viernes, 18 de octubre de 2013

Fusilado: Cees Nooteboom




Cees Nooteboom es otro escritor que comparte el lugar común de ser, para los periodistas, “eterno candidato al premio Nobel de literatura”. Él se limita a decir que “Hace tantos años se habla de esto que si me lo diesen ya sería por causas humanitarias”. Novelista, ensayista, cronista de viajes nacido en La Haya, a los diecisiete emprendió su primer viaje y hoy, con ochenta años, sigue moviéndose. “Mi vida es poesía, viajar e inventar historias”, ha dicho. Lo único esencial en sus viajes, también ha dicho, es un libro de poemas.

Tumbas (en español en el original) recoge las reflexiones que le han suscitado sus visitas a las últimas moradas de poetas en el más amplio sentido del término. Es decir, para Nooteboom son poetas Gerard de Nerval, Eugenio Montale y Antonio Machado, por supuesto, pero también Virginia Woolf, Vladimir Nabokov y Susan Sontag. ¿Quién lo niega? 

Las fotografías incluidas en este volumen editado por Siruela (iba a poner “bellamente editado por Siruela”, pero me pareció una redundancia) son de Simone Sassen, esposa del escritor, quien lo acompaña en sus viajes desde 1979. Algunas son tan sobrecogedoras como un poema de César Vallejo. Es decir que en muchas de estas fotos también habita la poesía. Por ejemplo, la de la tumba de Stevenson. O la de Eugenio Montale.  

Transcribo las dos primeras páginas de la introducción nada más para antojar a los visitantes: este es un libro que hay que acariciar, mirar, ojear, hojear y oler. También para leer, claro.


Tumbas de poetas y pensadores [fragmento]

¿Quién yace en la tumba de un poeta? El poeta, desde luego, no, eso es bien sabido. El poeta está muerto, de lo contrario no tendría una tumba. Pero el que está muerto ya no es nadie, por lo tanto tampoco está en su tumba. Las tumbas son ambiguas. Conservan algo y, sin embargo, no conservan nada. Naturalmente, esto se puede decir de todas las tumbas, pero cuando se trata de las tumbas de los poetas con eso no está todo dicho. En su caso hay algo diferente. La mayoría de los muertos callan. Ya no dicen nada. Literalmente, ya lo han dicho todo. Pero no sucede así con los poetas. Los poetas siguen hablando. A veces se repiten. Esto ocurre cada vez que alguien lee o recita un poema por segunda o centésima vez. Pero hablan también para quienes todavía no han nacido, para unas personas que aún no han vivido cuando ellos escriben lo que escriben.

¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto? Porque aún nos dice algo, algo que sigue resonando en nuestros oídos, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado, que nos sabemos de memoria y de vez en cuanto repetimos, en voz baja o en voz alta. Con alguien cuyas palabras siguen estando presentes para nosotros mantenemos una relación, del tipo que sea. Por esa razón, no es imprescindible visitar su tumba.

Cuando se trata de tumbas, todo es irracional. Llevamos flores a nadie, arrancamos los hierbajos para nadie y aquel por quien vamos no sabe que estamos allí. Sin embargo, lo hacemos. En algún rincón secreto de nuestro corazón albergamos la idea de que esa persona nos ve y se da cuenta de que seguimos pensando en ella. Pues eso es lo que queremos; queremos que los muertos reparen en nosotros, queremos que sepan que seguimos leyéndoles, porque ellos siguen hablándonos. Cuando nos hallamos al lado de sus tumbas, sus palabras nos envuelven. La persona ya no existe, pero las palabras y los pensamientos permanecen. Podemos al menos rememorar. Cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes que todo lo que nosotros mismos pudiéramos decir. Es una paradoja. Algo se ha dicho ya, pero sin que se haya formulado una pregunta. Hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho. El que escribió esas palabras murió, pero las palabras mismas siguen viviendo. Podríamos pronunciarlas en voz alta, como si se las dijéramos a otros. Por eso vamos allí: para oír esas palabras en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte.

[…]

He vivido con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe o existe sólo de manera ocasional. Sólo raras veces sucede que una relación especial con la poesía domine la vida entera: no sólo escribirla, sino también leerla. No es algo que uno se proponga; esto se deduce fácilmente. A la mayoría de las personas le hace aborrecer la poesía la manera en que se les pone frente a ella en el colegio, donde resulta obligatoria, algo de lo que uno no puede librarse. Un lenguaje que  se comporta de un modo distinto del habitual, que se torna extraño de repente. Las mismas palabras de siempre, pero como si vinieran de otra tierra. Se supone que todo el mundo tiene que conocer a los clásicos de su país, si bien son precisamente lo que se debería leer en último lugar, cuando la superficie técnica de los versos, la vetusta ortografía, la alienante gimnasia de los pies métricos ya no nos impidan el acceso a la emoción y por fin podamos penetrar con la mirada a través de un lenguaje solemne, o quizá de otro que se nos antoja de corto aliento. Éste es el prodigioso instante en el que comprendemos que allí, al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla.

