jueves, 20 de diciembre de 2012

Vista desde una acera, de Fernando Molano


Esta es una novela de amor. No faltará quien le ponga apellidos: amor homosexual, gay, homoerótico… No estoy de acuerdo: Vista desde una acera es una novela de amor a secas. Que sea entre dos hombres es incidental, porque aquí lo que se pone en el centro es el sentimiento, el deseo. El despertar de ese deseo. La devoción hacia la persona amada. Y las dificultades y felicidades que todo amor entraña. No hay explicaciones, disculpas, dubitaciones: el narrador ama y punto. Aunque, a diferencia de su otra novela, Un beso de Dick, aquí se permite unas cuantas reflexiones sobre el amor homosexual, sobre el homoerotismo:

No sé… De mi gusto hacia los hombres, nunca entendí el disgusto de otros por mi gusto. Quiero decir, entiendo (con claridad meridiana y todo) que la homofobia es sólo un capítulo más de la erotofobia. Y entiendo que la erotofobia es un instrumento social, utilizado para raptar los cuerpos, aún en flor, de los niños y de los jóvenes, a fin de dejar a sus pobres almas desprotegidas y expuestas a los daños. La madurez es una muerte porque a ella arribamos sin nuestro cuerpo. El cuerpo del adulto es un cuerpo raptado, un cuerpo triste. Él lo mantiene oculto. Únicamente lo usa en los burdeles. A escondidas. Su felicidad es vergonzante. No la del niño, no la del púber, no la del adolescente (no la del buen cínico maduro). Por ello la erotofobia es el súmmum de la eficacia educativa (la educación es el lugar del rapto). No es un algo connatural al alma, como el amor; a veces pienso que el odio es un artificio, una invención cuidadosa, sofisticada: ninguna fobia social es inocente. Es como una prótesis fría montada en la conciencia de las personas. Yo lo creo (p. 222).

La historia arranca en un punto culminante: Adrián acaba de recibir el resultado de su examen de sida. Positivo es una palabra que uno no quiere ver en ese papel, pero ahí está. Es 1988: el sida es una condena a muerte, y eso queda establecido. Lo acompaña su amante, Fernando, quien cuenta la historia. A partir de ahí se irá alternando una narración en dos tiempos: uno actual, donde los dos jóvenes comercian con su amor y con la enfermedad, con los médicos que los condenan y con el que los apoya, con las enfermeras que los ven como monstruos y los compañeros de universidad que van a ver cómo se va muriendo mientras comentan, con las familias de ambos que no entienden nada, y otra narración en tiempo pasado, donde Fernando va contando las historias de los dos hasta encontrarse en una calle de Bogotá.

En esa narración de los años pasados Fernando inserta reflexiones sobre la pobreza, sobre la ignorancia, sobre la familia. Sobre lo duro que es crecer en una familia donde los hombres mandan y las mujeres callan, una familia con tan poco amor y ninguna compasión, sin libros. Con peleas diarias y cada vez más violentas entre el padre —mecánico— y la madre —ama de casa:

Hubo una vez un final diferente, y a mí me gusta desvirtuar todos los finales con este en mis recuerdos: papá se embriaga, hay discusión; esta vez no hay violencia, pero papá se va de casa. Mamá está triste, él lleva dos días sin volver; una vecina prestó dinero para preparar comida hoy: van a dar las diez de la mañana. De repente, la puerta de casa se abre desde afuera y todos vemos aparecer a papá, imponente como un vikingo, vestido como un ángel venido a menos con su traje arrugado, con una hermosa barba sombreando su mentón y una gallina que aletea colgada de su mano: ¡vaya!, tendríamos un rico almuerzo. Sin decir nada, papá y mamá se miran. Sonríen, creo. Y la gallina con sus graznidos dice los perdones que a ellos no les salen. Fue un buen domingo (pp. 34-35).   

Por esta novela pasan las grandes preguntas, las dificultades inmensas de los dos amantes, pero también las alegrías de la vida cotidiana. Y, sobre todo, el amor, un amor que no conoce límites ni dudas.

