miércoles, 16 de diciembre de 2009

Fusilado: las libretas del 2009




Como pensamos que el año empieza en enero y se acaba en diciembre, esta es la época de los balances. Que son deliciosos, todo hay que decirlo. Las listas con los mejores, los peores, los del montón, los porque sí, los pior-es-nada nos entretienen, tanto hacerlas como leerlas. Y con listas me refiero a listas de lo que sea. Como paso casi la mayor parte de mi tiempo leyendo, ya hice la lista con los peores libros publicados en 2009. También me preguntaron cuál fue el mejor libro que leí en 2009, ¡uno solo, qué difícil! Por si interesa voy a repetir acá que fue Frutos extraños de Leila Guerriero. Eso en cuanto a libro publicado en Colombia de autor extranjero. Publicado en Colombia de autor medio colombiano y medio extranjero creo que fue la novela Cuestión de familia, de Tim Keppel, próxima reseña en El Ojo en la Paja antes de que se acabe el año. Publicado afuera de autor extranjero creo que fue Cuentos reunidos de Sherwood Anderson, el descubrimiento más adorable del año. Publicado afuera de autor colombiano creo que fue ¡Vuelvan caras, carajo!, de Rafael Baena (que no termino todavía de leer pero me está gustando mucho). De autor colombiano publicado en Colombia, aunque no este año, fue El buen salvaje, de Eduardo Caballero Calderón. ¿Publicado este año? Difícil. Me falta leer Conspiración iguana de Pilar Quintana, o El mariscal que vivió de prisa de Mauricio Vargas, o Deudas de un patadura, de Juan Pablo Lombana. Me falta leer un montón de libros publicados este año en Colombia por colombianos. Pero ya iré poniéndome al día. De pronto para la lista de libros del próximo año.


Ahora traigo la lista de los mejores apuntes de este año. Como puse en una entrada anterior, los lectores vamos recogiendo fragmentos, ideas, citas a medida que avanzamos en las lecturas. Yo tomo muchos apuntes, ideas que se me ocurren mientras leo, conexiones, recuerdos y, por supuesto, citas. Leí muchos libros y artículos publicados y muchos manuscritos: las que vienen son tomadas más de los primeros que de los segundos, aunque no los excluyen del todo. Pongo el autor, no de dónde lo tomé. Mejor dicho, el santo y no el milagro. Seguro algunos ya aparecieron antes en entradas de esta página. Muchos otros son inéditos, al menos acá. Los publico en desorden, a medida que los fui encontrando en mis cuadernos y libretas de apuntes. Buen provecho.


Las mejores citas del 2009


“El adulterio es el elemento básico del comadreo, de la poesía romántica, de las anécdotas divertidas y de las óperas famosas”. Vladimir Nabokov


“Un método clásico del destino: la indiscreción”. Vladimir Nabokov

“porque siempre sopla la brisa en la tierra del cine”. Nabokov


“Cierto individuo […] perdió una vez en alta mar un gemelo de brillantes, y veinte años después, exactamente el mismo día (un viernes, me parece), le sirvieron para cenar un gran pescado... pero no había ningún diamante adentro. Eso es lo que me gusta de las coincidencias”. Nabokov


“Con frecuencia, la muerte es la chispa del chiste de la vida”. Nabokov


“Dios es una figura demasiado gris, venerable y pasada de moda”. Nabokov


“Yo creo que no había hecho nada más que ver cine, lo cual, por supuesto, puede confundirle la cabeza a las personas, hasta el punto de llegar a pensar que han vivido muchísimo. Pero resulta que, cuando se despiertan, no se han levantado de la butaca, tienen dolor de espalda, están bizcos y sin descendencia”. Sandro Romero Rey


“Todas las conversaciones anodinas comienzan con un comentario sobre el clima”. Mauricio Bernal


“Un mes de sueño en cada párpado, ésa era la carga que llevábamos, y otro tanto en la nuca, además de unos cuantos kilos de chatarra”. Louis-Ferdinand Céline


