lunes, 20 de julio de 2015

El periodista Gabriel García Márquez



Entre septiembre de 1980 y marzo de 1984 Gabriel García Márquez escribió una columna que apareció cada semana en El País de España y El Espectador de Colombia, y luego en decenas de periódicos que la reproducían por medio mundo. Durante esos cuarenta y pocos meses la columna no dejó de salir ni un solo miércoles, ni siquiera cuando su autor tuvo que sortear vientos revueltos en su vida privada, como cuando tuvo que viajar exiliado a México porque en su país lo iban a arrestar, o como cuando se ganó el premio Nobel de Literatura.

En efecto, el 20 de octubre de 1982 salió la columna “Obregón o la vocación desaforada”. Al día siguiente, a las 5:59 de la mañana, recibió la llamada del viceministro de Asuntos Exteriores de Suecia para informarle que había sido elegido ganador del premio Nobel de Literatura. Una semana después ahí estaba la columna —“Hemingway en Cuba”—,  y el 8 de diciembre, mientras Gabriel García Márquez leía su discurso de aceptación del premio, en el resto del mundo todos leían su columna “La literatura sin dolor” en el diario de la mañana.

Esas columnas puntuales del 80 al 84 están en el tomo 5 de Obra periodística, publicada por Random House en marzo de este año. Estos cinco libros, lo digo sin exagerar, son lo mejor que le ha pasado al periodismo colombiano y al mundo editorial en los últimos meses. Hasta esta publicación, la obra periodística del único premio Nobel de Literatura que va a tener Colombia estaba desperdigada por ahí, en ediciones de Bruguera y Norma inconseguibles y francamente feas.  

Un lector afanado puede hacerse el vivo y buscar nada más ese tomo 5, pensando que en él está depurado el genio de Gabriel García Márquez. Despreciará los demás pensando que esos cuatro tomos anteriores fueron nada más los escalones que usó el autor para alcanzar esas columnas magistrales de comienzos de los ochenta. Lamento decirle que no, mi querido amigo. Aquí no hay atajos. La genialidad vive desde los primeros momentos de esta obra palpitante y perfecta.

El primer tomo —Textos costeños— recoge las notas que García Márquez escribió para El Universal de Cartagena y El Heraldo de Barranquilla entre 1948 y 1952. Aquí la cosa produce pasmo: uno no sabe qué pensar de un muchacho de 21 años que está dando sus primeros pasos en el periodismo escrito y que compone frases como esta: “El animal de la timidez se le paseaba por la voz y se la tumbaba por los despeñaderos más intransitables de la gramática” (p. 78). O como esta: “Lo conocí ayer. Es un campesino de esos que, aunque se quiten el sombrero, siguen teniendo cara de llevarlo puesto” (p. 271). O como esta: “el amor es una enfermedad del hígado tan contagiosa como el suicidio, que es una de sus complicaciones mortales” (p. 103). La situación más vulgar o más humilde le sirve de pretexto a ese muchacho para crear una pieza perfecta de la observación y el ritmo compositivo en cuatro párrafos. Son las famosas “Jirafas”, que escribió durante esos cuatro años con la misma puntualidad e insistencia que mostraría casi cuarenta años después en El Espectador y El País, cuando era el escritor más leído de América Latina.

Estos cinco tomos gordos —suman 3.611 páginas— también le muestran a los lectores afanados que el genio literario de Gabriel García Márquez no bajó de los cielos como por encanto mientras oía los cuentos de su abuela durante las tardes de bochorno en el valle del Magdalena. Ese genio literario fue trabajado frase por frase, página a página esculpido con una disciplina de soldado en las salas de redacción de los diarios donde trabajó. Basta pensar que en los casi tres años en que estuvo en El Heraldo, Gabriel García Márquez publicó cerca de cuatrocientos artículos. Eso sin contar los que no firmaba, ni las piezas de ficción que iba desarrollando en paralelo. Como dice Alma Guillermoprieto, otra periodista de primera, “con tiempo y trabajo cualquiera puede escribir frases magistrales”. Tiempo y trabajo es lo que muestran estas páginas. Y frases magistrales. Por montones.

