jueves, 21 de junio de 2012

El subrayado es mío: En el principio era el Cuervo

Foto de Oscar Pérez, El Espectador.


Publicado originalmente en: revista Arcadia, abril de 2012.

El primer libro de Fernando Vallejo, Logoi, una gramática del lenguaje literario, está dedicado a Rufino José Cuervo. Fue la primera señal de una devoción que ha crecido y se ha hecho más pública con el tiempo. En 2007, durante el Festival Malpensante, Vallejo volvió a declarar su deuda, o más bien su amor, por Cuervo: en el teatro del Gimnasio Moderno leyó un ensayo caudaloso titulado “El lejano país de Rufino José Cuervo”, donde por primera vez, al menos en público, lo declaraba santo: “esta noche, aquí, en este liceo insigne y en uso de mis facultades plenas y de los privilegios que me confirió el Concilio canonizo a Cuervo, el más noble y el más bueno de los colombianos. A Rufino José Cuervo, que no odió, que no conoció el rencor ni la envidia, que no ocupó puestos públicos ni tuvo hijos, que amó como un iluso a este idioma y a esta patria lejana”. Al tiempo, hacía unas cuantas preguntas sobre Rufino José y su sombra, Ángel Cuervo: “Murieron ambos sin volver. ¿Extrañando a Colombia? Es lo que quisiera saber. ¿Pero cómo?”.

Vallejo insistió en la canonización de Cuervo en el discurso que leyó en la Biblioteca Luis Ángel Arango el año pasado, “En el centenario de la muerte de Rufino José Cuervo”, y agregó otras preguntas: “¿Y quién trajo de París a Bogotá tu biblioteca? ¿Y por qué dejaste el Diccionario empezado?”.

Algunas de estas preguntas encuentran respuesta en su último libro, El cuervo blanco, una biografía de don Rufino José de casi cuatrocientas páginas, que se lee con deleite y que sorprende por la abrumadora cantidad de datos y referencias. El escritor antioqueño ya había demostrado temple de biógrafo inigualable con Barba Jacob el mensajero, donde describió el recorrido de ambos, el biógrafo y el poeta de Santa Rosa de Osos, por países, archivos, calles y salas de redacción de Centroamérica y el Caribe. Allí detalla la vida del poeta, pero también describe la búsqueda de sus huellas. Digamos, la biografía y la manera en que se va construyendo. El cuervo blanco también la compuso de la misma manera, e incluso dice en algún párrafo cómo se hace una biografía.

En la página 134 de la biografía de Cuervo puede leerse: “Para agarrar a un fantasma se procede así: primero hay que determinar por dónde anduvo y cuándo. Luego pasa uno a considerar lo que escribió y lo que leyó. Y finalmente empieza uno a oír el arrastre de las cadenas, signo este de que va bien: o uno se está acercando al fantasma, o el fantasma se está acercando a uno”. ¿Usted se acercó a Cuervo o él se acercó a usted? ¿Cómo fue? ¿Cuándo supo que ese sonido era el de las cadenas de Cuervo?
El fantasma fue el que se acercó a mí: de niño leí sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, un libro grueso color ladrillo que me esperaba desde hacía años en la biblioteca de mi casa. Ese libro decidió mi vida. Y no porque me enseñara a escribir, pues no era para eso, sino porque me enseñó a querer y a respetar este idioma.

Cuervo pasó más de la mitad de su vida en salas de lectura y bibliotecas. Veintinueve años, los mismos que vivió en París, estuvo recluido en la propia, donde recibía pocas visitas. Podría uno pensar que no es un personaje brillante, móvil, inquieto como, por poner un ejemplo cercano a usted, Barba Jacob. ¿Qué retos plantea la biografía de un personaje de este tipo? ¿Cómo se la planteó usted?
Yo soy capaz de escribirme la vida de una monja de clausura y hacerla más interesante que la de un travesti que sale en las noches a acuchillar senadores, representantes, diputados, concejales, alcaldes, procuradores, contralores, fiscales, candidatos a la presidencia elegidos o por elegir, y de paso a sus respetables madres.

