jueves, 19 de noviembre de 2009

Devaneos. Historias de un diccionario desconocido


Las frases célebres nunca pasan de moda. Se repiten en fotocopias pegadas en farmacias, papelerías y cuadernos de bachiller o en ensayos eruditos o epidérmicos. En los primeros lugares del ranking de citados aparecen siempre los mismos: Oscar Wilde, Borges, Lao Tsé, Tagore, George Bernard Shaw (“Cuando tenga dudas, adjudique todas las citas a George Bernard Shaw”, alcanzó a decir Nigel Rees, él mismo un coleccionista de frases).

Es inevitable. Los lectores vamos acopiando, al ritmo de nuestras lecturas, nuestro propio devocionario, con escandalosas subrayas de resaltador verde limón o con recatadas marcas de lápiz en el margen más escondido para el ojo. Luis H. Aristizábal, lector incombustible, ha marcado libros desde antes de sus once años. Todas esas marcas, que ha ido pasando pacientemente al computador con el ánimo de recuperarlas con facilidad, comenzaron en la década del ochenta a conformar unas Lecturas para los amigos, y se han ido especializando en autores colombianos hasta componer el sabroso Diccionario Aristizábal de citas y frases colombianas.

Allí están, ay, las señas de identidad de nuestra nación: “En este país el que ataca lleva la razón (Luis Aguilera)”, “Colombia tiene una tradición jurídica muy arraigada y poca justicia (Malcolm Deas)”. Ay, la manera en que pasan nuestros días: “A los treinta y cinco, todo colombiano empieza a perder las aristas de la inconformidad. A los cincuenta las ha perdido todas. De ahí en adelante será un entusiasta de la música nacional y de la cocina criolla (Hernando Téllez)”, “Y todo en Colombia está para la firma (Germán Arciniegas)”, “El 9 de abril es el caso de un pueblo que se lanzó a la calle a tomar el poder y se quedó en las tiendas tomando trago (anónimo, citado por Gonzalo Canal Ramírez)”. Y también lo que se dice en las regiones de otras regiones: “Las letras en Antioquia son letras de cambio (Miguel Antonio Caro)”, “Bogotá es el encuentro de un paraguas con un ojo (Elmo Valencia)”, “Cali, más que una ciudad, es una herida de amor que nunca termina de matarnos (Gonzalo Arango)”.

Un recorrido por el diccionario nos dibuja como nación, con nuestras vergüenzas más notorias –“ Al contribuyente hay que sacarle los hígados con el menor dolor posible (Luis López de Mesa)”– y las más destartaladas salidas – “Yo coloco aquí, a la derecha, aquellas cartas que tratan de asuntos que se resuelven solos, y por esto no hay que contestarlas. Las de la pila de la izquierda corresponden a lo que nunca va a resolverse, y que por lo tanto no hay que contestar (Miguel Abadía Méndez, presidente de Colombia 1926-1930)”.

Como se ve en los ejemplos, no son apenas citas célebres en el sentido más heráldico del término, de esas que se esculpen en las estatuas de los héroes y adornan los discursos veintijulieros: son también epigramas, repentismos, picardías, simplezas, filosofismos – “El tango me va entrenando pa la muerte (Manuel Mejía Vallejo)” – y poesía: “Un túnel no es otra cosa que un bostezo de piedra (Juan Manuel Roca)”.

No apuntan todas a definir la colombianidad, muchas son sólo bonitas, sonoras, paradójicas o humorísticas – “Por lo que se me alcanza, el clima frío y destemplado de Bogotá es una invitación a la demografía (Lucas Caballero Calderón)” –. Lo dice el propio Aristizábal en la introducción al diccionario: “No se trata, pues, de frases célebres solamente. Las ‘frases célebres’ son apenas una especie dentro del género ‘citas’. Aquí están las frases célebres, desde luego, pero también frases no conocidas, aunque dignas de ser citadas”.

