jueves, 15 de noviembre de 2012

Cosas que tienes que hacer cuando das clases en la universidad



Publicado originalmente en la revista Etiqueta Negra nº 104, agosto de 2012.


Tienes que madrugar. Tienes que inventar un programa de estudios cada seis meses. Tienes que cambiar el programa cada seis meses, o maquillarlo para que parezca sustentado en lo último de la pedagogía. Tienes que usar en el programa palabras muy feas como interdisciplinario, contexto o desarrollar. Tienes que incluir en el programa cosas absurdas como objetivos generales y específicos, marco teórico y justificación. Tienes que engordar la bibliografía del programa con libros que no leíste ni tienes la más remota intención de leer. Tienes que ser un ejemplo de puntualidad para las nuevas generaciones. Tienes que interrumpir tu clase cada momento durante los primeros veinte minutos, porque siguen llegando estudiantes. Tienes que repetir en cada clase lo que dijiste en la anterior, porque ya se olvidaron. Tienes que repetir tres y cuatro y cinco veces cualquier instrucción que des. Tienes que aceptar las excusas de los que hicieron mal la actividad, porque no entendieron la instrucción que repetiste tres y cuatro y cinco veces. Tienes que usar en tu discurso menos preguntas y más afirmaciones. Tienes que ilustrar lo que quieres decir con ejemplos y casos graciosos, o tomados de Facebook o de un programa de TV. Tienes que olvidarte de dar las fuentes de lo que dices, porque no importan. Tienes que asistir a comités. Tienes que levantar la mano o la voz en los comités. Tienes que fingir que te interesan las tonterías que tus colegas discuten en los comités. Tienes que inventar excusas para no asistir a todos los comités. Tienes que aceptar tus errores. Tienes que aclarar algo que dijiste, porque el benemérito profesor de otra asignatura dijo lo contrario. Tienes que escribir en la pizarra con letra grande y clara. Tienes que entender los emoticones y abreviaturas que usan tus estudiantes cuando te escriben un correo o un mensaje de texto. Tienes que resignarte a que no compren un libro por barato que sea, y siempre estén leyendo en fotocopias subrayadas. Tienes que buscar en Google algunas frases de los trabajos de tus estudiantes cuando te parecen muy bien hechas. Tienes que denunciar al plagiario ante las autoridades de la universidad, pero no lo haces porque el trámite y el drama son extenuantes. Tienes que ser tan paciente como la madre de siete hijos. Tienes que usar presentaciones de Power Point para que no se duerman. Tienes que convertirte un poco en actor, maestro de ceremonias y payaso. Tienes que aguantarte las ganas de fumar. Tienes que aguantarte las ganas de llevarte a la cama a algunas de tus alumnas. Tienes que acordarte de apagar tu celular. Tienes que seguir hablando aunque suene con insistencia un celular. Tienes que apretar los dientes cuando contestan la llamada o salen del salón para contestar. Tienes que preguntar en las pruebas sólo lo que dijiste en clase o lo que les pediste que leyeran, porque si no podrían llevarte ante un tribunal. Tienes que corregir. Tienes que usar lápiz rojo. Tienes que descifrar como un criptógrafo lo que escriben en las pruebas. Tienes que prometer que ya vas a entregar las pruebas calificadas cuando te tropiezas con siete alumnos que te preguntan por ellas. Tienes que quedarte al final de la clase oyendo las ideas con las que tus alumnos van a poner al mundo patas arriba. Tienes que traducir a números lo que hacen tus estudiantes durante todo el semestre. Tienes que aprender a usar el odioso Excel para reducir esos números a uno definitivo. Tienes que discutir como abogado penalista con los estudiantes que no pasaron el curso. Tienes que justificar ante tu jefe por qué perdieron tu curso tantos estudiantes, o por qué lo van a repetir tan pocos. Tienes que madrugar. Tienes que inventar un programa de estudios cada seis meses. Tienes que preguntarte qué haces otra vez allí. Y tienes que dejar de una vez por todas de preguntar. Tienes que renunciar.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Dan ganas de balearse en un rincón



Por diferentes razones que no vale la pena comentar aquí, durante diciembre y enero de 2008 leí un montón de manuscritos de ficción. Y cuando digo un montón no exagero: fueron más de 220, entre cuentos sueltos, colecciones de cuentos y novelas, todos colombianos. Una primera conclusión, desde el corazón, le pone el título a este comentario. La frase no es mía, qué vaina: viene de un tango precioso de Homero Expósito que se llama “Afiche”. Más adelante voy a compartir otras conclusiones, las que fueron llegando después del totazo inicial.

