miércoles, 29 de julio de 2009

Fusilado: Julio Ramón Ribeyro (otra vez)



Lo dice el propio Ribeyro en el prólogo a su Antología personal: “al revisar en forma sumaria la presente selección he comprobado que su división en rubros no deja de ser relativamente convencional. Se notará que algunos ‘Proverbiales’ podrían ser cuentos o algunos ensayos podrían ser ‘Proverbiales’, del mismo modo que algunos fragmentos de mi diario podrían ser ‘Prosas apátridas’ o viceversa. Las fronteras entre los llamados géneros literarios son frágiles y catalogar sus textos en uno u otro género es a menudo un asunto circunstancial, pues toda obra literaria es en realidad un continuum. Lo importante no es ser cuentista, novelista, ensayista o dramaturgo, sino simplemente escritor”. En efecto, los fragmentos de su diario que fusilo a continuación –y que no aparecen en la edición definitiva, titulada bellamente La tentación del fracaso y que también voy a fusilar en algún momento– pueden leerse como cuentos. O algunos fragmentos llegan a ser aforismos, Prosas apátridas o postales de esas a las cuales eran tan afectos los escritores franceses del XIX y sus epígonos. A mí me gusta cualquier cosa que haya escrito Ribeyro por la música de su prosa, por sus observaciones tan finas, por los puntos donde va poniendo el ojo. En fin, paro acá esta introducción y los dejo con la voz de éste, uno de los mejores escritores que la lengua española ha dado.

París, 19 de noviembre de 1981

Estoy predestinado a caer siempre en las situaciones más embarazosas, necias y ridículas. De todas las invitaciones que he recibido en estos tiempos (Madrid, Amberes, Belgrado, Grenoble) acepté finalmente una, la de la Universidad de Burdeos. Y es la única que no debería haber aceptado, pues todo o casi todo fue deplorable. Para empezar al descender del tren no me esperaba el profesor que me había invitado, sino una alumna pequeñeja que no me conocía y a la que distinguí por puro azar entre la multitud pues tenía en la mano un papel en que decía RIBEYRO. Me metió a un carro viejísimo y me condujo al campus universitario, diciéndome que allí me esperaban los profesores de la sección latinoamericana para conducirme al auditorio donde debía dar mi conferencia. Pero allí no me esperaba nadie, de modo que la pequeñeja me llevó hasta una especie de sala-cafetería universitaria donde había una veintena de alumnos conversando y bebiendo y me abandonó luego de decir algo así como “éste es el escritor peruano que va a dar una conferencia”. Los alumnos levantaron la cabeza, me observaron y siguieron conversando. Quedé allí sin saber qué hacer, mi maletín en una mano y mi cartapacio con la conferencia en la otra. De cuando en cuando los presentes volvían hacia mí la mirada y me observaban nuevamente, con una mezcla de curiosidad, sorpresa, suspicacia e ironía. Al fin apareció el profesor que me había invitado (un chileno exiliado), se excusó pues había estado dictando un curso y me mostró una caja de cartón puesta sobre una mesa. “Sus libros –me dijo–. Los encargamos a Gallimard. Es para que los dedique a los compradores”. Como ya era la una levantó la voz: “Pasemos al auditorio que la conferencia va a empezar”. Como nadie se movía de sus asientos, añadió: “¿Van a venir o no?”. Una decena de alumnos se pusieron de pie y se dirigieron hacia el auditorio. En el camino se les sumaron una decena más que estaban en el pasillo y entramos a una sala grande, con sillas y carpetas escalonadas, como en un anfiteatro. En el estrado o escenario sólo había una mesa y una silla. Ni micro, ni cenicero, ni jarra con agua. La veintena de alumnos ocuparon sus sitios, pero sin agruparse, sino más bien dispersos, lo que acrecentaba la impresión de vacío. “Vamos a esperar un rato para ver si viene más gente” dijo el profesor y se fue de la sala. Quedé entonces sentado frente al público, pero sin hacer nada, callado, mirándonos las caras, esperando que regresara el metteur en scéne. Opté finalmente por prender un cigarrillo y dedicarme a revisar mis notas. Al fin volvió el profesor, que había logrado reclutar tres o cuatro alumnos más, me presentó y empecé mi conferencia. Dije lo que tenía que decir, sin muchas ganas ni entusiasmo, y a la hora justa la di por terminada, pues eran ya las dos de la tarde, no había almorzado y el estómago me fastidiaba. Aplausos templados, dispersión de los alumnos, desaparición del profesor que me dijo lo esperara cinco minutos y otra vez solo en un corredor de la universidad, muerto de hambre y sin saber qué hacer. Por suerte pasó un peruanista francés que me conocía y había leído mis libros y me llevó a su despacho mientras esperábamos al chileno. Este tardó una hora en venir (creo que se había ido a dictar otro curso) y me dijo que me llevaría a almorzar. Eran ya las tres y media de la tarde. Pensé que iríamos a un restaurante bordelés, donde al menos podría regalarme con un buen vino de la región, pero no, el chileno me llevaba a su casa. En el camino se detuvo frente a un almacén de alimentación. “Vamos a comer bistec con papas fritas” dijo. Lo acompañé a hacer las compras y de paso, como me pareció que iba a coger un vino cualquiera, le rogué que me dejara invitarle el vino. Vergüenza para Burdeos, en los anaqueles había vinos de pésima calidad. Compré el más caro (apenas veinte francos) y fuimos a su casa. Una torre de veinte pisos en una especie de suburbio bordelés. Departamento estrecho. Entramos a una sala-comedor-cocina, donde estaba su esposa mirando televisión y sus dos hijos (dos años y diez meses) jugando en el suelo. Enormes esfuerzos para poder pasar el bistec (generalmente se me atraca en el esófago, por eso es que sólo como filete), los niños hacían una bulla de los diablos, me entero que el profesor no es profesor sino lo que se llama vacataire y está pésimamente pagado y que a las seis de la tarde tengo que ir a una librería a firmar mis libros y a las nueve de la noche a la Asociación Túpac Amaru para dar otra charla. Ya son las cinco de la tarde, me caigo de cansancio y de sueño, los esposos desaparecen y me quedo vigilante de los dos niños, angustiado porque temo que se vayan a romper la crisma. A las seis mi huésped reaparece (estaba hablando por teléfono) y me dice que tiene que ir a dictar un curso pero que pasará a recogerme el dueño de la librería. Este pasa a las seis y media, es un mozo en blue-jeans, mal afeitado, me saca a la carrera, me mete a un dos caballos y enfilamos al centro de Burdeos. Llegamos a la librería, minúsculo y miserable sucucho y no hay nadie, aparte de dos a tres amigos del librero, que están allí por otras razones. La librería se llama Dehors (afuera) y debajo del rótulo hay un papelito que dice “Julio Ramón Ribeyro firmará sus libros”, de modo que podría leerse el todo así: “Afuera Julio Ramón Ribeyro...”. En una mesa está la enorme caja con mis libros. El librero y sus amigos desaparecen en una trastienda, de la que llega música. Quedo solo y me entretengo en observar los estantes: me doy cuenta que es una librería de libros anarquistas y sindicalistas: en las mesas y repisas pululan libros, revistas, folletos y volantes de estas tendencias. ¿Qué demonios hago yo allí, muerto de frío además, pues no hay calefacción, al punto que tengo que ponerme mi abrigo? Al fin aparece una muchacha, compra un libro y se lo firmo. A las ocho de la noche no ha venido nadie más, aparte de algunos anarquistas que discuten con el librero sobre un asunto de repartición de tracs y propaganda. El librero decide cerrar la tienda diciéndome: “Burdeos es una ciudad muerta. Aquí no pasa nada. La burguesía no se interesa por la cultura”. Como le pregunto qué podemos hacer y dónde voy a dormir, me dice que iremos a manger un morceau (picar algo) antes de ir a la Asociación Túpac Amaru y que dormiré en casa de un amigo que vive la lado de la estación del tren, de modo que no tendré problemas para embarcarme al día siguiente. Salimos por la trastienda, donde veo una chica poniendo discos y una serie de micros. “¿Qué es esto?” pregunto. “Nuestra radio libre” dice. Nos echamos a caminar por las calles a esa hora fría. “Veremos un poco del viejo Burdeos” dice mi guía. Calles solitarias, siniestras, oscuras, de una tristeza que parte el alma. Yo sólo quiero entrar a una vieja taberna bordelesa y comer un poco de queso con un buen vino. “Aquí no hay esas tabernas”, me dice el librero. Sólo snacks donde se bebe sobre todo cerveza”. Cuando me estoy cayendo de desesperación y de angustia mi guía me hace entrar a una créperie donde, naturalmente, sólo sirven crepes y sidra, bebida que detesto. Resignadamente como un pedazo de crepe y escucho distraído al librero que me habla de política regional, de la que no entiendo nada. Al salir del restaurante le propongo tomar un taxi para ir a la Asociación Túpac Amaru, pero se opone alegando que queda cerca. Nueva caminata por calles más frías aún, solitarias y fantasmagóricas. Mi guía me cuenta a gritos no sé qué especulación que ha hecho el alcalde Chaban Delmas en un asunto inmobiliario. Llegamos al fin a la asociación. Es un bar, una especie de minúsculo café-concert. Un mostrador, ocho o diez mesitas y un estrado iluminado con un micro de pie como para un cantante. Tras el mostrador hay una sola persona: el vacataire chileno. Al igual que en la librería, no hay calefacción. Renuncio a quitarme el abrigo. Esperamos un rato. Nadie viene. El chileno va varias veces al teléfono, aparentemente para buscar auditores. Veo que la enorme caja de libros, que he visto en la universidad y luego en la librería Dehors, me persigue, está ahora en este bar, tan llena como al comienzo. Hacia las nueve y media aparece la muchacha que compró el libro, con su papá y su mamá y se sientan en una mesita. Más tarde aparecen tres guapas estudiantes y ocupan una mesa en el otro lado. Luego entra un mestizo con una amiga. El librero y el chileno discuten tras el mostrador, mientras yo me paseo entre las mesas en un estado de enervamiento absoluto, seguido por las miradas de los cuatro gatos asistentes, que ni siquiera hablan entre ellos y se limitan a observarme. Como ya no puedo más le digo al chileno que debemos empezar. “Por supuesto” me dice y dirigiéndose a los cuatro gatos presentes anuncia en francés: “El escritor peruano J.R.R. les va a hablar ahora de novela peruana contemporánea”. Y añade para mí en voz baja: “Tienes que hablar en francés, a esta gente no la conozco”. Ya es para mí demasiado. Estoy de pie en medio de un bar penumbroso, ocho personas ocupan tres mesitas separadas entre sí, no sé dónde me voy a colocar yo con relación a ellas (si en el estrado de los músicos, si detrás del mostrador, si también en una mesa) y tengo que dar en francés una conferencia sobre novela peruana, ¡tema que además ya desarrollé en la universidad! Empiezo por decir que no voy a dar ninguna conferencia y que por favor la gente se reagrupe, para poder sentarme a su lado y conversar al menos. Pero nadie se mueve. Opto en consecuencia por sentarme también ante una mesa, tan separada de las otras como ellas entre sí y empieza entonces la más absurda prestación que literato o conferencista ha dado en su vida. Pido que me hagan preguntas, ya no sobre literatura pues tengo la impresión que esta gente ignora lo que esto significa, que me pregunten lo que quieran y como quieran, pero nadie abre la boca. Me siguen observando embobados. Después de larguísimo silencio el chileno se decide y me pide que le explique por qué Chile tiene grandes poetas y el Perú no. Tengo que explicarle que el Perú ha tenido y tiene grandes poetas, que los premios Nobel de poesía a Gabriela Mistral y Neruda tienen un valor relativo. Cito el caso de César Vallejo, de César Moro, de Martín Adán, pero como me da la impresión que no los conoce renuncio a mencionar a Westphalen y los buenos poetas de las generaciones siguientes. Se instaura un nuevo y larguísimo silencio. Espero que el profesor chileno continúe interrogándome, pero el hecho de haber contradicho u objetado la pertinencia de su pregunta anterior, lo ha enmudecido. Como no sé qué hacer se me ocurre a mi vez hacer preguntas y, por decir algo, pregunto por qué ese lugar se llama Túpac Amaru y si alguien sabe quién fue Túpac Amaru. El auditorio se mira las caras y al fin una de las tres guapas muchachas levanta el dedo y dice: “Fue un jefe peruano”. “Un jefe, digo, sí, pero, ¿jefe de qué?”. No sabe qué responder, ni los demás. Aprovecho para hablar un poco de la sublevación de Túpac Amaru, de su personalidad, de la significación que tuvo su gesto en tanto que precursor de nuestra independencia. Me interrumpo pues un negro abre la puerta del café-concert, introduce el torso y pregunta si hay música. “Hay una conferencia” responde el chileno. El negro, sin responder, tira la puerta y se esfuma. Suficiente. Renuncio a seguir hablando. Le digo al chileno: “Creo que basta por ahora. Estoy ya cansado”. Los auditores aprovechan para desaparecer. De pronto me encuentro solo con el chileno (pues hasta el librero anarquista se fue sin decir esta boca es mía) en ese bar oscuro, gélido, siniestro. “Por favor, llévame al hotel, le digo, mañana tengo que levantarme temprano”. Pero mi aventura no había terminado: “No hay hotel, me dice, vas a dormir en mi casa”. Imagino el viaje en auto hasta el suburbio bordelés, el sofá que seguramente me darán, la molestia de tener que albergarme y caigo en una silla desparratado. Me acuerdo además que no me han reembolsado mis gastos de transporte. Está bien que no me paguen nada por dar una o dos conferencias, así hable ante un muro, pero al menos que no me cueste plata someterme a esas pruebas que nada me dan y todo me quitan. Se produce seguramente una comunicación telepática pues el chileno me pregunta cuánto me costó el pasaje. Cuando le doy la cifra y le muestro el ticket del tren se sobresalta. Lo veo hurgar en la caja del bar, contar billetes, meterse la mano al bolsillo, sacar más billetes, volver a contar. “Vamos ahora a casa, dice al fin, mañana antes de partir arreglaremos esto”.

