miércoles, 29 de octubre de 2014

Los pensamientos despeinados de Jerzy Lec


Será el agua de sus ríos, el clima, los vientos que la cruzan, sus fronteras porosas y cambiantes, la seguidilla de invasores que ha tenido desde hace mil años. Quién sabe qué será lo que provoca ese humor al tiempo brillante y amargo de los escritores polacos, esa visión del mundo tan crítica y sardónica… Y no pienso en dos o tres: Wislawa Szymborska, Adam Zagajewski, Czelaw Milosz, Isaac Bashevis Singer, Bruno Schulz, Slawomir Mrozek, Witold Gombrowicz, y por favor: Joseph Conrad… Todos son escritores de primera, todos comparten esa mirada de reojo y con reservas.

Stanislaw Jerzy Lec condensa todo ese ingenio áspero en dos o tres líneas. Poco pude encontrar sobre su vida en una búsqueda rápida. Nacido en 1909 y muerto en 1966, fue poeta, pero no fueron sus versos sino sus aforismos los que se convirtieron en universales. “La severidad de sus aforismos hace pensar en la crueldad de las bromas callejeras de Varsovia, en la agudeza del espíritu vienés y en el humor judío”, escribió el Nobel Czelaw Milosz.

Editorial Península hizo una primera edición de su libro más famoso, Pensamientos despeinados, en 1996, con traducción de Emilio Quintana. Ahora, la estupenda editorial Pre-Textos trae otra edición, traducida por Elzbieta Bortkiewicz y Abraham Gragera. Sin más preámbulos, aquí hay unos cuantos, para que se antojen y vayan por el libro. Lo conseguí en La Madriguera del Conejo en Bogotá, pero la editorial tiene una buena distribución en el país, así que debe estar en todas las librerías que vale la pena visitar. Creo que no hay por estos días en las mesas de novedades un mejor libro para comprar y leer.


Pensamientos despeinados (fragmento)

Una ventana al mundo puede taparse con un periódico.

Si el arte de la conversación alcanzara un nivel más alto, la tasa de natalidad sería más baja.

Incluso en su silencio había faltas de ortografía.

Las rosas huelen profesionalmente.

También los masoquistas lo confiesan todo bajo tortura. Por gratitud.

Siempre habrá esquimales que elaboren pautas de comportamiento para los del Congo Belga en épocas de fuerte canícula.

“Con los eunucos se puede hablar largo y tendido”, contaba una integrante del harén.

El instante en que uno descubre su falta de talento es un destello de genialidad.

Sólo los genios y los estúpidos son intelectualmente autosuficientes.

¡Hay que popularizar el elitismo!

Algunos padecen hipertrofia de glándulas políticas.

Lo lapidaron en un monumento.

Cada siglo tiene su Edad Media.

Al principio era el Verbo. Al final la Verborrea.

¿Él? ¡Su ignorancia es enciclopédica!

¿Son inteligentes las mujeres desnudas?

Se apretaron tanto el uno contra el otro, que no quedaba sitio para los sentimientos.

Un consejo para los escritores: llega un momento en el que hay que dejar de escribir. Incluso antes de empezar.



Stanislaw Jerzy Lec, Pensamientos despeinados, Valencia, Pre-Textos, 2014, 227 p. Traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Abraham Gragera.




jueves, 16 de octubre de 2014

Ciertas personas de cuatro patas, de Rafael Baena


Este libro se abre con un niño de cinco años montado sobre una yegua de nombre Panela. Es el autor, quien pocos años antes ha dicho su primera palabra. No fue papá ni mamá, sino a ayo, caballo. Al parecer, su  amor por esas “ciertas personas de cuatro patas” estaba escrito en sus células desde antes nacer.

Este libro es el testimonio de ese amor. En sus páginas están los caballos que más ha apreciado, el que le enseñó a montar a sus hijas, una yegua que le salvó la vida y un caballo a quien el autor salvó de una muerte dolorosa. Conocemos a Casandra, un ejemplar soberbio a quien Baena le prometió que si algún día escribía una novela, los caballos serían personajes principales. Hasta el momento ha publicado cinco, y en tres de ellas los caballos están en la primera línea de la peripecia: Tanta sangre vista, ¡Vuelvan caras, carajo! y La bala vendida. Si el lector de este comentario no las ha leído, hágase el favor de leerlas. Le garantizo que no será la misma persona cuando las haya terminado.

También conocemos a Centella, la yegua más bonita de la finca donde vive el autor:

Hace gala de un temperamento complicado, hasta el punto de ser virgen y no haber conocido caballo […] Aunque no creo en la reencarnación, ver el comportamiento de esa yegua ha hecho tambalear mi agnosticismo, pues cada vez más me convenzo de que guarda dentro de su corpachón el alma de alguna pionera sufragista o, por qué no, el espíritu de la mismísima Betty Friedmann [sic], dada la vehemencia con la que defiende sus convicciones, que van todas en contravía del mito del corral apacible y feliz: cocea, muerde, es agresiva con sus compañeros de manada y lazarla es toda una proeza. (p. 23)

Muy pronto la historia personal da paso a una historia más amplia de la relación del hombre con los caballos. Particularmente se concentra en la caballería, el uso de los caballos en la guerra, porque su uso “en tiempos de paz no ha sido más que una derivación de las labores cumplidas sobre el campo de batalla” (p. 118). Así, vemos cómo van llegando el freno, la herradura, el estribo, mientras se nos cuentan algunas formaciones y batallas de Alejandro Magno, Aníbal, Gengis Khan, Atila...

Lo más notable de este libro es que el autor no abandona nunca el tono de amena conversación que emprendió al comienzo, cuando nos estaba contando apartes de su historia personal con los caballos. Por eso, mientras avanzaba sentía que estaba leyendo un ensayo en el más inglés sentido del término: delicioso, honesto, útil, entretenido. Compuesto en una prosa diáfana y rítmica. Personal. Lleno de respeto por su tema y por el lector. Pero, a diferencia de esos escritores ingleses de ensayos deliciosos que tanto me gustan (Charles Lamb, William Hazlitt, Oscar Wilde, Robert Louis Stevenson, Chesterton), Baena mira más allá de Occidente:

Mientras los europeos atravesaban siglos de oscura incertidumbre y enclaustraban el saber en los monasterios, los árabes, organizados políticamente en califatos, alcanzaban refinamientos y logros que iban desde el jabón aromatizado hasta las diferentes ramas de la ingeniería, hacían poesía, ampliaban los horizontes de las matemáticas y de la filosofía, creaban recetas culinarias para complacer a Dios… y criaban los caballos más hermosos y resistentes que jamás hubo sobre la Tierra. (p. 100).

Conocer palabras nuevas debería ser motivo de celebración. Desde que leí este libro estoy feliz por haber encontrado palabras tan hermosas como sisar, almohaza, guadamecí, ramonear… No sé para qué las voy a usar, o cuándo, pero no importa. Los lectores sabemos bien que no todo conocimiento es útil. Pero me estoy yendo por las ramas.

En los dos capítulos finales, luego de ese montón de aventuras alrededor de los hombres y sus caballos, el autor regresa al ámbito íntimo, familiar. Vemos una imagen similar a la del comienzo: una criatura de pocos años sentada sobre un caballo. Es su nieta Guadalupe. Y así, sabemos que esta historia de amor y devoción a los caballos continúa escrita en las células de su descendencia. 



Rafael Baena, Ciertas personas de cuatro patas, Bogotá, Luna Libros, 2014.