miércoles, 4 de febrero de 2015

Cinco libros para la isla desierta


La pregunta ¿qué libro llevaría a una isla desierta? se convirtió ya en un cliché, pero nadie dijo que los clichés no pueden ser divertidos. Y para los aficionados a los libros, a la música, al cine, hacer listas de favoritos es parte del juego: alimenta la afición y condimenta la conversación con otros aficionados. Aquí están mis cinco libros para un naufragio.

Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Roberto Bolaño como que se lee mejor en México, Paul Auster es más emocionante en Nueva York, Reinaldo Arenas tiene más sabor en La Habana… En la lectura también influye el decorado, quién lo creyera. Así que debe ser muy emocionante leer Robinson Crusoe en una isla desierta, o después de un naufragio. Además, en esas circunstancias el relato del náufrago más famoso de la historia puede convertirse en un manual de supervivencia. Lo que Robinson hace con las semillas, la manera en que organiza el ciclo de siembra y recolección, podría ser inspirador e ilustrativo. Aunque creo que soy demasiado flojo para hacer algo así, y me terminaría comiendo el libro. Pero lo leería antes.

Poesía completa de León de Greiff. Con este libro me garantizo largas páginas de la mejor poesía que se ha escrito en lengua española, pero también una buena dosis de música. Puede que uno no entienda todo lo que dice ni lo que quiere decir, pero leer a León de Greiff en voz alta relaja el espíritu justo como lo hace la música que más le gusta a uno, cualquiera que sea. No importan las palabras raras que usa, los latinajos, las antiguallas: uno simplemente se deja llevar por la música que compone León de Greiff con palabras… En la soledad de una isla deben sonar raros los versos de su “Admonición a los impertinentes”: “Yo deseo estar solo,/ non curo de compaña./ Quiero catar silencio,/ mi sola golosina…”.

Ulises, de James Joyce. Seis veces he intentado leer la obra maestra de Joyce, y seis veces he salido de sus páginas sin llegar hasta el final, achantado, un poco apaleado. Siempre llego a un punto —página 60, página 80, página 100— desde el que se me hace imposible avanzar. La prosa, la historia, el juego del narrador como que no me agarran. Me conformo con pensar que cada libro tiene su momento, y no me ha llegado el momento de Ulises. Después de un naufragio, solo, en una isla, sería la oportunidad perfecta: o lo leo o lo leo. Y por ser libro que permite múltiples sentidos e interpretaciones incluso podría releerlo, mirarlo con detalle. Sin embargo, preferiría que me rescataran antes.

Romeo y Julieta, de William Shakespeare. Para que allí solo, en la inmensidad tropical o en la cima fría de una montaña, con hambre y miedo y dolor, no se me olvide que el amor existe. Y que pertenezco a una especie que engendró a alguien llamado William Shakespeare.

Manual de supervivencia: habilidades para la aventura en exteriores, de Colin Towell. Aunque —como ya dije— esperaría que me rescataran pronto, hay que estar siempre preparado para lo peor. De hecho, siempre, en cualquier situación, creo que hay que esperar lo peor, y así lo que venga de bueno, así sea poco, será bien recibido. Alguna vez estuve ojeando este manual, y de verdad es útil e ilustrativo. Al comienzo plantea cuatro principios básicos de la supervivencia: protección, ubicación, agua y comida. Y despliega recomendaciones para conseguirlos pronto en una situación de supervivencia. Claro que, como el mismo Towell señala, se necesitan cuatro factores para sobrevivir en una situación así: conocimientos, capacidad, voluntad de sobrevivir y suerte. Me conformo con las dos últimas.   


Con algunas variaciones, esta nota se publicó en la revista Bacánika en 2013.


martes, 20 de enero de 2015

Libros de viaje



Si digo que un libro es como un viaje no estoy diciendo nada nuevo. En un libro, como en un viaje, uno encuentra estaciones —capítulos, episodios—, sorpresas agradables y no —clímax, puntos de inflexión—, compañeros —los personajes— y un guía o conocedor que muestra el lugar: el narrador. También se parecen en que uno nunca es el mismo al cerrar un libro y al terminar un viaje. Lo que quiero decir es que todos los libros son libros de viaje. Pero no voy a desconocer que hay un género así llamado, y es sobre él en particular que me piden una lista con cinco recomendados. Dejémonos entonces de filosofar y, como se dice en el colegio, pasemos lista. Pero antes, advertir que no soy experto ni lector dedicado a este tipo de libros: apenas curioso. Digamos que soy un turista del género que pasea por sus calles de tanto en tanto.

Viajes con Charley en busca de Estados Unidos, de John Steinbeck (Nórdica). Cuando cumple 58, el autor sale de viaje en una camioneta y recorre 34 estados, 16 mil kilómetros, para no envejecerse tan de repente y para refrescar sus conocimientos del país que inspiró buena parte de su obra. Habla con personas en bares, hoteles y zonas de camping, mira, admira, piensa y va conversando con su perro, Charley, un caniche “viejo y caballeroso… un diplomático”. La nuez del libro la encuentro en esta frase, creo: “Este monstruo de país… esta progenie del futuro, resulta ser el macrocosmos del yo microcósmico”. Y así se mueve toda la obra, entre el exterior y el interior, entre lo inmenso y lo minúsculo. Es mi libro de viajes favorito.