Una hora más tarde estamos nuevamente en el piso dieciocho de la torre. Nobleza obliga. Mi huésped se esfuerza por mimarme. “Menos mal que hay un cuarto de huéspedes” me dice conduciéndome a él, pero es evidente que me han cedido el dormitorio matrimonial: por la ancha cama, las fotos, libros, papeles y utensilios lo comprendo de inmediato. Su esposa ha improvisado una tortilla, ensalada, quesos. Queda un poco del vino del almuerzo. Hablamos de su vida, sus problemas. Encantador sujeto, me digo, y además compréndelo Julio Ramón, es un exiliado, no puede regresar a su país, sus dos hijos han nacido fuera, sueña todo el tiempo con Chile, nunca podrá habituarse a vivir en una ciudad de provincia francesa, es un déraciné como tantos, como tú mismo, aunque por otras razones. Aprécialo y agradécele. Decididamente, el mundo es complicado.


30 de setiembre 1983

El porcino vino como convenido y durante tres horas se representó en casa el más grande espectáculo teatral, por momentos bufo y por momentos dramático, que pueda concebirse. Pudo haber terminado con muerte de por medio, mía o suya, pero finalmente no hubo desenlace o más bien fue dilatado hasta mañana. Digamos que el porcino mide cerca de un metro noventa, debe pesar unos 100 kilos y es más joven que yo, 45 años a lo máximo. Pinta de flic bretón, colorado, apoplético, aspecto intimidante. Estaba solo en casa y desde el comienzo le planteé el problema en términos serenos y razonables: reconocía que el contrato se vence mañana, pero ante la imposibilidad de mudarme, pues no he encontrado ningún departamento apropiado, le pedía un plazo de tres meses y me comprometía a cumplirlo escrupulosamente. De hecho se negó y me ofreció sólo un mes y a condición de que sobre el terreno le firmara un documento en el que me comprometía a partir cumplido el mismo. Era una concesión, pero yo no podía arriesgarme en ese momento y en forma tan tajante a firmar un documento. Así se lo hice saber y le pedí un plazo de 48 horas para tomar una decisión, pues debía consultar con mi esposa y con mi abogado. El cerdo se convirtió en jabalí y me dijo que si no aceptaba su propuesta, mañana o pasado mañana, no quería decirme ni el día ni la hora, entraría por la fuerza al departamento con su mobiliario y echaría el mío a la calle. Entretanto llegó Julito de su colegio y al escuchar los gritos del energúmeno tomó una actitud que siempre recordaré y que me colma de orgullo: apareció en la sala con sus 16 años y se enfrentó al porcino. Con una fuerza y una convicción impensables en un adolescente le pidió que no gritara pues estaba haciendo sus deberes. Porcín no se dio por aludido y continuó levantando la voz. Julito se acercó a él y se produjo un violento cambio de palabras, ambos con los músculos tensos y a punto de saltar el uno sobre el otro. Imaginé de inmediato el escenario: sí el cerdo hubiera intentado un movimiento de agresión, Julito le hubiera dado un golpe de karate o de full-contact cuyos resultados podrían haber sido mortales.