—Tremendo… Mañana… ¿sabe qué? Mañana le van a sacar líquido de la columna. Para hacerle otro examen.
—¿Verdad? ¿Y eso no es peligroso?
—No, yo le pregunté al neurólogo y me dijo que no.
Entonces Adrián se ríe.
—¡Tan bobo! Me estoy muriendo… y me preocupo porque me van a chuzar la columna.
—No se va a morir, güevón. De ésta va a salir… Póngale fuercita.
—¿Y si me muero?
—… Si se muere, lo entierro… ¿Qué más podré hacer?
—Jm… No, no me entierre. Prométame que no va a dejar que me entierren, ¿sí?
—… Sí. Se lo prometo.
—Yo quiero que me cremen… Y después, usted bota mis cenizas al mar, todo romántico.
—¿Quiere eso?
—¿Usted quiere?
—No, yo quiero que no se muera (p. 196).

Para mí, escenas como esta y como tantas otras de esta novela no son escenas de amor homosexual. Son escenas de amor y punto. Un amor al borde de la muerte y rodeado por la incomprensión. Si todavía hay ignorantes que condenan el amor entre dos hombres o dos mujeres, después de años de reivindicaciones, imagínense esos años… Aquí Fernando nos deja ver un poco de eso. Y es doloroso.

Lo es más si consideramos que esta es la última novela de Fernando Molano. No porque haya salido hace pocos días: es porque no va a escribir más, y lo sabemos. Sabemos que la historia de Adrián que va muriendo es la propia historia de Fernando Molano. Y no leeremos más declaraciones arrebatadoramente hermosas como las que leímos en Un beso de Dick, como las que leemos en esta novela: “yo sólo quiero entregarme a uno; a uno que yo elija, a uno que yo conozca; que tenga un nombre, que tenga una cara hermosa, que tenga un cuerpo fuerte para refugiarme en él trenzado entre sus brazos… ¿A quién dañaría eso? ¿A quién podría dolerle mi felicidad?” (p. 158). Ay.

Está bien: es una novela inacabada. Estaba en proceso cuando murió el autor, y el manuscrito permaneció durante años en un fondo de la Biblioteca Luis Ángel Arango, de donde lo rescataron unos amigos y lo publica ahora Seix Barral. Hay desequilibrios, hay algunas virutas por allí, hay líneas narrativas que se desvanecen. Aun así, es una novela valiosa, hermosa, poderosa. Gracias a los amigos de Molano y a la editorial por compartirla. Para mí, es uno de los libros del año en Colombia.


Fernando Molano, Vista desde una acera, Bogotá, Seix Barral, 2012. 

viernes, 14 de diciembre de 2012

La adultez de un niño genio

Tomado de El Mundo del Superdotado.
Con ligeras variaciones, esta crónica se publicó en la revista Soho, agosto de 2011.


Parece un apartamento modelo. Aproximadamente cien metros cuadrados, balcón, sala comedor, tres cuartos, dos baños. Sofá y sillas cómodos todos del mismo color; sobre la mesa de centro un par de candelabros genéricos con velas decorativas. En la cocina, una pared naranja frente a la puerta; en la de al lado, blanca, cuelgan en perfecta sintonía de naranja los instrumentos de plástico para cocinar: espumadera, espátula, cucharón; dos limpiones del mismo color están acomodados sobre la manija del horno. En los cuartos lo esperado: una cama doble con cojines en la misma paleta de color del sobrecama, y una cómoda; un televisor inmenso en la pared. En otro cuarto un portátil HP y su impresora, misma marca, sobre una mesita de las que se compran en los supermercados y se arman en casa; un sofacama y una silla ejecutiva alcanzan a estorbar un poco en el espacio reducido del estudio. El otro cuarto está vacío, a la espera del hijo que va a llegar.  
No hay nada mal puesto, una mota de polvo, un cuaderno abierto, un recibo de Carulla arrugado sobre una mesa, una media guardada de afán en un cajón que no cerró del todo. En la foto de una revista este lugar pasaría sin dudarlo como el apartamento modelo de un edificio que apenas se construye. Hasta que detrás de la mesita donde está el laptop, medio tapado por el espaldar de la silla ejecutiva, se alcanza a ver algo. Es un telescopio Tasco mediano, de un modelo no muy vistoso. Ahora sí puede que el fotógrafo que me acompaña crea que aquí vive Iván Zozulak, un hombre de treinta y dos años con cara de veintiséis, que a los diez fue identificado como niño genio.
–Es un término con el que no estoy muy de acuerdo –dice.

