Vista desde una acera, de Fernando Molano


Esta es una novela de amor. No faltará quien le ponga apellidos: amor homosexual, gay, homoerótico… No estoy de acuerdo: Vista desde una acera es una novela de amor a secas. Que sea entre dos hombres es incidental, porque aquí lo que se pone en el centro es el sentimiento, el deseo. El despertar de ese deseo. La devoción hacia la persona amada. Y las dificultades y felicidades que todo amor entraña. No hay explicaciones, disculpas, dubitaciones: el narrador ama y punto. Aunque, a diferencia de su otra novela, Un beso de Dick, aquí se permite unas cuantas reflexiones sobre el amor homosexual, sobre el homoerotismo:

No sé… De mi gusto hacia los hombres, nunca entendí el disgusto de otros por mi gusto. Quiero decir, entiendo (con claridad meridiana y todo) que la homofobia es sólo un capítulo más de la erotofobia. Y entiendo que la erotofobia es un instrumento social, utilizado para raptar los cuerpos, aún en flor, de los niños y de los jóvenes, a fin de dejar a sus pobres almas desprotegidas y expuestas a los daños. La madurez es una muerte porque a ella arribamos sin nuestro cuerpo. El cuerpo del adulto es un cuerpo raptado, un cuerpo triste. Él lo mantiene oculto. Únicamente lo usa en los burdeles. A escondidas. Su felicidad es vergonzante. No la del niño, no la del púber, no la del adolescente (no la del buen cínico maduro). Por ello la erotofobia es el súmmum de la eficacia educativa (la educación es el lugar del rapto). No es un algo connatural al alma, como el amor; a veces pienso que el odio es un artificio, una invención cuidadosa, sofisticada: ninguna fobia social es inocente. Es como una prótesis fría montada en la conciencia de las personas. Yo lo creo (p. 222).

La historia arranca en un punto culminante: Adrián acaba de recibir el resultado de su examen de sida. Positivo es una palabra que uno no quiere ver en ese papel, pero ahí está. Es 1988: el sida es una condena a muerte, y eso queda establecido. Lo acompaña su amante, Fernando, quien cuenta la historia. A partir de ahí se irá alternando una narración en dos tiempos: uno actual, donde los dos jóvenes comercian con su amor y con la enfermedad, con los médicos que los condenan y con el que los apoya, con las enfermeras que los ven como monstruos y los compañeros de universidad que van a ver cómo se va muriendo mientras comentan, con las familias de ambos que no entienden nada, y otra narración en tiempo pasado, donde Fernando va contando las historias de los dos hasta encontrarse en una calle de Bogotá.

En esa narración de los años pasados Fernando inserta reflexiones sobre la pobreza, sobre la ignorancia, sobre la familia. Sobre lo duro que es crecer en una familia donde los hombres mandan y las mujeres callan, una familia con tan poco amor y ninguna compasión, sin libros. Con peleas diarias y cada vez más violentas entre el padre —mecánico— y la madre —ama de casa:

Hubo una vez un final diferente, y a mí me gusta desvirtuar todos los finales con este en mis recuerdos: papá se embriaga, hay discusión; esta vez no hay violencia, pero papá se va de casa. Mamá está triste, él lleva dos días sin volver; una vecina prestó dinero para preparar comida hoy: van a dar las diez de la mañana. De repente, la puerta de casa se abre desde afuera y todos vemos aparecer a papá, imponente como un vikingo, vestido como un ángel venido a menos con su traje arrugado, con una hermosa barba sombreando su mentón y una gallina que aletea colgada de su mano: ¡vaya!, tendríamos un rico almuerzo. Sin decir nada, papá y mamá se miran. Sonríen, creo. Y la gallina con sus graznidos dice los perdones que a ellos no les salen. Fue un buen domingo (pp. 34-35).   

Por esta novela pasan las grandes preguntas, las dificultades inmensas de los dos amantes, pero también las alegrías de la vida cotidiana. Y, sobre todo, el amor, un amor que no conoce límites ni dudas.

—Tremendo… Mañana… ¿sabe qué? Mañana le van a sacar líquido de la columna. Para hacerle otro examen.
—¿Verdad? ¿Y eso no es peligroso?
—No, yo le pregunté al neurólogo y me dijo que no.
Entonces Adrián se ríe.
—¡Tan bobo! Me estoy muriendo… y me preocupo porque me van a chuzar la columna.
—No se va a morir, güevón. De ésta va a salir… Póngale fuercita.
—¿Y si me muero?
—… Si se muere, lo entierro… ¿Qué más podré hacer?
—Jm… No, no me entierre. Prométame que no va a dejar que me entierren, ¿sí?
—… Sí. Se lo prometo.
—Yo quiero que me cremen… Y después, usted bota mis cenizas al mar, todo romántico.
—¿Quiere eso?
—¿Usted quiere?
—No, yo quiero que no se muera (p. 196).

