jueves, 30 de abril de 2009

Fusilado: John Steinbeck

El mismo año en que salió publicado Travels With Charley, 1962, a John Steinbeck le fue concedido el premio Nobel de literatura. Este libro es una crónica de viaje por un país que quería recuperar para sus ficciones, como lo cuenta en los preliminares que fusilo a continuación. Para mí es de los más bellos libros de viaje que he leído: la prosa de Steinbeck es la de un caballero entrado en años y educado, de esos que antes que mandar a alguien a comer mierda le dice que se vaya a freír espárragos. No por eso es engolado o pretencioso: como en sus novelas, en esta crónica Steinbeck tiene una sensibilidad especial por lo simple, tanto las personas como los espacios. Y un ojo afilado. El subtítulo del libro es “En busca de América”, pero como podrán advertir en este abrebocas, antes que encontrar un país el autor se encontró a sí mismo, y les hizo ver a sus lectores aspectos que seguro nunca habían visto antes, tanto del país, la naturaleza, como del hecho mismo de viajar.


Viajes con Charley (fragmento)


Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría este prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz. Cuatro ásperos pitidos de la sirena de un barco aún me erizan el pelo de la nuca y ponen mis pies en movimiento. El sonido de un reactor, un motor calentándose, hasta el toc-toc de unos cascos herrados en el pavimento producen el viejo estremecimiento, la boca seca y la mirada perdida, las palmas ardientes y una agitación del estómago bajo la caja torácica. En otras palabras, no mejoro; en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que se trata de una cosa incurable. Expongo esto no para instruir a otros sino para informarme yo mismo.

Cuando el virus del desasosiego empieza a tomar posesión de un hombre rebelde, y el camino que lleva lejos de Aquí parece ancho y recto y agradable, la víctima debe hallar en primer lugar en sí misma una razón buena y suficiente para irse. Esto al vagabundo efectivo no le es difícil. Tiene incorporado un huerto de razones donde elegir. Luego debe planear su viaje en el tiempo y en el espacio, elegir una dirección y un destino. Y debe por último realizar el viaje. Cómo ir, qué llevar, cuánto tiempo estar. Esta parte del proceso es invariable e inmortal. La explico sólo para que los recién llegados al vagabundeo no crean, como adolescentes con un pecado recién urdido, que lo inventaron ellos.

Después de trazar el plan, disponer el equipo e iniciar un viaje, interviene y se hace cargo un nuevo factor. Cada viaje, safari o exploración es una entidad, es diferente de todos los demás viajes. Tiene personalidad, temperamento, individualidad, carácter único. Un viaje es una persona en sí; no hay dos iguales. Y los planes, las salvaguardas, el control y la coerción son todos infructuosos. Descubrimos tras años de lucha que no hacemos un viaje: es el viaje el que nos hace a nosotros. Guías, programas, reservas, cosas obligadas e inevitables, naufragan y se hunden ante la personalidad del viaje. Sólo cuando admite esto puede el vagabundo de pura cepa relajarse y asumirlo. Sólo entonces se disipan las frustraciones. En esto un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas. Me siento mejor ahora, después de haber dicho esto, aunque sólo los que lo han experimentado lo entenderán.

* * *
Mi plan era claro, conciso y razonable, creo yo. He viajado durante muchos años por diversas partes del mundo. En Estados Unidos vivo generalmente en Nueva York, o me doy una vuelta por Chicago o por San Francisco. Pero Nueva York no es más los Estados Unidos de lo que París es Francia o Londres es Inglaterra. Así que me di cuenta de que no conocía mi propio país. Yo, un escritor estadounidense, que escribía sobre Estados Unidos, estaba trabajando de memoria, y la memoria es en el mejor de los casos un depósito defectuoso y deformado. No había oído el habla del país, ni olido la hierba ni los árboles ni las alcantarillas, ni visto sus cerros ni sus aguas, ni su color ni la calidad de su luz. Concía los cambios sólo por los libros y los periódicos. Pero, aparte de eso, llevaba veinticinco años sin sentir el país. En suma, estaba escribiendo sobre algo de lo que no sabía, y me pareció que en alguien que es supuestamente un escritor eso era un crimen. Mis recuerdos estaban deformados por los veinticinco años que habían transcurrido.

En cierta ocasión anduve viajando en una vieja furgoneta de una panadería, un cacharro de dos puertas con un colchón en el suelo. Paraba donde paraba la gente o se reunía, oía y miraba y sentía, y me formé así una imagen de mi país cuya fidelidad sólo estaba empañada por mis propias limitaciones.