Los tomos 2 y 3 recogen la época dorada del autor en El Espectador. Frente a nuestros ojos atónitos por semejante despliegue de talento, ese joven periodista pasa de comentarista de hechos cotidianos a reseñista de cine, y de ahí a reportero y cronista. Primero cubre eventos en el país —Antioquia, Chocó, Bogotá— y luego viaja a Europa enviado por el diario. En Europa sabe que los grandes medios se le van a adelantar siempre, así que se ocupa de comentar el lado B de hechos y eventos como el festival de Cannes o una cumbre de gobiernos en Ginebra. Pero también están los  grandes reportajes que convirtieron al autor en una estrella del periodismo: el caso Montesi, el viaje por los países comunistas, “Caracas sin agua”… Crónicas en las que buscaba, en sus propias palabras, “contar lo que pasó para que el lector sepa lo que pasó como si hubiera estado en el lugar”.

En el 4 está la obra más política de Gabriel García Márquez, los reportajes que escribió para la revista Alternativa, de Bogotá, entre el 74 y el 80 del siglo pasado, así como otros artículos de tinte analítico escritos para Casa de las Américas de La Habana, la revista Semana o El Espectador. Podría pensarse que por ser periodismo comprometido políticamente, estas piezas rebajan en relevancia y maestría estilística. Debo decir que no. Es periodismo comprometido, pero está tan bien escrito que uno recibe con gusto la línea editorial que está tirando el autor con tal de acceder a su genio poético. Este tomo es necesario porque aquí están los magníficos “Chile, el golpe y los gringos”, “Cuba de cabo a rabo”, “El golpe sandinista” y “Por un país al alcance de los niños, entre otros. Pocos textos nos hacen ver tan bien quiénes somos los colombianos como este último y otros que se recogen aquí, como “Qué es lo que pasa en Colombia” y “Apuntes para un debate nuevo sobre las drogas”.

Ninguno de los tomos, pues, es eludible. Los cinco cuestan poco más de 200 mil pesos, alrededor de 100 dólares. Si se piensa bien, es muy poco dinero por acceder al mejor periodismo que se escribió en español en el siglo pasado. Y es nada si se piensa que en estos libros tenemos el inesperado privilegio de ver el mundo a través de los ojos de un genio de las letras.



Gabriel García Márquez, Obra periodística, 5 tomos, Bogotá, Random House Literatura, 2015. Edición y prólogos de Jacques Gilard.

lunes, 29 de junio de 2015

Mi romance, de Gordon Lish



El narrador y protagonista de Mi romance es un editor que padece psoriasis y durante un tiempo de su vida bebió más de la cuenta: suficientes coincidencias con mi propia biografía como para no saltar encima de esta novela apenas la vi en la estupenda librería Prólogo, de Bogotá.

El protagonista se llama igual que el autor, Gordon Lish. Trabajó como editor de ficción en la revista Esquire y como director editorial en Alfred A. Knopf, igual que el autor. Es maníaco y enfático, una personalidad contundente que en esta ocasión está frente a un público en un festival literario improvisando un discurso. Por eso devanea, balbucea, peripatea alrededor del alcohol, de la psoriasis que ha determinado su vida, de su padre y su madre, de sus tíos Lish, tacaños y extraños.

No lo dudéis, este metoxaleno que me hacen tomar para que mi piel pueda extraer de la luz todos los beneficios posibles, incluso cuando no hablamos de la clase de luz que uno consideraría apropiada, este metoxaleno es la bomba, no lo dudéis. Por otro lado, no hay nada que me pueda poner particularmente nervioso si he tomado las debidas precauciones. Esto es, primordialmente, untarme el aceite mineral, untarme una buena capa de aceite mineral en todo el cuerpo. Oh, aunque llevar gafas de sol no es que sea menos importante, ni mucho menos. Lo entendéis, ¿verdad? Quiero decir, ¿acaso no os dais cuenta de hasta qué punto mi vida está atada a todas estas preocupaciones? Aunque es posible que todavía no hayáis captado lo que quiero deciros. Quiero decir, esta psoriasis que he tenido desde siempre. O que he tenido al menos desde los siete años, más bien. Esa es la razón de que mi vida haya transcurrido de tal modo que el sol, la luz solar, los rayos solares… en eso ha consistido buena parte de mi vida, siempre: en andar persiguiendo la luz (pp. 52-53).

Una prosa envolvente que a veces cuesta un poco seguir porque quiere reproducir ese discurso que este hombre va desgranando de manera improvisada frente al público del festival literario. Gordon Lish, el personaje de la novela, está en un punto culminante de su vida y ha decidido confesarse frente a sus colegas: “No quiero sencillamente estar aquí y ponerme a leer unos cuentos. No me basta con subirme aquí y dar lo mejor de mí sólo para leeros unos cuentos. Lo que siento es que debo hablar desde aquí (p. 23).

