viernes, 30 de julio de 2010

La despedida

Los inicios de este blog son bien conocidos por mis más cercanos amigos. Para los que no lo son tanto pero que amablemente pasan por aquí, o para los nuevos amigos que este espacio me ha dado –que no son pocos–, les resumo: hace tres años, cansado de la rutina, dejé una práctica que cultivé con disciplina desde mi adolescencia: dejé de beber. A las dos o tres semanas de régimen, una mañana tipo 6 am, luego de haber lavado los platos de la cena de la noche anterior, leído un par de capítulos del libro que estaba leyendo, mientras la ropa daba vueltas en mi lavadora, recostado en mi sofá, descubrí que existía algo que hasta entonces no conocía, algo llamado “sábados por la mañana”. En casi veinte años de tragos y conversaciones extensísimas no me había dado cuenta de que el tiempo es largo, se expande. El alcohol es un reducidor de tiempo. En fin: toda esa vuelta para decir que ahora que no bebía tenía un montón de tiempo libre. Decidí entonces abrir esta página para compartir con mis amigos mis opiniones sobre las lecturas que iba haciendo y transcribir los textos que me gustan y que no circulan mucho por ahí. Al comienzo les pasé el link a unos diez o doce, a comienzos de este año estaban pasando por aquí alrededor de 300 personas cada día.

Fue un buen ejercicio: organicé ideas, descubrí puntos de vista que no sabía que tenía, conversé con viejos y nuevos amigos sobre temas que me fascinan –libros, autores, lectores, lecturas– y, sobre todo, guardé por fin mis comentarios sobre las lecturas que iba haciendo, algo que siempre quise hacer y que nunca hice hasta este blog. Aquí quedan.

No, no fue que volví a beber. O sí, pero eso pasó hace casi dos años. El motivo de esta despedida es que de unos meses para acá advertí que no estaba leyendo y comentando en este espacio, sino que estaba leyendo exclusivamente para comentar en este espacio. Mis elecciones de lecturas comenzaron a girar en torno a este blog. Y aventuras de lectura que he querido emprender se fueron aplazando porque no encontraron su oportunidad aquí por diversos motivos. Así, se fueron acumulando en mi biblioteca frente a la que ahora escribo esta nota Ana Karenina de Tolstoi, La cartuja de Parma de Stendhal, Los miserables de Victor Hugo, la Trilogía de Deptford de Robertson Davies… y no sigo enumerando porque les haría perder media jornada en una lista inútil. Antes esos títulos me susurraban que los acogiera, ahora sus lomos son como el maullido lastimero de gatitos perdidos. Y debo atenderlos.


A todos gracias por pasar, por comentar, por hacerse socios de este club de conversación. Por la amistad, por las sugerencias, por los chistes y por las palizas que me dieron. Yo la pasé del carajo. Espero que ustedes también. Ya nos veremos por ahí más adelante.