sábado, 15 de marzo de 2014

Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard

Todos los días durante quince años, Anatole Broyard escribió la reseña de un libro para el New York Times. Descontando vacaciones, días festivos y demás eventualidades, eso suma más de cuatro mil reseñas. La pregunta tonta es “¿los habrá leído todos completos?”. La pregunta sensata es “¿cómo piensa un hombre que ha leído tantos libros?”.  

En 1989, con 69 años, le diagnosticaron un cáncer de próstata, y murió catorce meses después, en octubre de 1990. Lo último que escribió fueron los cinco ensayos recogidos en este libro por su esposa Alexandra, todos alrededor de la enfermedad, la humanidad, la muerte, el estilo, la medicina y los médicos: “Ebrio de enfermedad”, “Hacia una literatura de la enfermedad”, “El paciente examina al médico”, “La literatura de la muerte” y “Lo que dijo la cistoscopia”. Se incluyen también aquí unas notas tomadas de su diario entre mayo y septiembre de 1990, un magnífico epílogo donde Alexandra cuenta las circunstancias de la enfermedad de su esposo y de la escritura de estos ensayos, y un prólogo de Oliver Sacks.

En ese prólogo el famoso neurólogo escribe: “Nunca he visto ningún escrito sobre enfermedad que sea más directo, más franco: a nada se le resta importancia, no se rehúye nada, nada se pasa por alto, no se da a nada un trato sentimentaloide, ni se apiada gratuitamente de nada; nunca he visto ningún escrito de estas características que sea al mismo tiempo más profundo, más inteligente, más reflexivo, más resonante” (p. 14). No hay que creer en los argumentos de autoridad aunque sean de Oliver Sacks, pero después de leer este libro hay que darle la razón. Este libro es despiadado y brillante, aterrador y tierno, contundente y sabio.

El título viene de la manera en que Broyard quiso asumir su enfermedad. Quiso vivirla a plenitud con entusiasmo, con franqueza. Quería llegar a la muerte completamente vivo. “La amenaza de la muerte debería hacernos más ingeniosos”, dice en algún punto, y en él se cumplió ese mandato.

Un ensayo como “El paciente examina al médico” debería ser de obligatoria lectura en todas las facultades de medicina del mundo, porque se trata, nada menos, que del retrato del médico apropiado que hace un hombre tremendamente inteligente e ingenioso, educado y sensible (y a punto de morir). “Tal como encarga unos análisis de sangre y un escáner de mi estructura ósea, me gustaría que mi médico me escanease a mí, que me palpase el espíritu además de la próstata”, dice (p. 74). “Para llegar a mi cuerpo, mi médico tiene que llegar a mi carácter. Tiene que atravesar mi alma. No basta con que me atraviese el ano. Ésa es la parte de atrás de mi personalidad” (p. 68).

El comienzo de este capítulo coincide con los primeros síntomas, y desde ese temprano momento de su enfermedad y de su trato con especialistas ya tiene claro el tipo de médico que necesita. Al primero que consulta lo descarta así: “Desde el primer momento tuve una sensación negativa sobre ese médico. Era un hombre de aspecto tan inofensivo que parecía no ser suficientemente intenso ni voluntarioso para imponerse a algo poderoso y demoníaco como es la enfermedad. Era insulso, afable, difuso, cortés allí donde la cortesía era irrelevante” (p. 62). No busca un médico que mienta al paciente, tampoco “tiene por qué darle falsas garantías. Él mismo, su presencia y su voluntad de llegar al paciente son la garantía que necesita el enfermo. Tal como una madre acompaña a su hijo al mundo, el médico ha de acompañar al paciente en su salida del mundo de los sanos y en su ingreso en el purgatorio físico y mental que le está esperando, sea el que sea” (p. 86). En este punto, el del camino, la salida de un territorio para entrar a otro, Broyard coincide con otro crítico que escribió in extremis un libro imprescindible: me refiero a Christopher Hitchens y Mortalidad.

También se encuentra en el libro, en ese capítulo y en otros más, una especie de guía del tipo de compañía y amistad que busca un paciente terminal, una suerte de manual de estilo para comportarse con enfermos graves. “Despojados de su actitud lúdica y de su picardía, mis amigos parecen más llanos, más hogareños, incluso más viejos. Es como si todos se hubiesen quedado calvos de la noche a la mañana (p. 26).  “Los enfermos pueden acabar hartos de un amor que hay que comprar para la ocasión, como las flores y los caramelos que se llevan al hospital. Esas flores huelen a compasión, y tan solo los niños son capaces de comer tanto caramelo” (p. 72). E insiste en la necesidad de que el enfermo asuma un estilo para su enfermedad: “cualquier persona seriamente enferma ha de desarrollar un estilo propio de cara a su enfermedad. Creo que sólo si insiste uno en su estilo podrá salvarse del momento en que se desenamore de sí mismo cuando la enfermedad pretenda disminuirlo o desfigurarlo (p. 49).

