franco. Creo que le faltó al autor un tiempo para madurar su duelo, para decantar su visión de los acontecimientos: en el afán de rendirle un homenaje a su madre se perdió la oportunidad de componer un testimonio más vívido. Aunque vale la pena leerlo por la prosa diáfana de Framb, por la recuperación de su proceso legal, pero sobre todo, por las cuatro o cinco páginas donde cuenta la noche en que ayudó a morir a su madre e intentó él morir con ella: son impresionantes.


Carlos Framb, Del otro lado del jardín, Bogotá, Planeta, 2009, 186 páginas.

NOTA: El ojo en la paja regresa con la regularidad de siempre, una actualización a la semana, dos cuando me lo permiten mis otros compromisos.

miércoles 17 de junio de 2009

Fusilado: Alejandro Rossi (ay)


El pasado 6 de junio murió uno de los más excelsos escritores de la lengua castellana. Uno de mis autores de cabecera, lo saben quienes me conocen. Lo leo y lo releo cuando quiero descansar de modernidades, de experimentaciones, de tentativas, de aceleres, de pirotecnia. La prosa de Rossi pide calma, tiempo, reposo, compromiso. Y a ello me avoco cada cierto tiempo: a las columnas que son fragmentos de conversación del Manual del distraído, a los relatos que van componiendo su propio mundo de La fábula de las regiones, a las complejidades ligeras de Un café con Gorrondona, a los perfiles exactos de Cartas credenciales. Temprano, casi recién abierta esta página, le rendí un minúsculo homenaje en esta entrada, uno de mis textos favoritos de Rossi. Aunque... pensándolo bien, me he demorado en colgar este otro homenaje porque no sabía qué fusilar, no sabía qué escoger, y la muerte de este estilista me ha llevado a releerlo casi todo, lo cual me ha complicado más la selección. ¿“Puros huesos”, “Un preceptor”, “Robos”, “Palabras e imágenes”, “La lectura bárbara”, del Manual del distraído? O mejor, ¿ “Entre amigos” o “Diario de guerra” de Un café con Gorrondona? ¿Cómo promociono a Rossi, qué muestro, si casi todas sus páginas son perfectas, si casi todo lo que escribió me gusta? Al fin me fui por el azar y fusilé tres texticos de entre los varios que ya tenía digitalizados. Acá los dejo, con la recomendación, a quienes no han lo leído, de que empiecen por cualquiera de sus libros: seguro van a seguir con los demás. Eso sí, el que más se deja ver por ahí es el Manual del distraído. El primero y el segundo de los que fusilo pertenecen a ese libro, el tercero, a Un café con Gorrondona. Buen provecho.

Protestas

Me molesta encontrar en un texto la palabra mas en lugar de pero. Siento que es ampulosa y hueca. Cuan­do la veo colarse en una frase, así, sin el acento, espe­ro ya lo peor: una seriedad vacua, una concepción de la literatura untuosa y sonora. La asocio a esas pausas melodramáticas que, al cabo de unos segundos, ex­plotan en un “¡Mas no es así!”. O a perplejidades falsas: “Mas ¿cómo decirlo?”, “¡Mas nunca sabremos!”. Miste­rios teatrales y, sin embargo, tétricos. Un conferencian­te en una sala semivacía proponiéndonos su visión solitaria del inevitable holocausto. Me trae bobera, pero también regaños, admoniciones, estampas del Anti­guo Testamento, castigos durísimos y destinos férreos. Aquí interviene, sin duda alguna, el padre Pellegrini, un jesuita con cabeza de dominico elocuente, peque­ño, flaco, casi calvo y que nos ofrecía, dos o tres veces por semana, unos sermones furiosos, compuestos de periodos complejos e interminables; sermones en los que desplegaba los brazos como dos alas inmensas, creaba silencios hipnóticos, miraba lugares indefini­dos y sudaba copiosamente. Al terminar bajaba del púlpito sin hacer el menor ruido y se escurría por al­guna puerta lateral. El padre Pellegrini usaba la pa­labra mas. Sus prédicas la exigían. He olvidado los temas, pero no los ademanes, el acento trágico, la at­mósfera de catástrofe que pretendían suscitar. Nos gustaban porque nos distraían; comprendíamos poco y admirábamos vagamente sus habilidades. Nunca nos asustó y siempre creímos que polemizaba con perso­najes raros que sólo él conocía. No se reunía con los alumnos, no daba clases, llevaba una vida retirada y sospecho que lo utilizaban como una especie de es­pantapájaros sagrado. Me quedó de él una doble ima­gen: encendido en el pulpito y manso en los corredores del colegio. Su única herencia quizá sea esta intole­rancia mía, la convicción de que mas excluye el humor, la acidez, provoca la prosa rimada, impide las sorpre­sas, nos hace levantar la voz, nos empuja irremediablemente hacia la gravedad, los tópicos, el espejo. Pero, por el contrario, crea dicotomías, es seco, se lleva bien con el balde de agua helada, es un freno al llanto fácil, permite, en un instante, cambiar el tono, voltear la medalla, quitar la pacotilla y el azúcar. No me intere­san los feligreses, las bocas abiertas, los oradores páli­dos, perlosos, amenazantes. Prefiero usar pero.

También protesto contra las explicaciones exce­sivas. Me refiero al hábito de comenzar desde muy atrás y luego avanzar lentísimamente hacia el único hecho que en realidad nos interesaba. Pienso en esas personas que ante la pregunta más modesta –o más impaciente– quisieran abrumarnos con una crónica complicada y enorme. Si nos intriga el nombre de una calle, corremos el riesgo de escuchar la historia de la ciudad. Mostrar curiosidad por la suerte de un amigo, nos obliga a enterarnos de su biografía completa. An­tes de saber la fecha en que murió ese autor, conoce­remos sus incidentes matrimoniales, sus bromas, sus horarios de trabajo, las envidias que lo carcomieron, su famoso pleito con Fulano de Tal, la influencia posi­tiva de la madre, la relación con los editores, los míni­mos triunfos y su amor por los espacios cerrados. Concedemos que el origen de ciertas situaciones polí­ticas es lejano, pero objetamos que siempre interven­gan los visigodos. Creer en el orden del Universo y en el principio de causalidad no justifica esos abusos. La verdadera golosina, sin embargo, es la pregunta por algún rasgo íntimo. La pequeña cicatriz en la frente desencadenará recuerdos de institutrices crueles, an­siedades nocturnas, excursiones veraniegas, cancio­nes, aquella implacable tormenta, la soledad de los bosques, el empujón fatal, la caída, reflexiones sobre las trampas de la memoria, el peligro de la infección, la fecha en que se inventó la penicilina, la impotencia de los médicos antiguos, la extraña impresión que pro­duce ver la propia sangre, el orgullo de llevar la cabeza vendada, la guerra, sus causas, aquel libro magis­tral, la fragilidad humana, el cuerpo como un objeto, la esclavitud, la musicalidad de los negros, Benito Ce­reno, la elegancia de los bergantines, el mar en la poe­sía española, la muerte por asfixia, el dolor y las traducciones de Séneca. He notado, además, que esos personajes intentan estimularnos colocándose el reloj en la mano derecha o anudándose la corbata de algu­na manera extraña. Extraen una lupa del bolsillo para deletrear algún título y siempre abren el automóvil por la otra puerta. Si aún permanecemos callados, nos informan que desde hace cinco lustros duermen en un catre, se alimentan sólo de mariscos, salen a la ca­lle cuando llueve, nunca han visto una película y pre­fieren, fanáticamente, la castidad. Es difícil resistir esa acumulación, porque bastará la sombra de una sonri­sa o un movimiento de cejas para que comience el re­lato. Nos provocan y nos espían. La moraleja es clara: no asombrarse si llevan un ojo de vidrio, una pierna de caoba o una corbata de cartón y menos aún si se declaran monárquicos, rosacruces o nos confiesan que detestan la luz eléctrica.

Otra especie fatigosa es la de aquellos que, en cual­quier contexto, enfatizan la presentación lógica de sus cavilaciones. Juzgan que la última oración es incom­pleta si no incluye la fórmula “Por consiguiente”. Nos advierten, así, que han llegado a una “conclusión”: han estado charlando con nosotros, es cierto, pero a la vez nos han “demostrado” algo. “Por tanto” y “Por eso” son variantes aceptadas que también aspiran a sacu­dir nuestra modorra y a indicarnos que no se trata de un parloteo, sino de una “deducción”. Quizá amen la lógica, pero sospecho que también les apasiona un auditorio atento y callado. No vuela una mosca, él ha­bla, ya vamos por el cuarto teorema. Poco importa que el tema verse sobre las sucesivas sensaciones que ex­perimentó esa mañana mientras se bañaba con agua fría: las dividirá en premisas y nos probará que la últi­ma –satisfacción, orgullo– era necesaria y legítima. En efecto, la precedió un “por tanto”. Hace apenas unas semanas sintió náuseas y “por consiguiente” fue al cine: esa acción, nos sugiere su lenguaje, era inevita­ble. La vida entera es un conjunto de actos precisos e ineludibles. Enigmas de la gramática. Lo fascina el análisis, y ésa es la razón por la cual sus peroratas siempre se inician con las palabras sacramentales “En primer lugar”. Cambió el tono: la conversación –o la página– ya no es ondulante y desordenada, hay do­minio, hay imperio sobre el material. Lo cual se comprueba de inmediato al escuchar –unos instantes después– "En segundo lugar". A esas alturas hasta los más distraídos se habrán dado cuenta de que “En ter­cer lugar” vendrá muy pronto. Hablar es disecar, mos­trarnos los resultados obtenidos en su laboratorio particular. Todo se somete a esos rigores: en primer lugar leyó el periódico, en segundo lugar se lavó los dientes y en tercer lugar abrió la puerta. Individuos obsesivos, didácticos, aplastantes.