Sucedió pues que decidí volver a mirar, decidí intentar redescubrir este país enorme. No podía sino explicar, al escribir, las pequeñas verdades diagnósticas que son los fundamentos de la verdad mayor. En los veinticinco años que habían transcurrido, mi nombre se había hecho razonablemente famoso. Y mi experiencia me había dicho que la gente cambia cuando ha oído hablar de ti, favorablemente o no; se convierten, por timidez o por las otras cualidades que inspira la publicidad, en algo que no son en circunstancias ordinarias. Debido a eso, el viaje me obligaba a dejar en mi casa mi nombre y mi identidad. Tenía que ser ojos y oídos peripatéticos, una especie de placa de gelatina en movimiento. No podría firmar en los registros de los hoteles, ver a gente que conocía, entrevistar a otros, ni siquiera hacer preguntas inquisitivas. Además, dos o más personas perturban el complejo ecológico de un área. Tenía que ir solo y tenía que ser reservado, una especie de tortuga despreocupada con la casa a cuestas.

Teniendo en cuenta todo esto, escribí a la oficina central de una gran empresa que fabrica camiones. Expliqué lo que me proponía y cuáles eran mis necesidades. Quería una furgoneta de tres cuartos de tonelada, capaz de ir a cualquier parte soportando condiciones posiblemente rigurosas, y en esa furgoneta quería una casita incorporada como el camarote de un barco pequeño. Un remolque resulta engorroso para maniobrar en pistas de montaña, es imposible y a menudo ilegal aparcar con él y está sometido a diversas limitaciones. A su debido tiempo, llegaron especificaciones detalladas de un vehículo resistente, rápido y cómodo, con techo de caravana (una casita con una cama doble, una cocina de cuatro fuegos, estufa, nevera y luces, todo ello de butano, un retrete químico, espacio de armario, espacio de almacenaje, ventanas con mosquiteros para los insectos), exactamente lo que yo quería. Me la entregaron en el verano en la casita que tengo para pescar en Sag Harbor, en el extremo de Long Island. Aunque no quería empezar entes del Día del Trabajo, cuando la nación vuelve a sentarse en la vida normal, quería acostumbrarme a mi concha de tortuga, equiparla y aprender a manejarla. Llegó en agosto, una cosa bella, potente y sin embargo ágil. Era casi tan fácil de manejar como un turismo normal. Y debido a que el viaje que había planeado había provocado algunos comentarios satíricos entre mis amigos, le llamé Rocinante, que era, como recordaréis, el nombre del caballo de Don Quijote.

Como no hice de mi proyecto ningún secreto, surgieron una serie de discusiones entre mis amigos y asesores. (Cuando se proyecta un viaje surgen enjambres de asesores.) Se me dijo que como mi fotografía estaba todo lo difundida que mi editor había sido capaz de conseguir, me resultaría imposible andar por ahí sin que me reconocieran. Dejadme que os diga por adelantado que en unos dieciséis mil kilómetros, y a lo largo de treinta y cuatro estados, no fui reconocido ni una sola vez. Creo que la gente sólo identifica las cosas en contexto. Ni siquiera los que podrían haberme reconocido en el marco que me corresponde teóricamente me identificaron en ninguna ocasión en Rocinante.

Se me advirtió que el nombre de Rocinante pintado en un lado de la camioneta con caligrafía española del siglo XVI provocaría curiosidad e investigaciones en algunos lugares. No sé cuánta gente reconoció el nombre, pero desde luego nadie hizo ni una sola pregunta sobre él.

Luego se me dijo que los objetivos de un desconocido que anduviese recorriendo por el país podrían provocar investigaciones e incluso recelos. Debido a esto metí en la camioneta una escopeta, dos rifles y un par de cañas de pescar, pues según mi experiencia si un hombre anda cazando o pescando se entienden e incluso se aplauden sus objetivos. En realidad, mis días de caza han terminado. No mato ya ni capturo nada que no pueda meter en una sartén; soy demasiado viejo para la matanza deportiva. Esta escenografía resultó innecesaria.

Se me dijo que mi matrícula de Nueva York provocaría interés y tal vez preguntas, ya que eran las únicas señales identificatorias externas que llevaba. Y así fue: unas veinte o treinta veces en todo el viaje. Pero esos contactos se atuvieron a una pauta invariable, que fue más o menos la siguiente:
Lugareño: “Nueva York, ¿eh?”.
Yo: “Sí”.
Lugareño: “Yo estuve ahí en 1938… ¿o fue en el 39? Alice, ¿fue en el 38 o en el 39 cuando fuimos a Nueva York?”.
Alice: “Fue en el 36. Me acuerdo porque fue el año que murió Alfred”.
Lugareño: “Es igual, no me gustó nada. No viviría allí ni aunque me pagara usted por hacerlo”.

