miércoles, 29 de octubre de 2008

Fusilado: Fernando Ortiz



Lo sabemos de sobra y creo que estamos de acuerdo: la poesía no está exclusivamente en los poemas. De hecho, merodea por ahí mucho poema –sobre todo mucho poeta– pero hay poca poesía. Recordemos aquí otra vez –sí, otra vez–, a Darío Jaramillo Agudelo, para quien la poesía está en “el aroma de un eucaliptus, el laberinto interno de tu reloj de cuarzo, de tu procesador de datos, un atardecer, un gol, un sorbete de curuba, una voz familiar, Mozart, entender una cosa nueva, una crema de ostras, el galope de un caballo...”. En el Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, de Fernando Ortiz, siempre he encontrado poesía. Por eso lo he leído y releído. No estoy de acuerdo con mucho de lo que dice, para las ciencias sociales que toca quizá esté un poco desactualizado y sea hasta arcaico, sí. Yo aprecio este libro porque simplemente me gusta como suena. Advierto en su prosa poesía.

A su autor se le conoce como el “tercer descubridor de Cuba”, después de Colón y Humboldt. Aunque formado en leyes y profesor del área durante largos años en universidades cubanas, fue un acucioso investigador del carácter de la nación cubana. Su Contrapunteo camina por la línea, a veces delgada a veces gorda, que separa la antropología de la sociología. Pero también toca con propiedad la etnografía, la historia, la agricultura, el comercio interior e internacional, la política, la geopolítica, la literatura, la lingüística, la mitología y las artes plásticas. Pero lo mejor está en su estilo, en su tono, en su prosa. Por eso me decidí a compartir acá algunos fragmentos.

Ortiz publicó más de cien títulos, entre los que cabe destacar Apuntes para un estudio criminal: los negros brujos (1906), Los mambises italianos (1909), Entre cubanos (1914), Los negros esclavos (1916), Los cabildos afrocubanos (1921), Historia de la arqueología indocubana (1922), Glosario de afronegrismos (1924) y Alejandro de Humboldt y Cuba (1930). Se le recuerda también por haber acuñado y explicado largamente el término transculturación. Nació en La Habana en 1881 y murió allí mismo en 1969.


Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar

La caña de azúcar y el tabaco son todo contraste. Diríase que una rivalidad los anima y separa desde sus cunas. Una es planta gramínea y otro es planta solanácea. La una brota de retoño, el otro de simiente; aquella de grandes trozos de tallo con nudos que se enraízan y éste de minúsculas semillas que germinan. La una tiene su riqueza en el tallo y no en sus hojas, las cuales se arrojan; el otro vale por su follaje, no por su tallo, que se desprecia. La caña de azúcar vive en el campo largos años, la mata de tabaco sólo breves meses. Aquella busca la luz, éste la sombra; día y noche, sol y luna. Aquélla ama la lluvia caída del cielo; éste el ardor nacido de la tierra. A los canutos de la caña se les saca el zumo para el provecho; a las hojas del tabaco se les seca el jugo porque estorba. El azúcar llega a su destino humano por el agua que lo derrite, hecho un jarabe; el tabaco llega a él por el fuego que lo volatiliza, convertido en humo. Blanca es la una, moreno es el otro. Dulce y sin olor es el azúcar; amargo y con aroma es el tabaco. ¡Contraste siempre! Alimento y veneno, despertar y adormecer, energía y ensueño, placer de la carne y deleite del espíritu, sensualidad e ideación, apetito que se satisface e ilusión que se esfuma, calorías de vida y humaredas de fantasía, indistinción vulgarota y anónima desde la cuna e individualidad aristocrática y de marca en todo el mundo, medicina y magia, realidad y engaño, virtud y vicio. El azúcar es ella; el tabaco es él... La caña fue obra de los dioses, el tabaco lo fue de los demonios; ella es hija de Apolo, él es engendro de Proserpina.

--

El tabaco nace, el azúcar se hace. El tabaco nace puro, como puro se fabrica y puro se fuma; para lograr la sacarosa, que es el azúcar puro, hay que recorrer un largo ciclo de complicadas operaciones fisicoquímicas, sólo para eliminar impurezas de jugos, bagazos, cachazas, defecaciones y enturbiamientos de la polarización.

El tabaco es oscuro, de negro a mulato; el azúcar es clara, de mulata a blanca. El tabaco no cambia de color, nace moreno y muere con el color de su raza. El azúcar cambia de coloración, nace parda y se blanquea; es almibarada mulata que siendo prieta se abandona a la sabrosura popular y luego se encascarilla y refina para pasar por blanca, correr por todo el mundo, llegar a todas las bocas y ser pagada mejor, subiendo a las categorías dominantes de la escala social.

--

Del azúcar se asimila todo, del tabaco mucho se exhala. El azúcar va glotonamente paladar abajo hasta las profundidades de las entrañas digestivas para dar vigores a la fuerza muscular; el tabaco va picarescamente paladar arriba hasta los meandros craneales en busca de pensamiento. Ex fumo dare lucem. No en vano el tabaco se condenó por satánico, por muy peligroso y pecador.

--

El tabaco es una planta medicinal; así fue considerada tanto por los indios como por los europeos. El tabaco es narcótico, emético y antiparasitario. Su principio activo, la nicotina, se usa como antitetánico, contra la parálisis de la vejiga y también como insecticida. Antaño fue empelado para los más extravagantes remedios, según el P. Cobo, “para curar infinitas enfermedades, aplicado en hoja verde y seca; en polvo, en humo, en cocimiento y de otras maneras”. El folklore cubano aún conserva algunos de esos remedios en la curandería casera. El rapé se usó hasta como dentífrico. Con ese destino a comienzos del siglo XIX en La Habana se fabricaba y exportaba para Inglaterra un rapé de muy acre sabor, denominado Peñalvar, compuesto de polvos de tabaco y de cierta tierra rojiza. En todo tiempo la virtud más encomiada del tabaco fue la de ser sedativo, y se tuvo como medicina del ánimo. Por esto, si antaño se ahumaban ritualmente con tabacos los ídolos de la adulación, hogaño se sahúma con tabaco el espíritu propio en el antro del cráneo para calmarle sus congojas y avivarle sus ilusiones.

--

En el azúcar no hay rebeldía ni desafío, ni resquemor insatisfecho, ni suspicacia cavilosa, sino goce humilde, callado, tranquilo y aquietador. El tabaco es audacia soñadora e individualista hasta la anarquía. El tabaco es atrevido como una blasfemia; el azúcar es humilde como una oración. Debió de fumar tabacos el burlador Don Juan y de chupar alfeñiques la monjita Doña Inés. También saborearía su pipa Fausto, el inconforme sabio, y sus grajeas Margarita, la dulce devota.

--

Hasta en la manera de encender el tabaco hay como una litúrgica iniciación del misterio; bien sea con el eslabón que golpea el pedernal para sacarle una chispa de candela, o con la cerilla de fósforo inflamable, cuya cabecita irritada estalla en fuego. Más cera han hecho gastar los demonios para las minúsculas cerillas que se inflaman en sus ritos del tabaco, que los dioses para los cirios que alumbran sus cultos en los altares. El maquinismo va extinguiendo ahora las centenarias tradiciones litúrgicas, introduciendo profanos mecheros de resortes para el fumador y luces eléctricas para el templo; pero aún sobrevive en ambos la oscilante llama de fuego que enciende, ilumina y quema como el espíritu. Nada de ritualidad se observa en el consumo del azúcar.

El azúcar es producto de obra humana, pero puede consumirlo una bestia; el tabaco es bruto y natural, pero destinado por Satanás al uso exclusivo del ser que se dice rey de la Creación, quizás por creerse la postrera de todas las criaturas y la única que puede pecar.

--

De cualquier manera, en el proceso agrario, industrial y mercantil del tabaco todo es cuidado, separación, minucia, escogida y diversidad; va de las variedades botánicas a los incontables tipos comerciales para complacer las mejores individuaciones del gusto de las personas. En el proceso productor del azúcar todo es tosquedad, mescolanza, trapiche, molida, fusión y unidad; va de la masa botánica a la masa químicamente uniforme para satisfacer las mayores y más comunes apetencias del paladar humano.