Para mí, escenas como esta y como tantas otras de esta novela no son escenas de amor homosexual. Son escenas de amor y punto. Un amor al borde de la muerte y rodeado por la incomprensión. Si todavía hay ignorantes que condenan el amor entre dos hombres o dos mujeres, después de años de reivindicaciones, imagínense esos años… Aquí Fernando nos deja ver un poco de eso. Y es doloroso.

Lo es más si consideramos que esta es la última novela de Fernando Molano. No porque haya salido hace pocos días: es porque no va a escribir más, y lo sabemos. Sabemos que la historia de Adrián que va muriendo es la propia historia de Fernando Molano. Y no leeremos más declaraciones arrebatadoramente hermosas como las que leímos en Un beso de Dick, como las que leemos en esta novela: “yo sólo quiero entregarme a uno; a uno que yo elija, a uno que yo conozca; que tenga un nombre, que tenga una cara hermosa, que tenga un cuerpo fuerte para refugiarme en él trenzado entre sus brazos… ¿A quién dañaría eso? ¿A quién podría dolerle mi felicidad?” (p. 158). Ay.

Está bien: es una novela inacabada. Estaba en proceso cuando murió el autor, y el manuscrito permaneció durante años en un fondo de la Biblioteca Luis Ángel Arango, de donde lo rescataron unos amigos y lo publica ahora Seix Barral. Hay desequilibrios, hay algunas virutas por allí, hay líneas narrativas que se desvanecen. Aun así, es una novela valiosa, hermosa, poderosa. Gracias a los amigos de Molano y a la editorial por compartirla. Para mí, es uno de los libros del año en Colombia.


Fernando Molano, Vista desde una acera, Bogotá, Seix Barral, 2012. 

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
La tengo que conseguir! Solo el dialogo que citas, me hace recordar a Felipe y Leonardo…esa misma entonación tan coloquial, tan de la vida misma. Molano sabe como arrancarle a uno lagrimas de emoción. Y de amargura.

Carlos O.
Marcel Camilo Roa ha dicho que…
Hola, Camilo. Me agrada que hayas publicado un texto sobre Vista desde una acera, ya que no ha sido recibida como uno esperaría. Aunque, claro, hace muy poco fue editada. Sin embargo, no estoy de acuerdo con considerar el texto de Molano como una novela de “amor a secas”. Más fácil es leer un amor a secas en El banquete de Platón que en este texto. Y la razón es clara: aunque en el texto platónico se puede leer una valoración positiva del amor homosexual, entre hombres, el fenómeno amoroso es observado de manera ideal, o sea, se observa el amor como una Idea, como algo que experimentan (y perdón por la reducción, pero es difícil explicarlo) las almas o, mejor, como algo que se experimenta fuera de todo engaño material, es decir, en su estado puro. A este estado puro accedieron o buscaron acceder, por ejemplo, las lecturas neoplatónicas del amor durante la Edad Media y el Renacimiento europeo. En este sentido, el “amor a secas” me parece una categoría más cercana al platonismo por su idealismo abstracto, es decir, porque presenta una superación del principio material a través del principio ideal o espiritual. Pero esto no ocurre en el texto de Molano. La materialidad del amor determina la autenticidad del fenómeno experimentado por los dos personajes. De su deseo, de su atracción física depende la relación amorosa. Si recuerdas, el primer encuentro entre Adrián y Fernando ocurre en la calle, creo que en la séptima. Ellos se ven, se desean y lo primero que hacen es tener sexo. Esto sería en el mundo de la homosexualidad urbana un “cruising” con resultado satisfactorio: dos desconocidos se encuentran y tienen sexo. Pero, para sorpresa de Fernando, los encuentros se repiten pero acompañados no sólo de sexo sino que también de conversaciones que amplían el espectro de posibilidades de la relación, a tal punto que los personajes empiezan a soñar con otros mundos: empiezan a imaginar. Imaginan un viaje a la costa, a Grecia. Fernando, el utópico, imagina una nueva sociedad basada en la “libertad de culos”. Estos escapes de la materialidad “completan” el fenómeno amoroso. Pero no ocurrirían si, en principio, no se experimentara una materialidad específica y que es, claramente, homosexual. Otra cosa es la taxonomía positivista de algunos críticos que ven en un texto como Vista desde una acera una “novela homoerótica”. Y, claro, “el narrador ama y punto”, pero lo que narra es el amor a un hombre. Y por eso no estoy de acuerdo en tu lectura, porque cuando dices: “Que sea entre dos hombres es incidental, porque aquí lo que se pone en el centro es el sentimiento, el deseo” niegas la condición material del fenómeno amoroso presentado en el texto, de modo que te acercas a una lectura que borra las particularidades del amor entre Fernando y Adrián. Y se trata de lo contrario, porque la carga material del Mundo (el hermano de Fernando, los estudiantes de medicina del Simón Bolívar, por nombrar algunos ejemplos) rechaza y cuestiona la validez de este amor por sus particularidades. Es una novela de amor, si así lo quieres. Pero es un texto que presenta las particularidades específicas de cierto tipo de sujeto: una subjetividad homosexual, y que no es precisamente la subjetivad del sujeto que experimenta un amor a secas (como en la María de Isaacs). No. Se trata de la experimentación de un amor homosexual.
Roberto Balbastro ha dicho que…
Fernando Molano hace 20 años ganó el concurso de novela Cámara de comercio de Medellín. En el 2011 lo ganó otra novela que, aunque tiene escape hacia la ciencia ficción, también aborda el tema de la homosexualidad. Las dos "Un beso de Dick" y "Vagabunda Bogotá" hablan del amor,sencillamente del amor. Molano ya no está, pero nos dejó otra novela. No la he leído. La agendaré para mis lecturas del 2013.
Gracias por el post.
Camilo Jiménez ha dicho que…
CARLOS: Tal cual. Llega a unos momentos tan íntimos, tan hermosos, que uno no cree. Y tan dolorosos también... Una gran novela, aunque tenga, como digo en el comentario, algunas rugosidades que el autor no alcanzó a limar.

