domingo, 19 de agosto de 2012

Fusilado: Norman Mailer

A los 24, en plena fama después de
publicar Los desnudos y los muertos.


Escribió y publicó novelas, cuentos, ensayos, poemas, reportajes y obras de teatro. Quizá por eso dijo alguna vez que no era escritor sino empresario literario. También dijo, y varias veces, que consideraba a Tolstoi una gran influencia. Fue a Harvard, donde estudió ingeniería aeronáutica pero tomó todos los cursos de inglés y escritura que pudo. Su primer libro, Los desnudos y los muertos, producto de su experiencia en la Segunda Guerra, le valió la celebridad inmediata, y a partir de allí todas sus obras fueron muy leídas y comentadas.
Murió en Nueva York en 2007. Poco más para decir además de invitar a leerlo. Es Norman Mailer. Un reportero que quiso entender el mundo entero y meterlo en cada historia, fuera producto de su imaginación o de la obsesiva investigación. Sus más notables textos periodísticos y ensayísticos se encuentran en América, un libro imperdible publicado por Anagrama. Las novelas, cualquiera, desde la misma Los desnudos y los muertos hasta El parque de los ciervos o La canción del verdugo. Este año BackList, filial de Planeta, publicó Un arte espectral. Reflexiones sobre la escritura, de donde fusilo el artículo que viene.  

Best sellers

Ahora que el deseo desmesurado que había en mí por las grandes ventas se ha asentado en expectativas más razonables, bien puedo ofrecer algunos pensamientos posteriores sobre el tema.

Escribir un best seller intencionadamente es, después de todo, un estado mental que no deja de tener puntos de comparación con el acto de casarse por dinero sólo para descubrir que la ausencia de amor es más costosa de lo previsto. Cuando un supuesto y modesto escritor de best sellers al fin se vuelve lo bastante profesional como para escribir un libro ganador, él o ella piensa que ha logrado una gran hazaña, al igual que un hombre desprovisto de amor (y dinero) verá un matrimonio pródigo como una unión espléndida.

Lo ideal, y cuando envejeces tratas de acertarte a lo ideal, es escribir sólo sobre lo que te interesa. Puede resultar de interés a otros o no, pero si tratas de dirigirte hacia el éxito, no deberías ser un escritor serio. En cambio, harás bien en estudiar los trucos de los autores habituales de best sellers mientras te aseguras de mantenerte apartado de cualquier cosa que esté bien escrita. Leer buenos libros puede envenenar tu satisfacción por haber conseguido un best seller. No creo que Jackie Susann se vaya a dormir con Rainer Maria Rilke sobre su mesita de luz.

Hoy, los grandes cuadros literarios por lo común se dejan para los novelistas de best sellers. Tendrán un elenco de cuarenta o cincuenta personajes, e historias que atraviesan de cincuenta a cien años. Incluirán varias guerras mundiales, más cambios asombrosos en las vidas de varias familias. Hacen todo eso para mantener su libro en movimiento. Lo que caracteriza por lo común a estas novelas es que nada hay en ellas con lo que no te hayas cruzado antes. La mayoría de los buenos escritores tienden en estos días a trabajar sobre panoramas más pequeños. Entonces, al menos, tienes la confianza de que lo que estás haciendo incluye alguna verdad en cuanto ficción. Eso es razonable. Al menos estás contribuyendo al conocimiento en vez de aumentar el barro de la cultura.  Desde luego, eso puede hacer más difícil enfocar un tema amplio. En este momento el único gran escritor que puede manejar cuarenta o cincuenta personajes y tres o cuatro décadas es García Márquez. Cien años de soledad es una obra asombrosa. Logra hacerlo, pero cómo, no lo sé. En mi novela sobre Egipto, me llevó diez páginas pasar más allá de una curva del Nilo.

Es contraproducente pensar: voy a poner esto porque venderá ejemplares. Por lo general, eso no funciona Hay una integridad en el bestsellerato: es el mejor libro que el autor es capaz de escribir en ese momento. Él o ella cree en el libro. Por eso es un best seller. Stephen King era un escritor torpe y repetitivo cuando empezó, pero los lectores de best sellers respondieron a su sinceridad. Eso estaba presente en cada página mal escrita. La popularidad de la mala escritura es análoga al disfrute de la comida basura.
Debo decir que King ha mejorado en estilo desde que empezó. Es de esperar que sus lectores también, pero eso no está tan claro.

