miércoles, 5 de octubre de 2016

Así nacen los mitos


¿Qué tiene qué ver la erupción de un volcán en una isla del Pacífico con Frankenstein y Drácula? Todo, según el narrador de esta novela. La erupción de ese volcán, inédita en la historia de la Tierra por su poderío, produjo un invierno prolongado en casi todo el mundo en 1816, por lo que se le conoce como el año que no tuvo verano. En el norte de Europa, en Ginebra, cuatro personajes se encuentran por diferentes azares del destino en una villa durante la larga noche invernal de junio de ese año. Se trata de los poetas Percy Shelley y Lord Byron, el médico de este último, John William Polidori, y la novia de Shelley, Mary Wollstonecraft. Allí, mientras esperan a que pase la tormenta, leen piezas literarias de fantasmas tomadas de un viejo libro alemán. Byron, el terrible, propone que cada uno de ellos escriba su propia historia de horror. Ya conocemos el resultado: John William Polidori escribe El vampiro, una versión temprana del muerto en vida que luego inspiraría a Abraham Stoker para componer su Drácula, y Mary escribe su Frankenstein o el moderno Prometeo. En la misma casa, en la misma fría noche de tres días, nacen dos mitos modernos.

Esta es una novela intelectual —por momentos es un ensayo, un libro de viajes, unas memorias, un informe de investigación—, reflexiva, pero no por ello poco fascinante. En la urdimbre de dos mitos modernos y la investigación que sigue el narrador hay peripecia y emoción. La emoción que provoca ir descubriendo hechos, eventos a medida que se avanza en una búsqueda. Una especie de trama policíaca sin víctima ni victimario: el detective, que es el narrador, va uniendo pistas, encontrando evidencias. ¿De qué? De ese encuentro entre poetas en una villa algo fantasmagórica de Ginebra. De esos dos grandes motivos de la literatura contemporánea que nacieron al mismo tiempo. Del camino que va del romanticismo al gótico. De la entrada del mundo en una era moderna cuyo destino más terrible pareciera ser la automatización de la vida.

Al tiempo es una reflexión sobre la creación artística, sobre la manera en que infinidad de eventos se confunden y combinan para que un ser humano tocado por la inspiración cree un mundo de ficción perdurable. “¿Cuándo comienzan realmente las cosas? ¿Es toda invención una reinvención, todo hallazgo un recuerdo, y la vida el cumplimiento de un relato que ya oímos de niños junto al fuego?” se pregunta el narrador en la página 288.

La frase suena grandilocuente, pero es cierta al menos para mí como lector: con esta novela, la literatura colombiana tiene esperanza de volver a alcanzar el calificativo de universal. Es una obra ambiciosa, inteligente, poderosa. (Ay: cuánta ambición le falta a la literatura colombiana contemporánea. Pero ese es otro tema.) Está animada por la poesía y el respeto por la palabra y la tradición literaria. Es Literatura, así con mayúscula.


William Ospina, El año del verano que nunca llegó, Bogotá, Penguin Random House, 2015.


Una versión de este comentario con pequeñas variaciones apareció en el boletín 73 de la estupenda librería Libélula, que puede leerse pinchando aquí.