“Son hermosos los boleros cuando suenan en las tiendas”. Fernando Molano


“Yo quisiera decirle a mi amigo que lo amo. O algo así. Pero a mí sólo me salen besos”. Fernando Molano


“Lo malo de morirse es que uno ya no va a estar vivo”. Fernando Molano


“Durante los funerales pomposos, la gente está muy triste también, pero no por ello dejan de pensar en la herencia, en las próximas vacaciones, en la viuda, que es muy mona y tiene temperamento, según dicen”. Louis-Ferdinand Céline


“¡Abonar los surcos del labrador anónimo es el porvenir verdadero del soldado auténtico!”. Louis-Ferdinand Céline


“¡Al paredón los salsifíes sin hebra! ¡Los limones sin jugo! Los lectores inocentes!”. Louis-Ferdinand Céline


“El puritanismo anglosajón cada mes nos consume más, ya ha reducido casi a nada el cachondeo improvisado en las trastiendas. Todo se vuelve matrimonio y corrección”. Louis-Ferdinand Céline


“Mientras no mate, el militar es como un niño”. Louis-Ferdinand Céline


“Él sabía de sangre y vio que la suya era distinta”. Yuri Herrera


“La pachanga también tenía su oro sonajeado, sus muchachas rubias, sus botas rojas de oso hormiguero, su conjunto con tarima, su asada, sus pistos, su guardia, su cura de cajón”. Yuri Herrera


“Tal vez lo que más se necesite para salir de un apuro en la vida sea el miedo”. Louis-Ferdinand Céline


“Creía más en el alivio que procuraba blasfemar que orar”. Gabriela Alemán


“Sabía que a la suerte le iba muy bien un rifle cargado al lado”. Gabriela Alemán


“Se conducía por la vida como un primogénito: lento, temeroso, con culpa”. Alberto Fuguet


“Confiar en los hombres es ya dejarse matar un poco”. Louis-Ferdinand Céline


“La percepción del resultado global de un combate que experimenta un soldado aislado de los otros por el humo, el fuego, el aturdimiento, a menudo resulta más justa que los juicios formulados por los oficiales del Estado Mayor mientras estudian un mapa”. Vasili Grossman


“Yo nunca podría ser católico, porque soy un gran esnob”. Alan Bennett


“Despertar todos los días, todos los días, todos los días juntos en la misma cama es mortal”. Rubem Fonseca


“Todo marido canalla come huevos con tocino”. Rubem Fonseca


“Un aforismo de más de una línea es un aforismo en dos tomos”. Darío Jaramillo Agudelo


“La gran ventaja del cuarto de hora es que no dura sino quince minutos”. Darío Jaramillo Agudelo


“me obsesiona que mis obsesiones a veces no me obsesionan”. Darío Jaramillo Agudelo


“¿Quién se cree que es esa entrometida, la realidad, para arruinarme la vida?”. Macedonio Fernández


“Yo daba miedo. Ahora doy lástima”. Facundo Cabral


“Habría que ver, habría que seguir, habría que adjetivar […] Me estoy enredando. La persecución del complemento directo me impide la caza mayor de la verdad”. Eduardo Caballero Calderón


“El dolor se exhibe, mientras que el placer y la necesidad dan vergüenza”. Eduardo Caballero Calderón


“Cuando digo que no quiero pensar, lo que en realidad sucede es que no quiero sentir” Eduardo Caballero Calderón


“Para escribir una novela hispanoamericana hay que estar en París” Eduardo Caballero Calderón


“Para mí, la Virgen María está en la categoría de los monstruos mitológicos, junta a la quimera, aunque creo que el daño que ha hecho es mucho mayor”. Susana Castellanos