Confiesa entonces una infidelidad y un delito. Pero no de manera directa: los va soltando como sin darse cuenta, se entretiene en nimiedades, le da una importancia inoportuna a detalles que retardan las partes más carnosas de su discurso, de su confesión. Pero ahí seguimos para conocer su carácter, su pasmosa sinceridad, su cinismo. Ahí seguimos para verlo acompañar al baño una madrugada a su madre de 93 años, desnuda y tambaleante, “Frágil en extremo o en el extremo de la fragilidad, o sí, sí, en realidad parecía como si fuera a quebrarse, ya me entendéis: una mujer tan pequeña, con tantos años encima, una hoja, como una hoja seca” (p. 39).

Señala en algún punto que algunos asistentes salen dando un portazo, y no dudo de que algunos lectores también hayan cerrado esta novela breve e implacable sin terminarla. La leyenda dice que cuando salió publicada, en 1991, Mi romance no vendió más de 500 ejemplares, a pesar de que su autor era ya conocido como un influyente editor literario que trabajó —descubrió, apoyó, apadrinó, editó— a autores tan reconocidos como Raymond Carver, Don DeLillo o David Leavitt. (Faltaban todavía siete años para que se le acusara incluso de intervenir abusivamente los relatos de Raymond Carver, hasta el punto de haber creado el estilo por el que fue conocido el escritor americano muerto en 1988.)

Pero otros lectores seguimos hasta el final, pegados del discurso balbuciente de este personaje enfermo, complejo, por momentos pragmático hasta el cinismo y por momentos vacilante, casi siempre decadente. Es decir: humano, demasiado humano.  




Gordon Lish, Mi romance, Cáceres, Periférica, 2014. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas.

miércoles, 15 de abril de 2015

Abraham Lincoln, figura y mito

La última fotografía tomada a Lincoln
(Alexander Gardner, 1865)
Lo mejor que puedo hacer es conseguir libros, sentarme en algún lugar y ponerme a leer.
Abraham Lincoln



De todos conocido

La figura de Abraham Lincoln es tan grande que su sombra llega hasta nosotros: no es necesario haber estudiado en un colegio en Estados Unidos o de tradición americana para saber detalles de su vida y de su muerte: fue presidente; durante su mandato abolió la esclavitud y se preservó la unión americana; murió en un atentado en un teatro en Washington. Cada cierto tiempo algún libro o película o personaje le da un cepillazo a su figura y la vuelve a presentar recién bañada y con un vestido nuevo. La última vez fue la película de Steven Spielberg protagonizada por Daniel Day-Lewis. Hace cinco años fue el presidente Barack Obama, quien lanzó su candidatura en el mismo lugar en que lo hiciera Lincoln siglo y medio antes, y juró sobre la misma Biblia, e hizo el mismo recorrido en tren para llegar a Washington.
Un periodista neoyorquino de su época, Noah Brooks, lo llamó “el hombre más grande que ha habido desde San Pablo”. El poeta Walt Withman, “el actor principal del drama más tormentoso que el escenario de la historia real conociera en siglos”. Tanto aprecio, tanto manoseo, han producido una cantidad hostigante de panegíricos de ese tipo, así como un sinfín de ataques justificados y no, teorías de la conspiración y delirios del tamaño de su estatua en Washington.

¿Lincoln era homosexual?

En 2006 se publicó un libro escrito por el psicólogo C. A. Tripp titulado El mundo íntimo de Abraham Lincoln. Allí su autor, uno de los analistas del famoso Informe Kinsey, revisa con profusión cartas, discursos y testimonios de allegados, para concluir sin ambivalencias que Lincoln era gay. Ya antes algunos biógrafos del decimosexto presidente de Estados Unidos habían advertido ciertas costumbres en el personaje que, por decirlo de alguna manera, no son muy bien recibidas por los miembros del Partido Republicano. Una famosa biografía de 1926 escrita por Carl Sandburg mencionaba las relaciones más estrechas de lo adecuado entre Lincoln y Joshua Speed, antiguo jefe de Abraham en una tienda de mercaderías en New Salem, Illinois. Trabajadores del Palacio Presidencial durante la administración del buen Abe, entre 1860 y 1865, también advirtieron que David Derickson, su jefe de seguridad, dormía en la cama del presidente cuando la primera dama no estaba; “y usaba el camisón de Su Excelencia”, declaró Thomas Chamberlain, miembro de la guardia personal.
Por supuesto, todo esto ha sido debidamente desmentido y cuestionado, como corresponde al mito de Lincoln. También ha sido confirmado por otros escritores e investigadores. En últimas, ¿qué importa?