Había cierta preocupación sincera por el hecho de que viajase solo, exponiéndome a un ataque, un robo, un asalto. Era bien sabido que nuestras carreteras son peligrosas. Y he de confesar a este respecto que tenía aprensiones absurdas. Hace años ya que no ando solo, anónimo, sin amistades, sin esa seguridad que le dan a uno la familia, los amigos y cómplices. Ese peligro no tiene nada de real. Es sólo una sensación de soledad y desvalimiento al principio… una especie de sentimiento de desolación. Debido a esto, llevé un acompañante en mi viaje: un caniche francés viejo y caballeroso llamado Charley. Bueno, se llama en realidad Charles le Chien. Nació en Bercy, en los arrabales de París y se educó en Francia, y aunque sabe un poco de inglés caniche sólo responde rápidamente a órdenes en francés. Si no tiene que traducir, y eso le retrasa. Es un caniche muy grande, de un color llamado bleu, y es de verdad azul cuando está limpio. Charley es un diplomático nato. Prefiere la negociación a la lucha, y muy oportunamente, ya que se le da muy mal lo de luchar. Sólo una vez en sus diez años de vida ha tenido problemas: cuando se encontró con un perro que se negó a negociar. Perdió en esa ocasión una parte de la oreja derecha. Pero es un buen perro guardián… tiene un rugido como el de un león, destinado a ocultar a los extraños que vagan en la noche el hecho de que no sería capaz de salir a mordiscos de un cornet de papier. Es un buen amigo y compañero de viaje y no hay cosa que le guste más que andar de un sitio a otro. Si tiene una gran presencia en esta crónica se debe a que aportó mucho al viaje. Un perro, sobre todo uno exótico como Charley, es un vínculo entre desconocidos. Muchas conversaciones en ruta empezaron con “¿Qué raza de perro es ésa?”.

Las técnicas para iniciar una conversación son universales. Yo sabía hacía mucho y redescubrí que el mejor medio de conseguir atención, ayuda y conversación es estar perdido. El hombre que al ver a su madre muriéndose de hambre en un camino le da un puntapié en el estómago para despejar la ruta, consagrará alegremente varias horas de su tiempo a dar instrucciones erróneas a un absoluto desconocido que explique que se ha perdido.

***
Cuando se planifica un viaje a largo plazo creo que hay un convencimiento íntimo de que acabará no haciéndose. A medida que se aproximaba el día, mi cama caliente y mi cómoda casa iban haciéndose cada vez más deseables y mi querida esposa incalculablemente valiosa. Cambiar esas cosas durante tres meses por los terrores de lo incómodo y lo desconocido parecía demencial. No quería irme. Tenía que pasar algo que me impidiese emprender la marcha, pero no pasó. Podía ponerme malo, por supuesto, pero ése era precisamente uno de los motivos principales, aunque fuese secreto, para que quisiera irme. Durante el invierno anterior había caído enfermo de bastante gravedad de una de esas molestias, como se las llama delicadamente, que son los susurros de una vejez que se acerca. Cuando salí de eso recibí el sermón acostumbrado sobre la necesidad de aminorar la marcha, adelgazar, reducir la ingestión de colesterol. Les pasa a muchos hombres y creo que los médicos se han aprendido de memoria la letanía. Les había sucedido a tantos amigos míos… El sermón terminaba así: “Aminora marcha. No eres ya tan joven como antes”. Y había visto a tantos empezar a envolver sus vidas en algodón en rama, ahogar sus impulsos, ocultar sus pasiones y alejarse gradualmente de su virilidad para entrar en una especie de semiinvalidez física y espiritual. Les animan a hacer esto sus mujeres y sus familiares y es una trampa tan dulce.

¿A quién no le gusta ser el centro de atención? Cae así sobre muchos hombres una especie de segunda infancia. Cambian su violencia por la promesa de un pequeño aumento del periodo de vida. Lo cierto es que el cabeza de familia se convierte en el niño más pequeño de la casa. Y me he examinado a mí mismo en relación con esa posibilidad con una especie de horror. Pues he vivido siempre violentamente, bebido desmedidamente, comido demasiado o nada en absoluto, dormido veinticuatro horas seguidas o pasado dos noches sin dormir, trabajado demasiado duro y demasiado tiempo sintiéndome en la gloria o haraganeado en la vagancia absoluta una temporada. He alzado, arrastrado, cortado, escalado, hecho el amor con alegría y aceptado mis resacas como una consecuencia, no como un castigo. No quería renunciar a mi fiereza por una pequeña ganancia temporal. Mi mujer se casó con un hombre; no veía ninguna razón por la que hubiese de heredar un bebé. Sabía que conducir una camioneta dieciséis a veinte mil kilómetros, solo y desamparado, por todo tipo de carreteras, sería un trabajo duro, pero para mí representaba el antídoto del veneno del enfermo profesional. Y no estoy dispuesto a cambiar en mi propia vida calidad por cantidad. Si el viaje proyectado acababa resultando excesivo era hora de emprenderlo de todos modos. Veo a demasiados hombres demorar sus salidas por una resistencia torpe y enfermiza a abandonar el escenario. Es teatro malo además de mala vida. Soy muy afortunado por tener una mujer a la que le gusta ser una mujer, lo que significa que le gustan los hombres, no los bebés ancianos. Aunque esta última motivación del viaje nunca se analizó, estoy seguro de que ella la entendió.