* * *

Stanford-Binet: es el test para medir la inteligencia que se aplicó en el mundo entero durante casi todo el siglo pasado. Arroja un número que, se supone, indica el grado de inteligencia de la persona. Es el que todos conocemos como CI, o coeficiente intelectual. Lewis Terman, el psicólogo de la Universidad de Stanford que lo diseñó, consideraba que la inteligencia era hereditaria y podía medirse mediante pruebas de razonamiento lógico.
Según esa medida, el 98% de la población se encuentra en un rango entre 90 y 110. Una persona con síndrome de Down puede estar por los 70 o 75, y uno de los que llamaban antes superdotados está por encima de 130. Para ilustrar: Albert Einstein y Bill Gates comparten el mismo CI, 160. El de Bobby Fischer era de 187, y el de Madonna es de 140. El de Andy Warhol era de 86.
A partir de la década del setenta se empezó a discutir la teoría de una inteligencia única, hereditaria e inmóvil, y en 1983 Howard Gardner publicó su famosa teoría de las inteligencias múltiples. Son siete: lingüística, lógico-matemática, visual y espacial, corporal y cinética, musical, intrapersonal e interpersonal. Se empezaron a considerar otros factores además de la herencia: el ambiente, la ocupación y el nivel educativo de los padres, la manera en que manejaban las emociones y en que sus padres se relacionaban con ellos… En su genial libro Fueras de serie Malcolm Gladwell pone el asunto en términos ecológicos: “El roble más alto del bosque es el más alto no sólo por haber nacido de la bellota más resistente, sino también porque ningún otro árbol le bloqueó la luz del sol, porque el subsuelo que rodeaba sus raíces era profundo y rico, porque ningún conejo le mordisqueó la corteza cuando era un tallo joven ni ningún leñador lo taló antes de que madurara”.
Las pruebas Stanford-Binet comenzaron a desaparecer del sistema educativo en casi todo el mundo, o a complementarse con otras que midieran más allá de la inteligencia lógica. Sin embargo, se seguían aplicando en muchos países, Colombia entre ellos, hasta bien entradas las décadas del ochenta y el noventa. Al fin y al cabo, se trata de una referencia.

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–No te lo voy a decir –contesta Iván con una sonrisa–. Nadie de mi generación te va a decir su CI, es como preguntarle a alguien cuánto gana.
La generación a la que se refiere son sus compañeros de colegio, graduados a edad temprana del Instituto Alberto Merani, de Bogotá. Desde su fundación en 1988 y hasta el 2000, cuando cambió radicalmente su modelo pedagógico, el instituto estuvo enfocado hacia la educación de niños con capacidades excepcionales.
–Éramos cinco personas de todo el país con coeficientes intelectuales asombrosos, de más de 150.
A los diez años, en Bucaramanga, Iván era el primero de su clase, aprendía todo sin mayor esfuerzo, memorizaba completos, con una sola lectura, los libros que le regalaban. Un pariente que trabajaba en Ecopetrol lo inscribió en un experimento que realizarían unos “niños genios” de Bogotá, quienes iban a trabajar con los ingenieros del Instituto Colombiano de Petróleos durante unas semanas. Los niños iban enviados por el Instituto Alberto Merani.
Al terminar, los resultados de Iván sorprendieron a los ingenieros y a los representantes del colegio, y el rector lo trajo a Bogotá para hacerle pruebas.
–Una semana después ya estaba matriculado en el Merani, con una gran ayuda de Julián de Zubiría, el rector. Mi mamá no podía costear mis estudios y la estadía aquí, pero también hizo un gran esfuerzo y se trasladó a Bogotá.
En Bucaramanga Iván cursaba sexto grado, pero según las pruebas su edad mental estaba más cerca del octavo. Le pasaron libros y le hicieron pruebas para promoverlo dos grados: los hizo en una semana. En otra completó noveno. En dos semanas avanzó de matemáticas de sexto grado a álgebra, trigonometría, cálculo infinitesimal… Pusieron a su disposición todo tipo de materiales para sus áreas de interés.
–Cada uno de nosotros tenía una especialidad: a un compañero le gustaba la química, a otro la filosofía, a otro la biología. Lo mío era la astrofísica.
Todos los días después del colegio, con doce años, Iván asistía a la Universidad Nacional a clases de física pura, y después vio materias de ingeniería industrial en la Escuela Colombiana de Ingeniería. Los domingos daba conferencias sobre astronomía en el Planetario Distrital.
–Éramos un poco un circo en esa época –dice Iván mientras miramos artículos de Cambio 16, de El Tiempo y de La Prensa dedicados a él y a sus compañeros.

