sábado, 20 de octubre de 2012

Fusilado: Carlos Monsiváis



Carlos Pascual Aceves Monsiváis. Murió en 2010 de fibrosis pulmonar aunque ni fumaba ni bebía y nadaba desde chico: lo cuenta su amiga Elena Poniatowska en la necrológica que escribió para El País. Al parecer vivía en un museo, rodeado por colecciones de cuanta cosa se le ocurrió coleccionar, por libros y por gatos de nombres maravillosos: Caso Omiso, Monja Desmantecada, Miss Oginia, Miau Tsé Tung, Voto de Castidad, Gatzinger, Peligro Para México... y así hasta completar trece. Adentro pero con el ojo afuera, mirando a su México lindo y bandido. Cuentan que contestaba el teléfono fingiendo la voz, para tener chance de negarse a ir a una conferencia, a un homenaje, a una lectura. Lo invitaban a todo porque era la Voz de México, su Ojo Avizor. Cuentan que no contestó al timbre de la puerta cuando unos estudiantes tocaban y tocaban para llevarlo a una charla en una universidad; que cuando pensó que se habían ido salió desprevenido y se los encontró haciendo guardia en su puerta; que resignado los siguió y que al menor descuido salió corriendo por la calle. Cuentan tantas cosas de Monsiváis. Pero lo que importa, en últimas, es lo que él contó en libros ineludibles como Días de guardar, De qué se ríe el licenciado, Rostros del cine mexicano, Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina…

Francisco León ha peinado la obra completa de Carlos Monsiváis para extractar aforismos acomodados en su prosa. Y aquí hago una selección de esa selección, que espero sirva de invitación a leer alguno de sus libros. No tienen pierde.


Aforismos de Carlos Monsiváis

Hay que seguir creyendo mientras no consigamos otra fuente institucional de estímulos.

La sociedad está en edad de merecer.

La tragedia es el pago mínimo por el derecho a vivir la historia.

Se siente divino ser Señorita México.

Quienes moralizan suelen ser los derrotados.

Las minorías también tienen demasiados habitantes.

El pecado sin las malas palabras como que no sabe.

En el futuro todo mundo tendrá derecho a sus 15 minutos de anonimato.

Cada vez es más difícil estar a gusto con quien sea.

Los deseos ilegítimos son aquellos irrealizables.

Solicitar la crítica ha sido demandar el elogio.

Sigue imperando la noción de que sólo en lo extramatrimonial se hallarán las experiencias enloquecedoras.

Ser moderno es oponerse al horario de las buenas costumbres.

Sin frustraciones dolorosas no hay acceso respetable a la bebida.

La parranda, según esta subcultura, es la regeneración de una especie deshecha por la vida cotidiana.

El pueblo derrotado se vuelve el amante resentido.

Hay lágrimas tan viriles como puñetazos.

Se viene de la nada y se llega hasta donde es posible.

Los elegantes viven para vestir.

Conclusión: Las emociones fuertes son privilegio de las vacaciones en el extranjero.

Miss México es un símbolo de la falta de símbolos.

Si en la promiscuidad se mantiene la sensación de culpa, está bien.

En una sociedad sexista, para sobrevivir, la “mujer liberada” debe machificarse.

¿Para qué acelerarse si el danzón es el tiempo del mundo a disposición de una pareja?

Los comentarios machistas son la redención de los fracasos sexuales.

El que no conoce el baile no conoce el cuerpo.

El domesticamiento de lo subversivo está a cargo de arduas metáforas.

Las masas no tienen remedio.

El peinado es el hombre; del trato que le des a tu cabellera se desprenden informaciones sobre tu vida familiar y tus proclividades más insaciables.

La ropa ajusta, no pregona: insiste; no insinúa: informa.

La exhibición se matrimonia con la inhibición.

La crítica es manejable, la admiración no.

El mambo anuncia lo que va a suceder y actúa lo que jamás acontece.

¡Viva el nervio óptico!, que nos permite gozar de condominios agigantados por la envidia.