Llegó la mañana, una mañana clara con esa tonalidad parda del otoño en la luz. Mi esposa y yo nos despedimos rápidamente, ya que a los dos nos revientan las despedidas, y ninguno de los dos quería que el otro le dejase al irse. Ella puso en marcha el motor y salió disparada hacia Nueva York y yo, con Charley a mi lado, conduje a Rocinante hasta el transbordador de Shelter Island, y luego a un segundo transbordador que me llevaría hasta Greenport y a un tercero que iba desde Orient Point a la costa de Connecticut, cruzando el estrecho de Long Island, pues quería evitar el tráfico de Nueva York y ponerme ya en camino. Y confieso que tenía un sentimiento de gris desolación. […]


Lo fusilamos de: John Steinbeck, Viajes con Charley, Barcelona, Península, 1998, pp. 11-29. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez.


martes, 28 de abril de 2009

Trabajos del reino, de Yuri Herrera



Las historias de narcos tienen prácticamente todas los mismos ingredientes: ascenso, excesos, traiciones y fidelidades, amores difíciles, sobornos, superchería, pompa y, claro, muerte. Quizá atendiendo a esa circunstancia Yuri Herrera ha compuesto una historia basada no en personajes sino en estereotipos: en Trabajos del reino los personajes no tienen nombres sino roles: el Artista, el Rey, el Heredero, la Niña, la Bruja, el Gerente, el Gringo, la Cualquiera... Tanto que su protagonista, un cantante de corridos, se llama Lobo sólo cuando no está en la corte del Rey, es decir, en el primer capítulo y en el último; el resto de la historia es el Artista.

Que está allí para cantar las grandezas del mero mero, pero se enreda en amores primero con la Niña y después con la Cualquiera (que está destinada al capo); se gana la confianza de los de arriba y hasta el Rey le encarga que se cuele en la fiesta de un rival para descubrir al traidor que está matando a los de su corte. Y allí, en esa fiesta del enemigo, se da cuenta el Artista de que todo es igual en todas las cortes: “La pachanga también tenía su oro sonajeado, sus muchachas rubias, sus botas rojas de oso hormiguero, su conjunto con tarima, su asada, sus pistos, su guardia, su cura de cajón…” (p. 101). Más adelante pasará por traidor y es citado por el Rey para ajustar cuentas. El comienzo del discurso es aterrador: “Para estar donde yo estoy no sólo basta ser un chingón, eh, hay que serlo y hay que parecerlo” (p. 114). Ya se sabe lo que viene: “Chíngate a este pendejo”, le dice al matón que está al lado.

La historia es la misma que tanto conocemos quienes hemos vivido en países acosados por los narcos, sí, pero entonces, como en las canciones populares que cuentan todas el amor o el desamor, lo que importa es el intérprete. Y Yuri Herrera ha compuesto un hit desde la primera frase: “Él sabía de sangre, y vio que la suya era distinta”. Acá las frases están cinceladas con jerga y con palabras cultas, con ritmo, esto es, con términos y acentos puestos donde deben estar para hacer música (y música muy mexicana): “A los muertos no se les pide permiso. Al menos, no a los pinches muertos. Se hace lo que se hace. Se agarra el modo y se presume, como quien pronuncia el nombre, y no se fija en lo que les buiga a los demás. O sí: para sentir su espanto, pues, porque el susto de los otros alimenta bien, remacha que la carne de los buenos es brava y necesaria, que hace bulto y zarandea las cosas” (p. 68). Y como en las canciones populares, asoman de tanto en tanto versos hermosos y sabios: “Lobo sintió envidia de la mala, y después de la buena” (p. 10); el Rey “parecía florecer en el fervor de los simples” (p. 65)...

Notable primera novela ésta de Yuri Herrera. Ya autores consagrados de México como Juan Villoro y Elena Poniatowska llamaron la atención sobre este brillante debut. Hay que darles la razón y esperar con interés las que vengan. Quizá esta no se consiga aún por aquí, pero el tipo va a pasar las fronteras y seguro más adelantico se va a distribuir.