Quien esté familiarizado con la lectura de manuscritos de ficción no va a discutir que si uno está en plan magnánimo, algo menos del diez por ciento de lo que lee sobrevive a una segunda lectura. De ese diez por ciento, la mitad planteará alguna promesa –incierta– de que el manuscrito podrá tener algún valor una vez publicado –valor comercial, sí, porque esto en últimas es un negocio, pero también valor digamos estético, es decir, que interese a unos cuantos lectores–. La promesa se cumple, a la vez, en algo menos de la mitad, es decir que cerca del dos por ciento de los manuscritos que le llegan a un lector, evaluador, editor, jurado, etcétera, conocen alguna fortuna una vez publicados: venden más de mil o dos mil ejemplares, provocan alguna que otra reseña en las revistas que se ocupan del mercado editorial, se comentan en conversaderos. Y sigo en plan magnánimo.

Oigo preguntas: ¿Es cierto? ¿Pero, por qué? ¿Qué pasa? ¿Qué falta? Y aventuro: falta autocontrol, mesura; faltan lecturas juiciosas, humildad, humor. Por amor de Dios, ¡humor! Sobre todo, falta información, o mejor, formación. La que se comparte en talleres literarios, algunos diplomados, uno que otro curso universitario de escritura creativa. Cuando son de provecho, en estos espacios se hacen lecturas dirigidas, se comentan los avances de los compañeros, se oyen los comentarios de unos primeros lectores que son esos compañeros, se conocen las herramientas del oficio de la voz de los escritores experimentados a quienes les ha dado por compartir en textos propios o en entrevistas la manera en que hacen lo que hacen. Así de simple. Escribir requiere talento, sí, pero también requiere oficio, práctica, oído.

El tema da para más, por supuesto, pero ahora me quiero poner una máscara de hockey y voy a sacar la motosierra, y así en plan Jason voy a compartir con los lectores de el ojo en la paja algunos fragmentos que fui coleccionando durante esas lecturas de manuscritos. Por supuesto, no doy datos sobre autoría u origen del fragmento: no se trata de echar al agua a alguien que intentó y no pudo. En esto de la escritura, por fortuna, no aplica una regla como la del béisbol que te obliga a sentarte después de tres intentos fallidos: se puede seguir. No cambié una sola coma en los fragmentos que cito a continuación, no corregí nada, y me dio por agruparlos en categorías. Cuando hay puntos suspensivos entre corchetes es que quité un fragmento, cuando están sin corchetes es porque vienen en el texto original. Aunque algunos den ganas de balearse en un rincón o de llorar, lo mejor es tomárselo con algo de humor. Creo.

Categoría “En esta puta ciudad”

— “Bogotá se pone triste cuando llueve. Uno siente que de veras el cielo llora, y las personas tornan el semblante como si se dieran cuenta de que es un bebé quien entristece porque está enfermo.
”–Mira –me dijo, con emoción al señalar, el día en que descubrió que el firmamento no era apenas el reverso de una superficie tapizada de niebla oscura–. Es el atardecer.
”Dejé de quejarme del pavimento triste y levanté la mirada en dirección a su índice”.

— “Estudiantes, abogados, secretarias, escritores, fracasados y triunfantes, todos se reúnen a la hora del almuerzo en un restaurante no muy exclusivo de Bogotá para vencer una vez más cada día el inevitable e inmortal deseo de alimentarse, para librar una batalla rutinaria con el demoniaco estómago que pide a gritos ser penetrado por comida, que se levanta a protestar y con vida propia obliga a una brutal aglomeración de cositas que casi nos hablan desde el plato. Todos los días entran personas distintas y algunos clientes fijos del lugar, satisfechos con ese sabor casero tan especial recargan energías para continuar su día, pero nunca se detienen a pensar en lo impensable…”.

— “Aquí nadie habla con el otro, evitamos cruzar las miradas, evitamos el roce de los cuerpos y hasta el humor de un cigarro que no sea el nuestro”.