El consumir tabaco, o sea el fumar, es un acto personal de individualización. El consumir azúcar no tiene nombre específico, es un acto común de gula. Por esto, el fumador está en el vocabulario; pero no existe el azucarador.

--

Diríase que el trabajo del azúcar es un oficio y el del tabaco es un arte. En aquél predominan máquinas y braceros, en éste siempre se exige la pericia individual del artesano. Para su aprovechamiento, el tabaco es sólo hoja; el azúcar es sólo tallo. Y de esa elemental diferencia entre una hoja blanda y un tallo duro provienen las mayores divergencias de sus respectivas industrias, con notables repercusiones socioeconómicas. Para la cosecha del tabaco basta, pues una cuchillita con que cortar el pedúnculo de la hoja; aun sin cuchilla, con las manos solamente, también se le puede separar de la mata con suavidad. Para la zafra de la caña de azúcar es preciso un largo y afilado machete o mocha que a rudos tajos la corte de la cepa, la deshoje y la divida en trozos.

Todas las operaciones del tabaco se realizan sin maquinaria, sólo con el complejo aparato del cuerpo humano, que es el ingenio tabaquero. Cortadas las hojas a mano y una a una, la vega rinde su cosecha al veguero y de las manos de éste pasa la rama a otras manos, y de mano en mano llega al almacén y a la fábrica, donde otras manos la elaboran, convirtiéndola en tabacos torcidos o cigarrillos que irán a consumirse en otra mano, la del fumador. Toda la tabacalería es manual; el cultivo y la cosecha, la industria y el comercio y hasta el mismo consumo.

--

Durante siglos, sólo por España se consumía bastante el tabaco típico de los indios de Cuba. Tubano fue el nombre que los cultos quisieron darle al indio tabaco, aludiendo a su forma tubular. Pero el vocablo no prosperó y fue preferido el folklórico de cigarro, apodado así en seguida porque su figura, su tamaño y su color recordaban a ciertos insectos o cigarrones de la campiña andaluza. Luego le dijeron puro, por antonomasia, para distinguirlo del cigarrillo, de ese cigarro empequeñecido, enteco y pobretón, sin tripa ni capa, relleno de picaduras sin pureza y vestido con camisilla de papel. Nunca fue vulgar, ni aun en España, la fuma de los cigarros habanos. Siempre fueron caros y España tuvo largos siglos de penuria, aun bajo las fastuosidades de los Hasburgos, cuando echó flor la literatura picaresca.

Debió ser de esa típica picardía donde nació el cigarrillo. No fue en casa de Monipodio ni por el ingenio de un Rinconete, porque Miguel de Cervantes lo contara. Ni fue en Turquía donde se inventó el cigarrillo, como algunos han querido sostener. Consta que por el siglo XVII ya en España se introdujo la práctica de hacer cigarrillos con picadura envuelta en papel, llamados por esto papeletas, papeletes, papelotes y papelillos. Algún indiano en miseria debió recordar los cigarros de los indios, hechos de tripas envueltas en una capa de maíz o de plátano, y acudió a las hojas más flexibles y corrientes en la vida cotidiana de las ciudades españolas, a las hojas de papel. Por su camisa de papel el cigarrillo es hijo de la ciudad, como una travesura de sus pilletes y vagabundos.

El cigarrillo de papel si se originó en Cuba, fue invento del esclavo. Mas parece que nació en Sevilla, por el ingenio de un picardo quien, como el sabio de la fábula, fue feliz “recogiendo las hojas que el otro arrojó”. El pitillo fue creación del colillero. Simbiosis del tabaco rico con la miseria hampona. La picadura evoca la picardía y en todo cigarrillo parece haber algo de encubrimiento y contrabando. Y fuera de España el cigarrillo se apicaró más, hasta afeminarse, convertirse en cigarrette y como amaricado ganarse la camaradería de las mujeres. Y allá en Turquía se pringó con tales aliños que perdió su hombruno vigor indiano y salió, como un eunuco, a buscar fortuna por los harenes del mundo. Fue allá en tierra musulmana donde surgieron para el tabaco mezclas infieles que la tabacología mundial conoce con el nombre de harman, palabra del turco.



Lo fusilamos de: Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1963, 540 páginas.

jueves, 23 de octubre de 2008

Justos por pecadores, de Fernando Quiroz



Hacia la página 40 de esta novela empiezo a pensar que son exageradas las críticas que le han llovido de todas partes. Es que no sólo la han criticado con dureza: la verdad es que la han vapuleado, y mientras voy leyendo pienso que inmerecidamente. Encuentro una prosa agradable, sin mayores genialidades pero también sin mayores destortoles. Transcurre sin traspiés y con frescura esta historia de un tipo que ha vivido los últimos once años de su vida en una casa del Opus Dei, y comienza a creer que lo medican a la fuerza para mantenerlo dócil. Lo rondan dudas serias sobre la Orden, sobre su fe, sobre las decisiones que ha tomado, y decide esculcar los cajones del principal para ver qué guarda su archivo sobre la medicación, sobre él mismo, sobre su familia. Al final escapará e intentará armar una vida por fuera de la Iglesia y sobre todo de esa orden religiosa a la que entregó su vida.

Estamos ante un hombre en un momento trascendental de su vida, a punto de renunciar a su fe. Gran momento vital, inmenso asunto literario. Dostoievski construiría una catedral, Kafka un castillo, Tolstoi un trasatlántico. Después de esas primeras 30, 40 páginas advierto que Fernando Quiroz ha compuesto un papalote. Es que a grandes temas grandes escritores, nada qué hacer. La historia de un hombre en pugna con sus creencias más profundas, por las cuales renunció a su familia para abrazar una institución que en los últimos años ha regulado desde sus horarios hasta sus tratamientos médicos, desde su dieta hasta la intensidad de los castigos que debe autoinfligirse requiere hondura, trascendencia, compromiso, vida interior. Y Fernando Quiroz puede ser un narrador efectivo y hasta divertido para asuntos amorosos contemporáneos (En esas andaba cuando la vi, Esto huele mal), pero este tema lo ha rebasado y ha dejado en ridículo esta novela, y en el camino deja también muy mal parados a los jurados del premio Planeta Casamérica, que la eligieron como una de las finalistas. No quiero ni pensar cómo serían las otras.

Pareciera un ajuste de cuentas con el Opus, y que para ello hubiera el autor recogido e hilvanado varias historias que le contaron amigos que estuvieron en la Orden, con Vicente Robledo, el personaje-narrador, como eje: “Se acomodó con las piernas cruzadas en la poltrona de cuero y empezó a hablar…” (p. 53); “me contó la historia de Pinzón…” (p. 72); “Le pedí a Julia que me sirviera un brandy pues necesitaba fuerzas para contarles una historia…” (p. 85). Y así. Pero esas anécdotas carecen de detalles, se dejan a la mitad o se sirven aguadas, por lo que el conjunto de la obra no alcanza ni siquiera la altura de un libelo inteligente. Todo pasa tan fácil, de manera tan predecible… Vicente llega hasta el escritorio del director sin ningún esfuerzo, encuentra las llaves del archivo confidencial gracias a un pálpito, la engañifa que le sirve para escapar es débil y la recelosa congregación no la confirma, la primera mujer con que se topa es la más comprensiva, bella, inteligente y práctica del mundo, y es con la que va a organizar su vida. Ya su amigo Eduardo le ha dicho: “Quédese tranquilo, Vicente. Cuando aparezca una mujer en su vida, y le aseguro que no demorará en aparecer, todos sus males se empezarán a curar” (p. 124). Y ¡albricias!, menos de diez páginas más adelante se encuentra con una amiga de la infancia por casualidad (qué rabia tener que poner estas cursivas).

En las historias de ficción bien compuestas, inteligentes, complejas, el narrador o el protagonista están dos pasos adelante del lector. De ahí el suspenso, la emoción y hasta la identificación que en ocasiones se establece entre el personaje y el lector. En esta novela el narrador y personaje está siempre dos pasos atrás: cuando se da cuenta de que su padre va a morir apenas termine de pintar su retrato, nosotros ya sabemos que eso es lo que va a pasar; cuando sabe que la amiga de infancia será su mujer nosotros, cómo no, ya lo sabemos también, y no entendemos cómo se demora varias páginas en darse cuenta de que unos “enigmáticos” personajes que los siguen por el casco antiguo de Cartagena son enviados del Opus y buscan los documentos que él sacó del archivo del director. ¿Este tipo es que es pendejo o qué? ¿O nos cree muchachos de siete años? Esta chochera aburre y hasta ofende a los lectores despabilados.