MARCEL: gracias por las aclaraciones, muy valiosas. Básicamente es que estoy en contra de esos apellidos que se le ponen a la literatura: homoerótica, queer, de género, urbana, etc. Las obras son literatura o no lo son, por ponerlo en términos categóricos, y esta novela es literatura pura. Es una novela de amor. Creo que lo que Molano intentó, tanto en Un beso de Dick como en esta novela, fue precisamente borrar esas especificidades, las categorías.

ROBERTO: No he leído Vagabunda Bogotá. La tengo por aquí pero no me ha llamado mucho la atención. Voy a mirarla también en el 2013. Y no se pierda esta de Molano. Gracias por pasar y comentar. Saludos.
Gustavo Gómez Martínez ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Gustavo Gómez Martínez ha dicho que…
Este año leí Un Beso de Dick.
Y estoy de acuerdo con usted: es una novela de amor a secas, no una novela de amor homosexual SOLAMENTE.
PERO, en Un Beso de Dick veo cierta inconformidad hacia esa parte de la sociedad que juzga el amor entre dos hombres como algo insano: el papá que le pega por enterarse, en contraste con la tía que siente emoción por ese amor.
Lo lindo en Un Beso es que el protagonista narra ese amor con cierta inocencia adolescente: sabe que está "prohibido" su amor, pero a veces no entiende por qué.
Sin embargo, hay algo en lo que estoy de acuerdo con Marcel (aunque no he leído Vista desde Una Acera): si bien Un Beso es una novela de amor, está situada en el cuerpo de un adolescente hombre que ama y desea a otro hombre.
Creo que lo que Molano pretende, desde la inocencia de Felipe y la complicidad de su tía (o el vendedor del estadio, que es el único que no lo juzga), es criticar esa división entre un amor entre heterosexuales y un amor entre homosexuales.Ahí es donde nos está cuestionando.
***
Por otro lado: a Un Beso de Dick le hace falta un buen editor, y una buena editorial.
Saludos.
Samuel Rosales ha dicho que…
Camilo: aunque apenas voy por un poco más de la mitad de la novela, concuerdo contigo: hasta ahora es una historia de amor a secas. Pero también es, a mi juicio, un acertado tratado sobre la estupidez humana: la relación sin sentido de sus padres, el par de malparidos -el prefecto y el profesor-, la homofobia, las máscaras, la sociedad de esclavos, el mundo.
Samuel Rosales ha dicho que…
Por otro lado, no sé si yo no entendí algo o hay un anacronismo en la novela: al terminar el primer día del diario, después de recibir la noticia de que Adrián es positivo, dice "Es martes este 12 de abril de 1988..." Sin embargo, casi al final de la novela, cuando aún no saben de la enfermedad, se apoya en un decreto para deplorar la cancelación del préstamo universitario a Adrián; el decreto es del 28 de junio de 1993. Es decir, cinco años después de recibir el resultado del laboratorio, Adrián goza de buena salud. En todo caso disfruté mucho leyéndo la novela. Si alguien puede aclararme ese punto, lo agradeceré.
Arturo Sanjuán ha dicho que…
Yo la quiero, dónde se compra
Camilo Jiménez ha dicho que…
En cualquier librería de Bogotá.
Camilo Jiménez ha dicho que…
De Colombia, seguro: Seix Barral tiene muy buena distribución.
Notarias Bogota ha dicho que…
me pondré la meta de conseguirla pues lo poco que publicaste me encanto.
Uriel Rodríguez ha dicho que…
No sé donde adquirirlo en físico. Solo me he podido leer una parte y estoy :(