Hay personas para quienes los apellidos no exis­ten. El mundo está poblado únicamente de Pablo, Juan, Alberto, Thomas, Igor, Leopoldo, Vicente, Hugo, Ramón, Jorge y André. El escritor siempre es Julio y el pintor Antonio. Todos son amigos, figuras familiares que hemos visto en pantuflas, despeinados, de cerca. Los hemos acompañado a comprar calcetines, lápices, cuadernos. Estuvimos con él cuando se rompió la pier­na, cuando decidió aprender inglés, cuando dejó de comer carne. La diferencia es tajante: para mí es un cuadro, para él –o ella– es una convivencia cotidiana y casera. Una visión de alcoba que pretende imponer una distancia irrecuperable entre nosotros y el perso­naje. Nos excluyen, comprendemos a medias, el otro es la fuente de las anécdotas, de los incidentes míni­mos y reveladores. Me lleno de envidia, porque duran­te unos minutos le doy la razón: la obra apenas mues­tra lo que sucedía allá dentro. Se me escapa si nunca lo contemplé haciendo gárgaras. El abuso del nombre propio se presta, además, para simular una igualdad inexistente o para insinuar la trivialidad básica de esas vocaciones: Juanito el pintor, Pedrito el poeta. Las ver­daderas causas de mi fastidio quizá también sean impuras. Presiento que el nombre propio destruye las jerarquías, y yo, por el contrario, deseo un universo donde siempre haya personalidades mayores, lejanas e intratables. Aquellas que reconozco como maestros y jueces. Nostalgias filiales, deshechos religiosos, ima­ginería romántica o psicología de discípulo. Todo es posible y, sin embargo, concluyo que frente a los cuchi­cheos y a las altanerías prefiero mis reverencias.


Calles y casas

No soy un obrero, no soy un burócrata y tampoco soy un millonario. Sin embargo existo y si me gustaran las clasificaciones pías y vagamente hipócritas diría que soy un "trabajador intelectual". Renuncio a ese con­suelo y declaro la verdad: soy un profesor de filosofía. No habito, por consiguiente, en un barrio proletario, desconozco la falta de agua y de luz, no he padecido la ausencia de drenaje, no camino entre charcos y no estoy obligado a compartir mi dormitorio con otras seis personas. Por la misma razón carezco de jardines pro­pios, piscina, cancha de tenis, invernaderos, estatuas, solarium, patios coloniales y corredores húmedos para contemplar, desde una mecedora, la lluvia que cae. Vivo en un departamento mediano —por el tamaño, por sus estímulos estéticos y por sus comodidades-. Sus máximas virtudes son los techos altos, los pisos de madera y la blancura de las paredes. Los muros, claro está, podrían ser más gruesos y así me evitarían oír ruidos íntimos e innecesarios: los desahogos de mi ve­cino, sus carcajadas, sus pesadillas, sus locutores pre­feridos. El departamento mira hacia la calle al través de vidrios que van desde el techo hasta el suelo. Sería espléndido que mientras como me dejaran ver un bos­que de pinos, un lago o siquiera un prado. No me in­teresan tanto si lo único que permiten es observar sá­banas, toallas y antenas de televisión. Me comunican con el exterior, es cierto, y ésa es la razón por la cual las mesas y las sillas vibran cada vez que pasa un avión. Si abro esos ventanales, entra un viento terroso, el rumor de los motores y el monóxido de carbono. Qui­zá el constructor de este edificio soñaba una ciudad diferente. Tal vez pensó que las reservas de petróleo se agotarían pronto y los motores serían eléctricos; es probable que también creyera en la ventaja de los transportes públicos y estoy seguro de que nunca pre­vio el desarrollo de la aeronáutica comercial. La moto­cicleta sin duda le parecía un animal prehistórico, al borde de la extinción, una pieza en los museos tecno­lógicos. Sospecho en él alguna teoría sobre la dismi­nución progresiva de la energía solar: dentro de muy poco tiempo sus vidrios permitirían recibir, después del mediodía, una luz dorada y suave, ya no sudare­mos, ya no habrá que arrancarse la corbata y la cami­sa, las tapas de mis libros no se torcerán. No vivo mal, no me lamento, simpatizo con las visiones utópicas de ese arquitecto, pero concluyo que mi casa exige una ciudad distinta.

Y también mis hábitos. Tengo amigos y el deseo de verlos sobreviene de pronto, esa urgencia de co­municar algo, una sensación, un fervor, una angustia, ahondar en la charla ese atisbo mínimo que quizás tuvimos. O buscarlos para monologar, para quejarnos, para recibir apoyo. O quedarnos callados, sin obli­gaciones pirotécnicas, en calma, esas conversaciones lentas, sin tema fijo, sin conclusiones, descansadas y azarosas. Son, aun en este caso, necesidades inmedia­tas cuya satisfacción exige un plazo. El entusiasmo se apaga si para encontrarnos debemos esperar cinco días, y para esas fechas es posible que también la de­presión haya desaparecido. Existe el válium, el au-toengaño y el sueño. Me gustaría, entonces, que mis amigos estuviesen cerca, que nos reuniéramos cami­nando apenas unas cuadras o en algún sitio que la costumbre haya establecido. Quisiera que la amistad recogiera esas efusiones momentáneas, los instantes del abandono o de la sinceridad, la trama viva de nues­tras horas. La ciudad no favorece esa intimidad. Ni uno solo de mis amigos vive en la misma zona. Nos frecuentarnos, todavía hablamos, pero hemos perdido ese trato cotidiano. La lejanía y las ocupaciones impo­nen estrategias complicadas: mañana es imposible, pasado mañana soy yo el que no puede, habrá que hacer una cita para el fin de semana, no éste, claro, por­que saldrá fuera de la ciudad, tal vez el próximo, o mejor esperar una vacación, ya se acerca el día de los muertos y, además, no falta tanto para las navidades. La amistad se nutre de cenas planeadas con anticipa­ción protocolaria, de encuentros esporádicos y fatigo­sos, porque él, obviamente, vive en el Sur y yo en el Norte. Queda el teléfono. Sé que para algunos lo re­suelve todo: lo utilizan para llamar al plomero, para saber la hora, para despertarse a tiempo, para seducir, para indignarse o relatar con minucia los estados de ánimo —asombrosos y únicos— que los invaden en esos instantes. Personas que no organizan los encuen­tros al través del teléfono, sino que es allí donde se reúnen. Me sucede lo contrario, y frente a él carezco de naturalidad o tal vez de la técnica adecuada. Lo vivo como un símbolo de alarma, un aparato que se emplea para comunicar cosas urgentes, noticias que modifi­can mis planes o alteran la normalidad del día. Como si pensara que el teléfono es el vehículo de lo extraor­dinario. Cuando suena, la primera reacción es ocultar­me, me acerco con desgano y si equivocaron el número siempre experimento alivio. La conversación telefó­nica tolera mal las pausas, los silencios, esas inte­rrupciones que se conceden incluso los diálogos más encendidos. No es usual que dos amigos recurran al teléfono para pasar una hora juntos sin casi hablar, cada uno bebiendo un café en su casa, sin prisa, una frase ahora y otra más adelante mientras escuchan la respiración del otro. Por teléfono hablamos más y los reposos verbales son mínimos porque un axioma pre­side esos intercambios: hay que responder siempre con palabras o, cuando menos, con ciertos sonidos. El teléfono, por otra parte, suprime las reacciones físicas de los interlocutores, la mirada benévola o el cabeceo que aprueba, esos signos cuya presencia tranquiliza y alienta. No lo veo, no sé si ya empezó a contar los ceri­llos, a hojear un libro, a poner los ojos en blanco, no sé si ya comenzó a dibujar barcos, pescados y flores. Quizá sea por eso, porque me falta el movimiento de las cejas, que el teléfono me obliga a la cortesía: afir­mo cuando más bien quisiera negar, apoyo un razo­namiento que me parece deleznable, participo en la dramatización de un suceso minúsculo, emito ruidos solidarios, celebro, concedo, evito las discusiones. Soy hipócrita y elusivo. Quisiera intercambiar únicamente informaciones obtusas: el horario de los aviones, el es­tado del clima, la salud del Papa, el vencedor del Pre­mio Nobel, la fecha de una batalla. La conclusión es a la vez trivial y alarmante: prefiero hablar solo.