El mensajero, Chapolas negras —su biografía de José Asunción Silva— y esta de Rufino José Cuervo comparten una estructura nada común en el género: no están divididas en partes o capítulos. En El cuervo blanco encontré un asomo de explicación: “La división de un libro en partes, y estas en capítulos, y estos en subcapítulos, y estos en parágrafos, parece que lo hace muy claro, pero no hay tal: da simplemente una falsa idea de claridad”, leo en la página 276. Pero no encontré sus razones. ¿Por qué esas subdivisiones, que casi son canónicas del género biográfico, dan una falsa idea de claridad?
Frente a la vida de su biografiado el biógrafo es como Dios o casi, que lo sabe todo, o por lo menos todo lo que se puede llegar a saber. No tiene necesariamente que empezar pues por el nacimiento de su santo puesto que ya sabe cómo murió: puede empezar por la muerte. O por el entierro. O por el olvido en que se hundió como nos hundiremos todos. Lo nuevo en las tres biografías que he escrito está en que me di cuenta de que para el lector es tan importante saber no sólo los hechos del biografiado sino junto con ellos cómo los supo el biógrafo. Y en consecuencia las fuentes están incorporadas en mis biografías. Esto que digo lo supe por una carta, esto otro por una noticia de periódico, esto por un documento notarial, o porque fulanito de tal me lo contó y ustedes verán si le creen o no le creen y si me creen o no me creen... Las fuentes, por lo tanto, deben hacer parte del texto mismo de la biografía, y no estar relegadas a una bibliografía puesta al final, que nadie lee ni está en capacidad de consultar porque por lo general se trata de obras que no están al alcance de todos, ni en unas notas a pie de página que lo único que hacen es entorpecer el relato.

La correspondencia de Cuervo fue copiosa y constante: ocupa veinte volúmenes, alrededor de mil cartas escritas por él y mil setecientas recibidas. ¿Podemos pensar que la correspondencia era para Cuervo una manera de pensar, de argumentar? ¿Una especie de método de trabajo?
Me imagino que fuera simplemente una forma de sentirse menos solo.

Sigamos con la correspondencia. ¿Por dónde empezó usted la revisión? Y ¿qué le dijeron sobre Rufino José Cuervo esas cartas?
Muchísimo. Fue un error suyo el no haberlas destruido: me habría dejado a oscuras. O casi. El que se meta de ocioso a seguir la vida mía en cambio se va a dar contra una pared muda y ciega porque yo no guardo nada y lo que no rompo lo quemo. Sorpresitas sí se habría de llevar mi hagiógrafo, si alcanzara a saber. Pero de lo mío el único que sabe es Dios, quien en su Infinita Bondad calla.

En las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, en el Diccionario, en su correspondencia con lingüistas de todo el mundo Cuervo intentó una suerte de descolonización del castellano. Reclamó para el español de América autonomía, y en ese sentido fue un crítico del establecimiento, al menos del idiomático. Por otro lado, buscó siempre en sus escritos la perfección científica, de ahí las múltiples ediciones, las correcciones de galeradas que parecían no tener fin. ¿Cómo se explica esto en una personalidad tan conservadora, tan católica, como la de Cuervo? ¿Cómo convivían en él el espíritu científico y el espíritu católico?
Cuervo pensaba que la Real Academia Española de la Lengua debía ser la que rigiera este idioma, el árbitro. Yo pienso igual, pero juntándole las otras veinte academias de la lengua, que se le fueron sumando, una a una, a partir de la colombiana, la primera de las correspondientes en fundarse. La fundó justamente Cuervo, con otros once, aunque él poco más participó en ella pues poco después se fue del país para no volver.

Creo que desde antes, cuando toma la decisión de irse a París a trabajar en su Diccionario y rechazar aquí el destino que le estaba asignado como funcionario público, quizá incluso como presidente de la república, hay ya una personalidad inconforme, en cierto sentido rebelde, revolucionaria. ¿Logró encontrar usted las razones de Cuervo para rechazar ese destino?
No una personalidad inconforme ni revolucionaria ni rebelde: simplemente un hombre honorable. La presidencia de la República y los altos cargos públicos son para bribones, hombres y mujeres, y las incluyo porque de medio siglo para acá entraron en la vileza degradante de la política... Harto mal ya hacían pariendo. Ahora quieren ser presidentas de la República. La vagina presidenciable es lo más asqueroso que ha producido la evolución. Y si no miren la porquería que les cupo en suerte a los pobres argentinos con su nueva Evita...

