miércoles, 26 de agosto de 2009

Fusilado: Cyril Connolly



Durante la Feria del Libro de Bogotá que acaba de terminar estuve en varias charlas y presentaciones de escritores jóvenes colombianos, organizadas por sus editoriales. Lo que oí allí, lo que vi, unido a las novelas de ellos que he leído últimamente me llevan a pensar en la falta de ambición de los escritores colombianos menores de cuarenta (y voy a rescatar apenas, por ahora, tres únicas excepciones: Juan Esteban Constaín, Juan Carlos Rodríguez y Juan Gabriel Vásquez). Pareciera que escriben obras desechables, que se van a leer a lo más durante dos, tres meses: mientras dura la promoción complaciente que les hacen en los medios sus colegas y amigos, porque resulta que muchos de ellos o son periodistas o están o estuvieron vinculados de alguna manera a medios de comunicación. Unas novelitas ahí, para leer y botar y pasemos a la siguiente, porque sale una cada tres meses. Ninguna de esas novelas se va a leer siquiera el año entrante, y eso va a terminar por acabar con el interés de las editoriales en esos escritores. Porque estoy seguro de que ninguna de las novelas de esos autores vende más de seiscientos ejemplares. Más de ochocientos, pongamos para ser generosos. Y un negocio tan costoso y arriesgado como el de la edición de libros no se sostiene a largo plazo con esas cifras.

Lo que vi en esas presentaciones de la Feria del Libro y lo que oí también me hizo recordar este texto escrito por uno de mis ensayistas favoritos. Cambiando los nombres y exceptuando un par de ideas menores suscribo todo lo que plantea.

Los próximos diez años

Ésta es la época del año en que estallan las guerras y un vidrio roto entrega alevosamente el bosque al sol vengativo. Los incendios forestales ya han consumido miles de hectáreas del Var, y los combatimos encendiendo fuegos controlados que reducen una franja de terreno a cenizas antes de que el frente principal haya tenido tiempo de llegar. A su vez, es necesario aislar y extinguir estas llamas, prendiendo fuego a otras franjas más obedientes todavía, hasta que las últimas pavesas expiren en el jardín donde escribo.

Es la sobremesa de un día sofocante. El almuerzo ha consistido en una tortilla, vichy y melocotones. La mesa está a la sombra de un plátano, y un gramófono suena en la habitación contigua. Siempre procuro escribir por la tarde, pues corre suficiente sangre irlandesa por mis venas para que tema el temperamento irlandés. La forma literaria que éste adopta, conocida como el “crepúsculo celta”, consiste en una adicción a la melancolía y un uso exagerado de palabras, y los buenos escritores irlandeses exorcizan al demonio disciplinándose en una cultura extranjera y más rigurosa. Yeats traducía del grie­go, mientras que Joyce, Synge y George Moore huyeron a París. En cuanto a mí, el latín de Augusto y el inglés neoclásico me parecen los mejores correctivos, pero no siempre dan el resultado apetecido, y, si escribo cuando oscurece, las sombras del crepúsculo esparcen sus tonos purpúreos desde el principio hasta el fin de mi prosa. ¿Por qué no escribo enton­ces por la mañana? Lamentablemente, en mi caso, el tiempo productivo de la mañana suele ser insignificante, y resulta cu­rioso que, si bien no menosprecio a quienes se acuestan antes que yo, casi todos se impacientan conmigo porque no me le­vanto cuando ellos lo hacen. Es posible que una mañana llu­viosa esté trabajando en la cama y ellos no tengan nada que hacer, pero aun así no ocultarán sus sentimientos de superioridad e inquina.

Ahora bien, entre la mañana derrochada en la cama y la noche peligrosa median las horas de la tarde en las que canta la cigarra, tan preñadas de tedio, y de ellas dispongo ahora para examinar el problema que me obsesiona.

Los próximos diez años

1) ¿Qué le habrá ocurrido al mundo dentro de diez años?
2) ¿A mí? ¿A mis amigos?
3) ¿A los libros que escriben?