Yuri Herrera, Trabajos del reino, Cáceres (España), Periférica, 2008, 136 páginas.

sábado, 18 de abril de 2009

Fusilado: Stephen Vizinczey

Luego del levantamiento húngaro de 1956 Stephen Vizinczey tuvo que huir de su país. Llegó a Canadá y de allí pasó a Estados Unidos. Ahora vive en Londres. Se le compara con Conrad y Nabokov, escritores de Europa Oriental que adoptaron el inglés y lo renovaron. Con el último comparte también una anécdota biográfica: los padres de ambos fueron asesinados por extremistas. Autor de las novelas En brazos de la mujer madura, Un millonario inocente y El hombre del toque mágico, y del volumen de ensayos Verdad y mentira de la literatura, Vizinczey es una voz para tener en cuenta en el panorama literario contemporáneo.

Apenas conocía de título sus novelas (bastante llamativos por cierto), nunca había leído nada de este autor nacido en 1933. El texto que viene fue una recomendación de Luis H. Aristizábal, que como siempre dio en el blanco. Lo comparto con ustedes.


Los diez mandamientos de un escritor

Escribí esto en respuesta a un ruego de Raymond Lamont-Brown, director de Writers’ Monthly, que me pidió algo lleno de consejos sensatos y prácticos para quienes son en muchos casos novatos en la ocupación de escribir.

1. No beberás ni fumarás ni te drogarás
Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes.


2. No tendrás costumbres caras
Un escritor nace del talento y del tiempo... tiempo para observar, estudiar, pensar. Por consiguiente, no puede permitirse el lujo de desperdiciar una sola hora ganando dinero para cosas no esenciales. A menos que tenga la suerte de haber nacido rico, es mejor que se prepare para vivir sin demasiados bienes terrenales. Es cierto que Balzac obtenía una inspiración especial de la compra de objetos y la acumulación de enormes deudas, pero la mayoría de personas con hábitos caros son propensas a fracasar como escritores.

A la edad de veinticuatro años, tras la derrota de la Revolución húngara, me encontré en Canadá con unas cincuenta palabras de inglés. Cuando me di cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés. Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura.

No podría haberlo hecho si me hubiesen interesado los trajes o los coches... en realidad, si no hubiera visto otra alternativa que la azotea de aquel rascacielos. Algunos escritores inmigrantes que conocía trabajaban como camareros o vendedores para ahorrar dinero y crearse una “base financiera” antes de intentar ganarse la vida escribiendo; uno de ellos posee ahora toda una cadena de restaurantes y es más rico de lo que yo pueda llegar a ser en mi vida, pero ni él ni los otros volvieron a escribir. Es preciso decidir qué es más importante para uno: vivir bien o escribir bien. No has de atormentarte con ambiciones contradictorias.


3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir
No dejes a nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario.

Nunca me siento ante una página en blanco para inventar algo. Sueño despierto con mis personajes, sus vidas y sus luchas, y cuando una escena se ha desarrollado en mi imaginación y creo saber qué han sentido, dicho y hecho mis personajes, tomo pluma y papel e intento relatar lo que he presenciado.

Una vez escrito mi relato, a mano y a máquina, lo leo y encuentro que la mayor parte de lo escrito es (a) confuso o (b) inexacto o (c) tedioso o (d) sencillamente no puede ser verídico. Así, utilizo el borrador mecanografiado como una especie de informe crítico de lo que he imaginado y vuelvo a soñar mejor toda la escena.

Fue este modo de trabajar lo que me hizo comprender, cuando aprendía inglés, que mi principal problema no era la lengua, sino, como siempre, el ordenar las cosas en mi cabeza.


4. No serás vanidoso
La mayor parte de los libros malos lo son porque sus autores están ocupados en tratar de justificarse a sí mismos. Si un autor vanidoso es alcohólico, el personaje de su libro descrito con mayor simpatía será un alcohólico. Este tipo de asunto es muy aburrido para los extraños. Si crees ser sabio, racional, bueno, una bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias, es porque no te conoces a ti mismo lo suficiente para escribir.

Dejé de tomarme en serio a la edad de veintisiete años y desde entonces me he considerado sencillamente materia prima. Me utilizo del mismo modo que se utiliza a sí mismo un actor: todos mis personajes –hombres y mujeres, buenos y malos– están hechos de mí mismo más la observación.


5. No serás modesto

La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande.


6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes
“Las obras del genio están regadas con sus lágrimas”, escribió Balzac en Ilusiones perdidas. Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las propias limitaciones..., tales son los principales sucesos en las vidas de la mayoría de grandes artistas, y si aspiras a compartir su destino, debes fortalecerte aprendiendo de ellos.