Después de leer El cuervo blanco uno puede concluir que, para usted, Cuervo fue el más grande gramático del español, pero al mismo tiempo fracasó estrepitosamente. ¿Por qué?
Sí, tenía el sentido de la gramática más asombroso. Nadie lo ha tenido al grado que él, nunca, contando desde Panini en la India y Dionisio de Tracia en Grecia; Varrón, Prisciano y Donato en Roma; y Nebrija en este idioma, que aunque fue el primero de los nuestros fue tan poquita cosa... No entendió nada de nada. Era un lambeculos de la reina Isabel, la que le entregó la tea a Torquemada.

En su columna de El Espectador, en julio del año pasado, Julio César Londoño escribió una frase que me llamó la atención sobre el Diccionario de construcción y régimen de Cuervo: “El que llega al Diccionario con una duda, sale con veinte”. ¿Comparte usted esta afirmación? ¿A quién está dirigido el delirante Diccionario de Cuervo? ¿Para qué sirve?
Para lo que sirven las obras de arte: para admirarse. Es el intento de un hombre por apresar un río, el río torrentoso de este idioma. ¿Quién dijo que el Diccionario de Cuervo era para resolver dudas? ¿Cuándo se ha visto, por ejemplo, que un tratado de teología sirva para los que no creen en Dios? Le mando a decir al señor Londoño que está orinando fuera del tarro, que apunte bien.

Hay un pasaje de su biografía de Cuervo sobre la que quiero llamar la atención de los lectores de esta entrevista. Es cuando usted comenta el diccionario, lo explica al lector, lo compara con el de la Academia, comenta sus usos y alcances. Creo (y quiero) que después de leer este pasaje algunos curiosos se van a acercar al Diccionario de construcción y régimen sin tantas prevenciones por su tamaño o por los mitos que lo señalan como obra imposible. Se le ve muy cómodo a usted comentando diccionarios, comparando, detallando. Mostrando la belleza de estas obras cada vez más en desuso. ¿Para qué sirven los diccionarios? ¿Por qué son bellos? ¿Por qué lo embrujó a usted el de Cuervo?
Ah, me gasté cuatrocientas páginas diciéndolo. En un mísero parrafito ¡qué voy a poder!

Al comienzo de esta entrevista mencionábamos unas preguntas que usted se hacía en los discursos que leyó aquí en Colombia sobre Cuervo, y que algunas habían encontrado respuesta en El cuervo blanco. ¿Cuáles otras preguntas se abrieron después de escribir esta hermosa biografía?, y ¿qué más quisiera saber sobre Cuervo si tuviera esos quinientos años que pide allí mismo, en el libro, para terminar el trabajo?
Todo cuanto quería saber de Cuervo lo averigüé. Jamás me imaginé que llegara a saber tanto de él. ¿Y total para qué? Para llegar a lo que me sospeché de niño: que era un santo.  Pues bien, ya le pueden rezar: ¡en El cuervo blanco lo canonicé! ¡Juan Pablitos a mí! Ese viejito polaco y malo de Wojtyla, el de la mano suelta, no tenía ni idea de canonizaciones. Haciendo santos como buñuelos en una paila de manteca hirviendo... O como nuestro paisano el señor Londoño: rociando con el hisopo de agua bendita fuera del tiesto de la matica.

sábado, 2 de junio de 2012

Fusilado: Vicente Quirarte





Editado con primor, Enseres para sobrevivir en la ciudad recoge artículos viejos, recientes y especialmente compuestos para este libro por Vicente Quirarte. Ensayos breves, columnas de prensa, crónicas –en el sentido que antes se le daba a esa palabra, para indicar un ensayo sugestivo y corto que se vestía de columna para su aparición en la prensa diaria–, que nos ayudan a recuperar el asombro de las cosas cotidianas, nos invitan a mirar con otros ojos esos trebejos que nos acompañan siempre: el lápiz, el esfero, el cuaderno, el cesto de basura, el paraguas, los recuerdos de la infancia… “lugares tan comunes que a fuerza de repetirlos olvidamos su incuestionable peso” (p. 33). También se incluyen paseos por las páginas favoritas del autor, devaneos con amigos o por obras de poetas, homenajes a las minucias en prosa que es pura poesía.

Difícil creer que tanta felicidad se puede comprar por 36 mil pesos. Y poco más tengo para decir: la biografía del autor y otros textos suyos se pueden encontrar en Internet con solo teclear su nombre en Google. Transcribo de mi cuaderno de lectura unos cuantos fragmentos, para animarlos a que lo busquen y lo lean. No le sobra una sola página, ni siquiera una palabra.