Sobre todo a los libros, pues, para decirlo de otra manera, tengo una sola ambición: escribir un libro que se mantenga vigente durante diez años. ¿Cuántos libros de hoy han dura­do tanto? Pongo diez años porque ése es el tiempo que llevo escribiendo sobre libros y porque puedo afirmar, y ésta es la advertencia más grave, que dentro de poco la escritura de li­bros, en especial obras de ficción que duren una década, será un arte extinto. Los libros contemporáneos no se mantienen. La calidad intrínseca que contribuye a su éxito es lo primero que desaparece; se alteran de la noche a la mañana. En consecuencia, es preciso buscar una calidad que mejore con el tiempo. La brevedad del éxito de un libro puede deberse a los lectores, pues periódicos, bibliotecas, sociedades literarias, radio y cine han viciado el arte de la lectura. Pero los libros en los que estoy pensando ya fueron leídos en otro tiempo y los lectores con discernimiento los consideraron buenos. No obstante, han tenido el mismo sino que los otros.

Describamos, por ejemplo, la literatura inglesa en 1928. Mencionaremos a Lawrence, Huxley, Moore, Joyce, Yeats, Virginia Woolf y Lytton Strachey. Si somos inteligentes, añadiremos a Eliot, Wyndham Lewis, Firbank y Norman Douglas, y si somos serios, a Maugham, Bennett, Shaw, Wells, Galsworthy y Kipling. De todos los autores, Strachey, Galsworthy, Heimett, Lawrence, Moore y Firbank han muerto y no están de moda. Es como si nunca hubieran existido. Supongamos que se descubrieran nuevos manuscritos, un Five Towns de Bennett, un Forsyte de Galsworthy, incluso otra novela de Lawrence: sería una pesadilla. Podemos achacar este prejuicio a una reacción natural que relega la obra de ayer en favor de la de hoy, pero en gran parte es anormal, porque a esos escritores se los alabó anormalmente cuando vivían. Desde la época de su auge, las reputaciones de Shaw, Joyce, Firbank, Huxley y muchos otros han declinado. De hecho, entre los escritores eminentes de hace diez años, sólo la fama de Eliot, Yeats, Maugham y Forster ha ido en aumento. Y de los jóvenes autores de hace diez años sólo unos pocos se mantienen en el candelero.

También yo estoy en un apuro, a saber, ¿cómo vivir otros diez años?

Vivir significa, sobre todo, mantenerse vivo. El apuro es económico. ¿Cómo ganar lo suficiente para comer? Sin embar­go, supongo que la mayoría de mis lectores se habrán adapta­do de algún modo a la situación actual, pues al fin y al cabo escribo para los burgueses como yo. No existe mayor placer para un escritor que el de llegar al público, y a nadie le de­sagrada el aislamiento más que a un artista, en especial a un artista difícil, pero debe llegar al público por medios rectos; si le halaga, si le grita, le ruega, le sermonea o le embauca aprovechándose de su confianza, tan sólo atraerá a los elemen­tos indignos, y son éstos los que, al cabo, le abandonarán. Mientras tanto, mi manera de escribir, así como las cosas so­bre las que me gusta hacerlo, no atraen a los miembros de la clase obrera, y tampoco puedo tenderles ningún puente has­ta que estén preparados para cruzarlo. Así pues, os saludo, mis educados semejantes burgueses, cuyos intereses y dudas com­parto.

Otra manera de mantenerte vivo es evitar que te maten, y aquí entramos en una cuestión política. Sólo existe una manera oficial de zafarte de tal posibilidad, la de no participar en la guerra, mas para ello es necesario evitar el papel del buen samaritano y pasar al otro lado dando un rodeo.

Para los idealistas, tener que prescindir de sus ideales y apoyar así una política cínica en la que no creen es una pos­tura humillante. En consecuencia, no puede decirse que per­manecen espiritualmente vivos, y esta necesidad de elegir en­tre los azares de la guerra, el exterminio físico y los peligros de una paz basada en la técnica del avestruz y el estancamiento espiritual, entre la muerte física y la moral, es otra situación difícil.