Iba a terminar con el desaguisado mayor, referido a una llamada telefónica que se supone hace a su padre el personaje cuando huye de la congregación, y que para unos eventos posteriores pasó y para otros no. También iba a mencionar los paupérrimos recursos retóricos (“Mi padre se apagaba poco a poco como una vela que se consume”, dice el narrador en la página 132, entre otros), pero mejor no sigo. Ni le voy a dar más palo a esta novela ni voy a volver a comentar aquí obras colombianas recientes (ojo: dije recientes). Por un lado es chévere ver nutrida la sección de comentarios –pasa de 30 cuando me refiero a obras colombianas–, pero por otro me siento muy mal en el papel de amargo Harold Bloom de Chapinero, despotricando sobre piezas que ganan premios, que coleccionan comentarios elogiosos en los medios, y que sé –sabemos– que no se van a leer en la próxima década. Seguro ni siquiera en el año siguiente a su publicación.


Fernando Quiroz, Justos por pecadores, Bogotá, Planeta, 2008, 222 páginas.

viernes, 17 de octubre de 2008

Fusilado: Francisco de Quevedo y Villegas



Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas, hijo de cortesanos, estuvo entrando y saliendo de la corte y de los favores de los principales de su tiempo durante toda su vida. Siempre genial, orgulloso y pendenciero, era de pies deformes, cojo de uno (“tartamudo de los pies”, se llamaba él), gordo, mechudo y muy corto de vista. Estudió con los jesuitas y luego en las universidades de Alcalá de Henares y Valladolid, pero por su cuenta emprendió estudios de cuanta cosa le interesara.

Amigo de sus amigos, también era terrible con quien trababa enemistad. La pelea más larga y sonada de su tiempo la casó con Luis de Góngora, a quien dedicó los conocidos versos “Érase un hombre a una nariz pegado/ érase una nariz superlativa/ érase una nariz sayón y escriba/ érase un peje espada muy barbado...”. Góngora contestó con escritos donde destacaba las costumbres licenciosas de Quevedo: lo llamaba Francisco de Quebebo.

Habitual de tabernas, bebedor y fumador empedernido, amigo de las putas, Quevedo fue espadachín diestro, y se ocupaba de demostrarlo con quien le diera chance. Algo desusado en su época, casó a los 54 años con la viuda Esperanza de Mendoza, pero su matrimonio, algo también poco frecuente, duró apenas unos meses. El amor de su vida, con quien convivió muchos años y tuvo algunos hijos, fue una mujer llamada La Ledesma. Sin más datos. Daba el mal ejemplo y se ocupaba en mostrarlo, por eso inspiró no pocos ataques contra su obra y su persona. El más sonado fue un libelo titulado El tribunal de la justa venganza, erigido contra los escritos de Francisco de Quevedo, maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres.

Su prosa festiva es abundante, y por eso mismo muy popular entre los jóvenes de su época y de tiempos posteriores. Renegaría de ella en la vejez. Para mí, esa prosa alcanzó momentos a veces geniales, siempre muy divertidos, como el fusilado que dejo de una vez con los lectores de esta página. El retrato viene de Francisco Pacheco, Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, Sevilla, 1599.


Gracias y desgracias del ojo del culo
Dirigidas a Doña Juana Mucha, montón de carne, mujer gorda por arrobas. Escribiólas Juan Lamas, el del camisón cagado. Edición de Daniel Lebrato, Maestro Oculista.

Quien tanto se precia de servidor de vuesa merced, ¿qué le podrá ofrecer sino cosas del culo? Aunque vuesa merced le tiene tal, que nos lo puede prestar a todos. Si este tratado le pareciere de entretenimiento, léale y pásele muy despacio y a raíz del paladar. Si le pareciere sucio, límpiese con él, y béseme muy apretadamente. De mi celda, etcétera.

No se espantarán de que el culo sea tan desgraciado los que supieren que todas las cosas aventajadas en nobleza y virtud corren esta fortuna de ser despreciadas de ella, y él en particular por tener más imperio y veneración que los demás miembros del cuerpo; mirado bien es el más perfecto y bien colocado de él, y más favorecido de la naturaleza, pues su forma es circular, como la esfera, y dividido en un diámetro o zodíaco como ella. Su sitio es en medio como el del sol; su tacto es blando: tiene un solo ojo, por lo cual algunos le han querido llamar tuerto, y si bien miramos, por esto debe ser alabado, pues se parece a los cíclopes, que tenían un solo ojo y descendían de los dioses del ver. El no tener más de un ojo es falta de amor poderoso, fuera de que el ojo del culo por su mucha gravedad y autoridad no consiente niña; y bien mirado es más de ver que los ojos de la cara, que aunque no es tan claro tiene más hechura. Si no, miren los de la cara, sin una labor, tan llanos que no tienen primor alguno, como el ojo del culo, de pliegues lleno y de molduras, repulgo y dobladillos, y con una ceja que puede ser cola de algún matalote, o barba de letrado o médico. Y así, como cosa tan necesaria, preciosa y hermosa, lo traemos tan guardado y en lo más seguro del cuerpo, pringado entre dos murallas de nalgas, amortajado en una camisa, envuelto en unos dominguillos, envainado en unos gregüescos, abahado en una capa, y por eso se dijo: “Bésame donde no me da el sol”. Y no los de la cara, que no hay paja que no los haga caballeriza, ni polvo que no los enturbie, ni relámpago que no los ciegue, ni palo que no los tape, ni caída que no los atormente, ni mal ni tristeza que no los enternezca. Lléguense al reverendo ojo del culo, que se deja tratar y manosear tan familiarmente de toda basura y elemento ni más ni menos; demás de que hablaremos que es más necesario el ojo del culo solo que los de la cara, por cuanto uno sin ojos en ella puede vivir, pero sin ojo del culo ni pasar ni vivir.

Lo otro, sábese que ha habido muchos filósofos y anacoretas que, para vivir en castidad, se sacaban los ojos de la cara, porque comúnmente ellos y los buenos cristianos los llaman ventanas del alma, por donde ella bebe el veneno de los vicios. Por ellos hay enamorados, incestos, estupros, muertes, adulterios, iras y robos. Pero ¿cuándo por el pacífico y virtuoso ojo del culo hubo escándalo en el mundo, inquietud ni guerra? ¿Cuándo, por él, ningún cristiano no aprendió oraciones, anduvo con sinfonía, se arrimó a báculo ni siguió a otro, como se ve cada día por falta de los de la cara, que expuestos a toda ventisca e inclemencia, de leer, de fornicar, de una purga, de una sangría, le dejan a un cristiano a buenas noches? Pruébenle al ojo del culo que ha muerto muchachos, caballos, perros, etc.; que ha marchitado hierbas y flores, como lo hacen los de la cara, mirando lo ponzoñosos que son: por lo que dicen que hay mal de ojo. ¿Cuándo se habrá visto que por ser testigo de vista hayan ahorcado a nadie por él, como por los de la cara, que con decir que lo vieron forman sus calumnias los escribanos? Fuera de que el ojo del culo es uno y tan absoluto su poder, que puede más que los de la cara juntos. ¿Cuándo se ha visto que en las irregularidades se metan con el ojo del culo?Lo otro, su vecindad, es sin comparación mejor, pues anda siempre, en hombres y mujeres, vecino de los miembros genitales; y así se prueba que es bueno, según aquel refrán: “Dime con quien andas, te diré quien eres”. Él se acredita mejor con la vecindad y compañía que tiene que no los ojos de la cara, que éstos son vecinos de los piojos y caspa de la cabeza y de la cera de los oídos, cosa que dice claro la ventaja que les hace el serenísimo ojo del culo. Y si queremos sutilizar más esta consideración, veremos que en los ojos de la cara suele haber por mil leves accidentes, telillas, cataratas, nubes y otros muchos males; mas en el del culo nunca hubo nubes, que siempre está raso y sereno; que, cuando mucho, suele atronar, y eso es cosa de risa y pasatiempo. Pues decir que no es miembro que da gusto a las gentes, pregúnteselo a uno que con gana desbucha, que él dirá lo que el común proverbio, que, para encarecer, que quería a uno sobremanera, dijo: “Más te quiero que a una buena gana de cagar”. Y el otro portugués, que adelantó más esta materia, dijo: “Que no había en el mundo gusto como el cagar si tuviera besos”. Pues qué diremos si probamos este punto con texto del filósofo que dijo:

No hay contento en esta vida

que se pueda comparar

al contento que es cagar.

