lunes, 28 de enero de 2008

Los caballitos del diablo, de Tomás González



Ya lo sabemos: no es coincidencia que la biblioteca El Tiempo de autores colombianos, que se distribuyó a precios amigos el año pasado, tenga en su catálogo casi exclusivamente a autores del Grupo Planeta (Gamboa, Mendoza, Gossaín, Medina, Franco…). Luego, en diciembre, la revista Cambio publica un especial donde diez autores colombianos escriben sobre sus personajes favoritos (y aquí vamos otra vez: Gamboa, Mendoza, Gossaín, Medina, y cambian a Franco por Quiroz…). Mencionados insistentemente por el diario con más influencia del país (para Nicolás Morales Thomas, los que estamos entre los 30 y los 40 somos la “generación del diario único”) se convierten estos autores, para el lector desprevenido, en los autores colombianos canónicos. Escritores que publican en editoriales con menos influencia —e incluso que, hay que decirlo, descuidan a sus autores en términos de promoción— simplemente se pierden para ese lector común, que frunce el ceño confundido cuando le hablan de Pilar Quintana, de Juan Diego Mejía, de Tomás González.

Y no quiero decir con esto que González sea mejor que la selección Planeta, pero sí es un escritor tan o más competente que muchos de ellos. (A mí me da mucha pena, pero la inclusión de Carolina Sanín en el especial de Cambio y en la antología 100 autores colombianos del siglo XX es alevosa; su primera novela no es mala: es ridícula; pero bueno, es el primer strike, leeré con juicio la próxima que publique.) Sin embargo Tomás González pasa desapercibido, y no debería ser así. A ver. Este libro no te va a cambiar la vida, no es una lectura trascendental, de las que te alteran la visión de ciertas cosas: se trata de una historia amena y muy bien contada, de las que te dan lo que tienen que dar el fin de semana que pasas en la finca del primo o en la terraza de un Juan Valdez mientras es la hora de entrar a la película.

El tema está muy cercano al de su primera novela, Primero estaba el mar: una pareja joven, con algo de hippie y mucho de disfuncional, intenta colonizar una tierra alejada del ruido de las ciudades, y en el intento se descalabra. Incluso el protagonista de aquélla, J., es personaje tangencial en esta historia, que González compone mediante capítulos cortos que funcionan como postalitas; al final, el lector tendrá una visión de conjunto, a la manera de las fotografías en mosaico de David Hockney.

Son constantes en este autor los anuncios, los adelantos que va soltando por allí y que funcionan muy bien en la tarea de tener al lector pegado a la página: “Por esos días no era como sería después” (p. 31), “quien habría de morir en una finca en el Golfo de Urabá” (p. 32), “Después pasó todo eso… tan maluco” (p. 32), “Aún no habían asesinado a sus hijos…” (p. 84). Y es un maestro González en condensar en un párrafo, en un diálogo, toda la idiosincrasia de un pueblo, de un tipo humano; en este caso, la (doble) moral antioqueña cabe en las conversaciones de los personajes, en pinturas de la ciudad que crece abajo de la finca del protagonista. Un personaje le dice al protagonista “Yo no creo que podás mirar lo de Emiliano como un robo […] A estas vainas se les llama falta de ética, ¿cierto? Falta de ética en los negocios es una cosa; robo, robo, es otra” (p. 60). Me recordó una historia que me contaban cuando era niño en Medellín, según la cual un señorón antioqueño le dijo una vez a su hijo: “mijo, vaya consiga plata honradamente; y si no puede, entonces vaya consiga plata”.

Es un gusto la manera en que Tomás González le da nombre a la naturaleza. Para él no hay árboles frutales: hay totumos, aguacates de la Florida y criollos, guanábanos, naranjos… Para él no hay matas, hay buganvillas, rosales, balazos, cafetos… De algunos incluso da el nombre científico y características botánicas, en los monólogos del protagonista que a medida que avanza el relato se hacen más frecuentes. En uno hacia el final se pregunta “para qué saber tanta carajada”, e inmediatamente se responde: “Por el sonido” (p. 144). Y es un gusto también la manera como pinta con dos palabras un objeto, una situación, como el aspecto “macabro” de unos bananos pasos o la salida intempestiva de las palomas con un “aplauso opaco” (p. 86).