Puesto que en la actualidad nuestra expectativa de vida es tan insegura, la única manera de asegurarnos otros diez años es hacer una obra que sobreviva ese tiempo, pues la mejor obra estalla con un impacto retardado. Es el caso de E. M. Forster, quien sólo ha producido dos libros desde la última guerra, pero sigue vivo porque sus demás libros, publicados entre veinte y treinta años atrás, están ganando terreno entre los lectores inteligentes, y su polen fertiliza a una nueva genera­ción. Esto ocurre por varias razones, la primera de las cuales tal vez sea que las novelas de Forster exponen el conflicto general localizado en el conflicto político de hoy. Sus temas son el derribo de barreras: entre blancos y negros, entre cla­ses sociales, entre sexos, entre el arte y la vida. “Tan sólo unir...”, el lema de Howards End, podría ser la lección de toda su obra. Sus héroes y heroínas, con su autodisciplina, su afectividad, su horror a la simulación y a las falsas emociones, a la exclusividad intelectual en el plano moral, y a la propiedad, el dinero, la autoridad y los lazos sociales y familiares en el material, son los precursores de la juventud izquierdista de hoy, la cual puede utilizar a Forster como punto de partida en cualquier dirección que desee tomar. Así, la forma de parábola de las novelas forsterianas puede sobrevivir a la forma panfletaria de las obras teatrales de Shaw, a pesar de su vigoroso pensamiento, porque Forster es un artista y Shaw no lo es. Gran parte de su arte consiste en la llaneza de su escritura, pues está seguro de la verdad de sus convicciones y la fuerza de sus emociones. El escritor que no está tan seguro de lo que quiere decir o de lo que siente es el que tiende a escribir con un estilo recargado para ocultar su ignorancia o encontrarse inesperadamente con una respuesta. De manera similar, el novelista que tiene dificultades para crear personajes es el que se goza en una excelente escritura. Ese estilo nada enfático y llano de Forster hace que sus obras se relean con facilidad, pues no contienen nada de lo que uno pueda cansarse, excep­to desenvoltura. Pero hay otra razón por la que la obra de Forster conserva su frescura, y es que su estilo no ha sido imitado.

Lo que mata una reputación literaria es la inflación. La pro­paganda, publicidad y entusiasmo que un libro genera –en una palabra, su éxito– implican una reacción en su contra. El ele­mento de inflación en el éxito de un escritor, el grado hasta el que ha sido forzado, es algo que debe descontarse por depre­ciación. Uno puede engañar al público acerca de un libro, pero el público guardará un resentimiento proporcional a la insensatez de la obra. Al público se le puede embaucar deli­beradamente por medio de la propaganda y la publicidad, o puede engañarse por accidente, porque el escritor se ha engañado a sí mismo. Si echamos un vistazo a los suplementos literarios de la prensa dominical, vemos cómo se produce el embaucamiento del público, la inflación en activo. Una palabra como “genio” se usa tantas veces que finalmente la frase: “Jenkins tiene genio. ¡Cauliflower Ear es inmenso!” re­sulta cierta, pues el hombre es tan genial e inmenso como los demás escritores alabados en esas páginas. Las palabras se resienten, puesto que la inflación les ha hecho perder su signi­ficado. Al principio el público también se resiente, pero aca­ba por no hacer caso, y así es preciso extraer nuevas obras de su retiro y obligarlas a sugerir mérito. Con frecuencia el pú­blico se interesa por un libro porque, aunque malo, es tópico, su actualidad pasa por originalidad, sus ideas parecen impor­tantes porque están “en el aire”. The Bridge of San Luis Rey, Dusty Answer, Decline and Fall, Brave New World, The Postman Always Rings Twice, The Fountain, Good-bye, Mr. Chips son ejemplos de libros que han tenido un éxito desproporcionado a su mérito indudable, y ahora se produce una reacción desfavorable contra sus autores, porque el público excitable en demasía que ha leído esos libros ha sido engañado. Ningu­no de los autores esperaba que sus obras se convirtieran en best sellers, pero, sin que ellos lo supieran, dieron con la combinación química contemporánea de ilusión y desilusión que hace vender los libros.

Pero también puede darse el caso de que escriba un buen libro, que éste sea imitado y esas imitaciones tengan más éxito que el original, de manera que cuando pase la boga excesiva que han creado arrastren al buen libro con ellas. Esto es lo que le ha ocurrido a Hemingway, quien hizo ciertos descubrimientos de estilo puntillista que casi le han abocado al fracaso. Ese factor, sobre el que somos cada vez más suspicaces, depende tanto del estilo que, si bien la crítica tiende a explicar a un autor ya sea desde el ángulo de su experiencia sexual, ya desde el de su medio económico, sigo creyendo que esa técnica constituye el fundamento más firme para un diagnóstico; que es posible saber tanto sobre los ingresos de un autor y su vida sexual a partir de un párrafo suyo como de las matrices de su libro de cheques y sus cartas de amor, y que ese mismo párrafo también puede permitirnos saber lo bien que escribe y cuáles son sus influencias. Los críticos que ignoran el estilo están expuestos a englobar a buenos y malos escritores en apoyo de unas teorías preconcebidas.

