viernes, 28 de noviembre de 2008

La conciencia de Zeno, de Italo Svevo


Supe de esta novela hace unos quince años, cuando leí por primera vez uno de los cuentos que más me gustan de uno de los autores que más me gustan: en “Sólo para fumadores” Julio Ramón Ribeyro dice que aquí se habla como nunca se había hecho antes sobre la pasión por los cigarrillos. En otro gran libro, Cuando fumar era un placer, Cristina Peri Rossi alaba también la profundidad con que Svevo trata el asunto de los cigarrillos y de fumar. Un lector tan juicioso como Luis H. Aristizábal lo considera uno de los grandes, también otros lectores y fumadores trasatlánticos como Vicente Verdú. Lo estuve buscando desde entonces, pero siempre me topaba con esas ediciones feas del Club Bruguera, que sin embargo tanto hicieron en los ochenta por los lectores vaciados como yo. Hace un mes largo encontré esta linda edición de Seix Barral en sus buenos tiempos, y justo en frente de mi casa, en una librería de viejo que recomiendo: Trilce. Y me di a leerla.

Me encontré con una obra sostenida sobre la confesión, con fines psicoanalíticos, de un personaje cínico, un burgués al tiempo moralista y moderno. Es moralista porque identifica sus fallos al honor, a su familia, a sus amigos, a sus principios, y a la vez es moderno, desvergonzado, porque cede a la tentación cada que le llega –y aparece bastante–: Zeno hace lo que le viene en gana, no importa lo que pase o piense antes o después: “Lloré tanto mi traición antes de cometerla que pudo parecerme fácilmente evitable. Pero el buen juicio de después, e incluso el de antes, no sirven para nada” (p. 216). La reflexión y el lenguaje delicado van guiando el relato. Y dentro de esas reflexiones sobre todos los temas de un hombre del siglo XX y hasta del XXI, aforismos casi en cada página que destilan gracia y crueldad: “Uno se puede parecer a Napoleón quedándose mucho más abajo” (p. 58); “La señora, como todas las personas bien educadas, resultaba bastante fastidiosa en un primer encuentro” (p. 77); “era ella quien debía llevarme a la salud moral y física por la santa monogamia” (p. 78); “es señal de escasa virilidad el no entender a las mujeres” (p. 87); “El matrimonio es una cosa bastante más simple que el noviazgo. Una vez casados ya no se discute de amor” (p. 162).

Zeno divide su relato por temas: “El humo”, “La muerte de mi padre” (un pasaje aterrador y magistral, donde no detalla la agonía: con solo detenerse en la respiración del moribundo pone al lector en la antesala de la muerte), “La historia de mi matrimonio”, “La mujer y la amante” (con reflexiones que cortan de lo precisas: “Las mujeres realmente peligrosas no aceptan poco dinero”), “Historia de una asociación comercial”. El asunto con estas novelas que descansan por completo en un personaje es que si el lector no entra en sintonía absoluta con ese personaje la novela muere. Bien sea por el encanto de su prosa, por las peripecias de su vida, por sus reflexiones, por lo que sea, pero si la empatía no es absoluta el lector cerrará la novela en cualquier momento. Yo peleo por no hacerlo, pero tampoco he podido avanzar demasiado. Me da mucha lástima cerrarla definitivamente, pero mi voluntad se niega a cogerla y leer durante ratos extensos. El personaje me gusta, sus aforismos son casi inmensos, pero creo que no tenemos esa empatía absoluta que acabo de mencionar. Por ahora, vamos en tablas. Nada qué hacer.

Italo Svevo, La conciencia de Zeno, Barcelona, Seix Barral, 1956, 452 páginas. Traducción de J. M. Velloso

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Fusilado: Jonathan Swift



Desde pequeño la tuvo difícil el extraordinario escritor y misántropo de profesión Jonathan Swift: su padre murió unos meses antes de que naciera; su madre, en la inopia, renunció a su hijo y lo entregó a la señora que lo cuidaba. Después y durante años estuvo pasando de familiar en familiar hasta que aterrizó en casa de sir William Temple, político y diplomático. Fue secretario del noble durante más de diez años, y ésta fue la puerta de entrada al mundo político y literario británico del siglo XVIII: bajo su cobijo se convirtió en clérigo de la iglesia anglicana y en escritor temido por su prosa filosa y su ardida sátira contra gentes y costumbres de su tiempo. Hippolyte Taine escribió sobre él: “panfletario contra la oposición y contra el gobierno, despedazó o destrozó a sus adversarios haciendo uso de la ironía y de sus comentarios sentenciosos, con su tono de juez, soberano y verdugo. Hombre de mundo y poeta, inventó el sarcasmo impío, la risa fúnebre, la alegría convulsa de contrastes amargos; y arrastrando los arneses mitológicos como si fueran un guiñapo con el que hay que cargar, se construyó una poética personal mediante la plasmación de los detalles más crudos de la vida trivial, del impacto doloroso de lo grotesco, y de la revelación implacable de la inmundicia que ocultamos”.