Una estrategia del best seller es seguir agregando ingredientes nuevos a la historia. ¡Pero cuidado! La trama es igual que una droga. Puede estimular a un novelista hacia hordas de energía creativa, y seguramente mantendrá al lector sobre la página pero, tarde o temprano, la trama presenta su factura, y exigencias graves caen sobre el escritor. El autor que está sobrecargado de trama a veces se ve obligado a entrar en la mente del personaje para mantener las cosas claras.
Exactamente aquí es donde todo se empantana. La confianza de un lector en lo que está leyendo se verá traicionada sutilmente o incluso dilapidada en caso de que un novelista elija entrar en la mente de un personaje pero falle al transmitir el don indispensable de que el lector pueda ahora saber más que antes sobre el personaje. Los monólogos interiores por lo común son rutina e insisten en contarnos lo que ya sabemos. Casi no existe una calidad garantizada de la mente.
Por supuesto, el daño es limitado, porque las reflexiones internas de los personajes en la mayoría de los mega best sellers son más o menos lo que uno espera. Los lectores de mega best sellers desean poder leer y leer y leer: no desean reflexionar sobre ninguna revelación realmente inesperada. La realidad puede estar allá afuera, pero eso no es el motivo por el que estamos leyendo.
La corrección o edición tiende a hacer que los best sellers se parezcan entre sí. Por ejemplo, pocos best sellers no sufren de una avalancha de adjetivos. Porque cuando un escritor no puede encontrar el matiz de una experiencia, por lo común la recarga de adjetivos. Eso le dice al lector qué debe pensar. Esto acompaña una tendencia en las editoriales de poner el énfasis en el entretenimiento a toda costa. Por supuesto, un cansancio penetrante podría invadirnos debido al ritmo al cual somos entretenidos.

Mi generación literaria estaba bajo el paraguas de Maxwell Perkins: cualquiera que se convirtiera en editor deseaba ser como él. Los editores jóvenes sentían fidelidad hacia sus escritores. Había uniones espirituales, por así decirlo. Sigue siendo verdad hasta cierto punto, pero las probabilidades en contra del mantenimiento de semejante lealtad ahora son mucho más altas. El mundo editorial de hoy dicta que un editor tiene que aportar libros que hagan dinero. Este casi absoluto tiene que penetrar en los intersticios del pensamiento de un editor joven. (Y en sus intestinos.) Imagino que sería difícil para la mayoría de los editores jóvenes no empezar a presionar un poquito a sus autores para que traten de ser más populares. Eso, desde luego, ejerce presión sobre el vínculo.

Justo ahora el dinero inteligente apostaría contra la novela seria. Las editoriales se están deprimiendo por el futuro de la ficción de buena calidad, y es obvio que los directores editoriales son los que más determinan ese futuro. Es probable que la supervivencia dependa de los editores jóvenes. Cuando una novela seria de un desconocido se publica hoy en día, por lo común es porque algún editor joven se lo ha tomado a pecho. Por lo general, el director editorial le sigue la corriente. De hecho, ése es el lado caritativo del mundo editorial, y seguirá mientras los directores editoriales mantengan alguna fe en sus editores jóvenes, que, a su vez, logren apegarse a su coraje.

Los gerentes de librerías pueden preguntar: “¿Por qué no escribes un libro corto?” No necesitan manifestar su motivo. Los dos sabemos. Los libros cortos son libros delgados, y así ocupan menos espacio en las estanterías. Ergo, las estanterías pueden rentar más ingresos por metro.
Pero ¿novelas cortas? Por desgracia, Thomas Mann me influyó a edad temprana, quien decía que sólo lo exhaustivo es realmente interesante. Confía en Mann para hacer de uno un elitista encubierto.


Lo fusilamos de: Norman Mailer, Un arte espectral. Reflexiones sobre la escritura, Barcelona, BackList, 2012, pp. 83-86. Traducción de Elvio Gandolfo.

lunes, 6 de agosto de 2012

Memoria por correspondencia, de Emma Reyes

Mire usted, el libro del que tantos lectores colombianos estamos hablando no tiene un título provocador, no es una “apuesta por el lenguaje”, no es “experimental” o “contemporáneo” ni está construido con un lenguaje cifrado ni procaz. Su autora no aparece en la carátula ni en la foto de contratapa ni en revistas, ni da declaraciones incendiarias en la prensa, ni reta ni molesta a sus colegas o a otra gente. El libro del que tantos lectores colombianos estamos hablando no ganó un premio espurio ni lo escribió un periodista a quien muchos colegas le han hecho el favor de reseñarlo en los medios. Memoria por correspondencia, de Emma Reyes, publicado por Laguna Libros, hizo su trabajo de promoción solito, a punta de brillo y poesía, a punta de calidad y belleza. Y esto debería darles unas cuantas claves a autores y autoras iconoclastas, que demoran más pintándose las uñas que escribiendo una frase, que van por ahí hablando de lo que están escribiendo –o peor: de lo que van a escribir– en lugar de quedarse en casa escribiendo.


El volumen recoge 23 cartas que Emma Reyes envío desde Francia a su amigo Germán Arciniegas. En ellas cuenta su infancia de dolor y pobreza (“Fue en esos días que aprendimos lo que era la profunda soledad y el abandono de todo afecto”) y su vida en un convento donde la encontró la adolescencia. Es un libro casi costumbrista, que habla suave, que reconstruye la infancia en lenguaje diáfano y sin nostalgia.