Ahí, en esa economía de recursos, en ese ojo afilado y perfectamente conectado con su pluma es que está la suficiencia de Tomás González como narrador; en esa manera firme de llevar al lector por historias de personajes que se despeñan. Y es una lástima que estas condiciones de buen narrador queden sepultadas por un aparato de mercadeo tan bien aceitado como el que ponen a funcionar cada tanto el Grupo Planeta y sus sucursales.


Tomás González, Los caballitos del diablo, Bogotá, Norma, 2002, 178 páginas. Hay una edición más reciente, con otra carátula.

lunes, 21 de enero de 2008

Fusilado: J.-B. P. Descuret



Parece que el término bibliomanía fue acuñado en el siglo XVII por el bibliófilo y médico Gui Patin cuando escribió: “En su biblioteca, M.E. tiene lomos de libros [...] puestos expresamente para llenar un vacío, o para engañar a quienes los sacan pensando que se trata de verdaderos libros. En la actualidad hay muchos impostores semejantes, que [...] satisfacen el estúpido orgullo de parecer aficionados a los libros, gente docta, eruditos. Llamo a esta enfermedad bibliomanía, y por mi parte quisiera que no se permitiera poseer libros más que a los que están en condiciones de leerlos y beneficiarse de ellos. El mundo está de cabeza”.

El mexicano Jaime Moreno Villarreal ha compuesto un completo catálogo de artículos, poemas, ensayos, cuentos y crónicas sobre la afición, benéfica y patológica, por los libros en la antología De bibliomanía. Un expediente (México, Universidad Veracruzana, 2006). La introducción es al tiempo una historia de los libros y de la afición por ellos, y el conjunto de autores seleccionados es amplio en épocas, nacionalidades, estilos: Luciano de Samosata, Sebastián Brant, Cervantes, Flaubert, Séneca, Petrarca, La Bruyére, D’Alembert, Diderot, Tomás de Iriarte, Niceto de Zamacois, Remmy de Gourmont, Charles Nodier, Alexandre Dumas, William Shepared Walsh, De Nerval y una docena más. De allí fusilamos el texto que sigue, mientras podemos conseguir en Colombia el bello libro. Del autor de este fusilado no pude encontrar mayor noticia, así que se recibe información.


El bibliómano Boulard

Guardémonos de confundir con los bibliómanos a esos hombres de gusto y talento que tienen libros sólo para distraerse, y que han sido decorados con el nombre de bibliófilos. “De lo sublime a lo ridículo”, dice un agudo aficionado a los libros, “no hay más que un paso; del bibliófilo al bibliómano no hay más que una crisis”. El bibliófilo se vuelve frecuentemente bibliómano cuando su espíritu decrece o cuando su fortuna aumenta, dos graves inconvenientes a los cuales están expuestas las personas honradas; pero el primero es mucho más común que el segundo. “El bibliófilo”, añade M. Carlos Nodier, “sabe escoger los libros; el bibliómano los amontona. El bibliófilo reúne los libros con los libros, luego de haberlos sometido a todas las investigaciones de sus sentidos e inteligencia; el bibliómano los hacina sin mirarlos. El bibliófilo valora el libro, el bibliómano lo pesa o mide. [...] La inocente y deliciosa fiebre del bibliófilo es, en el bibliómano, una enfermedad aguda llevada hasta el delirio. Llegado a tal grado fatal de paroxismo, este mal no tiene nada de inteligente y se confunde con las demás manías”. Si me fuese permitido añadir un última pincelada para resumir este juicio paralelo, diría que el bibliófilo posee libros, y el bibliómano es poseído por ellos.

Entre todas las manías coleccionistas, la de los libros me ha parecido siempre, a la vez, la más extendida, la más seductora y la más lentamente ruinosa. Me limitaré a citar un ejemplo. Trátese de un coleccionista de bien; hombre raro en su especie, incapaz de robar un elzevirio de dieciocho líneas de margen, que extremaba la delicadeza hasta el punto de devolver fielmente el libro más insignificante que se le prestase, y que nunca dio cabida en su mente a la idea de descabalar una obra buena, con la esperanza de adquirirla luego a bajo precio.

