jueves, 17 de septiembre de 2009

Devaneos. ¿En qué Planeta vivimos?


Este escritor lleva dos, tres novelas publicadas. Su nombre también aparece en la tapa de un par de libros de no ficción: de pronto una selección de columnas que ha firmado en la prensa de su país –es periodista o, al menos, columnista, con seguidores y detractores como todos ellos–, quizá la biografía de un personaje histórico. Se le ve en las páginas sociales de las revistas de actualidad y en algún noticiero dando su opinión sobre este o aquel tema, su nombre y dos apellidos están en las tarjetas que anuncian eventos donde unos señores hablan allá en una mesa sobre cualquier asunto y al final se ofrece vinito y canapés a los asistentes. Digamos, para resumir, que este escritor tiene cierto peso y presencia en la vida intelectual de su país. En este momento escribe frente a su portátil. Una columna, un reportaje, le da vueltas al personaje de la novela que prepara desde hace cuatro meses. Suena el teléfono y después de cinco timbrazos, incómodo porque le cortaron el hilo de su concentración, toma el aparato.
–¿Aló?
–¿Zutano?
–Sí.
–¿Está sentado?
–Sí, ¿qué pasó?
–Hombre, que se acaba de ganar el premio Planeta.
–¿Cuál de todos?


La anterior es una caricatura, pero está inspirada en la cantidad de nombres que venimos escuchando de unos años para acá como portadores de un galardón con el apellido Planeta. Para poner el foco apenas en los más recientes, el año pasado leímos que Fernando Quiroz fue finalista de un premio Planeta, y unos meses después que el español Fernando Savater se ganó otro premio Planeta. En mayo pasado apareció el nombre de Ángela Becerra al lado del titular “ganadora del premio Planeta”, y luego supimos que la española Susana Fortes con su novela Esperando a Robert Capa se había ganado el premio Fernando Lara, que entrega el Grupo Planeta. Toca entonces leer la letra menuda, y es ahí cuando nos encontramos con una galaxia de premios: el premio Planeta de periodismo, el Planeta Casamérica (en el que quedó de finalista Quiroz y se ganó Becerra este año), el Planeta a secas, que es el gordo, el que entrega casi un millón de euros y que se ganó este año Savater. Entre otros.

Es que desde sus comienzos la editorial española lo ha tenido muy claro respecto a los premios. Su fundador, José Manuel Lara Hernández, dijo en 1966: “Sin premio, un autor español no vende, por lo común, más de dos o tres mil ejemplares. Con los premios se llega a decenas de miles, así que no puede dudarse ante la alternativa”. Su hijo, José Manuel Lara Bosch, fue aún más categórico en una entrevista concedida a Sergio Vila-Sanjuán en 2002, para el libro Pasando página: “Nosotros somos fanáticos de los premios porque creemos que ayudan enormemente a la imagen y la difusión de la marca Planeta y porque representan la mejor manera de promocionar un libro. La inversión publicitaria se multiplica por cien cuando hay un premio de por medio. Y además, nos permiten crear noticias permanentemente”. Un premio genera noticias, no hay duda alguna. Y las noticias generan ventas. Es así que este tipo de premios, más que reconocer la calidad de una obra literaria, da visibilidad a ésta, a su autor y a la editorial, con lo cual más público –sobre todo el no especializado– adquiere el libro y, quizá, lo lea.

Ahora el grupo español con fuerte presencia en Colombia ha creado otro premio, el Planeta Bicentenario, que busca honrar “al autor de un libro que trate este tema histórico”, según el comunicado de prensa. Recibí este comunicado, que anunciaba la creación del premio, el 24 de julio, y el 31 de ese mismo mes recibí otro donde se informaba que el premio Planeta Bicentenario había sido concedido, voilá, a Mauricio Vargas Linares por su novela El mariscal que vivió de prisa, dedicada a la vida de José Antonio Sucre.

