viernes, 23 de enero de 2009

Fusilado: Elias Canetti



Con Masa y poder, su libro más reconocido, Canetti buscaba “agarrar el siglo XX por el cuello”. Lo hizo: el libro se mueve por la sociología, la antropología, la ciencia política, la teología, el estudio de los mitos, la jurisprudencia, la historia. Pero sobre todo, por la narrativa: a pesar de lo profundo, lo complejo, lo totalizante que quiere ser el volumen, lo más destacado es que fluye, se deja leer, como una historia del hombre ante el poder. Casi que cada frase es esencial y sabia, una píldora de brillo. En uno de los Apuntes a los que se dedicó toda la vida pero sobre todo después de recibir el premio Nobel de literatura en 1981, Canetti señaló sobre su obra magna: “Es como si hubieras recibido el encargo de escribir todo, absolutamente todo, sobre todo”. Algunas fuentes dicen que los estudios preparatorios para Masa y poder le tomaron 25 años, otros que 20. En todo caso, más de lo que se puede tardar una cuadrilla grande de trabajadores en construir una catedral. El libro lo es. En palabras de Horacio Salas, escritor y director de la Biblioteca Nacional de Argentina, “La obra de Canetti nació clásica”: exacto.

De familia judía sefardita de origen castellano, Canetti nació en lo que hoy es Bulgaria en 1905, pero desde muy pequeño olvidó el español de su círculo familiar inmediato –en sus orígenes su apellido era Cañete– y tomó el alemán como su lengua madre. En ella escribió su obra y en ella leyó el discurso ante la Academia Sueca. En el 39 huyó de Viena hacia Londres y vivió allí 25 años. Tuvo un romance con Iris Murdoch en el que parece que no le fue muy bien, pues escribió sobre ella con desprecio en su libro Fiesta bajo las bombas. Luego de Londres, donde nunca se sintió muy a gusto, se instaló en Suiza, y fue allí, en Zurich, donde murió en 1994.

En esa maravilla de memorias que es Banco de pruebas, su editor en español y amigo Mario Muchnik traza esta semblanza breve de Canetti: “A menudo se escribe que Canetti era un hombre esquivo, irascible, muy difícil, un malvado gruñón, pero no es cierto, en todo caso mi Canetti era amable y tenía mucho sentido del humor. Le encantaba reír con sonoras carcajadas y bromear. Cuando le concedieron el Nobel, según me contó, durante el gran banquete el rey de Suecia le ofreció un cigarrillo. Canetti lo rechazó. El rey insistió varias veces, y tanto, que Canetti le confesó que acababa de dejar el tabaco. ‘¿En serio? ¿Cuánto fumaba?’, le preguntó el rey. ‘Seis paquetes al día’, respondió, no ya exagerando sino mintiendo. ‘¡Ciento veinte cigarrillos! ¿Tanto?’, se asombró el rey. ‘Tanto’, confirmó Canetti. Cada vez que sus miradas se cruzaban esa noche, el rey murmuraba: ‘¡Ciento veinte!’. Y era mentira, Canetti no fumó un cigarrillo en su vida”.


Desde el 2004 Galaxia Gutenberg viene editando con mucha clase la obra completa de Canetti, y de uno de los volúmenes de esa biblioteca fusilamos los Apuntes que vienen. Apenas ha salido a la luz una parte de la obra del sabio de ninguna parte: por disposiciones testamentarias lo que quedó inédito sólo puede publicarse en el 2024, treinta años después de ese evento que tanto lo inquietó: la muerte.


Apuntes

— Bloqueo: alguien va cercándose de palabras que no puede brincar. Cuando éstas se agujerean, las cambia por otras.

— Insoportables, los que siempre se creen auténticos.

— Nadie sabe lo que es bueno. Sabemos lo que sería mejor.

— Si él pudiera adivinar el grado de amargura que va a alcanzar, en vez de crecer se volvería cada vez más pequeño, hasta desaparecer.

— El viejo muerde con los años en vez de con los dientes.