Semejante talante le valió enemistades y amarguras: pocas de sus obras fueron publicadas con su nombre, y aun algunas de ellas circularon manuscritas durante años antes de que algún editor sin hígados se animara a publicarlas. Sólo por Los viajes de Gulliver, un éxito instantáneo y permanente entre el público inglés y luego europeo, le pagaron por algo que hubiera escrito: 200 libras. El brillo y éxito de esta obra apagaron un poco la luz de las demás, entre las que se cuentan sátiras terribles, impecablemente escritas y argumentadas como El cuento de la barrica, Argumentos contra la abolición del cristianismo, Meditación sobre un palo de escoba, Una propuesta para el uso universal de la manufactura irlandesa. Conocida también y citada –aunque cada vez menos, una verdadera lástima– es su demoledora Una humilde propuesta para evitar que los niños de Irlanda de condición modesta sean una carga para sus padres y para el país, y para que la sociedad se beneficie de ellos: conocida también como “Una modesta proposición”, propone que los niños pobres sirvan de alimento a los ricos. Imperdible.

¿Amores? Registrados apenas dos: Esther Johnson, la hija del ama de llaves de sir William Temple, con quien parece que se casó al escondido y a quien le dedicó una de sus obras, Journal to Stella), y Hester Vanhomrigh, a quien se dirigía en sus escritos como Vanessa, una fiel lectora bastante más joven que él, quien lo abandonó cuando supo de su larga relación con Stella. Dicen que murió de amor dos años después de dejar al clérigo malaúva. ¿Enemigos? “Legión es mi nombre, porque somos muchos”. Su obra comenzó conocerse en Europa gracias a Voltaire, quien promovió su traducción al francés y le escribió en alguna carta: “Cuanto más leo sus obras, más avergonzado me siento de las mías”. Con la vejez se agudizó su misantropía y fue declarado incapaz. Murió en su casa de deán en 1745, y fue enterrado al lado de su amada Stella.



Ideas para sobrevivir a la conjura de los necios

La razón por la cual tan pocos matrimonios son felices es que las jóvenes se pasan el tiempo tejiendo redes en lugar de construir jaulas.

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La crítica es el impuesto que un hombre paga al público por ser eminente.

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Es una máxima aceptada entre los abogados que todo aquello que se ha hecho con anterioridad, puede volver a hacerse legalmente de nuevo.

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Ningún hombre sabio ha deseado nunca ser más joven de lo que es.

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El granjero Anthony Henley, agonizando víctima del asma, dijo: “Bueno, si logro expirar este aliento, ya me cuidaré de no volver a dejarlo entrar”.

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La prédica de los eclesiásticos ayuda a salvaguardar el camino virtuoso del hombre inclinado hacia la virtud, pero raramente o nunca redime al vicioso.

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Todos los seres humanos desean tener una vida larga, pero nadie quiere ser viejo.

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A Sileno, el padre de Baco, siempre lo lleva un asno y tiene cuernos en la cabeza. La moraleja es que los borrachos son guiados por idiotas y tienen grandes posibilidades de convertirse en cornudos.

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Venus, una bella y bondadosa muchacha, era la diosa del amor; Juno, una terrible fiera, la diosa del matrimonio. Y siempre fueron enemigas mortales.

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Se valora en una mujer un mínimo de agudeza, del mismo modo que nos agrada que un loro diga algunas palabras.

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Debo quejarme de que las cartas están mal barajadas hasta que tenga una buena mano.

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Nadie acepta consejos, pero todo el mundo acepta dinero; por tanto el dinero es mejor que los consejos.

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La vida no es una farsa, es una tragedia ridícula, que es el peor de los géneros.

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Me pregunto si las iglesias no son lugares de reposo para los vivos igual que para los muertos.

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Las dos máximas de cualquier hombre importante en la corte son no perder nunca la compostura y no mantener jamás la palabra.

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Si los hombres de talento y genio decidieran no quejarse jamás en sus escritos de sus críticos y detractores, la siguiente generación jamás sabría que los han tenido.

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El verdadero crítico cuando examina un libro es como un perro en un festín, ya que su pensamiento y su estómago están concentrados en lo que arrojan al suelo los comensales, y por eso ladra más cuantos menos huesos encuentra para roer.

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En cuanto a la profundidad, ocurre con los escritores como con los pozos. Una persona con buena vista es capaz de ver el fondo del pozo profundo siempre y cuando haya agua en él; mientras que si en el fondo no hay más que sequedad y fango, aunque el pozo tenga poco más de un metro de profundidad, parecerá a simple vista extraordinariamente profundo, sin otro motivo que el de ser extraordinariamente oscuro.

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No hay en este mundo nada constante, salvo la inconstancia.

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Resulta tan barato estar de pie como sentado.

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¿Quién fue el audaz que se comió por primera vez una ostra?

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¡Dios mío! Me pregunto quién fue el loco que inventó el beso.

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Los mejores médicos del mundo son el doctor Dieta, el doctor Sosiego y el doctor Alegría.

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La comida del soltero: pan, queso y besos.

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El otro día mantuvimos una larga discusión sobre el amor y ella me citó un dicho que me pareció excelente: que en el caso de los hombres el deseo engendra el amor y en el de las mujeres el amor engendra el deseo.