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Leta Hollingworth fue otra psicóloga dedicada al estudio de niños excepcionalmente dotados en las primeras décadas del siglo pasado. Según sus investigaciones, los niños con un CI muy superior –160 y más– desarrollan un interés marcado por los orígenes, el destino, la divinidad, el universo. Las grandes preguntas. También advirtió que los niños que tenían un CI superior a 160 “jugaban menos con otros niños”. 

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El mito del genio solitario, excéntrico o incomprendido está bien marcado en el inconciente colectivo. Su estandarte es la foto de Einstein con su saco raído y su peinado estrepitoso, o el retrato que le sacó Arthur Sasse en 1951 donde el físico saca la lengua. Más recientes y recordadas por muchos son las salidas de cuadro de Bobby Fischer, el genial ajedrecista nacido en Chicago: no se presentaba o cancelaba encuentros a última hora, hacía pataletas, insultaba, aparecía con barba de náufrago y descalzo en un aeropuerto. Un genio mal educado. (Durante el “combate del siglo” contra Spassky en Islandia, en 1972, un comentarista del International Herald Tribune escribió: “Mientras Spassky se sume en una meditación profunda sobre el siguiente movimiento, Fischer se come las uñas, se saca los mocos y se limpia los oídos entre jugada y jugada”.) El mito se refrescó hace pocos años con la película Una mente brillante, basada en la vida del matemático John Nash.
Existen relaciones entre el comportamiento solitario o excéntrico y la excepcionalidad intelectual; no obstante, los porcentajes al parecer no son significativos como para afirmar que todos o la gran mayoría de las personas excepcionales tienen algún desorden de comportamiento notorio. Estudios de diferentes países coinciden en que alrededor del 60% de esta población fracasa en la escuela. Pero más adelante, en la adultez, en algunos se incrementan los problemas de adaptación o socialización y en otros disminuyen. Mejor dicho, como la población con inteligencia promedio.
Por estos días la comunidad científica está revisando una investigación amplia adelantada por tres académicas españolas en Islas Canarias. En un artículo publicado en 2011, titulado “Evidencias contra el mito de la inadaptación en las personas con altas capacidades intelectuales”, las autoras afirman que los resultados de su estudio “no permiten concluir que el alumnado de altas capacidades sea más adaptado”, pero sí que “parece existir independencia entre la adaptación y la inteligencia”. En Estados Unidos, el país que más ha estudiado a las personas con alta capacidad intelectual, también se vienen publicando investigaciones que desvinculan las variables “excepcionalidad” e “inadaptación”. Dentro de la comunidad científica este es prácticamente un hecho aceptado, pero para quienes vivimos por fuera de esa comunidad el mito pervive.
Como en el desarrollo de la inteligencia, influyen en el comportamiento adulto de los niños excepcionales el ambiente, el manejo de las presiones cuando llega un diagnóstico de excepcionalidad, las elecciones que tomen el muchacho y su familia alrededor de su educación. Que ningún conejo mordisquee el tallo, que otro árbol no le tape el sol.
Para confirmarlo, ahí está Iván Zozulak sentado en el sofá de su apartamento modelo, como cualquier hijo de vecino.