El orden con sangre entra.

El refinamiento se adquiere identificando el mal gusto.
  
Si la industria televisiva no amplía periódicamente sus criterios, el espectador siente que la vida no transcurre.

El tigre es nuestra única oportunidad de ser devorados por el gato.

Cada que la Identidad Nacional agoniza alguien, para resucitarla, grita ‘¡¡Gol!!’”.

El anonimato es una variedad del protagonismo.

Sólo renunciaré al voyeurismo si me permiten tocar.

La fe que no fatiga es igualita a la indiferencia.

Los extremos no existen, por eso se juntan.

El Pueblo es la mirada colectiva sobre un aparato de televisión.

Un cronista honesto revisa y comprueba todos sus prejuicios.

¿Será el alcohol el más perdurable de los vínculos?

“La mancha urbana”, elegante sustituto de “la lepra de la pobreza”.

El héroe verdadero del nacionalismo es un habitante anónimo, rencoroso en el amor y reacio a la épica.

El “tríptico”: heterosexual de día, bisexual de noche, homoerótico de madrugada.

En los prostíbulos se fortalece el ego y se pone a salvo la santidad del hogar.

Tenerle ganas a la legítima esposa es extraviar la libido.

La moda impulsa la tolerancia, aunque la tolerancia no está de moda.

Cuando la gana llega la gana gana.

El dinero nos salvará de la Tercera Edad.


Los fusilamos de: Autoayúdate que Dios te autoayudará. Aforismos de Carlos Monsiváis. Prólogo, investigación y notas de Francisco León, México, Seix Barral, 2011.


viernes, 5 de octubre de 2012

El bolígrafo simpático


Una versión corta de este artículo se publicó en la revista Bakánica en agosto pasado. 

Escribir a mano como psicoterapia. Escribir a mano como terapia ocupacional. Escribir a mano como terapia a secas. Desde hace 35 años escribo a mano todos los días. Lo hago para apaciguar mi espíritu ansioso. Lo hago para pensar mejor. Lo hago para dudar, para tartamudear sobre el papel sin que los lectores se den cuenta. Para darle vueltas a cada idea, a cada frase, a cada palabra. Para pensar otra vez todo mientras lo estoy pasando en limpio. Para demorarme. (Que lo diga la editora de esta revista, que espera desde hace días por esta sola página.)
La persistencia en ese método me ha regalado dos objetos que me acompañan desde siempre: el lapicero y el cuaderno. Probé durante todos estos años incontables cuadernos y libretas –Norma, Kimberly, Ricardo Corazón de Papel, etcétera– hasta que comenzaron a comercializar en Colombia los de marca Moleskine, y me quedé con ellos. Pero desde que tenía 8 o 9 años siempre he usado el mismo instrumento de escritura: un bolígrafo. Particularmente, el humilde Kilométrico. “El bolígrafo simpático, a precio milimétrico”.

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Será que no quiero alejarme del todo de la infancia. En su “Anatomía del cuaderno”, el escritor mexicano Vicente Quirarte dice que “Sólo el escritor continúa haciendo tareas –a veces no pedidas– con los mismos instrumentos que en la niñez”. Doy fe. ¿Acaso no se acuerdan ya? Abrir un cuaderno sin uso, sus hojas blancas o amarillas nuevecitas, su olor a madera lejana, a goma. Y el esfero sin un mordisco –sin huella de dudas–, con la tapa firme, con la tinta que se niega a salir al comienzo como si le costara arrancar sin calistenia, pero que una vez empieza ya nunca para hasta morir cumpliendo con su deber. O hasta perderse: el esfero que se deja olvidado en un banco, en una notaría, en la casa del amigo, es un héroe desaparecido en combate. El de uno con su Kilométrico es un matrimonio a la vieja usanza: hasta que la muerte los separe.

