miércoles, 20 de marzo de 2013

Fusilado: Christopher Isherwood



“Todo lo que escribo es fundamentalmente autobiográfico”, dijo Christopher Isherwood en 1986, poco antes de morir de cáncer a los 81 años. Escribió novelas —entre ellas Adiós a Berlín, en la que se basó la exitosa película Cabaret, protagonizada por Liza Minelli, y A Single Man, también adaptada al cine hace poco, dirigida por Tom Ford y protagonizada por Colin Firth, obras de teatro en verso y crónicas. Viajó por China con W. H. Auden, vivió en Alemania en el periodo de entreguerras, se convirtió al budismo, renunció a su ciudadanía británica y se nacionalizó estadounidense. En el 48 publicó este libro de viajes, que el propio Isherwood consideraba una de sus mejores obras. Casi seis meses estuvo viajando por Suramérica al lado del fotógrafo William Caskey, desde el 20 de septiembre de 1947 hasta el 27 de marzo de 1948. En Colombia pasó seis semanas: unos días en Cartagena, otros en Barranquilla donde tomó un vapor que bajó por el río Magdalena, y por último estuvo en Bogotá, desde donde emprendió el viaje por tierra hacia Ecuador.

Uno de los mejores críticos literarios de todos los tiempos, Cyril Connolly, decía que Isherwood era “insinuantemente templado y anónimo; nada le conmueve, nada le sobresalta”. Esa mirada acompaña todas sus observaciones alrededor de América del Sur, y su distanciamiento nos permite vernos mejor a los latinoamericanos. Hay cosas que no han cambiado nada en este continente, en este país: en Cartagena un taxista les cobra diez dólares por llevarlos del barco al Hotel Caribe, y a Caskey le roban el bañador que dejó secando en el balcón mientras visitaban el cerro de La Popa.

El Instituto Colombiano de Cultura hizo una edición de este libro en los noventa, con una magnífica traducción de Nicolás Suescún. Circuló poco: una lástima. Ahora llega esta bella edición de Sexto Piso, para que este libro siga vivo. Y esa es una buena noticia.

En Bogotá [fragmento]
  
Parece evidente que el hotel Astor fue en su momento una casa privada. Es una edificación irregular y oscura y está construida alrededor de un patio interior que la lluvia ha cubierto de charcos deprimentes. En la primera planta hay un comedor sombrío y largo decorado con un estilo que Caskey ha bautizado como “Hollywood señorial”. Tiene un parador repleto de molduras y otros más pequeños con platería. Las señoras de la aristocracia bogotana se suelen reunir aquí para tomar el té, casi todas lo hacen vestidas de negro impecable, cubiertas de pieles y joyas, y forman grupitos en los que charlan animadamente, comen y luego se retiran para jugar al bridge. A los camareros parece entristecerlos que no nos comamos los cinco platos de rigor.

No existe un salón, si se descuenta el vestíbulo mal iluminado y sin ventanas de la planta alta, al que dan varias de las habitaciones. Tampoco tiene muchos muebles: un sofá, dos o tres sillas y un teléfono que parece haber sido colocado en este lugar con la perversa intención de que el máximo número de personas pueda escuchar la conversación. La acústica bogotana es tan buena que casi hace daño, tal vez sea también debido a la altitud. A uno no se le escapa nada, ni un solo ruido del cuarto de al lado, ni una sola voz del patio, ni un solo paso en las escaleras. El tráfico de la calle parece casi más ruidoso que el de la Tercera Avenida y el sonido de los cláxones acaba poniéndole a uno los nervios a flor de piel. Nos vemos obligados a dormir con las ventanas cerradas, pero no nos importa demasiado porque el cuarto es muy grande y hace frío.

El hotel está situado en la carrera Séptima, una de las principales calles comerciales de Bogotá. No tiene más carácter que el de una superficial ostentación a la norteamericana. Hay luces de neón, anuncios norteamericanos con letreros en español, cines con películas de Hollywood (están poniendo El huevo y yo), bares decorados al estilo de Nueva York y grandes almacenes llenos de bisutería, moda y medicinas made in USA.

La noche de nuestra llegada, tras la cena, apareció Arturo de pronto. Nos contó que no había podido soportar Villeta. No había parado de llover y el lugar era para morirse del aburrimiento, no había ni media muchacha a la vista. Como había un coche de la familia disponible no lo dudó ni un segundo, se metió en él y condujo hasta Bogotá. Estaba a nuestra disposición para enseñarnos la ciudad si lo deseábamos.