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–Siempre tuve una característica única dentro de mis compañeros. Tenía capacidad social, o inteligencia emocional si se quiere. Para mí era importante hacer amigos, tener noviecita, salir, jugar fútbol.
Para Iván, las dificultades de adaptación que enfrenta una persona de altas capacidades pueden ser comparables con las que enfrenta una persona con limitaciones intelectuales.
–El mundo está diseñado para ese 98%. Piensa en eso. La sociedad, la publicidad, los medios de comunicación, las leyes, los discursos académicos y el sistema financiero están pensados para la mayoría. Uno a veces no le encuentra la lógica a costumbres o a procedimientos establecidos, entonces toca ajustar los parámetros. Algunos podemos hacerlo, otros no.
Las personas excepcionalmente dotadas son más sensibles a las situaciones y a los cambios ambientales. Son algo obsesivos, perfeccionistas. Necesitan exactitud, precisión. Que el naranja de la pared de la cocina sea idéntico al del cucharón para servir la sopa, por ejemplo, es la medida de Iván. Pero otros pueden seguir de ahí en adelante organizando milimétricamente su vida hasta el delirio.

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Con catorce años, graduado del colegio, Iván partió con una beca para la República Checa. Quería conocer la tierra de su padre, un inmigrante que había muerto en Medellín cuando Iván apenas tenía cuatro años. Estudiaría astrofísica, y la beca contemplaba un año para aprender el idioma.
Al finalizar ese primer año había aprendido checo, pero también ruso y eslovaco; había trabajado de camarero y barman, pero ya tenía un local de música latina en Praga. Con quince años no podía pedir un trago en un bar, pero era dueño de uno, en asocio con un amigo cubano que hizo los papeles.
–En ese año lejos de mi casa, solo, empeñado en no pedirle ayuda a mi mamá porque sabía los sacrificios que había hecho, me di cuenta de que la vida era otra cosa. Que la felicidad no estaba en el cielo sino aquí, con la gente. Toda mi vida iba dirigida a trabajar en la NASA, pero me gusta más la vida sencilla, sentarme acá a conversar contigo.
Terminó economía en tres años –dura cinco–, y en uno más completó dos maestrías, una en negocios internacionales y otra en macroeconomía. A los diecinueve era el director administrativo de Motorola; luego vendrían trabajos de primer nivel de responsabilidad en Telefónica, en Tiscali International Network y en otras multinacionales. Luego fundó su empresa, desarrolló un software sofisticado que necesitaba la industria de las comunicaciones y lo vendió a una empresa.
–A los veintiséis años podía pensionarme. Entonces me vine a Colombia, después de quince años sin venir ni de vacaciones. Quiero estar aquí, tranquilo, con amigos nuevos y viejos, con mi novia, con quien llevo dos años de felicidad.
Laura, su novia, también fue identificada cuando niña como excepcional. Se entienden, Iván dice que hablan de todo y en profundidad. Al fin ha encontrado su alma gemela.
–Tuve muchas, muchas relaciones, pero con nadie me acomodaba, o nadie se acomodaba a mí –se ríe–. Todo ha pasado muy rápido en mi vida. ¿Te conté que tengo una hija? Ya tiene once años… Cuando tenía diecinueve estuve casado dos años con una checa…
Y comienza otra historia increíble.
La ropa de Iván es como su apartamento: sobria, cómoda, de tonos que se hermanan. Modesta. Nada llama la atención. Es evidente que quiere vivir una vida normal, mediana.
–Entendí que para uno estar tranquilo y bien tiene que tener la mente abierta, aprender de todo el mundo, adaptarse. Es puro Darwin: el que sobrevive es el que se adapta.
Antes de despedirnos Iván abre el armario de su estudio y nos muestra su santuario: camisetas, entradas, gorras, bufandas rojas: es un hincha juicioso del Santa Fe. Está bien: nadie es perfecto.