“Ninguna mujer puede soportar que un hombre que ha sido su amante a veces pueda ignorarla por completo cuando está trabajando”. Sherwood Anderson


martes, 1 de diciembre de 2009

Necrópolis, de Santiago Gamboa





En virtud al comentario publicado por Héctor Abad en El Espectador sobre Necrópolis, de Santiago Gamboa, podría yo decir que leímos novelas distintas. Porque donde él ve historias “con mucha carga poética” yo veo historietas cursis. Ahí donde él ve un escritor que “domina con más perfección el ritmo de las historias, los recursos narrativos para conseguir que nunca decaiga la atención”, yo veo en algunas partes eso, pero también le veo las costuras: diálogos impostados, poco naturales, pomposos; frases francamente feas; salidas en falso de algunos personajes. Mientras Abad caracteriza la prosa de Gamboa como “un río de corriente rápida, que sortea con rapidez cualquier escollo, que te lleva de la mano hasta el final sin que siquiera te des bien cuenta de lo que ha pasado”, yo estuve a punto de bajarme de ese barco no una ni tres ni ocho veces, sino muchas más, fastidiado por pasajes mal compuestos, pobres recursos retóricos y estilísticos, prosa descuidada.

Pero no. Según el resumen que él hace en su reseña, sí parece que leímos la misma novela: un escritor colombiano medio retirado recibe una invitación para asistir a un congreso de biógrafos en Jerusalén. La ciudad está en guerra, y mientras los invitados van contando sus historias –propias y ajenas– se oyen los bombazos y las ráfagas de fusil. La historia más importante es la de José Maturana, cofundador de una iglesia evangélica latina en Estados Unidos, envuelta con el tiempo en casos de sodomía, malversación de fondos y tráfico de armas. Ocupa este relato tres capítulos completos de la novela, y por momentos la voz de Maturana quiere recordar la de Oscar Wao, el personaje creado por Junot Díaz en esa excelsa novela que ya comentamos por aquí. Pero no nos engañemos: nunca Maturana va a alcanzar el tono sostenido, gracioso y exuberante de Wao. A ratos es profundamente Caribe y barroco, a ratos ramplón y barriobajero, a ratos como de profesor universitario: no se sostiene. No es ni coherente ni verosímil, dos pecados que no puede cometer un escritor como Gamboa con sus personajes: “Pero esto duraría poco, mis pana-oyentes, y es aquí donde la historia empieza a llegar a su alta mar, porque unos meses más tarde, en una de esas noches de paseo nocturno mío post-cena [hágame el favor], caminatas digestivas de reflexión y profundo análisis sobre el discurrir de los días [hágame el condenado favor], me encontré un perro que debía haberse extraviado y que estaba a punto de morir de hambre, pues ya estaba tendido debajo de un arbusto, chillando como si estuviera herido…” (p. 79). Y más adelante: “traté de calmarme diciendo, bueno, debes entender, José, el tipo es de carne y hueso y también le gusta mojar la salchicha, seguro que a Don Chuchito The Big Boss también se le para de vez en cuando…” (p. 80), para rematar con “Entre aquel océano de letras descubrí la poesía y me metí con entusiasmo a aprender el sentido y a disfrutar de las frases rimadas, algo que antes, a decir verdad, me había parecido siempre una verdadera mariconada […] Ya sentía hermandad de sentido y soledad a través de palabras rimadas, y es lo vi en William Carlos William o en Whitman o en Milton, con tema religioso este último, muy bello” (p. 83). Aquí hasta este ladrón heroinómano y asesino termina convertido en delicado escritor, en diletante de las letras. Eso a veces pasa en la vida, como pasa en las películas y, claro, puede pasar en las novelas. La cuestión es que debe suceder de manera verosímil, natural, y ese no es el caso con este José Maturana de Necrópolis.