Así es la prosa que el lector va a encontrar en este libro. Viva, vivaz, viril. Una prosa afirmativa, por momentos tosca, pero a veces, cuando toca, tierna, profunda, compasiva. Por esa prosa y por la inteligencia que despunta en cada página, para mí este es un libro esencial. Antes de terminar, comparto algunas citas que anoté en mi cuaderno:

“Me han puesto en el vientre inyecciones de diecisiete centímetros de largo, en donde noto que me cosquillea la metafísica” (p. 26).

“El cáncer es una buena cura contra la ironía” (27).

“La enfermedad es ante todo un drama que debiera ser posible disfrutar a la vez que se padece” (28)

“La escritura es un contrapunto de mi enfermedad. Obliga al cáncer a pasar por mi carácter antes de que pueda llegar a mí” (47)

“Estar enfermo es estar también psíquicamente trastornado” (67).

“Para un médico típico, mi enfermedad es un incidente rutinario que se encuentra en su ronda, mientras que para mí es la crisis de mi vida. Me sentiría mejor si tuviese un médico que al menos percibiera esta incongruencia” (72)

“Todos los hombres están enfermos, cada cual a su manera” (73)

“Cuando pasaba por delante del pabellón psiquiátrico vi una figura de barba gris que miraba por una ventana enrejada con la nostalgia que sólo un demente puede sentir” (172)

“Iba bien vestida, aunque con veinte años de desfase” (161)
  

Anatole Broyard, Ebrio de enfermedad, Segovia, Ediciones La Uña Rota, 2013. Traducción (extraordinaria) de Miguel Martínez-Lage.


martes, 4 de marzo de 2014

Los falsificadores de Borges, de Jaime Correas

La trama de este libro es compleja, así que intentemos reconstruirla paso a paso. El narrador, que es el propio Jaime Correas, recibe una noche en su casa en Mendoza, Argentina, una extraña llamada telefónica desde Berlín. Es un escritor colombiano de quien el narrador poco conoce, Héctor Abad Faciolince. En un relato desordenado y frenético Abad le cuenta a Correas las angustias que lo aquejan a raíz de un poema de Borges que el autor colombiano no encuentra. Unos meses antes publicó un libro sobre su padre, el médico y trabajador de derechos humanos Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín por paramilitares en 1987. El libro le dio celebridad y al tiempo angustias, pues el título escogido, El olvido que seremos, lo tomó de un poema manuscrito que su padre tenía en el bolsillo de su camisa la noche del crimen. Decía al final JLB, y Abad asumió automáticamente que el soneto era de Jorge Luis Borges. Pero después de publicado el libro y de hacer tallar en la lápida de su padre el soneto, no había podido encontrarlo en las Obras completas del autor argentino, ni en otras pesquisas posteriores en poemas sueltos. Encima, en medio de su búsqueda había aparecido un poeta colombiano, Harold Alvarado Tenorio, diciendo que los poemas eran de su autoría, y que los había hecho pasar como del escritor argentino para homenajearlo, en un juego de referencias que le habría gustado a Borges. Tenía credenciales para hacerlo: ya antes Alvarado Tenorio había escrito un prólogo a un libro suyo y lo había firmado como escrito por Borges. En una visita a la Biblioteca Nacional en Buenos Aires le leyó el prólogo a su célebre director, y él mismo se avaló como el autor sin estar muy seguro de haberlo escrito.
El asunto que complica todo es que Alvarado dice que escribió los poemas en 1993. Es decir, DESPUÉS del asesinato del padre de Héctor. La trama de la historia es perfecta para un cuento de Borges. Ante las conminaciones de Abad, Alvarado termina por decir que los versos los “fabricó” un periodista y escritor argentino, quien los había publicado en una editorial artesanal que tenía con unos amigos a mediados de la década del ochenta. La editorial, Editores Anónimos; el periodista y escritor, Jaime Correas.
El nombre de la editorial no era un azar: Correas y sus amigos no publicaban atribuciones de autoría a las antologías que hacían en su editorial. Correas no recuerda muy bien el origen de los poemas, y se dedica a buscarlo. Abad y una colaboradora, Bea Pina, hacen búsquedas en Internet y en archivos europeos; Correas lo hace en Argentina con borgeanos y viejos amigos. El relato de estas aventuras eruditas forma el cuerpo de Los falsificadores de Borges.
Cruces de mails, expurgación de archivos, entrevistas con cómplices de antaño, extrañezas y hallazgos conforman el hilo de la trama. Varios países, tardes pasadas en estudios y apartamentos de Estados Unidos, Europa y varios países de América, más cruces de correos electrónicos. Se relatan las intimidades de la vida de Correas y algunos amigos; se incluye un perfil vaporoso de Harold Alvarado Tenorio y otro no menos opaco de Jorge Luis Borges, con detalle en sus métodos de composición. También se perfila a Bea Pina, una científica colombiana afincada en Finlandia que ayuda a Héctor Abad —y después a Correas— por momentos a armar y por otros a confundir las piezas del rompecabezas.
Al final, la versión más certera parece ser que Borges entregó los poemas terminados a Francisca Beer, quien a su vez los entregó a Correas y sus amigos para Editores Anónimos. Que a la muerte de Borges la revista Semana de Colombia publicó dos de esos sonetos. Que el médico Abad Gómez quedó impresionado con ellos, particularmente con uno, y los leyó en un programa de radio semanal que tenía en una emisora universitaria de Medellín. Que tenía ese soneto (“Ya somos el olvido que seremos…”) en su bolsillo, copiado de su puño y letra, en el momento en que le dispararon. También llevaba la amenaza de muerte que habían hecho circular los paramilitares en Medellín, y donde aparecía su nombre al lado de otros más. 
Detallo la trama para hacerla inteligible al lector de esta reseña, y no temo adelantar muchos detalles sencillamente porque esta historia ya se contó. La contó —de manera magistral— el protagonista, Héctor Abad Faciolince, en su libro Traiciones de la memoria, muy bien editado por la misma empresa que publica Los falsificadores de Borges. Ya la contó también Jaime Correas en artículos de prensa y en el Festival Malpensante de 2009. Quizá el autor y la editorial vean este libro como una suerte de lado B de Traiciones de la memoria. Pero no: es casi la misma historia, contada con menor brillo.
Porque aquí esa trama maravillosa se reconstruye de manera apresurada, desordenada, podría decir incluso que descuidada. El autor no se preocupa al comienzo por ordenar para el lector los acontecimientos, ni de perfilar con suficiencia a los personajes. Nunca queda muy claro por qué Correas se adentra en la investigación con tanto empeño. Los personajes son difusos, como si el autor diera por sentado que el lector conoce detalles de la historia y de esos personajes. Pero por momentos decide recuperar otros aspectos, dando por sentado lo contrario.
El libro se torna interesante cuando relata con minucia las pesquisas en archivos, en revistas viejas, en fotocopias. En esos momentos se convierte en una especie de policial erudito al mejor estilo de Chesterton o del propio Jorge Luis Borges. Pero es soso e incluso facilista en la ambientación de la historia general, en las motivaciones de los personajes, en la reconstrucción de su perfil. 
Para terminar, estimo que genera muchas suspicacias el hecho de que el autor no mencione nunca el libro en que Abad Faciolince contó estos mismos hechos, Traiciones de la memoria. Aunque el autor se afane en decir que escribe en 2009 (“Estoy tecleando lo que me pasa ahora. Hoy, 21 de mayo de 2009 a media mañana…” dice en la página 290), el libro de Abad Faciolince se publicó en 2010, y este en la Argentina en 2011. Es, pues, agua pasada. Y pasó más limpia antes. 