Con la sangre despierta, Juan Manuel Villalobos (editor) (Sexto Piso). Este libro recoge los primeros encuentros de escritores con “ciudades ajenas”, como las llama el editor. Rodrigo Fresán con Caracas, Alma Guillermoprieto con Managua, Rodrigo Rey Rosa con Tánger, Francisco Goldman con Ciudad de México… y siete escritores y ciudades más. Narraciones personales de variada textura e intensidad que recuperan el asombro de llegar a un sitio desconocido. Por eso es relevante.

La guerra moderna, de Martín Caparrós (Norma). Si en los libros de viajes el narrador es un guía, el autor de este libro es un guía de esos un poco molestos: opina más de la cuenta, se hace el inteligente, algunos chistes le salen mal. Pero su lenguaje barroco, exuberante y pretencioso combina bien con algunas ciudades que detalla aquí, como Las Vegas. También hay que decir que muchos chistes le salen bien, y tiene una puntería inigualable para el guiño, la referencia, la comparación. En últimas, en estos casos el lenguaje plano y estándar hay que dejárselo a las guías turísticas.

¿Qué hago yo aquí?, de Bruce Chatwin (El Aleph). Crónicas, relatos, perfiles de personajes que el autor, un viajero incansable, se encuentra por el camino. Camino que abarca en este libro Rusia y el Himalaya, Afganistán y La Patagonia. El interés por la biología agrega condimento a las crónicas. Este guía-narrador sabe involucrarse sin molestar, es respetuoso y sensato. Muestra compasión y delicadeza, así como un ojo muy afilado. Cualquier libro de Chatwin es un magnífico libro de viajes. Este es el más personal e íntimo, a mi parecer.

Cómo viajar sin ver, Andrés Neuman (Alfaguara). El autor ganó el premio Alfaguara de novela en 2007, y en 2008 la editorial programó un viaje promocional por todos los países de América. El autor entonces decidió tomar notas de lo que alcanzaba a ver por el rabillo del ojo, sin referirse a las actividades programadas o a encuentros con escritores. Son fragmentos de países de América, pintados por una mente sagaz y divertida. “Los montevideanos son porteños sin histeria”, dice por ejemplo, o “Lima desteñida, reflexiva, indeterminada. Hacer matices del gris es el arte limeño”. Quien haya estado allí sabe que así es.




miércoles, 29 de octubre de 2014

Los pensamientos despeinados de Jerzy Lec


Será el agua de sus ríos, el clima, los vientos que la cruzan, sus fronteras porosas y cambiantes, la seguidilla de invasores que ha tenido desde hace mil años. Quién sabe qué será lo que provoca ese humor al tiempo brillante y amargo de los escritores polacos, esa visión del mundo tan crítica y sardónica… Y no pienso en dos o tres: Wislawa Szymborska, Adam Zagajewski, Czelaw Milosz, Isaac Bashevis Singer, Bruno Schulz, Slawomir Mrozek, Witold Gombrowicz, y por favor: Joseph Conrad… Todos son escritores de primera, todos comparten esa mirada de reojo y con reservas.

Stanislaw Jerzy Lec condensa todo ese ingenio áspero en dos o tres líneas. Poco pude encontrar sobre su vida en una búsqueda rápida. Nacido en 1909 y muerto en 1966, fue poeta, pero no fueron sus versos sino sus aforismos los que se convirtieron en universales. “La severidad de sus aforismos hace pensar en la crueldad de las bromas callejeras de Varsovia, en la agudeza del espíritu vienés y en el humor judío”, escribió el Nobel Czelaw Milosz.

Editorial Península hizo una primera edición de su libro más famoso, Pensamientos despeinados, en 1996, con traducción de Emilio Quintana. Ahora, la estupenda editorial Pre-Textos trae otra edición, traducida por Elzbieta Bortkiewicz y Abraham Gragera. Sin más preámbulos, aquí hay unos cuantos, para que se antojen y vayan por el libro. Lo conseguí en La Madriguera del Conejo en Bogotá, pero la editorial tiene una buena distribución en el país, así que debe estar en todas las librerías que vale la pena visitar. Creo que no hay por estos días en las mesas de novedades un mejor libro para comprar y leer.


Pensamientos despeinados (fragmento)

Una ventana al mundo puede taparse con un periódico.

Si el arte de la conversación alcanzara un nivel más alto, la tasa de natalidad sería más baja.

Incluso en su silencio había faltas de ortografía.

Las rosas huelen profesionalmente.

También los masoquistas lo confiesan todo bajo tortura. Por gratitud.

Siempre habrá esquimales que elaboren pautas de comportamiento para los del Congo Belga en épocas de fuerte canícula.

“Con los eunucos se puede hablar largo y tendido”, contaba una integrante del harén.

El instante en que uno descubre su falta de talento es un destello de genialidad.