Yo me he animado con frecuencia al releer el primer volumen de la autobiografía de Graham Greene, Una especie de vida, que trata de sus primeras luchas. También he tenido ocasión de visitarle en Antibes, donde vive en un pequeño piso de dos habitaciones (un lugar diminuto para un hombre tan alto) con los lujos de un aire suave y una vista del mar, pero pocas posesiones aparte de libros. Parece tener pocas necesidades materiales y estoy seguro de que esto tiene algo que ver con la libertad interior que emana de sus obras. Aunque afirma que ha escrito sus “entretenimientos” por dinero, es un escritor dirigido por sus obsesiones sin hacer caso de modas cambiantes e ideologías populares, y esta libertad se comunica a sus lectores. Uno se siente liberado del peso de los propios compromisos, al menos mientras lo lee. Esta clase de logro sólo es posible para un escritor de costumbres espartanas.

Ninguno de nosotros tiene oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes hombres, pero podemos estar en su compañía leyendo sus memorias, diarios y cartas. Hay que evitar, sin embargo, las biografías, en especial las que han sido convertidas en películas o series de televisión. Casi todo lo que nos llega sobre los artistas a través de los medios de comunicación es pura palabrería, escrita por perezosos autores mercenarios que no tienen la menor idea del arte ni del trabajo duro. El ejemplo más reciente es Amadeus, que intenta convencernos de que es fácil ser un genio como Mozart y muy difícil ser una mediocridad como Salieri.

Hay que leer, en cambio, las cartas de Mozart. En cuanto a literatura específica sobre la vida del escritor, yo recomendaría Una habitación propia, de Virginia Woolf, el prefacio de La dama morena de los sonetos de Shaw, Martin Eden de Jack London y, sobre todo, Ilusiones perdidas de Balzac.


7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande
En mi adolescencia estudié para ser director de orquesta y de mi educación musical adopté una costumbre que considero esencial para los escritores: el estudio constante y diario de las obras maestras. La mayor parte de los músicos profesionales de cierta categoría conocen de memoria centenares de partituras; la mayor parte de los escritores, en cambio, sólo tienen el más vago recuerdo de los clásicos, lo cual explica que haya más músicos expertos que escritores expertos. Un violinista que poseyera la pericia técnica de la mayor parte de los novelistas publicados, no encontraría nunca una orquesta donde tocar. Lo cierto es que sólo absorbiendo las obras perfectas, los modos específicos inventados por los grandes maestros para desarrollar un tema, construir una frase, un párrafo, un capítulo, se puede aprender todo lo que hay que aprender sobre la técnica.

Nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo, pero si comprendes las técnicas de los maestros, tienes una mayor posibilidad de desarrollar las propias. Para decirlo en términos de ajedrez: aún no ha existido un gran maestro que no conociera de memoria las partidas de campeonato de sus predecesores.

No se debe cometer el error común de intentar leerlo todo para estar bien informado. Estar bien informado sirve para brillar en las fiestas, pero resulta absolutamente inútil para un escritor. Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo mismo que comprenderlo. Es mucho más útil leer una y otra vez unas cuantas grandes novelas hasta comprender por qué son buenas y cómo las han construido los escritores. Hay que leer una novela unas cinco veces para comprender su estructura, qué la hace dramática y qué le presta ritmo e impulso. Sus variaciones en compás y escala de tiempo, por ejemplo: el autor describe un minuto en dos páginas y luego cubre dos años con una frase... ¿por qué? Cuando hayas comprendido esto, sabrás realmente algo.

Cada escritor elegirá sus propios favoritos entre aquellos de quienes cree que puede aprender más, pero desaconsejo con firmeza la lectura de novelas victorianas, que están infestadas de hipocresía e hinchadas de redundancias. Incluso George Eliot escribió demasiado sobre demasiado poco.

Cuando te sientes tentado de escribir cosas superfluas, deberás leer los relatos de Heinrich von Kleist, quien dijo más con menos palabras que cualquier otro escritor en la historia de la literatura occidental. Lo leo constantemente, así como a Swift y a Sterne, a Shakespeare y a Mark Twain. Por lo menos una vez al año releo algunas obras de Pushkin, Gógol, Tolstoi, Dostoyevski, Stendhal y Balzac. A mi juicio, Kleist y estos novelistas franceses y rusos del siglo XIX son los más grandes maestros de la prosa, una constelación de genios no superados como los que encontramos en la música, de Bach a Beethoven, y todos los días intento aprender algo de ellos. Ésta es mi “técnica”.

8. No adorarás Londres/Nueva York/París
Conozco a menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas que viven en las capitales de los medios de comunicación tienen, sobre el arte, alguna información interna especial que ellos no poseen. Leen las páginas de críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a retrasados mentales que sólo tienen talento para medrar.