Un experto debería ser capaz de decir cómo es una alfombra examinando una sola de las madejas usadas para tejerla, o una cosecha enjuagándose la boca con una copa de vino. Si lo aplicamos a la prosa, este método tiene una ventaja: un pasaje separado de su contexto queda aislado del resto del libro y no puede depender de la buena voluntad que el autor ha establecido diestramente con el lector. Este aspecto es importan­te, pues en todos los libros que han sido best sellers y luego han fracasado existe esa pericia comercial. El autor ha embau­cado al lector conquistando su voluntad al comienzo y estable­ciendo así una atmósfera favorable para hacerle aceptar su producto inferior: falsos sentimientos, mala escritura o situa­ciones irreales. Escribir un best seller es plantearse un proble­ma de seducción. Esa clase de libro es un timo. Dan al lector un cigarro, una copa de coñac y le piden que ponga los pies en alto y escuche. Entonces el autor le cuenta el relato. La atmósfera más favorable es una butaca en la platea de un teatro, y, en consecuencia, de todas las cosas que gozan del éxito contem­poráneo, la que lo obtiene con menos mérito es la obra teatral ordinaria.

Un gran escritor crea un mundo propio y sus lectores se enorgullecen de vivir en él. Un escritor inferior podrá atraer­los durante un momento determinado, pero muy pronto los verá marcharse en fila.

Oscurece ya, las ranas croan, los vencejos se ladean y silban sobre el terraplén y la noche va cargando de amenaza las ho­ras sesgadas durante las que se me puede confiar una pluma.


Lo fusilamos de: Cyril Connolly, “Enemigos de la promesa (1938)”, en Obra selecta, Barcelona, Lumen, 2005, pp. 39-46. Traducción de Jordi Fibla.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Frutos extraños, de Leila Guerriero


La primera parte de esta antología la componen dieciséis crónicas y perfiles de esos frutos extraños que a Leila Guerriero tanto le atraen: un mago que trabaja con un solo brazo, un gigante que conoció la gloria en las puertas de la NBA y ahora se muere de apatía en un pueblo de mierda, el batería con síndrome de Down de una banda de rock que hace música imposible, la dama encantadora que asesinó a sus amigas con tazas de té, la inmensa y terrorífica Patagonia... Y cuesta tanto pasar de una crónica a la siguiente. Cada una es el mundo. Cada una es una pieza notable de estilo, de investigación, de trabajo periodístico. Cada una es una muestra insidiosa de buena escritura, de realidad, de acercamiento responsable a esa realidad. De la rabia que nos da ese gigantón que iba a ser todo y no fue nada tenemos –tenemos– que pasar al relato de la niña que escondió su embarazo y cuando parió mató a su bebé. No es una asesina despiadada o bruta, es una señorita de provincias con una inocencia a prueba de las más duras pruebas: está en la cárcel pagando una condena larga larga, y pareciera que eso es secundario, pareciera para ella que está en la casa del Gran Hermano: “Uy, mirá qué lindo pajarito”; “Qué flaca que sos. ¿Qué talle tenés? Si tenés alguna ropita, ya sabés. A mí me encanta la ropa. ¿Vos ya desayunaste?” (p. 41). El Rey de la Carne, protagonista de otro perfil, tiene modales de mafioso, pero al tiempo, como cualquier Soprano, es padre dedicado y vecino atento a las necesidades de sus vecinos. Y de su retrato tenemos –tenemos– que pasar al retrato de un médico playboy que se hace pasar por Freddie Mercury. Es difícil.