Jaime Correas, Los falsificadores de Borges, Bogotá, Alfaguara, 2014.

sábado, 8 de febrero de 2014

Un método para dejar de fumar




Parece un flan. Medio sólida y temblorosa. Amarilla con una cubierta café, creo, agujereada y un poco fea. Viscosa. Se siente en el ambiente, la huelo en el aire. Se podría cortar con un cuchillo o una cuchara. Hoy, 8 de febrero de 2013, en este pequeño salón del hotel B.O.G. de Bogotá, la ansiedad parece un flan.
Somos cuatro tipos por encima de los cuarenta años que queremos dejar de fumar, y estamos aquí para probar el método Allen Carr’s Easy Way to Stop Smoking. Un profesor universitario, un arquitecto, un publicista y yo esperamos que comience a hablar Felipe Sanint, el instructor. Estamos callados, nos revolvemos en la silla, jugamos con un papelito, con el cordón de un zapato. Sonreímos nerviosos cuando se cruzan nuestras miradas, como adolescentes en las primeras fiestas. Estamos muertos de miedo. Tengo —tenemos— miedo de fumar, miedo de no fumar, miedo de engordar, miedo de renunciar, miedo de fracasar.
Tenemos también muchas dudas. Las tengo yo, y más tarde me dirán mis compañeros que ellos también las tuvieron. Este método no usa hipnosis, parches, chicles, láser, acupuntura. No usa nada. Según la página web, se trata de unas charlas, un taller. Pero no sabemos qué va a pasar aquí, en este saloncito del hotel B.O.G. Por lo pronto, el instructor nos pide que llenemos unos volantes con nombre, ocupación, edad y algunos detalles de nuestra dependencia al tabaco: hace cuánto fumamos, marca preferida, en qué momentos del día fumamos, cuántos cigarrillos…
Diez minutos después Sanint está leyendo: hace quince, treinta, veinticinco años… Lucky Strike, Marlboro, Belmont… Como compañía, en los momentos de estrés, después del almuerzo, para los nervios… Seis cigarrillos al día, doce, dos cajetillas… Nos dice que estaremos aquí hasta las 2 de la tarde —son las 9:30 de la mañana— y que podremos fumar y tomar café entre sesión y sesión, cada 45 minutos. Nos dice que la atención de un fumador no supera este tiempo. No sé todavía si efectivamente lo oí o si lo imaginé, pero cuando el instructor dijo esto circuló por el salón un aire de alivio, se sintió un suspiro leve. Y comenzó la primera charla del día.  