Aunque vivas en el quinto infierno, no hay razón para sentirte aislado. Si posees una buena colección de ediciones en rústica de grandes escritores y no dejas de releerlos, tienes acceso a más secretos de la literatura que todos los farsantes de la cultura que marcan el tono en las grandes ciudades. Conozco a un destacado crítico de Nueva York que no ha leído nunca a Tolstoi y además está orgulloso de ello. No hay que perder tiempo, por lo tanto, preocupándote por lo que está de moda, el tema idóneo, el estilo idóneo o qué clase de cosas ganan los premios. Cualquier persona que haya tenido éxito en literatura, lo ha conseguido en sus propios términos.


9. Escribirás para complacerte a ti mismo
Ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero. Los dramaturgos son afortunados: con ayuda de los actores, pueden extender su mensaje hasta más allá del círculo de los espíritus afines. No obstante, hace sólo un par de años leí en los periódicos americanos las críticas más condescendientes de Medida por medida... la obra en sí, ¡no la producción! Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo, ¿por qué intentarlo siquiera nosotros?

Esto significa que no vale la pena esforzarte por interesarte en algo que te resulta aburrido. Cuando era joven perdí mucho tiempo intentando describir vestidos y muebles. No sentía el menor interés por los vestidos ni por los muebles, pero Balzac experimentaba hacia ellos un apasionado interés, que consiguió comunicarme mientras le leía, así que pensé que debía dominar el arte de escribir excitantes párrafos sobre armarios si quería ser algún día un buen novelista. Mis esfuerzos estaban condenados y agotaron todo mi entusiasmo por aquello que me había propuesto escribir en primer lugar. Ahora sólo escribo sobre lo que me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no pueda dejar de pensar es mi tema. Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión, y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos que me hayan escandalizado/intrigado /divertido/deleitado a mí mismo o a otros.

No es fácil, por supuesto, ser fiel a lo que realmente nos importa; a todos nos gustaría ser considerados personas llenas de curiosidad por todo. ¿Quién asistió jamás a una fiesta sin fingir interés por algo? Pero cuando escribes tienes que resistir la tentación, y cuando lees lo que has escrito, siempre debes preguntarte: “¿Me interesa de verdad esto?”.

Si te complaces a ti mismo –a tu yo verdadero, no a un concepto imaginario de ti mismo como la más noble de las personas que sólo se preocupan por los niños hambrientos de África–, tienes la posibilidad de escribir un libro que agrade a millones. Esto es así porque, quienquiera que seas, hay en el mundo millones de personas más o menos parecidas a ti. Pero nadie quiere leer a un novelista que no piense realmente lo que escribe. El best sellter más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos.


10. Serás difícil de complacer
La mayoría de los libros nuevos que leo se me antojan a medio terminar. El escritor se contentó con hacer su trabajo más o menos bien y luego pasó a algo nuevo. Para mí, escribir empieza a ser emocionante de verdad cuando vuelvo a un capítulo un par de meses después de haberlo escrito. En esta fase lo miro menos como autor que como lector, y por muchas veces que reescribiera originalmente el capítulo, todavía encuentro frases que son vagas, adjetivos que son inexactos o superfluos. De hecho, encuentro escenas enteras que, aunque ciertas, no añaden nada a mi comprensión de los personajes o de la historia y, por consiguiente, pueden eliminarse.

Es en este punto cuando examino el capítulo durante el tiempo suficiente para aprendérmelo de memoria –lo recito palabra por palabra a cualquiera dispuesto a escuchar– y si no puedo recordar algo, suelo descubrir que no era correcto. La memoria es un buen crítico.


Publicado originalmente en Writers’ Monthly, julio 1985.

viernes, 10 de abril de 2009

Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal



El país, la ciudad donde transcurre esta historia están invadidos por los nazis. Se libra una guerra –una guerra mundial– allí, cerca, pero de ella conocemos, conocen los personajes, apenas retazos. Esto porque la historia transcurre en una estación de trenes de mediana categoría, que más que eso pareciera el escenario donde se desarrolla un sainete, y apenas nos enteramos de la guerra por los trenes que pasan cada tanto.