—“Decenas de astutas miradas, un cuerpo blanquesino y legamoso en la orilla de un canal en los arrabales; la carne mórbida, desjironada por los picotazos: reyerta de hambrientos gallinazos negros”.

—“La buseta comía pavimento tan rápido como la cinta de mi walkman se tragaba la voz de Hetfield aullando ¡seek and destroy! La gente se encogía en sus asientos y se arrunchaba contra la carrocería del cajón corredor. Los hedores de los pasajeros se hacían más agrios y repugnantes.”

—“Dese la oportunidad de guiñar el ojo y seducir a cada paso la desolación que nos inunda. Como polizontes andaremos a conquistar la divagación.”

—“Amanece y por las calles circulan como estertores los últimos flujos de una noche agitada. La ciudad se va aclarando paulatinamente, ya despuntan los primeros rayos de sol y las golondrinas anuncian con su canto un nuevo desvelo. Empieza otro día que no va a ser tuyo, lo sabes. Ésta sensación se reitera, tal vez, debido a tu inconstante deseo de precipitar en un mismo disparo prematuro cada acontecimiento, a tu costumbre de buscar nuevos comienzos. El asfalto liso y regular que recubre las calles por donde caminas se agrieta imperceptible desde lo profundo rompiendo con la seguridad que aparenta. Los lentes opacos sobre tus ojos insomnes turban el mundo como un velo entre la realidad y el delirio”.

— “La plaza está rodeada por una docena de casas derruidas y una iglesia, de puertas cerradas y manchadas por la mierda indeleble de las palomas que anidan raquíticas encima de la cabeza de un santo a quien el tiempo le ha borrado su rostro de beato. En la mitad de la descascarada plaza se yergue lacónica una fuente sin agua, rodeada por tres árboles escuálidos, azotados sin misericordia por el viento. Camino sin rumbo fijo, por entre calles empedradas y solitarias, hasta que descubro a un niño jugar descalzo, sobre las piedras volcánicas que cubren las calles”

Categoría “No me compares”

— “Efectivamente ese día llegó tarde a clase. ¡Bueno solo unos minutos! Su metro con ochenta de estatura. Su constitución gruesa y firme. Sus ojos cafés claros. Su mostacho delgado y bien cuidado. Su cabello grueso, negro y bien peinado como la crin de un caballo burgués”.

—“No se por que me sobresalte y salí abruptamente del reparador sueño y de inmediato me dirigí el enorme ventanal del apartamento donde habito y vi a esa hora de la madrugada: cuatro y quince, a un niño con su maleta salir de la torre cuatro, solo, sin madre, sin nadie quien lo acompañara [...] vivo en un noveno piso y cuando me pego a la ventana es como si observara un partido de fútbol desde una muy alta tribuna, como si fuera un Dios que mira a los seres humanos dirigirse a sus distintas labores”.

Categoría “Copia por triplicado”

“Los cazadores eran tres jornaleros, tercos, necios y toscos, que por esa época a falta de labores suficientes en los pueblos y en los campos duramente recorridos, perseguían sin descanso aves, herbívoros y roedores para ganar un sustento y enviar a sus familias lo poco que les quedaba tras estruendosas, ruidosas y ruinosas borracheras”.

Categoría “Todo comenzó en una buseta”

“Me entró el sopor y cada movimiento se me fue haciendo cada vez más dificultoso, aunque solo podía segur ahí: recostado en el asiento de esa buseta, con los ojos entreabiertos”.

— “Y fue entonces cuando la vi, su pálido rostro estaba bañado por la luz fluorescente característica de los buses urbanos. Sus ojos marrones brillaban tímidamente y bajo ellos colgaban dos oscuras y profundas medialunas. El bus se detuvo y su mirada se clavó sobre mí, sus ojos me penetraron violentamente y después de eso fue imposible dejar de mirarla”

Categoría “Yo levantaré”

“Sus pensamientos comenzaban con una copulación de Mantis religiosas; el macho en el lomo de la hembra logra penetrarla previendo cualquier riesgo para su vida, el macho goza y lleva en esas mucho tiempo, ella se mueve con violencia y logra sacudírselo…”

—“La relación comenzó un domingo en mi casa, estábamos jugando Damas Chinas y entre risas y chistes, inexplicablemente, hubo un momento en el que un silencio se coló en nuestros roles y nos incitó novelescamente a dejar el tablero a un lado, para culminar la partida en otro, el comedor, quedando en juego solo dos fichas, nosotros dos. Tomamos la decisión de mantener en secreto nuestra polémica relación, pues a la luz de la sociedad nos podían juzgar bajo las rigurosas leyes eclesiásticas no antes haciendo público la herejía y con ello el rechazo y la marginación social”.