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El de tapa redonda y clip triangular, el de siempre, se llama Kilométrico Plus. El retráctil delgado se llama Kilométrico RT. El gordito también retráctil con refuerzo de goma –el que prefiero– se llama Extreme. Hay que saber que el borrable no es bueno, que no borra sino que mancha y rasguña el papel dándole una apariencia desagradable. El primo hermano del Kilométrico es el Alegro, delgado y triangular, que no dura tanto y viene en tintas de colores absurdos. “Hay entre otras, tres clases de mal gusto: el de quien escribe con tinta verde, con tinta morada y con roja”, dijo Juan Ramón Jiménez.

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El del esfero o lapicero es el mismo sistema de los desodorantes roll on, una bolita que distribuye un material líquido sobre una superficie seca. Lo patentó en Hungría y Francia Laszlo Biro en la década del treinta del siglo pasado. Por invitación del presidente argentino del momento, Biro terminó fabricándolo allí al lado de su socio, Juan Meyne. Con las primeras letras de sus apellidos se comercializó al comienzo, y así sigue llamándosele en Argentina y Uruguay: birome. Sinónimos, muchos: esfero, esferográfica, lapicero, lapicera, estilógrafo, puntabola. Muchos nombres, pero un solo Kilométrico verdadero.

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Me gusta como suena la descripción del Kilométrico Plus en la página de Sanford Brands, la propietaria de la compañía productora, Paper Mate: “Punta plateada de máxima calidad. Fácil de portar en cualquier bolsillo, gracias al clip incluído [sic] en su tapa. Tintas importadas tropicalizadas de alta calidad que no manchan. Más de 1.200 metros de escritura”. Punto. Así es el Kilométrico, fácil y útil. Alemán como su tinta y tropicalizado como sus usuarios de este lado del charco. El Kilométrico es recio, firme, fiel. Vinimos fue a trabajar, compañero, nada de maricaditas como pedir repuestos, recargas o papel secante. Nada de sentimentalismos que obliguen a andar siempre acompañado por un tajalápiz.

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Lo había pensado antes de leerlo en un libro de Abelardo Castillo: en Word todo se ve tan organizado y bonito que parece bien escrito. A mí me gusta que quede constancia del esfuerzo. Ver el lado de atrás de la cortina. Me recuerda que cada palabra que escribo no sale del aire y no es la primera que vino, sino que fue escogida después de repasar unas cuantas más. Que la escribí con tinta. Y esta palabra, tinta, trae aparejada otra palabra hermosa, que se usa casi con ninguna otra y que quizá por eso mismo, vaya paradoja, desaparezca: indeleble.

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En junio pasado la primera página del periódico alemán Bild –tres millones de ejemplares impresos cada día– fue noticia en todo el mundo. No por un error vistoso, o porque incluyera fotos de escándalo o una noticia particularmente funesta. Varios medios de Europa y América destacaron esa primera página porque toda ella estaba escrita a mano alzada. El titular de la noticia principal, en rojo y negro, alertaba sobre la decadencia de la escritura a mano: “¡Alerta! La escritura manual se extingue”. El diario citaba un estudio reciente según el cual uno de cada tres adultos no había escrito nada a mano durante los últimos seis meses. Los teléfonos inteligentes y las nuevas aplicaciones de reconocimiento de voz amenazan la escritura a mano, dice el estudio. A los niños de los colegios más caros, aquí y allá, se les pide ahora una tableta o un portátil, nada de cuadernos, lápices, lapiceros y colores, borradores y tajalápices. ¿Se está acabando la escritura manual? ¿Acaso eso importa?

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El esfero y el cuaderno con los que escribo a mano, un poco inclinado sobre el escritorio, me llevan a considerar la escritura como una actividad manual que me apacigua. Que me permite pensar mejor, dedicar más tiempo a lo que escribo. Que me protege del plagio, porque me obliga a parafrasear, porque me pide tiempo para separar lo mío de lo tuyo, lo que digo yo y lo que dicen los autores que me ayudaron a pensar.
Y ahí, desde hace 35 años ya, ha estado siempre conmigo ese cuate firme y dispuesto para consignar mis dudas y mis certezas. El Kilométrico.