* * *

Allen Carr era un economista inglés que fumaba cien cigarrillos cada día. Cinco cajetillas. Si uno está despierto dieciséis horas e invierte mínimo dos en el baño, comidas y demás momentos en los que no se puede físicamente fumar, quiere decir que el tipo se fumaba siete cigarrillos por hora. Más de uno cada diez minutos.
Carr luchó siempre contra su adicción al tabaco hasta que en 1983, con 49 años, pudo dejarlo gracias a una sesión de hipnosis. Estudió a fondo los intríngulis físicos, químicos y biológicos de la nicotina, así como el comportamiento de fumadores y ex fumadores, y compartió sus hallazgos con personas interesadas en dejar de fumar. Su primer “paciente” fue un locutor de la BBC que le pagó 30 libras para que lo ayudara a dejar el tabaco. Luego vinieron vecinos, amigos, amigos de amigos. Con el tiempo Carr formalizó un método, unas charlas, y escribió un libro, que publicó en 1987. Las ediciones legales y piratas que ha vendido Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo son francamente incontables. Hoy hay centros de Easyway en 30 países, y se estima que el método ha ayudado a dejar de fumar a más de 10 millones de personas. Está comprobado que su efectividad es del noventa por ciento; es decir que de cada diez personas que lo siguen, nueve dejan de fumar. Antes de empezar las sesiones se firma una garantía: si 90 días después del curso y unos refuerzos usted sigue fumando, le devuelven la plata.
Carr murió en 2006 de cáncer de pulmón. Siempre dijo que el día en que apagó el último cigarrillo fue el más feliz de su vida. Y ahí, en esa frase tan simple, tan lógica, está la nuez del éxito de su método.

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En la primera charla Sanint nos dice que la idea no es entender por qué debemos dejar de fumar, sino por qué seguimos fumando. Una diferencia a primera vista insignificante, pero que entraña todo un nuevo modelo para vivir sin fumar. Aquí no nos van a mostrar fotos de pulmones achicharrados ni de lenguas ulceradas: las vemos todos los días en las cajetillas que vaciamos, y aun así seguimos fumando. Aquí nos van a ayudar a entender por qué, a pesar de que nos asfixiamos cuando debemos subir cuatro tramos de escaleras, seguimos fumando. La dependencia química se reduce o casi se nos apaga cuando estamos dormidos o tomamos un vuelo Bogotá-Madrid, y aun así seguimos fumando. Tosemos en los conciertos, en los museos y en privado, en nuestras casas todas las mañanas, y aun así seguimos fumando. Para un no fumador esto puede parecer una tontería, pero para un fumador no lo es. Para un fumador estas cosas son serias y son inexplicables. ¿Por qué seguimos fumando si sabemos que nos estamos matando?
Lo dice el instructor esta mañana de febrero y lo dice Allen Carr en su libro: “Es el lavado de cerebro. La idea errónea de que el cigarrillo constituye algún tipo de ayuda o recompensa, y que la vida nunca podría ser igual sin él”. A lo largo de las charlas se insistirá en esto. También en la idea de que para un fumador no existe un solo cigarrillo: detrás de ese vienen cientos, miles, con las bronquitis, los dolores de garganta, la ropa oliendo a mierda y lo demás. Repetirá también que al dejar de fumar no estamos renunciando a nada, todo lo contrario. Dejar de fumar es un motivo de alegría, no una tortura. Cuando un fumador entiende esto la cosa se hace fácil, y el método funciona perfecto.

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Mi primer cigarrillo lo fumé hace veintisiete años. Fue al lado de la cancha de basquetbol del colegio San Ignacio, en Medellín. Yo tenía 15 años. A los 18 ya fumaba alrededor de una cajetilla al día. Intenté dejarlo dos veces, una en los noventa a punta de fuerza de voluntad: duré sin fumar dos años y aumenté quince kilos. La segunda hace poco, ayudado por un medicamento que se llama Champix; el empuje me duró poco más de un año y añadió diez kilos a mi ya grande panza. En el momento de tomar el curso de Allen Carr me estaba fumando entre una y dos cajetillas de Lucky Strike cada día.
Un par de semanas antes del curso estuve unos días en Cartagena, y sobre las murallas, un atardecer de viento intenso, casi lloré mirando el mar mientras me fumaba dos cigarrillos, uno detrás del otro. Era una especie de despedida. Tenía rabia por dejar de fumar, también tristeza, también ganas de dejarlo. Tenía miedo y preguntas. ¿Cómo carajos voy a poder leer o escribir sin fumar? ¿A qué sabe un tinto sin un cigarrillo? ¿Va a funcionar y efectivamente me voy a convertir en un no fumador? ¿Cómo voy a manejar la ansiedad y el mal genio? ¿Vale la pena vivir sin fumar? También tenía ganas de poder caminar más de cuatro calles sin tener que parar a tomar aire.