Nos llevó a varios suburbios residenciales que se extienden a lo largo de decenas de kilómetros y sólo entonces empezamos a tener una idea de las enormes dimensiones de Bogotá. Es verdad que hay unas casas impresionantes, pero el efecto general es de una falta de elegancia deprimente. No aparecía ningún signo de un estilo nacional por ninguna parte, aunque fuera malo. Las casas españolas parecían más californianas que españolas y las pocas casas Tudor deben de encontrarse entre las más feas en su estilo en todo el mundo. En medio de este bárbaro país ha habido, al parecer, ciertos arquitectos británicos y americanos que se las han ingeniado para crear una especie de oasis de respetable aburrimiento, un ambiente de insípida seguridad tan falto de vida como cualquier lugar de las afueras de Londres.

Arturo, por su parte, sentía un gran orgullo cuando nos lo mostraba. Nos enseñó las casas de lo que él denominaba “la clase alta” para referirse a los ciudadanos más distinguidos. Luego nos llevó a la parte alta del Parque Nacional, que está en la base de la empinada colina que se alza sobre la ciudad. La noche estaba oscura y brumosa, pero la vista debe de ser magnífica desde allí. Arturo se encargó de añadirle encanto al decirnos dramáticamente que corríamos cierto peligro al estar allí a esa hora porque mucha gente había sido asaltada y asesinada en aquel lugar. Cuando nos bajamos del coche miraba furtiva e intensamente a los árboles que estaban alrededor. No parecía muy asustado, sino más divertido con la idea de hacernos sentir emociones fuertes. Cuando bajamos la cuesta de regreso a la casa añadió algunas advertencias más. Debíamos desconfiar de las supuestas invitaciones porque había una vieja costumbre colombiana: la de obligar al invitado a pagar la cuenta. Y ojo con las mujeres locales: casi todas tenían sífilis. Dijo eso y luego nos propuso ir a algún cabaret, invitación que declinamos. Ninguno de los dos teníamos la inagotable energía de Arturo y estábamos cansados.

El paseo por la ciudad de ayer por la mañana se encargó de corregir muchas de nuestras no muy positivas primeras impresiones. En realidad la ciudad sólo parece aburrida en los suburbios, el centro está lleno de contrastes y de carácter. La multitud lo ocupa todo y los trajes de negocios se mezclan con las ruanas de lana. Uno dobla una esquina en la que hay una farmacia americana y ve a un grupo de mujeres indias sentadas con sus mercancías. Nueva York parece cercano, pero también las aldeas que vimos cuando ascendimos la montaña.

Alrededor de la plaza de Bolívar hay calles estrechas y empinadas con sólidas mansiones de la época colonial con techos de teja ocres, ventanas enrejadas, portales tallados y anchos soportales. Vimos también algunos edificios de diseño moderno y entramos en una iglesia en la que había un maravilloso altar antiguo en madera de nogal. Los barrios bajos son como madrigueras de callejuelas llenas de barro y cuchitriles miserables en un estado medio ruinoso. Muchos de ellos no creo que tarden en desaparecer porque Bogotá está siendo reconstruida a un ritmo frenético para la preparación de la Conferencia Panamericana, que se producirá a principios del próximo año. En todas las ventanas se ven andamios y obreros. Vimos cómo demolían a mano toda una calle de chozas de barro y cómo las mujeres arrancaban aquella asquerosa techumbre de paja y se la llevaban en cestas. Van a construir una amplia avenida desde este lugar hasta el parque pero nadie sabe adónde van a trasladar a los antiguos ocupantes.

Bogotá es ciudad de conversaciones. Cuando uno camina por la calle está bordeando continuamente a las parejas y pequeños grupos que se concentran en charlas animadas. Los hay que llegan a pararse a charlar en mitad de la calle deteniendo el tráfico. Supongo que discuten sobre todo de política. Los cafés están también repletos y todo el mundo lleva un periódico en la mano para citarlo o sencillamente para blandirlo en el aire.

No he visto tantas librerías en ningún otro lugar. Aparte de docenas de autores latinoamericanos de los que jamás he oído hablar, tienen también una gran variedad de traducciones, desde Platón hasta Louis Bromfield. Bogotá es famosa por la cultura. Se suele mencionar como anécdota, creo que viene de John Gunther, que hasta los limpiabotas han leído a Proust.
[…]
A pesar de toda la generosidad de Arturo no hemos logrado establecer mucho contacto con la ciudad de Bogotá. No sentimos nostálgicos de nuestro hogar y nos aburrimos. El tiempo no ayuda mucho. Se ha puesto a llover demasiado y yo estoy tiritando frente a la mesa de nuestro enorme cuarto tratando de recordar y ordenar mis notas sobre el río Magdalena para un artículo. Caskey suele tener más recursos que yo en este tipo de situaciones. En este preciso instante se corta, con gran concentración, las uñas de los pies. De pronto levanta la mirada y dice entre soñoliento y ausente: “¡Bogotá es… espléndida!”. Y los dos estallamos en una carcajada.