No voy a discutir por ahora las fortalezas de esta novela –si las tiene– ni sus agujeros estéticos o históricos –si los tiene– por la pedestre razón de que no la he leído. En el reciente Festival Malpensante quedó en claro, al menos, que la investigación de Vargas Linares fue exhaustiva y juiciosa. Ya veremos: ahí la tengo en mi mesita de novedades particular esperando una lectura. Pero el premio y sus métodos sí me generan varias piquiñas, que traduzco en estas preguntas: ¿quiénes fueron los jurados? ¿Dónde salieron las bases de la convocatoria? ¿Hubo convocatoria? Además de tratar el tema del Bicentenario, ¿qué otras características debe tener esa obra para apuntarle al premio? ¿Cómo fue el proceso de deliberación, si a los ocho días –hágame el favor– de anunciar la creación del premio se anunció al ganador? ¿Qué otras novelas se consideraron? Y ya que estamos en plan chismoso, ¿cuál es el monto del premio?

Está bien que cada editorial diseñe como le salga de sus entendederas las estrategias para promocionar sus libros: unas disfrazan de vampiritos a unos muchachos y los ponen a rondar por las librerías de los centros comerciales; las de más allá mandan a hacer muñecos tamaño natural de sus autores más representativos... se trata de empresas privadas y autónomas. Pero la estrategia de conceder premios a diestra y siniestra (léase a dedo, de una mano y otra) confunde y es una manera fea de manipular a los lectores, quienes tienden a considerar que los premios literarios se otorgan a una obra por su calidad, y lo más seguro es que ignoren que se trata de una estrategia para “posicionar la marca”. Y así, me parece a mí, no se vale.


Nota: una versión ligeramente distinta y más corta de esta nota apareció en la edición 100 de la revista El Malpensante.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Fusilado: Joe Brainard


Brainard mostró su talento artístico desde muy niño: en Tulsa, Oklahoma, ganó todos los concursos de arte colegiales en los que se inscribió, y además diseñaba los vestidos de su madre. A los 16 conoció a los que serían sus mejores amigos el resto de su vida, los poetas Ron Padgett y Ted Barrigan, y Patricia Mitchell. Vivió en Nueva York durante dos años, entre el 61 y el 62, y pasó meses vendiendo su sangre para comer. Brainard se acuerda de eso en este libro. Regresó a esa ciudad en el 63 y ya no se movería de allí hasta su muerte en 1994. Allí desarrolló la mayor parte de sus pinturas, ensamblajes y collages que lo harían famoso.

Dejo esta breve introducción con las palabras de Paul Auster que aparecen en la contraportada de este hermoso libro: “Me acuerdo es una obra maestra. Los libros supuestamente más importantes de nuestro tiempo serán olvidados uno tras otro, pero la pequeña y modesta joya de Joe Brainard perdurará. Con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo. Me acuerdo es a la vez increíblemente divertido y profundamente conmovedor. Además, es uno de los pocos libros completamente originales que he leído”. Difícil escoger algunas frases, porque todas son hermosas. En fin, acá dejo mi selección.



Me acuerdo (fragmento)

Me acuerdo de cuando la polio era la cosa más terrible del mundo.

Me acuerdo de lo bien que puede saber un vaso de agua después de un tazón de helado.

Me acuerdo de la primera vez que vi la televisión. Lucille Ball estaba yendo a una clase de ballet.

Me acuerdo de un profesor de historia que siempre estaba amenazándonos con tirarse por la ventana si no nos callábamos. (Desde una segunda planta.)

Me acuerdo de que una vez me llené la cara de arañazos con mis propias uñas para que la gente me preguntara qué me había pasado, y yo les contase que había sido un gato y ellos, claro está, sabrían que no había sido un gato.

Me acuerdo de los disfraces de india nativa.

Me acuerdo del hit parade.

Me acuerdo de cuando trabajaba en una tienda de antigüedades y cosas de segunda mano: vendía todo más barato de lo que tenía que venderlo.

Me acuerdo de que cuando vivía en Boston me leí todas las novelas de Dostoievski una detrás de otra.

Me acuerdo de haber pensado en arrancar la página 48 de todos los libros que leyese en la biblioteca pública de Boston, pero perdí pronto el interés.

Me acuerdo de mi abuelo, que no creía en los médicos. No trabajaba porque tenía un tumor. Se pasaba el día jugando a las cartas. También escribía poemas. Tenía las uñas de los pies largas y feas. Hacía todo lo posible por no mirarle los pies.

Me acuerdo del hígado.

Me acuerdo de Liberace.

Me acuerdo de los mocasines con borlas de Liberace.

Me acuerdo de los cuellos de las camisas subidos por la nuca.