— Cultiva piojos en vez de pensamientos, y los lleva fielmente consigo.

— Por dinero echa pestes más minuciosamente.

— ¿Un zoólogo chiflado? ¡Inimaginable!

— El cuidador de sus prejuicios: cada vez tiene menos, y eso lo angustia.

— Amigos como para avergonzarse de uno mismo.

— La historia de la propia vida le parece a uno tan aburrida porque no ha sido realmente inventada.

— A las doce de la noche se sienta al clavecín y toca para sus invitados, sin que se lo hayan pedido, no demasiado tiempo; lo tranquiliza hacerlos callar.

— El museo de las frases, las horas de visita.

— Musil aún estará ahí, cuando se bostece sobre Thomas Mann.

— El que se dice: todos son mejores que yo, ¿podrá ser mejor?
Cuando cada uno se dice: todos son mejores que yo, ¿estarán todos en el camino de ser aún mejores?

— El jadeante hipopótamo Flaubert.

— No puedo negar que me duele no ocuparme de los libros, tengo un sentimiento físico por ellos, de vez en cuando me sorprendo en diálogos de despedida con ellos. En los últimos tiempos han venido a añadirse libros completamente nuevos y valiosos, y la idea de que los he leído tan poco, casi nada, me da fuerzas. Con la mayor desenvoltura me digo en voz alta que estos libros aún sin tocar no dejarán que me vaya, y quizá es ésta su función y ya ni siquiera espero que llegue a leerlos. Una especie de penoso autoengaño se esconde en este asunto, por primea vez en mi vida tengo la sensación de utilizar los libros para un fin impreciso, y que se trate de un fin comprensible y, a la postre, nada mezquino, no arregla las cosas. Me duele pensar que los libros caerán en manos ajenas o que incluso se venderán, me gustaría que permanecieran donde están ahora y que yo pudiera visitarlos de vez en cuando sin ser visto, como un fantasma. [...] Entre mis libros se hallan las mayores de todas las exquisiteces, y yo, yo he vivido con ellas.

— El anciano se lanza a la etapa más activa de su vida. Al recuperar la memoria el anciano se tambalea.

— Almohadones de fama para asfixiarse.

— En las carreras de caballos griegas se coronaba con laurel al animal ganador, no al jinete.

— Sus “discípulos”, sus representantes: su sopita rancia.

— El enemigo escupía en la dirección equivocada. Él se interpuso en el camino del enemigo, pero éste siguió escupiendo en la dirección equivocada.

— En Darwin ya no me interesa nada su doctrina, sino cómo llegó a ella.

— Lo odiaba tanto que lo veía como un retrato de Francis Bacon.

— El que lee poco pronto parece un periódico.

— Me importa sobremanera anular parte de la infelicidad que Freud ha provocado.

— Prefiere apoyarse en nada a apoyarse en Freud.

— Bueno, mejor, pésimo. ¿Qué mosca les ha picado a los superlativos?


Lo fusilamos de: Elias Canetti, Apuntes. 1973-1984, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2000, 154 páginas. Traducción de Genoveva Dieterich.

viernes, 16 de enero de 2009

El pueblo de las tres efes, de Claudia Arroyave



Con este primer comentario del 2009 voy a quebrar una norma autoimpuesta de este blog: no comento acá libros de personas cercanas, a quienes les pueda decir lo que me gustó o lo que no me gustó de su libro por meil o en una charla de café o copas. Pero es que creo que este libro va a pasar desapercibido, y no lo merece. Al menos que lo busquen, lo compren y lo lean quienes frecuentan esta página.