Sólo los genios y los estúpidos son intelectualmente autosuficientes.

¡Hay que popularizar el elitismo!

Algunos padecen hipertrofia de glándulas políticas.

Lo lapidaron en un monumento.

Cada siglo tiene su Edad Media.

Al principio era el Verbo. Al final la Verborrea.

¿Él? ¡Su ignorancia es enciclopédica!

¿Son inteligentes las mujeres desnudas?

Se apretaron tanto el uno contra el otro, que no quedaba sitio para los sentimientos.

Un consejo para los escritores: llega un momento en el que hay que dejar de escribir. Incluso antes de empezar.



Stanislaw Jerzy Lec, Pensamientos despeinados, Valencia, Pre-Textos, 2014, 227 p. Traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Abraham Gragera.




jueves, 16 de octubre de 2014

Ciertas personas de cuatro patas, de Rafael Baena


Este libro se abre con un niño de cinco años montado sobre una yegua de nombre Panela. Es el autor, quien pocos años antes ha dicho su primera palabra. No fue papá ni mamá, sino a ayo, caballo. Al parecer, su  amor por esas “ciertas personas de cuatro patas” estaba escrito en sus células desde antes nacer.

Este libro es el testimonio de ese amor. En sus páginas están los caballos que más ha apreciado, el que le enseñó a montar a sus hijas, una yegua que le salvó la vida y un caballo a quien el autor salvó de una muerte dolorosa. Conocemos a Casandra, un ejemplar soberbio a quien Baena le prometió que si algún día escribía una novela, los caballos serían personajes principales. Hasta el momento ha publicado cinco, y en tres de ellas los caballos están en la primera línea de la peripecia: Tanta sangre vista, ¡Vuelvan caras, carajo! y La bala vendida. Si el lector de este comentario no las ha leído, hágase el favor de leerlas. Le garantizo que no será la misma persona cuando las haya terminado.

También conocemos a Centella, la yegua más bonita de la finca donde vive el autor:

Hace gala de un temperamento complicado, hasta el punto de ser virgen y no haber conocido caballo […] Aunque no creo en la reencarnación, ver el comportamiento de esa yegua ha hecho tambalear mi agnosticismo, pues cada vez más me convenzo de que guarda dentro de su corpachón el alma de alguna pionera sufragista o, por qué no, el espíritu de la mismísima Betty Friedmann [sic], dada la vehemencia con la que defiende sus convicciones, que van todas en contravía del mito del corral apacible y feliz: cocea, muerde, es agresiva con sus compañeros de manada y lazarla es toda una proeza. (p. 23)

Muy pronto la historia personal da paso a una historia más amplia de la relación del hombre con los caballos. Particularmente se concentra en la caballería, el uso de los caballos en la guerra, porque su uso “en tiempos de paz no ha sido más que una derivación de las labores cumplidas sobre el campo de batalla” (p. 118). Así, vemos cómo van llegando el freno, la herradura, el estribo, mientras se nos cuentan algunas formaciones y batallas de Alejandro Magno, Aníbal, Gengis Khan, Atila...

Lo más notable de este libro es que el autor no abandona nunca el tono de amena conversación que emprendió al comienzo, cuando nos estaba contando apartes de su historia personal con los caballos. Por eso, mientras avanzaba sentía que estaba leyendo un ensayo en el más inglés sentido del término: delicioso, honesto, útil, entretenido. Compuesto en una prosa diáfana y rítmica. Personal. Lleno de respeto por su tema y por el lector. Pero, a diferencia de esos escritores ingleses de ensayos deliciosos que tanto me gustan (Charles Lamb, William Hazlitt, Oscar Wilde, Robert Louis Stevenson, Chesterton), Baena mira más allá de Occidente:

Mientras los europeos atravesaban siglos de oscura incertidumbre y enclaustraban el saber en los monasterios, los árabes, organizados políticamente en califatos, alcanzaban refinamientos y logros que iban desde el jabón aromatizado hasta las diferentes ramas de la ingeniería, hacían poesía, ampliaban los horizontes de las matemáticas y de la filosofía, creaban recetas culinarias para complacer a Dios… y criaban los caballos más hermosos y resistentes que jamás hubo sobre la Tierra. (p. 100).

Conocer palabras nuevas debería ser motivo de celebración. Desde que leí este libro estoy feliz por haber encontrado palabras tan hermosas como sisar, almohaza, guadamecí, ramonear… No sé para qué las voy a usar, o cuándo, pero no importa. Los lectores sabemos bien que no todo conocimiento es útil. Pero me estoy yendo por las ramas.

En los dos capítulos finales, luego de ese montón de aventuras alrededor de los hombres y sus caballos, el autor regresa al ámbito íntimo, familiar. Vemos una imagen similar a la del comienzo: una criatura de pocos años sentada sobre un caballo. Es su nieta Guadalupe. Y así, sabemos que esta historia de amor y devoción a los caballos continúa escrita en las células de su descendencia. 



Rafael Baena, Ciertas personas de cuatro patas, Bogotá, Luna Libros, 2014.