En toda gran poesía, por moderna que sea, está contenida la herencia de los clásicos, de lo anterior, de lo que a lo largo de los siglos se ha preservado para nosotros. Si tenemos un poco de paciencia y estamos dispuestos a hacer un pequeño esfuerzo recibiremos esa herencia como regalo.

Por esta razón, tal vez lo mejor sea leer en dos direcciones: primero desde hoy hacia épocas más antiguas y sólo después en sentido inverso. Entonces se pondrá de manifiesto que algunas cosas que a temprana edad, cuando empezábamos a leer, nos parecieron tan maravillosas, porque nos hablaban directamente, luego ya no nos causan ese efecto; pero en cambio descubriremos el valor de aquello que antes se presentó como inaccesible, oscuro, hermético. Si queremos decir algo verdaderamente desalentador, sólo tenemos que explicar con Shelley que la poesía abarca all science [toda ciencia] y es algo to wich all science must be referred [a lo que hay que remitir toda ciencia] y, además, aseverar que leer poesía es un oficio. Pero, por fastidioso que parezca, así es. Es un oficio que se aprende leyendo poesía. Los poetas que leemos devienen maestros, a la par que nosotros mismos, y el proceso de aprendizaje dura toda una vida. En la casa de la poesía hay muchas moradas, infinitas, tan diferentes entre sí como lo son los poetas y las épocas, las sociedades y las tradiciones en las que aquéllos han vivido. El lector entra y sale de esta casa; no quiere ni imaginar una vida sin poesía, vive en un permanente vaivén de voces y lenguajes, en una incesante conversación babilónica de hablas llameantes. Para el verdadero amante de la poesía siempre es Pentecostés.

Hoy ya no puedo leer lo que leía ayer. A los diecisiete años se leen unos poemas y a los setenta otros. Antaño fueron Gorter, Rilke o Eluard, hoy son Stevens o Juarroz, Montale o Celan, Tranströmer o Kouwenaar, Pessoa, Elizabeth Bishop, Pilinszky, Herbert, Heaney, Claus; pero esto no significa que ya no quiera leer a los de entonces. Los sigo necesitando al igual que necesito a Campert y a Vallejo o a Slauerhoff y a Rimbaud. Sé dónde están; puedo hacer que vengan a mí en cualquier momento. La poesía, en su significado más profundo, es invariable, pero habla de lo universal y del mundo valiéndose de unas voces que cambian constantemente, cada una a su manera personalísima, y de este modo ilustra y acompaña la amalgama de ficción y realidad que nos constituye. La forma en que lo hace nunca es la misma, porque tampoco nosotros somos los mismos. Siempre necesitamos a otros poetas y otros poemas, oscuros o claros, irónicos o místicos, poetas del tiempo cíclico o del tiempo lineal, o de la ciudad o de la naturaleza, poetas mundanos u hostiles al mundo. Unas veces quiero que la poesía sea humilde y ascética; otras, que cante, incluso que grite por mí; quiero que reflexione sobre sí misma, que se entristezca, que apenas diga nada, que balbucee y se esconda, o que festeje la vida y nos deje sin respiración con un torrente de palabras. Hay instantes en los que deseo perderme en su oscuridad; y otros en los que desearía que escribiera con la punzante agudeza del buril. Yo no puedo ser siempre el mismo y tampoco exijo que lo sea la poesía. Lo único que exijo es que esté ahí: hermética, clara, racional, metafísica, danzante, contemplativa, que hable del mundo en el que vivo, del mundo real, inventado, efímero, peligroso, posible, imposible, existente. Y sé que siempre estará ahí, con todas sus máscaras, con todos sus nombres y sus formas, con todos sus poetas y sus lectores: un elemento natural como el agua y la tierra, el fuego y el aire. No sabemos quiénes son sus lectores. Una “inmensa minoría”, dijo Juan Ramón Jiménez, ¿y por qué no iba a ser así?