Las calles definen la ciudad. Están las que prolon­gan la casa, el cuarto, el espacio íntimo donde guarda­mos la cama, la ropa y la comida. Son las calles que el artesano utiliza para trabajar, las calles en las que se trafica y se juega. Ruidosas y promiscuas, promueven la indiscreción, el afecto, dificultan el anonimato e im­piden la soledad. El caso opuesto es la calle que se caracteriza como un territorio extranjero: señala, de manera tajante, la división entre el mundo público y el privado. No me retiene, porque si quiero comprar un periódico allí no lo encontraré y si quiero beber un vaso de agua tendré que regresar a mi casa. Las aspiri­nas, los lápices, las hojas de papel, las gomas de borrar y el vino siempre se venden mucho más lejos. La calle en la que vivo es menos árida, pero interviene poco en mi vida. Es ancha, tiene aceras y unos pequeños árbo­les la bordean. La recorro porque tengo ganas de ca­minar, porque me gusta mover las piernas, porque me siento nervioso, porque estoy harto de estar sentado en un sillón. La uso como si fuera una pista de atle­tismo o un aparato de gimnasia. No hay otra justifica­ción para esos paseos. Es una calle que sin ser un la­berinto no me lleva a ningún sitio: nadie vive cerca y el trabajo queda demasiado lejos para ir a pie. Los ne­gocios que encuentro no son emocionantes: un sastre, una farmacia, un kinder y una academia de danzas regionales. Tampoco suscita entusiasmos visuales, no se abre a panoramas, carece de sorpresas. Abandona­da por el peatón, se acerca rápidamente a ese arque­tipo de vía pública que sólo acepta automóviles y altas velocidades. La calle deja de ser así un espacio humano para convertirse en un tubo por el cual cir­culamos: nos alegra que el asfalto esté en perfectas condiciones, nos impacientan —como en la carretera las vacas— los transeúntes que pretenden cruzarla, anhelamos la sincronización de los semáforos, elogia­mos la amplitud y las curvas bien trazadas. De mane­ra gradual, sin darnos cuenta casi hemos renunciado a la calle. No es ya un lugar de convivencia o de en­cuentros; es, más bien, el precio que pagamos por llegar de una casa a otra. Nos hemos resignado a que sean feas, duras e inhóspitas. Nos parece la consecuencia de un proceso oscuro, vasto e incontrolable. El miste­rio es el refugio de la indolencia.


Un mal poema implica un mal poeta, un relato de­fectuoso supone un escritor inhábil y un cuadro bobo nos hace siempre pensar en aquel pintor. Una ciudad deshecha remite, por el contrario, a múltiples autores: arquitectos avaros, funcionarios complacientes, espe­culadores, ciudadanos sumisos y fraccionadores dis­frazados de urbanistas. Personajes activos, termitas infatigables que trabajan, roen, desde hace años.

En plena fuga

estoy sentado en un sillón —de tela, lo admito, no de cuero—, tengo puesta mi bata escocesa (lo cual no implica, claro está, que el paño sea escocés), quisiera colocarme en la cabeza un gorro de lana, no lo tengo, no sé dónde comprarlo, vaga sensación de impotencia que desaparece cuando advierto mis calcetines verde botella, altos hasta la rodilla y de un tejido grueso y peleonero que, sin duda, reclama los knickerbockers y, tal vez, la escopeta de dos caños. Si alguien me viera así, tan quieto y tan modesto, creería que yo espero un milagro. Nada más falso, aunque sé, claro, que los sillones suscitan esa ilusión. Yo estoy simplemente sentado, sin exaltaciones filosóficas ni chimeneas cre­pitantes. Yo pienso, con angustia y banalidad, que la vida se escapa. Se escapa por rendijas que no son ni el tiempo ni la escandalosa muerte. Tiempo y muerte huelen a sacristía, a metafísica oscura y campanuda. Me interesan más las fisuras insidiosas de la vida coti­diana, obra de roedores, no de demiurgos. Pienso en esos innumerables e imperceptibles actos que se fu­gan sin que yo los advierta. Tengo de pronto el cigarro en la boca, pero no sé cuándo moví el brazo izquierdo para acercar la cajetilla, ni tampoco cuándo los dedos de la mano derecha lo sacaron y lo llevaron a los la­bios. Momentos ciegos, brevísimas interrupciones, parpadeos, de acuerdo, aunque tan frecuentes. Escu­cho con desesperación el aparatoso monólogo, lucho contra esa voz espesa, jalea verbal que pretende in­movilizarme, maldigo mi suerte y descubro que, sin darme cuenta, me he quitado un zapato, he aflojado el nudo de la corbata y me rasco la rodilla como un mono obsesivo. Creo en Darwin, por supuesto, pero sin fanatismos, con lejanía, no me agradan esas sor­presas. Y me pregunto qué habré hecho con mi cara, qué muecas prehistóricas habrán aparecido en mi ros­tro durante esa media hora fatal. ¿Cuántos gestos, actos, movimientos que son míos y, sin embargo, no he vivido? ¿Cuántas cosas han pasado, por decirlo así, a mis espaldas? ¿Dónde estoy yo? Sí, ya lo dije, senta­do en un sillón, monarca de un mundo diminuto en plena huida. Porque es verdad que me gustan mis enérgicos y verdes calcetines, pero esa honesta incli­nación por ellos es un misterio. Rechazo con violencia la idea de que convocan imágenes militares, el mítico comandante, introspectivo y estoico, que hojea, en la tregua de la campaña, las Cien mejores poesías de la lengua castellana. No admiro los cuarteles y sólo tole­ro al fantasmagórico milite ignoto, con el cual obvia mente no deseo identificarme. A veces, es cierto, me he regodeado ante la estampa de un sportsman, pro­pietario rústico y elegante; soy incapaz, sin embargo, de apuntar al pato que sobrevuela la laguna y consi­dero deprimente la perspectiva de la inevitable expro­piación. No, por allí no va la cosa. Y me río, sí, me río de quienes se atrevieran a sugerir que mis piernas, envueltas en esa estupenda lana, adquieren una hala­gadora apariencia de fuerza vegetal, dos troncos sere­nos y bien plantados. A los vieneses —tan meticulo­sos— los refuto con una frase: el benemérito —mi padre, naturalmente— los usaba cortos. Lo lamento, es la pura verdad. Como también lo es la opaca conclu­sión de que mis calcetines me atraen por su color y porque producen una tibieza que yo no tengo. Pero el enigma sigue en pie: ¿de dónde viene esa prefe­rencia por el verde? ¿Decido yo eso? ¿O más bien me topo con ese gusto como si fuera un huésped ines­perado? ¿Decido yo acaso la temperatura de mi cuer­po? ¿Decido yo ser un animal de sangre fría? ¿Dónde estoy yo? ¿Qué decido? ¿Decido yo que tú me gus­tas? Es mentira. Yo no decido amarte, yo te amo. Yo padezco ese estado y a veces, es cierto, también lo gozo, pero no soy el creador de esos vendavales. ¿De­cido yo que ese sabor es inigualable? Es mentira. ¿Por qué me agrada la mostaza? ¿He decidido yo, en algún momento de mi vida, en el fragor de una cena amistosa o al atravesar bamboleante una calle, que desde ese momento me gustará esa pasta terrosa y picante? ¿De dónde viene ese deseo imperioso de hablar? ¿De dónde llegan las cosas? ¿Dónde estoy yo? Apetitos, anhelos, manías que sobrevienen con sor­presa, asombro y azoro. Recuerdo ahora a aquel refi­nado sacerdote -calva perfecta y ojos cansados— que me aseguraba con suavidad que yo era "el dueño de mi vida". Un frase hipnótica que no engaña a nadie: las pasiones —para usar ese lenguaje diabólico— y los gustos triviales escapan a mi control. Lo repito: no decido amarte, yo te amo.


Veo un árbol y no asocio o no pienso —como qui­siera, como debería, quizás- en la insondable historia de la caída del hombre, en la amarga lección del deber incumplido, en el fuego del orgullo, en la tiranía del deseo, en fin, en un hombre y una mujer, para decirlo sin tantos rodeos, al borde del precipicio. Veo un árbol y pienso —si es que pienso— en el verano, en la frescu­ra de la yerba. Pienso en ti, ingrata. ¿Y qué sucede con los recuerdos? Vienen cuando les da la gana y así, por ejemplo, a la mitad del fibroso y antipático beefsteak —¡zas!— la visión de un niño rabioso obligado a masti­car hasta el último pedazo de carne. La situación es aún peor, porque cuando me digo, con aparente luci­dez y dominio, que esta tarde, entre las cuatro y las cinco, recordaré con toda aplicación aquel episodio bochornoso y feliz, ¿he, realmente, tomado una deci­sión? ¿O simplemente se me ocurrió llevar a cabo ese ejercicio? ¿Cuándo decido, entonces? La decisión de hacer algo, lo afirmo con desconsuelo, es tan repenti­na como la manzana que cae sobre mi cabeza. ¿Inter­vengo yo en algo? ¿Aporto algo a este proceso que, según cuentan, forma la trama más íntima de la vida? Está bien, admito que las decisiones son casi siempre -lo escribo así para no condenarme definitivamente— tan incontrolables como las ocurrencias. Pero supon­gamos que me enredo en algún razonamiento y deci­do, por tanto, no hacer lo que había pensado porque me parece, digamos, inconveniente. ¿Inconveniente? ¿Qué significa eso? ¿Que me hace daño? ¿A la salud, por ejemplo? Sí, en efecto, lo digo sin rubores, yo quie­ro ser sano, robusto, rosado, elástico, rozagante, no sé, desconozco un poco el lenguaje de la salud. Decido no hacer algo, pues, por razones de higiene. Suprema claridad, bríos fáusticos, ya me veo al trote por los parques de la ciudad, yo, capitán de mi alma. Y, sin embargo, ¿por qué quiero ser sano? ¿Sólo para trotar bien o para subir escaleras sin ahogarme? ¿O tal vez porque quiero prolongar la vida y construirme una casita en abonos? Una casa de bardas altas, una casa con un pequeño jardín donde en algún sitio esté una fuente con un sapo echando agua. Un sapo gordo, con una boca de cemento redonda y cordial. Imagino se tos de plantas amarillo-verdosas y yo sentado en una silla —de mimbre, por supuesto- mirando al sapo. Señores, quiero ese refugio, deseo protección, tengo miedo ¿Decido yo tener miedo? ¿De dónde vienen las cosas?