La tercera parte contiene una suerte de manual de instrucciones: “Sobre el periodismo” comprende cuatro reflexiones donde la autora intenta explicar cómo hace lo que hace. Y allí encontramos pistas para saber por qué no odiamos del todo a ese ganadero terrateniente que se pasa semáforos en rojo y se da trompadas con algún contradictor, por qué Romina Tejerina, la niña que mató a su bebé, nos despierta no rabia, ni siquiera compasión, sino más bien ternura: “Me voy a poner porno: lo difícil no es entender que una víctima puede no ser monolíticamente un santo, sino entender que un dictador puede no ser monolíticamente un hijo de puta” (p. 402). Entendemos también por qué cada pieza de Leila Guerriero es sólida, potente, absoluta: “Cuando termino, después de muchos días y varias correcciones, releo y me hago estas preguntas: ¿tiene toda la información necesaria, las fechas son correctas, las fuentes están citadas, la cronología tiene saltos inentendibles, hay escenas estáticas intercaladas con otras de acción, fluye, entretiene, es eficaz, no tiene mesetas insufribles, hay descripciones, climas, silencios, tiene todos los datos duros que tiene que tener, hay equilibrio de voces y opiniones, hay palabras innecesarias, tics, autoplagios, comas mal puestas, faltas de ortografía, me esforcé por darle, a cada frase, la forma más interesante que pude encontrar?” (p. 406). Esta check list es el mapa de la estrategia de un escritor en su guerra contra el cliché.

La segunda parte, “Discusiones”, contiene cinco ensayos breves donde la autora controvierte costumbres que damos por beneficiosas o que deben estar bien –y debemos aceptar– por corrientes: contra los guardianes de la salud, contra las chicas Cosmo, contra los city tours y la última es a favor de decir no. Y estos textos breves tienen tanto músculo como cualquiera otra pieza de esta autora, una artesana del lenguaje, de la idea brillante, de la investigación obsesiva, de la fortaleza textual: “Erradicadas las pestes más o menos peores, la clase media occidental ha salido a buscar nuevos peligros, y los ha encontrado: carnes rojas, baños de sol” (p. 320), dice en “Enfermos de salud. Diatribas contra los guerreros del mijo”. Y sigue: “Se multiplican los fundamentalistas del té verde, la japonesidad y los cereales” (p. 320). Increíble, me parece a mí, que con una palabra inventada por la autora comprendamos el montón de cosas que quiere decir. En “Contra los city tours”, en el primer párrafo le dice a un taxista que la lleve al mercado de Sonora, y el conductor no lo puede creer. Cuando al fin la lleva y ella pasea por ahí “entendí el espanto del taxista: mi paseo por Sonora era una afrenta. ¿Con qué derecho le miraba yo así los calzones a México? ¿Por qué no me contentaba con ser una turista decente?”. Ella misma lo dice más adelante: “Las ciudades existen más allá de sus lugares comunes”. Y estas frases afortunadas (o digámoslo de una vez: estos aforismos) están casi en cada página de las más de cuatrocientas de este libro.

En medio de todo el entusiasmo que despertó el año pasado la publicación en español de Vida y destino, de Vasili Grossman, uno de los tantos comentarios que leí decía que era una fortuna rara y bella leer un clásico en el momento de su aparición. Pues bien, acá tenemos otro caso.


Leila Guerriero, Frutos extraños. Crónicas reunidas 2001-2008, Bogotá, Aguilar, 2009, 414 páginas.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Fusilado: Walt Whitman


La imagen que nos queda de Whitman –a quienes todavía nos suena para algo o nos interesa el poeta americano nacido en 1819– es la de un anciano venerable retirado del mundo, ocioso o más bien, si somos condescendientes, dedicado a la contemplación. Pero no: antes de su retiro Whitman fue un trabajador infatigable, toda vez que desde adolescente tuvo que mantenerse por su cuenta. Fatigó incontables oficinas, fue carpintero y constructor de casas, trabajó en imprentas y periódicos, y hasta cuidó heridos en hospitales.
Al final de sus días quizá si fuera un anciano dedicado a la contemplación: había quedado casi impedido después del ataque que sufrió a los 53 años y que motivó su retiro definitivo en Camden, Nueva Jersey. Allá lo visitaba casi a diario su joven amigo Horace Traubel, quien acostumbraba apuntar lo que decía Whitman. Esas frases fueron después recopiladas en cinco tomos con el título Walt Whitman in Camden. El poeta venezolano Rafael Cadenas tradujo, presentó y seleccionó de allí, y de otro par de fuentes, algunas para la Revista Universidad de Antioquia; de la selección de Cadenas hice una para los lectores de El ojo en la paja, que fusilo abajo.

El poeta murió y fue enterrado en Camden, en 1892. Su amigo Horace lo siguió en 1919 y fue enterrado cerca.