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Mi principal propósito en todo lo que hago es antes sacar de quicio que divertir a la gente; y si pudiese conseguirlo sin poner en peligro a mi propia persona o fortuna sería el más incansable escritor que jamás haya visto usted.

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Considero que una persona no puede ser absolutamente miserable, a menos que esté condenada a vivir en Irlanda.


Propósitos para cuando llegue a viejo

No casarme con una mujer joven.

No relacionarme con los jóvenes a menos que ellos me lo pidan.

No ser malhumorado, ni taciturno, ni desconfiado.

No desdeñar los usos, reputaciones, modas, guerras, ni a los hombres actuales.

No encariñarme con los niños, ni permitir siquiera que se acerquen a mí.

No repetir la misma historia una y otra vez a los mismos interlocutores.

No ser codicioso.

No descuidar el decoro ni el aseo personal, para no resultar repugnante.

No ser demasiado severo con los jóvenes, sino mostrar indulgencia con sus locuras juveniles y sus flaquezas.

No dejarse incluir ni prestar atención a los chismes ruines de los criados u otras personas.

No prodigarse en consejos ni abrumar a nadie, excepto a aquellos que me lo pidan.

Pedirles a algunos buenos amigos que me comuniquen cuáles de estos propósitos quebranto o desatiendo, y me digan cuándo lo he hecho, para enmendarme.

No hablar mucho, ni siquiera de mí mismo.

No alardear de mi apostura, vitalidad o fortuna de antaño ante las damas u otras personas.

No prestar atención a los halagos, ni imaginar que puedo despertar el amor de una joven dama et eos qui hereditatem captan odisse ac vitare*

No ser categórico ni porfiado.

No empeñarme en cumplir todas estas reglas, no vaya a ser que al final no observe ninguna.

* Y aborrecer y evitar a quienes ambicionan mi herencia.


Lo fusilamos de: Jonathan Swift, Ideas para sobrevivir a la conjura de los necios, Barcelona, Ediciones Península, 2000, 122 páginas. Selección, traducción, presentación y apéndice de Mauricio Bach.

viernes, 14 de noviembre de 2008

La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz


En poco más de 300 páginas esta novela contiene prácticamente todo lo que hizo visible en el mundo a la narrativa latinoamericana de los últimos 30 años: una saga de familia –los Cabral–, un dictador estrafalario –Rafael Leónidas Trujillo–, un protagonista excéntrico –Óscar Wao– y, por último, la más conspicua: un lenguaje exuberante. Pero también tiene mucho de la narrativa gringa de los últimos años: ritmo salvaje, referencias cultas y pop, humor, frescura y estructura compleja, el ojo puesto en los detalles, un narrador vigoroso que ensaya varias perspectivas para tratar la peripecia.



Una página o a ratos menos, un párrafo, una frase, un punto y coma, separa la prosa del Siglo de Oro español de una canción de Calle 13: “¿Qué bróder viejevo no ha intentado regenerarse con la alquimia de una chocha joven? Y si lo que ella le contaba a menudo a su hija era cierto, entonces Beli tenía una de las cucas más finas del mundo. Solo el istmo sexy de su cintura podía lanzar mil yolas al mar, y mientras los muchachos de clase alta podrían tener quejas de ella, El Gángster era un hombre de mundo, había singao con más prietas de las que podía contar. A él no le importaba nada esa vaina. Lo que quería era chupar los pechos enormes de Beli, metérselo en el toto hasta dejárselo como un pantano de jugo de mango, malcriarla hasta que desaparecieran Cuba y su fracaso” (p. 123). Así es la cosa. O así: “Varada en aquella oscuridad creciente, sin un nombre, una dirección o un pariente en el Palacio, La Inca casi sucumbe, casi se suelta de sus amarras y se deja llevar como una niña, como una maraña de uva de mar más allá del filón brillante de su fe y dentro de las oscuras cuencas. Fue en esa hora de tribulación, sin embargo, que una mano se extendió hacia ella y le recordó quién era. Myotís Altagracia Toribio Cabral. Una de las Poderosas del Sur. Tienes que salvarla, dijo el espíritu de su marido, o nadie más lo hará” (p. 140). Siempre en vaivén entre lo moderno y lo antiguo, entre lo cool y lo friqui, entre lo barriobajero y lo sofisticado. El propio narrador lo dice –¿hablando de otra cosa? Quizás– en la página 142: “Un segundo estabas en las profundidades del siglo XX (bueno, del siglo XX del Tercer Mundo) y el siguiente te encontrabas sumergido ciento ochenta años atrás en ondulantes cañaverales”.