Queda, naturalmente, el misterio mayor, la incom­prensible decisión de decidir: ¿Quién me la puso en la cabeza? No se trata del quimérico acto de decidir esto o aquello, sino de ese estado tenso y difuso que hasta yo he sufrido a veces. El propio de los generales, su­pongo, o el de ciertos pigmeos con nombramientos definitivos. Una condición que, en algunos aspectos, se asemeja al erotismo: despierto por la mañana —más bien por la tarde— y me encuentro con energías impre­vistas, pero sin destinatarios precisos. Quiero enton­ces decidir, necesito decidir, husmeo ansiosamente el territorio y comienzo a dar órdenes secas y vacías: que cierren esa ventana, que traigan otra taza, que no co­loquen la servilleta de ese lado, que el huevo —aquí el tono es duro— no esté en el agua más de tres minutos y medio. ¿Hay razones —aunque sean modestas— para tomar esas decisiones? De ninguna manera: son ape­nas desahogos circunstanciales de mi inexplicable deseo de decidir, los resultados -caseros, lo admito— de un impulso que no entiendo. ¿Qué más me da que el huevo haya estado en el agua cuatro minutos en lugar de tres y medio? ¿Acaso lo distingo? Pasan esas ráfagas que nada solucionan, esos vientos que nada cambian, y vuelvo a preguntarme, ¿dónde estoy yo? Sentado en un sillón, rodeado de oscuridad, monarca de un mundo en plena fuga.


Lo fusilamos de: Alejandro Rossi, Obras reunidas, México, FCE, 2005, 684 páginas. La fotografía es de Vasco Szinetar.

martes 9 de junio de 2009

La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson


Esta novela está llena de palabras que lo llevan a uno a la infancia. Claro, si uno ha gozado la dicha de haber tenido una infancia lectora. Palo de mesana. Esquife. Ensenada. Descerrajar. Mampara. Timonel. Amotinados. Cofre. Hurra. Y las imágenes, todas como para alimentar los más hermosos sueños: el “caballero de fortuna” avanzando con el pelo revuelto, la camisa ensangrentada y un cuchillo entre los dientes. “Jorges y luises, doblones y dobles guineas y moidores y cequíes, con los retratos de todos los reyes de Europa de los últimos cien años”, todos en oro, dentro de una cueva escondida en una isla abandonada. La rústica taberna del Almirante Benbow repleta de marineros borrachos escupiendo y cantando “Quince hombres van en el cofre del muerto, ¡ja ja ja, y una botella de ron!”. El viaje al pueblo vecino a media noche a pedir ayuda. Las ruedas de los coches por el empedrado camino a la Posada del Ancla Vieja. Si me detengo en el nombre de los lugares, como este último, no voy a terminar este párrafo ni a pasar al siguiente, donde también tengo algo que decir.

Y lo que tengo para continuar es que en casi todos los párrafos de esta novela sucede algo significativo para la peripecia. Un hecho notable, una acción, un muerto, un secreto que se plantea o se desvela, la descripción de un lugar. O bien aparece un personaje o se le describe. Así, el lector está siempre pegado a la narración del joven Jim Hawkins, de sus aventuras con hombres mayores en medio del mar en pos de un tesoro magnífico, de las traiciones de los “caballeros de fortuna” que se hacen pasar por honorables para llegar hasta el tesoro y, como contrapeso, con hombres valerosos y honorables como el doctor Livesey, como Benn Gun (el marino que han dejado abandonado en la Isla del Tesoro y ha vivido allí durante tres años), del capitán... Ya desde el principio este personaje, el capitán Smollet, muestra su talante y nos pone a los lectores a esperar lo inevitable: “No me gusta este viaje; no me gusta la tripulación y no me gusta mi segundo oficial. Las cosas claras [...] Además, me entero de que vamos a buscar un tesoro... y fíjese que me lo dicen mis propios subordinados. Ahora bien, esto de los tesoros es cosa delicada; no me gustan los viajes con tesoros para nada, y cuando sobre todo, con perdón de usted, Sr. Trelawney, el secreto lo sabe hasta el loro (pp. 58-59). Un poco antes el narrador, el joven Jim, nos ha advertido que sueña todas las noches con la aventura que están a punto de emprender, “pero en todos mis sueños nunca me ocurrió nada tan extraño ni tan trágico como lo que fueron después nuestras aventuras reales” (p. 48).

Con estos adelantos de información, con las descripciones que cambian de adjetivos según el lugar y la atmósfera que quiere dibujar el autor, éste se asegura de que no nos vamos a despegar de la página, y que vamos a querer seguir y seguir hasta el final. ¿Qué más puede pedir un autor? ¿Qué más se le puede pedir a una novela? Qué delicia leer una obra donde suceden cosas, donde la aventura no se detiene, donde los personajes se mueven y se enfrentan a situaciones que los retan página tras página. Qué falta nos hace de vez en cuando regresar a esta Isla del Tesoro, a las aventuras de los tres mosqueteros, a la vida luminosa y trágica de Julien Sorel. Tanto a lectores como a autores: a ratos tanta introspección, tanto embelesamiento con el interior atormentado del hombre de ciudad va cargando. Y estas dos tardes que me he pasado recordando ésta, la primera novela "seria" que terminé en mi vida, la que me hizo saltar de los comics a los libros sin dibujos, la que me convirtió en lector, han sido un recreo, y han sido inolvidables. Como la primera vez que la leí. Y me empujan a empezar una serie de relecturas en este Ojo en la Paja. De tanto en tanto voy a retomar una de estas obras y la voy a comentar acá. Con el permiso de los visitantes.

R. L. Stevenson, La Isla del Tesoro, Madrid, Alianza, 1986, 216 páginas. Traducción de Fernando Santos Fontela.

viernes 29 de mayo de 2009

Fusilado: Gabriel Zaid (de nuevo)


Hace pocos días, para ilustrarme un asunto que no vale la pena mencionar acá, Mario Jursich me mostró este artículo que viene a continuación. Me pareció oportuno fusilarlo después de los comentarios que generó la entrada anterior, a propósito del libro de Adriana Cantor y las notas de prensa asociadas a su publicación. Sin mayores preámbulos, acá lo dejo.

Sobre la producción de elogios rimbombantes

1. Planteamiento del problema

La industria del elogio necesita modernizarse. El arte del elogio es difícil, poco adaptado a la velocidad y magnitud que la moderna producción de elogios requiere. Hay que encontrar un género de elogios mecánicos que, a diferencia de los malos elogios comunes y corrientes, sean mecánicos de verdad, es decir fabricables con una máquina, de preferencia electrónica. Como las máquinas piensan menos de lo que se cree, esto exige encontrar un modelo estándar de elogio que, con infinitas variantes, sea siempre el mismo. ¿Pero puede bastar un solo elogio para satisfacer la insa­ciable demanda, en un país hambriento de elogios? Si escribir no da dinero, ni poder, ni siquiera lectores, ¿cómo compensar con Gloria, Gloria Inmensa, Gloria Única, a todos y cada uno de los que ponen su ilusión en las Bellas Letras?

2. Antecedentes

Esto da por supuesto que existe una importante industria del elogio. A juzgar por lo que se dice, no existirían siquiera los elo­gios, sino la crítica feroz, pronta a devorar los engendros creadores. Pero, si se hace un mínimo recuento de las notas y reseñas que se publican, resulta que lo único feroz en México es el silencio. Las reseñas y notas son, por lo general, elogiosas, o cuando menos anodinas. Además, un elogio puede leerse en una peluquería, mientras que leer un libro supone un ánimo decidido, aunque sea decidido por la necesidad de escribir un elogio. En la llamada vida literaria, los libros interesan menos que el ruido o el silencio sobre sus autores. El ruido y el silencio son la materia prima que la indus­tria del elogio transforma en solapas, reseñas, artículos, entrevistas, polémicas, balances de fin de año: todo lo cual puede producirse aunque el libro no se lea.

3. Ponderación

Leer grandes elogios de libros no leídos permite sostener nuestro milagro editorial: la sobreproducción en medio del subconsumo. La industria del elogio nos ayuda a olvidar en qué país vivimos. Lo reconocen hasta aquellos que ocasionalmente son maltratados por la crítica: “propaganda que me hacen”, dicen triunfalmente. En efecto, si se tratara de leer, en vez de hablar de libros y escritores, la deflación sería espantosa. Todo escritor que haya superado su primer narcisismo, como para darse cuenta del país en que vive, debe cuidarse de guardar su segundo aire narcisista, porque, si no, dejaría de escribir.

Esto es más llevadero en forma colectiva. Diciendo, por ejem­plo, que llega Nuestra Hora. ¡Al fin América va a ser descubierta! Vamos a ver: dentro de la hora actual, ¿qué presencia histórica ha destacado más que la del Tercer Mundo? Dentro del Tercer Mundo, ¿qué bloque más importante, por sus años de antigüedad en subdesarrollo, que el nuestro? Dentro del nuestro, ¿qué país más significativo que México? Y, si fuera de México todo es Cuautitlán, y en esta capital de envidiosos y resentidos no hay un lugar, como éste, donde se pueda reconocer la verdad, ¿a quién le correspnde el laurel? A ti y a mí.

Fulano: tu libro es tan universal, tan futurizante de nuestro rol latinoamericano en la cultura planetaria, tan incomparablemente superior a todo lo que se ha escrito en español desde el siglo XI, que es el único libro que he leído en mi vida.