Logré persuadir a Julito que nos dejara solos, para evitar un hecho de sangre. El jabalí bajó la guardia, de lo que aproveché para continuar mi argumento sobre la imposibilidad de aceptar su plazo de un mes. Jabalín me escuchó calmo, pero cuando Julito se despidió para ir a su curso de artes marciales y abandonó la casa, volvió a levantar la guardia y a mostrar los colmillos. En dos pies bramó y esgrimió nuevas amenazas: “Con la ley o sin ella yo entraré aquí con mis muebles y ya verá usted si puede sacarme”. Luego: “Yo puedo ser terrible”. Y lo era en efecto, en ese momento. “No me voy de aquí hasta que usted me prometa por escrito irse dentro de un mes. Me quedo en un rincón el tiempo que sea necesario, pero no salgo de aquí sin ese documento”. Y sentándose en un ángulo del sofá de plumas cruzó los brazos. “Voy a consultar con mi abogado” dije y fui a la biblioteca a llamarlo por teléfono. “Si no quiere irse llame usted a la policía, me dijo mi abogado, pero sobre todo no firme ningún papel”. Comuniqué esta respuesta al jabalí sentado y volvió a erguirse en sus dos patas, profiriendo nuevas amenazas. Yo me sentí amenazado físicamente, para ser sincero, pues el estado de excitación en que se encontraba no excluía que se precipitara sobre mí para estrangularme. Busqué con la mirada qué objeto podía servirme para defenderme. Vi la escultura de Emilio Rodríguez Larraín, que me pareció muy pesada, de modo que me incliné más bien por una de Igor Balarín, que estaba además a la mano. Pero en ese momento sonó el gong: llamaban por teléfono. Era un amigo de Julito, de modo que aproveché para responderle en voz muy alta para que porcín escuchara: “Se ha ido a su club de karate con sus amigos y estará de vuelta con ellos dentro de media hora”. Pensé que mi estrangulador al escuchar esto se transformaría en un gentilhombre, pero lo encontré nuevamente de pie y con las pezuñas en el aire. “Le repito, señor Ribeyro, que no me moveré de aquí si en el acto no me firma ese papel”. Claro, había escuchado que mi hijo y su banda regresarían en media hora, tiempo de más para disponer de mí a su guisa.

Pensé llamar a la policía, como me aconsejó mi abogado, pero me pareció exagerado y en realidad una muestra de debilidad. No me quedaba más que defenderme con las armas que me son específicas: paciencia e inteligencia. “Fíjese, le dije, usted es un nombre de negocios, un comerciante y como tal un hombre tenaz, duro y agresivo, cuando están en juego sus intereses. Yo soy un diplomático y sé conservar mi sangre fría y mi serenidad. Pero no tome esto como un signo de flaqueza. Sé también ser firme cuando es necesario. Sus gritos y sus amenazas no me asustan. Puede hacer usted lo que quiera, pero le aseguro que no cederé. Si quiere usted quedarse aquí, quédese, allí tiene un asiento. Pero sólo será hasta que yo lo decida”. Porcín tomó asiento y me clavó la mirada. “Yo lo miro de frente, señor Ribeyro”. “Yo también”, contesté. Durante un minuto al menos sostuve su mirada, recordando la mirada irresistible de papá, ante la cual todos sucumbían. Nuevo gong: llamaban otra vez por teléfono. El hijo de un amigo. Le dije que viniera a casa, pues estaba en discusión con el propietario y era mejor tener un testigo o un apoyo. Cuando volví al salón Porcinio reanudó sus exigencias: o aceptaba un mes de plazo o me expulsaba a partir de mañana. Noté sin embargo que su flujo nervioso había bajado. Era el momento de aprovechar el desgaste que le había causado su euforia de la primera hora. “Señor Bureau, le dije, no creo que sea el momento apropiado para tomar ninguna decisión. Vamos a darnos 24 horas de reflexión. Su plazo de un mes no lo acepto, ni mucho menos que se lo prometa por escrito hoy. Yo estaría dispuesto a discutir sobre un plazo de tres meses, en el entendido que si encuentro antes un departamento me voy”. Temí que se reconvirtiera en jabalí y recomenzara sus amenazas, pero era evidente que psicológicamente la guerra había sido ganada. En el sofá había un hombre gordo y fatigado que prefería, también como yo, dilatar la solución del problema. “De acuerdo, dijo al fin, mañana vengo a su casa a las tres de la tarde para saber a qué atenernos”. Sin muertes, pugilatos ni otras derivaciones, jabalí regresó a su madriguera. Y yo me quedé en la mía, francamente cansado, pero normalmente satisfecho. No había cedido a sus amenazas y había logrado a base de paciencia y dialéctica reducir la tensión y ponerlo en meditación, lo que con un jabalí es una proeza. Pero comprendo que tal vez mi hijo haya interpretado la situación en términos que me deslucen: que permita que alguien grite en mi casa. Cierto, pero yo tengo la lucidez suficiente para buscar sobre todo el resultado, pasando por encima de las formas, pues lo que importa es el resultado y eso sólo se sabe con los años. En el momento de mayor tensión y de amenaza yo conservaba la superioridad suficiente para dominar la situación y no tener que recurrir a métodos expeditivos. Que me molesta emplear, pero no excluyo, si realmente no queda alternativa. El límite en el cual mi comportamiento se balancea hacia la reacción brutal no se produjo, estuvo a punto de producirse y quizás sea mejor que no se produjera. Porque en un momento pasó por mi cabeza mi arsenal de escopetas y me dije que nada me impedía, llegado el caso, coger una y si no tenía otro recurso valerme de ella. En fin, creo que procedí bien, pues ahora que escribo esta página –día siguiente– el jabalí me llamó por teléfono, conciliante esta vez y muy desdentado, aceptando mi propuesta de darme tres meses de plazo. Lo que no acepté de inmediato, dándole cita para mañana en un café del barrio para discutir a solas y sin testigos y sin defensa nuestro problema.


Lima, 6 de abril de 1983

Elsa y yo adelante, Emilio y Colette atrás, partimos en auto rumbo a Obrajillo. Sabíamos que quedaba después de Canta, pero no sabíamos bien por dónde se salía hacia esta ciudad ni a qué distancia quedaba. Perdimos como una hora en la barriada de Comas buscando la carretera. Al fin un guardia nos dio la buena seña y tomamos la ruta rumbo al interior. Ya eran las diez de la mañana.

Esa carretera me recordó escenas de mi infancia. Por allí nuestra clase hacía su paseo anual, en el ómnibus del colegio. Por lo general acampábamos en Santa Rosa de Quives, al lado del río. De muchacho hice también una excursión por allí hasta Yangas, en la caravana o trailer de tío Georges y pasamos allí dos días cazando. Pero nunca había ido más lejos.