La curiosa barba de Lincoln

Abraham Lincoln fue el primer presidente de Estados Unidos en usar barba también fue el primer presidente republicano y el primero en morir asesinado. Pero si se miran las fotos y los afiches de su campaña se le ve el rostro anguloso limpio y bien afeitado. La historia es simpática: el 15 de octubre de 1860, durante la campaña presidencial, Lincoln recibió una carta de una niña de doce años, Grace Bedell, donde le decía que tenía la cara muy delgada, pero que con una barba mejoraría su apariencia. Si se la dejaba crecer, ella se encargaría de convencer a sus hermanos para que votaran por él. Lincoln le envió a la niña una respuesta cordial. Pero durante los meses que pasaron entre el triunfo en las elecciones y su posesión, se dejó crecer su barba característica.
En el viaje hacia Washington para tomar posesión de su cargo, se detuvo en Westfield, Nueva York, el pueblo de Grace. Después del discurso la buscó y conversó con ella. “Se sentó conmigo en el andén y me dijo que se había dejado crecer la barba por mí. Luego me dio un beso. Nunca lo volví a ver”, declaró Grace a un diario muchos años después.

Las coincidencias entre Lincoln y Kennedy

Durante años ha circulado por ahí una lista de “coincidencias sorprendentes” entre los dos presidentes asesinados. El número de letras de sus nombres, algunas fechas determinantes en la vida de ambos con cien años de diferencia… basta poner en Google los dos nombres para encontrar la lista. Todo ello ha sido desmentido, y las coincidencias que permanecen entre ambos no son más sorprendentes que las que pueda haber entre cualquier lector de esta nota y su vecino de mesa en el restaurante donde almorzó ayer.

¿Lincoln era cazador de vampiros?

Por el amor de Dios, no. La película Lincoln cazador de vampiros, de Timur Bekmambetov (2012) tuvo cierta repercusión en los medios por lo estrafalario de su planteamiento. La reseña de Peter Travers para la revista Rolling Stone incluye un comentario inapelable: “La película merece una estaca en el corazón”.

¿Quién fue, en últimas, Abe Lincoln?

Un hombre que se hizo a sí mismo. Nació en una cabaña de troncos sin piso, pasó por la escuela apenas pocos meses, hizo todo tipo de trabajos para mantenerse. Por su cuenta, a partir de su curiosidad y empeño infinitos, estudió matemáticas y geometría, se hizo agrimensor y prominente abogado, se convirtió en un orador eterno y en un político brillante. Su profunda autoconciencia y su pensamiento de jugador de ajedrez fueron los pilares de su inteligencia. En últimas, de su grandeza: “cuando medito una idea, no me siento a gusto hasta que la he orientado al norte, al sur, al este y al oeste”, escribió.
Conoció la lucha, la traición y el dolor: vio morir a dos de sus cuatro hijos. La Guerra Civil estalló casi el mismo día de su posesión y terminó diez días antes de su muerte. Y contra todo, logró lo que se propuso: conservar la unión y al tiempo el poder federal, abolir la esclavitud y preservar los principios de su partido: proteccionismo aduanero, política bancaria inflacionista, inversión pública. Pero a muchos molestó lo que hizo y no estuvieron de acuerdo nunca con su gestión. Entre ellos el actor John Wilkes Booth, que le disparó en el teatro Ford de Washington el 14 de abril de 1865. Abraham Lincoln murió la mañana siguiente, hace 150 años.


Con algunas variaciones, esta nota apareció originalmente en la sección Retrato Hablado de la revista Credencial, en 2013.

martes, 14 de abril de 2015

Don Gesualdo, el impar


La herida que le produjo el accidente automovilístico no era mortal, pero lo mató. Triste noticia, sí, pero no del todo extraña al personaje, quien siempre fue un resignado: cuando jugaba al ajedrez solía emprender una estrategia llamada autojaque, que obliga al rival a ganar aunque no quiera. “Perder me ha gustado siempre”, dijo en una entrevista en 1981, cuando apareció su primera novela.

Le tomó diez años escribirla y la dejó guardada todavía otros diez años. Y más aún: la entregó a regañadientes, para quitarse de encima a una editora insistente. La novela lleva por título Diceria de ll’untore y se tradujo al español como Perorata del apestado. Casi de inmediato el autor obtuvo lo que siempre buscó evitar: la notoriedad. “Yo empecé a escribir desde niño. Después, durante años, he seguido escribiendo: en la juventud, la madurez, hasta llegar casi al umbral de la vejez… pero sin intentar publicar nunca, lo cual era una especie de enfermedad, llamémoslo así, una perversión casi patológica, provocada por el amor por el soliloquio, por el monólogo en lugar del coloquio. Pienso que una platea demasiado grande impide la exteriorización de la propia personalidad. La escritura para mí es un juguete y una medicina privada”.