4. Solución propuesta

a) Hacer una ficha analítica de la obra o persona que se tenga que elogiar.

b) Sobre las categorías de análisis de la ficha, repasar men­talmente, con diversos libros de consulta o con una base electró­nica de datos, lo que “ha habido” en esas categorías.

c) Cruzar la ficha contra eso, hasta que salte un absoluto. Ejemplo en el que salta fácilmente un absoluto: El señor es de Chamacuero (ficha). En Chamacuero nunca ha habido poetas (fichero). Luego, el señor es Absolutamente el Poeta Más Grande de Todos los Tiempos que ha habido en Chamacuero.

Ahora bien, supongamos que el fichero registra que en Chama­cuero hubo un tal Margarito Ledesma, autor de unas Poesías más o menos cómicas. Todavía es posible un absoluto, si estructuramos el elogio para que no tope con esa limitación: Nunca, en la historia de Chamacuero, ha habido un poeta más grande, en vena seria, que Fulano.

Pero supongamos que en Chamacuero hubiese también nacido López Velarde. A las categorías geográfica (Chamacuero), de género (poesía) y vena (cómica o seria), incorporamos la categoría cronológica y resolvemos el problema: Después de López Velarde, no ha habido, en Chamacuero, un cantor de la provincia, en vena seria, más grande que el grandísimo Fulano de Tal.

Por último, supongamos que haya habido muchos grandes poetas en Chamacuero, o que nos pidan un elogio de magnitud cósmica. La salida sería: Ni Homero, ni Dante, ni Shakespeare, ni San Juan de la Cruz, ni Baudelaire, ni Octavio Paz, lograron, como el grandísimo Fulano, expresar la vivencia poética de una adoles­cencia vivida en Chamacuero por un joven nacido a mediados del siglo XX.

Un solo y mismo elogio, convenientemente categorizado, se puede multiplicar en elogios infinitos, todos ellos únicos. El méto­do cumple simultáneamente la exigencia mecánica industrial (estandarización sobre un solo modelo) y la exigencia de satisfacer cada caso como único, lo cual ya quisiera Ford haber inventado.

Evidentemente, cuando hay que cruzar más de seis o siete cate­gorías, el resultado puede ser un poco enfadoso: Nunca en la historia de la literatura mexicana, hubo un novelista sinaloense que, teniendo un padre tuerto, y habiendo hecho sus estudios en Torreón, para pasar después a Pachuca, y escribir una novela de más de quinientas páginas, en la que no sale un solo enano, tuviese un mayor dominio del monólogo subjetivo. Pero siempre se puede perfilar un sistema de categorías que excluya lo que nos estorbe, y defina algún género de supremacía.

Sin embargo, hay cortacaminos deseables, ficheros de cruce rápido, que permiten abreviar. Es el refinamiento del sistema. Con una mentalidad provinciana, el fichero geográfico pudo haber sido muy útil para esto. Pero ya no estamos en los tiempos en que se podía decir: “para estar hecho en México es extraordinario”, o “Pertenece a la pléyade inmortal de poetas tabasqueños”. Estamos en los tiempos del Juicio Universal Subjetivo. El más sumario, evidentemente, es: “No hay en toda la literatura universal un libro más grande, a Mi Ilustre Juicio, que el tuyo”. Pero tiene el inconve­niente de no servir dos veces, a menos que uno esté dispuesto a contradecirse. Si hay que estar produciendo constantemente elogios rimbombantes, el fichero “A Mi Juicio” puede cruzarse más fecundamente con el fichero cronológico de lecturas personales. El resultado es de una rapidez y fertilidad jupiterina, sobre todo si se disfraza, jupiterinamente, con una o dos categorías adicionales, que, como se comprende, salen sobrando.

Después de La guerra y la paz [categoría innecesaria, pero que hace más tonante el juicio], no se ha visto en la tradición occiden­tal [ídem] una novela más grande que la tuya [ojo:], que ya haya yo leído en los últimos quince días.

Lo fusilamos de: Gabriel Zaid, “Cómo leer en bicicleta”, en: Crítica del mundo cultural, México, El Colegio Nacional, 1999, pp. 140-143.

jueves 21 de mayo de 2009

La dosis mortal, de Adriana Cantor


En un número reciente de la revista Arcadia su directora, Marianne Ponsford, publica una nota bastante elogiosa sobre este libro y su autora. Me llamó la atención que un libro autoeditado generara semejante efecto positivo en una lectora juiciosa y de amplias miras como Marianne. Luego empecé a ver por todas partes cierto desborde de entusiasmo en muchos medios sobre este libro: en El Tiempo una nota más allá de la información de solapa; en la revista Número una reseña también elogiosa de Ángel Perea; en la revista virtual Entrada Libre (donde ni siquiera se tomaron el trabajo de mirar por encima el libro, porque anuncian que “Adriana Cantor lanza su novela La dosis mortal”) su comentario también, y en otro montón de publicaciones, en papel o en pantalla.

Todos los comentarios destacaban que la autora hubiera publicado el libro por su cuenta, además de la brevedad de los relatos y los giros sorprendentes que Cantor sabía bien incluir en sus narraciones.

Pues bien, ni lo uno ni lo otro ni lo de más allá. Estos relatos y las dos crónicas del final no se salen del lote, no destacan por nada. Abusan del recurso del final inesperado, abundan en símiles facilongos (“Martina sintió el primer dolor. Fue como una punzada con un hierro candente”, dice en la página 37, por poner un único ejemplo), en metáforas aguadas. No vi por ninguna parte esas “pequeñas dosis llenas de sarcasmo e imágenes metamórficas que parecieran venir de un mundo irreal” que mencionaba la nota de El Tiempo. Estas historias buscan sorprender al final con un giro fantástico o macabro o inusual, y de tanto insistir en esa fórmula el lector ya espera eso y ni se sorprende ni se asquea ni se indigna. O sí: quizás esto último.

Ignoro si la autora llevó estos relatos a alguna editorial antes de publicarlos por su cuenta, en la nota de Arcadia dicen que no se le pasó por la cabeza. Si lo hubiera hecho quizás habría encontrado a un editor que le sugiriera algunas variaciones de registro, alternativas al final inesperado, mayor economía de recursos, estrategias retóricas más vivas y variadas, le señalaría esos lugares comunes... en fin, puliría el talento que tiene, porque la autora lo tiene. Y asimismo ese editor pondría el ojo en detalles de la edición que un autor engolosinado con su obra no nota: ilustraciones algo más elaboradas y no tan referenciales, interlineado equilibrado (por favor: en varias páginas de este volumen la interlínea está dispareja: quien lo diagramó perdió la materia diseño básico de página). También le hubiera dicho a esa autora que esta es una colección de relatos, por lo cual no tienen nada qué hacer allí las dos crónicas que aparecen al final sobre dos conciertos de los Rolling Stones. Esas crónicas están allí para ajustar las páginas necesarias para que el pequeño volumen dé lomo. Un editor le dice que espere un poco y que escriba otras historias, nunca le hubiera sugerido que revolviera peras con manzanas.

La autora tiene talento, sí, pero sobre todo tiene buenos amigos en algunas publicaciones: de ahí la profusión de notas elogiosas. Un mejor favor le hubieran hecho si le comentaran aspectos del libro antes de que lo publicara, quizá así podría mejorar este intento que se queda en eso, en intento.

Adriana Cantor, La dosis mortal, Cali, 2009, 66 páginas.

jueves 14 de mayo de 2009

Fusilado: Hernando Martínez Rueda



En un artículo publicado en la Revista del Banco de la República en 1991 Abelardo Forero Benavides define con dos adjetivos precisos la personalidad paradójica de Hernando Martínez Rueda, “Martinón” para sus amigos (y para mí): “conservador e iconoclasta”. Estudió medicina pero la ejerció por poco tiempo, se dedicó más bien a la conversación con amigos y a escribir poemas festivos “a la manera de...”. Así, compuso poemas a la manera de Poe, de Guillermo Valencia, de Juan Lozano y Lozano, de los piedracielistas, de Luis Carlos López, de León de Greiff. Laureano Gómez, quien lo admiraba, lo nombró suplente de su curul del Senado, pero pronto también Martinón abandonó la carrera y cualquier ambición política, asqueado de las prácticas y del tono que iban tomando los debates hacia la década del cincuenta del siglo pasado en Colombia, cuando comenzaba la Violencia. Se dedicó entonces y hasta el final de sus días a perfeccionar idiomas y a ampliar su ya vasta cultura, entre la biblioteca de la Universidad Nacional, su finca de Tabio y tertulias con amigos. Murió en 1977.

Un libro editado por el Banco de la República en 1980 recoge parte de su obra poética; Planeta reeditó ese libro a finales de la década pasada y debería pensar en una nueva edición, teniendo en cuenta que ambas, la del Banco y la de Planeta, son inconseguibles. Y vale la pena conocer esos versos y reírse con ellos. Acá va una breve muestra.


Historia de Colombia

Éstas, que alguien llamó Nueva Granada,
tierras entre dos mares comprendidas
las descubrió Rodrigo de Bastidas,
las conquistó Jiménez de Quesada.

Fue colonia; por verla emancipada
Torres, Caldas, cien más dieron sus vidas.
Fue Gran Colombia, un breve instante unidas
las hijas de Bolívar y su espada.

Tuvo oidores, repúblicos, virreyes;
tuvo oro, tuvo letras, tuvo leyes;
hay un cóndor y un istmo en el escudo.