La ruta es extraña. Recuerda a la Carretera Central que lleva a Tarma y Huancayo, pero más austera y solitaria. Poquísimo tráfico. Hasta Santa Rosa el valle es relativamente amplio, aunque bastante seco, pero luego comienza a estrecharse y se entra en una especie de cañón con pista de tierra que parece interminable. Poco antes de entrar al cañón nos dio hambre y alguien dijo que por allí había un hotel campestre, donde podíamos almorzar. Lo ubicamos de suerte, pues no lleva ninguna enseña. Nos abrió el guardián y nos dijo que hacía diez años que no funcionaba. Aprovechamos para visitarlo: más que un hotel era un recinto de ocho hectáreas con jardines, enramadas, estanques, juegos, chalets individuales y edificios colectivos. Todo en el más completo abandono. Algún inversionista que se equivocó y metió la pata. Lo estaban vendiendo por 200.000 dólares, lo que me pareció barato. Soñé un momento con comprarlo y establecer allí una minirrepública artística, literaria y marginal, lo que no pasó de un sueño.

Seguimos rumbo por el cañón preguntándonos cuánto nos faltaría para llegar a Canta. No se veía ningún indicador de distancia. La ruta además era plana y sabíamos por lo menos que Canta quedaba en altura, unos tres mil metros, y aún no comenzaba la pendiente. Pasamos por un pueblito irreal, una especie de decorado para western. Un aglomerado de casas que daban a la carretera, pero deshabitadas, desiertas. Bajamos un momento y al empujar el portón de una casa (donde decía PROHIBIDO ENTRAR) vimos sólo un patio invadido por hierba.

Al fin el cañón, siempre entre cerros pétreos, se empinó y nos dimos cuenta que empezaba la cuesta. Entre ambas vertientes sólo había lugar para la carretera y el río. Hicimos un nuevo alto, pues Colette y yo decidimos darnos un baño fluvial. En paños menores nos sumergimos en las aguas frías y transparentes que bajaban de los Andes. Apenas unos minutos, pero qué agradable sensación. El baño en un río no tiene nada que ver con el que uno se da en laguna, piscina o mar. Agua más fluida, leve, pero también humana, acariciante, no sé cómo explicarlo, ya encontraré los términos.

El cañón no podía ser eterno. A medida que se subía se anchó y fue poblándose de vegetación. Se respiraba un aire de sierra. Curvas y contracurvas. Aparecieron chacras, algunas vacas, cebras, casitas con tejas, corralito y una que otra huerta. Al fin llegamos a Canta. Eran las tres de la tarde.

Paso por alto nuestra breve estada en Canta, donde almorzamos. Proseguimos rumbo a Obrajillo. ¿Cuántos Obrajillos hay? Parece que dos, uno bajo y otro alto. En todo caso fuimos al bajo, pues de Canta tuvimos que descender dos o tres kilómetros para llegar a él. ¿Por qué demonios íbamos a Obrajillo? Porque Elsa había intentado una vez ir a este pueblo y no pudo llegar. Porque Arguedas habla de él en el “diario” de su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo. Según recuerdo, en ese pueblo pensó alguna vez suicidarse.

Tuvimos que dejar el auto antes de llegar al pueblo, pues la ruta estaba bloqueada, un derrumbe o algo así. Al caminar hacia él nos cruzamos con cinco mozos de aspecto inquietante. No parecían del lugar. Pensamos todos que podía ser una célula de Sendero Luminoso. Nos miraron con desdén. Pero en fin, este es otro asunto.

Obrajillo me conmovió y me subyugó. ¿Qué era eso? Ni siquiera un pueblo: una aldea, una calle principal, con unas cuantas transversales que dan al río y cien o doscientas casas. Desierto. ¿Dónde podía estar la gente? En la solitaria plaza de tierra una linda capilla cerrada, con un fresco de Dios Padre sobre el portón, entre las dos torrecillas. Al continuar por la calle principal surge el primer habitante, visión insólita: es un jinete que pasa al galope, pero no cualquier jinete. Caballo ricamente enjaezado y el caballero lleva un extraño sombrero con el ala delantera muy salida, de la cual pende un velo. Un sombrero como los que usaban en Siena, hace cinco siglos. El jinete desaparece en las afueras del pueblo. ¿Quién era? ¿Adonde iba tan de prisa? Recordamos que estamos en carnavales. Tal vez hay alguna fiesta o feria en algún pueblo cercano. Pero nos aguarda una segunda sorpresa italiana: vemos dos casas cuyas fachadas están pintadas con ese color ocre que sólo se ve en las casas de la campiña romana y que contrastaban extrañamente con los muros enlucidos con cal de las viviendas de éste y otros tantos pueblos serranos. En fin, levantamos la cabeza y vemos que los cerros del fondo, medianamente altos y de leve pendiente, tienen esa calidad de verde, esa armoniosa diseminación de elementos –casitas, árboles, animales– que recuerdan los fondos de cuadros de la escuela toscana o lombarda. Parecían cerros pintados, en función de un decorado. ¿Analogía real o deformaciones de nuestra educación plástica europea? ¡Cómo saberlo!

Seguimos caminando (Emilio se preguntaba si habría algún bar o establecimiento donde tomar un café) y finalmente vemos la puerta abierta de lo que parece una tienda de abarrotes-cantina. A una treintena de metros de ella hay dos viejos sentados en el suelo.
–¿De quién es esa tienda? –grita Emilio.
–Mía –dice uno de los viejos.
–¿Se puede tomar un café?
–¡Uf! Hay que calentar el agua.
–Vamos hasta el río y regresamos. ¿Una media hora está bien?
–Sí.
A la media hora regresamos. Vemos a los viejos en el mismo lugar.
–¿Y el café? –pregunta Emilio desde lejos.
Los viejos no responden, pero una vieja que está sentada también en el suelo, recostada en el muro de una casa opuesta (tal vez estaba ya allí cuando pasamos por primera vez, pero no la vimos), toma la palabra por ellos.
–Es temprano, todavía, para el café. Una horita más, pues.
Son las cinco de la tarde y yo tengo que estar en Lima a las nueve de la noche, invitado a cenar en casa de Vargas Llosa.

Renunciamos al café y nos disponemos a abandonar el pueblo, cuando nos intriga ver lo que los viejos están haciendo. Conforme nos acercamos a ellos notamos que uno le está leyendo al otro un enorme libro con figuras. Descubrimos con sorpresa que es una edición encuadernada del diario El Comercio.
–¿De qué año es? –pregunto.
–Bueno, del setenta, me parece... Espere.
Antes de que verifique me agacho y veo que se trata de una edición encuadernada de 1948. Época de la guerra de Corea.
–¡Pero esto tiene 25 años! –digo.
–Sí, pues.

Seguimos nuestro camino. Emilio fascinado por esos viejos que viven fuera del tiempo propone que nos quedemos a dormir en Obrajillo o que lo dejemos a él solo y lo recojamos dentro de uno o dos días. Empezamos a buscar un hotel. Ya estamos lejos de los ancianos y no sabemos a quién preguntarle por un albergue. El pueblo sigue desierto. Bajamos por una callejuela que lleva el río y vemos al fin un mozo que anda de prisa hacia las afueras.
–¿No sabe dónde hay un hotel?
–Sigan de frente y doblan a la izquierda. Pero está cerrado en esta época. La señora que lo cuida es una vieja que vive detrás, en una chacra.

En efecto, el hotel –que es una casa de dos pisos, con rejas y un jardincillo salvaje– está cerrado. Buscamos la chacra donde vive la vieja guardiana, pero no vemos ni chacra ni vieja. Emilio renuncia a pernoctar en el pueblo y regresamos al automóvil.

Resumo el regreso: se nos revienta una llanta a unos diez o quince kilómetros de Canta. La de repuesto está desinflada. Perspectiva de quedarse a dormir en plena campiña, pues por esa carretera infame no pasa un solo vehículo que pueda auxiliarnos. Media hora de discusiones, proyectos y finalmente resignación. De pronto aparece una enorme camioneta, supermoderna y supersofisticada, que baja de las alturas hacia la costa. Descienden tres seres rubios altísimos. Nos dicen que son botánicos suecos que vienen de Junín. Sacan nuestra llanta, se la llevan a su vehículo, arrancan en busca de un garaje y a los veinte minutos regresan con la llanta en perfecto estado, ellos mismos la entornillan y parten velozmente hacia Lima diciéndonos “good bye”. Quedamos patidifusos. Emilio dice que son extraterrestres.