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En el último descanso del taller, Felipe Sanint nos invita a fumar el último cigarrillo de nuestras vidas. Ya no hablamos como en los anteriores descansos, cada uno escoge un rincón del patio que hay al lado del pequeño salón del hotel B.O.G. y fuma con la cabeza abajo, mirando al suelo o al cigarro o a la punta del zapato. Y entramos a la última sesión del taller.
Una hora después salgo del hotel y camino algunas calles. Después tomo un taxi. En casa intento leer un rato y no puedo, pongo una película en el DVD y no me concentro. Me duermo temprano. Al día siguiente me despierto en la madrugada, como siempre, y hago un café negro y dulce como me gusta el primero del día. No fumo. El café me sabe delicioso, no recordaba que fuera así de bueno. Leo sin problemas, con una sensación de felicidad que me va envolviendo.
Le estoy poniendo punto final a esta nota el 9 de noviembre de 2013. No fumo desde el 8 de febrero. Durante los cuatro o cinco primeros días tuve momentos de ansiedad, que pude conjurar con un vaso de agua o una corta caminada. Tuve tres ataques —atómicos— de mal genio durante las primeras semanas, y punto. Sí, subí ocho kilos y luego bajé tres y los volví a subir. En agosto salí a correr por primera vez en años, y estuve feliz. Voy dos o tres veces por semana a un parque cerca de casa y camino o corro alrededor de cuarenta minutos. Consulté a una dietista que me armó un plan de alimentación que puedo cumplir. Compré una báscula, me peso una vez cada una o dos semanas.
Contrario a las otras veces que he intentado vivir sin fumar, el olor del cigarrillo ni me molesta ni me gusta, me es indiferente. Esa es toda una novedad. Lo más significativo que produce el método de Allen Carr es la tremenda confianza: si uno puede pasar de 30 o 40 cigarrillos diarios a cero sin aumentar significativamente de peso y sin desasosiegos insufribles, uno puede con todo. Nunca había sentido antes esta confianza al dejar de fumar, por lo que creo que la decisión es definitiva. Ya veremos. Por ahora, puedo decir que el método de Allen Carr para dejar de fumar funciona.

Una versión de este artículo apareció en la revista Bienestar Sanitas nº 131, diciembre 2013-enero 2014.



sábado, 2 de noviembre de 2013

La tarea de Jeff Bezos

Foto de Steve Jurvetson.
Llevamos cerca de diez años viendo cómo los periódicos: pierden lectores y anunciantes, despiden a periodistas y personal administrativo, venden desde colecciones de discos hasta peroles en un intento por conservar a los suscriptores, ven reducida su influencia política y social, se pasan a internet, cambian de dueños, cierran. Nadie puede asegurar nada sobre el futuro de la prensa, y el presente se ve muy negro.

En 1993 el New York Times compró el Boston Globe por mil cien millones de dólares; veinte años después, en agosto de 2013, lo vendió al multimillonario John W. Henry por setenta millones. La diferencia era demasiado grande para que pasara desapercibida, y para muchos la reducción del precio ilustró con números rojos la caída definitiva de los grandes diarios en papel. Pero casi de inmediato otro multimillonario compró otro gran periódico, y las esperanzas parecieron reverdecer. A comienzos de agosto de 2013 se anunció que Jeff Bezos, el dueño de Amazon, había comprado el Washington Post por 250 millones de dólares. Las noticias y columnas hablaron de un nuevo aire para los periódicos; leímos palabras como innovación, esperanza, filantropía, alternativas… No son los mismos términos que leímos ante otras operaciones similares. Para poner el más sonado caso local: ¿Leyó usted alguna de esas palabras o sus sinónimos cuando Luis Carlos Sarmiento Angulo compró El Tiempo?

Luego del anuncio del Post, la periodista inglesa Emily Bell escribió en su columna de The Guardian: “Es la primera adquisición de un periódico en más de una década que ha despertado al periodismo estadounidense de su caminar dormido hacia el olvido”, y en esa frase resumió el ánimo general de los comentaristas. ¿Por qué? ¿Qué tuvo esta compra que no tuvieron las anteriores?

El largo plazo

Amazon vendió su primer libro el 16 de julio de 1995. Dos años después, cuando la compañía empezó a cotizar en la bolsa, su creador Jeff Bezos escribió una nota a los accionistas titulada “El largo plazo es de lo que se trata”. Desde ahí quedó claro que el hombre no es de balances cada tres meses y dividendos al cierre del año fiscal. Año tras año Amazon reinvierte las ganancias para bajar los costos. Y el crecimiento ha sido exponencial desde su fundación: sus ventas en 2012 fueron de 61 mil millones de dólares. Para que nos hagamos una medio idea, esa cifra equivale a las dos terceras partes de todo el presupuesto nacional de Colombia para el año 2013. Con su fortuna de 25 mil millones de dólares, Bezos podría comprar un periódico como el Washington Post cada tres días, y aún le sobraría plata.