Me acuerdo de muchos septiembres.

Me acuerdo de cuando me llamaron a filas y tuve que ir al centro a hacerme el reconocimiento psíquico. Era muy temprano. Me comí un huevo para desayunar y noté cómo se asentaba en mi estómago. Después de pasar lista me mandaron ponerme en una cola distinta a la que estaba la mayoría de los chicos. (Llevaba el pelo muy largo, cosa que por entonces era más rara que ahora.) La cola en la que estaba resultó ser la cola para ver al médico de la cabeza. (De todas formas, iba a pedir verlo.) El médico me preguntó si era gay y le respondí que sí. Después me preguntó que qué experiencias homosexuales había tenido y le dije que ninguna. (Era verdad.) Y me creyó. No tuve ni que quitarme la ropa.

Me acuerdo de mi primera experiencia sexual en el metro. Había un tipo (me daba miedo mirarlo) que estaba empalmado y no dejaba de rozarse contra mi brazo. Me excité bastante y al llegar mi parada me bajé y me fui corriendo a casa, donde intenté hacer un óleo con mi pene a modo de pincel.

Me acuerdo de un chico con el que hice el amor una vez y de que cuando terminamos me preguntó si yo creía en Dios.

Me acuerdo de cuando creía que nada que fuese viejo podía tener valor.

Me acuerdo de un trabajo que tuve limpiando el piso de un anciano que había muerto. Entre sus pertenencias había una vieja foto de un joven desnudo prendida a unos calzoncillos de joven. Había sido director del coro de una iglesia durante años. No tenía familia ni parientes.

Me acuerdo de un niño muy pobre que tenía que ponerse las blusas de su hermana para ir al colegio.

Me acuerdo del tafetán. Y de cómo sonaba.

Me acuerdo de las rosas de papel crepé. Y de los calendarios viejos. Y de las boñigas de vaca.

Me acuerdo de que siempre perdía un solo guante.

Me acuerdo de los lecheros. De los carteros. De las toallas para invitados. De los felpudos de “Bienvenidos”. Y de las señoras de Avon.

Me acuerdo de la silla detrás de la que solía pegar mocos.

Me acuerdo del baño de los sábados por la noche y de los cómics del domingo por la mañana.

Me acuerdo de unos ceniceros que eran como una especie de bolsita rellena de semillas y que no se volcaban en superficies irregulares.

Me acuerdo de la gente muy mayor cuando yo era muy joven. Sus casas olían raro.

Me acuerdo de las tizas.

Me acuerdo de cuando las pizarras verdes eran algo novedoso.

Me acuerdo de un chico. Trabajaba en una tienda. Me gasté una fortuna comprándole cosas que no quería. Luego, un día, ya no estaba allí.

Me acuerdo de fantasear con morir y con lo triste que estaría todo el mundo.

Me acuerdo de fantasear con suicidarme y con la carta que dejaría.

Me acuerdo del sonido de cuando venía el de los helados.

Me acuerdo de “Los maricas no saben silbar”.

Me acuerdo de los días lluviosos a través de la ventana.

Me acuerdo de un niño que tenía un padre que no era partidario de los bailes ni de la natación mixta.

Me acuerdo de cuando la Pepsi-Cola estaba con un pie en la tumba.

Me acuerdo de que las cerezas eran muy caras.

Me acuerdo de que mi padre se rascaba las pelotas un montón.

Me acuerdo de lo chica que se te queda la polla cuando te quitas un bañador mojado.

Me acuerdo de evitar mirar a los lisiados.

Me acuerdo de “Eso lo hace hasta un niño”.

Me acuerdo de la primera vez que me vi con bermudas en un espejo de cuerpo entero. No he vuelto a ponérmelas.

Me acuerdo de las noches en los autobuses Greyhound.

Me acuerdo de preguntarme qué estará pensando el conductor.

Me acuerdo de las iglesias modernas, tan pequeñas y feas.

Me acuerdo de lo excitante que es ver fugazmente un cuerpo desnudo en una ventana, aunque en realidad no hayas visto nada.

Me acuerdo de reordenar las cajas de caramelos para que no pareciese que faltaban tantos.

Me acuerdo de que me preguntaba por qué, si Jesús podía curar a los enfermos, no curaba a todos los enfermos.