Su mayor virtud está en la precisión y cantidad de detalles, pero sobre todo en la mirada: la autora escribe cuando es adulta, pero quien habla en estas líneas es la niña que fue. Nunca levanta la mirada, nunca completa las sensaciones que describe con lo que sabe cuando escribe; ve siempre con los ojos del momento en que sucedieron las cosas:

Lo primero que nos enseñó la monja joven fue a jugar a las cruces, que ella llamaba persignarse. Nos enseñó que cada dedo tiene un nombre, pero sólo los de las manos, los de los pies, como el Niño, no tienen nombre; para jugar a persignarnos había que cerrar toda la mano y dejar levantado el dedo que se llama Pulgar. Con Pulgar teníamos que hacer tres cruces como si fueran dos palitos cruzados el uno sobre el otro, la primera cruz se hace en la frente, la segunda en la boca, con la boca cerrada y la tercera en el centro del pecho; luego había que abrir rápidamente todos los dedos y con la mano bien estirada hacer una sola grande cruz con la punta de todos los dedos, primero en el centro de la frente, en el centro del pecho, en el hombro del lado izquierdo, luego en el hombro derecho y terminar dándole un beso chiquito en la uña a Pulgar, siempre con la boca cerrada. Ese juego me divertía mucho porque siempre me equivocaba y se me enredaban todas las cruces, a veces comenzaba en el pecho y terminaba en la frente o empezaba en la boca y en cambio de besar a Pulgar besaba al meñique, porque me daba lástima que era tan chiquitico. La monja se ponía furiosa y me hacía comenzar mil veces (p. 74).

Somos testigos de cómo una niña observadora y sensible descubre las cosas del mundo. Un mundo, por lo demás, dickensiano, de dolor y abandono, de carencias y miedos, de abusos de los mayores, de leyes que una niña criada en la indigencia y luego gracias a la caridad condicionada no comprende del todo: “me trataban de sucia, cochina… India salvaje. La palabra india era considerada de insulto” (p. 89). Pero también hay unas cuantas alegrías o, cuando menos, sorpresas. En medio de una fiesta patronal, en la noche, oyen los habitantes del pueblo un ruido horrible que se va acercando:

De pronto vimos aparecer por detrás de la iglesia un monstruo negro terrible que avanzaba hacia el centro de la plaza. Los ojos enormes y abiertos eran de un color amarillento y tenían tanta luz que iluminaban la mitad de la plaza. La gente se tiró al suelo de rodillas y empezaron a rezar y a echarse bendiciones; una mujer que tenía dos niños chiquitos los tiró al suelo y se acostó sobre ellos cubriéndolos como hacen las gallinas con los huevos. Unos hombres avanzaron hacia la plaza con unos grandes palos en la mano. El animal se detuvo y cerró los ojos. Era el primer automóvil que llegaba a Guateque (p. 44).

Su relato de los años del convento quizá diga más de esas instituciones que muchas tesis doctorales sobre las comunidades religiosas en la provincia colombiana. Allí conocemos de primera mano la ignorancia, el clasismo aun más marcado que afuera, en “el mundo”, como dicen las monjas… En ese apartado del convento la autora nos abre un poco la puerta a su más profunda y hermosa intimidad: “Si tú me preguntas cuál fue el primer amor de mi vida, tengo que confesarte que fue Sor María…” (p. 143).  Este apartado, cuando conoce el amor, es una de las páginas más bonitas de este libro, y por eso no la voy a citar con detalle.

Pero no es la única. Este libro avanza siempre en el camino de la belleza. Son recuerdos sin nostalgia: gracias a esa mirada contenida en la infancia, en el momento, la autora nos pone otra vez en esos instantes maravillosos de descubrimiento que todos vivimos. Ella sabe encontrar la luz de esos momentos y la pasa a palabras con pericia. “Si tú crees que basta tener las ideas, yo te digo que si uno no sabe cómo escribirlas para que sean comprensibles es igual que si uno no tuviera ideas”, le dice a su corresponsal en la página 101. Otra lección de escritura.

El libro lo publica Laguna Libros en asocio con la Fundación Arte Vivo Otero Herrera, heredera de la obra pictórica de Emma Reyes. En otras partes he leído que las cartas originales tienen una ortografía endemoniada, y algunos de esos errores se pasaron a la edición. Digamos que faltó un poquitín de corrección de estilo. Pero obviando ese detalle, esta Memoria por correspondencia debe estar entre los libros del año en Colombia sin ninguna duda. Y habrá que seguir hurgando en los cajones de la autora, para ver qué más maravillas nos depara. Por lo menos a mí me encantaría seguir leyendo a Emma Reyes.


Emma Reyes, Memoria por correspondencia, Bogotá, Laguna Libros y Fundación Arte Vivo Otero Herrera, 2012.