Hoy de esas aves nos asusta el vuelo;
huyó el oro; es el istmo ajeno suelo,
y nos queda una ley: la del embudo.


Poemática enfisemática

En cierta prosa hinchada y mema,
tan pesada como enfática,
nunca se trata del problema
sino de la problemática.

La esdrujulación por sistema
que suena tan antipática
me acaba de inspirar un tema.
Perdón, iba a decir temática.

Tal vez de elegancia suprema,
en esta sucesora de Ática,
es que en vez de entrar al cinema
ingresamos a cinemática.

O que siguiendo el mismo esquema
una criada aristocrática
no sahúme ya con alhucema
sino con alhucemática.

O si el que recorta la grama
con su podadora automática
le propone de golpe al ama
arreglarle su gramática.

O si en la Bolsa el accionista,
al mirar la demanda apática,
le pregunta al comisionista:
¿Hoy está cómo? ¿Cómo estática?

Mujer, para quien mi cartera
tiene atracción carismática,
la plata del diario quisiera
yo dártela en forma de plática.


Balada de Juan Guillén

Juan Guillén con Inés y los niños, la criada también,
emprendieron salir un domingo en el Ford de Guillén.

Inés hizo ensalada con huevos, cortó salchichón,
puso leche caliente en el termo para un biberón.

Una válvula estaba golpeando, quizás hasta dos,
Juan estaba con sueño atrasado y un niño con tos;

pero el aire era tibio, el sol claro y el cielo turquí,
y tomaron la ruta de Oriente, que lleva a Choachí.

Un potrero con agua, no mucho después del retén,
pareció ser el sitio indicado a los niños Guillén.

Se bajaron, sacaron el cesto, se dio de almorzar;
Juan sirvió Coca Cola. La criada tomó Popular.

Juan fumó, tejió Inés y los niños jugaron balón;
al moisés del bebé, mientras tanto, se entró un cucarrón.

Al volver, con los niños dormidos, el cielo era gris;
ya brillaba la luz en los postes del barrio San Luis.

Encontraron la casa apagada y abierto el portón;
un cojín y un florero tirados en un escalón;

en el clóset quedaba un chaleco y un lápiz labial;
un perol en el office, un tarro y un poco de sal.

Se llamó a la estación 04; vinieron del SIC.
Dijo Juan: me trastearon la casa durante el picnic.

Descubrieron un hueco en el techo del cuarto de Inés;
lo midieron: dio 0,90 por 2,23.

Se copió la impresión digital que mostraba el perol;
se asustó la sirvienta; tomaron fotos del hall.

Le pusieron a Juan cita para ir a jurar;
él llevó dos testigos y un lazo que halló en el solar.

Un vecino contó haber oído parar un camión.
El juzgado falló que hubo robo y también efracción.

Juan Guillén ya no llega en el Ford: se desmonta del bus
cuando empieza a encenderse en los postes del barrio la luz.

Juan Guillén ya no vive en la casa del barrio San Luis
sino al sur: en la calle 1ª. con carrera 2 bis.


Entreacto sobre arte abstracto

El arte abstracto es un extracto
del snobismo occidental
que tiene puntos de contacto
con la cultura de Natal.

Arte no abstracto y tan exacto
como pintaba Meissonier
es arte muerto, putrefacto,
completamente demodé.

El arte abstracto hace un impacto
en los conceptos del burgués
acostumbrado a verse intacto
con ojos, manos, boca y pies.

El arte abstracto yo me jacto
de que lo sé diagnosticar
pues me persigue el arte abstracto
como lo voy a demostrar:

Mi paragüero es tan abstracto
como una estatua de Negret;
sólo que es algo más compacto
y que no tiene firma al pie.

Un calzador bastante abstracto
a veces suelo utilizar;
cuando se tuerza el artefacto
irá al Museum of Modern Art.

Yo, que no soy pintor abstracto,
abriendo un tarro de barniz,
lo manejé con poco tacto
e hice un Pollock sobre el tapiz.

Y es de un diseño tan abstracto
el pavimento de mi zaguán
que el baldosín es Klee de facto
y la cenefa es un Mondrián.

A mis infantes doy Prolacto,
que en ocasiones sienta mal.
Entonces hacen ipso facto
suprematismo en el pañal.

Y la niñera Juana Cacto
india nacida en Aguazul
hace collage al modo abstracto
bajo la tapa del baúl.

El arte abstracto, haciendo el pacto
de no tomarlo con rigor,
es apropiado para el acto
de provocar buen humor.

Sobre arte abstracto yo redacto
mi comentario semanal;
si es inexacto, me retracto.
De todos modos me da igual.


Lo fusilamos de: Hernando Martínez Rueda, A la manera de..., Bogotá, Fundación Centenario del Banco de la República, 1980, 166 páginas. El retrato de Martinón aparece en el libro, sin crédito.

lunes 11 de mayo de 2009

El nuevo cuento latinoamericano, compilado por Luis Fernando Afanador



Si juzgamos las antologías por las ausencias se rajan todas: siempre quedará haciendo falta algún autor, esta o aquella pieza tan emblemática. Lo que uno espera, entonces, es que el responsable de la antología ponga en claro en su prólogo los criterios que tuvo en cuenta para hacer la selección: por qué éstos fueron los escogidos y por qué esos otros quedaron descabezados. Y en este libro ese criterio no es claro. Lástima. Queda uno entonces con preguntas: a autores muy jóvenes (Daniel Alarcón, Samanta Schweblin) los acompañan unos cuantos que rondan los cuarenta (Pedro Mairal, Eduadro Halfon), y con ambos, autores que han sobrepasado ya los cincuenta años (Julio Paredes, Tomás González, Juan Villoro). ¿Qué es lo que determina, pues, que estas piezas sean representantes del “nuevo cuento latinoamericano”? ¿No nació ningún cuentista de valor en, por poner un caso, Colombia en los setenta? (y si el compilador considera que no lo hay, pues no lo hay y punto, y no relaja los límites de su selección para incluir autores que no son tan “nuevos”). En fin, me hizo falta saber por qué considera el compilador que estos relatos son representativos de una “nueva” cuentística latinoamericana. También me hizo falta una biografía breve de los elegidos, así como el origen de prácticamente todos los relatos: apenas el de Julio Paredes tiene información en ese sentido.

Otra característica de las antologías es que permiten conocer una variedad de registros, y esta docena de cuentos cumple ese rasgo con suficiencia. Cuentos de corte clásico, chejoviano por decir algo, en “Ausencia”, de Daniel Alarcón; en “Escena en un bosque”, de Paredes; en “Bonsái”, de Guadalupe Nettel. Cuentos algo más experimentales, como “Dochera” de Paz Soldán o el ganador del botín de oro en esta selección, “Hoy temprano” de Pedro Mairal. Dos palabras sobre este relato: como lector de manuscritos veo con frecuencia un afán marcado de algunos escritores en formación por escribir cuentos en clave cortazariana –juegos con el tiempo y el espacio, narración que desafía los límites de lo real y lo fantástico–, y casi siempre se quedan colgados en el intento. A esos escritores en formación que quieren jugar a ser Cortázar les recomiendo leer este relato de Mairal con destornillador y llave inglesa: que lo desbaraten y estudien sus recursos, sus tácticas, sus trucos. Podrían extraer varias claves.

Lo demás es cuestión de gustos, y si me preguntan diría que no voy a olvidar fácil el cuento de Gabriela Alemán, que narra la aventura solitaria de un viejo de ochenta años, negro, en Nueva Orleans, que decide ignorar los avisos de evacuación y se enfrenta solo al paso del huracán Katrina por la ciudad. Diría también que el cuento de Fuguet es vigoroso, con buen suspenso, con digresiones que, caso raro en un cuento, no sobran, como las reflexiones del narrador sobre su madre, que es amante del padre de un compañero del curso preuniversitario. Lástima que en el punto clave de esos pensamientos tres erratas –¡tres!– distraigan la atención del lector y arruinen el efecto dramático: “Me costaba verla con los ojos con que probablemente la miraba la madre de Cristóbal, que seguro le [sic] tildaba de puta o algo peor. Uno crece con la idea que [sic] las amantes son las malas, son aquellas que destrozan las familias y no les importa nada. Lo complicado es cuando tu madre es la otra mujer, es la amante, es que la [sic] está remeciendo lo que ya está destrozado” (p. 52). Diría que me sorprendió el relato de Pedro Mairal, de quien no había leído nada y de quien voy a buscar obra. También contestaría si me preguntaran que el relato de Samanta Schweblin sobra: es más bien una anécdota bien contada, y algo va de eso a un cuento.

Si me preguntan qué me llamó la atención, contestaría que muchos relatos tocan el tema de la migración o suceden en lugares que uno no espera cuando ve en la portada las palabras “cuento latinoamericano”: los de Alarcón y González tratan de inmigrantes en Nueva York, el de Alemán sucede en Nueva Orleans, el de Halfon recupera la historia de un abuelo en la Europa de la Segunda Guerra Mundial, en el de Nettel un matrimonio japonés se encuentra y desencuentra en un jardín de ese país… No están pues las temáticas o los espacios que uno asociaría con esa combinación de palabras de la portada, y esa es una bonita sorpresa. Otra, las citas sobre el cuento al reverso de esta edición de Cara y Cruz, a las que considero habría que darles más espacio y reducir un poco el del extenso y no muy útil –a mi parecer– cronograma que aparece allí.