Categoría “La nueva sangre del realismo mágico”

“Lo primero que pensé cuando vi la primer rosa estrellarse contra el piso fue que un cometa había chocado contra los grandes rosales celestes que guardan todos los secretos divinos que no pueden ser revelados, pero inmediatamente desistí de esta idea cuando una rosa se clavó en mi cuello como si fuera una vampiresa emocionada con mi sangre”.

Categoría “Los escritores también tenemos nuestro corazoncito”

“Paloma siempre había soñado con tener una familia feliz, valiosa, valiente y unida, diferente a algunos modelos nocivos que tenía en su entorno y los que había experimentado durante a sus viajes a diferentes palomares. Construir una relación de pareja era lo primordial para ella, para amarse en cuerpo y alma, demostrándose mutuamente con todo el corazón lo más importante en su vida y que por su famlila estaría dispuesta a dar la vida misma”

— “Iba desprevenida calle abajo cuando vi doblar la esquina a dos maricas, uno de ellos de esos de ropa de encaje, minifalda y tetas falsas las cuales trataban de escaparse de un escote especialmente hecho para sostener ese efecto; el otro, seguramente era su novio oficial. Nunca he tenido problemas con esa gente, pero este par me llamó la atención […]”

Categoría “Descripciones cartesianas”

“Ella también tenía un cuerpo en discordancia. Amplias caderas y pecho escaso. Era una pera. Latina de los pies a la cabeza, de curvas onduladas y cordilleras de piel exquisitas como la arena, ojos caucásicos, con el anis de las verdades enteras, hondos, como un flujo de tinta negra, cafés, aromáticos, y brillantes, como dos fatos escabullidos en un desierto. Era latina desde los hombros hasta las piernas, bajo su cintura todo era misterio, como un manjar de diosas en el firmamento; y su piel canela estaba alicorada con los demonios de un vino, penetrada por lunares eclesiásticos y de un color malva clandestino.”

— “Sus grandes ojos de cielo circundados, por densas montañas de negro azabache, con forma de juguetonas pestañas, adornaban el tierno e inteligente rostro angelical de aquel ser intergaláctico, apología al amor y a la justicia, en cuya persona mezcla de hombre, ángel y figura mitológica, un ser supremo quiso depositar la responsabilidad de dirimir los conflictos, sortear los peligros, cuidar de la naturaleza y evitar así la auto destrucción de la raza humana.”

Categoría “Los escritores también escriben”

— “también viajaba a cotizar el valor de la edición de mi última novela titulada: “Dos mujeres y yo”. Pues todo encajaba con mi sueño de escritor en busca de editoriales que publicaran mi obra con una dedicación especial a Rosario, quien era para mi inspiración lo que fue Beatriz para Dante en su peregrinaje por el Paraíso. Pero, como mi mente estaba puesta en el viaje, sólo pensaba en qué iría decir Rosario si no cumpliera con mi cita. De seguro la perdería por sécula seculorum.

Bueno, y no pueden faltar quienes mezclan géneros, en este caso, categorías:

Categoría “Todo comenzó en una buseta” / “En esta puta ciudad”

“Conté las monedas para pagar el pasaje y vi venir la buseta: Perdomo – San Vicente – Couña. Me subí. Pagué. Me senté y como es usual, eché un vistazo a ver qué compañeros tendría para ese recorrido. Nada diferente. Los hombres con cara de maleantes y las mujeres gordas y malolientes…”

Categoría “Descripciones cartesianas” / “Yo levantaré” / “Los escritores también escriben”