Al día siguiente estoy aún habitado por la imagen de Obrajillo, la fuerte impresión dejada en mí por el pueblito. Arguedas quería matarse en él, yo pienso más bien que podría vivir en él. Cuando mamá me escucha hablar de esta excursión me revela que a su padre le encantaba Obrajillo. Una o dos veces al mes bajaba a caballo a este pueblo desde la hacienda que administraba en la Pampa de Junín, unas diez horas por punas, riscos y quebradas. Regresaba al día siguiente con las alforjas llenas de azúcar, aceite, velas, lo que hacía falta en la hacienda. A veces llegaba hasta Yangas, a 50 kilómetros de Lima, para comprar frutas. Yo ignoraba que mi abuelo conociera y admirara este pueblo. Es muy posible que pernoctara en el hotel que vi y que nada haya cambiado en el Obrajillo que él conoció en 1915 y que yo descubro setenta años más tarde.


Lo fusilamos de: Julio Ramón Ribeyro, Antología personal, México, FCE, 1994.

miércoles, 22 de julio de 2009

La dama de la furgoneta, de Alan Bennett



“En cuanto aparcó la furgoneta, puso el freno de mano con tanta determinación que, como Excalibur, nunca pudo en adelante liberar, y se oxidó tan férreamente que diez años después, cuando vinieron a llevarse la furgoneta, la grúa municipal tuvo que izarla por encima del muro” (p. 27). El lugar donde queda plantada esta furgoneta es nada menos que en el jardín del dramaturgo británico Alan Bennett. Y quien lo hace es una anciana indigente que ha rondado por esa calle durante años, entre bolsas de basura, sobras, carteles que hace de cualquier manera, vestimentas estrafalarias, respuestas nada amistosas a los acercamientos de los vecinos y, claro, la furgoneta, que movió de un lado a otro –siempre empujada, siempre con ayuda de alguien, a quien después no agradecía– durante un tiempo antes de establecerse allí.

A partir de lo cual se va conformando un matrimonio con todas las de la ley entre el autor y la anciana dama descocada: cariñitos, madrazos, silencios, miradas tiernas y que matan, atenciones y furia contenida o desatada. Y sin sexo, por supuesto: recuerden que dije “un matrimonio con todas las de la ley”. Una cuestión importante para toda la crónica que viene es que la furgoneta queda estorbando la entrada a la casa de Bennett, y sus visitas tienen que pasar de lado por un espacio chico entre el cacharro y el muro de la entrada. El recibimiento o la despedida depende siempre del humor de la excéntrica señora: “En una ocasión, Coral Browne salía de mi casa con su marido, Vincent Price, y hablaban en voz baja. ‘Cierren el pico’, soltó la voz de la furgoneta. ‘Estoy intentando dormir’. Para un actor que había causado terror en millones de personas, era una dosis inesperada de su propia medicina” (p. 29).

El libro recoge extractos del diario de Bennett referidos a Miss Shepherd, que tal es el nombre de la anciana, durante casi veinte años. La foto del autor en la solapa del libro anuncia su prosa: amable, compasiva, gustosa, nos deja conocer paulatinamente a este personaje a ratos adorable y a ratos detestable. Siempre estuvo sola, o bueno, la acompañaba la furgoneta y un olor apabullante que salía por igual de ella y de su carcacha. El cartero alguna vez le dice a Bennett que “A veces el olor te echa un poco para atrás” (p. 54). Aunque ese testimonio no lo necesita el autor: él mismo siente el hedor que sale permanentemente de la furgoneta. Pero ella se considera una dama extremadamente limpia, “sobre todo en las partes que no se ven” (p. 32).

Católica fiel, seguidora incondicional de programas de radio, Miss Shepherd siempre muestra una férrea conciencia política. Hasta funda un partido, el Fidelis Party, y se quiere presentar a las elecciones para el Parlamento. “Cuando me elijan, ¿usted cree que tendré que vivir en Downing Street o podré gobernar desde la furgoneta?” (p. 48). En octubre del 80 le dice a Bennett: “Estaba pensando en ofrecer mi ayuda a Mrs. Thatcher en economía. No le pediría dinero, porque soy pensionista, y le saldría barato. [...] Sé lo que hace falta. Es sencillísimo: justicia” (p. 41).

Esto de las cartas es una constante en la anciana. Por ahí transcribe el autor una carta que escribe la señora a la Embajada Argentina por la época de la guerra de las Malvinas, que encabeza: “A la persona responsable de Argentina”, y cierra con la recomendación: “Tradúzcalo al argentino si quiere” (p. 52).

Hacia el final, Bennett se entera de un montón de cosas que nunca quiso soltar la señorita Shepherd. Entre otras, que éste no era su verdadero nombre: lo había cambiado por un incidente... que voy a dejar de este tamaño para antojar a los lectores de buscar y leer este libro breve y hermoso, que evoca, cómo no, ese otro perfil inmortal de un indigente excéntrico, El secreto de Joe Gould.


Alan Bennett, La dama de la furgoneta, Barcelona, Anagrama, 2009, 92 páginas.

miércoles, 15 de julio de 2009

Fusilado: H. L. Mencken


Admiró sin reservas a Mark Twain y a Ambrose Beirce: al primero nunca pudo superarlo, con el segundo se batió en casi igualdad de condiciones intelectuales, a veces triunfó y a veces cayó a la lona noqueado, sobre todo cuando apareció publicado el inigualable Diccionario del Diablo. Aunque fue siempre un periodista y comentarista de la actualidad americana, sus notas son tan puntillosas y tan incendiarias, tan cínicas y llenas de ideas arrebatadas o lógicas que algunos lo consideran uno de los grandes ensayistas americanos de la primera mitad del siglo XX. Para mí el apelativo es un pelín exagerado. Sí era muy imaginativo y portaba la dosis justa de mala uva que tanto nos gusta, pero muchos de sus argumentos apenas aguantan una segunda lectura rigurosa. Sin embargo, siempre es una delicia leerlo, y para los cazadores de aforismos y frases memorables es una veta inagotable.

Nació en Baltimore en 1880 y allí mismo murió en 1956. Después de trabajar en varios periódicos y revistas fundó la suya propia, The American Mercury, que tuvo un éxito arrollador gracias al ingenio de Mencken. Los fragmentos que siguen fueron tomados de la traducción de su compendio A Mencken Chrestomaty, que en español lleva el título de Prontuario de la estupidez humana.


Retrato de un mundo ideal (1924)

Es tan sabido que cuando el organismo humano consume alcohol en solución acuosa diluida éste actúa como depresor, y no como estimulante, que hasta los fisiólogos más avanzados empiezan a tomar conciencia de este hecho. El profano inteligente ya no echa mano al porrón cuando está en vísperas de un trabajo importante, ya sea intelectual o manual, sino que recurre a él cuando concluye la tarea y quiere relajar la tensión nerviosa y reducir la presión del bazo. El alcohol, por así decir, nos serena. Levanta el umbral de sensibilidad y nos hace menos susceptibles a los estímulos externos, particularmente cuando éstos son desagradables. Al frenar todas las cualidades que nos ayudan a progresar en el mundo y a sobresalir entre nuestros semejantes –por ejemplo, la combatividad, la astucia, la diligencia, la ambición–, libera las cualidades que nos endulzan y nos hacen simpáticos: por ejemplo, la amabilidad, la generosidad, la tolerancia, el humor, la comprensión. El hombre que se ha echado a la bodega dos o tres cocteles es menos competente que antes para gobernar un acorazado por el Ambrose Channel, o para amputar una pierna, o para redactar una escritura hipotecaria, o para dirigir la Misa en Si Menor de Bach, pero es mucho más apto para agasajar a los comensales, o para admirar a una chica bonita, o para escuchar la Misa en Si Menor de Bach. Quienes mejor ejecutan los trabajos duros y útiles del mundo, que van desde extraer muelas hasta cosechar patatas, son los hombres que están tan sobrios como otros tantos ocupantes del pabellón de los condenados a muerte, pero quienes mejor hacen las cosas bellas e inútiles, seductoras y regocijantes, son los hombres que, como se dice habitualmente, están hechos una uva. El Pithecanthropus erectus era abstemio, pero tengan la certidumbre de que los ángeles saben qué es lo que conviene catar a las cinco de la tarde.