Otro dijo lo descansado que quedaba el cuerpo después de haber cagado:

No hay gusto más descansado

que después de haber cagado.

Los nombres que tiene juzgarán que no tiene misterio. ¡Bueno es eso! Dícese trasero, porque lleva como sirvientes todos los miembros del cuerpo delante de sí, y tiene sobre ellos particular señorío. Culo, voz tan bien compuesta que lleva tras sí la boca del que le nombra. Y ha habido quien le ha puesto nombre gravísimo y latino llamándole antífonas y nalgas, por ser dos; otros, más propiamente, le llaman asentaderas; algunos, trancaílo, y no he podido ajustar por muchos libros que he revuelto para sacar la etimología; lo más que he hallado es que se debe decir tancahigo, por lo arrugado y pasado que siempre está.

Con más facilidad topé por qué se decía al lindo ojo del culo “manojo de llaves”: por lo redondo del cabo y muchas molduras que hacen aquel mismo repulgo, y viene bien con los que llaman cofre al culo, que es darle cerradura; y en los animales vemos que la Naturaleza les cubre el culo con la cola o rabo, para que como parte más necesaria y secreta, estuviera acompañado tapado y abrigado, y con mosqueador para el verano, y en las aves lo mismo. Si miramos su ocupación, es hacer lo que ninguno nunca hizo ni pudo: pues en este mundo todos hemos menester a otros para ser proveídos: el alguacil al corregidor, el corregidor al oidor, el oidor al presidente, el presidente al rey. Pero el culo se provee a sí mismo y aun en el presidente, servidor por otro nombre (que así llaman al bacín), cosa equívoca a los derretidos de las damas.

El culo no tiene cosa común, ni aunque me pruebes que hace cámaras, a imitación de otros muchos, pues lo que él hace son mojones, que son fin de términos, para dar a entender que en llegando al culo no has de pasar adelante.

Háceme fuerza que en las almonedas dicen: “¿Hay quien puje?”; que ni sé si convidan a cagar (propiamente entonces pujar) o si a comprar; con que es cierto que tiene grandes preeminencias, cuando se valen de sus voces para otras cosas. Hasta los excrementos o mierda (pasa adelante, porque no te empalagues con tan dulce plato) son de provecho, pues según defienden los doctores galenistas y boticarios droguistas, son buenos para desligar Cárdeno y Alberto los del lagarto para los ojos; los de bestias, que llaman estiércol, es con lo que se fertilizan los campos, y a quien debemos los frutos; la del gato de Algalia, no hay que probar ni examinar cuánto es su valor y estimación; la mierda del buey, o boñiga, para inmensos remedios es provechosa. Esto probado y asentado, ¿habrá curioso alguno que diga que los ojos de la cara tienen alguna virtud? Luego el ojo del culo, él por sí solo, es mejor y de más provecho que los ojos de la cara.

Lo que dicen del culo (los que tienen ojeriza con él) es que pee y caga, cosa que no hacen los ojos de la cara; y no advierten lo cuitados que más y peor cagan los ojos de la cara y peen que no el del culo, pues en ellos no hay sueño que no lo caguen en cantidad de legañas, ni pesadilla o susto que no meen en abundancia de lágrimas, y esto sin ser de provecho, como lo que echa el culo, como ya queda probado.

Lo del pedo es verdad, que no lo sueltan los ojos; pero se ha de advertir que el pedo antes hace al trasero digno de laudatoria que indigno de ella. Y, para prueba de esta verdad, digo que de suyo es cosa alegre, pues donde quiera que se suelta anda la risa y la chacota, y se hunde la casa, poniendo los inocentes sus manos en figura de arrancarse las narices, y mirándose unos a otros, como matachines. Es tan importante su expulsión para la salud, que en soltarle está el tenerla. Y así, mandan los doctores que no les detengan, y por esto Claudio César, emperador romano, promulgó un edicto mandando a todos, pena de la vida, que (aunque estuviesen comiendo con él) no detuviesen el pedo, conociendo lo importante que era para la salud. Otros dijeron que lo había hecho por particular respeto que se debe al señor ojo del culo.

Pues decir que no es bullicioso un pedo, ¡bueno es eso! ¿Hay cosa de más gusto que ver en un concurso grande, si se suelta uno, el rumor que mete y qué agudos acuden todos a taparse las narices, como está dicho, y otros que más lo huelen, haciendo la disimulada toman tabaco?

Y es probable que llega a tanto el valor de un pedo, que es prueba de amor; pues hasta que dos se han peído en la cama, no tengo por acertado el amancebamiento; también declara amistad, pues los señores no cagan ni se peen sino delante de los de casa y amigos. Y un portugués preguntado cuál era la parte principal del cuerpo dijo que el culo, que se asentaba primero que nadie y aunque fuese delante del rey.

Los nombres del pedo son varios: cuál le llama “soltó un preso", haciendo al culo alcaide; otros dicen: “fuésele una pluma”, como si el culo estuviera pelando perdices; otros dicen: “tómate ese tostón”, como si el culo fuera garbanzal. Otros dicen algo crítico: “cuesco”, derivado de la enigma; y otros han dicho: “Entre peña y peña el alba, río que suena”. De aquí se levantó aquel refrán que dice: “Entre dos peñas feroces, un fraile daba voces”. Y finalmente, dijo el otro: “El señor don Argamasilla cuando sale chilla”.

Baste ya de probanzas de la nobleza del señor don Pedo y pase por ahora plaza de don caballero que porque no digan me revuelco demasiado no le acoto con otros muchos lugares y autoridades.

Dejo de tratar de los pedos degollados, si bien con esto conocerán de su hidalguía y caballería y grandeza que tiene el culo en este caso. Pues su fortaleza ¿quién la encarecerá?, si es tanta que el sólo limpiarse con un paño delgado se deja de modo por las dos partes, que es más difícil de tomar que la inclusa.

Y, volviendo a los demás sentidos, digo que lo que se queda en el pañuelo de la boca es gargajo, y lo de las narices moco, y lo de los ojos legañas, y lo de los oídos cera; pero lo que queda del culo en la camisa es palomino, nombre de ave muy regalada. Fuera de que los ojos no tienen cosa señalada con que limpiarse; que a veces piden el pañuelo prestado a las narices y a la boca, y otras se limpian con las manos, y al mismo tenor los otros sentidos. Mas volviendo al culo, ¡qué de firmas de grandes señores ha iluminado! ¡Qué papeles de los más íntimos amigos no ha visto! ¡Qué de libros de los hombres más doctos ha gastado! ¡Qué de billetes de damas ha firmado! ¡Qué de procesos importantes ha manchado! y ¡qué de camisas de Cambray y Holanda ha teñido! Y al fin le han servido de limpiadera las mejores y más hermosas manos del mundo, según aquel:

La mano de marfil es muy forzoso

que al culo de su dueña haya llegado.

Y lo merece todo, porque también, sin ser abeja, hace cera o cerote (que así dicen de los medrosos).

Hasta las melecinas deben su ganancia al ojo, que aunque no ve, algunos dijeron que veía Fulano la luz por el ojo del culo de Zutano. Y en verdad que no es vista que envidiar.

De si tienen alguna gracia o no los culos sería largo de contar, baste decir que culos que se conocen, en la calle se saludan. Marcial dice que son saludadores compressis narebus Joven salutat, que en español quiere decir: represando las nalgas saluda a Júpiter, tratando de uno que se peió, y por eso algunos le dan tanta antigüedad que dicen: ¿Qué tiene que ver el culo con el pulso? Como si dijeran de una cosa que no da cuidado ninguno y muy con verdad comparándola a otra que de cada accidente se desconcierta.