Whitman Oral (fragmento)


Todo el mundo está escribiendo, escribiendo, escribiendo, y lo que es peor, escribiendo poesía. Sería mejor si toda la tribu de los escribidores –cada uno de nosotros– fuera enviada a cualquier parte a realizar un trabajo honesto.

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Siempre tomo lo que viene: patadas, bendiciones, cualquier cosa.

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¡Sea natural, sea natural, sea natural! Sea un tonto completo, sea sabio si tiene que serlo (si no puede evitarlo), sea cualquier cosa pero sea natural: casi cualquier escritor que esté dispuesto a ser él mismo, llegará a valer algo –porque todos valemos algo, casi lo mismo, en el fondo–. El problema es principalmente que los escritores dejan de ser hombres: los escritores reflejan escritores, y nuevamente los escritores reflejan escritores, hasta que el hombre se agota, se acaba.

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Cuando veo con cuánto empeño se esfuerza la gente en decir cosas brillantes o ingeniosas, me parece conveniente recordarle de vez en cuando los simples hechos –los simples divinos hechos.

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A medida que envejezco veo cada vez más la futilidad de hacer cálculos. Rehúso tener ilusiones. Trato de no adquirir el hábito de esperar ciertas cosas en ciertos momentos, de planear para mañanas, los eternos mañanas que nunca llegan como lo dispusimos.

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... todavía le digo al ejército de los ilegibles: por el amor de Dios, hagan lo que puedan para escribir de modo que podamos obtener al menos algunos indicios sobre lo que ustedes tratan de decir.

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No conozco nada a lo que dé tan poca importancia como a palabras bonitas, pensamientos bonitos, porcelana bonita, arreglos bonitos.

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... La vida americana: cada hombre tratando de derrotar a otro, abandonando modestia, abandonando honestidad, abandonando generosidad para lograrlo, creando una guerra, cada hombre contra cada hombre; todo el desgraciado asunto falsamente afinado por ideales de dinero, política de dinero, religiones de dinero, hombres de dinero.

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Que Dios proteja nuestras libertades cuando el dinero tenga finalmente nuestras instituciones en sus garras.

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Tener éxito es una nueva experiencia: parece que siempre sé qué hacer con el fracaso, pero el éxito es un enigma para mí.

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La gente habla a menudo de mí como si yo fuera muy nuevo –original–. Soy en realidad muy viejo así como muy nuevo. Vengo no tanto a anunciar cosas nuevas como a recobrar la correcta perspectiva sobre cosas viejas. Soy muy llano, casero, fácil de conocer, si se me capta bien. Hace tres o cuatro años les hablé a algunos jóvenes soldados en Brooklyn. Comencé diciéndoles que no venía a revelarles cosas nuevas, sino a hablar de aquellas cosas particulares que todos ellos sabían. Cuando veo cuán endiabladamente se esfuerza todo el mundo en decir cosas brillantes, me parece bien llamar la atención hacia los simples hechos –los simples, divinos hechos– de vez en cuando.

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Me gusta interrogar (cross-examine) pero no me gusta ser interrogado.

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La respetabilidad no tiene buena opinión de mí. Supongo que el rechazo es mutuo.

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Nada encuentro en la literatura que sea valioso simplemente por su cualidad profesional: la literatura sólo es valiosa en la medida de la pasión –la sangre y el músculo– de que está investida, la cual yace oculta y activa en ella.

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Los cuentistas, por lo general, no me atraen... ¿Qué puede uno sacar de ellos? ¿Cuál es su futura significación? ¿Tienen alguna? ¿No llegan y se van? ¿No se agitan apenas sobre la superficie, mariposean alrededor en frágiles recipientes literarios por un rato y luego se despiden con una inclinación?

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Yo no reviso demasiado mis revisiones, no pulo; no considero esencialmente importante desarrollar especiales saberes técnicos. Estudiar para la recitación es principalmente asunto técnico, tiende a la reacción, fomenta el formalismo. Me mantengo tan lejos como puedo de la pura mecánica de la composición.

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Dudo que sea factible la fotografía en color. ¿Cómo podrá lograrse alguna vez? Parece que hay dificultades técnicas insuperables en el camino. Sin embargo, ¿cómo podemos dudar de algo en esta época?

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Después de todo, si alguien ha de escribir poesía el secreto es entrar en contacto con la humanidad, saber qué está pensando la gente, retirarse hacia las fuentes más profundas de la vida, atrás, atrás, hasta que no haya más adonde retirarse.