Tampoco con la actriz porno Sabina Vedovelli: una putona alocada que termina como multimillonaria sofisticada que disfruta de placeres espirituales y carnales altísimos: “Luego comimos arenques y salmones ahumados con vodka. Hablamos de cine y literatura, de Cassavettes y de George Cukor, de los epigramas de Svellnek…” (p. 387). Una mujer de mundo y desprejuiciada que en medio de su relato suelta esta frase como de alumna de colegio católico: “pasamos a una colchoneta para ejercicios y nos pegamos una fornicada espectacular” (p. 293). No me crean tan pendejo. Para no mencionar el inmenso lugar común de su desvirgada: un fotógrafo la invita a que pose para él y a medida que ella oye el clic del obturador siente la imperiosa necesidad de desvestirse. Cosa cursi y fea y repasada. Todo eso encima de los chistes tan flojos: “todo lo que hago yo, Sabina Vedovelli, es y ha sido siempre traído de los pelos, pues ese ha sido mi hábitat. Los pelos” (p. 282).

Como si los lectores fuéramos muy tontos para darnos cuenta, se nos tiene que advertir que habla Maturana al comienzo de su relato, lo mismo con los demás testimonios escuchados durante el congreso. Que no digamos que son flojos del todo, faltaba más. Por momentos hay buen ritmo, y las historias están llenas de recovecos y de imaginación. Quizá la más lograda sea la de dos ajedrecistas que renuncian a avanzar en sus carreras hacia convertirse en Grandes Maestros y terminan por preferir las partidas informales entre amigos. Pero aun en ella encuentro diálogos antinaturales, recursos retóricos facilongos, prosa deslucida: “Gunard venía a Tel Aviv y jugaban en la playa hasta que el sol era una esfera color naranja, descendía bajo la superficie del mar y parecía hundirse en el agua” (p. 220). ¿No encontró una imagen más obvia, más gastada? Pero la cosa empeora: “las vidas de ambos habían derivado a ese litoral como un banco de peces que se orienta hacia aguas más cálidas. Oslovsky le decía a Gunard: fíjate en la arena, está hecha de diminutas piedras y cristales. Cuando una de esas partículas se hunde es cubierta por otra, por otras diez, cien o mil, e igual nos ocurrirá a nosotros, ¿no crees? Al hundirnos vendrán otros, centenares de miles, y la Tierra estará siempre poblada de gente que se sentirá sola, pero puede que pasen cien años antes de que se vuelva a ver en esta playa a dos hombres jugando ajedrez” (p. 220). No voy a honrar esta majadería con un comentario. O bueno, sí: si los lectores de este blog están dudando si comprar y leer o no esta novela, los invito a que lean esta página 220 y la siguiente. Si se conmueven, adelante, cómprenla, léanla; si se indignan, pueden pasar de esta novela y aprovechar mejor su tiempo leyendo algo más alimenticio.

Encima de todo está el leit motiv que enlaza estas historias disímiles, que me pareció fácil, obvio. Un congreso de biógrafos. Ay, un pelín más de esfuerzo se agradece, y es lo que hace la diferencia entre una novela más y verdadera literatura. En Las mentiras de la noche, por ejemplo, Gesualdo Bufalino junta a cuatro personajes la noche antes de su ajusticiamiento, y los pone a contar su historia. El drama que se genera allí, en la última noche con vida de estos personajes, es lo que le da tensión literaria a esa novela. Un congreso de biógrafos para contar biografías es haber tomado el camino fácil.

Y claro, voy a terminar hablando del premio inmerecido: si esto es lo que se merece un premio gordo como es el La Otra Orilla, dotado ahora con cien mil dólares, ¿cómo serían las otras novelas? No hubiera querido estar en los cómodos zapatos de Jorge Volpi o Roberto Ampuero. A quienes después de este fiasco les creo menos y los leeré en adelante con beneficio de inventario, lo mismo que me pasó con –dolor, dolor– Cabrera Infante luego de que premiara la infame Satanás.


Santiago Gamboa, Necrópolis, Bogotá, Norma, 455 páginas.

Nota: publico otra reseña de esta novela en la edición 103 de El Malpensante, pronto en línea.