Me acuerdo de las cadenas de mensajes.

Me acuerdo del papel parafinado.

Me acuerdo de esa pequeña sacudida que das justo antes de quedarte dormido. Como cayéndote.
Me acuerdo de haber intentado chupármela una vez, pero no llegó a funcionar.

Me acuerdo de reflexionar sobre si se debe o no se debe matar una mosca.

Me acuerdo de lo aburridos que eran los noticiarios.

Me acuerdo más de tener canicas que de jugar a las canicas.

Me acuerdo de mi padre intentando quitarme astillas de la mano con una aguja.

Me acuerdo de las llaves de los patines.

Me acuerdo de buscar tréboles de cuatro hojas. Aunque no mucho rato.

Me acuerdo de que me daba vergüenza sonarme la nariz en público.

Me acuerdo de “popó” y “pipí”.

Me acuerdo de que me prohibía a mí mismo comer chucherías antes de que empezase la película.
Me acuerdo de que esas sandalias y esas faldas cortas me parecían poco prácticas para ir a la guerra.

Me acuerdo de las sombras de pies por debajo de la rendija de la puerta. Y de primeros planos de pomos girando.

Me acuerdo de las viñetas cómicas de “recién casados”.

Me acuerdo de caras bonitas que no se mueven.

Me acuerdo de volver del colegio pisando las hojas acumuladas a lo largo del bordillo.

Me acuerdo de que los primeros regalos los abría muy rápido y los últimos muy despacio.

Me acuerdo de lo vacío que podía llegar a ser el día de Navidad una vez que habías abierto todos los regalos.

Me acuerdo de que creí haber inventado algo realmente genial cuando se me ocurrió echarles zumo de naranja a los cereales en vez de leche pero cuando los probé estaban asquerosos.

Me acuerdo de que me encantaba la masa de galletas cruda.

Me acuerdo de ponerme bolitas de mercurio en la palma de la mano, y de abrillantar centavos con ellas.

Me acuerdo de un niño que me dijo que era más divertido mear con alguien que solo, y así lo hicimos, y era verdad.

Me acuerdo de mirar muy de cerca el algodón de feria y de ver que estaba hecho de granitos rojos.

Me acuerdo de ese trozo de carne blanca que se ve ente el dobladillo de los pantalones y los calcetines cuando los hombres mayores cruzan las piernas.

Me acuerdo de un hombre gordo que vendía seguros. Un caluroso día de verano fuimos a visitarle y llevaba puestos unos pantalones cortos y cuando se sentó se le salió un huevo. Me acuerdo de que era igual de difícil mirarlo que no mirarlo.

Me acuerdo de preguntarme si tenía “pinta de gay”.

Me acuerdo de que las ollas a presión no me inspiraban mucha confianza.

Me acuerdo de la cara de mi madre cubierta de mascarilla.

Me acuerdo de que no podía entender cómo la gente muy fea o deforme podía soportarlo.

Me acuerdo de una chica rechoncha con el pelo largo y las orejas perforadas y unas tetas gigantes de la que se decía que era un polvo fácil.

Me acuerdo de que tenía que ir a pelarme cada dos sábados. Y de que el barbero siempre estaba haciendo sonar las tijeras, hasta cuando no estaba cortando nada.

Me acuerdo de los envoltorios ruidosos de caramelos justo cuando no quieres hacer ruido.

Me acuerdo de ponerme mi mejor ropa para ir a comprar ropa nueva.

Me acuerdo de los lápices amarillos del número 2 con la goma rosa.

Me acuerdo de algunos maestros que te dejaban ir a sacarle punta al lápiz sin tener que preguntar.

Me acuerdo de los pequeños lunares blancos de las uñas.

Me acuerdo de las sábanas frías en invierno.

Me acuerdo de ir por la calle intentando no pisar las rayas.

Me acuerdo de encontrar en ese cajón cosas que no tenía que encontrar, ocultas entre las medias.
Me acuerdo de la forma que tiene de plegársete sobre el dedo una mano de bebé, como si fuese para siempre.


