martes, 16 de febrero de 2010

Fusilado: Jean Cocteau




Cocteau es un genio olvidado. Ya no se lo lee ni se lo comenta, ya sus películas ni siquiera existen salvo en los más oscuros y grises cineclubes. Y para mí es uno de los grandes: su novela Los niños terribles es uno de esos libritos a primera vista pequeños e inofensivos que sin embargo permanece en las capas más profundas de la mente por años. O al menos me pasó a mí. Pintor, dramaturgo, decorador (en el más fino sentido del término), poeta, novelista y director de cine, su genio reverbera en estas notas sueltas escritas durante varias curas de desintoxicación, entre 1927 y 1930. En este libro, cuidado y bien editado por Back List, un sello de Planeta, expone aforismos, fragmentos de relatos, cuadros, pensamientos, ideas y crítica –además de dibujos– sobre sus amigos, la amistad, su propia obra y la de sus conocidos, los demonios y los dioses del opio, obras de moda (y demodé), costumbres. Es toda una experiencia de lectura este bello libro. Y se consigue en todas las librerías –colombianas al menosa precio amigo. Qué bueno recuperar a Cocteau. La edición de Alianza Editorial de Los niños terribles la perdí hace veinte años en una isla. Voy a buscarlo y a leerlo de nuevo.


Opium (fragmentos)


Sin el diablo, Dios nunca hubiera llegado al gran público.


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Cuando veo a todos los artistas que hacían profesión de despreciar el gran mundo porque aún no se les recibía en él, que después de los cuarenta caen en el esnobismo, me felicito de haber tenido la suerte de haber salido al gran mundo a los dieciséis y de haberme hartado de él a los veinticinco.


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Muchas modas sorprendentes en el vestir proceden del hecho de que un hombre o una mujer ilustre quisieron ocultar algún defecto.


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El espacio juega un poco el papel del tiempo. Ya es tomar un poco de perspectiva. Un extranjero, que juzga tu carácter conforme a cómo valora tu obra, te juzga mejor que tu entorno, que juzga tu obra según cómo te ve a ti.


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A menudo, personas que creen que Los niños terribles les gusta me dicen: “Salvo las últimas páginas”. Pues las últimas páginas se inscribieron primero, una noche, en mi cabeza. Estaba dividido entre el miedo a perderlas y el de tener que escribir un libro digno de ellas.


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Más adelante explicaré que los increíbles fenómenos de una desintoxicación –fenómenos contra los cuales lo único que puede hacer la medicina es darle a la jaula el aspecto de una habitación de hotel y exigir al médico o a la enfermera paciencia, presencia, fluidez–, en vez de ser los de un organismo que se descompone deben ser, al contrario, los incomunicables síntomas del lactante y de las plantas en primavera.


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Aconsejo al enfermo que lleve ocho días de abstinencia que hunda la cabeza en un brazo, que pegue la oreja a ese brazo y que espere. Devastación, motines, fábricas que vuelan por los aires, ejércitos que huyen, diluvio, la oreja escucha el apocalipsis de la noche estrellada del cuerpo humano.


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En la clínica, a las cinco, le dan al viejo bulldog moribundo una inyección letal de morfina. Al cabo de una hora está jugando en el jardín, saltando, escarbando. Al día siguiente, a las cinco, rasca la puerta del doctor y pide su inyección.


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El que paga sus deudas. En esta época ingrata me gustaría escribir un libro de agradecimiento. Además de otros favores, Gide me hizo el de corregirme la letra. Yo, por estupidez de juventud extrema, me había hecho una caligrafía. Aquella falsa escritura, reveladora para un grafólogo, me falseaba hasta el alma. Cerraba con un pequeño bucle el gran bucle de mis jotas mayúsculas. Un día, al salir de mi casa, Gide, en la puerta, me dijo sobreponiéndose a su malestar: “Le aconsejo que simplifique sus jotas”.

Empecé a comprender cuán lamentable es la gloria que se basa en la juventud y en el brío. La amputación de aquel bucle me salvó. Me apliqué a recuperar mi verdadera caligrafía y, con la ayuda de la caligrafía, recuperé la naturalidad que había perdido.


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La única estética perdurable es la del fracaso. Quien no comprende el fracaso está perdido.


