sábado, 15 de marzo de 2014

Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard

Todos los días durante quince años, Anatole Broyard escribió la reseña de un libro para el New York Times. Descontando vacaciones, días festivos y demás eventualidades, eso suma más de cuatro mil reseñas. La pregunta tonta es “¿los habrá leído todos completos?”. La pregunta sensata es “¿cómo piensa un hombre que ha leído tantos libros?”.  

En 1989, con 69 años, le diagnosticaron un cáncer de próstata, y murió catorce meses después, en octubre de 1990. Lo último que escribió fueron los cinco ensayos recogidos en este libro por su esposa Alexandra, todos alrededor de la enfermedad, la humanidad, la muerte, el estilo, la medicina y los médicos: “Ebrio de enfermedad”, “Hacia una literatura de la enfermedad”, “El paciente examina al médico”, “La literatura de la muerte” y “Lo que dijo la cistoscopia”. Se incluyen también aquí unas notas tomadas de su diario entre mayo y septiembre de 1990, un magnífico epílogo donde Alexandra cuenta las circunstancias de la enfermedad de su esposo y de la escritura de estos ensayos, y un prólogo de Oliver Sacks.

En ese prólogo el famoso neurólogo escribe: “Nunca he visto ningún escrito sobre enfermedad que sea más directo, más franco: a nada se le resta importancia, no se rehúye nada, nada se pasa por alto, no se da a nada un trato sentimentaloide, ni se apiada gratuitamente de nada; nunca he visto ningún escrito de estas características que sea al mismo tiempo más profundo, más inteligente, más reflexivo, más resonante” (p. 14). No hay que creer en los argumentos de autoridad aunque sean de Oliver Sacks, pero después de leer este libro hay que darle la razón. Este libro es despiadado y brillante, aterrador y tierno, contundente y sabio.

El título viene de la manera en que Broyard quiso asumir su enfermedad. Quiso vivirla a plenitud con entusiasmo, con franqueza. Quería llegar a la muerte completamente vivo. “La amenaza de la muerte debería hacernos más ingeniosos”, dice en algún punto, y en él se cumplió ese mandato.

Un ensayo como “El paciente examina al médico” debería ser de obligatoria lectura en todas las facultades de medicina del mundo, porque se trata, nada menos, que del retrato del médico apropiado que hace un hombre tremendamente inteligente e ingenioso, educado y sensible (y a punto de morir). “Tal como encarga unos análisis de sangre y un escáner de mi estructura ósea, me gustaría que mi médico me escanease a mí, que me palpase el espíritu además de la próstata”, dice (p. 74). “Para llegar a mi cuerpo, mi médico tiene que llegar a mi carácter. Tiene que atravesar mi alma. No basta con que me atraviese el ano. Ésa es la parte de atrás de mi personalidad” (p. 68).

El comienzo de este capítulo coincide con los primeros síntomas, y desde ese temprano momento de su enfermedad y de su trato con especialistas ya tiene claro el tipo de médico que necesita. Al primero que consulta lo descarta así: “Desde el primer momento tuve una sensación negativa sobre ese médico. Era un hombre de aspecto tan inofensivo que parecía no ser suficientemente intenso ni voluntarioso para imponerse a algo poderoso y demoníaco como es la enfermedad. Era insulso, afable, difuso, cortés allí donde la cortesía era irrelevante” (p. 62). No busca un médico que mienta al paciente, tampoco “tiene por qué darle falsas garantías. Él mismo, su presencia y su voluntad de llegar al paciente son la garantía que necesita el enfermo. Tal como una madre acompaña a su hijo al mundo, el médico ha de acompañar al paciente en su salida del mundo de los sanos y en su ingreso en el purgatorio físico y mental que le está esperando, sea el que sea” (p. 86). En este punto, el del camino, la salida de un territorio para entrar a otro, Broyard coincide con otro crítico que escribió in extremis un libro imprescindible: me refiero a Christopher Hitchens y Mortalidad.