Y si nos dilatamos en esta materia será proceder infinito, sólo digo que en cuanto he hablado y ponderado del culo aunque me queda el rabo por desollar, que sus gracias son muchas y muy dignas de ponderación, como no son menores sus desgracias siguientes:

Desgracias del ojo del culo

Primera desgracia
Enseña un ayo mugriento la lición a un descuidado niño. Encomiéndasela a la memoria y como potencia vil pásasele y jugando, olvida y en pena de lo que pecó la memoria abre el culo a azotes.

Segunda
Va un estudiante un madrugón a una viña, vendimia a la mitad de ella, lleva un lagar en el estómago, topa con una fuente, y porque se lo pide el gusto bebe hasta hartarse: pícase la sed y deshácese en cámaras y págalo el ojo del culo.

Tercera
El otro mesurado o engullidor miserable, por comer de balde llenó tanto el estómago que se ahitó movido del apetito y págalo el culo a puro jeringazos.

Cuarta
Tiene un mal curado enfermo modorra y porque el humor se le ha apoderado de los sentidos y los descuidos que tuvo el poco prevenido médico, lo paga el culo a puro sanguijuelas que lo sajan vivo.

Quinta
Sábese, según doctrina de muchos filósofos, que el regüeldo es pedo malogrado y que hay algunos tan desdichados que no se les permite llegar al culo, así lo enseña Angulo que no ha acabado de salir por la boca cuando le dicen todos: “¡Vaya a una pocilga!”, y cuando sale por el ojo del culo todo es aplaudido y cuando más le dicen cuerno, como otro tenía costumbre de decir cuando uno se peía “¡cuerno! Por ahí comas carne y por la boca mierda, y papa te vea la madre que te parió porque te vea más medrado; en las sopas te lo halles como garbanzo, con esa música te entierren, sabañones y mal de gamones, coz de mula gallega, por donde salió el pedo meta el diablo el dedo, la víbora el pico, el puerco el hocico, el toro el cuerno, el león la mano, el cimborrio de El Escorial y la punta de mi caracol te metan amén”.

Sexta
Da el otro extranjero en caballerear, bizarrear y servir a damas y traer mucha bambolla y fausto, falta a los negocios y pierde el crédito y lo que pecaron los miembros genitales lo paga el inocente culo. Pues al punto dicen: “Fulano ya dio de culo”.

Séptima
Va el otro narciso, pisaverde a pie por la calle en tiempo de todos y por más cuidado que pone en las chinas o piedras que están descubiertas para asegurar los pies y andar de guija en guija, resbálase el pie y hace pedazos el pobre culo y de más a más se hace una plasta de todo que le coge de pies a cabeza.

Octava
Da el otro pobre a la medianoche en tiempo de invierno una correncia o evacuación de tripas y porque con la priesa que tiene no se acuerda bien hacia dónde quedó el brasero o barreño de la lumbre tropieza en él y hace pedazos las piernas y el culo, cobrando con esta desgracia enfermedad para muchos días.

Nona
Tan desgraciado es el culo que hasta los animales les muerde el lobo por él y en las monas se ve que porque quieren descansar y sentarse a menudo se llenan el culo de callos y por eso han dado en decir: “Fulano tiene más callos que culo de mona”.

Décima
Viene el otro picarón a sentir el calor del verano y porque yéndose a rascar la comezón de una ladilla frisona le estorbó el matarla una horrenda población de pendejos que topa hacia el culo, determina de matarlas con unas tijeras y teniendo las manos torpes y no ver lo que hace ni poder sufrir más el ser puerco abre a tijeretazos el pobre culo.

Undécima
Viene la otra pobre casada o doncella a descubrir más de lo que fuera menester su natural inclinación de ser puta, tiene celo de ello el galán y causa cuidado al marido y por dar a entender que conocen la fragilidad y imperfección del sujeto, dicen: “de res que se mea el rabo, no hay que fiar”.

Duodécima
Dale al otro una apretura en la calle o cógele en la comedia, sale con priesa a buscar dónde desbuchar, y porque no llegó tan presto a las necesarias o le embarazó algún nudo ciego, emplástase o embadúrnase de mierda el pobre culo.

Decimotercera
Viene el otro estudiante o platicante de medicina y al ir a ordenar un medicamento a la cocina topa a la criada que se había hecho del ojo, y ella por darle gusto y apagar el fomes de la concupiscencia y titilaciones venéreas, empieza sus cernidillos y bamboleos, diviértese con el gusto y acribilla a golpes el pobre culo de escalón en escalón.

Decimocuarta
Vienen las Carnestolendas, alégranse las gentes en diferentes festines y por no más de antojo de muchachos o pasatiempo de hombres ociosos pagan los culos de los perros atándoles a la cola mazas diferentes.

Decimoquinta
Vese el otro pobre condenado toreador de a pie embestido del toro, vuélvese para huir, túrbase o no salen los pies con presteza y por no salir ellos presto degárrale el toro el pobre culo.

Decimosexta
Va una vieja a echar una ayuda a un enfermo, ve poco, no la ha templado bien, encájasela dos dedos del culo, y dale entre las nalgas con ella, escáldale el culo que paga el pobre el descuido de la vieja borracha.

Última desgracia
Finalmente, tan desgraciado es el culo que siendo así que todos los miembros del cuerpo se han holgado y huelgan muchas veces, los ojos de la cara gozando de lo hermoso, las narices de los buenos olores, la boca de lo bien sazonado y besando lo que ama, la lengua retozando entre los dientes, deleitándose con el reír, conversar y con ser pródiga y una vez que quiso holgar el pobre culo, le quemaron.

lunes, 13 de octubre de 2008

Devaneos 1. ¿Quién decide qué se publica?


Ahí está el escritor en su estudio. Emborrona, reescribe durante meses, quizá años. Llega a una decisión, una versión definitiva a veces contra sí mismo: “publico para dejar de corregir”, dicen que dijo Alfonso Reyes. Entrega al editor y al fin se deshace de ese hijo tuerto y maltrecho que es un manuscrito inacabado. Atrás quedan los caídos en combate, hojas y hojas que sólo alcanzaron la impresora del hogar; archivos y archivos que dan cuenta de las versiones sucesivas: segunda.doc, última.doc, últimaúltima.doc, últimaconcorreccionesdefulano.doc.

En vida él mismo alcanza a deshacerse de algunos de esos caídos. Otros papeles enemigos que olvidó liquidar, los que puso en bajo para esa charla en la universidad, el relato que puedo sacar de este capítulo, la idea bonita que me sirve para el ensayo en tono jacarandoso, lo sobreviven. Ante la muerte inminente –los Lucky Strikes han pasado cuenta de cobro, olvidó la recomendación que su mamá le hiciera de niño: mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar– encarga a su ya casi viuda, a su hijo ya casi huérfano, que borren su disco duro, que quemen esa carpeta que van a encontrar en el cajón del medio de la cómoda. Quedan ellos con la decisión de echarlo al hoyo e irse a bailar, o cumplir su voluntad y acabar con esos papeles. ¿Qué hacer? ¿Privar a la humanidad de la genialidad del marido, del papá? ¿O pasar de los deseos de un fiambre y publicar, o todavía más, esculcar cajones en busca de otras piezas maestras? Discuten en el asunto la humildad del muerto y la vanidad de sus herederos, de sus amigos.

En este punto pueden llegar al lector de esta nota los nombres de Franz Kafka y Max Brod, cómo no. Si hurga recordará que Virgilio antes de morir ordenó destruir la Eneida, Chateaubriand sus Memorias de ultratumba, Canetti todos sus archivos, Ciorán su diario. Ya sabemos qué pasó en todos esos casos. Lo advirtió el escritor argentino Abelardo Castillo: “No publiques todas las estupideces que escribas, de eso se encargará tu viuda”. O tus amigos. O tus huérfanos.