M. Boulard, hombre de gusto y literato instruido, había adquirido una gran fortuna en el notariado, que ejerció en París por muchos años de una manera, la más honrada. Muy diferente de los notarios del día, M. Boulard no era un hombre de mundo; era el hombre de su despacho, el guía, el amigo de sus clientes; y no se decidió a dejar su notaría sino hasta que pudo transmitirla a un hijo heredero de su inteligencia, de su celo y de sus virtudes.

Hasta entonces, M. Boulard creyó su deber reprimir una afición muy marcada que tenía a los libros; pero desde que se vio dueño de su persona y de su tiempo, no pensó más que en formarse una colección de obras raras y curiosas.

Helo aquí, pues, manos a la obra, pasando una parte del día en casa de los grandes libreros, y otra parte en casa de los libreros de ocasión hojeando, oliendo, midiendo y comprando siempre las ediciones raras, las buenas ediciones, las únicas en que se halla la falta, la bendita falta, estrella polar de los verdaderos aficionados. Los antiguos aficionados a la librería aseguran no tener memoria de haberle visto entrar en casa sin llevar debajo del brazo varios volúmenes. Por lo demás, sus numerosas compras eran siempre pagadas al contado, y al cabo de algunos años era mirado en todo París como la segunda providencia de los libreros de viejo. A tal paso, pronto quedaron llenos los estantes que cubrían todas las paredes de su domicilio, y hubo necesidad urgente de preparar sitio para las adquisiciones futuras.

A fuer de señora prudente y económica, Mme. Boulard había aconsejado repetidas veces a su marido se pusiera a leer antes de seguir comprando; pero tal consejo, bueno cuando más para un bibliófilo, no era de manera alguna del agrado de nuestro bibliómano. Los nuevos volúmenes, que de algún tiempo llegaban por masas, por toesas cuadradas, fueron colocados por montones, delante de la biblioteca, inaccesible ya, y hasta en el cuarto de dormir, convertido ya un día en cuatro grandes calles todas guarnecidas de estantes.

A todo esto, M. Boulard se iba volviendo menos amable y más misterioso. De mañana empezaba sus excursiones mucho más temprano que de costumbre, a hora en que los libreros no habían abierto sus tiendas ni los vendedores de viejo puesto sus paradas; con frecuencia no iba a almorzar a su casa, iba a cenar muy tarde, y un día sucedió que no fue a cenar ni a dormir. En vano Mme. Boulard, alarmada, pregunta a su marido acerca de tan escandalosa conducta; el bibliómano se obstina en guardar silencio, o da respuestas evasivas. Desde aquel entonces se le siguen todos los pasos, se le espían todas las acciones a aquel relajado y no se tarda en averiguar que hace algún tiempo pasa días enteros en una de sus casas, de la cual había despedido sucesivamente a todos los inquilinos, que acababa de transformar en una vasta biblioteca. La noche que su esposo había olvidado pasar bajo el techo conyugal, era precisamente aquella durante la cual arregló tres carretadas de libros, cuya compra accidental no se había atrevido a confesar. Entran entonces las explicaciones, hay lloros por una y otra parte, y por último se firman las paces, pero ¿bajo qué condiciones? Nuestro bibliómano ha dado palabra de honor, ha empeñado su fe de antiguo notario, de que empezará inmediatamente un catálogo, y no comprará en lo sucesivo ni un volumen sin expresa autorización de Madame.

Fiel a sus promesas, el honrado, el venerable M. Boulard da principio a su obra; todavía sale a menudo, es verdad; pero sólo para visitar sus antiguas galerías, mas nunca para comprar. Algunos meses después de tan animosa resolución, empezó a declinar su salud; particularmente perdió el apetito y las fuerzas, empezó a enflaquecer; su carácter, antes amable y placentero, se volvió de repente sombrío y melancólico: sordamente minado, en fin, por una calentura nerviosa, llegó a no poderse mover de la cama. Sólo entonces fue cuando el médico que le visitaba sospechó que aquella fiebre consuntiva podía muy bien proceder de una especie de nostalgia, de melancolía que sufría el enfermo de no poder comprar más libros; y, de concierto con Mme. Boulard, puso en práctica la siguiente estratagema: un cambalachero va a extender en la calle algunos centenares de volúmenes frente a las ventanas del bibliómano, y luego, a una señal convenida, se pone a vender sus libros al pregón, atrayendo a los transeúntes con gritos fuertes y sonoros.