Lo fusilamos de: Joe Brainard, Me acuerdo, México, Sexto Piso, 2009, 146 páginas. Traducción de Julia Osuna Aguilar. Gracias a Mario Jursich por pasarme este librito inolvidable.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Hiroshima, de John Hersey


Quienes han estudiado el fenómeno de Hiroshima –del artículo periodístico, no el de la bomba atómica que barrió la ciudad el 6 de agosto de 1945– cuentan que la cosa fue más o menos así: en diciembre de ese año se reunieron William Shawn, editor general de la revista The New Yorker, y John Hersey, corresponsal de la revista Time en Oriente, y hablaron, por supuesto, de la bomba y su cubrimiento periodístico. A Shawn le inquietaba que dentro del océano de datos, balances, discursos y revisiones éticas se hubiera tratado tan poco de primera mano el aspecto humano del evento, y ambos barajaron la posibilidad de que Hersey escribiera con ese enfoque un artículo para la sofisticada revista neoyorquina. En marzo Hersey recibió un cable de Shawn autorizándolo para que fuera a Hiroshima, investigara y escribiera el artículo, que debía estar listo para agosto, mes del aniversario de la bomba. El periodista llegó a la ciudad japonesa en mayo, adelantó un extenuante trabajo de investigación durante tres semanas y en junio se sentó a escribir. La primera semana de agosto entregó a Shawn un manuscrito de 150 páginas, alrededor de 31 mil palabras, para que fuera publicado en cuatro entregas en The New Yorker.

Cada entrega tenía una introducción independiente. Pero a Shawn le pareció que estas entradas rompían la cuerda dramática del reportaje, por lo que sugirió publicarlo en una sola entrega de la revista. Harold Ross, su fundador y director, se tomó una semana para pensar en la propuesta de Shawn, y al final accedió. Dentro del mayor sigilo se encerraron los tres a trabajar en el manuscrito, frase por frase. No recibieron llamadas ni se ocuparon de nada más durante largos días. Los autores que esperaban respuesta por sus manuscritos desesperaban con llamadas, pero nadie en la revista les daba razón porque nadie sabía qué estaba pasando. En la edición del 31 de agosto de 1946, con una portada que no indicaba absolutamente nada sobre su contenido (el dibujo primitivista de un parque urbano) y después de la programación teatral de la ciudad, Hiroshima, de John Hersey, ocupó toda la extensión de The New Yorker. La introducción es imborrable, y la quiero transcribir completa:

Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señora Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mismo instante, el doctor Masakazu Fujii se acomodaba con las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, estaba recostado –en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que tenía la misión de su orden–, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hospital de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wassermann, y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, suburbio occidental de la ciudad, y se preparaba para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29, que, según suponían todos, pronto sufriría Hiroshima. La bomba atómica mató a cien mil personas, y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad –un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro– que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada.

La revista circulaba en esa época alrededor de 300 mil ejemplares y tenía un precio en la tapa de quince centavos. A las pocas horas se agotó y ejemplares se vendían por la calle a quince y veinte dólares. Otras revistas la reseñaron como si fuera un libro, algo inusual, y emisoras de radio en Estados Unidos y Europa leyeron en su totalidad el contenido. Algo así como un mes y medio después Alfred A. Knopf publicó el reportaje como libro, y desde entonces no se ha dejado de reeditar, de leer y de estudiar en academias de periodismo americanas. Por eso es raro que con semejante impacto y con ese contenido el libro haya circulado tan poco en el ámbito castellano. En un ensayo muy bello sobre el trabajo de traducción y aspectos relativos a la bomba, Juan Gabriel Vásquez menciona que hubo una edición argentina, pero, en sus palabras, se trata de una suerte de unicornio de los libros: todos hablan de él pero nadie lo ha visto. Turner fue la editorial española que encargó la traducción a Vásquez, para su fina colección Armas y Letras, pero esa edición circuló nada por América Latina, y era costosa. Ahora, DeBolsillo la distribuye en nuestros países con un precio amigo, y es cosa de celebrarse.

Seguro los lectores de esta nota habrán advertido que está acercándose el punto final y, contra mi costumbre, he comentado muy poco sobre el contenido del libro y mucho sobre aspectos relativos a la publicación en su forma original de artículo periodístico. Es que tengo poco para decir. Siete palabras, para ser exactos: hay que comprarlo y hay que leerlo.


John Hersey, Hiroshima, Barcelona, DeBolsillo, 2009, 184 páginas. Traducción de Juan Gabriel Vásquez.