También se encuentra en el libro, en ese capítulo y en otros más, una especie de guía del tipo de compañía y amistad que busca un paciente terminal, una suerte de manual de estilo para comportarse con enfermos graves. “Despojados de su actitud lúdica y de su picardía, mis amigos parecen más llanos, más hogareños, incluso más viejos. Es como si todos se hubiesen quedado calvos de la noche a la mañana (p. 26).  “Los enfermos pueden acabar hartos de un amor que hay que comprar para la ocasión, como las flores y los caramelos que se llevan al hospital. Esas flores huelen a compasión, y tan solo los niños son capaces de comer tanto caramelo” (p. 72). E insiste en la necesidad de que el enfermo asuma un estilo para su enfermedad: “cualquier persona seriamente enferma ha de desarrollar un estilo propio de cara a su enfermedad. Creo que sólo si insiste uno en su estilo podrá salvarse del momento en que se desenamore de sí mismo cuando la enfermedad pretenda disminuirlo o desfigurarlo (p. 49).

Así es la prosa que el lector va a encontrar en este libro. Viva, vivaz, viril. Una prosa afirmativa, por momentos tosca, pero a veces, cuando toca, tierna, profunda, compasiva. Por esa prosa y por la inteligencia que despunta en cada página, para mí este es un libro esencial. Antes de terminar, comparto algunas citas que anoté en mi cuaderno:

“Me han puesto en el vientre inyecciones de diecisiete centímetros de largo, en donde noto que me cosquillea la metafísica” (p. 26).

“El cáncer es una buena cura contra la ironía” (27).

“La enfermedad es ante todo un drama que debiera ser posible disfrutar a la vez que se padece” (28)

“La escritura es un contrapunto de mi enfermedad. Obliga al cáncer a pasar por mi carácter antes de que pueda llegar a mí” (47)

“Estar enfermo es estar también psíquicamente trastornado” (67).

“Para un médico típico, mi enfermedad es un incidente rutinario que se encuentra en su ronda, mientras que para mí es la crisis de mi vida. Me sentiría mejor si tuviese un médico que al menos percibiera esta incongruencia” (72)

“Todos los hombres están enfermos, cada cual a su manera” (73)

“Cuando pasaba por delante del pabellón psiquiátrico vi una figura de barba gris que miraba por una ventana enrejada con la nostalgia que sólo un demente puede sentir” (172)

“Iba bien vestida, aunque con veinte años de desfase” (161)
  

Anatole Broyard, Ebrio de enfermedad, Segovia, Ediciones La Uña Rota, 2013. Traducción (extraordinaria) de Miguel Martínez-Lage.