Pero la desproporcionada fortuna de Bezos no fue lo que trajo esperanza a los periódicos (está bien: a los comentaristas): ya gente con más dinero que él había comprado diarios, y las perspectivas de futuro seguían siendo igual de oscuras. Lo que llama la atención de los expertos es la manera de pensar —y de trabajar— del nuevo dueño del diario que destapó el escándalo del Watergate en 1972: esa apuesta por el largo plazo; la permanente innovación de su compañía estrella, que se reinventa cada que debe para hacerse más útil y fácil de usar, para ofrecer productos más baratos —y que destroza el comercio local: esa es otra historia—; su enfoque en el cliente y no en los dividendos. Y su esencia: Bezos inventó una compañía digital para distribuir productos físicos; más específicamente, impresos. Después cambió la forma de acceder a la información —no hay que olvidar que el Kindle, el lector de Amazon, apareció antes que el iPad y las demás tabletas—. A través del tiempo Bezos ha podido integrar como nadie más la tecnología con el mundo que ocurre por fuera de las pantallas. Por eso quizá sea el señalado para crear el nuevo paradigma para la prensa —su Netflix, su iTunes—, hacerla rentable, y así rescatar a los diarios de la desaparición definitiva.

Generación nada espontánea

Amazon no fue un chispazo ni un golpe de suerte, aunque tuvo de ambos. Jeff Bezos siempre fue un genio, el niño diferente. A los tres años desbarató su cuna porque quería dormir en una cama, como los grandes. Hasta que cumplió 16 pasó todos sus veranos en el rancho de su abuelo materno, Preston Gise, un científico aeroespacial jubilado. Preston (“Pops” para su nieto) fue el primer mentor y modelo de Jeff Bezos. En 1964, el año en que nació, su abuelo Pops era el director de la Comisión de Energía Atómica de la región oeste, cargo desde el que coordinaba el trabajo de 26 mil empleados involucrados en el diseño y construcción de cohetes y misiles. El padre adoptivo de Jeff, con quien vivió desde que tenía un año, era ingeniero de petróleos de la ExxonMobil…

Jeff se graduó de Princeton como ingeniero, y alcanzó a trabajar unos años en empresas de tecnología y de inversiones. En el 94, en Seattle, fundó una empresa para vender libros por internet a la que bautizó Cadabra. Un año después la reorganizó y rebautizó. Hoy Amazon es la tienda online más grande del mundo.

¿Podrá el creador de la tienda número uno de internet encontrar una fórmula para hacer rentables los diarios, para salvarlos? En un breve comunicado dirigido a la redacción del Washington Post, su nuevo dueño dijo que no tenía una receta o un plan definitivo, que debían experimentar. Hay esperanza, eso sí, porque Jeff Bezos no compró un diario, sino que compró el compromiso de salvar a los diarios del olvido. Emily Bell lo dijo en su leída columna del Guardian: “este no es un acuerdo comercial, es una declaración cultural”.



Una versión ligeramente similar de esta nota apareció en la revista Credencial, en septiembre de 2013.

viernes, 18 de octubre de 2013

Fusilado: Cees Nooteboom




Cees Nooteboom es otro escritor que comparte el lugar común de ser, para los periodistas, “eterno candidato al premio Nobel de literatura”. Él se limita a decir que “Hace tantos años se habla de esto que si me lo diesen ya sería por causas humanitarias”. Novelista, ensayista, cronista de viajes nacido en La Haya, a los diecisiete emprendió su primer viaje y hoy, con ochenta años, sigue moviéndose. “Mi vida es poesía, viajar e inventar historias”, ha dicho. Lo único esencial en sus viajes, también ha dicho, es un libro de poemas.

Tumbas (en español en el original) recoge las reflexiones que le han suscitado sus visitas a las últimas moradas de poetas en el más amplio sentido del término. Es decir, para Nooteboom son poetas Gerard de Nerval, Eugenio Montale y Antonio Machado, por supuesto, pero también Virginia Woolf, Vladimir Nabokov y Susan Sontag. ¿Quién lo niega? 

Las fotografías incluidas en este volumen editado por Siruela (iba a poner “bellamente editado por Siruela”, pero me pareció una redundancia) son de Simone Sassen, esposa del escritor, quien lo acompaña en sus viajes desde 1979. Algunas son tan sobrecogedoras como un poema de César Vallejo. Es decir que en muchas de estas fotos también habita la poesía. Por ejemplo, la de la tumba de Stevenson. O la de Eugenio Montale.  