Descontando unos pocos años que pasó como infante de la Marina italiana durante la Segunda Guerra Mundial y en un sanatorio en Roma, este hombre pasó toda su vida en su pueblo natal, Comiso, al sur de Sicilia. Fue un discreto pero querido profesor de bachillerato. En 1981, cuando apareció esa primera novela, tenía 60 años, “razonable edad para morir, no tanto para escribir”, dice el narrador de otra de sus novelas. Es lo que podría llamarse un escritor en extremo respetuoso con sus lectores, que no les entrega borradores. O que les entrega con seguridad el borrador más depurado que pude alcanzar. Porque un autor tan pulcro solo escribe borradores.

Un poco a pesar de sí mismo siguieron saliendo a la luz otros libros: Argos el ciego, Calendas griegas, Las mentiras de la noche, Tommaso y el fotógrafo ciego, casi todas publicadas en español por Anagrama en la década del ochenta y comienzos de los noventa. Cada una de esas novelas es perfecta, cada una de sus frases es un mecanismo esplendoroso de sentido. Gesualdo Bufalino, don Gesualdo el impar, su autor, encontró en esas novelas el eslabón perdido entre la prosa y la poesía. Que no es poco.

En Colombia editorial Norma publicó, también a comienzos de los noventa, varios títulos de don Gesualdo, entre ellos un librito de aforismos titulado El malpensante. Lunario del año que pasó. Son gotas que condensan el arte de Bufalino, su visión del mundo. Valga esta selección como invitación a leer sus novelas, que son inmensas, que lo sobreviven después de ese accidente automovilístico que le produjo una herida no mortal que lo mató. Fue en 1996, un viernes lluvioso de junio, en una carretera rural. 


El malpensante [Fragmento]

Habiendo sido muy viejo desde joven, concededme, ya viejo, algunas luces de juventud.

Ningún abismo de depravación existe donde dude en sumergirse la mente de un tímido.

Como quien se rompe la espalda para aumentar su saldo en el banco, así trabajo cada día con mi vida para convertirla en pasado: esa cuenta corriente que crece.

Rumiar el mal sin atreverse a cumplirlo… Así se forman las vocaciones poéticas.

Cuesta una inmensa fatiga conservar una buena opinión de sí mismo. Quién sabe cómo harán algunos.

Es más difícil que Stan Laurel pase por el ojo de una aguja que Oliver Hardy.

Si queréis saber más de vosotros, escuchad detrás de las puertas.

Todas las mujeres deberían ser bellas; los hombres, todos feos: es injusto que una mujer sea fea, ridículo que un hombre no lo sea.

Cada uno sueña los sueños que se merece.

Ninguna pasión arde si no la alimenta, de vez en cuando, la mala fe.

Dios es mejor de lo que parece, la Creación no le hace justicia.

Amo los nombres de árboles y flores que no he visto y no sabría reconocer si los viese: el aliso negro, el agavanzo.

Hay suicidas invisibles. Se continúa vivo por pura diplomacia, se bebe, se come, se camina. Los demás se engañan siempre, pero nosotros sabemos, con una sonrisa interna, que se equivocan, que estamos muertos.

No conozco voluptuosidad más punzante que leer, no ya un libro de principio a fin, sino, pescando al azar, aquí una página, allá un renglón, estando de pie ante las cascadas prodigiosas de una biblioteca.

Las motas del aburrimiento, la felicidad del aburrimiento en la adorada provincia.

Los placeres de la vanidad no duran en general más que un orgasmo masculino.

El bibliófilo, de una mujer: “Encuadernación bellísima, texto más bello aún”.

Leo con el acostumbrado fastidio en el periódico esta mañana el último boletín de la guerra ítalo-italiana.

Dos infelicidades, sumadas, pueden hacer una felicidad.

El único consuelo, en vísperas de elecciones entre dos candidatos, es que al menos uno de los dos perderá.

Vivo dentro de mí como un huésped.

Vivir por encima de sus medios lo hacen muchos. Morir, ninguno.

La calumnia desinteresada es, en quien la propaga, indicio inobjetable de talento literario.

Pocos se dan cuenta de que su muerte coincidirá con el fin del universo.



Gesualdo Bufalino, El malpensante. Lunario del año que pasó, Bogotá, Editorial Norma. 1995. Traducción de Mario Jursich Durán.