Se puede oír poesía en pequeñas habitaciones o en grandes salas, pero para leerla se precisa recogimiento; las personas que la lean estarán solas. Juntas, esas personas constituyen una sociedad; quienes forman parte de ella saben que existe. En este sentido, los lectores son semejantes a monjes cartujos, con frecuencia juntos, las más de las veces solos. Leer es algo que hace uno por sí mismo y en soledad, una aventura espiritual: quien busque claridad inmediata y rehúya lo ignoto es mejor que se mantenga alejado de la poesía, pues ésta no siempre le servirá, no desde luego la mística de Hadewijch o Góngora, ni tampoco Eliot, Paz o Celan. Ha habido muchas veces que no la he comprendido, incluso cuando la he traducido, por ejemplo Montale o Vallejo. Pero no importó. El lector es la tablilla de cera y el poema el sello; algo me ha hablado y yo, sin entenderlo, sé lo que ha dicho. Muchas veces me he quedado contemplando unos versos de Wallace Stevens, anhelando que el poeta revelara el secreto que se escondía en el hermético espacio vacío en torno a las palabras, que dijera que no era relevante, que yo no podía leer su poema como una carta o un informe, que me llevaría tiempo hacer que se acercara a mí, o que el lenguaje no puede sobrevivir si no se le permite de vez en cuando ser oscuro e incomprensible, porque debe su posterior claridad precisamente a las aventuras vividas en regiones todavía inexploradas.

“Muchas veces hay que expresar las cosas de manera complicada”, dijo alguna vez Thomas Eliot a Donald Hall en una entrevista. “Cuando escribí La tierra baldía me daba igual si sabía o no lo que decía”. El poeta como druida o médium: una idea que, naturalmente, para el espíritu positivista es abominación. Sea como fuere, lo mismo que las personas no pueden vivir sin sueños peligrosos e inesperados, tampoco el mundo puede existir sin poesía, y por poesía no entendemos aquí nada que sea una simple ensoñación.

El amor a la poesía empieza probablemente a la edad de los grandes sentimientos, cuando uno todavía cree que un gran sentimiento engendra a su vez gran poesía. La mayoría de las personas nunca supera este malentendido, como se ve con toda claridad en las esquelas mortuorias y en las colaboraciones que se envían a las revistas literarias.

[…]


Lo fusilamos de: Cees Nooteboom, Tumbas de poetas y pensadores, Madrid, Siruela, 2007. Fotografías de Simone Sassen. Traducción de María Condor.




lunes, 14 de octubre de 2013

Diario de un ama de casa desquiciada, de Sue Kaufman


Todo empieza un día cualquiera. Tina Balser está comprando útiles escolares para sus dos hijas, y se le ocurre comprar cuatro libretas. Una de las niñas le pregunta qué va a hacer con ellas, y Tina contesta que informes. “Hay que reconocer que informe es una palabra muy buena. Informe en el sentido narrativo, no administrativo. Informe, informar… Un informe de lo que está sucediendo. Mucho mejor que diario o memorias. Diario me hace pensar en esas chicas de las colonias, regordetas y tristonas, que tenían diarios de tafilete falso de color verde con candados y llaves que llevaban colgadas en cadenas de sus mugrientos cuellos. Memorias me recuerda los cursos de literatura de la universidad, a Gide, Woolf, Gorki o Baudelaire. Aunque debo reconocer que algo en la línea de ‘he sentido pasar sobre mí el viento del ala de la locura’ de Baudelaire se acerca bastante a lo que tengo en mente” (pp. 8-9).

Así pues, al dejar la primera entrada de estos “informes” —septiembre 22— sabemos que tiene dos hijas, que su esposo se llama Jonathan y que es abogado, que son ricos recientes, que ella está un poco desubicada con el ascenso social. Que la muerte de su padre, dos años antes, la devastó. Que ha estado en terapia por su permanente insatisfacción. Que pasó por la universidad, Artes y Literatura: sabe leer y sabe escribir. Que tiene treinta y seis y una perrita que se llama Folly. Por el tono, por la mirada, vemos desde muy temprano que es cruda, atenta a los detalles, hiperconsciente, casi paranoica: “También reconozco que soy consciente de que parte de mi locura de ahora consiste en ver señales y símbolos en todo y por todas partes”, leemos en la página 19.