—¿Qué es eso? —pregunta M. Boulard a su esposa.

—Nada, cariño mío, es un vendedor que quiere deshacerse de algunos libros viejos.

Al oír estas palabras un profundo suspiro se escapa del pecho del enfermo:

—Si al menos pudiese ir a verlos, me parece que el aire libre me haría bien.

—Si quieres vestirte y tomar mi brazo, probaremos a bajar, y vamos, por hoy te permito comprar los volúmenes que quieras.

Apenas pronunciadas estas palabras, el enfermo ha saltado de la cama; vístese en un santiamén y, no obstante su endeblez, baja con bastante facilidad la escalera.

Acercándose al vendedor, deja M. Boulard el brazo de su mujer y la obliga a volverse a la casa. Entonces, con ojos llenos de alegría y con una rodilla en el suelo, recorre rápidamente las obras, las abre, las cierra y las vuelve a abrir para poderlas palpar más tiempo. Las más son buenas, hay algunas que hasta son raras: ¿cuáles comprará? En el embarazo de la elección las compra todas. Al día siguiente por la mañana nuestro bibliómano se halla sensiblemente mejor, había pasado una noche excelente; en cada una de sus facciones brillaba cierto aire de serenidad y muy luego entró en convalecencia.

Merced a semejantes permisos, que fue menester renovar con bastante frecuencia, M. Boulard vivió largos años. A los setenta y cinco, veíasele por los muelles envuelto en un inmenso redingote azul con sus anchurosos bolsillos de atrás cargados de dos volúmenes en 4°. Y los de delante de unos diez en 16° o en 12°. Entonces era M. Boulard una verdadera torre ambulante; pero hallaba su carga agradable, y ni por todo el oro del mundo habría consentido que lo aligerasen de ella.

Mas ¡ay! Todo tiene un término en este mundo: el 6 de mayo de 1825, M. Boulard tuvo el sentimiento de dejar esta vida sin poderse llevar sus seiscientos mil volúmenes*. Dos meses después eran vendidos a bajo precio. Si hubiese durado algunos años más, a pesar de su inmensa fortuna, probablemente habría muerto casi miserable.


* Después de la venta de la biblioteca de M. Boulard, los libreros de viejo de París estuvieron tan abastecidos, que por espacio de muchos años los libros de lance no se vendían más que por la mitad de su valor corriente.

El texto apareció originalmente sin nombre de autor y con el título “La bibliomanía” en Biblos. Boletín Semanal de Información Bibliógrafica, n° 50, México, Biblioteca Nacional, 27 de diciembre de 1919.

miércoles, 16 de enero de 2008

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy


Aquí está el Salvaje Oeste, señoras y señores, y no se parece en nada al que muestran esas asépticas películas de Hollywood donde Sharon Stone comanda un grupo de forajiditas buenonas o Kevin Costner hace pucheros con su bigotito cortado con escuadra. Aquí sí hay polvo y sangre y desmesura, calor y crueldad. Aquí ve uno a un tipo caminar en las rodillas por el desierto caliginoso durante seis días enteros porque los apaches le han cortado las plantas de los pies. Aquí cabalgan los forajidos con dos niños colgando de las manos en busca de una piedra para macharles las cabezas.

No pasa mucho en esta novela: cabalgatas de días mientras el narrador va describiendo el paisaje, que tampoco tiene mucho para ofrecer además de piedras, polvo y calor. Cada tanto, encuentros con indios o con cadáveres, entradas a pueblos donde se detallan fiestas de verdad, con putas de todas las tallas, comilonas pantagruélicas, cantidades navegables de alcohol, balaceras y más muertos. Cada tanto hay que ir apilando los cadáveres que van apareciendo antes de continuar con la lectura, y así va uno componiendo montículos del tamaño de un Volkswagen.