Esa estación –escenario de la comedia– está habitada por personajes pintorescos: el jefe de estación quiere ser noble y se las da de tal, pero es un rústico que cría palomas en el techo y por eso se le ve en varios momentos de la trama ataviado con un uniforme encostrado de caca de pájaro. Es más: lo que más desea es ascender en la cadena burocrática, pero cuando llega el director a oficializar su ascenso el jefe de estación aparece con su uniforme apestoso. Pareciera que no es capaz de conversar, apenas sabe gritar y dar sermones. Sobre todo van dirigidos a su factor –el segundo a bordo–, Habička, un rijoso para quien existen nada más dos tipos de mujeres: las culazo y las tetazo (y no creo que deba explicar estas categorías). Muy al comienzo de la historia ha metido a la telegrafista a la oficina de su jefe y le ha estampado en el culo todos los sellos que encontró, lo que provoca una investigación ridícula por lo complicada (¿Kafka? Sí, sin duda). La propia telegrafista es una tarada que no entiende muy bien qué está pasando con ella, con su reputación. O que le vale un cuerno, no sabemos nunca muy bien. Y por último el narrador, un aprendiz de factor que ha llegado del campo hace poco y que todavía carga con él esa visión cándida, básica frente a todo lo que pasa. Días antes del comienzo de la historia se ha cortado las venas al parecer por una decepción amorosa, aunque a medida que avance la historia conoceremos el verdadero motivo.

El lector se mueve, pues, entre la comedia que se desarrolla en la estación y la tragedia que aparece cada tanto en la descripción cruda de los vagones que pasan con soldados, con prisioneros, con enfermos, con animales, hacia el frente o desde allí para otros lugares. Hrabal ha logrado mantener el punto de vista de ese muchacho inocente, campesino, pragmático, lleno de preguntas a la vez simples y profundas: un personaje que maneja esa sabiduría popular tan pasmosa. En un momento lo agarran dos soldados SS y están a punto de matarlo, pero él como que no entiende muy bien la situación en que se encuentra: “Y me llamó la atención, los dos SS eran hermosos, más bien como si escribieran versos o fueran a jugar al tenis” (p. 44); “A mí siempre me habían dado miedo las personas hermosas, nunca había sido capaz de hablar correctamente con las personas hermosas, sudaba, tartamudeaba, me producían tanta extrañeza las caras hermosas, me deslumbraban tanto, nunca he podido mirar una cara hermosa” (p. 47). Esa pobreza léxica, esos conectores simples, esas repeticiones están controladas con brío por el autor para que los lectores veamos en toda su profundidad a ese personaje, y a través de sus ojos vivamos las situaciones a su manera.

A su forma de contar lo que pasa se agrega la forma en que ve eso que está pasando: su inocencia palmaria y al tiempo o por eso mismo sabia provocan sorpresa y sonrisas en el lector. Hmra, el aprendiz y narrador, tiene una promesa de amor con una muchacha, y está nervioso. Ya antes había intentado estar con ella y no había podido por los nervios, “porque nunca había estado dentro de ninguna mujer, salvo cuando estuve en la barriga de mi mamá, pero de eso no podía acordarme…” (pp. 89-90). Lo más gracioso del asunto es que quiere ensayar, y le pide a la esposa de su jefe que le ayude. Alguna vez observa al jefe de estación –a quien admira– que duerme plácidamente en su oficina: “pero eso también sabía hacerlo yo, yo también me dormía durante el servicio cuando me daba sueño” (p. 59).

La historia de sus antepasados también es divertida: muy joven su bisabuelo quedó incapacitado para trabajar, y recibió durante setenta años una pensión del Estado. Hasta ahí nada de particular; lo cómico es que le daba todos los días por comprar ron y tabaco y se iba para las minas y fábricas a burlarse de quienes se partían el lomo trabajando, “y por eso todos los años le daban al bisabuelo en algún lugar una paliza tal que el abuelo lo llevaba a casa en carretilla […] Y en el mil novecientos treinta y cinco el bisabuelo se fue a jactar delante de unos picapedreros a los que acababan de cerrarles la cantera y le dieron tal paliza que se murió” (p. 21). El abuelo, por su parte, era hipnotizador, trabajaba en circos y verbenas. Cuando los alemanes entraron a la ciudad se enfrentó sólo a la división de tanques de la vanguardia, intentando con el poder de su mente que regresaran por donde habían venido. No continúo para no dañar el divertido episodio.


Comedia, sabiduría, tragedia, inteligencia: por estos caminos se va moviendo el lector a medida que avanza en esta novela divertida y bien compuesta, básica y al tiempo compleja gracias a sus personajes, humanos a más no poder. El propio Hrabal dijo alguna vez: “Los errores que yo he cometido en la vida también los cometen mis protagonistas. Y lo que a mí me llena de orgullo, es decir las cosas pequeñas pero muy humanas, también llenan de orgullo a mis héroes”. Ahí está el poderío de esta novela, en ese conjunto de “cosas pequeñas pero muy humanas”. Y un detalle para terminar: se puede pensar que esta suntuosa edición de El Aleph es costosísima. Pero no, vale menos de 30 mil pesos: nada si se tiene en cuenta la tarde que se pasa en compañía de estos personajes luminosos.


Bohumil Hrabal, Trenes rigurosamente vigilados, Barcelona, El Aleph, 118 páginas. Traducción de Fernando de Valenzuela.