Todo esto es tan evidente que me asombra que jamás ningún utopista haya propuesto abolir todos los males del mundo mediante el sencillo recurso de achispar ligeramente a toda la raza humana y mantenerla así. Recuerden que no hablo de emborracharla, sino sólo de achisparla ligeramente, y ruego que me disculpen por no saber describir ese estado en términos más decorosos. El hombre achispado es el que saca a relucir todas sus mejores cualidades. No sólo es inmensamente más amable que el hombre fríamente sobrio, sino que también es incalculablemente más bueno. Reacciona frente a todas las situaciones con una actitud expansiva, generosa y humana. Se transforma en un individuo más liberal, más tolerante, más benévolo. Es mejor como ciudadano, como marido, como padre y como amigo. Semejantes hombres nunca promueven las empresas que hacen incómoda y peligrosa la vida humana sobre la Tierra. No provocan guerras ni saquean u oprimen a los demás. Quienes perpetraron todas las grandes infamias del mundo fueron hombres sobrios, y casi siempre abstemios. Pero quienes brindaron a la humanidad todas las cosas fascinantes y bellas, desde el Cantar de los cantares hasta la tortuga á la Maryland, y desde las nueve sinfonías de Beethoven hasta el martini, fueron hombres que, cuando llegaba la hora, cambiaban el agua de pozo por algo con un poco de color y con más componentes que el oxígeno y el hidrógeno.

Sé, claro está, que la tarea de achispar a toda la raza humana y de mantenerla achispada un año sí y otro también plantearía formidables problemas técnicos. Sería difícil lograr que la dosis diaria de cada individuo se acomodara exactamente a sus necesidades particulares y sería igualmente difícil hacérsela llegar precisamente en el momento oportuno. Por un lado, existiría siempre el peligro de que ocasionalmente grandes minorías recuperaran la sobriedad total y desencadenaran guerras, disputas teológicas, reformas morales y demás incordios análogos. Al mismo tiempo, existiría el peligro de que otras minorías se embriagaran realmente y nos fastidiaran a todos con sus gritos jactanciosos o sus llantos sensibleros. Pero, naturalmente, estos problemas técnicos no son en modo alguno insuperables. Quizás podríamos solucionarlos renunciando a administrar el alcohol por boca y distribuyéndolo mediante la impregnación del aire con sus vahos. Formulo la sugerencia y la pongo en circulación. Estos asuntos corren por cuenta de hombres idóneos en terapéutica, cuestiones de gobierno y eficiencia comercial. Actualmente contamos con ellos y a menudo sus empresas reflejan una gran dosis de ingenio, pero puesto que en la mayoría de los casos están sobrios, dedican demasiado tiempo a hostigar al resto de la gente. Medio achispados serían diez veces más geniales y quizá su eficiencia se reduciría a la mitad. Miles de ellos, relevados de sus actuales deberes antisociales, estarían ociosos y ávidos de trabajar. A ellos les confío la solución de este problema. Si su éxito no es absoluto, por lo menos será parcial.

Queda en pie la objeción de que aunque se tratara de pequeñas dosis de alcohol, si a cada una de ellas la siguieran otra antes de que hubiesen disipado los efectos de la primera, la salud física de la raza se resentiría, aumentaría la tasa de mortalidad y desaparecerían, exterminadas, categorías íntegras de seres humanos. Mi respuesta consiste en que lo que propongo no es la prolongación del ciclo vital sino la multiplicación de sus goces. Supongamos que su duración se reduzca en un 20 por ciento. Pues yo afirmo que sus deleites aumentarán por lo menos en un 100 por ciento. Engañados por los estadígrafos, caemos con frecuencia en el error de venerar simples números. Decir que A vivirá hasta los 80 años y que B morirá a los 40 no implica una demostración plausible de que A debe inspirarnos más envidia que B. En la práctica, es posible que A tenga que pasar la totalidad de sus 80 años en Kansas o Arkansas, comiendo sólo maíz y carne de cerdo y bebiendo únicamente agua de río contaminada, en tanto que es posible que B pase sus 20 años de vida responsable en la Costa Azul, wie Gott im Frankreich. Aduzco que, aun suponiendo que la duración media de la vida humana se redujera en un 50 por ciento, el mundo que imagino sería infinitamente más feliz y encantador que este en el que vivimos hoy, y que después de haber saboreado su paz y dicha ningún ser humano inteligente volvería por su propia voluntad a las torpes brutalidades y estupideces que ahora padecemos y que nos esforzamos neciamente por prolongar. Si aun en estos días deprimentes los norteamericanos sagaces continúan aferrándose a la vida y empeñándose en estirarla más y más, no lo hacen ciertamente por una razón lógica sino sólo por instinto. El que se obstina es el bruto primitivo que hay en ellos, no el hombre. Éste sabe demasiado bien que diez años en un país auténticamente civilizado y dichoso valdrían infinitamente más que una era geológica bajo las maldiciones que ahora debemos enfrentar y soportar todos los días.

Además, no es obligatorio admitir que una alcoholización moderada de toda la raza reduciría realmente el ciclo vital. Muchos de nosotros ya estamos moderadamente alcoholizados y sin embargo conseguimos sobrevivir tanto como los puritanos. Y en lo que a los mismos puritanos concierne, ¿quién protestaría si la inhalación del aire impregnado en alcohol les produjera delirium tremens y los esterilizara y exterminara? Las ventajas que cosecharía la humanidad en general serían obvias e incalculables. Todas las peores cepas, que ahora no sólo perduran sino que incluso prosperan, desaparecerían en pocas generaciones, y en consecuencia el ser humano medio se alejaría apreciablemente, digamos, de la pauta que marca un clérigo bautista de Georgia para acercarse a la pauta de Shakespeare, Mozart y Goethe. Aunque se necesitaría una eternidad, claro está, para recorrer todo el trayecto, cada generación asistiría a un progreso lento pero seguro. Ahora, como todos saben, no progresamos en absoluto, sino que retrocedemos sistemáticamente. Es tan evidente que el hombre civilizado medio de hoy es inferior al hombre civilizado medio de hace dos o tres generaciones, que no es necesario presentar testimonios para probarlo. Es menos emprendedor y valiente, es menos habilidoso y variado, se parece cada vez más a un conejo y cada vez menos a un león. Las duras opresiones lo han convertido en lo que es. Es víctima de los tiranos. Bien, ningún hombre con dos o tres cocteles adentro es un tirano. Puede ser tonto pero no cruel. Puede ser bullicioso, pero también es tolerante, generoso y benévolo. Mi propuesta reimplantaría el cristianismo en el mundo. Rescataría a la humanidad de los moralistas, los pedantes y los brutos.


Sacrificio (1928)

Siempre me entristece ver a los niños yendo a la escuela. Durante la media hora anterior a las nueve de la mañana pasan bamboleándose por la plaza situada frente a mi casa de Baltimore con el aire abatido de los neoyorquinos que bajan del ferry para ir al trabajo. Casualmente deben marchar cuesta arriba, pero sospecho que se demorarían igualmente si caminaran cuesta bajo. [...]. Por la tarde, cuando vuelven a casa, corren y brincan como gacelas. Están cansados pero se sienten felices, y la dicha de los jóvenes siempre asume la forma de contracciones bruscas y reiteradas de los músculos estriados, en particular los de las piernas, los brazos y la laringe.

A mi juicio, la idea de que los escolares están casi siempre contentos con su suerte implica un triste engaño. En general son capaces de soportarla, pero les gusta tanto como al soldado le gusta la vida en la trinchera. La necesidad de sobrellevarla los convierte en actores. Aprenden a mentir… y quizás esto es lo más valioso –para un ciudadano del mundo cristiano– que aprenden en la escuela. Ningún niño quiere y admira realmente a su maestra. Lo más que puede hacer, suponiendo que sea dueño de todas sus facultades, es tolerarla como tolera el aceite de ricino. La maestra puede ser la flor más hermosa del jardín pedagógico, pero lo más que niño consigue ver en ella es la imagen de una carcelera que podría ser peor.