La vida de Óscar Wao es breve, sí, pero no tan maravillosa: es un nerd gordo y negro que nace, crece, crece, no se reproduce y muere. Joven, a los veintipico. Su vida transcurre entre New Jersey –el barrio y la universidad, Rutgers– y República Dominicana, a la que va poquísimo. Durante muchas páginas atormenta al lector saber quién está contando esta historia; el narrador apenas viene a identificarse en el capítulo 4 y no, no voy a decir acá quién es. Se pregunta uno qué datos de esa vida anodina pueden ocupar 300 páginas, pero ya lo dijimos: esta es una saga de familia, así que el narrador se va hasta el abuelo de Óscar y de su hermana Lola, el doctor Abelard –y de paso nos cuenta intríngulis de la isla durante el trujillato–. Este narrador toma un desvío para contar la historia de su madre, Beli, en un capítulo inmenso: “Todos los barrios tienen su tetúa, pero Beli las dejaba chiquitas a todas. Era La Tetúa Suprema. Sus tetas eran globos tan inverosímiles, tan titánicos, que provocaban en las almas generosas compasión por su portadora y hacían que cada varón en su proximidad reevaluara su triste vida...” (p. 94). Otro de los atajos se ocupa de la hermana de Óscar, Lola, en un capítulo que ya conocíamos por acá porque hizo parte de la antología de cuento que reunió piezas de los seleccionados en Bogotá 39. (Nunca nos dijeron en el libro que era parte de una novela: shame on you, señores.) Y hay más historias, por supuesto. Muchas. Pequeñas y grandes, aterradoras y descocadas, divertidas.



Óscar Wao entra como último a la fila de personajes incómodos, extravagantes, de esos que no caben en ninguna parte. Marginales no por rebeldes sino por ridículos: Gargantúa, Alonso Quijano, Tristam Shandy, Ignatius Reilly... Cándidamente ridículos, quiero decir, y que en manos de escritores geniales se convierten en inmortales. Entra a la galería con su forma de hablar plagada de antiguallas y chistes personales complicadísimos, con su gordura inverosímil, con su torpeza con las mujeres. “En el mundo real las muchachas se volvían con repugnancia a su paso. Cambiaban de asiento en el cine y en la guagua Crosstown una mujer una vez le dijo que ¡dejara de pensar en ella! Sé lo que tienes en mente, le dijo, entre dientes. Así que no sigas” (p. 248). Pero siguen más historias: aun en la última página se resuelve un cabito suelto por ahí que uno ya daba por perdido, y que nos hace cerrar esta novela felices. Ahí está, en las librerías.



Junot Díaz, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, Bogotá, Mondadori, 2008, 310 páginas. Traducción de Achy Obejas.


sábado, 8 de noviembre de 2008

Fusilado: el manuscritero desconocido



Quien haya trabajado en una editorial se habrá encontrado con espontáneos que llevan hasta allí los frutos de sus desvelos, esto es, sus originales. Sin duda, se trata de una de las tareas a veces más ingratas y a veces más divertidas de este oficio. Ingratas porque prácticamente a todos, lo siento, se les dice que no se publicará –poquísimas veces son de valor las obras que llegan de esta manera–. Divertidas porque los hay excéntricos, pretenciosos, humildes, redentores de la humanidad, drogadictos, ascetas, chifladitos, genios, planos y gente que no sabe dónde está parada. Son los que Fabio Mauri bautizó los “manuscriteros”. Hace diez años llegó hasta mi despacho un señor que había insistido previamente por teléfono en que le diera cita, no le bastaba con dejar su manuscrito en la recepción y que le entregáramos un recibo. Después me di cuenta por qué: nunca la palabra manuscrito fue tan literal, en tanto su obra estaba consignada en cinco cuadernos escolares cuadriculados, y puedo decir que cada cuadrícula estaba ocupada por una letra –pequeña, en tinta azul–. No fue el único que se me ha acercado con un manuscrito en el sentido literal del término. De ellos sale uno rápido: basta con decirles que pasen a computador la obra y regresen cuando la tengan lista: nunca vuelven. Es inevitable: cada tanto aparecen en las editoriales personajes de todo tipo con sus poemas –la editorial es de narrativa–, con églogas –la editorial es de literatura contemporánea–, con novelas –es una editorial académica o técnica–, con...

Entregados personalmente, enviados por correo postal o electrónico, esos originales llegan las más de las veces con una carta de presentación. La norma de cortesía no escrita señala que esa carta debe ser breve: una presentación del autor y de la obra, más como formalismo que como interpretación o análisis o sustento de la obra que acompaña. Pero hay casos. El más delirante me lo envió una amiga, que no voy a decir quién es, hace un par de años. A la editorial donde trabajaba, que no voy a decir cuál es, llegó la carta que fusilo abajo, acompañando un manuscrito. Es extensa, pero por favor léanla completa. Por partes, imprímanla, en varios momentos del día o de la semana, pero léanla completa. Vale la pena. No he movido una coma de ella, pero sí he eliminado cualquier referencia al nombre del autor y al título de la novela, porque tampoco se trata de poner en ridículo a nadie.

[La caricatura la he tomado de: Mauro Entrialgo, "Algunos de mis cuadernos", en la revista El Europeo, n° 52, mayo-junio de 1995, p. 19.]



[Ciudad, fecha]


Señor Editor
E. S. M.


Agradeciendo de antemano la atención dispensada, quisiera contar con su venia para permitirme sustentar mi creación exponiendo de manera sencilla y concisa algunas de las razones que considero hacen de mi obra una novela digna de ser publicada. Si bien para todo artista resulta difícil asumir una actitud imparcial frente a su propia obra, creo poder afirmar que los siguientes conceptos se circunscriben mayormente dentro del marco de la objetividad.