Es el caso más reciente en esta historia de últimas voluntades pasadas por la faja. Mientras moría en Montreux, Vladimir Nabokov pidió a su próxima viuda, la incondicional Vera, que quemara las fichas donde estaba consignada una novela que venía esbozando en los ratos que le dejaban sus problemas de ajedrez y la revisión de la traducción al alemán de Ada o el ardor. Alcanzó a escribir alrededor de treinta fichas de El original de Laura, como pensaba titular la novela, y, corrector milimétrico, lo atormentaba la idea de que una obra inconclusa quedara por ahí para perturbar su memoria. Vera no quemó las fichas, tampoco lo hizo su hijo Dmitri. En cambio, éste se dedicó a amenazar con su publicación y con su destrucción durante tres décadas. Hasta comienzos de este año, cuando dijo que su padre se le había aparecido para decirle que no quemara las fichas. Ahora sí obediente, se las vendió al agente Andy “El Chacal” Wylie, y el año entrante tendremos en las librerías una “nueva” “novela” de Nabokov.

Caso diferente pero con resultados parecidos es el de los autores que no pidieron destruir su obra, pero dejaron en los cajones ideas, piezas inconclusas, esbozos que hasta el momento de su encuentro definitivo con la parca nunca consideraron publicables. Y corren los deudos a desenterrar y publicar estas piezas. Pasa cada tanto, los más recientes casos son los de Roberto Bolaño con La universidad desconocida o El secreto del mal, Truman Capote con Crucero de verano, Paco Umbral con Carta a mi mujer... ¿Querrían esos autores que sus herederos sacaran a la luz los esqueletos de las obras, los caídos en el combate que emprendieron con las palabras? No creo. En general se trata de casos de una patología que podríamos llamar “yokoonismo editorial”: saquémosle regalías a estos papelitos hasta el cansancio, que no hay quién se queje. Pero sí hay: los lectores respetuosos, los que leen obras y no plumas por más que sean las de Nabokov o Bolaño o Capote o algún otro grande. Los que leen lo que los autores quisieron que leyeran los lectores y no lo que amigos, herederos o editores angurriosos publican para provecho económico de ellos, y que perturban la memoria del muerto. Si ellos dejaron en el cajón esas obras, ahí se deben quedar.
O, bueno, si esos herederos –amigos, parentela, editores– no pueden descansar en paz con esos papeles inéditos, si los atormenta la idea de que esas obras geniales aunque inacabadas se queden en el cajón, podrían hacer donaciones a bibliotecas y centros de documentación para beneficio de estudiosos, o bien ponerlos a disposición del público, gratis, en internet. Lo que me parece feo es que los publiquen como libros y les saquen plata. Y todavía más, que esos libros terminen haciendo parte de la bibliografía del finado sin él haberlo querido.
PS: con esta notita comienzo una nueva sección en esta página, “Devaneos”. Sin periodicidad definida me voy a ocupar de asuntos relativos a la escritura, a la edición y temas conexos. Una versión ligeramente distinta aparece en la edición número 91 de la revista El Malpensante.

martes, 7 de octubre de 2008

Experiencia, de Martin Amis


Debe ser tremendo para un escritor que su padre biológico sea también su padre literario. El resultado puede ser desmesurado: el suicidio, la negación del propio talento o del ímpetu de la escritura, el silencio, la psicosis. También puede dar como resultado un libro como éste, unas memorias catedralicias de 500 páginas. Kingsley Amis, el padre de Martin, está en todas ellas, así que pueden leerse como un ajuste de cuentas en el más exacto sentido de la expresión. Su padre siempre es un punto de referencia, un rasero para medir la escritura de Martin, su ejercicio de la paternidad, sus respuestas a la prensa, su correspondencia, su relación con los amigos... El libro se abre y se cierra con Kingsley, y las páginas dedicadas a los últimos días del viejo son también una agonía: “Somos una familia que sabe expresarse bien pero que se está quedando sin habla” (p. 375).

Este libro trabaja como la memoria: de maneras caprichosas, nunca pegadas al antes o al después, a la causalidad, a la cronología. Un encuentro, una carta, una imagen, un rostro, un sonido llevan a Martin Amis a otra carta, a otro amigo, a un encuentro, a una tarde con Kingsley, al largo y tortuoso comercio con sus dientes. Sus dientes, otro tema recurrente en estas memorias: “Oh, Dios, que otras plumas se detengan en los síntomas del miedo” (p. 107), escribe durante un fin de semana en Nueva York a la espera de que le saquen, el lunes a prima hora, todos sus dientes superiores –los de abajo correrían igual suerte–. “Lo reconozco: lo sé todo sobre la maestría musical de los dolores de muelas. Sus metales, sus vientos y percusiones, y, sobre todo, sus cuerdas, sus cuerdas [...] Los dolores de muelas pueden tocarse staccato, glissando, accelerando, prestissimo y, sobre todo, fortissimo. Pueden ser rock, blues y soul; pueden convertirse en doowoop, en bebop; en heavy metal, en rap, en punk y en funk. Y, tras todo este fragor anárquico siempre hay una sola, suave, insistente voz, siempre audible a mi imaginación servil: el trágico lamento del castrato” (p. 197).

Esta prosa carnosa, estas imágenes poderosas, estas analogías precisas, estos ojos puestos sobre el detalle que pesa de veras están en prácticamente todas las páginas de Experiencia. Como en tantas novelas de Yourcenar, de Nabokov, de Henry James, en todas las páginas de este libro hay una frase memorable, una imagen que marca como el hierro candente. Su madre se va a vivir a España y él la visita en varias ocasiones. Le sorprende la cantidad de lisiados que han quedado por las calles después de la Guerra Civil, y se detiene en uno: “Rafael era algo realmente especial. De inverosímiles andares, absolutamente inofensivo pese a su cara firmemente contraída, era un espástico espectacular. Parecía Marcel Marceau poniendo toda su alma en la interpretación de un borracho escénico. ¿Cómo un paso tan poco económico (se preguntaba uno) podía llevarle a alguna parte?” (p. 67). Durante sus años de juventud, sin saber para dónde coger, vive en una pensión donde “había un viejo médico, a punto de jubilarse, que a veces se dejaba ver por la noche desplomado sobre una botella de jerez en la cocina de linóleo, o tambaleándose y dando bandazos por la casa en su albornoz sin cinturón, con unos increíbles calzoncillos (informes y movedizos, de un color gris verdoso)” (p. 57).

Otra figura familiar recorre el relato: su prima hermana Lucy Padington, desaparecida en 1973. Más de 20 años después se supo que se había topado con un asesino en serie, y fin de su historia. “Lucy Padington desapareció el 27 de diciembre. Aquel invierno hubo crisis energética y no había iluminación en las calles. El año era 1973, pero la oscuridad era del siglo XVII” (p. 141). Uno podría decir que por naturaleza, por instinto, el ser humano intenta deshacerse del dolor, tiende a eliminarlo. Ante una tragedia grande emprendemos variadas estratagemas para hacer a un lado el sufrimiento y así permitir que la vida continúe. Martin Amis no lo hace: la tragedia de Lucy, de toda la familia, viene y se va pero siempre regresa para hacer también de rasero, de punto de comparación con otros eventos.

No se puede hablar de este libro sin comentar sus notas al pie. Los lectores disciplinados conocen desde muy temprano en las obras que leen la textura de las notas al pie. Después de revisar las primeras tres, cuatro notas, saben para qué las utiliza el autor, y si le interesarán o le aportarán a la lectura. Aquí desde la primera uno sabe que esas notas le van a ampliar la historia, le van a aportar datos, anécdotas, más recuerdos, más conexiones. La primera nota al pie de este libro trata sobre Kafka y dice: “Me deberían haber aconsejado primero los relatos, que son, por supuesto, inmortales. Sus novelas –moldeadas como en sueños– son brillantes, pero son pesadillas. Ni siquiera él pudo terminarlas” (p. 24).

No soy un fan de Martin Amis, no conozco intríngulis de su vida (apenas que es un tipo difícil, polémico y... dejémoslo en difícil). Ni siquiera he leído una sola de sus novelas, apenas me deleité con esa colección de críticas literarias de 600 páginas cuyo título es en sí una acertada definición de lo que es la literatura: La guerra contra el cliché. Así que no sé si con estas memorias haya amañado su historia o la de un fragmento de la literatura inglesa del siglo XX, de la cual Kingsley –y él mismo– fue participante. No sé si como documento este libro valga la pena. Vale por su prosa trabajada, por la estructura aparentemente caprichosa (como la memoria), por la inteligencia que emana de él. Cuando se avanza en su lectura uno siente que está leyendo un british clásico, uno de esos escritores ingleses que nos dejan con la boca abierta porque no se puede ser tan brillante en todas las páginas, en todas las frases.