Dignas de ser citadas, sí, como el Diccionario Aristizábal de citas y frases colombianas. Lástima que a pesar de ser una obra única en su género y la pueda alcanzar cualquier bolsillo, porque es gratis, encontrarla no es fácil: está en la página web de la Biblioteca Luis Ángel Arango, y para llegar a ella hay que pasar por varios vínculos y motores de búsqueda. Aristizábal espera aún colaboraciones de interesados en ampliar el diccionario y rectificaciones de descendientes que sientan mal citada a su parentela. Ante el silencio de unos y otros quizá convenga poner aquí la dirección exacta, pues quién quita que hayan estado buscando al autor y se hayan perdido en recovecos cibernéticos. Como se dijo al principio, este diccionario, más de colombianadas que de colombianismos, es una auténtica sabrosura.

(Adenda: La nota fue escrita en 2009. Hay que decir que el Diccionario Aristizábal estrenó hace poco una muy cómoda página web: http://diccionarioaristizabal.com/ Ya no hay que buscar tanto pues para encontrarla.)


Diccionario Aristizábal de citas y frases colombianas (fragmento)

Colombia es un lote de terreno al que le pusieron unas fronteras arbitrarias, un himno feo y un bonito nombre (Héctor Abad Faciolince).

Estoy convencido de que el trascendentalismo es apenas una y la más soporífera forma del aburrimiento (Marco Tulio Aguilera Garramuño).

El pueblo colombiano al elegir a sus mandatarios no ha comprometido jamás la dignidad de su obediencia (Ricardo Becerra).

Antioqueños: el general Mosquera ha levantado el estandarte de su personalidad más allá de la cual no se alcanza a divisar un solo principio (Pedro Justo Berrío).

Si no fuera por las olas, caramba, Santa Marta moriría (Francisco Bolaño).

Hay quienes creen que en Colombia actúan dos partidos liberales si se miran con un criterio optimista. Pero al emplear una óptica pesimista, lo que se observa son dos partidos conservadores (Héctor Charry Samper).

Este pueblo colombiano / es prudente hasta el exceso: / hace un Congreso Mariano / y un Mariano sin Congreso (Carlos Arturo Díaz).

El ají es la mostaza de los pobres (Eugenio Díaz).

El poder, ¿para qué? (Darío Echandía).

Ser colombiano es un privilegio cuando se tiene la explícita aspiración de ser un monstruo (Héctor Escobar Gutiérrez).

Colombia es, especialmente en su último siglo de vida, el caliginoso reino de la amnesia y del no saber a dónde vamos por ignorar de dónde venimos (Alfredo Iriarte).

La sirvienta es la base de la felicidad en el matrimonio (Agustín Jaramillo Londoño).

La única falta de mi tía era un monstruoso desequilibrio entre sus virtudes y sus rentas (Lucas Caballero Calderón, Klim).

Bogotá carecía entonces de distracciones. Era como vivir hoy en Facatativá, pero sin luz eléctrica (Lucas Caballero Calderón, Klim).

Ah, cómo quedaba uno de bien pecado en París... daba gusto confesarse después (Lucas Caballero Calderón, Klim).

Un país mal informado no tiene opinión. Tiene prejuicios (Alberto Lleras Camargo).

¡Mamá, estoy triunfando! (Noel Petro).

Ustedes saben que yo soy de una sola pieza, como la banda de Guatavita (Álvaro Salom Becerra).


miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cuentos reunidos, de Sherwood Anderson





De Sherwood Anderson apenas conocía menciones. De escritores prestigiosos, sí –Faulkner, Borges, nada menos–, pero sólo menciones. Su traducción al español ha sido casi ninguna, por lo que había advertido su nombre nada más esporádicamente en arrinconados pies de página. “Maestro del relato corto” es el apellido que con más frecuencia le calzan a su nombre los comentaristas, sin ir más lejos. En fin, nunca lo había leído y me llamó la atención la preciosa edición de Lumen que vi en una librería hace un par de semanas. Valga mencionarla porque es selecta y está bien atendida: se trata de Prólogo Café y Libro, en la calle 96 abajo de la carrera 11, en Bogotá. Buena librería, pero mejor lo que me traje de allí.