Con sus ausencias y sus alcances, con sus piezas memorables y otras pocas olvidables, son doce cuentos que vale la pena leer para conocer algunos aspectos del cuento latinoamericano reciente. Que sea representativa o dé un panorama completo del asunto… no lo creo.


Luis Fernando Afanador (selección y prólogo), El nuevo cuento latinoamericano, Bogotá, Norma, 2009, 196 páginas. En el reverso: A propósito del nuevo cuento latinoamericano, 54 páginas.

jueves 30 de abril de 2009

Fusilado: John Steinbeck

El mismo año en que salió publicado Travels With Charley, 1962, a John Steinbeck le fue concedido el premio Nobel de literatura. Este libro es una crónica de viaje por un país que quería recuperar para sus ficciones, como lo cuenta en los preliminares que fusilo a continuación. Para mí es de los más bellos libros de viaje que he leído: la prosa de Steinbeck es la de un caballero entrado en años y educado, de esos que antes que mandar a alguien a comer mierda le dice que se vaya a freír espárragos. No por eso es engolado o pretencioso: como en sus novelas, en esta crónica Steinbeck tiene una sensibilidad especial por lo simple, tanto las personas como los espacios. Y un ojo afilado. El subtítulo del libro es “En busca de América”, pero como podrán advertir en este abrebocas, antes que encontrar un país el autor se encontró a sí mismo, y les hizo ver a sus lectores aspectos que seguro nunca habían visto antes, tanto del país, la naturaleza, como del hecho mismo de viajar.


Viajes con Charley (fragmento)


Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría este prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz. Cuatro ásperos pitidos de la sirena de un barco aún me erizan el pelo de la nuca y ponen mis pies en movimiento. El sonido de un reactor, un motor calentándose, hasta el toc-toc de unos cascos herrados en el pavimento producen el viejo estremecimiento, la boca seca y la mirada perdida, las palmas ardientes y una agitación del estómago bajo la caja torácica. En otras palabras, no mejoro; en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que se trata de una cosa incurable. Expongo esto no para instruir a otros sino para informarme yo mismo.

Cuando el virus del desasosiego empieza a tomar posesión de un hombre rebelde, y el camino que lleva lejos de Aquí parece ancho y recto y agradable, la víctima debe hallar en primer lugar en sí misma una razón buena y suficiente para irse. Esto al vagabundo efectivo no le es difícil. Tiene incorporado un huerto de razones donde elegir. Luego debe planear su viaje en el tiempo y en el espacio, elegir una dirección y un destino. Y debe por último realizar el viaje. Cómo ir, qué llevar, cuánto tiempo estar. Esta parte del proceso es invariable e inmortal. La explico sólo para que los recién llegados al vagabundeo no crean, como adolescentes con un pecado recién urdido, que lo inventaron ellos.

Después de trazar el plan, disponer el equipo e iniciar un viaje, interviene y se hace cargo un nuevo factor. Cada viaje, safari o exploración es una entidad, es diferente de todos los demás viajes. Tiene personalidad, temperamento, individualidad, carácter único. Un viaje es una persona en sí; no hay dos iguales. Y los planes, las salvaguardas, el control y la coerción son todos infructuosos. Descubrimos tras años de lucha que no hacemos un viaje: es el viaje el que nos hace a nosotros. Guías, programas, reservas, cosas obligadas e inevitables, naufragan y se hunden ante la personalidad del viaje. Sólo cuando admite esto puede el vagabundo de pura cepa relajarse y asumirlo. Sólo entonces se disipan las frustraciones. En esto un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas. Me siento mejor ahora, después de haber dicho esto, aunque sólo los que lo han experimentado lo entenderán.

* * *
Mi plan era claro, conciso y razonable, creo yo. He viajado durante muchos años por diversas partes del mundo. En Estados Unidos vivo generalmente en Nueva York, o me doy una vuelta por Chicago o por San Francisco. Pero Nueva York no es más los Estados Unidos de lo que París es Francia o Londres es Inglaterra. Así que me di cuenta de que no conocía mi propio país. Yo, un escritor estadounidense, que escribía sobre Estados Unidos, estaba trabajando de memoria, y la memoria es en el mejor de los casos un depósito defectuoso y deformado. No había oído el habla del país, ni olido la hierba ni los árboles ni las alcantarillas, ni visto sus cerros ni sus aguas, ni su color ni la calidad de su luz. Concía los cambios sólo por los libros y los periódicos. Pero, aparte de eso, llevaba veinticinco años sin sentir el país. En suma, estaba escribiendo sobre algo de lo que no sabía, y me pareció que en alguien que es supuestamente un escritor eso era un crimen. Mis recuerdos estaban deformados por los veinticinco años que habían transcurrido.

En cierta ocasión anduve viajando en una vieja furgoneta de una panadería, un cacharro de dos puertas con un colchón en el suelo. Paraba donde paraba la gente o se reunía, oía y miraba y sentía, y me formé así una imagen de mi país cuya fidelidad sólo estaba empañada por mis propias limitaciones.

Sucedió pues que decidí volver a mirar, decidí intentar redescubrir este país enorme. No podía sino explicar, al escribir, las pequeñas verdades diagnósticas que son los fundamentos de la verdad mayor. En los veinticinco años que habían transcurrido, mi nombre se había hecho razonablemente famoso. Y mi experiencia me había dicho que la gente cambia cuando ha oído hablar de ti, favorablemente o no; se convierten, por timidez o por las otras cualidades que inspira la publicidad, en algo que no son en circunstancias ordinarias. Debido a eso, el viaje me obligaba a dejar en mi casa mi nombre y mi identidad. Tenía que ser ojos y oídos peripatéticos, una especie de placa de gelatina en movimiento. No podría firmar en los registros de los hoteles, ver a gente que conocía, entrevistar a otros, ni siquiera hacer preguntas inquisitivas. Además, dos o más personas perturban el complejo ecológico de un área. Tenía que ir solo y tenía que ser reservado, una especie de tortuga despreocupada con la casa a cuestas.

Teniendo en cuenta todo esto, escribí a la oficina central de una gran empresa que fabrica camiones. Expliqué lo que me proponía y cuáles eran mis necesidades. Quería una furgoneta de tres cuartos de tonelada, capaz de ir a cualquier parte soportando condiciones posiblemente rigurosas, y en esa furgoneta quería una casita incorporada como el camarote de un barco pequeño. Un remolque resulta engorroso para maniobrar en pistas de montaña, es imposible y a menudo ilegal aparcar con él y está sometido a diversas limitaciones. A su debido tiempo, llegaron especificaciones detalladas de un vehículo resistente, rápido y cómodo, con techo de caravana (una casita con una cama doble, una cocina de cuatro fuegos, estufa, nevera y luces, todo ello de butano, un retrete químico, espacio de armario, espacio de almacenaje, ventanas con mosquiteros para los insectos), exactamente lo que yo quería. Me la entregaron en el verano en la casita que tengo para pescar en Sag Harbor, en el extremo de Long Island. Aunque no quería empezar entes del Día del Trabajo, cuando la nación vuelve a sentarse en la vida normal, quería acostumbrarme a mi concha de tortuga, equiparla y aprender a manejarla. Llegó en agosto, una cosa bella, potente y sin embargo ágil. Era casi tan fácil de manejar como un turismo normal. Y debido a que el viaje que había planeado había provocado algunos comentarios satíricos entre mis amigos, le llamé Rocinante, que era, como recordaréis, el nombre del caballo de Don Quijote.

Como no hice de mi proyecto ningún secreto, surgieron una serie de discusiones entre mis amigos y asesores. (Cuando se proyecta un viaje surgen enjambres de asesores.) Se me dijo que como mi fotografía estaba todo lo difundida que mi editor había sido capaz de conseguir, me resultaría imposible andar por ahí sin que me reconocieran. Dejadme que os diga por adelantado que en unos dieciséis mil kilómetros, y a lo largo de treinta y cuatro estados, no fui reconocido ni una sola vez. Creo que la gente sólo identifica las cosas en contexto. Ni siquiera los que podrían haberme reconocido en el marco que me corresponde teóricamente me identificaron en ninguna ocasión en Rocinante.

Se me advirtió que el nombre de Rocinante pintado en un lado de la camioneta con caligrafía española del siglo XVI provocaría curiosidad e investigaciones en algunos lugares. No sé cuánta gente reconoció el nombre, pero desde luego nadie hizo ni una sola pregunta sobre él.

Luego se me dijo que los objetivos de un desconocido que anduviese recorriendo por el país podrían provocar investigaciones e incluso recelos. Debido a esto metí en la camioneta una escopeta, dos rifles y un par de cañas de pescar, pues según mi experiencia si un hombre anda cazando o pescando se entienden e incluso se aplauden sus objetivos. En realidad, mis días de caza han terminado. No mato ya ni capturo nada que no pueda meter en una sartén; soy demasiado viejo para la matanza deportiva. Esta escenografía resultó innecesaria.

Se me dijo que mi matrícula de Nueva York provocaría interés y tal vez preguntas, ya que eran las únicas señales identificatorias externas que llevaba. Y así fue: unas veinte o treinta veces en todo el viaje. Pero esos contactos se atuvieron a una pauta invariable, que fue más o menos la siguiente:
Lugareño: “Nueva York, ¿eh?”.
Yo: “Sí”.
Lugareño: “Yo estuve ahí en 1938… ¿o fue en el 39? Alice, ¿fue en el 38 o en el 39 cuando fuimos a Nueva York?”.
Alice: “Fue en el 36. Me acuerdo porque fue el año que murió Alfred”.
Lugareño: “Es igual, no me gustó nada. No viviría allí ni aunque me pagara usted por hacerlo”.