Pienso que el período escolar es el más desdichado de toda la existencia humana. Está poblado de tareas insulsas e ininteligibles, de reglamentaciones nuevas y desagradables, de trasgresiones brutales al sentido común y el decoro. Un niño razonablemente despierto no necesita mucho tiempo para descubrir que la mayor parte de las enseñanzas con que lo atosigan son absurdas, y que a nadie le interesa realmente que las asimile o no. Sus padres tienden a aburrirse con sus lecciones y deberes, a menos que tengan una mente infantil, y son incapaces de ocultar este hecho cuando él los escudriña con sus ojos penetrantes. A sus primeros maestros los ve sencillamente como policías fastidiosos. A los posteriores generalmente los cataloga, con mucha razón, como asnos.

Una de las grandes tragedias de la juventud –y la juventud es la época de las verdaderas tragedias– reside por cierto en el hecho de que a los jóvenes se los pone primordialmente en contacto con adultos que no le inspiran respeto [...] Sus compañeros materiales, impuestos por los decretos inexorables de un estado desalmado e irracional, son las “señoras maestras”, de sexo masculino y femenino, o sea personas de vida trivial y pedestre, tan poco capaces de acicatear el espíritu de emulación de un niño sano como otras tantas comadronas u otros tantos empleados de la perrera.

No es extraño entonces que los escolares recurran a sus pares, en lugar de recurrir a sus maestros, para buscar estímulo. Sospecho que ésta es una de las causas principales de la delincuencia juvenil que prolifera en Estados Unidos, porque los muchachos que se destacan por encima de la masa y atraen a sus camaradas más débiles son los relativamente temerarios y díscolos. Pero cualesquiera sean las consecuencias, el hecho en sí mismo es bastante natural, porque un joven flagelado por un exceso de energía tiene sed de aventura y experimentación. Lo que le suministran sus maestros es casi siempre lo contrario. Las maestras tienen instintos de amas de compañía y los maestros casi nunca se elevan por encima del nivel de los jefes de boy-scouts y los secretarios de la Asociación Cristiana de Jóvenes. A un adulto le resultaría bastante difícil soportar semejante compañía, aun con la ayuda del alcohol y el cinismo. Para un niño que se está desarrollando, ésta es una tortura. [...] Hoy se ha extinguido la vieja pedagogía, y la reemplaza una ciencia nueva y complicada. Por desgracia, ésta es en gran medida obra de imbéciles, y por ende continúa el infortunio de los jóvenes. En todo el ámbito de la cultura humana no hay un gremio más fantásticamente inepto que el de los pedagogos. Si alguien lo duda, que lea las revistas de pedagogía. Mejor aún, que solicite una pila de las tesis que los Kandidaten escriben y publican cuando aspiran al doctorado. No se encontrará nada peor en la literatura de la astrología, la comercialización científica o la Iglesia de Cristo Científico. Pero para seguir su especialidad, las pobres “señoras maestras” deben afanarse por estudiarla e incluso por dominarla. No es extraño que sueñen con el amor doméstico dentro del marco de la ley, aunque ello implique la maldición de cocinar.

Los escolares de hoy se hallan expuestos a esta catarata de puerilidad desde que escapan del jardín de infantes hasta que se refugian en la universidad o en la esclavitud asalariada. ¿Sus vidas son felices? Pregúntese usted si sería feliz en el caso de que tuviera que escuchar durante seis o siete horas diarias los discursos de espiritistas o adventistas del Séptimo Día. A un niño inteligente debe resultarle espantoso someterse a semejante vivisección, y sin duda el hecho de que la pobre maestra también sufre no basta para mitigar sus tormentos. Ya no es suficiente que ella ame su arte y lo practique con esmero. También debe deslomarse todos los años en la escuela de verano, maldiciendo su suerte y superponiendo audazmente más y más capas de colorete. Al fin su mente se transforma en un negro abismo de gráficos y fórmulas, de estadísticas falsas extraídas de una psicología de pacotilla, y está tan poco capacitada para enseñar como lo está una máquina de sumar.

Deberíamos sentir más compasión por los escolares. La idea de que son dichosos corre pareja con la idea de que la langosta que cocinamos en la olla lo es. En muchos sentidos, son las peores víctimas, las más patéticas, de esa compleja trama de futilezas y crueldades que llamamos civilización. La raza humana es tan estúpida que nunca logró inculcarles por métodos indoloros y agradables las triquiñuelas y los desvaríos necesarios. Los gatos y los perros se portan mejor con sus crías, y otro tanto se puede decir, en verdad, de los salvajes. Todo lo que se enseña hasta el fin de la escuela primaria se le podría enseñar en dos años a un niño inteligente, mediante un sistema realmente científico, sin mayor crueldad que la que se pone en la extracción de un diente. Pero ahora la misma operación abarca nueve años y una larga serie de laparotomías sin anestesia.

¿En la escuela se aprende algo verdaderamente valioso? A veces lo dudo. Además, muchos hombres más sabios que yo lo dudan, aunque generalmente excluyen de sus objeciones la lectura y la escritura. La “señora maestra”, dicen, puede enseñarles a sus clientes a leer y escribir. Todo lo que aprenden luego lo asimilan por propia cuenta. Yo voy más lejos. Pienso que habitualmente los niños se enseñan a sí mismos, o los unos a los otros, a leer y escribir. Es posible que la “señora maestra” les muestre cómo se aprende, y despierte en ellos el deseo de cultuvarse, pero casi nunca les enseña realmente. Está demasiado ocupada redactando informes, aprobando exámenes, y esforzándose por averiguar qué es lo que los incontables “super-gogos” que la acosan quieren que haga y diga. Ella es tan infeliz como sus discípulos y odia el estudio con tanto encono como lo odian éstos.


Tipos humanos

El romántico (1918)
Existe un tipo de hombre cuya vista exagera inevitablemente, cuyo oído capta inevitablemente más de lo que la orquesta toca, cuya imaginación duplica y triplica inevitablemente los datos que le comunican sus cinco sentidos. Es el entusiasta, el creyente, el romántico. Es el tipo de hombre que, si fuera bacteriólogo, proclamaría que el estreptococo piógeno es tan grande como un perro San Bernardo, tan inteligente como Sócrates, tan bello como la Catedral de Beauvais y tan respetable como un profesor de la Universidad de Yale.

El creyente (1919)
La fe se puede definir en pocas palabras como la propensión a creer, contra toda lógica, que sucederá lo improbable. Por lo tanto tiene un regusto patológico. Se aparta del mecanismo normal del intelecto e ingresa en el reino tenebroso de la metafísica trascendente. El hombre lleno de fe es sencillamente aquel que ha perdido (o no ha tenido jamás) la facultad de razonar en forma clara y realista. No es un simple asno: está realmente enfermo. Peor aún, es incurable, porque el desencanto, que es en el fondo un fenómeno objetivo, no puede modificar definitivamente su dolencia subjetiva. Su fe asume la virulencia de una infección crónica. Lo que dice, en esencia, es lo siguiente: “Confiemos en Dios, quien siempre nos embaucó en el pasado”.

El médico (1919)
La higiene es la medicina corrompida por la moralidad. Es imposible encontrar un higienista que no envilezca su teoría de lo sano con una teoría de lo virtuoso. Todo el arte de la higiene se condensa, ciertamente, en una exhortación ética. Esto determina que en última instancia entre en un conflicto radical con la medicina propiamente dicha. El verdadero fin de la medicina no consiste en hacer virtuosos a los hombres sino en salvaguardarlos y rescatarlos de las consecuencias de sus vicios. El médico no predica el arrepentimiento, sino que ofrece la absolución.

El metafísico (sin fecha)
El metafísico es aquel que, cuando decimos que el doble de dos es cuatro, pregunta qué entendemos por doble, por dos, por tres y por cuatro. A cambio de semejantes preguntas, los metafísicos viven en las universidades con lujo asiático y se los respeta como hombres cultos e inteligentes.

El filósofo (1927)
En la historia humana no hay antecedentes de un filósofo feliz: sólo existe en la leyenda romántica. Muchos de ellos se suicidaron; muchos otros expulsaron del hogar a sus hijos y apalearon a sus esposas. Y esto no debe maravillarnos. Si queréis descubrir lo que siente un filósofo mientras práctica su profesión, id al zoológico más próximo y observad a un chimpancé consagrado a la tediosa e inútil tarea de espulgarse. Ambos sufren espantosamente y ninguno de ellos puede triunfar.