Porque Anderson ha sido, creo, el descubrimiento literario más grato de este año. Extrañeza, humor, desazón; reflexión pero también acción y peripecia; esas frases filosas, esos americanos magullados que tanto nos gustan partieron de las imaginaciones de este campesino, publicista e industrial nacido en Ohio en 1876 y muerto en Colón, Panamá, en 1941. De él parte esa visión de Estados Unidos, esa imagen de sus gentes, que cultivaron el propio Faulkner, y Cheever, y McCullers, y Capote, y Carver, y tantos otros que leemos en estos días con fruición. Sherwood Anderson es el papá de todos esos autores, de todos esos personajes; es el pintor y el arquitecto de esa América que nos fascina a los lectores de hoy.

Creo que sin excepción están compuestos en primera persona, y el relato se despliega, en unas ocasiones, en las diferencias entre el mundo exterior y la manera como ese narrador lo ve; en otros relatos, en aventuras simples y llanas; en otros más en historias que el narrador nos quiere contar. Esa intención de contar está explícita en casi todos estos cuentos: “En todo caso, es toda una historia y de vez en cuando nos gusta contar una historia directamente” (p. 155, “La historia de un hombre”); “Tal vez incluso ahora, después de todo este tiempo, encuentre cierta satisfacción humillándome al contarlo. Empezó a las tres en punto...” (p. 74, “Soy un idiota”); “Un hombre ha asesinado a su mujer y parece que no hay motivos para el hecho. La historia es más o menos así:” (p. 64, “Hermanos”); “En vista de que me he autoimpuesto como tarea la narración de un relato curioso en el que yo mismo esté involucrado...” (p. 91), que son las palabras iniciales de “El triunfo del moderno o mandad llamar al abogado”.

Este relato es, si se quiere, un chiste contado con perspectiva literaria, si tal cosa es posible. Un aspirante a pintor compone apenas una obra en su vida, y esa obra única le trae no la fama, pero sí cierta fortuna material. Es que esa obra es una carta conmovedora que envía a una tía que no conoce, enferma, solitaria y ricachona. Pone todo su empeño en enternecer a la tía que nunca ha visto, que nunca lo ha visto a él. La última frase del relato cambia el destino de este cínico y adorable narrador. ¿La cito? Bueno, al fin y al cabo no es lo más gracioso del relato (es el perfil del narrador), al fin y al cabo no es el cuento más simpático de esta colección: “Pobre crío –le dijo mi tía a la enfermera–, le haré las cosas más fáciles. Mandad llamar al abogado” (p. 97).

Ahí está para corroborar lo anterior, por ejemplo, “El huevo”, de 1921, donde un personaje repasa su infancia miserable en una granja de pollos que su ambiciosa madre ha obligado a comprar a su padre. Si la nuez del arte literario no habita en esta página que me voy a tomar el gusto de transcribir completa, no sé dónde pueda hallarse:

Puede que alguien poco versado en estas cuestiones no tenga la menor idea de la cantidad de hechos trágicos que le suceden a un pollo. Sale del huevo y vive unas pocas semanas como la cosita tierna y suave que habrán visto en las postales de Pascua. Luego se transforma en un ser horriblemente desnudo que come grandes cantidades de maíz y pienso comprado con el sudor de la frente de tus padres, se contagia de una enfermedad que se llama disnea, cólera u otro nombre. Se queda mirando al sol con expresión estúpida, empeora y muere. Unas pocas gallinas y, de vez en cuando, algún que otro gallo, con la intención de servir a la inescrutable voluntad de Dios, luchan hasta alcanzar la madurez. Entonces las gallinas ponen huevos de los que nacen nuevos pollos y así se completa el espantoso ciclo. Es todo increíblemente complejo. La mayoría de los filósofos deben haberse criado en granjas de pollos. Uno pone muchas esperanzas en un pollo y sufre una desilusión espantosa. Los pollitos, apenas iniciado el camino de su vida, parecen muy despiertos y brillantes, pero en realidad son de una estupidez espantosa. Se parecen tanto a las personas, que nos confunden nuestros juicios acerca de la vida. Si la enfermedad no los mata, resisten hasta cumplir en todo las expectativas de uno y entonces se arrojan bajo las ruedas de un carro para morir y regresar aplastados a los brazos de su creador. Los gusanos infestan su juventud, y hay que gastar fortunas en polvos medicinales. Más tarde vi surgir toda una literatura acerca de las fortunas que se podían hacer con la cría de pollos. Pues bien, la pensaron para que fuera leída por los dioses que han comido del árbol de la ciencia del bien y del mal. Es una literatura optimista y afirma que la gente ambiciosa puede llegar a hacer muchísimo con unas pocas gallinas. No se equivoquen. No fue escrita para ustedes. Vayan a buscar oro a las heladas colinas de Alaska, pongan toda su fe en la honestidad de un político, crean, si así lo quieren, que el mundo va cada día mejor y que el bien triunfará sobre el mal, pero ni lean ni crean toda esa literatura acerca de las gallinas. No fue escrita para ustedes (pp. 43-44).

De nuevo, cito esta vez en extenso porque no es la página más brillante de este relato, mucho menos de esta colección, por lo que con ello no voy a arruinar la lectura del libro. Y encima, no todo es gracia y humor: en estos relatos también palpita cierto suspenso, la tensión que debe tener siempre un relato poderoso. En la frase de uno de ellos está contenida esta sensación permanente: “Espero con la extraña sensación de algo inminente. Mi mano tiembla”, dice el narrador de “El hombre del abrigo marrón”, p. 60. En el último relato, "Ciertas cosas perduran", un hombre quiere escribir una novela, e insiste en esa cierta incomodidad, esa desazón que recorre estos relatos con magia; un pensamiento del narrador de ese relato la entendí como un testamento del autor, como una declaración que le cabe a todos estos Cuentos reunidos: "Lo que quiero lograr es expresar en mi libro una sensación de extrañeza ante la vida diaria que gradualmente, desde que era un muchacho, se ha ido apoderando de mí" (p. 323).

Pero aquí, también, hay descripciones hermosas y evocadoras, exactas y simples, como salidas de las manos de Walt Whitman, donde un sustantivo bien puesto recobra toda su dignidad y no necesita de ningún adjetivo que lo adorne, donde la repetición de una palabra (véase en la cita extensa de arriba el caso de la palabra espantoso) está motivada por la idiosincrasia del personaje, o porque justo ésa es la palabra que debe ir allí, ninguna otra. En fin, esto es Sherwood Anderson: “Nada tiene un aroma igual al del café, el estiércol de los caballos, el tocino frito y una pipa fumada al aire libre en una de esas mañanas. Todo eso te atrapa, eso es lo que pasa” (p. 35); “¡Oh, sí, madre de Dios! Los hermosos nogales, hayas, robles y demás especies de árboles que hay por el camino, todos marrones y rojos, y los aromas, y Burt cantando una canción que se llamaba ‘Río profundo’, y las muchachas del lugar asomadas a las ventanas de las casas y todo eso” (p. 77). “Aquel caballo no pensaba en correr, no necesitaba pensar en eso. Pensaba tan solo en contenerse hasta que llegara el momento de correr” (p. 37); “Cuando se sale con chicas como esas uno no puede ser descuidado ni perder ningún tren y quedarse fuera toda la noche, como puede hacerse con cierta clase de chicas que se llaman Jane” (p. 87).

Los caballos, el campo, las muchachas... un narrador que no sintoniza muy bien con el entorno, una sintaxis por momentos telegráfica, por momentos expansiva, en todo caso musical; el humor y la tensión: son estos los más conspicuos ingredientes de los relatos de Sherwood Anderson, quizá el más afortunado descubrimiento literario de este año.


Sherwood Anderson, Cuentos reunidos, Barcelona, Lumen, 2009, 331 páginas. Traducción y prólogo de Vincenç Tuset.