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Nunca memorizo poemas: se interpondrían en mi camino.

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El ascetismo es siempre obsceno para mí.

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Mi mente es lenta, nunca se atropella.

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Estoy a favor de la agitación, agitación, agitación y agitación: sin el cuestionador, el agitador, el perturbador que golpeen nuestra complacencia, nos encontraríamos de veras en una linda situación.

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... de todas maneras, los mejores hombres sencillos son siempre los mejores hombres –si es que existe en absoluto eso de mejor o el mejor entre los hombres–. La gente cultivada, la gente de buenos modales, la gente bien vestida, esa gente siempre parece cocinada un poquito más de lo necesario, dañada por el acabado.

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¡Y qué tribu es la tribu de los correctores de pruebas! Creo que algunos hombres, algunos escritores, deben gran parte de su reputación a la excelencia de sus correctores de pruebas, a su vigilancia, a su consejo. ¿Quién puede hacerles justicia a los listos, agudos intelectos de los hombres de este linaje, su considerada paciencia, el gran alcance de su visión? Se les concede poco crédito, son desdeñados, no se les da importancia, se les endilgan argucias. Durante veinte años he tenido más o menos en mente decir mi palabra –decir lo que sé sobre los correctores de pruebas; es una deuda que he debido pagar hace tiempo.

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... hay momentos en que la casa no se puede reparar más, sino que exige ser demolida.

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Puede haber razones para apresurarse, pero de todas maneras no soy un acelerado. Aunque estuviera quemándose la casa no podría apresurarme.

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No siempre se nos dan palmadas en la espalda; algunas veces se nos patea en el trasero, y puede que las patadas hagan tanto bien como las palmadas.

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Un escritor no puede hacer nada más necesario, más satisfactorio por los hombres que revelarles las infinitas posibilidades de sus propias almas.

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Entiendo que hay cualidades, fuerzas latentes en todos los hombres que necesitan ser sacudidas para que cobren vida. Sacudir, esa es la función del escritor.

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Citar es algo que puede convertirse en enfermedad.

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... odio las comas mal puestas.

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La mayoría de obras de arte cansan. Sólo las Grandes Obras Maestras no cansan nunca y nunca deslumbran al comienzo.

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La originalidad debe ser del espíritu y mostrarse en nuevas combinaciones y nuevos significados y en descubrir la grandeza y armonía donde no se pensaba que había grandeza. El estilo debe ser cuidadosamente purgado de cualquier cosa impresionante, deslumbradora u ornamental, y rigurosamente distanciado de todo lo que es excéntrico.

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No puede haber ningún carácter grande y sublime sin pasar previamente por el pecado.
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¿Cuando usted escribe, recibe consejo de alguien acerca del escribir? No lo haga: nada lo confundirá más que el consejo. Si alguien quiere mantenerse claro acerca de sí mismo debe ante todo hacer el gran juramento de que nunca tomará ningún consejo.


Lo fusilamos de: “Whitman oral”, traducción y presentación de Rafael Cadenas, Revista Universidad de Antioquia, n° 244, abril-junio de 1996, pp. 33-39.


domingo, 9 de agosto de 2009

Esenciales colombianos 1: Cóndores no entierran todos los días



Para graduarse como licenciado en Letras, en 1970 Gustavo Álvarez Gardeazábal presentó la monografía La novelística de la violencia en Colombia, en la que revisaba 30 novelas sobre la época de La Violencia publicadas entre 1951 y 1970. Allí expuso algunas carencias de la novela colombiana en ese período, y señaló algunas líneas que debería seguir: superar el complejo María-Vorágine, esto es, desmarcarse de los alcances estéticos de la novela decimonónica; abandonar su tendencia panfletaria; dosificar la información; buscar la tensión argumentativa; usar una prosa fluida, con un manejo fino de la adjetivación, las simbologías, las metáforas; presentar personajes homogéneos y verosímiles... Como si fuera parte del mismo programa, al año siguiente publicó la novela Cóndores no entierran todos los días, donde aplicó todos estos principios con suficiencia, como el escritor profesional que estaba comenzando a ser. No sé qué calificación obtuvo en su monografía; en esta otra parte de su empeño yo le pongo casi la máxima nota, digamos un 4,8.