POR SU ORIGINALIDAD: El estilo en que está escrito “El mundo de X” es algo nunca antes visto en la historia de la literatura castellana en lo que al género de la novela se refiere. Es apenas natural que una aseveración de tal magnitud suscite incredulidad pero de hecho existe un sencillo experimento que permite comprobarlo. Seleccionemos las obras más representativas de los escritores más reconocidos. Si escogiéramos al azar una frase cualquiera de una de estas obras y le preguntáramos a una persona si es capaz de reconocer a qué escritor pertenece difícilmente pasaría la prueba. Esto se debe principalmente a una característica en común de los grandes novelistas: que la mayoría de ellos –sino la totalidad– han escrito sus obras en lo que podría denominarse una prosa normal o convencional. Pero el hecho de que con sólo leer una frase de su obra se pueda identificar inmediatamente a su autor es algo que lo dice todo con respecto a la originalidad de su estilo.

POR LO INNOVADORA: “El mundo de X” es una obra vanguardista por excelencia. Una prosa de un estilo tan inédito la convierte en una novela novedosa en grado sumo. Es una obra revolucionaria en parte porque está diseñada para ser leída despacio y en voz alta, contradiciendo así la forma de leer que se enseña en la actualidad. Es una obra básicamente orientada a satisfacer a ese público deseoso de novedades. Es una obra destinada para aquellos que cansados de leer novelas diferentes pero escritas esencialmente en el mismo estilo prosaico, desearían conocer algo distinto a todo lo demás, algo que verdaderamente se salga del molde, algo realmente único. Es una obra que bien puede catalogarse como otro peldaño más en la escalera evolutiva de la literatura pues qué manera de recibir este nuevo milenio que con el surgimiento de una obra claramente diferenciable de lo escrito en los siglos anteriores. Es una obra tan distintiva que los historiadores del futuro podrán reconocer en ella el amanecer de una nueva era en la literatura. Es una obra tan vanguardista que no sería de extrañar que tarde un tiempo en reconocerse su valor como varias veces ha sucedido en la historia del arte. (Prórroga que en mi caso acarrearía fatales consecuencias).

POR SU CALIDAD: “El mundo de X” es una obra con méritos suficientes como para no decepcionar al gusto más exigente y al criterio más refinado en materia de literatura. Si enumeramos una lista con los requisitos básicos que una buena obra literaria ha de reunir considero con convicción que mi novela cumpliría varios de ellos. “El mundo de X” es lo que podría catalogarse como una obra integral pues tanto su estética como su contenido denotan virtuosismo. Cada frase es en sí misma una pequeña obra de arte. Si cada oración es analizada con el suficiente detenimiento podrá percatarse la calidad que contiene. Frases que son leídas en cuestión de segundos en su composición tardé horas enteras. Son frases que por su fonética más que para ser leídas están hechas para ser declamadas. La verdadera belleza de la obra está oculta para quien la lea de manera convencional ya que sólo si sus frases son pronunciadas con la mística con que la poesía es recitada es que saltará a la vista su estética sublime. Y es que si alguien desea comprobar qué tan fácil es escribir en ese estilo lo animaría a que lo intente, que se proponga componer una frase, un párrafo o una página, para que así se dé cuenta de la admirable magnitud del logro que significa escribir toda una novela en ese estilo. Es una manera bastante práctica de aprender a valorar el nivel de calidad que “El mundo de X” conlleva. No es por exagerar, pero una obra de tan alto mérito posee todo el potencial para convertirse en un clásico de la literatura universal. Bien podría resultar siendo el primer clásico del siglo xxi y su autor el primer genio de la literatura del nuevo milenio. Todo depende del apoyo que reciba para poder publicarla.

POR SU APROVECHAMIENTO DEL IDIOMA: Es una obra que se esmera por aprovechar el gran potencial del idioma español que no sólo posee una vasta cantidad de palabras sino que una sola de ellas puede contener múltiples y variados significados. Es una obra que explora una nueva faceta del idioma al combinar sus palabras de una manera nunca antes vista a ese nivel. Es una obra cumpliendo una función muy noble al intentar salvar del olvido a esas palabras exóticas en vía de extinción, al resucitar de su letargo a tanto vocablo enterrado en el diccionario. Si bien es cierto, un léxico profuso es tanto una ventaja como una desventaja. La necesidad de remitirse constantemente al diccionario para buscar el significado de las palabras desconocidas es algo que impide una lectura fluida de la obra. Pero el lector, al ir descubriendo lo fascinante que puede resultar el significado de ciertas palabras, pronto renacerá su interés y curiosidad por seguir leyendo. (Para nombrar un caso, la palabra “conticinio” por ejemplo). Con que a cada lector le cause impacto una palabra en especial y si esa persona tras memorizarla la utiliza en algún momento de su vida, podremos conservar la esperanza de que esa palabra sobrevivirá al olvido una generación más. Y si son varios los lectores serán varias las palabras revividas.