“Era perfecta. Y no simplemente por su rostro perfectamente simétrico, o su figura esbelta y proporcionada, sus movimientos lentos y precisos o sus rasgos justos. No, en su caso todo, incluyendo su corazón noble, su espíritu ambicioso, su brillante capacidad de raciocinio, parecían combinarse con una maestría y con una exactitud que dejaba perplejo al más indiferente.
”Lo más lógico fue, por tanto, sentirme irremediablemente atraído hacia ella desde la primera vez que la vi. Fue en la librería. Yo buscaba la Trilogía de New York, de Auster y ella ojeaba una edición de Por los caminos de Swann, de Proust. Venciendo mi irremisible timidez, me acerqué a ella:”

Categoría “Yo levantaré” / “Los escritores también escriben” / “Todo empezó en una buseta”

“La penumbra del bus me produjo sueño, cerré los ojos e intenté dormir, de pronto escuché un suspiro y después una tormenta me salpicó las manos, un gemido suave brotaba de mi compañera de viaje, luego vino un silencio y cuando todo parecía que iba a estar tranquilo resucitaba la zozobra, la rubia se sonaba la nariz y secaba sus lágrimas y otra vez el diluvio se apoderaba de la atmósfera… recordé a Lady Eowena, un personaje del cuento “Ligeia” de Edgar Allan Poe.

Categoría “No nos hágamos tarugos”

“Esto, lo dijo un buen provinciano que deambula entre las nostalgias y los laureados conceptos que en cualquier periódico tirado sobre la calle, él lee y lo lleva a su carácter de pensador, filósofo y literato. Este soñador en medio de su locura interior es catalogado como el dogma de acertijos provenientes de la nada, donde escudriña tridimensionalmente el pensamiento con la combinación perfecta de bruto y loco.”

— “Llegamos al apartamento de Gilda, un espacio tan sobrio como ella y ordenado, vivía sola con su neurosis y un eterno síndrome obsesivo compulsivo. Sesenta días en espera de su cuerpo desnudo. Me llevó a su habitación decorada con cuadros azules, abstractos, como muy oceánicos, diría. Una poltrona blanca para fumar; un teléfono y un libro en la mesa de noche. Ya desnudos, bajo sus perfumadísimas cobijas, mis ojos vencidos, la fricción de nuestros torso, cuántos cafés para llegar a esto, Dios, por fin, la gran Gilda, nariz picuda, pelo rojo, te llevaré a muchos conciertos Gilda antes que cumplas 26, de eso puedes estar segura…ahhh, Gilda, tanto silencio, cuánto silencio desarrollado en falso para estar así…”

— “Cuando leí el ensayo “Locura ritual”, lo primero que pasó en mí fue que recordé que, hasta el día de hoy, la ciencia no ha podido definir la sutileza de la locura. La pregunta es sencilla y certera, pero las posibles respuestas aún son parte de un entramado caótico para nada esclarecedor: ¿cómo diferenciar A UN LOCO DE UN CUERDO? Estos vacíos nos arrojan a un campo todavía muy oscuro, y POR SER OSCURO, CREO que la palabra ritual es una compañera bastante afín a la locuRA, NO SOLO POR EL IMAginario que suscita en aquellos que hemos estado cercanos a la RELIGIÓN –RELEGADOS O subyugados—es decir, todos y cada uno de nosotros, sino porquE EXALTA EL VALOR DE Ese velo inconcluso y vago, detrás del cual se oculta la sutileza que menciono.”

— “Camino a lo que sería una última estación, busco no más que falsear el orden del discurso, por motivos de la investigación pienso ocultar el efecto paradójico de la escena misma, la aparición de Laura será entonces el punto de partida de esta historia, deberá ser entendida tal como se escribe y suponiendo que esta proyección sea posible, me propongo describir la trayectoria crítica de los hechos que sucedieron durante este re-encuentro.
”Fue entonces cuando Marx emprendió su análisis de producción capital, todo se orientaba a modo de parecer valorado hacía las relaciones fundamentales de dicha producción, se descubrió no sólo una estrategia enmarcada en la teoría fascista sobre la explotación del proletariado, sino también las condiciones que facilitaron la abolición de éste por medio de todos los campos de la cultura. De esta manera se fueron gestando los cambios necesarios en la infraestructura, y un poco más lentos en la superestructura, que finalmente terminaron por sentar las bases de nuestra revuelta politizada”.