El altruista (1920)
Una buena parte del altruismo, incluido aquel que es totalmente sincero, se asienta sobre el hecho de que es incómodo estar rodeado de gente infeliz. Esto se aplica particularmente a la vida familiar. El hombre se sacrifica para satisfacer los deseos de su esposa, no porque le produzca un gran placer renunciar a lo que anhela para sí, sino porque le gustaría aún menos verla sentada con la cara larga ante la mesa común.

El iconoclasta (1924)
El iconoclasta cumple una función probatoria suficiente cuando demuestra, con su blasfemia, que este o aquel ídolo es vulnerable..., que por lo menos un visitante del templo sigue lleno de dudas. Quienes más hicieron por la liberación del intelecto humano fueron aquellos pícaros que arrojaron gatos muertos en los santuarios y luego salieron a trajinar por los caminos, demostrando a todos los hombres que el escepticismo, al fin y al cabo, no entraña riesgos: que el dios montado sobre el altar es un fraude. Una carcajada vale por diez mil silogismos.

El hombre bueno (1923)
En el mejor de los casos, el hombre es siempre una especie de animal unipulmonado, que nunca es absolutamente completo y perfecto en el sentido en que, digamos, una cucaracha es perfecta. Cuando ostenta una cualidad valiosa, casi siempre carece de otra. Dadle una cabeza y le faltará corazón. Dadle un corazón con cuatro litros de capacidad y su cabeza contendrá escasamente medio. El noventa por ciento de las veces el artista es un timador y un individuo proclive a seducir a las así llamadas vírgenes. El patriota es un fanático intolerante y, la mayoría de las veces, un jactancioso y un cobarde. A menudo el hombre dotado de coraje físico está, desde el punto de vista intelectual, a la altura de un clérigo bautista. El gigante intelectual padece de los riñones y es incapaz de enhebrar una aguja. En todos mis años de búsqueda por este mundo, desde la Puerta de Oro al oeste hasta el Vístula al este, y desde las Orkney Islands al norte hasta las costas del Caribe en el sur, jamás he encontrado un hombre cabalmente moral que fuera honorable.


Lo fusilamos de: H. L. Mencken, Prontuario de la estupidez humana, Barcelona, Ediciones Martínez Roca, 1992. Traducción de Eduardo Goligorsky, prólogo de Fernando Savater.

viernes, 10 de julio de 2009

Del otro lado del jardín, de Carlos Framb


En octubre de 2007 el poeta antioqueño Carlos Framb vertió en un yogur una cantidad letal somníferos y morfina y se lo dio a beber a su madre, Luzmila Alzate. Luego oyó música, caminó por el barrio, escribió un par de cartas, tomó algo de vodka y lo pasó con el mismo mejunje que horas antes se había tomado su mamá. Para estar seguro de tener nada más que tiquete de ida se puso una bolsa en la cabeza, pero no alcanzó a ajustársela: se quedó dormido. Tres días después se despertó en el hospital, sin madre y con cargos por homicidio agravado. No llegó al infierno, pero estuvo en la antesala durante los siguientes meses: cárcel, entresijos legales, el repudio de algunos de sus amigos y conocidos –claro que, al tiempo, vinieron las muestras más tiernas de afecto y apoyo por parte de amigos, alumnos y familiares– y la falta de vivienda.


La historia llegó a los periódicos y dio de qué hablar durante un tiempo. Por supuesto, trajo a la mesa de algunos círculos el tema de la muerte asistida, de las decisiones trascendentales. En este libro Carlos Framb cuenta la historia desde su punto de vista privilegiado, a manera de homenaje póstumo a su madre, el ser que más amó en sus cuarenta y pico años de vida. En un párrafo económico y bonito la dibuja, y con ella la vida de una señora de edad de clase media en Medellín: “A lo largo de casi dos décadas la vida de mamá siguió sin mayores altibajos. Un día era la réplica del anterior y del siguiente: los oficios de la casa, las conversaciones con las vecinas, las hermanas y las sobrinas, la insulina para mi padre, las rutinarias citas médicas, la misa dominical, alguna discusión doméstica, las salidas al centro, algún cambio de domicilio, la muerte de algún pariente lejano” (p. 39). En esa rutina tan consolidada se instala el comienzo del fin: en menos de diez años mueren dos hermanas queridas y un hermano, se cae y se parte el fémur, el esposo de media vida se enferma y muere. Doña Luzmila, esa señora serena y típica, se desmorona: queda impedida por la caída, a la que se suma una ceguera progresiva y, con ella, la depresión.


El hijo toma entonces a su cargo a la madre, y entre él y la señora se va construyendo un tejido sólido de amor y compañía, que es el que nos dibuja Framb en este libro. Algo de las conversaciones y el día a día nos deja ver en el testimonio el autor de estas páginas, aunque no mucho. Sobre todo, nos relata cuando conversan sobre esa decisión que van tomando, cual es que la señora abandonará esa vida de dolores y padecimientos ayudada por su hijo: “Teníamos que salvar el hiato que mediaba entre sus creencias religiosas y mi postura escéptica, entre su concepción del suicidio como un pecado y la mía que lo entiende como un ejercicio de dignidad, libertad y honor. El nudo por desatar era Dios” (pp. 45-46).


Además de las conversaciones, la descripción de la vida cotidiana de dos personas serenas y de la casi transcripción de lo que iba pasando por la mente y el corazón del autor, cada capítulo incluye una digresión, una historia alterna: el primero la historia de Sonsón, el pueblo en que nacieron madre e hijo; el segundo un recuento de la muerte por propia mano de grandes personajes de la historia; el tercero un reporte detallado de la muerte también voluntaria de escritores y sus parejas: Herbert von Kleist y su amiga Henriette Vogel, Stefan Zweig y su segunda esposa, Charlotte Altman, y la de André Gorz y su mujer. De las citas que recupera Framb la más bella es la que toma de Gorz, en su libro Carta a D. Historia de un amor: “Vas a cumplir ochenta y dos años. Te has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos, y aún continúas hermosa, grácil y apetecible. Ya hace cincuenta y nueve años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Llevo de nuevo en el pecho un vacío devorador que sólo calma el calor de tu cuerpo contra el mío. A veces, en la noche, veo la silueta de un hombre que, por un sendero vacío y en un paisaje desierto, va caminando tras un féretro. Yo soy ese hombre. Eres tú a quien el féretro transporta. Y no quiero asistir a tu cremación; no quiero recibir tus cenizas en una urna” (pp. 92-93). Esas citas, esas digresiones, esas historias alternas se agradecen, pues aunque es a ratos bella la narración de Framb de la vida con su madre y las expresiones de amor por ella, a veces comienzan a empalagarnos, y necesitamos salirnos a dar una vuelta por el jardín, pensar en otros asuntos.


Es que el libro peca por exceso de devoción. Uno quisiera más imágenes y menos declaraciones de amor. Uno quisiera algo más de equilibrio: por ejemplo, el autor transcribe con lujo de detalles la ponencia de la defensa durante su proceso penal, pero no hace lo mismo con la de la fiscalía. Y no sólo en este caso: falta equilibrio entre las generalidades y las situaciones específicas: uno quisiera más de las segundas y menos de las primeras. Si es un libro testimonial debe ser más abierto, más franco. Creo que le faltó al autor un tiempo para madurar su duelo, para decantar su visión de los acontecimientos: en el afán de rendirle un homenaje a su madre se perdió la oportunidad de componer un testimonio más vívido. Aunque vale la pena leerlo por la prosa diáfana de Framb, por la recuperación de su proceso legal, pero sobre todo, por las cuatro o cinco páginas donde cuenta la noche en que ayudó a morir a su madre e intentó él morir con ella: son impresionantes.


Carlos Framb, Del otro lado del jardín, Bogotá, Planeta, 2009, 186 páginas.

NOTA: El ojo en la paja regresa con la regularidad de siempre, una actualización a la semana, dos cuando me lo permiten mis otros compromisos.