Esta novela se abre con una palabra mágica para el autor y para la peripecia, “Tuluá”, en vísperas a la solución radical a un problema. Uso “se abre” en lugar de “comienza” no por casualidad: toda la trama se va abriendo para el lector de sabia manera dosificada: va conociendo personajes poco a poco, va mirando el lugar parte por parte como un recién llegado, va conociendo piano piano detalles de la circunstancia que vive ese pueblo desde años atrás. No hay mayores descripciones del lugar, apenas de unas cuantas calles significativas para los acontecimientos. Y no se necesitan, tampoco: Tuluá es la condensación de Colombia entera a finales de la década del cuarenta y toda la del cincuenta: “La disculpa fueron los muertos que bajaban todas las noches por el Cauca. El Siglo dijo que eran conservadores y El Tiempo que eran liberales, pero en La Virginia, donde los atajaban con la barriga a reventar, la cara mordisqueada por los peces y las extremidades casi siempre quebradas a palo, ninguno de los muertos llevaba papeles de identidad y como resultaba tan embarazoso cargar con esas pestilencias, apenas los sacaban los enterraban en la fila de los que como NN crecieron tantos cementerios de Colombia” (p. 58).

Y toda esa circunstancia se va conociendo a través del monólogo del narrador, que suena a una conversación de señoras en el atrio de la iglesia, cuando una que ha permanecido siempre en el pueblo le cuenta a otra que estuvo fuera diez años lo que ha pasado en ese tiempo. Todas las microhistorias se encadenan no en orden cronológico, sino que, como en la conversación, se van abriendo ventanas: un datico sirve para hablar de fulano, una esquina donde pasó algo lleva a la historia de algún otro personaje o lugar, aquella tarde cuando pasó esto fue también cuando... Y siempre en el centro, en todas esas anécdotas de miedo y crueldad, León María Lozano, conservador intachable, devoto, todos los días temprano primero en la iglesia de los salesianos y después en su puesto de quesos en la galería, hasta que se convierte en el líder de una banda paramilitar que arrasó con cualquier indicio liberal primero en Tuluá y después en todo el Valle del Cauca: “Desde la mesa del rincón al lado de los billares León María Lozano manejó con el dedo meñique a todo el Valle y se tornó en el jefe de un ejército de enruanados mal encarados, sin disciplina distinta de la del aguardiente, motorizados y con el único ideal de acabar con cuanta célula liberal encontraban en su camino” (p. 82).

En su ensayo “La presencia de la política nacional en la vida provinciana, pueblerina y rural de Colombia” Malcolm Deas se hacía varias preguntas, entre ellas, “¿Qué sabemos de la política del analfabeto?”. Pues bien, acá, en esta novela, está la respuesta. Habitantes rudimentarios con opiniones políticas ídem, sectarias y siempre heredadas. No hay razón para ser liberal o conservador, se es de uno u otro partido (la palabra más precisa sería bando) por tradición y herencia, y no se oyen razones en contrario. De ese fervor se desprende también un odio ciego hacia el de la otra colectividad. León María Lozano sólo lee El Siglo y sólo oye La Voz Católica, “lo estrictamente indispensable para ser un buen conservador [...] lo que no entendía lo desechaba sin preguntar. Difícil para asimilar lo que leía” (p. 52).

Y esta historia de un bruto al mando de una región está expuesta siguiendo unos principios estéticos que había identificado el autor un año atrás. Una reflexión así de juiciosa, una etapa de preescritura tan ajustada da como resultado, casi siempre, una obra literaria coherente, sólida. Como ésta. Empezando por su lenguaje lustroso, económico aunque sin despreciar cierto lirismo, como cuando leemos que León María alcanza a oír “en el silencio profundo que los pueblos escogen como decoración todos los domingos, el trote acelerado de una bestia” (p. 18). Siguiendo por su estructura, que no sigue una línea cronológica, lo cual le permite hacer anuncios, soltar indicios, que están allí para mantener al lector pegado a la página. Y terminando con la propia anécdota, que retrata tan bien como pocas novelas de la época esa historia de Colombia que todavía nos acompaña, ya no con las etiquetas “liberal” y “conservador” sino con otras: “paracos” y “guerrillos” o... (complete aquí la categoría que prefiera). Y para la muestra una crónica reciente de Alberto Salcedo Ramos. Con la invitación a leerla termino este comentario.


Gustavo Álvarez Gardeazábal, Cóndores no entierran todos los días, Bogotá, El Áncora, 1994, 144 páginas.