martes, 4 de marzo de 2014

Los falsificadores de Borges, de Jaime Correas

La trama de este libro es compleja, así que intentemos reconstruirla paso a paso. El narrador, que es el propio Jaime Correas, recibe una noche en su casa en Mendoza, Argentina, una extraña llamada telefónica desde Berlín. Es un escritor colombiano de quien el narrador poco conoce, Héctor Abad Faciolince. En un relato desordenado y frenético Abad le cuenta a Correas las angustias que lo aquejan a raíz de un poema de Borges que el autor colombiano no encuentra. Unos meses antes publicó un libro sobre su padre, el médico y trabajador de derechos humanos Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín por paramilitares en 1987. El libro le dio celebridad y al tiempo angustias, pues el título escogido, El olvido que seremos, lo tomó de un poema manuscrito que su padre tenía en el bolsillo de su camisa la noche del crimen. Decía al final JLB, y Abad asumió automáticamente que el soneto era de Jorge Luis Borges. Pero después de publicado el libro y de hacer tallar en la lápida de su padre el soneto, no había podido encontrarlo en las Obras completas del autor argentino, ni en otras pesquisas posteriores en poemas sueltos. Encima, en medio de su búsqueda había aparecido un poeta colombiano, Harold Alvarado Tenorio, diciendo que los poemas eran de su autoría, y que los había hecho pasar como del escritor argentino para homenajearlo, en un juego de referencias que le habría gustado a Borges. Tenía credenciales para hacerlo: ya antes Alvarado Tenorio había escrito un prólogo a un libro suyo y lo había firmado como escrito por Borges. En una visita a la Biblioteca Nacional en Buenos Aires le leyó el prólogo a su célebre director, y él mismo se avaló como el autor sin estar muy seguro de haberlo escrito.
El asunto que complica todo es que Alvarado dice que escribió los poemas en 1993. Es decir, DESPUÉS del asesinato del padre de Héctor. La trama de la historia es perfecta para un cuento de Borges. Ante las conminaciones de Abad, Alvarado termina por decir que los versos los “fabricó” un periodista y escritor argentino, quien los había publicado en una editorial artesanal que tenía con unos amigos a mediados de la década del ochenta. La editorial, Editores Anónimos; el periodista y escritor, Jaime Correas.
El nombre de la editorial no era un azar: Correas y sus amigos no publicaban atribuciones de autoría a las antologías que hacían en su editorial. Correas no recuerda muy bien el origen de los poemas, y se dedica a buscarlo. Abad y una colaboradora, Bea Pina, hacen búsquedas en Internet y en archivos europeos; Correas lo hace en Argentina con borgeanos y viejos amigos. El relato de estas aventuras eruditas forma el cuerpo de Los falsificadores de Borges.
Cruces de mails, expurgación de archivos, entrevistas con cómplices de antaño, extrañezas y hallazgos conforman el hilo de la trama. Varios países, tardes pasadas en estudios y apartamentos de Estados Unidos, Europa y varios países de América, más cruces de correos electrónicos. Se relatan las intimidades de la vida de Correas y algunos amigos; se incluye un perfil vaporoso de Harold Alvarado Tenorio y otro no menos opaco de Jorge Luis Borges, con detalle en sus métodos de composición. También se perfila a Bea Pina, una científica colombiana afincada en Finlandia que ayuda a Héctor Abad —y después a Correas— por momentos a armar y por otros a confundir las piezas del rompecabezas.
Al final, la versión más certera parece ser que Borges entregó los poemas terminados a Francisca Beer, quien a su vez los entregó a Correas y sus amigos para Editores Anónimos. Que a la muerte de Borges la revista Semana de Colombia publicó dos de esos sonetos. Que el médico Abad Gómez quedó impresionado con ellos, particularmente con uno, y los leyó en un programa de radio semanal que tenía en una emisora universitaria de Medellín. Que tenía ese soneto (“Ya somos el olvido que seremos…”) en su bolsillo, copiado de su puño y letra, en el momento en que le dispararon. También llevaba la amenaza de muerte que habían hecho circular los paramilitares en Medellín, y donde aparecía su nombre al lado de otros más. 
Detallo la trama para hacerla inteligible al lector de esta reseña, y no temo adelantar muchos detalles sencillamente porque esta historia ya se contó. La contó —de manera magistral— el protagonista, Héctor Abad Faciolince, en su libro Traiciones de la memoria, muy bien editado por la misma empresa que publica Los falsificadores de Borges. Ya la contó también Jaime Correas en artículos de prensa y en el Festival Malpensante de 2009. Quizá el autor y la editorial vean este libro como una suerte de lado B de Traiciones de la memoria. Pero no: es casi la misma historia, contada con menor brillo.
Porque aquí esa trama maravillosa se reconstruye de manera apresurada, desordenada, podría decir incluso que descuidada. El autor no se preocupa al comienzo por ordenar para el lector los acontecimientos, ni de perfilar con suficiencia a los personajes. Nunca queda muy claro por qué Correas se adentra en la investigación con tanto empeño. Los personajes son difusos, como si el autor diera por sentado que el lector conoce detalles de la historia y de esos personajes. Pero por momentos decide recuperar otros aspectos, dando por sentado lo contrario.
El libro se torna interesante cuando relata con minucia las pesquisas en archivos, en revistas viejas, en fotocopias. En esos momentos se convierte en una especie de policial erudito al mejor estilo de Chesterton o del propio Jorge Luis Borges. Pero es soso e incluso facilista en la ambientación de la historia general, en las motivaciones de los personajes, en la reconstrucción de su perfil. 
Para terminar, estimo que genera muchas suspicacias el hecho de que el autor no mencione nunca el libro en que Abad Faciolince contó estos mismos hechos, Traiciones de la memoria. Aunque el autor se afane en decir que escribe en 2009 (“Estoy tecleando lo que me pasa ahora. Hoy, 21 de mayo de 2009 a media mañana…” dice en la página 290), el libro de Abad Faciolince se publicó en 2010, y este en la Argentina en 2011. Es, pues, agua pasada. Y pasó más limpia antes. 

Jaime Correas, Los falsificadores de Borges, Bogotá, Alfaguara, 2014.