Transcribo las dos primeras páginas de la introducción nada más para antojar a los visitantes: este es un libro que hay que acariciar, mirar, ojear, hojear y oler. También para leer, claro.


Tumbas de poetas y pensadores [fragmento]

¿Quién yace en la tumba de un poeta? El poeta, desde luego, no, eso es bien sabido. El poeta está muerto, de lo contrario no tendría una tumba. Pero el que está muerto ya no es nadie, por lo tanto tampoco está en su tumba. Las tumbas son ambiguas. Conservan algo y, sin embargo, no conservan nada. Naturalmente, esto se puede decir de todas las tumbas, pero cuando se trata de las tumbas de los poetas con eso no está todo dicho. En su caso hay algo diferente. La mayoría de los muertos callan. Ya no dicen nada. Literalmente, ya lo han dicho todo. Pero no sucede así con los poetas. Los poetas siguen hablando. A veces se repiten. Esto ocurre cada vez que alguien lee o recita un poema por segunda o centésima vez. Pero hablan también para quienes todavía no han nacido, para unas personas que aún no han vivido cuando ellos escriben lo que escriben.

¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto? Porque aún nos dice algo, algo que sigue resonando en nuestros oídos, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado, que nos sabemos de memoria y de vez en cuanto repetimos, en voz baja o en voz alta. Con alguien cuyas palabras siguen estando presentes para nosotros mantenemos una relación, del tipo que sea. Por esa razón, no es imprescindible visitar su tumba.

Cuando se trata de tumbas, todo es irracional. Llevamos flores a nadie, arrancamos los hierbajos para nadie y aquel por quien vamos no sabe que estamos allí. Sin embargo, lo hacemos. En algún rincón secreto de nuestro corazón albergamos la idea de que esa persona nos ve y se da cuenta de que seguimos pensando en ella. Pues eso es lo que queremos; queremos que los muertos reparen en nosotros, queremos que sepan que seguimos leyéndoles, porque ellos siguen hablándonos. Cuando nos hallamos al lado de sus tumbas, sus palabras nos envuelven. La persona ya no existe, pero las palabras y los pensamientos permanecen. Podemos al menos rememorar. Cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes que todo lo que nosotros mismos pudiéramos decir. Es una paradoja. Algo se ha dicho ya, pero sin que se haya formulado una pregunta. Hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho. El que escribió esas palabras murió, pero las palabras mismas siguen viviendo. Podríamos pronunciarlas en voz alta, como si se las dijéramos a otros. Por eso vamos allí: para oír esas palabras en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte.

[…]

He vivido con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe o existe sólo de manera ocasional. Sólo raras veces sucede que una relación especial con la poesía domine la vida entera: no sólo escribirla, sino también leerla. No es algo que uno se proponga; esto se deduce fácilmente. A la mayoría de las personas le hace aborrecer la poesía la manera en que se les pone frente a ella en el colegio, donde resulta obligatoria, algo de lo que uno no puede librarse. Un lenguaje que  se comporta de un modo distinto del habitual, que se torna extraño de repente. Las mismas palabras de siempre, pero como si vinieran de otra tierra. Se supone que todo el mundo tiene que conocer a los clásicos de su país, si bien son precisamente lo que se debería leer en último lugar, cuando la superficie técnica de los versos, la vetusta ortografía, la alienante gimnasia de los pies métricos ya no nos impidan el acceso a la emoción y por fin podamos penetrar con la mirada a través de un lenguaje solemne, o quizá de otro que se nos antoja de corto aliento. Éste es el prodigioso instante en el que comprendemos que allí, al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla.

En toda gran poesía, por moderna que sea, está contenida la herencia de los clásicos, de lo anterior, de lo que a lo largo de los siglos se ha preservado para nosotros. Si tenemos un poco de paciencia y estamos dispuestos a hacer un pequeño esfuerzo recibiremos esa herencia como regalo.

Por esta razón, tal vez lo mejor sea leer en dos direcciones: primero desde hoy hacia épocas más antiguas y sólo después en sentido inverso. Entonces se pondrá de manifiesto que algunas cosas que a temprana edad, cuando empezábamos a leer, nos parecieron tan maravillosas, porque nos hablaban directamente, luego ya no nos causan ese efecto; pero en cambio descubriremos el valor de aquello que antes se presentó como inaccesible, oscuro, hermético. Si queremos decir algo verdaderamente desalentador, sólo tenemos que explicar con Shelley que la poesía abarca all science [toda ciencia] y es algo to wich all science must be referred [a lo que hay que remitir toda ciencia] y, además, aseverar que leer poesía es un oficio. Pero, por fastidioso que parezca, así es. Es un oficio que se aprende leyendo poesía. Los poetas que leemos devienen maestros, a la par que nosotros mismos, y el proceso de aprendizaje dura toda una vida. En la casa de la poesía hay muchas moradas, infinitas, tan diferentes entre sí como lo son los poetas y las épocas, las sociedades y las tradiciones en las que aquéllos han vivido. El lector entra y sale de esta casa; no quiere ni imaginar una vida sin poesía, vive en un permanente vaivén de voces y lenguajes, en una incesante conversación babilónica de hablas llameantes. Para el verdadero amante de la poesía siempre es Pentecostés.