Pero a pesar de este panorama abyecto, cruel, las frases de esta novela están esculpidas con la disciplina de la poesía. Apenas dos botones: “Cabalgaron bajo la lluvia durante días y cabalgaron con lluvia y granizo y todavía con más lluvia” (p. 224); “Oscuras monedas de cobre en unas tablillas, los arrugados ojos de los ciegos. Amanuenses agachados junto a los escalones con sus plumillas y tinteros y cuencos de arena y leprosos gimiendo por las calles y perros lampiños que parecían esqueletos andantes y vendedores de tamales y viejas de rostro oscuro y torturado como la propia región acuclilladas en las cunetas atendiendo lumbres de carbón de leña donde chisporroteaban unas tiras renegridas de carne anónima” (p. 96). ¿Notan algo en común? Sí, la repetición de la preposición y (la figura se llama polisíndeton), que va sumando, va sumando hasta componer una atmósfera. Porque esta no es una novela de acciones, de peripecia, sino de atmósfera, que se logra —o no— mediante las descripciones.

Es en las descripciones donde un autor muestra el filo de sus cuchillos o sus tristes armas amelladas. Para que el lector no se aburra debe hacer uso de toda su pericia como escritor. Entran en juego la fina escogencia de las palabras —sobre todo los adjetivos—, lo acertado de las comparaciones, la capacidad de apelar a todos los sentidos y no sólo al de la vista, el ritmo de las frases. Y McCarthy demuestra ser un maestro digno de los elogios que le hace cada que puede el avinagrado Harold Bloom.

La novela comienza siguiendo a un chico desde sus primeros años, y cuando uno piensa que está comenzando una novela de formación, de esas tan típicas del siglo XIX, pronto se encuentra con que no es ese el personaje principal, sino una cuadrilla de mercenarios que recorren la borrosa frontera de México con Estados Unidos buscando y cazando indios. Quizá el personaje más memorable sea el juez Holden, un sabio en materias científicas y espirituales, al tiempo más cruel que todos los mercenarios juntos, que ya es decir mucho. Botánico, geólogo, dibujante notable, historiador, aventurero, este gigantón albino es de esos personajes que permanecen en la memoria y asustan en las noches a los lectores entusiasmados, como el Dick de A sangre fría o el Heathcliff de Cumbres borrascosas.

Nunca como en esta novela tuvo tanto sentido la expresión “matar por ver caer”. Cada página despliega una violencia que pareciera no venir de ninguna parte, una crueldad sostenida en una razón de dos letras: porque sí.

Para terminar, debo decir que estos libros de Debolsillo están impecablemente editados, por eso es escandaloso que haya una errata en el texto más grande del libro, la portadilla. Allí se nos dice que el autor es Cormac McArthy. Pero que tal descachada no desanime a quien sienta ganas de emprender esta historia horripilante y tan bien escrita.

Cormac McCarthy, Meridiano de sangre, Barcelona, DeBolsillo, 2006, 400 páginas.

sábado, 12 de enero de 2008

Fusilado: Cyril Connolly




Con la amargura y el pesimismo que siempre condimentó sus comentarios sobre libros, Connolly insistía en que sólo sería recordado por haber sido compañero de colegio de George Orwell, en Eton, y de universidad —Oxford— de Evelyn Waugh.

Pero no. A pesar de su desidia, de pelear siempre con el oficio que ejerció toda su vida —comentarista de libros en revistas pero sobre todo en diarios dominicales londinenses—, de poner siempre sus otras aficiones —la bibliofilia, la gastronomía, los viajes— antes que la lectura y el comentario, Cyril Connolly es recordado todavía como una voz lúcida, arbitraria, erudita y divertida de la crítica anglosajona. Obsesionado por escribir una obra maestra, luego de diez años en el oficio pulimentó un objetivo claro, que expuso en la presentación de uno de los pocos libros que publicaría en vida, Enemigos de la promesa: “Tengo una sola ambición: escribir un libro que se mantenga vigente durante diez años. ¿Cuántos libros de hoy han durado tanto? Pongo diez años porque ése es el tiempo que llevo escribiendo sobre libros y porque puedo afirmar, y ésta es la advertencia más grave, que dentro de poco la escritura de libros, en especial obras de ficción que duren una década será un arte extinto. Los libros contemporáneos no se mantienen [...] La brevedad del éxito de un libro puede deberse a los lectores, pues periódicos, bibliotecas, sociedades literarias, radio y cine han viciado el arte de la lectura…”.