Por otra parte, el expresarse empleando un léxico rico y diverso siempre será una virtud más que un defecto. El problema reside en el lenguaje tan pobre y homogéneo que utilizamos cotidianamente para relacionarnos. Usamos siempre los mismos términos para referirnos a cosas y eventos de lo más diferentes, un reducidísimo puñado de adjetivos para calificar los hechos que comentamos, vulgarismos por lo general. Por lo tanto, si en el común de las circunstancias nos valemos de un vocabulario tan limitado y reiterativo para comunicarnos, no es de extrañar que buena parte de las palabras de nuestro idioma nos resulten desconocidas. Es lamentable reconocerlo pero vivimos en una época de decadencia lingüística. Pero afortunadamente ese “defecto” de mi obra podría minimizarse redactando un prólogo apropiado que sirva de introducción y preparación al lector sobre la naturaleza de la obra que está por abordar, en el que se lean frases como: “es una obra que no está diseñada para aquellos que se dan por vencidos al segundo, quinto o décimo obstáculo. Es una obra destinada para los que ven en cada problema una oportunidad y en cada palabra desconocida la posibilidad de aprender algo nuevo”.

Paralelamente existe un aspecto que resulta imprescindible aclarar: “El mundo de X” no es un mero producto comercial, es una verdadera obra de arte. Es una obra concebida bajo el propósito primordial de erigirla como una prueba de mi talento, una demostración de mi capacidad literaria, una evidencia contundente de mi potencial artístico que me permita obtener el respaldo que requiero para surgir como escritor. Posteriormente, de ser necesario, podría dedicarme a escribir libros a imagen y semejanza de las demandas del mercado. Posibilidad a mi alcance gracias a lo polifacético de mi talento ya que cuento con la capacidad de imitar los estilos de los grandes escritores con una fidelidad propia de un falsificador de arte. (Habilidad que descubrí cual pasatiempo en mis ratos de ocio). Pero por lo pronto “El mundo de X” es una obra destinada a granjearse la admiración de la crítica y no la aceptación del vulgo. Es consabido que quizás la mejor publicidad de la que puede gozar un nuevo libro es la opinión favorable de los críticos. Por otra parte, en este país los que compran libros es principalmente la gente culta pues lastimosamente el común de la gente no manifiesta afición por la literatura. Lo cual ha sido una tendencia consuetudinaria ya que el arte más selecto nunca ha estado al alcance de las masas. Las obras más inmortales parecen no estar destinadas para el común de los mortales. La prueba de ello está en que el libro más vendido del mundo es a su vez el menos leído (la Biblia). Muchos son los hogares en los que existe una copia del Quijote pero cuan pocas son las personas que lo han leído. En este país la mayoría ha oído hablar de Gabriel García Márquez y su libro Cien años de soledad pero en últimas es una minoría los colombianos que se lo han leído. El selecto grupo de los libros clásicos es así mismo para un grupo selecto de lectores. Esa es la triste realidad. Mas no por ello dejan de ser best sellers.

PARA SU EDITOR: Es una oportunidad única para cualquier editor, de esas que se presentan una sola vez en la vida. Un genio de la literatura no surge todos los días. Un talento semejante es una verdadera mina de oro. Para una empresa editorial siempre será un acierto contar entre su nómina de escritores a un artista con tal potencial. Hoy hay un refrán que reza: “los hechos hablan por sí solos”, de modo que independientemente a lo que yo afirme, en definitiva será mi obra y su forma de ser que inspire el concepto que de ella se llevarán los expertos en la materia. Que posee errores mi obra? Obvio. Pues cómo no haberme equivocado !si es mi primera novela! Es cierto que tener la capacidad de descubrir nuevos talentos es también todo un talento en sí mismo, pero es lo que he escrito en cuanto a calidad y cantidad una demostración suficiente del talento que poseo? Si. Porque a buen entendedor pocas palabras. En ese sentido, es probable que realizando una lectura de la obra, impactado por una frase en especial, te detengas a pensar: “Eso es todo. No necesito más pruebas. Es publicable. Hagámoslo”. Pero no obstante, si guiado por tu intuición y basado en tu experiencia te animas a apadrinar el nacimiento de mi novela, resulta aconsejable que lo decidas cuanto antes pues en el estado de emergencia en el que me hallo estoy dispuesto a aceptar la propuesta del primer postor.