Enseres para sobrevivir en la ciudad. Fragmentos

“Habrá que desconfiar del niño que conserve su lápiz sin mordeduras, con la goma a salvo del sacrificio. Será sin duda muy ordenado, escribirá con la mejor caligrafía, preferirá a Descartes sobre Pascal y será sujeto susceptible de ser engañado por su futura esposa” (“Esquemas para una oda al lápiz”, p. 16).

“Goza su simetría y su peso, huele su madera y antes de sacarle punta, recuerda que un lápiz nuevo es una forma de dicha” (Ibíd., p. 19)

“No las cuartillas terminadas sino las arrojadas al cesto, las que se acumulan misericordiosamente, creando la ilusión de que avanzamos, son las que merecen nuestra mayor gratitud” (“El camarada cesto de papeles”, p. 56).

“Vivimos en tiempos en que los cestos de papeles agonizan. Se escribe mal y rápido, y no hay tiempo para la exquisitez de borradores o primeras versiones” (Ibíd., p. 57).

“Escribir lo que verdaderamente importa es una tarea realizada en soledad, contra los fantasmas de la pereza, la inseguridad y la duda” (“Los enemigos del escritor”, p. 123).

“Así como nuestra ciudad parece tener más taxis que habitantes, las presentaciones de libros son más abundantes que las obras” (Ibíd., p. 124).

“El hombre feliz debe tener camisa para serlo. Lo demuestran los usos del lenguaje: cuando perdemos todo, perdemos hasta la camisa. Quien se dice nuestro mejor amigo, no vacilará en despojarse de ella por nosotros. Sin metáforas, la camisa es la prenda de vestir más próxima al corazón, el termómetro más fiel de nuestro pecho. La luz de un hombre vestido comienza en su camisa. Cuando se nos conceden cielos limpios y vastos, parece que Dios se pone su mejor camisa” (“La camisa del hombre feliz”, p. 63).

“Hijo de productos naturales venidos de todos los continentes, ortodoxo y exigente, el martini es la mayor aportación de Estados Unidos a la civilización occidental y uno de los placeres más refinados que un bebedor puede experimentar en su carrera” (“Alrededores del martini”, p. 115).

“El solapero debe ser consciente de que en el breve espacio del cual dispone, debe desarrollar un texto imaginativo, seductor, original y respetuoso del objeto que le sirve de pretexto. Azorín recomendaba como ejercicio para el novelista la descripción de los sucesos nimios que ocurrieran a lo largo del día. Una escuela de críticos debería exigir como examen final la redacción de una solapa” (“En defensa de la solapa”, p. 143).

“Sumérgete en un pasaje de preferencia a mediodía, cuando el Sol te humille con su imperio y te haga olvidar todos los favores que nos hace. Asómate a su entrada y acostúmbrate poco a poco a su penumbra. Advierte, desde el umbral, que todo en el pasaje es amortiguado y suave: sonidos y luces, colores y actitudes. En cuanto des el primer paso, te sorprenderás al caminar de otra manera, al ritmo de una ciudad que aún hace poco era provincia” (“Poética de los pasajes”, p. 154).

“No hay poeta sedentario. La nomadía es su condición primera, incluso para aquellos que viajan alrededor de su alcoba” (“El poeta en el aeropuerto”, p. 158).

“Florecen contra todo. Contra el aire contaminado y el torturador; contra la mentira y la promesa. Florecen para todos: para el envenenador y la monja que vende rompope de puerta en puerta; para los boy scouts que plantan su tiempo sagrado en la mañana del sábado; para el borracho cuyo cuerpo ha dicho basta; para la embarazada y el bolero; para las multitudes que en domingo salen –plenas y nimbadas– de templos, museos y estadios de fútbol. Para descifrar su mensaje, basta escucharlas con los ojos; abrir quince sentidos cardinales y llenarlas de halagos. Que sepan que nos nutren, que son tan necesarias como estar enamorado, que sin ellas marzo sería de otra manera” (“En el imperio de las jacarandas”, p. 162).

“El tranvía es el último de los románticos. Nieto de los ferrocarriles, es al mismo tiempo el dandy de su estirpe. No tizna ni se llena de grasa, no se ensucia con silbatos y bufidos como sus abuelos” (“Leer en el tranvía”, p. 196).

  
Vicente Quirarte, Enseres para sobrevivir en la ciudad, Bogotá, Luna Libros, 2012.