Martin Amis, Experiencia, Barcelona, Anagrama, 2001, 496 páginas. Traducción de Jesús Zulaika.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Fusilada: Sofía Ospina de Navarro


Su abuelo fue el fundador del Partido Conservador y presidente de Colombia entre 1857 y 1861, Mariano Ospina Rodríguez. Su tío, el general Pedro Nel Ospina, también fue presidente, entre 1922 y 1926. Su hermano Mariano también llegó a la presidencia, entre 1946 y 1950. Nada raro, pues, que doña Sofía, como siempre la llamó todo el mundo, fuera mandoncita. Gobernaba su hogar desde la cama, donde permanecía recostada hasta entrado el mediodía dando órdenes y escribiendo en papelitos baratos “esos cortos y sencillos parrafitos”, como les decía ella a sus escritos. Tuvo columnas en los tres principales diarios colombianos, El Tiempo, El Espectador y –me cuesta considerar este como un diario “principal”, pero bueno– El Colombiano. Publicó dos libros de relatos, crónicas y cuadros de costumbres: La abuela cuenta y Cuentos y crónicas, que han conocido reediciones aunque no las que merecen. También escribió La cartilla del hogar y otro par de manuales para la administración de casas y familias, dirigidos a señoras. Pero su bestseller, que se sigue reeditando año tras año, sin duda es La buena mesa. Ella siempre estuvo interesada en la cocina, y les pedía a sus prestantes familiares que le trajeran recetas de todos los sitios a donde viajaban, para ella luego adaptarlas a la sazón local de su querida Medellín. Es una lástima que en ediciones recientes se hayan borrado recetas tradicionales: puede que no sea práctico cocinar ahora un “Sencillo bizcocho de Maizena”, un “Flan de naranjas agrias” o unos “Pichones rellenos con ostras”, pero estas recetas tienen otros valores por fuera de lo nutricional: allí, en ellas –siempre de un párrafo, dos a lo más–, doña Sofía mostró simpáticas y excelsas dotes narrativas, en no pocos casos tirando hacia el terror. Ya veremos.

Su carrera literaria empezó tarde, pero de manera firme: tenía 28 años cuando envió un cuento a un concurso literario de su ciudad. Obtuvo el segundo puesto, pues el jurado consideró que tal calidad no podía ser producto de mano femenina, y pensaron que lo había escrito su padre, el intelectual y académico Tulio Ospina. Sus escritos se movieron siempre entre el humor, la nostalgia del pasado, la ironía recia y la puntillosa observación de las costumbres y sus cambios. En alguna ocasión, pensando en el futuro, doña Sofía escribió: “No quisiera llegar a ser la viejita aquella, a quien la hija fiel y abnegada sentó una tarde en el corredor del jardín, en cómoda poltrona y con su manta sobre las rodillas, queriendo dejarla entretenida mirando las plantas, mientras ella asistía a una conferencia. Y al salir, dijo a las muchachas del servicio: bueno, tengo que irme, pero si llueve no vayan a olvidarse de tapar al canario y de entrar a mi mamá”.

Murió en Medellín en 1974. Un par de años antes la Asamblea Departamental se inventó un reconocimiento a su medida y la nombró “Matrona Emblemática de Antioquia”. Siempre he tenido fascinación por la figura y la escritura de doña Sofía, y podría quedarme acá otros largos párrafos hablando de ella, de su vida. Mejor los invito a escuchar la voz de esa abuela graciosa y franca. El primero de los textos lo fusilamos de su libro Crónicas (Medellín, Susaeta, 1984); las dos recetas a continuación de La buena mesa (s.p.i., 1998); el último de La abuela cuenta (Medellín, Colección Autores Antioqueños, 2000). Nunca mejor dicho el cliché “buen provecho”.

La línea

El mundo femenino está de plácemes con la llegada al comercio de un famoso producto adelgazador que dizque obra verdaderos prodigios. Es un polvo con sabroso sabor a vainilla y otras esencias —propias para atraer a las señoras golosas— que disuelto en agua y tomado tres veces al día, aparta de la mente de los gordos la imagen de un pollo frito... una esponjosa tortilla... un bistec con tocineta... una crema de ostras o cualquiera otra tentación de las que los hacen caer tan frecuentemente. Nutriéndolos además con sus vitaminas y dejándolos perfectamente satisfechos.

Todo esto puede ser muy cierto. Pero también debe serlo que la tal “colada” lleve consigo la melancolía al espíritu de quien la toma. Ella ha sido la compañera inseparable de todo régimen alimenticio, porque el hecho de acercarse a la mesa para no comer, o comer con desagrado es para cualquiera motivo de sufrimiento moral.

Hace muchos años se puso también de moda una dieta milagrosa, a la cual me referí en el siguiente comentario que vuelve a ser de actualidad: “La palabra línea sugiere rectitud, impone sacrificio y es respetable: Línea de conducta... línea de combate... línea de fuego... Pero llega a su significado máximo cuando se dice línea femenina...”.

En honor a la línea corporal muchas mujeres no solamente sacrifican todo deleite gastronómico, sino que llegan hasta el heroísmo.

Cuando la aguja de la balanza pasa del límite exigido por las reglas de la estética, la señora que se pesa exhala un triste suspiro y oculta muy bien en la secreta de su billetera el desdoroso comprobante... Tomando la resolución de empezar en propia hora el tratamiento cumbre conocido con el nombre de “régimen de la manzana”. Esta dieta, efectiva sin duda, es un programa de hambre más o menos así: Desayuno: una taza de café tinto sin azúcar y una manzana. Almuerzo: cuatro hojas de lechuga, un huevo cocido y una manzana (les faltó el canario...). Comida: una taza de caldo desgrasado, una tostada de pan, legumbres cocidas y una manzana.

Todo marcha a las mil maravillas. La señora se siente más ágil, se deleita ante el espejo observando los sorprendentes resultados y tiene que buscar costurera para que les varíe las medidas a los trajes... Pero el régimen sigue y en la tercera semana sufre algunas variaciones de consideración: Desayuno: jugo de naranja, una tajada de queso, riña con el marido... y una manzana. Almuerzo: jamón magro, “echada” del servicio, medio tomate y una manzana. Comida: un vaso de leche descremada, un huevo escalfado, zanahoria cruda, “pataleta”... llanto y una manzana.

Si el carácter no sufriera menoscabo con el régimen, todas las mujeres jóvenes y viejas haríamos algo por contribuir a la belleza de la raza, luciendo por las calles siluetas impecables. Pero ocurre que a muchas, el hambre nos reduce el espíritu a la más mínima expresión: se nos olvida charlar y sonreír... las ideas abandonan su morada... los presentimientos siniestros nos asedian... y el sueño se niega a visitarnos sin la compañía de las drogas sedantes.

No hay más remedio, pues, que aceptar con resignación esa carga (que por fortuna pesa más al público que a quien la lleva a cuestas) con la seguridad de que ella, por desgracia, será eterna. Pues para colmo de males, Dios Nuestro Señor nos quitó toda esperanza de mejorar siquiera en la otra vida, al notificarnos —por boca de sus profetas— que el día del gran juicio resucitaremos con los mismos cuerpos que tuvimos en la tierra... ¡Qué lástima! Ni aún en el cielo podremos usar “suéter” y prescindir de la estorbosa fajita...


Dos recetas

Pollitos individuales
Se matan pollitos de tres meses de edad que hayan sido criados en granja y bien alimentados. Se untan muy bien por dentro y por fuera con mantequilla abundante, ajo molido, jugo de limón, sal y pimienta. Se acomodan en el asador un poco apretados para que tomen buena forma y se llevan al horno, bien tapados hasta que estén blandos.

Pichones con petit-pois
Se matan los pichones, ahogándolos o cortándoles la cabeza; se limpian bien y se frotan por dentro y por fuera con una mezcla de aceite, jugo de naranja agria, sal y pimienta.

Al día siguiente se doran un poco en la sartén con una cucharada de mantequilla y luego se colocan al fuego lento, en una olla bien tapada, con la marinada que soltaron en la noche, laurel, orégano y 1 vaso de vino tinto o blanco. Cuando estén blandos se retiran del fuego y se les agrega un tarro de petit-pois calentado al baño María. Siempre se sirve un pichón para cada persona.