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Una mujer de setenta años me decía: “Lo que hizo creer que los hombres de mi generación, los miembros del Jockey, eran muy ingeniosos fue la cantidad de vinos diferentes que servían a la mesa”.


Después de cenar, todo el mundo estaba un poco borracho. Los unos creían hacer comentarios con mucho mordiente, y los demás creían oírlos.


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Roussel y Proust desmienten la idea de la indispensable pobreza del poeta (lucha por la vida, buhardillas, antesalas…). El rechazo de las elites, el no adoptar maquinalmente lo nuevo no sólo se explica por los obstáculos que el pobre tiene que ir superando poco a poco. Un pobre genial parece rico.


Proust, gracias a su fortuna, vivía encerrado con su universo, podía pagarse el lujo de estar enfermo, de hecho estaba enfermo por la posibilidad de estarlo; asma nerviosa, ética bajo la forma de higiene extravagante, que le condujeron a la enfermedad auténtica y a la muerte.


La fortuna de Roussel le permite vivir solo, enfermo, sin la menor prostitución. Su riqueza le protege. Puebla el vacío. Su obra no tiene ni una mancha de grasa. Es un mundo suspendido de elegancia, de magia, de miedo.


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Proust me parecía una lámpara encendida en pleno día, o el timbre de un teléfono en una casa vacía.


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No condeno la música verbal y todo lo que conlleva de disonancias, de durezas, de suavidades nuevas. Pero me interesa mucho más una plástica del alma. Oponer una geometría viva al encanto decorativo de las frases. Tener estilo y no un estilo.


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Mi naturaleza necesita serenidad. Una fuerza aciaga me empujaba hacia los escándalos como a un sonámbulo hacia el tejado. La serenidad de la droga me protegía de esa fuerza que me lleva a sentarme en el banquillo, cuando basta con la simple lectura de un periódico para destruirme.


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A la multitud le gustan las obras que imponen su canto, que la hipnotizan, hipertrofiando su sensibilidad hasta adormecer su sentido crítico. La multitud es femenina; le gusta obedecer o morder.


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Un hombre normal desde el punto de vista sexual debería ser capaz de hacer el amor con cualquiera e incluso con cualquier cosa, porque el instinto de la especie es ciego; trabaja al por mayor. Eso explica la moral fluida, que se atribuye al vicio, del pueblo y sobre todo de los marineros. Lo único que importa es el acto sexual. A un bruto no le importan las circunstancias que le excitan. No estoy hablando de amor.


El vicio comienza con la elección. Según la herencia, la inteligencia, la fatiga nerviosa del sujeto, esa elección se refina hasta resultar inexplicable, ridícula o criminal.


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Los médicos aseguran que el opio nos embota y nos quita la escala de valores. Pero aunque el opio retira bajo nuestros pies la antigua escala de valores, allí mismo levanta otra mucho más alta y más fina.


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Los libros deben tener fuego y sombra. Las sombras se desplazan. A los dieciséis años, se devora Dorian Gray. Después el libro resulta ridículo. Lo acabo de releer y he encontrado sombras muy bellas (el episodio del hermano de Sybil Vane) y he visto qué injustos somos. En algunos libros las sombras no se mueven; bailan en su sitio.


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Hay una enfermera muy amable, viuda de guerra, que es del Norte. En la mesa, sus colegas le preguntan por la ocupación alemana durante la guerra. Dan sorbitos al café mientras esperan escuchar atrocidades.


“Eran muy amables –responde ella–, compartían el pan con mi hijo, e incluso si alguno era incorrecto no nos atrevíamos a quejarnos a la Commandantur, porque les imponían castigos demasiado duros. Al que molestaba a una mujer le tenían atado a un árbol durante dos días”.


Esta respuesta los deja consternados. La viuda resulta sospechosa. La llaman “la Boche”. Ella llora y poco a poco va cambiando de recuerdos, desliza alguna atrocidad. Quiere vivir.


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Mi ventilador no levanta viento y no enturbia la imagen que se alza detrás; pero no aconsejo a nadie que meta el dedo.


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La paciencia de la adormidera. Quien haya fumado fumará. El opio sabe esperar.



Lo fusilamos de: Jean Cocteau, Opium, Bogotá, Back List (Planeta), 2009, 193 páginas. Traducción y prólogo de Ignacio Vidal-Folch.