Había cierta preocupación sincera por el hecho de que viajase solo, exponiéndome a un ataque, un robo, un asalto. Era bien sabido que nuestras carreteras son peligrosas. Y he de confesar a este respecto que tenía aprensiones absurdas. Hace años ya que no ando solo, anónimo, sin amistades, sin esa seguridad que le dan a uno la familia, los amigos y cómplices. Ese peligro no tiene nada de real. Es sólo una sensación de soledad y desvalimiento al principio… una especie de sentimiento de desolación. Debido a esto, llevé un acompañante en mi viaje: un caniche francés viejo y caballeroso llamado Charley. Bueno, se llama en realidad Charles le Chien. Nació en Bercy, en los arrabales de París y se educó en Francia, y aunque sabe un poco de inglés caniche sólo responde rápidamente a órdenes en francés. Si no tiene que traducir, y eso le retrasa. Es un caniche muy grande, de un color llamado bleu, y es de verdad azul cuando está limpio. Charley es un diplomático nato. Prefiere la negociación a la lucha, y muy oportunamente, ya que se le da muy mal lo de luchar. Sólo una vez en sus diez años de vida ha tenido problemas: cuando se encontró con un perro que se negó a negociar. Perdió en esa ocasión una parte de la oreja derecha. Pero es un buen perro guardián… tiene un rugido como el de un león, destinado a ocultar a los extraños que vagan en la noche el hecho de que no sería capaz de salir a mordiscos de un cornet de papier. Es un buen amigo y compañero de viaje y no hay cosa que le guste más que andar de un sitio a otro. Si tiene una gran presencia en esta crónica se debe a que aportó mucho al viaje. Un perro, sobre todo uno exótico como Charley, es un vínculo entre desconocidos. Muchas conversaciones en ruta empezaron con “¿Qué raza de perro es ésa?”.

Las técnicas para iniciar una conversación son universales. Yo sabía hacía mucho y redescubrí que el mejor medio de conseguir atención, ayuda y conversación es estar perdido. El hombre que al ver a su madre muriéndose de hambre en un camino le da un puntapié en el estómago para despejar la ruta, consagrará alegremente varias horas de su tiempo a dar instrucciones erróneas a un absoluto desconocido que explique que se ha perdido.

***
Cuando se planifica un viaje a largo plazo creo que hay un convencimiento íntimo de que acabará no haciéndose. A medida que se aproximaba el día, mi cama caliente y mi cómoda casa iban haciéndose cada vez más deseables y mi querida esposa incalculablemente valiosa. Cambiar esas cosas durante tres meses por los terrores de lo incómodo y lo desconocido parecía demencial. No quería irme. Tenía que pasar algo que me impidiese emprender la marcha, pero no pasó. Podía ponerme malo, por supuesto, pero ése era precisamente uno de los motivos principales, aunque fuese secreto, para que quisiera irme. Durante el invierno anterior había caído enfermo de bastante gravedad de una de esas molestias, como se las llama delicadamente, que son los susurros de una vejez que se acerca. Cuando salí de eso recibí el sermón acostumbrado sobre la necesidad de aminorar la marcha, adelgazar, reducir la ingestión de colesterol. Les pasa a muchos hombres y creo que los médicos se han aprendido de memoria la letanía. Les había sucedido a tantos amigos míos… El sermón terminaba así: “Aminora marcha. No eres ya tan joven como antes”. Y había visto a tantos empezar a envolver sus vidas en algodón en rama, ahogar sus impulsos, ocultar sus pasiones y alejarse gradualmente de su virilidad para entrar en una especie de semiinvalidez física y espiritual. Les animan a hacer esto sus mujeres y sus familiares y es una trampa tan dulce.

¿A quién no le gusta ser el centro de atención? Cae así sobre muchos hombres una especie de segunda infancia. Cambian su violencia por la promesa de un pequeño aumento del periodo de vida. Lo cierto es que el cabeza de familia se convierte en el niño más pequeño de la casa. Y me he examinado a mí mismo en relación con esa posibilidad con una especie de horror. Pues he vivido siempre violentamente, bebido desmedidamente, comido demasiado o nada en absoluto, dormido veinticuatro horas seguidas o pasado dos noches sin dormir, trabajado demasiado duro y demasiado tiempo sintiéndome en la gloria o haraganeado en la vagancia absoluta una temporada. He alzado, arrastrado, cortado, escalado, hecho el amor con alegría y aceptado mis resacas como una consecuencia, no como un castigo. No quería renunciar a mi fiereza por una pequeña ganancia temporal. Mi mujer se casó con un hombre; no veía ninguna razón por la que hubiese de heredar un bebé. Sabía que conducir una camioneta dieciséis a veinte mil kilómetros, solo y desamparado, por todo tipo de carreteras, sería un trabajo duro, pero para mí representaba el antídoto del veneno del enfermo profesional. Y no estoy dispuesto a cambiar en mi propia vida calidad por cantidad. Si el viaje proyectado acababa resultando excesivo era hora de emprenderlo de todos modos. Veo a demasiados hombres demorar sus salidas por una resistencia torpe y enfermiza a abandonar el escenario. Es teatro malo además de mala vida. Soy muy afortunado por tener una mujer a la que le gusta ser una mujer, lo que significa que le gustan los hombres, no los bebés ancianos. Aunque esta última motivación del viaje nunca se analizó, estoy seguro de que ella la entendió.

Llegó la mañana, una mañana clara con esa tonalidad parda del otoño en la luz. Mi esposa y yo nos despedimos rápidamente, ya que a los dos nos revientan las despedidas, y ninguno de los dos quería que el otro le dejase al irse. Ella puso en marcha el motor y salió disparada hacia Nueva York y yo, con Charley a mi lado, conduje a Rocinante hasta el transbordador de Shelter Island, y luego a un segundo transbordador que me llevaría hasta Greenport y a un tercero que iba desde Orient Point a la costa de Connecticut, cruzando el estrecho de Long Island, pues quería evitar el tráfico de Nueva York y ponerme ya en camino. Y confieso que tenía un sentimiento de gris desolación. […]


Lo fusilamos de: John Steinbeck, Viajes con Charley, Barcelona, Península, 1998, pp. 11-29. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez.


martes 28 de abril de 2009

Trabajos del reino, de Yuri Herrera



Las historias de narcos tienen prácticamente todas los mismos ingredientes: ascenso, excesos, traiciones y fidelidades, amores difíciles, sobornos, superchería, pompa y, claro, muerte. Quizá atendiendo a esa circunstancia Yuri Herrera ha compuesto una historia basada no en personajes sino en estereotipos: en Trabajos del reino los personajes no tienen nombres sino roles: el Artista, el Rey, el Heredero, la Niña, la Bruja, el Gerente, el Gringo, la Cualquiera... Tanto que su protagonista, un cantante de corridos, se llama Lobo sólo cuando no está en la corte del Rey, es decir, en el primer capítulo y en el último; el resto de la historia es el Artista.

Que está allí para cantar las grandezas del mero mero, pero se enreda en amores primero con la Niña y después con la Cualquiera (que está destinada al capo); se gana la confianza de los de arriba y hasta el Rey le encarga que se cuele en la fiesta de un rival para descubrir al traidor que está matando a los de su corte. Y allí, en esa fiesta del enemigo, se da cuenta el Artista de que todo es igual en todas las cortes: “La pachanga también tenía su oro sonajeado, sus muchachas rubias, sus botas rojas de oso hormiguero, su conjunto con tarima, su asada, sus pistos, su guardia, su cura de cajón…” (p. 101). Más adelante pasará por traidor y es citado por el Rey para ajustar cuentas. El comienzo del discurso es aterrador: “Para estar donde yo estoy no sólo basta ser un chingón, eh, hay que serlo y hay que parecerlo” (p. 114). Ya se sabe lo que viene: “Chíngate a este pendejo”, le dice al matón que está al lado.

La historia es la misma que tanto conocemos quienes hemos vivido en países acosados por los narcos, sí, pero entonces, como en las canciones populares que cuentan todas el amor o el desamor, lo que importa es el intérprete. Y Yuri Herrera ha compuesto un hit desde la primera frase: “Él sabía de sangre, y vio que la suya era distinta”. Acá las frases están cinceladas con jerga y con palabras cultas, con ritmo, esto es, con términos y acentos puestos donde deben estar para hacer música (y música muy mexicana): “A los muertos no se les pide permiso. Al menos, no a los pinches muertos. Se hace lo que se hace. Se agarra el modo y se presume, como quien pronuncia el nombre, y no se fija en lo que les buiga a los demás. O sí: para sentir su espanto, pues, porque el susto de los otros alimenta bien, remacha que la carne de los buenos es brava y necesaria, que hace bulto y zarandea las cosas” (p. 68). Y como en las canciones populares, asoman de tanto en tanto versos hermosos y sabios: “Lobo sintió envidia de la mala, y después de la buena” (p. 10); el Rey “parecía florecer en el fervor de los simples” (p. 65)...

Notable primera novela ésta de Yuri Herrera. Ya autores consagrados de México como Juan Villoro y Elena Poniatowska llamaron la atención sobre este brillante debut. Hay que darles la razón y esperar con interés las que vengan. Quizá esta no se consiga aún por aquí, pero el tipo va a pasar las fronteras y seguro más adelantico se va a distribuir.


Yuri Herrera, Trabajos del reino, Cáceres (España), Periférica, 2008, 136 páginas.