Lo que tenemos aquí, en este diario, es un conjunto de instantáneas que muestran a una pareja de jóvenes profesionales justo en el momento en que, para decirlo con una expresión local, le pegan al perro. Jonathan se convierte en socio de la firma de abogados para la que trabaja, hace inversiones en la Bolsa que resultan exitosas, asiste a subastas de arte, revisa las páginas sociales, invierte en obras de Broadway. Tina mira cómo su marido se va convirtiendo en un esnob y lo reporta con una minuciosidad proustiana. Jonathan debe viajar tres días, le pide a su esposa que le haga la maleta, ella lo cita en su diario: “Quiero llevarme la bolsa de viaje de cuero marrón, no la de Mark Cross, la nueva de T. Anthony. Está en mi estante del armario. También necesitaré dos trajes: el Príncipe de Gales gris de Dacrón y lana peinada de Brooks, y el gris Oxford con espiga de poliéster de Press. Necesitaré seis pares de calcetines grises de canalé de hilo de Escocia, y seis camisas: pon tres Oxford blancas de batista y tres Sea Island a rayas de algodón, dos grises, una marrón. También seis corbatas…” (p. 24: la lista de prendas y texturas y cortes y marcas continúa por media página más).

Pero también pone la mirada sobre ella misma, y es igual de dura. No adopta el tono de falsa víctima tan común en peliculitas y novelas ligeras dirigidas específicamente a mujeres (vaya vueltas las que debe dar uno para evitar la expresión chick flick). Con tal crudeza el lector no puede evitar reírse y adorar a esta señora que pasa todos sus días a punto de reventar. Y que nos cuenta sus angustias con un discurso tan poderoso, tan poco condescendiente, tan ácido como una pieza de stand up comedy de Jerry Seinfeld o de Louis C. K. Eso es: nada parecido al Diario de Bridget Jones, sino un discurso unipersonal lleno de mordacidad y humor voluntario e involuntario. Aunque ella quiera ocultarlo: “Yo no escribo obras de teatro —dije subiéndome la cremallera de la falda—. Sólo soy un ama de casa loca y tonta con el agua al cuello”, dice en la página 290.

El diario va desde septiembre hasta comienzos de febrero, y hacia el final parece no haber una salida para Tina Balser distinta a la terapia, a la clínica de reposo, al divorcio. “Hoy es el tercer día del año nuevo y no me encuentro llena de buenos propósitos, sino profundamente deprimida. Por una vez, para variar, no se trata de mis queridos nervios, ni siquiera es un bajón postvacacional: simplemente, la insoportable sensación de despilfarro de las últimas dos semanas” (p. 271). Pero cuando se plantea el divorcio, se espanta: “Si la vida con Jonathan ha sido un infierno, ¿por qué me aterra tanto la idea de perderlo a él o a esta vida?”. Pareciera una pregunta profundamente femenina y burguesa. Pero si la vemos en toda su dimensión, es una pregunta humana, universal. ¿Por qué nos aferramos a ciertas cosas que sabemos que no marchan bien, que no nos gustan? ¿O sí nos gustan y no queremos aceptarlo?

El diario de Tina Balser no se detiene en un día cualquiera que ella deja de escribir. Tiene un final, un cierre que nunca imagina el lector cinco páginas antes del punto final. Y es maravilloso. Como ha sido esta novela desde el comienzo.


Sue Kaufman, Diario de un ama de casa desquiciada, Barcelona, Libros del Asteroide, 2010. Traducción de Milena Busquets.


sábado, 12 de octubre de 2013

Cosas que han perdido su poder

“Un gran barco que con todo su porte está, seco, en una caleta con marea descendente.

Una mujer que se ha quitado su peluca para peinar el poco pelo que le queda.
Un gran árbol que ha sido derribado por un ventarrón y que yace de costado con sus raíces al aire.
La figura de un luchador de sumo que ha sido derrotado.
Un hombre sin importancia que reprime a un criado.
Un hombre viejo que se quita el sombrero, dejando a la vista su escasa coleta.
Una mujer que, disgustada con su marido por un asunto baladí, abandona su casa y se va a algún lugar para esconderse. Está segura de que él se lanzará a buscarla, pero él no hace nada de esto y muestra la más exasperante indiferencia. Como ella no puede permanecer allí para siempre, se traga su orgullo y vuelve.

— Sei Shonagon, El Libro de la Almohada, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 6a edición, 2009. Traducción de Amalia Sato.




miércoles, 9 de octubre de 2013

El caso Rushdie

Tomada de The Times.



No hay nada más fácil que impedir que un libro nos ofenda. Basta con cerrarlo.
Salman Rushdie


La polémica

En alguna ocasión su amigo, el también escritor Martin Amis, le preguntó cómo era un día normal en la vida de Salman Rushdie, a lo que contestó: “¿Un día normal? ¡No tengo días normales!”. El 14 de febrero de 1989, fiesta de los enamorados en todo el mundo, Rushdie recibió una tarjeta poco romántica: una condena a muerte decretada por el ayatolá Jomeini, el representante de Dios en la Tierra para los musulmanes. El motivo: humanizar a Mahoma en su novela Los versos satánicos. La recompensa por su cabeza: tres millones de dólares. La publicación de la novela encendió revueltas por todo el mundo. Murieron cerca de cincuenta personas. Fue prohibida o retirada de las librerías en Sudáfrica, Indonesia, Pakistán... En el 91 su traductor al japonés fue asesinado en Tokio; en Milán, el traductor al italiano recibió tres puñaladas; al editor noruego le dispararon a la entrada de su casa en Oslo. El premio Nobel de Literatura V. S. Naipaul lo puso en palabras socarronas: se trató de un caso de “crítica literaria llevada al extremo”.