La Obra selecta de Connolly publicada en el 2005 por Lumen recoge algunos de sus más conocidos libros: Enemigos de la promesa, La tumba inquieta —me gustaba más la traducción con que se conocía antes en español, La tumba sin sosiego—, entre otros, así como una selección de artículos sueltos. Sus 1.010 páginas constituyen todas una única lección de pluma elegante, personalidad, humor, amargura, erudición sin pretensiones y lectura juiciosa. De allí fusilamos lo que sigue.


Críticos

Los críticos pueden dividirse en dos clases. Para unos la literatura no debe ser demasiado esotérica, no debe preocuparse en exceso por el estilo y la imaginación. A mí sólo me gustan dos tipos de novelas: la obra de arte o el libro de escaso grosor, y la novela de entretenimiento. El otro tipo de crítico prefiere la ficción didáctica; para ellos las novelas que yo más admiro simplemente rebosan de escritura bonita, frívola, entretenida o egotística. En su opinión la novela no es un fin en sí misma, sino un instrumento para corregir las injusticias, para transmitir información o exponer teorías. Wuthering Heights puede reivindicar a miles, pero Unce Tom’s Cabin reivindica a cientos de miles. En mi opinión, la novela de propaganda política, más que ninguna otra, es tan indigesta como una bala de cañón en un pudín de ciruelas.

Después de bregar con semejante libro, resultó triste leer el ataque de Sean O’Casey contra los críticos en las “Notas de viaje” incluidas en Time and Tide. Considera a todos los críticos, excepto a los que escriben en los periódicos del domingo, tímidos y contaminados hasta el límite. Para un crítico culto es posible, trabajando duro y con un poco de suerte, ganar quince libras al mes, pero es más probable que gane entre nueve y once. ¡Y con esa situación él espera que tengan una actuación tan enérgica como la de los críticos dominicales, que siempre han sido famosos por sus salvajes e incorruptibles ataques a autores y editores! Y, en cualquier caso, “los críticos nunca venden un libro”, tal como los editores no se cansan nunca de recordarnos. No, hay que mirar más lejos en busca de las causas de la decadencia de la novela, incluso si la servil apatía de los críticos contribuye a ella. Está, por ejemplo, la indigencia de autores que se ven obligados a ejercer el periodismo o a sobreproducir libros, negándose a sí mismos el adecuado tiempo de gestación que su talento pide; y la intransigencia de las librerías y todos esos clubes del libro que abastecen al público y que presionan a los editores para que publiquen las obras más largas y más aburridas de los valores más seguros, una antología si es posible; y si no es posible una antología, una saga; y si no es posible una saga, una cabalgata de ciento veinticinco mil palabras. Y después tenemos la ignorancia de los propios editores, su falta de rigor. ¿De cuántos libros se puede decir “Tiene que ser bueno, porque fulano lo publicó”, tal como se puede decir del trabajo de arquitectos, pintores o productores cinematográficos? Y está su desesperada ambición por publicar un best seller que les costeará la obra maestra, lo cual crea confusión: el veredicto de la posteridad obsesiona al escritor popular; el escritor de obras maestras sueña con Hollywood; el propio editor siempre mantiene un precario equilibrio entre una vaga inclinación hacia la buena literatura y el deseo de duplicar su capital; un intermediario con talento tachando ansiosamente palabras como “violación” en novelas que en cualquier caso son ilegibles. Y a todo esto habría que añadir la imbecilidad de los bibliófilos, que (interesados sólo por la rareza y el estado de conservación del libro, y movidos por ciertas experiencias incompletas de su infancia) se limitan a echar un vistazo a Howard's End, Prufrock o Inclinations y corren en busca de Mary Webb. Winnie the Pooh, Beau Geste y The Tale of the Flopsy Bunnies.

Podríamos concluir mencionando la bovina indiferencia del público lector, incapaz de desarrollar siquiera la actividad discriminatoria de rumiar. Y de este modo tenemos seis causas interrelacionadas de la mediocridad de nuestra narrativa actual. No parecen tener fácil solución, y entretanto la novela inglesa desciende a los abismos de la incompetencia en compañía de esos horrores gemelos: los hoteles ingleses y las clínicas inglesas.