Hoy ya no puedo leer lo que leía ayer. A los diecisiete años se leen unos poemas y a los setenta otros. Antaño fueron Gorter, Rilke o Eluard, hoy son Stevens o Juarroz, Montale o Celan, Tranströmer o Kouwenaar, Pessoa, Elizabeth Bishop, Pilinszky, Herbert, Heaney, Claus; pero esto no significa que ya no quiera leer a los de entonces. Los sigo necesitando al igual que necesito a Campert y a Vallejo o a Slauerhoff y a Rimbaud. Sé dónde están; puedo hacer que vengan a mí en cualquier momento. La poesía, en su significado más profundo, es invariable, pero habla de lo universal y del mundo valiéndose de unas voces que cambian constantemente, cada una a su manera personalísima, y de este modo ilustra y acompaña la amalgama de ficción y realidad que nos constituye. La forma en que lo hace nunca es la misma, porque tampoco nosotros somos los mismos. Siempre necesitamos a otros poetas y otros poemas, oscuros o claros, irónicos o místicos, poetas del tiempo cíclico o del tiempo lineal, o de la ciudad o de la naturaleza, poetas mundanos u hostiles al mundo. Unas veces quiero que la poesía sea humilde y ascética; otras, que cante, incluso que grite por mí; quiero que reflexione sobre sí misma, que se entristezca, que apenas diga nada, que balbucee y se esconda, o que festeje la vida y nos deje sin respiración con un torrente de palabras. Hay instantes en los que deseo perderme en su oscuridad; y otros en los que desearía que escribiera con la punzante agudeza del buril. Yo no puedo ser siempre el mismo y tampoco exijo que lo sea la poesía. Lo único que exijo es que esté ahí: hermética, clara, racional, metafísica, danzante, contemplativa, que hable del mundo en el que vivo, del mundo real, inventado, efímero, peligroso, posible, imposible, existente. Y sé que siempre estará ahí, con todas sus máscaras, con todos sus nombres y sus formas, con todos sus poetas y sus lectores: un elemento natural como el agua y la tierra, el fuego y el aire. No sabemos quiénes son sus lectores. Una “inmensa minoría”, dijo Juan Ramón Jiménez, ¿y por qué no iba a ser así?

Se puede oír poesía en pequeñas habitaciones o en grandes salas, pero para leerla se precisa recogimiento; las personas que la lean estarán solas. Juntas, esas personas constituyen una sociedad; quienes forman parte de ella saben que existe. En este sentido, los lectores son semejantes a monjes cartujos, con frecuencia juntos, las más de las veces solos. Leer es algo que hace uno por sí mismo y en soledad, una aventura espiritual: quien busque claridad inmediata y rehúya lo ignoto es mejor que se mantenga alejado de la poesía, pues ésta no siempre le servirá, no desde luego la mística de Hadewijch o Góngora, ni tampoco Eliot, Paz o Celan. Ha habido muchas veces que no la he comprendido, incluso cuando la he traducido, por ejemplo Montale o Vallejo. Pero no importó. El lector es la tablilla de cera y el poema el sello; algo me ha hablado y yo, sin entenderlo, sé lo que ha dicho. Muchas veces me he quedado contemplando unos versos de Wallace Stevens, anhelando que el poeta revelara el secreto que se escondía en el hermético espacio vacío en torno a las palabras, que dijera que no era relevante, que yo no podía leer su poema como una carta o un informe, que me llevaría tiempo hacer que se acercara a mí, o que el lenguaje no puede sobrevivir si no se le permite de vez en cuando ser oscuro e incomprensible, porque debe su posterior claridad precisamente a las aventuras vividas en regiones todavía inexploradas.

“Muchas veces hay que expresar las cosas de manera complicada”, dijo alguna vez Thomas Eliot a Donald Hall en una entrevista. “Cuando escribí La tierra baldía me daba igual si sabía o no lo que decía”. El poeta como druida o médium: una idea que, naturalmente, para el espíritu positivista es abominación. Sea como fuere, lo mismo que las personas no pueden vivir sin sueños peligrosos e inesperados, tampoco el mundo puede existir sin poesía, y por poesía no entendemos aquí nada que sea una simple ensoñación.

El amor a la poesía empieza probablemente a la edad de los grandes sentimientos, cuando uno todavía cree que un gran sentimiento engendra a su vez gran poesía. La mayoría de las personas nunca supera este malentendido, como se ve con toda claridad en las esquelas mortuorias y en las colaboraciones que se envían a las revistas literarias.

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Lo fusilamos de: Cees Nooteboom, Tumbas de poetas y pensadores, Madrid, Siruela, 2007. Fotografías de Simone Sassen. Traducción de María Condor.