Lo fusilamos de Christopher Isherwood, El cóndor y las vacas. Diario de un viaje por Sudamérica, México DF, Sexto Piso, 2012, pp. 65-67. Traducción de Andrés Barba.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Gabo. Memorias de una vida mágica, de Óscar Pantoja y otros


¿Cómo no alegrarse por la buena idea? ¿Cómo no alegrarse por la prensa que ha tenido este libro, por el interés que ha despertado? ¿Cómo no comprarlo? Fue lo que hice hace pocos días, tan pronto tuve el tiempo y el dinero –vale 80 mil pesos–. Con él en las manos llegaron gratos encuentros: el atinado trabajo tipográfico, el papel robusto que da sensación de calidez, el aprovechamiento de los recursos –parece impreso a todo color, pero sólo se usan dos tintas a lo largo del libro–. Aprecié encontrar una fe de erratas: ese detalle de cortesía cada vez se tiene menos con nosotros los lectores. La tapa dura, la sobrecubierta bien pensada… En fin: otra muestra del estupendo trabajo de John Naranjo y sus colaboradores en la editorial que él dirige. Sin duda, Naranjo es uno de los mejores diseñadores editoriales del país.

El libro está dividido en cuatro partes, cada una dibujada por alguien distinto; el guión de toda la novela fue hecho por Óscar Pantoja. Hay una línea más o menos consistente en todo el trabajo gráfico; las diferencias en el trazo se alcanzan a notar pero no estorban, y más bien condimentan la lectura. A excepción del último pasaje, compuesto por la “Parte Cuatro” y el “Epílogo”, dibujados por Julián Naranjo, donde el rompimiento es mayor y se nota el cambio. Y será cuestión de gustos, pero la línea burda, el trazo tembloroso de esta última parte me molestó bastante. Creo que el trabajo de este ilustrador no estuvo a la altura de los demás.

Mi parte favorita fue la tres: noté un trabajo profesional y bien hecho con las viñetas; puedo advertir que el autor, Felipe Camargo, está familiarizado con los recursos que provee el género de la novela gráfica. Esta parte a su cargo se ve mejor armada, como pensada con mayor cuidado (véanse las páginas 112 a 114 como pequeña muestra). En la “Parte Dos”, a cargo de Tatiana Córdoba, me gustó encontrar recreadas un par de fotos famosas: la de la turba arrastrando el cadáver de Juan Roa Sierra por las calles de Bogotá y la foto de Gabo y Plinio en París en la década del sesenta. Creo que hay otras, pero no estoy seguro. El trabajo de Córdoba con los rostros es el mejor de los cuatro ilustradores; las viñetas con planos generales le quedan mejor a Miguel Bustos, encargado de ilustrar la “Parte Uno”.

Ahora bien, si el libro como objeto me regaló varias alegrías, el guión me trajo no pocas decepciones. Noté en él casi ninguna gracia: lo vi plano, soso. Por momentos me sentí leyendo una biografía ilustrada de Gabo tomada de Wikipedia. La elección estética más arriesgada de Óscar Pantoja fue alterar la cronología y enfocarse en el momento de creación de Cien años de soledad: el libro comienza cuando Gabo, su esposa y sus dos hijos van en carro hacia Acapulco, en 1965, cuando al Nobel colombiano se le hizo clara en su mente la novela que venía incubando desde hacía por lo menos treinta años. Y regresa a ese momento en dos o tres ocasiones más. Por lo demás, poco humor, transiciones y acotaciones escritas como por cumplir, redactadas. El abuso en el recurso un poco manoseado de repetir un estribillo: “Muchos años después…”. Creo que el personaje merecía un trabajo literario más esmerado.

En resumen, una muy buena idea editorial, ejecutada con suficiencia en la parte gráfica y de producción, mas no en la literaria. Conviene no olvidar que el género se llama novela gráfica, es decir, que el peso estético no recae sólo en los dibujos, sino que se reparte entre éstos y el guión.  



Óscar Pantoja, Miguel Bustos, Felipe Camargo, Tatiana Córdoba y Julián Naranjo, Gabo. Memorias de una vida mágica, Bogotá, Rey Naranjo Editores, 2013.