Escribir crítica es un empleo a tiempo completo con un sueldo de media jornada, un oficio en el cual nuestro mejor trabajo siempre está sometido a la crítica de algún otro, en el que los triunfos son efímeros y sólo la esclavitud de la tarea es permanente, y en el que el futuro no ofrece nada seguro, excepto la certeza de acabar convertido en un gacetillero. Hay días en que un crítico se parece más y más a ese robot que hay en el muelle de Brighton, que engatusa a los paseantes con una metálica voz subhumana y, cuando éstos echan una moneda, les ofrece una cartulina con una crítica llena de lugares comunes y comentarios irrelevantes. Puede decir de sus libros como el reloj de sol dice de las horas: “Vulnerat omnes; ultima necat” [Todas hieren; la última mata]. ¿Quién sino el mejor de los críticos sería el peor de los novelistas e idearía entre noviembre y abril una novela con los excesos que ha cometido entre mayo y octubre?


Lo fusilamos de: Cyril Connolly, Obra selecta, Barcelona, Lumen, 2005, pp. 620-622.

martes, 8 de enero de 2008

Fusilado: Arthur Schopenhauer



Aunque el libro es breve, es dificilísimo escoger algún fragmento de El arte de insultar, una selección de frases puntiagudas de Schopenhauer preparadas por Franco Volpi para Alianza Editorial: todas tienen su mala gracia. El pésimo carácter hizo una afortunada conjunción con la erudición y fácil pluma en el escritor nacido en 1788, lo que le acarreó problemas hasta con su madre, quien en una carta de despedida le puso a su hijo: “Ya estoy cansada de soportar tu comportamiento [...] Te has apartado completamente de mí; tu desconfianza; tus críticas hacia mi vida y hacia la manera en que elijo mis amistades; tu conducta excluyente; tu desprecio hacia mi género; tu manifiesta resistencia a contribuir en lo más mínimo a hacerme feliz; tu avaricia; tu mal humor, que desahogas en mi presencia sin la menor consideración hacia mi persona; todo esto y mucho más, hace que me resultes odioso”.

Durante su juventud fue expulsado del colegio de Gota por escribir una diatriba contra un profesor, y su carrera como catedrático también se interrumpió antes de tiempo debido a las constantes polémicas con costumbres, libros y personas; entre ellas, Fichte y, sobre todo, Hegel, la estrella filosófica del momento y blanco de algunos de sus más dentados calificativos: “dilapidador de papel, tiempo y cerebros”, “repugnante charlatán sin talento e incomparable garabateador de disparates”.

De ese pequeño e infaltable volumen editado en 2006 por Alianza extraigo esta clasificación, justa para empezar este nuevo año en el ojo en la paja. Y para no apuntar a un único lado, mañana un comentario sobre los críticos.


Los escritores

Los escritores pueden dividirse en estrellas fugaces, planetas y estrellas fijas. Las primeras proporcionan golpes de escena momentáneos; uno levanta la vista, exclama ¡mira allí!, y un instante después se han esfumado para siempre. Los segundos, es decir, los astros errantes que vagan por el cielo, tienen mucha más sensatez. A menudo brillan más intensamente que las estrellas fijas, aunque ello se debe a su cercanía, y suelen ser confundidos con éstas por los profanos. Sin embargo, incluso ellos ceden pronto su lugar, su luz es prestada, y su esfera de influencia está limitada a sus vecinos orbitales (a sus contemporáneos). Yerran y cambian; lo suyo es describir una órbita de varios años. Sólo las estrellas fijas son invariables, se mantienen inmóviles en el firmamento, poseen luz propia, y su influencia no se restringe a un lugar, dado que, por no poseer paralaje, su apariencia no es afectada por el hecho de que nosotros modifiquemos nuestra posición. No están circunscritas, como aquellos otros cuerpos celestes, a un solo sistema solar (nación), sino que pertenecen al universo entero. Pero precisamente por lo elevado de su posición, su luz requiere casi siempre muchos años para ser vista por los habitantes de la tierra.


Lo fusilamos de: Arthur Schopenhauer, El arte de insultar, Madrid, Alianza, 2006, 162 páginas.