Antes de la polémica

Hijo de un rico comerciante indio, Ahmed Salman Rushdie nació en Bombay en 1947. Cuando cumplió 13 años lo enviaron a Inglaterra para que terminara su bachillerato en el prestigioso Rugby College, y después se matriculó en Cambridge para estudiar Historia. Su primera novela, Grimus, publicada en 1975, pasó desapercibida para crítica y lectores. La segunda, Hijos de la media noche, de 1981, fue aclamada por unos y otros. Ganó el Booker, el más notable reconocimiento en un país de escritores notables. Y pocos años después sería calificada como la mejor novela ganadora en los primeros 25 años del premio: lo mejor de lo mejor. Cuenta la historia de 1.001 niños que nacen a la media noche del 15 de agosto de 1947, el momento exacto de la separación de India y Pakistán, y que por esa condición tienen poderes especiales. Le siguió Vergüenza, poco apreciada en su momento, y La sonrisa del jaguar, una crónica-ensayo sobre Nicaragua, país en el que se interesó cuando la mujer de Anastasio Somoza se mudó a Londres, cerca de la casa donde vivía el escritor. Su siguiente libro fue una novela publicada a finales de 1988: Los versos satánicos

Después de la polémica

A partir de ahí vivió protegido por el gobierno británico, transportándose en limusinas blindadas, rodeado de guardaespaldas y cambiando de domicilio cada poco tiempo. Una situación inusual e incómoda para un escritor, que necesita introspección y estabilidad para componer su arte. Aun así se las arregló para continuar escribiendo y publicando, y para convertirse en el rostro de la libertad de expresión en todo el mundo. Su siguiente libro fue un relato infantil, Harún o el mar de las historias. Después vendría una colección de cuentos cuyo título resume la propuesta temática y estética de Rushdie: Este, Oeste.

Con el nuevo siglo inició su salida paulatina del búnker: dirigió la organización Pen Club, inauguró o clausuró eventos literarios por todo el mundo, siguió publicando. Se paseó de lino hasta los pies vestido por las calles de Cartagena de Indias durante el Hay Festival de 2009. Salman Rushdie es hoy es una celebridad que va de fiesta en fiesta entre Nueva York, Londres y Bombay, tan solicitado como Paris Hilton o Donald Trump, aunque mejor peinado. Aparece en videos de U2 y en películas: sí, es él en la famosa escena de la galería en El diario de Bridget Jones; no, no es él quien está en el sauna al lado de Cosmo Kramer en Seinfeld. Dice que quiere recuperar el tiempo perdido, no vivir más como un prófugo sino como lo que es: un escritor. Por supuesto, no falta quién critique esa nueva imagen de estrella del pop.   

Más allá de la polémica

No es un autor fácil. Sus novelas no son de las que se dejan leer en una tumbona al lado de la piscina durante las vacaciones. Son exigentes, densas, complejas. Están llenas de personajes y de desvíos en la trama principal, reforzadas con historias dentro de la historia, un poco a la manera de uno de sus más admirados libros, Las mil y una noches.

Todas están atravesadas por un humor muy británico, todas buscan encontrar las razones de la distancia entre Oriente y Occidente, entre el cristianismo y el Islam, entre la riqueza y la pobreza. Mezclan géneros, voces, culturas.

Sin embargo, la condena a muerte emitida por el ayatolá no ha permitido que su obra se valore en sus justas proporciones. Si en los noventa apareció en los periódicos en las páginas internacionales o en artículos sobre derechos humanos y libertad de expresión, en los años recientes ha aparecido más en la sección Gente que en la de Cultura. Es un escritor que se lee poco y del que se habla mucho. Siempre son más comentadas sus apariciones en la alfombra roja, sus matrimonios —cuatro— y aventuras con modelos y actrices —muchas—, que la arquitectura de sus relatos o el atinado perfil de sus protagonistas. Valga decir que en estos tiempos de la sociedad del espectáculo pasa exactamente lo mismo con todos los escritores que tienen cierta figuración.


* Una versión ligeramente distinta de esta nota apareció en la revista Credencial en mayo de 2013.