Las monografías de municipios han sido tradicionalmente oficio de empleados públicos de nivel medio medio o alto, de investigadores varados que le venden la idea a las autoridades del lugar y con ello pueden vivir unos cuantos meses del erario, de enamorados de la localidad, de antiguos habitantes. O de personas que por diversos motivos se asientan allí y se van enamorando del sitio. Es el caso de la autora de este libro: Claudia Arroyave vivió en Santo Domingo durante dos años y medio, y el resultado, además de otro montón de cosas, es este volumen. Semejante tiempo de reportería (a veces voluntaria, muchas involuntaria), semejante inmersión en sus gentes y en su geografía, en las costumbres, en el día a día, aunados a un ojo curioso y fino, da como resultado un libro como éste, modelo de cómo se escribe la monografía de un municipio; es más, de cómo se escribe la historia contemporánea. En El pueblo de las tres efes hablan fuentes de todo tipo: la viejita más viejita del pueblo, el alcalde, el principal –ese que tiene “casa con balcón” –, el campesino raso, la tendera, el niño, la señora, el policía. Pero también la autora ha revisado –y ha invitado a la conversación– cuanto papel se ha escrito sobre Santo Domingo: las actas notariales, los informes de visitantes y trabajadores, los registros civiles y cualquier crónica, carta o relato que lo mencione.

Se sabe: la profusión de fuentes no es suficiente para escribir un buen libro. Lo que hace grande este librito también es el tono: más que cordial, más que amable, es amoroso. Con estas palabras comienza el capítulo titulado “El pueblo que teníamos antes”:

“Las últimas tardes de los últimos años, Estercita Carmona ha permanecido sentada en una silla en la entrada de su almacén, contemplando desde esa esquina un parque generalmente desolado y un guayacán a veces florecido. Sabe que ya no tiene mercancías de encanto ni ganas de vender nada.
”En los estantes contra la pared reposan algunas cajas de zapatos (sin que ella misma sepa si contienen algo o están vacías), juegos de vasos, ruanas de campesino dobladas en seis, telas curtidas, ceniceros de lata en forma de corazón, cremas de manos en potes plásticos con horma de muñeca, álbumes, porcelanas, esquelas, papeles de regalo sin color y cuadernos amarillos llenos de cuentas anacrónicas, recortes de periódicos, acertijos, chistes y oraciones.
”Son los saldos de un tiempo venturoso, de sus años de costurera fina y de almacenista, de cuando era feliz y vivían todavía sus dos hermanos. Ahora está sola, ‘así me dejó mi Dios’, y día por día más ciega y más coja...” (p. 39).

Vi la plaza, el almacén, a la viejita; acá uno viaja a ese pueblo, tan fino es el ojo de la autora para agarrar los detalles, tan bello es el estilo con el que traza sus historias, y eso se agradece. El libro reúne siete crónicas, una introducción y un epílogo. La introducción es igual a las que acostumbra hacer Juan José Hoyos: aguada y aburrida, no debería uno empezar por ahí. Lástima, Juan José es el caso del antiguo cronista vigoroso que se volvió maestro apático ahora siempre superado por sus alumnos. En fin, esta nota es sobre El pueblo de las tres efes, no sobre el mentor de la autora y de un grupo pequeño y talentoso de periodistas jóvenes que andan desplegando su talento en, por ejemplo, El Espectador y algunas revistas. Hay que pararles bolas.

“Las torres de la iglesia”, “Al fin la carretera”, “Hijos de la tertulia”, “Una gitana convertida en pueblo”, “El hombre del corazón más grande”, “El día de las vacas gordas” y “El pueblo que teníamos antes” dan un panorama completo, divertido, nostálgico y esperanzador a la vez, vívido, de lo que es y ha sido un pueblo que conoció cierto esplendor y ahora está abandonado, como tantos en Colombia. Muchos pueblos se han ganado el epíteto de “las tres efes” –feo, frío y faldudo–, pero este es el original: el inmenso Tomás Carrasquilla lo denominó así hace más de cien años, y así se quedó. Pero Santo Domingo, como tantos otros pueblos, es mucho más que feo y frío y faldudo, y acá están estas crónicas para mostrarnos esos detalles que no aparecen en las guías oficiales ni en las visitas de fin de semana. Para mí, es un libro imperdible.


Claudia Arroyave, El pueblo de las tres efes, Medellín, Hombre Nuevo Editores-Cerlalc-Unesco-Ministerio de Cultura, 2008, 198 páginas.