Reminiscencias de salón

El primer presidente de la república que vi llegar a Medellín fue el general Rafael Reyes. Como buen hacendado, y por lo tanto buen jinete, no temió a la jornada ecuestre y accedió a llegar hasta nosotros cuando el Ferrocarril de Antioquia apenas prestaba servicio en un corto trayecto. Había sido invitado precisamente a la inauguración de la Estación Sofía, nombrada así en honor a la memoria de su esposa doña Sofía Angulo. Cada pitazo de acercamiento que el ambicionado tren daba en una nueva estación, repercutía alegremente en el corazón de los antioqueños, cansados ya de vivir entre el embudo; aunque la colina de La Quiebra se interponía estorbando la realización de su empeño.

Las fúnebres crucecitas clavadas entre los malezales cercanos a la carrilera y marcados con nombres humildes, debieron ser para el señor presidente una constancia del empuje de esta raza; capaz de sacrificarse en aras del progreso de la tierra. Y así quiso demostrarlo en su entrevista con el pueblo, que lo esperaba alborotado. Una visita de tal categoría, anunciada en la época en que los presidentes de la república no habían aprendido aún a “menudearse”, era para poner en movimiento a la ciudad entera. Y a pesar de que en el campo político muchos medellinenses eran opositores a los gobiernos de la rienda templada, casi nadie resistió a la tentación de salir de su casa para presenciar los festejos, que fueron espléndidos.

La quinta de don Alejandro Ángel, una de las más bien situadas de La Playa, fue escogida para su alojamiento; el amplio corredor exterior era el escenario donde el público –agolpado en las noches de fiesta– podía admirar desde la calle la arrogante figura del presidente, semejante a la de un general francés; y realzada, en aquella ocasión, por las lindas compañeras que paseaban asidas a su brazo.

Años más tarde nos visitó el presidente Ramón González Valencia, y no fue menor el revuelo que su llegada causó en Medellín. Otra quinta de La Playa –la de don Manuel María Escobar– fue su pasajera vivienda, asediada también por entusiasta multitud. Y si antes se había declarado que los altivos mostachos de Reyes daban a su rostro la expresión de un mandatario elegante y refinado, la cuidada barba negra de González Valencia no dejó qué desear a los curiosos.

Del baile de gala que se ofreció en su honor guarda mi memoria fiel recuerdo. Fue el primer baile ceremonioso al que se me permitió asistir, y logré que mis padres accedieran a habilitarme la edad, después de hacer valer ante ellos mi entusiasmo de conservadora por conocer de cerca al Jefe de Estado; lo que tal vez confundí con mi deseo de presentarme en sociedad.

Al verme, aquella noche, vestida de largo y en la lujosa mansión de la familia De Villa, alumbrada por espermas colocadas en arañas y candelabros de cristal de bacarat, y donde se cumplían reglas de protocolo para mí desconocidas, me parecía estar asistiendo a una fiesta de Corte. Pero mis ambiciones juveniles no fueron satisfechas plenamente. Después de ejecutada la cuadrilla, en la cual tomó parte el presidente y prestantes conservadores acompañados de sus señoras, se rompió el baile general, y entonces fue cuando me vi “a gatas” para defenderme del “pavo”; ya que en un baile de carácter político escaseaban, como era natural, las gentes jóvenes. Y sólo a fuerza de sonrisas lograba me citaran a bailar unos serios señores que no resultaban muy de mi gusto.

No solamente en bailes presidenciales, como el de mi debut, atormentaba a las muchachas de entonces el fantasma del “pavo”. Las costumbres demasiado discretas ponían en apuros a feas y bonitas; agravada esta circunstancia, casi siempre, por la superabundancia femenina. Sin embargo, ahora pienso que es quizá preferible comer “pavo”, a raticos y al son de buena música como ocurría antes a quienes se veían obligadas a entregarse a su suerte, que tragarlo entero, en la propia casa, como les toca hacerlo hoy a tantas muchachas alegres y atractivas; cuando no les resulta un amigo caritativo que las invite como compañeras a la fiesta que desean. Al fin y al cabo siempre ha sido la mujer víctima de injusticias sociales. En tanto que los hombres seguirán gozando de sus prerrogativas, entre las cuales se cuenta la de bailar “a la carta”.

En los viejos tiempos de la Villa de la Candelaria –cuando no se soñaba que pudiera llegar a ser posible la camaradería entre los dos sexos– era la mujer un ideal de despertar en el hombre los más románticos sentimientos amorosos. Y los jóvenes casaderos buscaban la ocasión de manifestarlos a sus elegidas, constituyéndose en promotores de los bailes.

Entre las muchachas corría de repente la noticia de que se había reunido un grupo de anfitriones para iniciar una elegante fiesta. Y tan halagüeña nueva les creaba, a la vez, la inquietud de que sus nombre pudiesen llegar a ser omitidos en la lista de las privilegiadas. Inquietud que sólo desaparecía al ver detenerse ante la puerta de su casa el coche ocupado por la comisión encargada de las invitaciones personales. Diligencia que se desenvolvía entre la gentil insistencia de los jóvenes, el gesto temeroso de las muchachas y la austera actitud de los papás. Surgía, como en todo, el espíritu patriarcal; y no faltaba quien consideraba aquellas reuniones nocturnas muy inconvenientes, si no escandalosas.

Se contaba de un rígido señor, cuyas hijas eran apetecidas parejas, que en una de aquellas visitas se negó rotundamente a aceptar la invitación, y la demora de los jóvenes se le iba haciendo ya bastante incómoda. Cuando uno de ellos, agotando el último recurso, resolvió decirle:

–Eh, don Ricardo, deje ir a las niñas. Le aseguramos que no se trata de un baile muy en grande; es un bailecito, así no más como por… fregar.

–Pues a bailecitos de esa clase sí es cierto que no irán mis hijas jamás –contestó furioso el viejo–. Y como ustedes son unos jovencitos así como por educar, esta visita ya está así como por terminar –y se levantó y los dejó plantados en la sala.

No obstante algunos incidentes de este estilo, el baile seguía en marcha y la juventud alborotada. Los salones y corredores de alguna residencia particular cedida para el caso –porque el club era lugar vedado a las damas– se tapizaban con coleta blanca y se alisaban con esperma raspada para facilitar la danza. Las bombillas eléctricas se aumentaban en cantidad y potencia; las paredes se adornaban con lunas de espejo enmarcadas con guirnaldas de claveles; y las viandas entraban en activa preparación.

La noche de la fiesta, mientras unas renegaban de la crueldad paterna, salían otras de sus casas, llevando altos peinados adornados con flores naturales y envueltas en brillantes y largas capas de seda. Las seguía la madre, administrándoles la cantaleta: cuidado, niñitas, con bailar más de una pieza con el mismo; ya les he dicho que eso da mucho qué hablar. No se vayan tampoco a bailar donde yo no las vea, y no se me “ranchen” a salir cuando las llame… Acuérdense de que las traigo haciendo un sacrificio; me estoy muriendo de dolor de cabeza y tengo que madrugar a comulgar. Ellas no la escuchaban. En aquellos momentos se estaban encomendando a los santos para que las librara del “pavo” y ofreciéndoles de paso rosarios y comuniones.

A la puerta de entrada recibían de manos de algunos anfitriones el pequeño carnet con su lápiz pendiente de un cordoncillo de seda, donde estaban anotadas, en su orden, las piezas del programa: el vals, la mazurca, el chotís, el pasillo, la polka. Y al frente de las cuales debería dejar inscrita el solicitante una forma tan comprometedora como la de una letra bancaria. Ese carnet llegaba a ser un recuerdo de triunfo, o un testimonio de desilusión.

Qué esplendidez tenían aquellos bailes de antaño; donde se mostraba en todo su esplendor la belleza femenina y donde se practicaban tan señorialmente las reglas de la urbanidad y la cultura. Y qué simples y ridículos parecerán a los jóvenes modernos, quienes al oír resonar las notas del porro o el twist, agarran del brazo a su ya manoseada compañera, diciéndole: “Caminá vieja, bailemos ésta”.