PARA SALVAR A SU AUTOR: Seré explícito: de no brindárseme el apoyo que requiero, podría perderse para siempre uno de los más grandes escritores que han existido en la historia de este país y porqué no, en la historia de la humanidad. La razón? Porque en este momento mi futuro se cierne entre la espada y la pared, contando con tan solo una pluma en mi mano para defenderme del conjunto de vicisitudes que sin tregua me acorralan. En el presente mi vida se balancea entre el cielo y el infierno, entre el paraíso y el purgatorio, es decir, entre el triunfo y el fracaso, entre el éxito y la perdición. La situación actual en la que me encuentro es un estado crónico para cuidados intensivos ya que sin lugar a dudas esta época es para mí la más dramática que haya experimentado en toda mi vida. Nunca antes había sufrido el azote de una plaga de circunstancias tan marchitantes y para colmo de males preciso se me da ad portas de florecer al mundo. De un tiempo para acá mi vida ha venido transformándose en la peor pesadilla ¡justo ahora! cuando estoy a punto de hacer realidad mi mejor sueño. Desconcertado por la ironía me suelo preguntar: ¿pero cómo puedo estar naufragando preciso cuando ya mi puerto se divisa en la distancia? Y es que la lucha en la que he venido persiguiendo el éxito ha sido una verdadera carrera contra el tiempo. Mi oportunidad de triunfar es ahora o nunca, pues de no salir de la difícil situación en la que me hallo, de no surgir cuanto antes como escritor, las graves adversidades que me aquejan podrían echar a perder mi destino en este mundo. Siento un temor infinito no sólo de pensar que mi primera oportunidad de triunfar en la vida bien podría resultar siendo la última, pues de posponerse más de la cuenta la publicación de mi novela, no sé cuánto tiempo más podría seguir sorteando la muy peligrosa coyuntura que actualmente estoy padeciendo en mi vida. Ciertamente lo único que me podría salvar es que mi obra caiga en manos de la persona indicada, favor que con lágrimas en los ojos le he pedido a Dios en reiteradas ocasiones. Resulta sumamente inquietante evidenciar ese sino trágico que ha acechado la vida de algunos de los más grandes artistas, como si fuera caro el precio que han de pagar por haber sido obsequiados con un talento tan valioso. Guardando las debidas proporciones, tal parece ser mi caso. Económicamente pesa una orden de embargo sobre los bienes de mi hogar, como consecuencia de una deuda contraída por mi señora madre quien según los resultados de unos exámenes médicos recientes probablemente sea un cáncer lo que tiene su salud tan debilitada. Circunstancias éstas que han llevado a mi padre a sufrir una crisis nerviosa que en dos ocasiones lo han puesto al borde mismo de perder la cordura, de no ser por la costosa droga psiquiátrica que lo mantiene controlado. Mi madre muerta y mi padre loco… vaya panorama más flébil. Preocupaciones que me atormentan día y noche. Afortunadamente lo peor aún no acaece, pero desafortunadamente aún dependo económicamente de ellos y si se tiene en cuenta de que renuncié a mis estudios universitarios por y para dedicarme de lleno a escribir esta novela, queda claro que, estancado en tal coyuntura, de no ser publicada mi obra mi futuro en esta vida luce de lo más sombrío e incierto. Sin el sustento de mi familia, sin una profesión, sin un empleo, yo no sé qué irá a ser de mí. De llegar a suceder el trágico desenlace de lo que parece inminente sinceramente no sé cómo podría levantarme de la desgracia en la que caería inmerso.

Sencillamente, carezco del tiempo y los recursos para escribir otra obra e intentarlo de nuevo.
Si bien las anteriores son realidades que me sitúan en el mismísimo limbo entre el éxito y la perdición, está claro que jamás osaría poner en tela de juicio mi credibilidad o menoscabar mi reputación exagerando hechos para solicitar un apoyo que bien podría obtener gracias a la calidad de mi obra y no confesando intimidades de mi situación personal que fácilmente pueden ser corroboradas de resultar así pertinente.

Este promisorio artista que se vale de sus manos para escribir hoy más que nunca necesita del auxilio de una mano amiga que lo libre del embate de la dura realidad que padecemos la mayoría de los colombianos. En verdad necesito urgentemente un apoyo y considero que mi talento para la literatura me permite implorarlo con la suficiente dignidad. En mi albergo la certeza que el potencial que entraño es lo que hace viable la posibilidad de llegar a ser un gran escritor, conciente en consecuencia que no defraudaré las expectativas de aquellos que creyeron en mi brindándome una oportunidad en esta vida cuando yo más la necesitaba.

Esperando con desbordada ansiedad una respuesta de su parte con gratitud infinita de usted se despide


NOMBRE DEL AUTOR
(“X...”)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

El porqué de las cosas, de Quim Monzó


Un título muy bien puesto, con la salvedad de que Monzó no nos dice el porqué de las cosas sino que nos muestra el cómo. Cómo comienzan a desbarrancarse las relaciones de pareja, cómo se les desbarata la vida a las personas. En estos cuentos nos advierte por dónde aparecen las grietas. Pero lo hace apelando a la sabiduría más que al pesimismo. La primera de las “Tesis sobre el cuento” de Ricardo Piglia dice que “un cuento siempre cuenta dos historias”, hay una historia 1 que aparece en la superficie y una historia 2 que el autor construye en secreto. Por debajo de la superficie de estos relatos no hay historia 2, hay más bien sentencias, mandatos. Desde los títulos pareciera que leemos la ejemplificación en clave moderna de las inapelables suras del descalabro de las parejas: “La honestidad”, “La sumisión”, “Vida matrimonial”, “La inmolación”, “La sensatez”, “El ciclo menstrual”...

Relatos austeros, incluso avaros en sintaxis, en recursos retóricos, hasta en las vocales de los nombres: los personajes se llaman Zgdt, Grmpf, Bst, Rdz. Inevitable no pensar en Llamadas telefónicas de Bolaño y su personajes: A, B, X, Y... Esa economía evoca las parábolas bíblicas o coránicas, siempre con una enseñanza latente al lado o debajo de la anécdota a veces anodina que cuentan. En “Vida matrimonial” una pareja se queda en un hotel de paso. Llevan ocho años de matrimonio. En la habitación de al lado sienten a otra pareja tirando. Hacen un chiste, se ríen, cada uno se voltea, apaga la luz y se echa a dormir. Él se ha calentado, pero no se decide a (ojo) pasarse a la cama de ella. No sabe si tenga ganas y teme estrellarse. “Hace años no habría dudado. Habría sabido, justo antes de apagar la luz, si Bst tenía ganas [...] Pero ahora, con tantos años de telarañas encima, nada está claro. Zgdt se vuelve de lado y se masturba procurando no hacer ruido” (p. 18).

No hay esperanza para las parejas, los abismos son ridículos y son –quizá por eso mismo– insalvables. Aparecen con una ligera inclinación de cabeza, con un sí, con un no, con una caricia mal dirigida. Y no se piense que se asiste en estos relatos al lugar común de la lucha de poderes. Hombres y mujeres acá son las dos caras del mismo disco, sí, pero las dos son lados B. Y Monzó pone a sonar ambas caras.

Hasta una escaleta de telenovela encuentro esta colección, en el cuento “El ciclo menstrual”. Cada cuatro, cinco frases se va poniendo predecible, y justo en la siguiente aparece un punto de giro. Van apareciendo personajes de todas partes, en profusión para la media de los demás relatos: Grmpf y Piti, Xevi y Mari, Toni, Anni, Eric y Fiona. Una telenovela de año y medio en tres páginas. Y mire usted: al quitarle los ripios acostumbrados en los culebrones aparece el arte literario. Y las variaciones de textura no terminan con este cuento: a partir de la mitad del libro hacia delante los relatos van tornándose reflexivos, a ratos fantásticos incluso. Se hacen más extensos, pero sin perder la economía, la precisión.

Termino dándole la palabra a esta colección de cuentos. Primero con una frase que ni mi querido Keith Richards pudo haber dicho mejor: “Muy al contrario de lo que dicen (que el alcohol, su exceso, es el culpable de los males del hígado), es el hígado el culpable de los males del bebedor” (p. 104). Segundo, con un relato completo. Son tan buenos y tan breves que no me aguanto.

La fe

–Quizá es que no me quieres.

–Te quiero.

–¿Cómo lo sabes?

–No lo sé. Lo siento. Lo noto.

–¿Cómo puedes estar seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?

–Te quiero porque eres diferente de todas las mujeres que he conocido en mi vida. Te quiero como nunca he querido a nadie, y como nunca podré querer. Te quiero más que a mí mismo. Por ti daría la vida, me dejaría despellejar vivo, permitiría que jugasen con mis ojos como si fuesen canicas. Que me tirasen a un mar de salfumán. Te quiero. Quiero cada pliegue de tu cuerpo. Me basta mirarte a los ojos para ser feliz. En tus pupilas me veo yo, pequeñito.

Ella mueve la cabeza, inquieta.

–¿Lo dices de verdad? Oh, Raül, si supieses que me quieres de veras, que te puedo creer, que no te engañas sin saberlo y por lo tanto me engañas a mí… ¿De verdad me quieres?

–Sí. Te quiero como nadie ha sido capaz de querer nunca. Te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras verme. Te querría en silencio, a escondidas. Esperaría que salieses del trabajo nada más que para verte de lejos. ¿Cómo es posible que dudes de que te quiero?

–¿Cómo quieres que no dude? ¿Qué prueba real tengo de que me quieres? Sí, tú dices que me quieres. Pero son palabras, y las palabras son convenciones. Yo sé que a ti te quiero mucho. Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que tú me quieres a mí?

–Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? Mírame a los ojos. ¿Crees que podrían engañarte? Me decepcionas.

–¿Te decepciono? No será mucho lo que me quieres si te decepcionas por tan poco. ¿Y todavía me preguntas por qué dudo de tu amor?

El hombre la mira a los ojos y le coge las manos.

–Te quiero. ¿Me oyes bien? Te quie ro.

–Oh, “te quiero”, “te quiero”... Es muy fácil decir “te quiero”.

–¿Qué quieres que haga? ¿Qué me mate para demostrártelo?

–No seas melodramático. No me gusta nada ese tono. Pierdes la paciencia enseguida. Si me quisieras de verdad no la perderías tan fácilmente.

–Yo no pierdo nada. Sólo te pregunto una cosa: ¿qué te demostraría que te quiero?

–No soy yo la que tiene que decirlo. Tiene que salir de ti. Las cosas no son tan fáciles como parecen. –Hace una pausa. Contempla a Raül y suspira–. A lo mejor tendría que creerte.

–¡Pues claro que tienes que creerme!

–¿Pero por qué? ¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso, que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad? Bien puede ser que te equivoques. No creo que vayas con mala fe. Creo que cuando dices que me quieres es porque lo crees. Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si lo que sientes por mí no es amor sino afecto, o algo parecido? ¿Cómo sabes que es amor de verdad?

–Me aturdes.

–Perdona.

–Yo lo único que sé es que te quiero y tú me desconciertas con preguntas. Me hartas.

–Quizá es que no me quieres.

Quim Monzó, El porqué de las cosas, Barcelona, Anagrama, 2005, 140 páginas.